El invento era extraordinario, pero las autoridades ordenaron su retirada inmediata, apenas empezó a correrse la voz de su existencia.
Por fuera parecía un ascensor normal. De los antiguos, claro. Su cabina de madera daba una sensación de poca consistencia, como si estuviese a punto de caerse en cualquier momento. Podría ser uno de esos ascensores que, a mediados del pasado siglo, se veían con frecuencia en muchas casas de Madrid.
De hecho, tenía gran similitud con el de Fuencarral 39, ese ascensor que un día fue robado, con gran audacia, en presencia del propio Miguel.
Miguel era muy despistado, pero, pese a ello, el robo del ascensor fue, sin duda, una actuación de enorme osadía.
Un día, como tantas otras veces, vinieron a repararlo. El cartel de "No funciona" colgaba de la puerta metálica exterior. A ningún vecino le resultó extraño, ya que estar averiado era, casi, su estado natural. Sin embargo, esa vez unos astutos ladrones se adelantaron a los operarios que solían atender los avisos. Tras sendos vistazos a la cabina y al motor, los falsos empleados de la empresa de arreglos le confirmaron a Miguel que la avería era grave. En esta ocasión no podrían resolverlo sobre el terreno, como de costumbre. Era preciso desmontarlo y llevárselo al taller para proceder a su reparación. No había más remedio.
En unos minutos, haciendo gala de una pericia fruto de su larga experiencia en este tipo de arriesgados hurtos, motor, cabina y cables estaban a bordo del camión en el que habían venido y que seguía estacionado delante del portal. Los avispados pillos se despidieron de Miguel, asegurándole que ya tendría noticias cuando el ascensor estuviese reparado, pero advirtiéndole, asimismo, que no se extrañase si tardaban un poco, ya que la avería era muy, pero que muy seria. Arrancaron el camión y pusieron rumbo hacia la Gran Vía, despidiéndose cortésmente de Miguel. Incluso sacaron la mano por la ventanilla para enviarle un último saludo.
Y, efectivamente, fue el último. Nunca más se supo de ellos ni del ascensor. Un robo audaz donde los haya, digno del mismísimo Rififí.
Pero no es del ascensor de Fuencarral 39 de lo que aquí vamos a hablar (pese a las notables características que le distinguían, como la de no subir más que a tres de los cinco pisos de la casa, por ejemplo... o la de poder bajar bultos y equipajes, pero no personas), sino del invento que estuvo a punto de revolucionar la vida emocional de una buena parte de la población mundial.
El ascensor del tiempo, tal como se le dio a conocer a través de la prensa especializada del momento, solo podía subir (como el de Fuencarral 39) a tres pisos. Pero se daba la excepcional circunstancia de que quien lo utilizaba avanzaba una, dos o tres décadas en el tiempo, según se bajase en un piso o en otro.
Dado que el invento se produjo muy al principio de los años sesenta, si subías al segundo piso (en el primero no paraba, como el de Fuencarral 39), aparecías en tu propia vida de los años ochenta. Cuando el ascensor te llevaba al tercero (el que más me gustaba a mí), descendías en la década de los noventa. Y si bajabas en el cuarto (había un quinto piso, pero tampoco se podía subir hasta él, al igual que ocurría con el viejo ascensor de Fuencarral 39), entrabas, de lleno, en los primeros años del siglo XXI.
La última opción no era nada recomendable para la gente de bien, dado que producía desajustes de ansiedad y trastornos en las ambiciones menos nobles, pero la realidad es que hubo quien abusó de ella, pensando, egoístamente, que, siendo el piso más alto al que podía accederse en el ascensor, la vida sería mucho mejor aquí que en el tercero o en el segundo...
Así que las autoridades decidieron retirar las patentes del ascensor del tiempo y no autorizar su comercialización hasta que el invento estuviese totalmente perfeccionado y homologado por una comisión internacional de expertos.
La homologación nunca llegó y el invento cayó en el olvido.
La coincidencia de fechas (el viejo ascensor de Fuencarral 39 fue robado a mediados de 1961) sigue haciendo que me pregunte si aquel prototipo no estaría construido con los restos del vetusto aparato que le robaron a Miguel. Todo parece indicar que es muy posible.
También me intriga pensar en quién sería esa persona tan interesada en subir siempre al cuarto piso... con lo bien que se estaba en el tercero. Pero las ambiciones desmedidas es lo que tienen: muchas manzanas (algunas con gusano dentro), cada una con su eva detrás, dispuesta a morderla. Y a que el adán de turno haga lo propio, claro.
viernes, 28 de marzo de 2014
miércoles, 26 de marzo de 2014
Last tango
Son cosas que no suelen pasar más que en las películas.
Sin embargo, siempre hay un último tango. Incluso un bolero. El problema es que la mayoría no tiene la menor idea de cuál va a ser el último.
Solo lo saben los que tienen todo calculado en la vida. Esos que no hacen nada sin haberlo premeditado antes. Los que calculan, con meses de antelación, cuándo van a hacer algo por última vez.
Esas personas existen. Con el corazón tan frío como el de una gárgola, desde luego, pero existen.
Recuerdo que yo compraba sus reproducciones en miniatura. Bernardo, el carismático líder del Club de Actividades Culturales Hispano Francesas, siempre las recomendaba. Eran mucho más baratas que los diamantes que se traía él a Madrid y no dejaban de ser un regalo original y característico de la ciudad del Sena.
Nunca me paré a pensar que las gárgolas pudieran tener corazón. Pero lo tienen. De piedra, claro.
Me contaba un amigo que en sus peores pesadillas las gárgolas siempre cobraban vida. Al principio parecía que era un efecto visual, causado por las sombras de la noche. Luego, cuando el sueño de mi amigo empezaba a recobrar la calma, resultaba que no era un espejismo nocturno, fruto de una imaginación atemorizada por la misteriosa oscuridad. Era real: las gárgolas sonreían diabólicamente y sus malignos ojos centelleaban con el reflejo de una luna que asomaba, de improviso, entre densas nubes que presagiaban una tormenta que nunca acababa de estallar...
Hay gárgolas que deciden, de antemano, cuál va ser el último tango de alguien. A estas gárgolas les viene bien que el tango tenga ritmo de canción napolitana y voz de Pavarotti o, en su defecto, música de Leonard Cohen. Tampoco importa lo más mínimo que Los Panchos toquen y canten algo como "La hiedra", por poner un ejemplo cualquiera, al azar. Son muy capaces de proporcionar ellas mismas el aparato emisor de música (mejor si funciona, también, con pilas, para evitar el riesgo de un corte en la electricidad - infrecuente - o una, más probable, bajada de tensión). Todo lo tienen previsto.
En cualquier caso, lo de menos es que el tango sea en París, en Londres, en Venecia o en Berlín. Lo importante es que sea el último. Incluso podría ser en Ávila o en Alcalá... y si es en los dos sitios, aún mejor. Siempre que estemos hablando de un baile postrero y programado, claro está. Un baile en el que cuervos y gárgolas se convierten en aliados nocturnos y alevosos para premeditar su golpe y asestarlo con meticulosidad y precisión, en el instante exacto.
Sí, es cierto y a nadie se le oculta que la antinatural alianza de córvidos y gárgolas no tiene futuro... que acaban enfrentándose entre ellos por estos o aquellos despojos. Suele pasar entre los depredadores. Y cuando uno de ellos es carroñero, más aún. Así es la ley de la selva.
Lo que ocurre es que todo eso sucede cuando el eco de las notas del último tango llevan mucho tiempo flotando en el olvido.
Porque, además, las gárgolas son muy olvidadizas.
Sin embargo, siempre hay un último tango. Incluso un bolero. El problema es que la mayoría no tiene la menor idea de cuál va a ser el último.
Solo lo saben los que tienen todo calculado en la vida. Esos que no hacen nada sin haberlo premeditado antes. Los que calculan, con meses de antelación, cuándo van a hacer algo por última vez.
Esas personas existen. Con el corazón tan frío como el de una gárgola, desde luego, pero existen.
Recuerdo que yo compraba sus reproducciones en miniatura. Bernardo, el carismático líder del Club de Actividades Culturales Hispano Francesas, siempre las recomendaba. Eran mucho más baratas que los diamantes que se traía él a Madrid y no dejaban de ser un regalo original y característico de la ciudad del Sena.
Nunca me paré a pensar que las gárgolas pudieran tener corazón. Pero lo tienen. De piedra, claro.
Me contaba un amigo que en sus peores pesadillas las gárgolas siempre cobraban vida. Al principio parecía que era un efecto visual, causado por las sombras de la noche. Luego, cuando el sueño de mi amigo empezaba a recobrar la calma, resultaba que no era un espejismo nocturno, fruto de una imaginación atemorizada por la misteriosa oscuridad. Era real: las gárgolas sonreían diabólicamente y sus malignos ojos centelleaban con el reflejo de una luna que asomaba, de improviso, entre densas nubes que presagiaban una tormenta que nunca acababa de estallar...
Hay gárgolas que deciden, de antemano, cuál va ser el último tango de alguien. A estas gárgolas les viene bien que el tango tenga ritmo de canción napolitana y voz de Pavarotti o, en su defecto, música de Leonard Cohen. Tampoco importa lo más mínimo que Los Panchos toquen y canten algo como "La hiedra", por poner un ejemplo cualquiera, al azar. Son muy capaces de proporcionar ellas mismas el aparato emisor de música (mejor si funciona, también, con pilas, para evitar el riesgo de un corte en la electricidad - infrecuente - o una, más probable, bajada de tensión). Todo lo tienen previsto.
En cualquier caso, lo de menos es que el tango sea en París, en Londres, en Venecia o en Berlín. Lo importante es que sea el último. Incluso podría ser en Ávila o en Alcalá... y si es en los dos sitios, aún mejor. Siempre que estemos hablando de un baile postrero y programado, claro está. Un baile en el que cuervos y gárgolas se convierten en aliados nocturnos y alevosos para premeditar su golpe y asestarlo con meticulosidad y precisión, en el instante exacto.
Sí, es cierto y a nadie se le oculta que la antinatural alianza de córvidos y gárgolas no tiene futuro... que acaban enfrentándose entre ellos por estos o aquellos despojos. Suele pasar entre los depredadores. Y cuando uno de ellos es carroñero, más aún. Así es la ley de la selva.
Lo que ocurre es que todo eso sucede cuando el eco de las notas del último tango llevan mucho tiempo flotando en el olvido.
Porque, además, las gárgolas son muy olvidadizas.
lunes, 24 de marzo de 2014
El autobús
¿A quién no le gustan esos viejos autobuses que parecen surgir de la niebla para, tras un fugaz encuentro con nuestra mirada, perderse en una cerrada curva en la que ni siquiera habíamos reparado hasta ese momento?
Siempre tenemos la sensación de que en esos autobuses va una buena parte de nuestra vida. Y eso ocurre aunque seamos, como yo mismo, de los que no hemos viajado mucho en ese medio de transporte.
Pero los autobuses siempre llevan algo que nos pertenece. Sobre todo, los viejos.
Conocí a una persona que vendió todo lo que tenía para comprarse un autobús. Sin que pudiera apreciarse el cambio desde el exterior, retiró los asientos traseros y creó un pequeño apartamento rodante. A partir de ese momento, empezó a viajar por todo el mundo, estacionando su renovado autobús frente a los escenarios más bonitos que encontraba. Cuando se cansaba de ellos o entendía que ya era hora de partir, volvía a ponerse en marcha, en busca de un nuevo destino con espectaculares vistas. Creo que fue feliz.
Un día, bajando por las empinadas cuestas de la península sorrentina, perdió el control del vehículo y ambos cayeron rodando por uno de los vertiginosos acantilados que esculpen la costa amalfitana. Me contaron que los restos del autobús nunca fueron rescatados del mar.
Los viejos autobuses son muy románticos. Todos conocemos historias misteriosas relacionadas con ellos, como la del que se perdió una noche, cerca de Schwalbach, y al que dicen seguir viendo por los montes de Taunus cuando la luna entra en cuarto menguante...
Sí, en esos autobuses viaja la vida. Una vida que se esconde de todo aquello que nos asusta, refugiándose en la estrechez de unos asientos que hacen a todos iguales mientras estamos sentados en ellos.
Claro que no todo el mundo está dispuesto a subirse a cualquier autobús. El que hace el recorrido entre la Avenida de la Dignidad y la Plaza de la Lealtad, por ejemplo, suele ir medio vacío. No es de extrañar, porque es un trayecto demasiado complicado para muchos. Y, de los que se van subiendo por el camino, tampoco llegan todos hasta su destino. La mayoría se baja, con disimulo, a medida que el traqueteo del viejo autobús se hace un poco incómodo, lo que, como es lógico, sucede en algunos tramos.
Otros, sin embargo (los menos, eso sí), permanecen a bordo, pase lo que pase. Llegan cansados, magullados... tristes, a veces. Pero prefieren eso a desertar, como los primeros, de unos principios que son imprescindibles para viajar en un viejo autobús, de esos que no tienen más calefacción que la humana, a través de la niebla de las frías madrugadas de invierno.
A mí me gustan esos viejos autobuses. Aunque todavía tenga los huesos doloridos del último viaje que hice en uno de ellos.
Siempre tenemos la sensación de que en esos autobuses va una buena parte de nuestra vida. Y eso ocurre aunque seamos, como yo mismo, de los que no hemos viajado mucho en ese medio de transporte.
Pero los autobuses siempre llevan algo que nos pertenece. Sobre todo, los viejos.
Conocí a una persona que vendió todo lo que tenía para comprarse un autobús. Sin que pudiera apreciarse el cambio desde el exterior, retiró los asientos traseros y creó un pequeño apartamento rodante. A partir de ese momento, empezó a viajar por todo el mundo, estacionando su renovado autobús frente a los escenarios más bonitos que encontraba. Cuando se cansaba de ellos o entendía que ya era hora de partir, volvía a ponerse en marcha, en busca de un nuevo destino con espectaculares vistas. Creo que fue feliz.
Un día, bajando por las empinadas cuestas de la península sorrentina, perdió el control del vehículo y ambos cayeron rodando por uno de los vertiginosos acantilados que esculpen la costa amalfitana. Me contaron que los restos del autobús nunca fueron rescatados del mar.
Los viejos autobuses son muy románticos. Todos conocemos historias misteriosas relacionadas con ellos, como la del que se perdió una noche, cerca de Schwalbach, y al que dicen seguir viendo por los montes de Taunus cuando la luna entra en cuarto menguante...
Sí, en esos autobuses viaja la vida. Una vida que se esconde de todo aquello que nos asusta, refugiándose en la estrechez de unos asientos que hacen a todos iguales mientras estamos sentados en ellos.
Claro que no todo el mundo está dispuesto a subirse a cualquier autobús. El que hace el recorrido entre la Avenida de la Dignidad y la Plaza de la Lealtad, por ejemplo, suele ir medio vacío. No es de extrañar, porque es un trayecto demasiado complicado para muchos. Y, de los que se van subiendo por el camino, tampoco llegan todos hasta su destino. La mayoría se baja, con disimulo, a medida que el traqueteo del viejo autobús se hace un poco incómodo, lo que, como es lógico, sucede en algunos tramos.
Otros, sin embargo (los menos, eso sí), permanecen a bordo, pase lo que pase. Llegan cansados, magullados... tristes, a veces. Pero prefieren eso a desertar, como los primeros, de unos principios que son imprescindibles para viajar en un viejo autobús, de esos que no tienen más calefacción que la humana, a través de la niebla de las frías madrugadas de invierno.
A mí me gustan esos viejos autobuses. Aunque todavía tenga los huesos doloridos del último viaje que hice en uno de ellos.
martes, 18 de marzo de 2014
Anuncios por palabras
Toda mi vida profesional se ha desarrollado en la publicidad, pero debo reconocer que nunca he conocido de cerca el mundo de los llamados anuncios por palabras, una especialidad venida a menos en nuestros días, pero que tuvo su importancia para los departamentos de publicidad de los diarios e, incluso, para las agencias de publicidad.
En mi primera agencia, Valeriano Pérez, conocí (ya en decadencia) un departamento de esta naturaleza que controlaba con eficacia la leal María Teresa. Como digo, no tuve ocasión de profundizar en su funcionamiento, pues en aquellos tiempos los aires de modernidad que soplaban en las agencias nos hacían huir de todo lo que no tenía ese aroma de marketing que emitía un estilo de publicidad que entonces creíamos sería la del futuro y, tres décadas después, resultó ser la del pasado.
De lo que no cabe duda es de que los anuncios por palabras han cumplido una misión importante en la sociedad desde que la Galaxia de Gutenberg fue revitalizada por McLuhan.
Un análisis de su evolución a través de las distintas épocas nos daría una visión magnífica de los profundos cambios sufridos por la sociedad con el paso de los años. Creo que es un fantástico tema para una tesis doctoral y no sería nada raro que ya existiese alguna a él dedicada.
Hay que tener en cuenta que, si la publicidad en grandes formatos ha sido patrimonio exclusivo de las empresas, los anuncios por palabras lo eran (y siguen siendo) de los particulares y, precisamente, por eso reflejan con más exactitud el comportamiento, preocupaciones y necesidades reales del individuo, no siempre coincidentes, al cien por cien, con los intereses de los anunciantes.
Viene todo esto a cuento de un anuncio por palabras que me ha remitido un amigo, estudioso de estos asuntos social-publicitarios, y que llama con fuerza la atención. Lo voy a transcribir en su literalidad:
Hombre solo busca chica joven guapa y bien educada para trabajo de ama de casa y compartir su cama.
NO SEXO, NO CONVERSACIONES PERSONALES, NO RELACIONES AFECTIVAS.
Casa pequeña con poco trabajo y mucho tiempo libre.
Contrato laboral indefinido. Seguros sociales.
Se advierte que cualquier intento de mantener sexo o iniciar relación personal resultará en despido inmediato. Salario a convenir.
Enviar CV, con pretensiones económicas a ...
Tras una primera lectura, quedé muy sorprendido por el texto del anuncio, publicado, al parecer, en un diario de circulación nacional. Sin embargo, después de comentarlo con mi amigo (experto, ya lo he dicho, en estos temas) parece que, sin que sea posible negar la originalidad del aviso, refleja una tendencia que podría estar empezando a ser cada vez más frecuente. Él me lo explicaba, más o menos, así:
"Dejando al margen la obviedad de quienes buscan sexo sin compromiso, es un hecho que la mayoría de las personas solitarias han buscado compañía afectiva. Esto se ha incrementado en unos tiempos contemporáneos, en los que el sexo era fácil de conseguir, pero el afecto y el calor humano escaseaban.
Hoy vivimos ya un anticipo de lo que será la sociedad posmoderna, en la que ya un creciente número de individuos tendrán resueltas sus necesidades de sexo y afecto (así como las intelectuales), a través de una relación (o varias) no tradicional y buscarán una atención profesionalizada y carente de implicaciones de cualquier tipo en su vida doméstica.
Y, en los estamentos más cultivados o exigentes, no se querrá prescindir de valores gratificantes añadidos, que no impliquen posibles dependencias, como el sexo o el afecto".
Ya digo que, en esto de la publicidad, raro es el día en el que no aprendes algo nuevo...
En mi primera agencia, Valeriano Pérez, conocí (ya en decadencia) un departamento de esta naturaleza que controlaba con eficacia la leal María Teresa. Como digo, no tuve ocasión de profundizar en su funcionamiento, pues en aquellos tiempos los aires de modernidad que soplaban en las agencias nos hacían huir de todo lo que no tenía ese aroma de marketing que emitía un estilo de publicidad que entonces creíamos sería la del futuro y, tres décadas después, resultó ser la del pasado.
De lo que no cabe duda es de que los anuncios por palabras han cumplido una misión importante en la sociedad desde que la Galaxia de Gutenberg fue revitalizada por McLuhan.
Un análisis de su evolución a través de las distintas épocas nos daría una visión magnífica de los profundos cambios sufridos por la sociedad con el paso de los años. Creo que es un fantástico tema para una tesis doctoral y no sería nada raro que ya existiese alguna a él dedicada.
Hay que tener en cuenta que, si la publicidad en grandes formatos ha sido patrimonio exclusivo de las empresas, los anuncios por palabras lo eran (y siguen siendo) de los particulares y, precisamente, por eso reflejan con más exactitud el comportamiento, preocupaciones y necesidades reales del individuo, no siempre coincidentes, al cien por cien, con los intereses de los anunciantes.
Viene todo esto a cuento de un anuncio por palabras que me ha remitido un amigo, estudioso de estos asuntos social-publicitarios, y que llama con fuerza la atención. Lo voy a transcribir en su literalidad:
Hombre solo busca chica joven guapa y bien educada para trabajo de ama de casa y compartir su cama.
NO SEXO, NO CONVERSACIONES PERSONALES, NO RELACIONES AFECTIVAS.
Casa pequeña con poco trabajo y mucho tiempo libre.
Contrato laboral indefinido. Seguros sociales.
Se advierte que cualquier intento de mantener sexo o iniciar relación personal resultará en despido inmediato. Salario a convenir.
Enviar CV, con pretensiones económicas a ...
Tras una primera lectura, quedé muy sorprendido por el texto del anuncio, publicado, al parecer, en un diario de circulación nacional. Sin embargo, después de comentarlo con mi amigo (experto, ya lo he dicho, en estos temas) parece que, sin que sea posible negar la originalidad del aviso, refleja una tendencia que podría estar empezando a ser cada vez más frecuente. Él me lo explicaba, más o menos, así:
"Dejando al margen la obviedad de quienes buscan sexo sin compromiso, es un hecho que la mayoría de las personas solitarias han buscado compañía afectiva. Esto se ha incrementado en unos tiempos contemporáneos, en los que el sexo era fácil de conseguir, pero el afecto y el calor humano escaseaban.
Hoy vivimos ya un anticipo de lo que será la sociedad posmoderna, en la que ya un creciente número de individuos tendrán resueltas sus necesidades de sexo y afecto (así como las intelectuales), a través de una relación (o varias) no tradicional y buscarán una atención profesionalizada y carente de implicaciones de cualquier tipo en su vida doméstica.
Y, en los estamentos más cultivados o exigentes, no se querrá prescindir de valores gratificantes añadidos, que no impliquen posibles dependencias, como el sexo o el afecto".
Ya digo que, en esto de la publicidad, raro es el día en el que no aprendes algo nuevo...
domingo, 16 de marzo de 2014
Cerrado por avería (mental)
Algunas averías son muy difíciles de arreglar.
Por ejemplo, hace muchos meses que veo un cartel en la ventana de un restaurante que dice, lacónicamente: "Cerrado por avería". El cartel es una simple hoja blanca, con unas letras impresas por un ordenador casero, lo que aumenta la sensación de eventual provisionalidad que transmite el mensaje.
Sin embargo, allí sigue, sin ningún síntoma externo de que la avería se encuentre en proceso de arreglo.
Y no es, desde luego, el único que he visto con una información parecida. Casi siempre son carteles sencillos, escritos a mano o, como mucho, con una impresora doméstica. La mayoría dan la sensación de avisar de una pequeña avería, susceptible de ser reparada con relativa facilidad, pese a lo cual, permanecen durante un considerable período de tiempo, a veces, hasta que el sol y las inclemencias meteorológicas acaban por borrarlos.
Ignoro si esconden sofisticadas operaciones de marketing, como esos carteles que solemos ver en verano junto a algunas carreteras en los que se anuncia, sobre un rudimentario puesto de tosco aspecto, con una pésima (yo creo que muy estudiada) escritura:
Siempre he sospechado que este tipo de mensajes respondían a ingeniosísimas estrategias publicitarias, nada fortuitas, encaminadas a transmitir el subliminal mensaje de que los melones eran ofrecidos por rústicos artesanos (hombres de campo que no entienden ni saben de letras, como diría Manolo Escobar), sin la mediación de intermediario alguno.
Y, hablando de melones, aprovecharemos para mencionar otros (de esos que algunos llevan encima de los hombros).
Estos melones (dolicocéfalos unos, mesocéfalos o braquiocéfalos otros y minicéfalos los más) suelen reaccionar a las averias eventuales de la misma forma que esos locales que permanecen cerrados durante larguísimas temporadas sin causa aparente justificada. Los hay, incluso, que no vuelven a abrir jamás.
Averías mentales que provocan apagones perpetuos y que sumen en el silencio definitivo a quienes sufren este tipo de daños. Daños que modifican, de forma sustancial, el funcionamiento de un aparato cerebral que parecían tener correctamente instalado.
Suelen tener un origen externo y producen cortocircuitos neuronales severos, de consecuencias imprevisibles. La mayor parte de las veces, muy sorprendentes e inesperadas.
En estos casos solo cabe la paciencia. Y esperar a que acabe triunfando el sentido común y vuelvan a abrir... antes de que sea demasiado tarde.
Por ejemplo, hace muchos meses que veo un cartel en la ventana de un restaurante que dice, lacónicamente: "Cerrado por avería". El cartel es una simple hoja blanca, con unas letras impresas por un ordenador casero, lo que aumenta la sensación de eventual provisionalidad que transmite el mensaje.
Sin embargo, allí sigue, sin ningún síntoma externo de que la avería se encuentre en proceso de arreglo.
Y no es, desde luego, el único que he visto con una información parecida. Casi siempre son carteles sencillos, escritos a mano o, como mucho, con una impresora doméstica. La mayoría dan la sensación de avisar de una pequeña avería, susceptible de ser reparada con relativa facilidad, pese a lo cual, permanecen durante un considerable período de tiempo, a veces, hasta que el sol y las inclemencias meteorológicas acaban por borrarlos.
Ignoro si esconden sofisticadas operaciones de marketing, como esos carteles que solemos ver en verano junto a algunas carreteras en los que se anuncia, sobre un rudimentario puesto de tosco aspecto, con una pésima (yo creo que muy estudiada) escritura:
HAY MELONE
El tamaño de letra va en progresiva disminución, a medida que el autor se va dando cuenta de que no le va a caber el rótulo entero en el espacio que tenía reservado para ponerlo en grandes caracteres y que estos fueran bien visibles desde la calzada. Normalmente, nunca queda sitio para la ese final.Siempre he sospechado que este tipo de mensajes respondían a ingeniosísimas estrategias publicitarias, nada fortuitas, encaminadas a transmitir el subliminal mensaje de que los melones eran ofrecidos por rústicos artesanos (hombres de campo que no entienden ni saben de letras, como diría Manolo Escobar), sin la mediación de intermediario alguno.
Y, hablando de melones, aprovecharemos para mencionar otros (de esos que algunos llevan encima de los hombros).
Estos melones (dolicocéfalos unos, mesocéfalos o braquiocéfalos otros y minicéfalos los más) suelen reaccionar a las averias eventuales de la misma forma que esos locales que permanecen cerrados durante larguísimas temporadas sin causa aparente justificada. Los hay, incluso, que no vuelven a abrir jamás.
Averías mentales que provocan apagones perpetuos y que sumen en el silencio definitivo a quienes sufren este tipo de daños. Daños que modifican, de forma sustancial, el funcionamiento de un aparato cerebral que parecían tener correctamente instalado.
Suelen tener un origen externo y producen cortocircuitos neuronales severos, de consecuencias imprevisibles. La mayor parte de las veces, muy sorprendentes e inesperadas.
En estos casos solo cabe la paciencia. Y esperar a que acabe triunfando el sentido común y vuelvan a abrir... antes de que sea demasiado tarde.
martes, 11 de marzo de 2014
Houndstooth
Siempre me ha intrigado el hecho de que el clásico dibujo blanco y negro sobre un tejido, que en español se llama pata de gallo, se conozca en inglés por el muy diferente nombre de houndstooth, es decir, diente de sabueso (o de perro).
Fue leyendo una biografía de Anthony Jordan (el famoso periodista, que llegó a presidir la Asociación de la Prensa de su país, aparte de dirigir, durante muchos años, un conocido tabloide) cuando me llamó tanto la atención aquel capítulo en el que Anthony recibía en sus oficinas a un colega más joven que él, cuyo nombre no recuerdo, y, tras haber finalizado su reunión, ambos pasaron a un despacho próximo en el que, sentado a la mesa, se encontraba un sonriente maniquí de melena lacia, vestido con una chaqueta de houndstooth.
Al colega de Anthony le resultó muy sorprendente, pero el viejo periodista le aseguró, mirando a su visita por encima de sus grandes gafas, que él se había decidido a contratar al maniquí para evitar males mayores. Acto seguido, insistió en lo acertado de su medida y despidió, con cortesía, a su colega sin dar más explicaciones.
La biografía no vuelve a mencionar al maniquí ni a su llamativa chaqueta hasta que, en el epílogo, explica las sutiles diferencias entre la pata de gallo y el houndstooth (casi inapreciables para la mayoría) y nos cuenta que, en su testamento, dejó establecido que al amigo que le visitó aquel día le fuese entregada una enorme fotografía del sonriente maniquí.
Al parecer, esa gran ampliación estuvo en una de las paredes del club del colega durante mucho tiempo, hasta que desapareció en una mudanza.
La misteriosa biografía de Jordan sugiere que aquella ampliación contenía un
secreto relacionado con el houndstooth que nunca fue revelado.
Hoy parece, por lo que se lee de vez en cuando, que hay mucha gente interesada en hacerse con la fotografía y, más aún, con la chaqueta, que ya pertenece a la iconografía clásica de la literatura de suspense.
Hasta Hitchcock estuvo a punto de hacer una segunda parte de su "The Birds" con una prenda como esa, de la que, en un momento dado y en el instante menos esperado por los espectadores, los houndsteeth surgen con furia, atacando mortalmente a quien se acerca, desprevenido, al sonriente maniquí.
Tal vez tuviera razón el bueno de Anthony y sea recomendable que todos tengamos cerca un maniquí de larga melena y chaqueta de houndstooth, pero a mí me da un poco de miedo. La pata de gallo es otra cosa... pero esos dientes de perro, camuflados tras un dibujo de apariencia inofensiva y geométrica, son algo de lo que parece recomendable mantenerse alejado y a salvo.
Nadie sabe qué fue del maniquí, si es que llegó a existir, claro está. Aunque la leyenda cuenta que se le ha visto en las tardes más calurosas del verano, en la misma calle en la que estuvo la oficina de Anthony, siempre con aquella chaqueta de pequeños cuadros blancos y negros... llenos de dientes puntiagudos.
Fue leyendo una biografía de Anthony Jordan (el famoso periodista, que llegó a presidir la Asociación de la Prensa de su país, aparte de dirigir, durante muchos años, un conocido tabloide) cuando me llamó tanto la atención aquel capítulo en el que Anthony recibía en sus oficinas a un colega más joven que él, cuyo nombre no recuerdo, y, tras haber finalizado su reunión, ambos pasaron a un despacho próximo en el que, sentado a la mesa, se encontraba un sonriente maniquí de melena lacia, vestido con una chaqueta de houndstooth.
Al colega de Anthony le resultó muy sorprendente, pero el viejo periodista le aseguró, mirando a su visita por encima de sus grandes gafas, que él se había decidido a contratar al maniquí para evitar males mayores. Acto seguido, insistió en lo acertado de su medida y despidió, con cortesía, a su colega sin dar más explicaciones.
La biografía no vuelve a mencionar al maniquí ni a su llamativa chaqueta hasta que, en el epílogo, explica las sutiles diferencias entre la pata de gallo y el houndstooth (casi inapreciables para la mayoría) y nos cuenta que, en su testamento, dejó establecido que al amigo que le visitó aquel día le fuese entregada una enorme fotografía del sonriente maniquí.
Al parecer, esa gran ampliación estuvo en una de las paredes del club del colega durante mucho tiempo, hasta que desapareció en una mudanza.
La misteriosa biografía de Jordan sugiere que aquella ampliación contenía un
secreto relacionado con el houndstooth que nunca fue revelado.
Hoy parece, por lo que se lee de vez en cuando, que hay mucha gente interesada en hacerse con la fotografía y, más aún, con la chaqueta, que ya pertenece a la iconografía clásica de la literatura de suspense.
Hasta Hitchcock estuvo a punto de hacer una segunda parte de su "The Birds" con una prenda como esa, de la que, en un momento dado y en el instante menos esperado por los espectadores, los houndsteeth surgen con furia, atacando mortalmente a quien se acerca, desprevenido, al sonriente maniquí.
Tal vez tuviera razón el bueno de Anthony y sea recomendable que todos tengamos cerca un maniquí de larga melena y chaqueta de houndstooth, pero a mí me da un poco de miedo. La pata de gallo es otra cosa... pero esos dientes de perro, camuflados tras un dibujo de apariencia inofensiva y geométrica, son algo de lo que parece recomendable mantenerse alejado y a salvo.
Nadie sabe qué fue del maniquí, si es que llegó a existir, claro está. Aunque la leyenda cuenta que se le ha visto en las tardes más calurosas del verano, en la misma calle en la que estuvo la oficina de Anthony, siempre con aquella chaqueta de pequeños cuadros blancos y negros... llenos de dientes puntiagudos.
lunes, 10 de marzo de 2014
Sixteen Tons ("Cargar y descargar...")
Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") era el primo de Mala Estrella. Y digo "era" porque hace mucho que no hemos vuelto a saber de él, no porque se haya muerto o porque haya dejado de ser su primo.
Ni a Paquito ni a mí nos caía bien. Sobre todo a Paquito. Y lo de menos era que siempre se comía casi todos los bollos que la madre de Mala Estrella compraba para la merienda, lo peor de Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") era su forma de comportarse cuando jugábamos, por ejemplo, a El Palé.
No es este juego, cierto es, un paradigma de las virtudes que deben ser transmitidas desde un punto de vista ético (aunque puede resultar muy instructivo - como se afirmaba en su caja - para afrontar con destreza los avatares que presentará, sin duda, la vida en las sociedades capitalistas), pero siempre han sido aceptadas entre quienes se aventuran en un juego que supera, con creces, la vileza sutil que Don Mendo apreciaba en el de las Siete y Media unas reglas no escritas, moderadoras de las naturales ansias infantiles de victoria.
Pues bien, Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") no solo carecía de esta importante sensibilidad, sino que, por el contrario, se regocijaba en sus frecuentes situaciones de superioridad sobre algún otro jugador, en especial cuando este "otro jugador" era Paquito.
Lo que nunca calculó bien el primo de Mala Estrella fue el punto de abusiva soberbia que nunca debió rebasar en su flagrante escarnio.
En una de aquellas nunca agradables partidas, Paquito cometió la equivocación de aceptar un préstamo de quinientas pesetas de Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") y el subsiguiente desarrollo del juego no le permitió reunir el nivel de tesorería necesario para devolverlo.
El odioso primo, sin embargo, no solo no pareció estar preocupado por no recuperar su dinero, sino que, antes bien, disfrutó de forma evidente con la situación, hasta el punto de que, cada vez que llegaba el turno de Paquito, entonaba, entre dientes, una cancioncilla de su cosecha, compuesta por una repetitiva música de seis notas y una letra que decía, literalmente: "Me debes quinientas... no te las perdono...".
Como era de esperar, la paciencia de Paquito tuvo un límite y, en un momento dado, harto, más que del machacón estribillo, de la sonrisa prepotente de su prestamista accidental, le pegó con el tablero de El Palé en la cabeza, saliendo fichas, tarjetas de "Suerte" y "Sorpresa", casas y hoteles disparados por los aires, quedando esparcidos por todos los rincones de la habitación de Mala Estrella.
A partir de ese día, Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") comenzó a espaciar, prudentemente, sus visitas a la casa de sus tíos en donde, por supuesto, no se volvió a jugar a El Palé en mucho tiempo. En cualquier caso, y como medida preventiva, la madre de Mala Estrella evitó volver a invitar a merendar a Paquito cuando esperaba la visita de su sobrino.
Yo sigo conservando aquel tablero de El Palé y casi todas sus cartas, fichas, casas y hoteles (menos los que nunca fueron recuperados tras el furibundo y justificado ataque de Paquito, claro está) y, como es lógico, no he olvidado en ningún momento de mi vida ese lejano suceso.
Recordarlo con frecuencia me ha hecho reflexionar muchas veces sobre la actitud de tantas personas, supuestamente adultas, que son incapaces de controlar su codicia ni de actuar con humildad en situaciones en las que su superioridad sobre otros es manifiesta.
Si hay algo que no me gusta es el abuso sobre los más débiles, situación que, por desgracia, suele producirse en todos los ámbitos de la vida. Y no hablo solo de lo evidente, que a toda persona razonable repugna, sino también de esos otros abusos, tantas veces camuflados de falsa inocencia, que se producen cuando quien no siente ni padece se aprovecha de los sentimientos ajenos.
Es un juego muy parecido a El Palé, pero con emociones en vez de calles. En él, lo más triste es que quien suele cantar a otro la cancioncilla ("Me debes...") es, precisamente, el que está en deuda con el paquito de turno.
Sixteen Tons ("Cargar y descargar..."), al menos, le había prestado quinientas pesetas...
Ni a Paquito ni a mí nos caía bien. Sobre todo a Paquito. Y lo de menos era que siempre se comía casi todos los bollos que la madre de Mala Estrella compraba para la merienda, lo peor de Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") era su forma de comportarse cuando jugábamos, por ejemplo, a El Palé.
No es este juego, cierto es, un paradigma de las virtudes que deben ser transmitidas desde un punto de vista ético (aunque puede resultar muy instructivo - como se afirmaba en su caja - para afrontar con destreza los avatares que presentará, sin duda, la vida en las sociedades capitalistas), pero siempre han sido aceptadas entre quienes se aventuran en un juego que supera, con creces, la vileza sutil que Don Mendo apreciaba en el de las Siete y Media unas reglas no escritas, moderadoras de las naturales ansias infantiles de victoria.
Pues bien, Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") no solo carecía de esta importante sensibilidad, sino que, por el contrario, se regocijaba en sus frecuentes situaciones de superioridad sobre algún otro jugador, en especial cuando este "otro jugador" era Paquito.
Lo que nunca calculó bien el primo de Mala Estrella fue el punto de abusiva soberbia que nunca debió rebasar en su flagrante escarnio.
En una de aquellas nunca agradables partidas, Paquito cometió la equivocación de aceptar un préstamo de quinientas pesetas de Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") y el subsiguiente desarrollo del juego no le permitió reunir el nivel de tesorería necesario para devolverlo.
El odioso primo, sin embargo, no solo no pareció estar preocupado por no recuperar su dinero, sino que, antes bien, disfrutó de forma evidente con la situación, hasta el punto de que, cada vez que llegaba el turno de Paquito, entonaba, entre dientes, una cancioncilla de su cosecha, compuesta por una repetitiva música de seis notas y una letra que decía, literalmente: "Me debes quinientas... no te las perdono...".
Como era de esperar, la paciencia de Paquito tuvo un límite y, en un momento dado, harto, más que del machacón estribillo, de la sonrisa prepotente de su prestamista accidental, le pegó con el tablero de El Palé en la cabeza, saliendo fichas, tarjetas de "Suerte" y "Sorpresa", casas y hoteles disparados por los aires, quedando esparcidos por todos los rincones de la habitación de Mala Estrella.
A partir de ese día, Sixteen Tons ("Cargar y descargar...") comenzó a espaciar, prudentemente, sus visitas a la casa de sus tíos en donde, por supuesto, no se volvió a jugar a El Palé en mucho tiempo. En cualquier caso, y como medida preventiva, la madre de Mala Estrella evitó volver a invitar a merendar a Paquito cuando esperaba la visita de su sobrino.
Yo sigo conservando aquel tablero de El Palé y casi todas sus cartas, fichas, casas y hoteles (menos los que nunca fueron recuperados tras el furibundo y justificado ataque de Paquito, claro está) y, como es lógico, no he olvidado en ningún momento de mi vida ese lejano suceso.
Recordarlo con frecuencia me ha hecho reflexionar muchas veces sobre la actitud de tantas personas, supuestamente adultas, que son incapaces de controlar su codicia ni de actuar con humildad en situaciones en las que su superioridad sobre otros es manifiesta.
Si hay algo que no me gusta es el abuso sobre los más débiles, situación que, por desgracia, suele producirse en todos los ámbitos de la vida. Y no hablo solo de lo evidente, que a toda persona razonable repugna, sino también de esos otros abusos, tantas veces camuflados de falsa inocencia, que se producen cuando quien no siente ni padece se aprovecha de los sentimientos ajenos.
Es un juego muy parecido a El Palé, pero con emociones en vez de calles. En él, lo más triste es que quien suele cantar a otro la cancioncilla ("Me debes...") es, precisamente, el que está en deuda con el paquito de turno.
Sixteen Tons ("Cargar y descargar..."), al menos, le había prestado quinientas pesetas...
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