miércoles, 14 de abril de 2021

Viaje a Las Minas

 
 
Electra le decía a Pablo en su última y desconcertante carta que, seguramente, se iría a la casa de su familia en Las Minas, pero también había dicho: "Si no me voy, esta semana me acercaré y hablaremos".

Llegó el sábado sin tener noticias de Electra, por lo que la conclusión era evidente: se había ido a Las Minas.
En esos días, Pablo estuvo reflexionando sobre la situación y, tras debatir ardorosamente con sus amigos, todos estuvieron de acuerdo en que Electra había estado en Vallelargo secuestrada y amenazada por la Vieja Arpía, hasta que la aparición de Pablo, en las mismas puertas de su casa, le demostró que aquel no era un lugar lo suficientemente seguro y tomó la decisión de enviarla a la remota aldea de Las Minas, donde nadie sería capaz de llegar, y si, con mucho esfuerzo, lo hacía, saldría muy mal parado de su aventura.
 
Como su propio nombre indicaba, Las Minas era un poblado minero, perdido en un apartado paraje de las lejanas montañas del norte, totalmente dominado por la familia y los empleados de don Saturnino. Por carretera era muy complicado acceder hasta él, si bien existía una línea ferroviaria, que contaba con un apeadero próximo a la aldea, construido, en su día, para dar servicio al enclave minero y facilitar el transporte de carbón. 
Pablo y sus amigos habían oído a Electra hablar de él, y ella siempre lo había descrito como un lugar solitario y de difícil acceso, en el que el padre de don Saturnino (al que todos llamaban Tío Secun) era considerado el patriarca del pueblo. Ella decía que era un hombre afable, y que, pese a haber reunido una gran fortuna a base de grandes sacrificios personales y trabajo duro, seguía manteniendo un espíritu modesto, sin hacer nunca alarde de su éxito. Al parecer, para eso ya estaba su único hijo, Saturnino.
Cuando Pablo, Mano Negra, El Catalán y Juanito oían hablar de Las Minas se lo imaginaban como un poblado minero del Far West, en el que grupos de codiciosos mineros peleaban, piqueta en mano, contra viejos hacendados ganaderos, quienes, a su vez, habían desplazado de la zona a los nativos que, en un lejano día, la poblaron.
Pese a la indiscutible evidencia de que su idea era un tanto romántica, la estampa que los cuatro tenían grabada en la mente era tan atractiva para cualquier amante de la aventura, que todos soñaban con visitar Las Minas algún día. Ahora parecía que ese día había llegado.

—No tengo más remedio que ir a Las Minas —le dijo Pablo a Mano Negra—. Está claro que han secuestrado a Electra.
—Es muy peligroso —respondió Mano Negra, apretando los labios en un gesto que ponía de manifiesto un íntimo sentimiento de envidia—. Ya sabes que en estos días no puedo acompañarte.
—Lo sé. Y me gustaría que vinieses —admitió Pablo—, pero, aunque pudieras, tampoco tenemos dinero para dos billetes de tren. Tenemos para uno... y de milagro.

Las finanzas del grupo nunca habían sido boyantes, pero aquel verano los viajes de Pablo estaban dejándolas al borde de la bancarrota. Ante lo irrefutable del argumento de su amigo, Mano Negra no tuvo más remedio que aceptar los hechos.

—De acuerdo —dijo—. ¿Cómo vas a hacerlo?
—El único tren que para en Las Minas es un mixto que sale esta noche y llega allí mañana, muy temprano. Ya me he informado de todo. Sacaré un billete de ida y vuelta, que es un poco más barato.
—¿Y cuándo vuelves? —preguntó, inquieto, Mano Negra.
—Mañana por la noche. Estaré aquí el lunes a primera hora.
—¡Dos noches enteras de viaje! Y, supongo, que en tercera, claro.
—Supones bien, camarada: en tercera... ¡y gracias! —suspiró Pablo.
—¿Qué vas a contar en casa? ¿Has pensado algo?
—Sí, que tus padres me han invitado a pasar el fin de semana en la casa que tenéis alquilada en el campo
—Bueno, puede que cuele —aceptó Mano Negra, sin estar convencido del todo—. Espero que tu padre no se ponga a investigar, como es su costumbre.

El comentario de Mano Negra estaba perfectamente justificado. Desde tiempo inmemorial, el padre de Pablo, don Francisco, mantenía una secreta lucha con su hijo para descubrir sus (para él) misteriosas actividades, que Pablo se afanaba en mantener ocultas a las constantes investigaciones de su progenitor.
Don Francisco tenía la absoluta seguridad de que el, en apariencia, impecable comportamiento de Pablo escondía una realidad bien distinta, cuyos detalles desconocía y no le inspiraban ninguna confianza.
Esta guerra fría, camuflada bajo un manto de aparente tranquilidad, se había convertido en una especie de desafío, en el que cada uno de los dos luchaba por obtener la victoria sobre el otro, a sabiendas de que ese triunfo no tendría más consecuencias que las derivadas de satisfacer, íntimamente, su orgullo personal.
Del mismo modo, ambos eran conscientes de que ninguno podía ganar, de forma definitiva, una competición que les brindaba, eso sí, permanentes emociones que hacían mucho más interesante la vida diaria, incluso en los momentos de rutina y monotonía doméstica.

De cualquier forma, decidido ya Pablo a emprender este nuevo viaje hacia lo desconocido, él y Mano Negra siguieron conversando un rato para rematar los detalles de la versión 'oficial' de sus planes y prevenir los posibles contratiempos familiares que pudieran surgir en el caso de que se presentase alguna situación imprevista (lo que, dicho sea de paso, parecía bastante probable).


Esa misma noche, Pablo se dirigió a la estación, dispuesto a emprender una nueva aventura viajera, si bien, en esta ocasión no estaba nada seguro de que su expedición a lo desconocido tuviese un buen final. Pese a ello, se sentía obligado a intentarlo si quería mantener su prestigio y autoridad ante sus amigos.
Nunca le habían arredrado las dificultades ni tuvo temor ante el peligro, y no iba a hacer una excepción ahora.

Tras comprar el billete a un sorprendido taquillero (jamás nadie le había pedido un billete para Las Minas), a quien tuvo que repetir tres veces el destino de su viaje, subió a su vagón y trató de acomodarse como pudo en su asiento.
No era tarea fácil, teniendo en cuenta que tenía muchas horas por delante (toda la noche) y que los bancos de tablas de madera podían ser calificados de muchas maneras, pero nunca de confortables.
Era evidente, pensó Pablo, que los hacían así para castigar a la pobre gente que se veía obligada a viajar en tercera clase, marcando las diferencias de una forma grosera y casi humillante.

Frente a él estaba sentada una mujer de edad indefinida, vestida de negro y con un pañuelo (también negro) cubriendo su pelo. El pañuelo parecía formar parte de la propia cabeza de la señora y Pablo se preguntó si alguna vez no estuvo allí. Tras llegar a la conclusión de que esa posibilidad era remota, pasó a observar al resto de compañeros, con los que iba a pasar, al menos, una parte del viaje.
Dos hombres, que habían subido al vagón cargados de voluminosos y variopintos equipajes, se sentaban a su lado, y charlaban entre ellos con un extraño acento, que Pablo no acertó a identificar. Ambos llevaban boina calada hasta las cejas y no daban muestras de tener intención de modificar este peculiar estado a lo largo de las próximas horas.
El resto de sus acompañantes no despertaron su interés, por lo que centró su atención en el contenido de la pequeña mochila que había escogido para llevar consigo. Comprobó el tamaño del bocadillo y pensó que era algo escaso para lo que tenía por delante, sobre todo teniendo en cuenta los limitadísimos fondos con los que contaba. La linterna y la navaja sí merecieron su aprobación, así como la botella, que esperaba poder rellenar cuando hubiese dado cuenta del medio litro de agua con el que comenzaba viaje. 
Sacó de la mochila la prenda de abrigo que escogió en su casa, un híbrido de anorak ligero e impermeable grueso, apropiada (en su opinión) para los imprevisibles cambios de clima y temperatura que, con mucha probabilidad, le esperaban en aquel indómito valle minero. La contempló despacio, un tanto dubitativo, y se envolvió en ella como pudo, dispuesto a pasar la noche de la mejor manera posible.

Pablo abrió los ojos con las primeras luces del día, tras una madrugada ajetreada. El permanente traqueteo del tren, las constantes paradas nocturnas y la ya comentada incomodidad de los bancos de tablillas contra los que los sufridos viajeros de tercera se veían obligados a luchar para tratar de acomodarse, no le habían permitido descansar. Intentó moverse y le pareció que tenía los doscientos seis huesos del cuerpo entumecidos. Poco a poco fue recuperando la movilidad y comprobó que todos sus compañeros de viaje habían desaparecido, algo normal, dado el casi infinito número de paradas hechas por el lentísimo convoy mixto (llevaba unos cuantos vagones de pasajeros y otros muchos de mercancías) y, sobre todo, porque, en su fuero interno, albergaba serias dudas de que alguien, por raro que fuera (y los personajes que le acompañaban lo eran), estaría dispuesto a llegar hasta un lugar tan remoto y poco atractivo como presumía que era esa aldea, aislada en los montes, que respondía al muy descriptivo nombre de Las Minas.

Se asomó por la ventanilla y entrevió un paisaje solitario y desangelado. Montes y prados, salpicados de pequeñas zonas boscosas, se adivinaban al paso de la larga fila de vagones (el revisor se refirió al de Pablo como 'el coche número 3', cuando entró, apenas se puso en marcha la vieja locomotora negra que tiraba de aquel monstruo articulado, para picar su billete), entre la ligera neblina matinal y las densas bocanadas de humo que surgían de la chimenea que liberaba la presión de la enorme caldera cilíndrica de la máquina. 
Ya debía quedar poco para llegar a Las Minas, por lo que Pablo fue en busca del revisor, con intención de preguntarle.

—Es la próxima parada —dijo el interpelado, mientras levantaba ligeramente su gorra y se rascaba la frente—. En quince minutos estamos allí.

Pablo dio las gracias y, regresando a su asiento, oyó, de nuevo, la voz del ferroviario:
—Baje rápido, porque solo paramos dos minutos.


Un cuarto de hora más tarde, Pablo y su mochila estaban sobre el andén del apeadero de Las Minas.
Para su sorpresa, el edificio era más grande de lo que esperaba y, cerca de él, unos cuantos ramales de vías muertas surgían de la principal, llegando hasta una zona cercana, en la que varios almacenes parecían atestiguar la evidencia de una vida anterior mucho más activa.
Al entrar, solo encontró a un hombre, envejecido y taciturno, sentado junto a un pequeño mostrador, sobre el que manejaba unos papeles. Al ver llegar a Pablo, levantó la mirada hacia él y arqueó las cejas, en señal de sorpresa.

—Buenas —dijo el esforzado viajero—. ¿Cómo puedo llegar hasta el pueblo?
—Siguiendo la carretera —contestó el hombre—. No tiene pérdida.
—¿Está muy lejos?
—Usted es joven —observó el empleado de la estación, volviendo a concentrarse en sus papeles—, llegará.


En realidad, no podía decirse que existiese un pueblo, propiamente dicho. Las Minas era un conjunto de casas sueltas, desperdigadas por una gran vaguada abierta y despejada, de aspecto triste y solitario. Al fondo, las estribaciones de unos montes cercanos cerraban el valle, con una sucesión de colinas rocosas, cubiertas en parte por grupos de árboles oscuros.

Es cierto que era domingo, pero a Pablo no le pareció que ese detalle fuese suficiente para justificar la soledad que presidía el ambiente. A medida que se iba acercando a las casas (casi todas de piedra y con un solo piso sobre la planta baja, que, en la mayoría de ellas, no parecía ser utilizada como vivienda), tuvo la impresión de que Las Minas era un pueblo abandonado. Atravesó lo que tenía aspecto de ser la parte central sin ver a nadie, pero le parecía que, cada vez que pasaba junto a cada una de aquellas herméticas casonas, los visillos de alguna ventana se desplazaban levemente, como si una misteriosa presencia se moviese tras ellos.
Maldiciendo a la Vieja Arpía y a todos sus macarrones, siguió avanzando, en busca de algún bar o tienda en los que preguntar por el objeto de sus pesquisas, pero no vio establecimiento comercial alguno. Allí no había nada: tiendas, bares, restaurantes, hoteles, estancos y farmacias brillaban por su ausencia. Buscó una tahona, una iglesia, una herrería... ¡Nada!
Tal vez una granja, un huerto, un almacén de leña... ¡Tampoco!
Tenía sueño, desde luego, pero era consciente de que, aunque lo pareciese, aquello era real. No estaba dormido. ¡Cómo iba a estarlo después de ese viaje infernal que le había descolocado el esqueleto! Claro que lo de los músculos era, aún, peor; la sensación que sentía era la de haber sido coceado por una manada de caballos salvajes... aunque, tal vez, se parecía más a la de haber sido pisoteado por las reses que perseguían los celestiales jinetes de la canción de Elder Barber. En cualquier caso, su estado físico era lamentable. No le importaba haber hecho el viaje de noche, pero si, al menos, el tren hubiese sido un expreso, pensaba Pablo, y, de inmediato, se corregía a sí mismo, aceptando la indiscutible imposibilidad de que cualquier medio colectivo de transporte que tuviera una mínima dignidad, parase en Las Minas.

Puestas así las cosas, la mejor opción que se le ocurrió en ese momento fue la de hacer un alto en su infructuosa búsqueda y sentarse a comer el bocadillo que llevaba en su mochila. No se lo comió entero, porque sabía que el día iba a ser largo y, a la vista del panorama que tenía por delante, era improbable que encontrase alguna otra cosa que llevarse a la boca. Tendría que racionar sus provisiones.
Con gran esfuerzo, dejó de comer cuando todavía le quedaba casi la mitad del bocadillo y la guardó para más tarde. Bebió un poco de agua y reanudó su periplo en busca de la casa en la que, supuestamente, estaba encerrada Electra.
 
Por fin, en el sitio más inesperado, vio un local que podía ser un almacén o algo similar. Se dirigió hacia él con paso decidido y cruzó el umbral, apartando la cortina de chapas que hacía las veces de puerta. Efectivamente, parecía un pequeño almacén, en el que se guardaban diversos tipos de objetos de uso cotidiano y algunos comestibles enlatados. No había nadie a la vista.
—¡Hola! —gritó Pablo—. ¿Hay alguien?
—Ya voy —contestó una voz ronca, que surgía de algún habitáculo trasero.
Pablo esperó unos instantes, pero nadie apareció. 
—¿Hola? —repitió el joven viajero, esta vez en forma de pregunta.
No hubo respuesta, pero unos segundos más tarde, apareció una figura entre las sombras que cubrían el fondo del almacén. Era un hombre de unos cincuenta años, malencarado y con una cojera notable.
—¿Qué pasa? —inquirió, mirando al forastero con cara de pocos amigos.
—Busco la casa de Tío Secun —se limitó a decir Pablo.
—¿Para qué? —siguió preguntando el hombre surgido de las sombras.
—Soy amigo de su nieta. Pasaba por aquí y quiero saludarles.

La explicación no convenció al lugareño. De hecho, ni siquiera convenció al propio Pablo, consciente de que era imposible que persona alguna, en su sano juicio, 'pasase por allí'. Para ir a Las Minas era preciso hacerlo a conciencia (y tener una gran presencia de ánimo o, como era el caso de Pablo, una buena razón para aventurarse a emprender semejante viaje).

—No hay nadie. Se han ido —negó el habitante de Las MInas, haciendo gala de su mejor ronquera.
—Me han dicho que sí estaban —insistió Pablo, incrédulo.
—Pues no están aquí —concluyó el dueño de la voz ronca, entornando los ojos como una alimaña a punto de saltar sobre su presa.
—¿Y quién pude decirme dónde están?
—Nadie. Pregunte en la caseta de la vieja mina, pero no creo que el guarda lo sepa. ¿Quiere algo más?
—Sí —dijo Pablo, improvisando—, deme unas cuartillas o folios y un sobre, por favor.

Por el gesto que puso el hombre, era evidente que nadie, nunca, le había hecho semejante pedido, pero buscó en un mugriento cajón y sacó de él unas hojas y un sobre amarillentos que, según dedujo Pablo, en algún momento del pasado fueron blancos. Pagó las diez pesetas que le pidió aquel rústico individuo, solicitó indicaciones para llegar a la caseta de la mina y se marchó tan rápido como pudo.


Camino de la 'vieja mina', como la había llamado el malencarado personaje, pasó por delante de un gran caserón de dos pisos que destacaba, por su aspecto y calidad de construcción, del resto de las modestas edificaciones de la aldea. Estaba sobre un pequeño promontorio y junto a la puerta principal, a la que se accedía subiendo media docena de escalones, se erguía una esbelta palmera. Pablo lo identificó como la casa de Tío Secun.
Puertas y ventanas aparecían ante su vista herméticamente cerradas, dando la impresión de que la casa estaba vacía. Pese a ello, Pablo se acercó, saltó la valla del reducido jardín que la rodeaba y, con extremo sigilo (de todo punto innecesario, porque no parecía haber nadie en varias leguas a la redonda), la observó desde todos los ángulos posibles. Una vez terminado el reconocimiento y reafirmada su seguridad de que se trataba de la de Tío Secun, subió los escalones de la entrada principal y llamó varias veces a la puerta. No hubo respuesta alguna. Solo llegaron hasta él los ecos de sus reiteradas llamadas.
Ante la evidencia de que la propiedad estaba desierta, volvió al camino que conducía a la caseta de la mina.
Ya no se detuvo hasta llegar a un cartel, muy deteriorado, que rezaba: 'Compañía Minera de Antracitas del Norte'. Cerca de él, una caseta de madera, grande y destartalada, montaba guardia junto a una entrada protegida por una alambrada rota, de la que colgaba un aviso, medio despintado: 'Prohibido el paso'.
En la caseta no se percibía la más mínima señal de vida humana, pese a lo que Pablo gritó:
—¡Hola! ¿Hay alguien?
Por toda respuesta, un par de grajos echaron a volar, levantando el polvo tras la alambrada, y, después, el silencio más absoluto reinó en el ambiente.

Pablo, que había imaginado a Electra prisionera de los esbirros de la Vieja Arpía en los sótanos del caserón de Tío Secun, cambió de opinión y ahora pensó que era más probable que la tuviesen escondida en aquella siniestra mina abandonada, donde nadie sería capaz de encontrarla.
No es que, en realidad, creyera que Electra estuviese allí, pero no tenía nada mejor que hacer, por lo que se dispuso a entrar en aquel inhóspito lugar e investigar a fondo.
Cruzó, sin mucha dificultad, los alambres de espino de la cerca y siguió los restos del polvoriento camino, que marchaban paralelos a unas oxidadas vías. Unos y otras le dirigieron hasta una zona en la que unos artificios de madera y una vagoneta volcada, junto con diversos instrumentos, desconocidos para Pablo, se agolpaban frente a la entrada de una galería excavada en el monte. Pablo se detuvo y dudó un momento, pero no había emprendido ese penoso y largo viaje en busca de Electra para echarse atrás en ese momento, justo cuando algo misterioso y sumamente atractivo se le ofrecía como recompensa a sus penalidades. Tenía la absoluta convicción de que no iba a encontrar nada dentro de la galería, lo que no era obstáculo para aprovechar la ocasión de correr una aventura que, después, podría relatar a sus amigos con todo lujo de detalles.
Buscó, en su mente, una excusa que justificase la incursión en la negra cueva artificial, cuya boca se abría ante él como las fauces de un monstruo prehistórico, ansioso por tragarse a cualquier ser viviente que osase acercarse... y encontró una de inmediato, aunque no dentro de su mente, sino fuera: estaba empezando a llover. Esta circunstancia le pareció razón más que suficiente para ponerse a cubierto en el interior. Y, ya que estaba dentro, ¿por qué no dar una vuelta para ver si descubría algo de interés?


La linterna que Pablo llevaba en su mochila pasó a desempeñar el papel protagonista que, pacientemente, aguardaba desde el comienzo del viaje. Las baterías estaban a tope y su luz era potente y clara. Con ella en la mano, apuntando siempre al suelo, para prever cualquier posible irregularidad del terreno, Pablo comenzó a avanzar por la galería. Esta se adentraba en el monte en línea casi recta y marcando un ligero descenso que se iba haciendo más pronunciado a medida que se alejaba de la entrada. Soportes, refuerzos, postes y vigas de madera, estas últimas formando los típicos sombreros, se iban sucediendo a lo largo del túnel. De vez en cuando, algún puntal contribuía a la sujeción de  los sombreros y los tirantes parecían estar irregularmente distribuidos, aunque daban la impresión de ser robustos y permanecer bien nivelados. Las soleras, por el contrario, estaban medio enterradas, dando a entender que el terreno había cedido ligeramente o que las paredes, muy arcillosas, desprendían tierra.

La sensación general que daba la galería, pese a su abandono, era de cierta seguridad y en su interior se respiraba bien, por lo que era de suponer que la ventilación se mantenía operativa. 
Apenas recorridos unos cincuenta metros, Pablo vio un agujero en el suelo. No era algo normal, a pesar de que se encontraba en una parte algo más ancha. Iluminó el hueco con la luz de su linterna y vio que tenía unos tres metros de profundidad. Una escalera de mano bajaba hasta el fondo. Nada más estaba al alcance de la vista. Sin pensárselo dos veces, bajó por la escalera, que crujió con el peso del joven explorador. Abajo, las dimensiones del pozo eran mayores y las paredes, de roca en su mayoría, estaban limpias de la tierra arcillosa que tanto abundaba en la galería superior. Sin otra salida más que la escalera por la que había bajado Pablo, no presentaba ningún aliciente que le animase a inspeccionarlo más detenidamente, por lo que regresó a la vetusta escalera de madera y se puso a subir por ella. Se oyó un crujido más fuerte que el de la bajada y, acto seguido, el peldaño que soportaba el peso de Pablo cedió y, al romperse, dejó a su pie sin apoyo, provocando su caída sobre todos los inferiores que saltaron por los aires hechos pedazos. El golpe fue duro pero el dolor no fue lo que preocupó a Pablo, sino la certeza de que, sin la escalera, le sería imposible salir de allí.


Dos horas después, con las manos destrozadas de intentar, sin éxito alguno, trepar por aquella pared vertical, Pablo decidió descansar un rato. Tal vez, se dijo sin ninguna convicción, si conseguía recuperar sus fuerzas, sería capaz de lograrlo más tarde...
Completamente agotado, se quedó dormido.

Despertó, en la más absoluta oscuridad, con la sensación de haber pasado allí toda la noche, pero, tras encender la linterna e iluminar con ella la esfera de su reloj, comprobó que eran las seis de la tarde. Había soñado que un descendiente de Howard Carter, excavando en una tumba del Valle de los Reyes de Luxor, encontraba un esqueleto perfectamente conservado, junto a una brújula y una linterna. La noticia del descubrimiento daba la vuelta al mundo y ocupaba las portadas de los principales diarios, y el propio Pablo la leía horrorizado, al tener la seguridad de que los huesos encontrados por el descendiente de Howard Carter eran los suyos.
Superado el sobresalto inicial del recuerdo del sueño (que pronto se fue difuminando en su memoria, como suele suceder la mayor parte de las veces), abrió su mochila a tientas y dio buena cuenta de lo que quedaba del bocadillo. Mientras degustaba con satisfacción la que bien podría ser su última comida, se animó a sí mismo diciéndose que, así, tendría más energías para volver a intentar esa escalada imposible que separaba la vida de una muerte segura y oscura (nunca mejor expresado), pues sabía bien que no tenía otra opción más que la de intentar salir de aquel maldito agujero, ya que, por mucho que gritase, nadie podría oírle.


Es preciso decir que el bocadillo en cuestión era de jamón y tortilla de patata. Y, si hacemos referencia a ello, es porque o bien el cerdo que dio origen al jamón fue 'Superpig', o la gallina que puso los huevos con los que se cocinó la tortilla era pariente de la de los huevos de oro. También es posible, claro, que se diese una combinación de ambas circunstancias. Es la única explicación, remotamente posible, que puede justificar el hecho de que Pablo fuese capaz de superar aquellos tres metros, agarrándose como una verdadera lapa a las mínimas protuberancias de esa pared. Ni él mismo supo cómo lo logró, tras más de veinte caídas, en las que no se fracturó el cráneo de verdadero milagro.
Cuando Pablo apareció en la entrada de la galería con las manos ensangrentadas, contusiones por todo el cuerpo, la ropa desgarrada por varios sitios y cubierto por una mezcla de arena, arcilla y polvo de carbón, pensó que si Edmund Percival Hillary y su sherpa Tenzing Norgay hubiesen conocido su hazaña, habrían renunciado a sus múltiples honores y condecoraciones, por considerar su conquista del Everest una nimiedad en comparación con su heroica proeza, realizada, además, en solitario y sin el equipo de escalada del que ellos, sin duda, dispusieron en su día.


Eran ya las ocho de la tarde y Pablo volvía a pasar frente a la casa de Tío Secun. Con aquella luz vespertina, estaba más triste y aislada que unas horas antes. Los grajos, que graznaban sin parar a esa hora, le miraron, insolentes, mientras picoteaban entre los hierbajos  del poco cuidado jardín.
—Maldita Vieja Arpía —murmuró Pablo, entre dientes, descargando a Electra de toda responsabilidad por los contratiempos sufridos.

Llegó al apeadero del ferrocarril antes de las nueve, y se suponía que el tren de regreso pasaría por allí a las diez y media... si era puntual, lo que no debía pronosticarse como probable.
Intentó entrar en el edificio, el mismo en el que esa mañana habló con el hombre envejecido y taciturno que le dio las primeras indicaciones, pero la puerta estaba cerrada. El andén no tenía ni un miserable banco, por lo que tuvo que sentarse en unos escalones de piedra, al final de la plataforma junto a la que discurrían las vías.
Pablo sacó de su mochila los arrugados folios y el sobre adquiridos en el peculiar almacén y se dispuso a escribir una carta a Electra. Una carta que no tenía intención de echar al correo, y que, por lo tanto, contaba con muchas posibilidades de no llegar nunca a su poder. No le importaba, no escribía para ella, sino para él mismo. Pese a ello, empezó así la carta:
 
Las Minas, 28 de agosto de 1965 (no es San Fermín, aunque lo parece)
 
Querida Electra:
 
He venido a buscarte a Las Minas, pero tú no estabas...

Y, una vez terminada, escribió en el sobre: "Para Electra. Allá donde estés". Buscó un lugar seguro, en el que nadie pudiese encontrarla por azar y allí la escondió, bajo una piedra plana, cerca de una pequeña fuente, en la que sació su sed y se refrescó. Después regresó a los escalones de piedra y se sentó a esperar la llegada del tren.

Todavía le quedaba una larga noche de viaje en un vagón de tercera clase.


[CONTINÚA EN 'Septiembre']



viernes, 9 de abril de 2021

La hiedra

Aquella mañana de invierno, Lucía salió de su casa muy temprano. Se puso al volante medio dormida y, con más precipitación de la habitual, se introdujo con su coche en esa neblina matinal que, aún, no había levantado del todo y dificultaba un poco la visibilidad. Apenas llevaba recorridos unos metros desde la salida de su garaje, cuando se encontró con él. Estaba de pie, inmóvil en el centro de la calzada. Al verla llegar, levantó una mano, a modo de saludo. Ella frenó y él, con total naturalidad, se subió al coche y se sentó.

—Hola —dijo, sin énfasis—. ¿Qué tal estás?
—Dormida —respondió Lucía—. Y puede que soñando.
—No, no sueñas. Además, aunque estuvieses soñando, los sueños los olvidarás pronto —aseguró él, mirando al frente—. Ten cuidado con la niebla. Es peligrosa.
—¿Cómo has venido?
—Andando.
—Pero... ¿desde tu casa?
—Claro.
—Esto está muy lejos —aseguró ella, sin salir de su sorpresa.
—La distancia es una magnitud relativa. Como todas, si a eso vamos —sentenció su inesperado acompañante.

Dicho esto, introdujo una cinta en el radio-cassette del coche y reclinó ligeramente su asiento. Unos segundos después, las voces y guitarras de Los Panchos empezaron a sonar, amortiguando con su melodía el ruido del motor y el del tráfico exterior: "Pasaron desde aquel ayer..."

Lucía había pensado varias veces en dejar esa relación. Pero, siempre que intentaba proponérselo en serio, pasaba algo que lo impedía.
Realmente, no había ningún motivo que justificase dejarlo... salvo esa íntima seguridad que removía su ánimo y le advertía que ese amor era imposible, que algún día él desaparecería de su lado y le dejaría un vacío irremplazable, causándole un inmenso dolor.

Sin embargo, ese día no llegó nunca. 

La vida de Lucía se complicó mucho, es cierto, pero esas complicaciones venían de muy atrás. De un pasado en el que se había dejado llevar por la insustancialidad de unos sentimientos huecos, maquillados por la euforia pasajera de una juventud en la que el conflicto permanente entre realidad y ficción fue una constante casi suicida. 
Ambición y placer formaban un binomio peligroso que, ungido por el óleo de la belleza, producía efectos muy peligrosos.
Los síntomas que afectaron a Lucía fueron compatibles con el extravío, por lo que llegó a mimetizarse con ese espíritu universal que, con tanto acierto, describieran Dumas y Verdi: el de la mujer traviata.
Y, así, Lucía se convirtió en una nueva Violetta, una mujer en lucha constante contra sí misma, cuyo orgullo era su principal recurso para salir adelante en un mundo que, de tanto tenerlo predispuesto a su favor, se volvía, una y otra vez, en su contra.

Treinta años después, él seguía sintiéndola ligada a él, sin que sus ojos pudieran separarse jamás de sus sueños... apretada, como la hiedra, a esa pared blanca y eterna que un día construyera.

—He venido para que sepas que siempre estaré junto a ti —dijo él en aquel lejano día, sin que le hubiesen preguntado—. Venderás este coche, te cambiarás de casa, buscarás un nuevo trabajo... pero yo seguiré aquí, como hoy, en la calle por la que vas a pasar cada mañana cuando te levantes, en mitad del sueño que acariciará tu memoria por la noche, aunque tú no hayas querido soñarlo.


Los poemas de Juan Ramón se borraron con el paso del tiempo; los besos y las promesas volaron, con las nubes, hacia el este; los sueños de peces, tortugas y delfines fueron incinerados en el crematorio del olvido...
Pero él volvió ese día, treinta años y una noche después, y comprobó que allí seguía la hiedra: apretada, fuerte, robusta. Y eso que la vida había pasado, como el agua pasa bajo el puente del dormir.
 
Se tumbó sobre la reverdecida hierba de abril y se sintió casi feliz. Tan solo una débil sombra de tristeza cruzó, fugaz, por su ánimo. Cuando la sombra hubo pasado, cerró los ojos, encendió su teléfono móvil y se puso a escuchar la vieja canción de Los Panchos: "Donde quiera que estés...".

viernes, 2 de abril de 2021

Una llamada y dos cartas

 
 
Electra cumplió su palabra y llamó a Pablo al día siguiente de los sucesos de Vallelargo, algunos de los cuales se recogían en la sección de sucesos de la prensa del lunes que, afortunadamente, era mucho más escasa que la del resto de la semana, ya que los principales diarios matutinos solo se publicaban de martes a domingo.

Esa mañana, Pablo se había despertado tarde. No es que eso fuese raro en él, pero en esta ocasión tenía una causa bien justificada. El viaje dominical a Vallelargo le había dejado molido, tanto física como psicológicamente, y, aunque había dormido de un tirón, era evidente que no pudo descansar bien. 
Por si los acontecimientos de la expedición a Tombuctú (Pablo ya dudaba de que el safari de ida y vuelta que acababa de realizar hubiera sido a un cercano y tranquilo pueblecito de la montaña y no a las proximidades del Níger, atravesando de norte a sur el Magreb) no fuesen suficiente motivo de agotamiento, la jornada terminó para él con una frustrada visita a Mano Negra, con quien no pudo hablar, pues lo encontró acompañado de dos ex compañeros de colegio poco recomendables y tuvo que limitarse a darle una versión en clave de los hechos, tan hiperbólica que su amigo interpretó que Electra estaba encerrada en una mazmorra de la casa de vacaciones de don Saturnino, mientras que los dos antiguos compañeros de Mano Negra concluyeron que Pablo y Juanito habían escapado, de milagro, a una muerte segura, huyendo de unos pirómanos enloquecidos que iban quemando cuanto encontraban a su paso.
Lo curioso del caso es que, uno y otros, no solo creyeron a pies juntillas tan dispares versiones, sino que les parecieron normales, dadas las habituales aventuras que solían acompañar a Pablo en su vida cotidiana.

Así que Pablo decidió no ir a Le Canal y se quedó en casa, pendiente de la prometida llamada de Electra.
Era ya cerca de la una de la tarde cuando sonó el teléfono. La voz de la chica no daba señales de ningún contratiempo. Parecía estar calmada y su acento sereno tranquilizó a Pablo.
—¿Qué pasó con tu madre? —preguntó—. ¿Tuviste problemas?
—No, no pasó nada. ¿Qué tal estás? —respondió ella, cambiando de tema.

La pregunta de Electra fue un error, pues dio pie a que Pablo comenzase una larguísima perorata acerca de la vida, el amor, los sentimientos y las emociones en general... enlazando, de inmediato, con una derivación de estos mismos temas, aplicados a los casos particulares de Electra, Puskas y el propio Pablo.
No faltaron en la entusiasta arenga del joven las descalificaciones hacia la Vieja Arpía y sus secuaces, ni los elogios dedicados a los tres amigos de Pablo, de quienes dijo (y en esto no exageró) que estaban felices al saber que ella, Electra, había salido victoriosa de su sorda, pero muy sufrida pugna con Puskas por ocupar, ahora ya sin sombra alguna, el disputado trono del corazón de Pablo.
El único matiz, y no es baladí, que podría discutirse de esta última afirmación era que el trono en el que los amigos de Pablo querían ver asentada a Electra no era tanto el de su corazón como el de su cerebro.
Pero este pequeño detalle no empañaba el alborozo generalizado ante la confirmación de la buena nueva ("¡Aleluya!", dijo Juanito cuando se enteró, resumiendo en una sola palabra el sentir de todos, y las campanas de San Ildefonso repicaron alegres, tocando a gloria).

Fue tan entusiasta y apasionado el discurso telefónico de Pablo, que Electra apenas habló. La media hora que duró la conferencia fue, en la práctica, un monólogo luminoso, digno del más brillante orador. Si Demóstenes, Cicerón o Emilio Castelar hubiesen tenido espíritu romántico, habrían envidiado (de haber podido escucharla, claro) la sentida alocución con la que Pablo acarició los oídos de Electra, tan necesitada durante meses de palabras como las que ahora recibía a través de un negro hilo telefónico. 
Pero la fundamental virtud de la disertación de Pablo no era, siendo muy bueno, el contenido del mensaje que transmitía, sino la sinceridad con la que hablaba. Se sentía plenamente feliz, por él y por poder resarcir a Electra, con la misma veracidad con la que siempre le había hablado, de las innumerables dudas, preocupaciones y temores que su método de transparencia absoluta le había causado desde que se conocieron y, sobre todo, desde que ambos se habían embarcado en aquella aventura conjunta, lanzándose a un espacio inexplorado y, por tanto, desconocido, sin más protección que su decidido ánimo y el voluntarioso apoyo de sus amigos.

—Nuestro esfuerzo ha merecido la pena, Electra —concluyó—. Hemos triunfado.
Ella se limitó a murmurar, con voz muy suave:
—Gracias por todo lo que me has dicho, Pablo. Gracias. Ahora tengo que colgar. Hasta pronto.


Por la tarde, en la terraza de Puskas, Pablo parecía ausente. Tan distraído estuvo que se tomó dos vasos de Nescafé helado, algo que nunca había hecho antes y que, secretamente, satisfizo a su anfitrión, quien, medio en guasa (solo medio), se quejó de lo caro que le iba a salir el mes de clases en su casa si Pablo se aficionaba al Nescafé con ese entusiasmo. Pero Pablo no captó la broma ni, tampoco, la íntima satisfacción del padre de Puskas.
Arriba, en el cielo, las nubes se iban arremolinando y formaban amenazadores cúmulos verticales que estaban adquiriendo un tono negruzco, presagio de tormenta. Sin duda, ya se estaba formando en las sierras que se elevaban al noroeste y no tardaría mucho en llegar a la ciudad.
Pablo vio un relámpago lejano y pensó que en aquella zona era, más o menos, donde debía estar la casa de Electra. También pensó que no se había fijado si tenía o no pararrayos, aunque, teniendo en cuenta la tendencia de don Saturnino a presumir ante el mundo de la excelente salud de su fortuna, no le extrañaría que tuviese uno fabricado, personalmente, por Benjamín Franklin.

Esos oscuros nubarrones le recordaron a Pablo la vieja canción de Elder Barber, 'Jinetes en el cielo' y, por un momento, se vio a sí mismo cabalgando entre fantasmas de miles de vacas, arreando a un rebaño de infinitas reses durante toda la eternidad: "Los ojos de esas bestias eran brasas al mirar, los cascos de sus patas centelleaban al pisar, sus cuerpos eran negros...con brillo de metal".
Sintió un escalofrío breve, pero muy intenso: "Si quieres salvar tu alma y saber lo que es la paz...", seguía cantando Barber, dentro de la cabeza de Pablo.
—Pablo, ¿me escuchas? —preguntó el profesor de Física.
—Sí, sí, claro —contestó, poco convencido.
Puskas le estaba mirando con los ojos muy abiertos. Pero Pablo tampoco la veía a ella, solo veía un grupo de jinetes celestiales cabalgando entre las nubes, tratando de alcanzar a la manada, que corría sin freno por un valle interminable, en el que un vapor de agua negruzco, condensado y compacto, se fundía con el polvo que levantaban miles de cabezas de ganado, cuyos bramidos infernales retumbaban en sus oídos como si estuviese en mitad de la Rompida de la Hora de Calanda, en pleno Viernes Santo.

Cuando volvió al mundo real, el profesor ya había terminado su clase y se había marchado, dejándoles solos.
—¿Estás bien, Pablo? —dijo Puskas, haciéndole una seña con la mano.
—Perfectamente —respondió él—. Y eso que tu padre se ha olvidado hoy de ofrecerme el Nescafé helado. Me parece que esta tarde está un poco despistado.


La apasionada carta que, con tanta fe en su buena suerte, echó Pablo al correo el sábado 19, le llegó a Electra en la mañana del martes 22. Al día siguiente, miércoles 23, Pablo recibió la inmediata respuesta postal de Electra:

Vallelargo, 22-8-67

Querido Pablo:

Acabo de leer tu carta y, después de leerla, he decidido que no puedo dejar pasar un minuto más sin decirte lo que ayer, cuando te llamé, quería explicarte, pero que no pude decir porque tú, con tus palabras, me quitaste el valor que había acumulado.

Tu carta hace un mes me hubiese hecho la mujer más feliz del mundo, pero hoy me ha llenado de confusión y remordimiento. Esto se explica porque ahora no sé qué me ocurre, pero no sé si te quiero demasiado o bien es que no te quiero en absoluto.

El domingo cuando viniste tuve ganas de desaparecer, de huir... me sentí incómoda y estaba deseando que te fueses. Luego pensé en escribirte y decirte que me olvidases, que no confiaras nunca más en mí, pero, al mismo tiempo, algo me lo impedía, pues sabía que te iba a hacer demasiado daño, y yo haría cualquier cosa por hacerte feliz.
Pablo, quisiera que me comprendieses, no sabes la angustia tan espantosa que, desde hace tiempo, me invade y me ahoga, pero creo que debo decírtelo. Por eso te escribo.

En todo este tiempo he deseado no verte, no saber nada de ti. No te necesitaba como antes, podía estar perfectamente sin tu cariño... pero, sin embargo, no he dejado de pensar en ti, te he visto desviviéndote por quererme, por hacerme feliz, por darme una alegría, y me he sentido desagradecida, indigna de todo tu cariño y de tu confianza, pero no puedo evitar lo que me ocurre.
No pienses que nadie se ha interpuesto entre nosotros, no quiero a nadie, absolutamente a nadie, pero creo que a ti tampoco.

Pensarás que todo es absurdo, después de mi comportamiento anterior. Pues sí, es absurdo. Y, aunque solo fuese por egoísmo, sería lógico que siguiese aparentando amor; tu cariño me ha dejado una huella imborrable, pero, pese a todo y exponiendo la felicidad que deseo, prefiero decírtelo y no engañarte pues, si no, tú serías el primero en sufrir las consecuencias. Además, creo que debo hacerlo, precisamente por toda la confianza que has puesto en mí.

Me duele mucho tener que decirte esto, pero no puedo hacer otra cosa. He sentido mucho miedo todos estos días y, porque creo que el miedo se fundaba solo en el daño que yo me podía hacer a mí misma, he descartado la idea de callarme y te he escrito.

Pablo, por favor, intenta comprenderme y perdonarme. Pensarás que, en realidad, ¿qué es lo que quiero? Pues mira, deseo poder saber lo que me ocurre y si todo esto es una especie de crisis o si, realmente, mi aparente falta de cariño es una realidad. Te pido una tregua.
Mañana es posible que me vaya a la casa de mi familia en Las Minas. De ser así, volveré el 1 de septiembre, más o menos. Si no me voy, esta semana me acercaré y hablaremos.

Pablo, por favor, te ruego que intentes comprenderme y me perdones lo que estoy haciendo.
Piensa qué podemos hacer, yo no paro de pensar en ello.

Bueno, nada más, perdóname. Siento todo esto como no te lo imaginas.
Hasta pronto,

Electra.

Pablo tuvo que leer dos veces la carta para intentar ser consciente de lo que decía. Y, aun así, no fue capaz de llegar a entenderla.
Pensativo, miró su reloj y vio que eran las doce del mediodía. Le daba tiempo de sobra para escribir una réplica y, después, echarla al buzón, de camino a Le Canal. Necesitaba refrescar mente y espíritu antes de ponerse a analizar la situación.

Y Pablo escribió esta carta:

Desde la soledad, 23 de agosto de 1967

Querida Electra:

He recibido dos folios de un papel casi transparente, en un sobre apaisado de 'Correo Aéreo' que, a primera vista, parecía llegar desde un lugar remoto.
Me ha despistado un poco el matasellos (ponía en él 'Vallelargo') y el remite ('Electra') indicaba, en principio, que existía una alta probabilidad de que hubiese sido en ese lugar en el que la carta tuviera su origen.

Sin embargo, apenas he empezado a leerla, he comprendido que mi primera impresión era la correcta: venía de lejos, de muy lejos. Desde un mundo tan lejano que ni tú ni yo lo conocemos. Para ser, aún, más exacto, yo diría que ni siquiera hemos oído hablar de su existencia. Al menos, para mí, es un lugar ignoto. Y creía que también lo era para ti.
 
Tanto el sobre, que avisaba 'POR AVION - VIA AIR MAIL' (así, en mayúsculas y sin tildes), como el finísimo papel eran los adecuados para volar, ingrávidos, sobre esas etéreas nubes que, cada tarde, cambian vertiginosamente de color ante mis ojos y, tal vez, ante tu corazón.
 
Pero no solo en el remite aparecía tu nombre. También estaba estampado en una firma robada, sin duda, de tu mano por un espíritu burlón que ha estado hurgando, quizá, en el alma de quien manejaba la pluma que llenó de palabras esos dos folios. Pudo habérselos llevado el viento (tan sutiles eran), pero, si se los llevó, fue para traerlos hasta mí y confundirme con su lectura en esta calurosa mañana de agosto.
 
Quien haya escrito esa carta, me pide, en tu nombre, que te comprenda y te perdone, pero me pide dos imposibles. La comprensión no la alcanza mi espíritu, incapaz de entender, en la fugacidad de un suspiro, el intenso fulgor del poderoso rayo que atravesó nuestros corazones para unirlos en uno solo. Y el perdón no puede otorgarse a quien no lo precisa, por no haber cometido falta alguna.
 
La mayor virtud del amor es su libertad. Ya lo repite Carmen, una y otra vez, en su célebre habanera: "L'amour est un oiseau rebelle". Un pájaro que vuela libre y no sabe de leyes. Es una canción que escucho con frecuencia para asumir mejor la realidad de la vida.
Pase lo que pase (que no sé lo que será, y, por lo que dices, tú tampoco), nada tengo que perdonarte. Tú ya me has demostrado que me quieres y el amor, cuando es auténtico, no muere nunca. A veces se esconde... otras, se pierde en el bosque frondoso de las emociones. No siempre es fácil volver a encontrarlo entre la espesa maleza de los sentimientos, pero allí está, esperando una mano, como el arpa en el oscuro ángulo del salón.
 
No te preocupes por nada. Yo estaré aquí, esperando, también. En mi caso, más que la mano de nieve, prefiero esperar otro milagro de la primavera (Machado me gusta tanto como Bécquer). Y no importa que ahora sea verano. La primavera es más un estado de ánimo que una estación del año.
 
Te quiere,
 
Pablo.
 
Volvió a poner la misma dirección de la vez anterior en el sobre y se dirigió, con paso vivo y alegre, al buzón más cercano a la parada del autobús que había de conducirle a Le Canal.

En pleno verano, la hora de la comida en Le Canal era un momento muy especial. El 'comedor de piedra' estaba repleto de familias, todas con niños, dando buena cuenta de sus respectivas tortillas de patata, ensaladas y filetes empanados. Separados de él por un seto, en la terraza del restaurante no había más de cinco o seis comensales, atendidos por un par de solícitos camareros. Y abajo, en la de la cafetería (mucho más amplia e informal), se mezclaban los que alegremente aún tomaban el aperitivo, con otros, más reposados, que ya estaban disfrutando de su café, mientras fumaban un cigarrillo.
En la piscina tampoco solía faltar gente, siempre distribuida en tres grupos: los nadadores, interesados tan solo en hacer largos y más largos; las señoras (esas que parecían no hacer nunca un receso para comer) que permanecían inmóviles en el solárium... y el grupo, variable en número, de los amigos de Pablo, sentados en las anchas escaleras que daban acceso, precisamente, a ese solárium que, en tiempos, fuera pista de baile nocturna.
Ese día solo eran cuatro, ya que la mayoría de los habituales se encontraban de vacaciones. Allí estaba Óscar (con su toalla capaz de andar sola, pero perfumada con generosas dosis de colonia), Lee H. Oswald (luciendo su inseparable bañador UHF), Puskas y Pablo. Los dos primeros, que habían sido, de forma sucesiva, admiradores de Puskas, se estaban despidiendo de sus amigos. Óscar porque se iba a comer a casa con sus padres y hermanos, y Oswald por el no menos importante motivo de tener que salir de viaje con su padre, nada más comer, rumbo a los pantanos.

—¿Me invitas a comer por ahí? —le preguntó Pablo a Puskas, apenas se marcharon los otros dos.
—¡Qué fresco! —replicó ella, con forzada cara de sorpresa—. ¿Y por qué no me invitas tú a mí?
—No sé, pensé que te apetecería.
—¿Comer contigo?
—No, invitarme.
—Pues no. Prefiero que me invites tú —aseguró Puskas, esta vez con total sinceridad.
—Bueno, si no hay más remedio, te invitaré yo —concedió Pablo, con un profundo suspiro que trataba de transmitir un sentimiento de generosa condescendencia.


Comieron en un pequeño restaurante económico próximo a Le Canal, ya que la situación financiera de Pablo no daba para más, pero el sitio era agradable y la comida, decente; así que los dos se dieron por satisfechos (sobre todo, Puskas, que temió, hasta el último momento, que Pablo insistiese en su exigencia de ser invitado por ella). Una vez pagada la cuenta y tras un profundo suspiro de Pablo, al ver cómo desaparecía una parte considerable de sus exiguos fondos, regresaron a Le Canal, dando un lento paseo que, indiscutiblemente, no resultaba apropiado para las primeras horas de una calurosa tarde de agosto.
—Cuando lleguemos, me voy directa a la piscina —dijo Puskas, sacando a relucir, sin disimulos, su espíritu práctico.

Pablo se encogió de hombros. En ese momento, estaba pensando en las respectivas madres de Puskas y Electra. Y pensaba en ellas porque se le había venido a la cabeza la frase que le dijo su amiga Cristina cuando ambos charlaban sobre el aspecto de una chica de Le Canal:
—No te fijes en ella, mira a su madre. Siempre hay que mirar a sus madres, porque así serán ellas en unos años.
En su día, la categórica sentencia de su amiga le había desconcertado, porque la propia madre de Cristina, si bien se conservaba delgada y en buena forma, carecía del menor atractivo a los ojos de Pablo, mientras que Cristina era una chica que llamaba la atención de cuantos la conocían (en especial, por su impresionante cuerpo y su llamativa melena morena, atributos a los que ella sabía sacar un gran partido, que compensaba, eso sí, dando muestras constantes de una insustancialidad mental crónica).
Pero, en ese momento, a Pablo no le preocupaban ni Cristina ni su madre, sino la comparación inevitable que el recuerdo del comentario provocaba entre las respectivas imágenes de las madres de Puskas y Electra.
Era una comparación perturbadora, que Pablo trataba, sin éxito, de apartar de su mente. La madre de Puskas era una señora normal, simpática y pequeña, carente, desde luego, del más mínimo sex-appeal. Pero, pese a ello, no era justo someterla a un juicio salomónico, enfrentándola a la perversa Vieja Arpía, su incondicional (y ya perpetua) enemiga.
Pablo recordó ese rostro altivo y enjuto, en el que destacaban sus ojos, un poco saltones, bajo el enorme casco de pelo que lucía en la cabeza, materializado por algún devoto peluquero, cuya evidente especialidad eran los cardados superlativos. Y, sin embargo, no podía decirse de ella que fuese fea, por mucho que este hecho disgustase a Pablo.
Dichosa Cristina, ¡por qué se le habría ocurrido hacer esa incómoda observación sobre madres e hijas!

Puskas se bañó en la piscina de Le Canal, apenas llegó y le dio tiempo a ponerse el bañador. A su lado, Pablo nadaba y pensaba que esa tarde, cuando fuese a casa de su amiga para la diaria clase de Física, le dedicaría un poco de atención a su madre. Convenía fijarse bien... por si acaso.


[CONTINÚA EN 'Viaje a Las Minas']
 
 

jueves, 25 de marzo de 2021

Incendios en Vallelargo

[VIENE DE 'Física sin química'] 

 
Durante los años que siguieron a los hechos que aquí narramos, Pablo no dejó de repetir que él no había sido el causante del incendio de Vallelargo. Sin embargo, sí lo fue. Tal vez, no de las llamas que quemaron los secos pastizales próximos a la vía del funicular que ascendía desde Vallelargo hasta la cercana estación de esquí, pero, de lo que no hay duda es de que provocó un fuego violento en algunos corazones, así como otro, de muy distinta naturaleza, aunque de similar intensidad, en el ánimo de quienes vieron peligrar, con la llegada de Pablo a sus vidas, su situación de dominio y privilegio, sustentada en esa soberbia intolerante que proporciona el dinero a quienes no tienen más riqueza que la económica.


Pablo había amanecido feliz en esa radiante mañana del sábado 19 de agosto. Se sentía tan contento que ni siquiera tuvo ganas de ir a Le Canal. No le apetecía ver a Puskas quien, con toda seguridad, iría allí para encontrarse con él. Tampoco dio importancia a la posibilidad de coincidir en la piscina con la bella Isabelle y su bañador de plata. En esos momentos, la idolatría que sentía por la diosa de Le Canal estaba eclipsada por su reciente descubrimiento: la puerta de salida por la que empezaba a retirarse Puskas y la de entrada, por la que llegaba, victoriosa, su esposa Electra, estaban conectadas. 
Esta realidad (con cuya duda había convivido durante meses) se alzaba, ahora, con poderosa fuerza, contrastada por el valor empírico de una asignatura, la Física, cuyos métodos habían sido aplicados, con indiscutible rigor académico, durante las últimas semanas en ese improvisado laboratorio al aire libre en el que se había convertido la terraza de Puskas.
 
Lo que ahora deseaba, con todas sus fuerzas, era reunirse con Electra y compartir con ella la gran noticia, desterrando, de una vez por todas, de su mente el temor con el que llevaba conviviendo tanto tiempo. Pablo estaba contento por él, sí, pero mucho más, aún, lo estaba por Electra, a quien, con su política de sinceridad extrema, no había dejado de atormentar ni en los gloriosos días recientemente pasados junto al mar, en los que, cada noche le recordaba que Puskas seguía muy presente en su pensamiento.
No pudo evitar ponerse a escribir una carta. Y eso que sabía que era probable que no llegase nunca a su destino, ya que la dirección de Electra en Vallelargo era un tanto inconcreta, pues, por lo que ella le había dicho, su casa (mansión, según la Vieja Arpía) carecía de señas exactas. No tenía número, ni calle, ni tan siquiera un nombre por el que poder identificarla. Pablo solo sabía que se encontraba en la exclusiva urbanización 'Los Tilos' y que allí todos la conocían como la casa de don Saturnino. Pero esos pequeños inconvenientes no arredraron a Pablo, que se puso manos a la obra.

El resultado de la carta le dejó muy satisfecho. Una prosa emotiva y apasionada, cargada de un contenido lírico, no exento de elementos épicos, conformaban un contenido epistolar capaz de remover las entrañas del espíritu menos romántico.
Hasta la exigua dirección que estampó en el sobre, con su mejor caligrafía, eso sí, le pareció suficiente para conseguir que la misiva llegase, sin obstáculos, a las manos de Electra, superando no solo la falta de datos para alcanzar el domicilio, sino, también, la férrea censura a la que, con toda seguridad, estaba sometida su correspondencia.

Al habitual sello verde de 1,50 pesetas, Pablo le añadió uno de 'Correspondencia Urgente' (nada menos que de 3 pesetas), sobre cuyo fondo rojo oscuro un dinámico avión de papel dirigía su proa hacia una lejana y brillante estrella. Con ello no pretendía que la carta llegase antes (sabía muy bien que Correos funcionaba igual de bien con 'urgencia' o sin ella), sino causar un mayor efecto en el momento de su recepción, demostrando el interés del remitente en la rapidez del mensaje. Y así, con todo en perfecto estado de revista y animado por las buenas noticias que parecían sonreírles de cara al futuro, depositó su carta en un buzón próximo, del que se despidió con dos cariñosas palmaditas en su parte superior, como si de un buen amigo se tratase. El buzón no dijo nada.

Por la tarde, habló por teléfono con Mano Negra y le puso al corriente de la nueva situación. Mano Negra se alegró mucho, pues sus preferencias siempre estuvieron del lado de Electra, pero no acababa de estar tranquilo del todo y volvió a recordar el 'viejo dicho de la selva', sustituyendo, una vez más, al Hombre Enmascarado por la Vieja Arpía. Y Pablo vio, en el comentario de Mano Negra una oportunidad para improvisar otro golpe de efecto.
–Creo que iré mañana a Vallelargo –dijo–. Es mejor que vea a Electra y se lo cuente en persona.
–¿Y cómo darás con ella? –preguntó Mano Negra–. No sabemos dónde está su casa.
–Ya se me ocurrirá algo. Te lo contaré a la vuelta.

Pero Pablo, confiando en su buena suerte, no pensó en plan alguno. Lo dejó todo para el día siguiente.


Llegó a la estación a mediodía y sacó billete para el primer tren con parada en Vallelargo. Apenas tuvo que esperar unos minutos, ya que, tal como suponía, salían con bastante frecuencia, en especial durante los fines de semana de verano. En poco menos de una hora, ya estaba allí. El viaje había sido corto y agradable, a través de una zona que él conocía muy bien desde niño y le traía buenos recuerdos.
Él conocía Vallelargo, aunque no tenía la menor idea de dónde podía estar la tan cacareada mansión de don Saturnino. Preguntó a un policía municipal por la urbanización 'Los Tilos', quien, tras mirarle de arriba abajo, le dijo que siguiera la carretera que bordeaba la vía del funicular y en media hora de subida llegaría.
Así lo hizo y en poco más de veinte minutos empezó a ver las primeras casas de la urbanización. Eran casas grandes, casi todas de piedra y pizarra, aunque algunas también lucían madera en sus fachadas, lo que les otorgaba un cierto aspecto de chalet alpino, un estilo, sin duda, buscado por sus propietarios, quienes pretendían emular las construcciones de Gstaad, St. Moritz o Zermatt. Todas estaban muy bien protegidas y, como ya había supuesto Pablo, carecían de  la más mínima identificación exterior acerca de su inquilino o propietario. No le sería fácil encontrar la de Electra.

'Los Tilos' era una urbanización no exenta de polémica. En 1920 se declaró esta zona 'de utilidad pública', lo que implicaba que no estaba permitido edificar en ella y se determinó que, en esa zona del monte, de propiedad municipal, se construirían varios sanatorios de altura, destinados a la cura de la tuberculosis. Sin embargo, nadie sabe muy bien cómo ni por qué, algunas familias adineradas se asentaron en aquel enclave privilegiado, sin que nadie les pusiera la más mínima pega. Poco a poco, el lugar se fue llenando de casas importantes (elegantes, unas, de mal gusto, otras) hasta llegar a ser considerado el lugar más exclusivo de la zona. Lo que nunca quedó claro fue el origen del nombre, ya que los tilos nunca abundaron en ese monte, en el que pinos y robles siempre fueron las especies dominantes.
 
 
Pablo tuvo que dar un enorme rodeo para hacerse una idea de las dimensiones del lugar. A ojo, calculó que la urbanización ocupaba un espacio similar al de un campo de golf y contó más de sesenta casas, dándose cuenta de que había muchas más, imposibles de ver desde fuera. Entrar era complicado, pero no tenía otra opción. Saltó la valla, con la ayuda de un oportuno roble, situado junto a la cerca que circundaba todo el perímetro y se puso a vagar por las retorcidas calles que discurrían entre los solitarios edificios, adoptando un sospechoso aire de naturalidad que a él le pareció el adecuado para no despertar la atención de quien pudiera cruzarse en su camino. Claro que esto era algo que parecía improbable, ya que allí no había ni un alma. O, al menos, no se veía a nadie.
Cada vez que pasaba junto a una casa, Pablo observaba en ella indicios de que era la de Electra, seguidos, de inmediato, por otros que le hacían pensar lo contrario. Encontrar esa jaula de oro en aquel territorio hostil era como deshojar una margarita de infinitos pétalos y, por lo que empezaba a barruntar Pablo, a la hora de la comida (de un domingo, además) iba a resultar una tarea imposible.
Tuvo una leve esperanza al ver acercarse a dos niños en bicicleta, y les gritó, cuando pasaron junto a él:
–¿Sabéis cuál es la casa de don Saturnino?
Pero los descarados jovenzuelos siguieron su carrera, limitándose uno de ellos a sacarle la lengua. El otro ni le miró.
Pablo reprimió, a duras penas, el casi irrefrenable impulso de tirar una piedra al par de mequetrefes, y continuó su periplo por la lujosa colonia.

Una hora después, sin haber alcanzado el más mínimo éxito en su empeño, empezó a tener notables síntomas de hambre. El centro del pueblo estaba demasiado lejos y estaba claro que en 'Los Tilos' no había sitio alguno en el que tomar nada.
–¡Mi reino por un bocadillo! –exclamó el joven, sin ningún convencimiento.
Entonces recordó que el funicular que subía hasta la estación de esquí tenía un apeadero junto a la colonia de chalets (otra flagrante irregularidad que confirmaba el trato de favor recibido, en su día, por los propietarios de esas lujosas casas), por lo que se encaminó, a paso ligero, hacia el lugar en el que debía encontrarse, es decir, en dirección a la vía, que pasaba muy próxima a uno de los costados de la urbanización.
En unos minutos llegó hasta el pequeño edificio y su decepción fue inmediata, al comprobar que allí no había nada ni nadie, aparte de un lagarto de buen tamaño, que tomaba el sol, despreocupado, junto al minúsculo andén del apeadero.
Maldiciendo su falta de previsión por no haber comprado algo de comer (y de beber, que la sed apretaba más que el hambre con aquel calor de agosto) al pasar por Vallelargo, regresó al lugar de sus pesquisas, pensando en que si hubiese sido más listo no habría despreciado las insinuaciones de Blanche el anterior verano y ahora estaría paseando con ella por los prados de Vertville, después de haber comido opíparamente y con todo tipo de bebidas a su alcance. Y tampoco le importaría tomarse un Nescafé helado en la terraza de Puskas...

Apartó estos tormentosos pensamientos de su mente y se concentró en su misión. No había querido hacerlo antes, pero pensó que no tendría más remedio que ir preguntando, casa por casa. Si no se había decidido por ese método era por no descubrirse antes de tiempo, ya que su plan consisitía en dar una sorpresa a Electra, sorteando, eso sí, los peligros derivados de estar en territorio de la Vieja Arpía, en el que, tanto ella como sus 'macarrones', gozaban de una situación de ventaja evidente.
Se dirigía ya a una de las casas, elegida al azar, cuando vio como un coche deportivo subía, sin escatimar revoluciones al motor, por una de las calles. Aunque no había podido verlo bien, Pablo tuvo el presentimiento de que ese automóvil era el de Luis EQBCLG, por lo que se puso a seguir su rastro. El ruido cesó pronto y de golpe, lo que indicaba claramente que había llegado a su destino. No podía estar muy lejos.
Y, efectivamente, un poco más arriba se encontró con él. Aparcado en la puerta de una de las mansiones, un flamante Triumph TR4, de color rojo, se mostraba ante la vista de Pablo. En un primer momento pensó que era la casa del pretendiente de Electra (y 'macarrón-en-jefe' de las huestes de la Vieja Arpía), si bien le hizo dudar el hecho de que hubiese aparcado en la puerta y no en el garaje, cuyo acceso estaba a pocos metros, por lo que decidió inspeccionar la casa, antes de hacer nada. Por suerte, la casa estaba junto a uno de los límites de la colonia, por lo que no resultaba complicado dar una vuelta por fuera para rodearla y observarla desde distintos ángulos.
Lo que no esperaba Pablo es que, en el momento en el que se encontraba en la parte trasera, el motor del coche se volviese a poner en marcha, arrancando con esa brusca sonoridad que se produce cuando el conductor pisa, un par de veces, el acelerador, con la única intención de dejar de manifiesto ante el mundo el carácter deportivo del vehículo.
Pablo corrió, jurando en hessiano (el arameo no lo dominaba), y llegó a la parte delantera de la casa en el preciso instante en el que el Triumph TR4 salía calle abajo, como una exhalación. Una cabeza femenina asomaba del lado del copiloto, pero no se daban las circunstancias para identificarla. Pese a ello, Pablo creyó haber reconocido a Electra. Perseguir al coche era absurdo, por lo que no le quedaba otra opción que no fuese la de esperar, pacientemente, su regreso. Y ese regreso podía demorarse horas.

La emoción del fallido encuentro había hecho olvidar a Pablo el hambre, la sed y el calor y, como era un optimista empedernido, pensó que, al menos, ya sabía cuál era la casa de Electra. Por su particular ubicación, no le resultó demasiado difícil encontrar un punto de observación desde el que pudiera vigilar edificio, puerta principal y calle de acceso. Se instaló lo más cómodo que pudo, aprovechando la sombra generosa de otro roble y se dispuso a esperar, tanto tiempo como fuese necesario.

Es innecesario decir que Pablo estaba dispuesto a permanecer allí toda la noche, si hubiese sido necesario, pero no fue preciso llegar a ese extremo.
Dos horas y media después de la precipitada salida de Electra, a bordo del descapotable de Luis EQBCLG, se volvió a oír el inconfundible rugido británico de aquel motor odioso, con el que, por otra parte, ya estaba empezando a familiarizarse.
El coche paró frente a la puerta y Luis EQBCLG se bajó, diligente y cortés, para, rodeando su preciada joya de cuatro ruedas por la parte delantera, abrir la puerta del lado de su acompañante, por la que surgió una Electra despeinada y sonriente. Acto seguido, fue con ella hasta la entrada de la casa y esperó, de pie, junto a la chica. El portal se abrió y el larguirucho conductor, que vestía chaqueta azul y pantalón blanco, hizo una leve y caballerosa reverencia, a modo de despedida, un par de segundos antes de que Electra desapareciese en el interior. 
Antes de volver a ocupar su asiento en el automóvil, miró hacia el árbol bajo el que se cobijaba Pablo, pero ni el sol frontal ni su muy sufrida miopía le permitieron ver nada. Luego aceleró a fondo dos veces antes de meter la primera marcha, y desapareció en dirección a Vallelargo.

Y ese fue el momento en el que Pablo comenzó la siguiente fase de su plan: llamar la atención de Electra para que ella supiese que estaba allí y saliera de la casa. Como es obvio, llamar a la puerta (método que hubiesen utilizado la inmensa mayoría de los mortales) no estaba entre las posibles alternativas a considerar, por lo que fueron sucediéndose, una tras otra, fórmulas menos convencionales y eficaces.
De nada sirvieron los poderosos aullidos de lobo, el estridente canto del gallo ni las señales de luz, dirigidas a diferentes ventanas, realizadas con el reflejo del todavía poderoso sol de la tarde, por lo que Pablo se vio en la tesitura de pasar a medios más agresivos.
El primero de ellos consistió en provocar un pequeño incendio cerca de la casa. Como avezado experto en todo tipo de fogatas improvisadas, sabía como crear una hoguera de pocas llamas y mucho humo. Estaba seguro de que una gran humareda junto a los muros de la mansión de don Saturnino no pasaría desapercibida para sus ocupantes, quienes, con toda seguridad, saldrían a comprobar el posible peligro que se cernía sobre su residencia. Puso manos a la obra y, en pocos minutos consiguió que una densa columna de humo negro se elevase hacia el cielo, desde un rincón de unos próximos pastizales, resecos por los efectos de la intensa canícula. 
Pablo no se equivocó en su pronóstico: dos sirvientas y un hombre surgieron de la parte trasera del jardín y se dirigieron hacia el origen del humo. Casi al mismo tiempo, se abrieron varias ventanas, y Pablo, que se había colocado en un lugar alejado del foco de atención, vio el rostro de Electra asomando por una de ellas.
El hombre, sin duda un empleado de don Saturnino, tranquilizó enseguida a los ocupantes de la casa, gritando que no se preocupasen, que solo era humo de unos rastrojos secos y que él se encargaba de sofocarlo. La primera ventana que se cerró fue la de Electra y Pablo no había conseguido llamar su atención antes de que esto sucediese.

De nuevo, una maldición (en hessiano, claro, y, en esta ocasión, sin alzar la voz) se escapó entre los apretados labios del joven. Pero su optimismo salió victorioso del contratiempo y se dijo a sí mismo que al fin sabía cuál era la habitación de Electra. Ahora solo tenía que esperar a que oscureciera y trepar hasta su ventana. Tras una rápida inspección ocular, concluyó que no era imposible hacerlo, aunque su optimismo decayó un poco al advertir que era pleno verano y aún tardaría en caer la noche. Desde luego, había que descartar hacerlo a la luz del día.

Media hora después, sofocado el conato de incendio por los sirvientes y restablecida la calma en la (un tanto pretenciosa) mansión de don Saturnino, Pablo se decantó por una solución más rápida: tirar pequeñas piedras a la ventana de Electra. Se convenció de que ella no solo no se asustaría, sino que entendería que era él quien estaba avisando de su presencia.
Ninguna de las dos piedras iniciales alcanzó su objetivo, que no era otro más que impactar suavemente contra el cristal de la ventana. Ambos lanzamientos se quedaron cortos, lo que puso en evidencia que era preciso aplicar una mayor fuerza a los intentos. El tercero dio de lleno en el centro del cristal. Pablo achacó, más tarde, el exceso de intensidad utilizado a diversas circunstancias (todas adversas y justificadas) que concurrieron en una situación anómala, fruto del cansancio, el hambre, la sed, la emoción y la acumulación de acontecimientos del día. El caso es que el cristal se rompió en mil pedazos y el corazón de Electra dio un vuelco propio de Pinito del Oro en el trapecio del Price.
En lugar de salir corriendo a esconderse en el rincón más seguro de la casa, Electra, sintiendo aún la frenética aceleración de sus pulsaciones, se asomó a la ventana (o a lo que quedaba de ella) y vio abajo a un sonriente Pablo, saludando con ese característico gesto suyo de llevarse la mano derecha junto a la frente, en una especie de movimiento de remotas reminiscencias militares, realizado sin la más mínima compostura castrense.

Un minuto después, los dos jóvenes estaban, frente a frente, a pocos metros de la casa, protegidos por la sombra, ya alargada, del roble que sirviera antes de refugio a Pablo.
Electra había bajado de su habitación como un relámpago silencioso, esperando que el estropicio causado por la impetuosa llamada de su marido no hubiese sido oído por sus padres.
–¿Qué haces aquí? –preguntó nerviosa.
–He venido a verte –replicó el muchacho–. Tengo buenas noticias que contarte.

Y, a pesar del cansancio acumulado y las vicisitudes de la azarosa jornada, Pablo tuvo fuerzas y serenidad suficientes para contar a su asustada esposa los felices descubrimientos hechos en los últimos días, que despejaban el camino abierto ante los dos, para poder vivir su futuro libres de la temida amenaza de ese fantasma con figura humana de Puskas que se interponía en sus sentimientos.

–¿Lo entiendes? –insistió él–. No quiero a Puskas. No me interesa. Solo te quiero a ti, solo quiero estar contigo.
Pablo se expresaba con vehemencia, radiante de satisfacción, dando muestras evidentes de que acababa de liberarse de un peso emocional que le tenía atrapado desde hacía un año. Durante diez minutos seguidos estuvo hablando sin parar, dándole a Electra todo tipo de detalles que ponían en evidencia cómo la imagen de su rival se había ido difuminando en su corazón, en el que ella, Electra, era ya la única que tenía cabida (aparte de sus tres amigos, claro, y sin contar a la bella Isabelle, que tenía asignado el papel de amor platónico permanente).
Electra le escuchó en silencio.

–Ahora podemos ser felices –siguió él–, todo lo que queríamos para nosotros será realidad. Ya nada nos lo impide.
–Sí... claro... es estupendo –acertó a decir Electra, con tono pausado y dubitativo–. ¿Estás seguro de que no estás... enamorado... de Puskas?
–¡Claro que no! –casi gritó Pablo–. Solo te quiero a ti. Eres infinitamente mejor que ella. No es que no la quiera, es que ni siquiera me gusta.
–Pero has estado con ella todos estos días...
–¡Por eso mismo lo sé! –aseguró él–. No tengo la más mínima duda.

En ese momento, la Vieja Arpía apareció en el umbral de la puerta de la mansión y gritó el nombre de su hija.
–Ven aquí inmediatamente –dijo, después, en voz alta y con tono enérgico.
–Tengo que irme, Pablo, lo siento –se excusó Electra, muy nerviosa, mirando hacia su madre–. Mañana te llamo por teléfono.
Y, sin esperar respuesta, salió corriendo en dirección a la casa.
Electra desapareció precipitadamente tras la puerta, sin hacer tan siquiera intención de girar la cabeza, y, una vez que estuvo dentro, la Vieja Arpía entró también, no sin antes dirigir una última mirada a Pablo. Y, tal vez, la mirada estuvo acompañada de una leve sonrisa.


Ya en el tren, sentado al lado de una ventanilla que le permitía ver el pueblo, así como las dehesas y pinares que se extendían junto a él, Pablo intentó reflexionar sobre los sucesos del día. Al fondo, las nubes que empezaban a cubrir los montes cercanos iban adquiriendo un color rojizo, más intenso que el de los días anteriores. Con fingida inocencia quiso pensar que eso sucedía porque, estando Vallelargo más al oeste, era esa mayor cercanía al sol la que daba a las nubes un tono de fuego tan violento. 
Fue entonces cuando oyó al pasajero que ocupaba el asiento de detrás decirle a su compañero:
–¿Has visto el incendio? Hasta las nubes se están poniendo rojas con el reflejo de las llamas. Dicen que lo ha empezado alguien quemando rastrojos.
–Espero que cojan a ese desgraciado y le den su merecido –respondió el acompañante–. ¡Menudo sinvergüenza!


[CONTINÚA EN 'Una llamada y dos cartas']



sábado, 13 de marzo de 2021

Física sin química

[VIENE DE 'Pacto en el Byron']
 
 
Volver siempre ha entrañado riesgos. Y es que el regreso nunca ha sido una empresa fácil.
Panta rhei, decía Heráclito, y su 'todo fluye' quedaba bien ilustrado cuando aseguraba que es imposible bañarse dos veces en el mismo río, ya que el agua no será la misma y, por tanto, tampoco lo será el río. Puede que, si damos por cierto este principio filosófico, entendamos por qué es arriesgado volver. Cuando Electra planteaba a Pablo sus inquietudes sobre lo que pasaría cuando volviesen, él, con ese punto de cinismo que nunca faltaba en su discurso, le replicaba:
–No tienes que estar preocupada por el regreso. Y no tienes que estarlo porque volver es imposible. Nunca se vuelve, se llega a un sitio nuevo.

Pablo tenía simpatía por la filosofía de Heráclito, pero también estaba de acuerdo con Parménides, aunque sea frecuente considerarlos defensores de teorías antagónicas, porque él, como el pensador de Elea, declaraba con firmeza que lo que es, es, y que la nada no existe. Para Pablo, desafiar el poder de la naturaleza era tarea inútil, ya que, siguiendo con el ejemplo del río, las aguas siempre tienden a volver a su cauce natural, por mucho que el hombre se empeñe en desviar su curso.
–Se puede modificar, sí, pero solo es una cuestión de tiempo (y de fuerza, claro) el que, cuando se den las condiciones para ello, vuelva a correr el torrente por esa rambla en la que un iluso se empeñó en construir algo que atentaba contra el estado natural de las cosas. 


Ninguno de los implicados en esta historia podía saber cómo iba a ser el mundo, a su regreso de aquella playa, en la que a Electra no se le ocurrió, ni por un momento, proponer a Pablo ir al cine en su última noche juntos. Por el contrario, estuvo abrazada a él con tanta fuerza que no quiso separarse con la llegada del alba, como hacía todas las mañanas para regresar a su cama. Esta vez, se presentó tarde al desayuno, sin haber hecho la intención de pasar antes por el apartamento familiar, aunque solo fuera para cubrir el expediente. La Vieja Arpía, parapetada tras sus elegantes gafas de sol, se afanaba en dar vueltas con la cucharilla al humeante té de su taza.
Cuando, por fin, salió Electra de la habitación de Pablo, él pensó en la notable diferencia entre su comportamiento y el que tuvo Puskas el año anterior. Claro que Electra era su mujer y Puskas la novia de Carahuevo. Pero eso no le pareció una excusa suficiente a Pablo.

Durante todo ese día, los tres estuvieron separados, pero ninguno de ellos dejó de pensar ni un momento en las clases de Física. Pablo con expectación, Puskas con emoción... y Electra, con angustia.

A Pablo le costaba quitarse de la cabeza el espectáculo vivido junto a Electra la tarde anterior, cuando, tras ponerse el sol, las nubes mediterráneas les habían ofrecido un juego cromático abrumador que, frente al mar, parecía obra de la paleta de Turner o, para ser más precisos, de Frederic Edwin Church, ese pintor americano cuyos paisajes alegóricos estremecen al espectador que los contempla, como les ocurría a ellos, embriagados de emociones descontroladas.

Pero el regreso era inevitable y sus consecuencias, difíciles de pronosticar.
Electra fue trasladada, directamente, a la casa familiar de la montaña, situada en ese bonito pueblo llamado Vallelargo, tan de moda entre las clases acomodadas, y en especial entre aquellas que querían transmitir una imagen de rancio abolengo, del que la mayoría (como era el caso de la familia de don Saturnino) carecía.
Pablo, por su parte, dedicó su primer día a Le Canal, pues ni Mano Negra ni El Catalán habían vuelto de sus vacaciones y Juanito estaba ocupado en proteger sus propiedades en el pueblo de Ortuzar, constantemente amenazadas por los rivales de su tío Eugenio, cuya principal diversión seguía siendo la de lanzar gallinas al río para ver si nadaban, entretenimiento que provocaba la ira de los propietarios de las aves, granjeándole múltiples enemistades.
Claro está que los primeros días de agosto eran malas fechas, también, para encontrar a sus amigos de Le Canal, estando ausentes casi todos: Agustín, Óscar, Cristina, Pumby, Montse y, desde luego, la bella Isabelle (a la que, por cierto, su abuelo había inmortalizado años atrás -sin él saberlo, claro- en un maravilloso cuadro, en el que, paradójicamente, aparecía muerta y que hoy se conserva en el Museo de Málaga), no estaban, por lo que a Pablo no le quedó otro remedio que concentrarse en Puskas, mientras esperaba noticias de Electra.

Las clases de Física empezaron el miércoles, 2 de agosto. Y, tal como habían acordado, las recibían en casa de Puskas, para ser más exactos, en su terraza. Allí se reunían cada tarde, a las siete, muchas veces tras haber pasado juntos el día en Le Canal. El profesor era bueno y ambos parecían aprovechar bien sus enseñanzas, centradas, por lo general, en resolver problemas de mecánica y en aclarar alguna que otra duda teórica. Antes, por la mañana, los dos (sin ayuda de profesor alguno) ponían en práctica, una y otra vez, el principio de Arquímedes en la piscina de Le Canal.
Al terminar la clase, era frecuente que el padre de Puskas ofreciese a Pablo un refresco a base de Nescafé batido con hielo. Según aseguraba, era lo mejor para quitar la sed en las calurosas tardes de verano. Y, si bien es cierto que a Pablo no le disgustaba, también es una realidad que nunca volvió a probar ese particular 'refresco' a lo largo de su vida.

A veces, cuando se retiraba el profesor, se quedaban charlando un buen rato en la terraza, aunque tampoco eran raros los días en los que Pablo se marchaba de inmediato y Puskas, intrigada, hacía todo tipo de cábalas sobre el motivo de las prisas que mostraba su compañero de estudios veraniegos, quien, por supuesto, jamás daba explicación alguna.


Electra había escrito a Pablo nada más llegar a Vallelargo y en la carta decía que tenía previsto ir a verle el jueves 3 (el mismo día en el que Pablo la recibió), pero él no recibió la llamada que ella prometía.
La carta empezaba con un "Hola mi vida" y terminaba con un "Te quiere muchísimo tu esposa, Electra". Entre el saludo y la despedida, relataba, de un modo cariñoso y con tono jovial, lo mucho que estaba trabajando en la casa desde su llegada y le pedía a Pablo que estuviese pendiente de su llamada para quedar, sugiriendo que, si era posible, se reuniesen en algún momento de ese día con Mano Negra y Juanito, dando por supuesto que El Catalán estaba fuera...
Tampoco hubo noticias de Electra en los siguientes días y Pablo no tenía manera alguna de intentar contactar con ella.
Pese a todo, no se preocupó mucho. Ya suponía que la Vieja Arpía se lo estaría poniendo muy difícil y que Electra pecaba de optimista, movida por las ganas de reunirse con él. Además, su enemiga jugaba ahora en campo propio, Vallelargo, lugar en el que se movía a sus anchas, rodeada de sus 'macarrones' y protegida por todo tipo de esbirros a su servicio. 

Hasta el lunes 7, Pablo no supo nada de Electra. Ese día, recibió una llamada telefónica en la que, con voz apresurada, le decía que estaba teniendo dificultades para escaparse e ir a verle, pero que esperaba poder hacerlo pronto. 
–Pero, ¿estás bien? –le preguntó Pablo, algo inquieto por la precipitación que mostraba Electra.
–Sí, muy bien, mi vida –respondió ella–, intentaré ir el miércoles. ¿Has empezado ya las clases con Puskas? –y, sin darle tiempo a responder, siguió– Lo siento, tengo que irme. Te quiero mucho. Adiós.
 
Y colgó.

Para entonces, Pablo llevaba ya una semana de clases en casa de Puskas. Y estaban siendo muy productivas, pues estaba aprendiendo mucho. De Física también aprendía algo, sí, pero, sobre todo, estaba adquiriendo unos valiosísimos conocimientos sobre Puskas en un terreno nuevo, completamente distinto al del vértigo de la Costa Brava (así lo empezaba a ver Pablo ahora) y, desde luego, muy diferente al de Le Canal.
No era sencillo entender por qué, pero la Puskas de Le Canal era otra. O, mejor dicho, la que resultaba nueva era la de la terraza de su casa. Incluso en el mismo día había dos Puskas que poco tenían que ver entre sí. La de Le Canal era callada, tímida, pensativa... una chica que se comportaba de forma sencilla y natural, simpática sin excesos y que siempre exteriorizaba su buena disposición para una actitud de amistad sin dobleces. En la Costa Brava había sacado a relucir virtudes ocultas y se había mostrado, en todo momento, atenta, divertida y cariñosa (menos el día en el que le entraron esas irrefrenables ansias de ver aquella película de Elvis, claro).
Sin embargo, en esas tardes de agosto, cuando la luz del día empezaba a declinar y las nubes adquirían sorprendentes tonalidades, acariciadas por los rojizos rayos del ocaso, su personalidad se tornaba un tanto extraña, difícil de definir y con matices poco claros... indefinidos, a los ojos de Pablo.
Con el vaso de Nescafé helado en la mano y sus pensamientos saltando desde la terraza de Puskas hacia las colinas de Vallelargo, el chico no acababa de hacerse una composición de lugar definitiva acerca de lo que el destino le estaba ofreciendo. En esos días le hubiese gustado tener cerca a El Catalán para debatir con él la situación. Los otros miembros del grupo, Mano Negra y Juanito, con independencia de su disponibilidad actual, estaban tan entregados a la causa de Electra que resultaba imposible obtener de ellos un veredicto imparcial. Además, Puskas no había sido nunca santo de su devoción.


En esa semana, Pablo no volvió a tener noticias de Electra. Ni el anunciado miércoles, ni ningún otro día hubo llamada, carta y, mucho menos, visita alguna.
Este ya largo silencio empezó a inquietarle. Pensó que la Vieja Arpía había hecho otra de sus jugarretas, estrechando el cerco sobre Electra con cualquier método propio de sus malas artes.
Fue el lunes 14 cuando recibió una nueva carta de Electra, fechada el 10 y con matasellos del 12 (ninguno de estos detalles pasó inadvertido para Pablo). Empezaba así:

Vallelargo, 10-8-67

Mi querido Pablo:

Después de tres intentonas de escaparme, sin conseguirlo, he decidido escribirte y llamarte mañana a mediodía, si es que por la mañana no puedo ir a verte.
Verás, el primer día que creí poder ir fue el miércoles, pero me acordé...

Y continuaba con una serie de explicaciones acerca de las causas (todas muy relativas) por las que le había resultado imposible ir a su encuentro ningún día de la semana anterior. Más adelante, decía:

Bueno, ¿qué es de tu vida desde el lunes? La mía ya ves que es una completa dedicación a 'la escapada'.
El otro día tomé unas tapitas con Luis [EQBCLG] y Jose [primera vez que Pablo oía hablar de este personaje] y estaban deliciosas, además lo pasé de miedo [Luis EQBCLG tenía un cierto aire a Drácula, pero Pablo dudaba que Electra se refiriese a esa clase de 'miedo']. ¿Qué tal Puskas? Espero que no sigáis ahorrando luz, pues me temo que, de ser así, voy a engordar y esto no me conviene.

Pablo nunca llegó a descifrar el significado de esta última frase, absolutamente enigmática para él. ¿De dónde sacaba Electra que él y Puskas ahorraban luz? ¿Por qué, si ellos ahorraban luz, Electra engordaba? No pudo saberlo nunca, ya que los acontecimientos que se avecinaban no darían oportunidad para esclarecer asuntos tan triviales, por muy misteriosos que fueran.
La carta acababa de esta manera:

El otro día subió Pili [más conocida como la Foca, hermana de Luis EQBCLG] y estuvo un buen rato aquí. Me dijo que pensaban que me había pasado algo el domingo [es obvio que Electra se refiere al domingo 6, lo que plantea otro detalle de difícil comprensión], pero que, por si acaso, no subieron a por mí. En fin, luego me estuvo contando algunas cosas y me dijo que le gustaba mucho mi jersey [?].

Bueno, cariño, te dejo pues aún no he empezado a arreglar mi cuarto.
Un abrazo muy fuerte de tu

Electra.

El contenido de la misiva no contribuyó a tranquilizar a Pablo, aunque bien era cierto que no se desprendía de ella que Electra estuviese corriendo riesgo alguno (ni que planeara sobre su cabeza más amenaza que la ya conocida presencia de Luis EQBCLG y su hermana, la Foca). Pero, pese a ello, más parecía una carta escrita por Guillermo Brown ('Just William') a una tía suya que el desesperado mensaje de una desconsolada esposa, alejada por la fuerza de los brazos de su amado marido.


La tercera semana de clases en la terraza de Puskas transcurrió sin grandes sobresaltos, pero era evidente que Puskas cada vez disfrutaba más de la presencia de Pablo. Cuando se enteraba de que él iba a Le Canal, salía corriendo de su casa para encontrarse con él allí, ya fuese por la mañana en la piscina o por la tarde, para dar juntos un paseo bajo las moreras de la avenida central. Todo le gustaba más cuando estaba con Pablo. Casi siempre, era él quien hablaba. Ella se limitaba a escuchar, caminando a su lado mientras pensaba en la clase que darían los dos después, viendo cómo atardecía sobre los tejados que rodeaban su azotea. Era curioso, pero, toda la vida viviendo allí y, hasta que no estuvo Pablo en su terraza no se había fijado en esos colores cambiantes del cielo, diferentes cada tarde, cuya belleza parecía surgir más de las palabras que él pronunciaba que de esas puestas de sol que el verano, en su máxima plenitud, les brindaba como un regalo singular y exclusivo, para que disfrutasen juntos de él desde su privilegiada atalaya.
Luego, cuando, ya a la hora de la clase, sonaba el timbre de su piso, Puskas le pedía al destino que llegase Pablo antes que el profesor y, así, poder estar un rato charlando, a solas los dos.

Pese a todo, ella se esforzaba por mantener a raya unos sentimientos que no quería reconocer ante sí misma, tratando de apuntalar esa peregrina teoría suya, que defendía (con irregular éxito) la solidez de su amor por Cristobalito.


Como se desprendía, tácitamente, de la carta de Electra, no hubo más noticias de ella durante la semana, pero la incipiente preocupación de Pablo estaba chocando contra un descubrimiento que a él le parecía extraordinario, ya que las clases de Física habían propiciado una revelación propia del campo de la química, aunque, había que reconocer que, también, tenía un fuerte componente físico.
Durante las casi tres semanas de continuada 'convivencia' con Puskas, Pablo había experimentado esa permanente sensación de competencia entre ambas chicas que Electra tanto temía. La comparación era inevitable, dada la proximidad de los días pasados con una y otra. Días intensos, en los que los sentimientos estaban a flor de piel y resultaban imposibles de adormecer.
 
El viernes, 18 de agosto, había sido un día determinante para clarificar muchas cosas que permanecían ocultas en ese desván, siempre revuelto, en el que tan difícil es encontrar la respuesta que buscamos cuando más falta nos hace.
Puskas y Pablo habían pasado la mañana en Le Canal, disfrutando de una piscina poco concurrida y sin apenas amigos hacia los que desviar su atención. La tarde la dedicaron a pasear y charlar, primero por los caminos de Le Canal y, a medida que se acercaba la hora de la clase, por las calles del barrio de Puskas. Al terminar, no se quedaron a hacer problemas, práctica habitual mientras Pablo se tomaba el vaso de Nescafé helado que le preparaba el padre de Puskas, sino que, animados por lo bonita que estaba la hora del crepúsculo, se fueron a dar una vuelta, bajo un cielo rojizo, en el que las caprichosas nubes del verano se empeñaban en componer formas redondeadas y crecientes, presagiando una posible tormenta nocturna.


Ver cómo las nubes cambiaban de color en pocos minutos era un espectáculo que inspiraba a Pablo. Era algo que le sucedía desde niño y que, por algún motivo en el que no se había parado nunca a pensar, le seguía causando el mismo efecto año tras año. Siempre le pareció casi inverosímil que, en apenas un instante, las nubes pasasen del blanco al rosa o al morado, y, de igual forma, le maravillaba contemplar que el cielo azul de la tarde se volviese de un naranja intenso, si se daban las condiciones atmosféricas adecuadas. Pero, ¿cuáles eran esas condiciones? No tenía ni idea... pero sucedía. Y, a veces, esos cambios eran aún más sorprendentes, más violentos, más dramáticos.
 
La donna è mobile –le dijo a Puskas, sin apartar la vista de la puesta de sol que, en esos momentos, era una sucesión de amarillos, naranjas y rojos, bajo un capote de nubes oscuras.
–¿Qué? –preguntó ella, sin acabar de comprender la metáfora.
–Nada, me estaba acordando de una de mis óperas favoritas –contestó Pablo, dirigiéndose a las nubes.
–A mí la única ópera que me gusta es 'Marina' –casi susurró Puskas, en una indirecta a la que Pablo respondió con una sonrisa beatífica, mientras su espíritu volaba en busca del de Electra que, en opinión de Pablo, debía estar, en esos mismos momentos, en algún lugar de aquellas lejanas montañas de tonos violetas, bajo las que se estaba escondiendo el ardiente sol de agosto. 

Puskas hubiese dado cualquier cosa por retener a Pablo con ella. Tenían por delante una tibia noche de uno de esos viernes de verano que invitan a todo, menos a recordar el supuesto amor que sentía por Cristobalito, con quien, por cierto, andaba medio regañada tras una reciente correspondencia entre ambos repleta de velados reproches.
Pero Pablo ya sabía lo que quería saber y no tenía intención de seguir alimentando algo en lo que ya no creía, así que acompañó a Puskas hasta el portal de su casa, le dio un beso en la mejilla, y puso rumbo a la suya canturreando, una vez más, esa nueva canción de Adamo que tanto le gustaba: 'En bandoulière'.

Al igual que las nubes, Puskas había ido cambiando de color a los ojos de Pablo. Y lo había hecho cuando más oportunidades tenía para haberse mantenido firme en esa posición de privilegio que los diez días vividos juntos, el pasado año, en la Costa Brava le habían otorgado. 
'Marina', La Cuadra, St. Trop'... se desvanecían en el corazón de Pablo, oscureciéndose en su ánimo y desdibujándose en un recuerdo que, ahora, tomaba la forma de otra playa, de otro mundo, de otra vida.

Y Pablo, pensando en una Electra creciente y una Puskas menguante, seguía cantando, camino de su casa:

Il y a cette triste pagaille dont je doit sortir
Il y a cette immense muraille que je dois franchir
Et je la franchirai!
Car je t'ai trouvée!
Toi qui ne m'as pas jeté la pierre
Je t'ai trouvée avec tes yeux d'enfant
Tu m'as offert ton univers
Ton univers au chaud de la tendresse
Et Dieu me damnera si je te perds...


 [CONTINÚA EN 'Incendios en Vallelargo']