jueves, 20 de junio de 2024

Malas palabras

Hay quien asegura que las palabras no son buenas ni malas, sino apropiadas o inapropiadas. No estoy de acuerdo.

Ya lo creo que hay palabras malas. Y no estoy hablando de aquellas empleadas con intención de hacer daño a quien las escucha (en este caso, la maldad no es de la palabra, sino de quien la utiliza). Hablo de las propias palabras.

Casi todas las palabras malas son modernas. Puede ser que cuando una palabra se hace antigua, con independencia de que nos guste mas o menos, adquiere un valor especial que la protege. Tal vez sea la pátina del tiempo la que, como a muchas otras cosas de la vida (a los recuerdos, por ejemplo), le confiere ese lustre nostálgico que embellece casi todo lo que nos transporta a épocas pasadas.

Pero volvamos a las palabras malas. 
Dejando atrás a los locutores que retransmiten partidos de fútbol por televisión (sí, esos que nos cuentan con voz estridente y verbo apresurado lo que ya estamos viendo con nuestros propios ojos –haciéndonos dudar de si estamos atentos a una pantalla o escuchamos la radio– y que merecen un artículo aparte por hechos tan singulares como evitar, a toda costa, decir 'Holanda' como sinónimo de 'Países Bajos', pero son capaces de repetir hasta la saciedad 'conjunto pepinero' [Leganés], 'submarino amarillo'* [Villarreal], 'equipo nazarí' [Granada], 'Txingurri' [Valverde], etc., etc., etc.), centrémonos en esas otras palabras, incorporadas al lenguaje cotidiano, que suelen ser utilizadas como signos externos de una sofisticación mal entendida.

Una de las peores palabras es 'emblemático' (dicha en catalán me pone, aún, más nervioso). Si cada vez que la oigo (como decía mi amigo Sempere, recordando a un antiguo político) no echo mano a la pistola, es porque hace mucho que no llevo pistola (la llevé en mis tiempos de oficial de complemento). Sé que es una manía mía, pero no puedo evitarlo. Lo mismo me pasa cuando escucho a alguien decir "ojalá y" o "del tirón". Y me produce un inusitado asombro que la gente haya dejado de andar (ahora ya solo 'camina'). 
'Icónico' es, también, una palabra mala, pero comparada a 'emblematico' es (casi) música celestial para mis oídos.
No me molestan, sin embargo, esas palabras actuales propias del lenguaje coloquial, muchas de ellas usadas con frecuencia por los más jóvenes. Por el contrario, me gustan. Son términos populares que enriquecen el idioma. Y lo hacen sin pretensiones de falsa intelectualidad. Siempre han existido expresiones de este tipo y, muchas de ellas, se han incorporado a nuestra lengua como casticismos, propios de una naturalidad cotidiana que hace más viva y actual la comunicación entre las personas. Son palabras que la gente verdaderamente culta utiliza. Por el contrario, los cursis dicen "emblemático", "icónico", "ojalá y", "del tirón"...
Y siempre 'caminan', nunca 'andan'.

'Encimar', verbo que, por desgracia, se escucha constantemente en las antes mencionadas retransmisiones futbolísticas, es una palabra (o mejor dicho un conjunto de palabras, porque su conjugación completa lo es) espantosa. Es muy lamentable que esté recogido por la RAE, hecho que desacredita a perpetuidad a nuestra querida Real Academia de la Lengua ("Limpia, fija y da esplendor", decían de esta, en otro tiempo respetable, institución). 
Ya es grave que haya aceptado vocablos como 'perrear', 'chundachunda' y 'oscarizar'... lo perdono (de muy mala gana, eso sí). Pero no puedo tragarme 'encimar'. Basta con conjugar el presente de indicativo para darme la razón: "Yo encimo, tu encimas, él encima, nosotros encimamos, vosotros encimáis, ellos enciman".

Párrafo aparte merece una de las palabras más repetidamente molestas, con la que nos encontramos por todas partes: 'resiliencia'. En este caso, se da la doble circunstancia de que la palabrita en cuestión, además de mala es fea, y con una fonética especialmente perturbadora. Por si fuera poco, su uso constante e indiscriminado la convierte en inútil, ya que, por lo que parece, todo es 'resiliente' hoy en día. Algo que no sea 'resiliente' es indigno de existir y, claro, hay que estar repitiéndolo sin parar. Si no eres 'resiliente' eres un pobre desgraciado. Como si tu coche no pertenece a la categoría SUV, vamos. No hay quien lo soporte.

Sí, querido lector, hay palabras malas. Muy malas.


*El 'submarino amarillo' original fue el Cádiz Club de Fútbol, pero la posterior pujanza del Villarreal (y, quizá, el hecho de que su equipación sea totalmente amarilla y no camiseta amarilla y pantalón azul, como son los colores del Cádiz) hizo que los comentaristas deportivos transfiriesen este apelativo al equipo de Castellón. Es obvio que tenía más sentido haciendo referencia al Cádiz, cuya condición de equipo histórico modesto dio cierta gracia a una expresión que resaltaba –al menos durante algunas temporadas– su capacidad de competir de tú a tú con equipos económicamente más poderosos. El Cádiz era, en aquellos momentos, un 'tapado', un 'outsider'... un 'submarino', en suma. Y amarillo, como el de los Beatles, claro está. 

viernes, 3 de mayo de 2024

El más acá

Mi amigo Mala Estrella era un consumado experto en el más allá. Por eso tengo la seguridad de que ahora se encuentra en su ambiente. Tiene que estar disfrutando mucho más que aquí, donde su ancestral mala suerte nunca le proporcionó prolongados momentos de felicidad terrenal. Tuvo otros que sí lo fueron, desde luego... pero no eran de este mundo.

Mala Estrella disfrutaba en ese universo paralelo que habíamos creado entre unos pocos (se cuentan con los dedos de una mano... y sobra algún dedo) para sustituir la vida por un juego y vivirla según nuestras normas. Como le ocurría a Guillermo Brown, cuyas aventuras siempre sucedían cuando él tenía once años, por muchos que pasaran desde su primer libro al último escrito por su genial creadora, Richmal Crompton.

Parte de ese 'más allá' al que me he referido antes estaba en otra dimensión, aunque no deja de ser cierto que, en el caso de Mala Estrella, también había un universo extraterrenal clásico, en el que él se movía con soltura. En eso no es fácil meterse si no cuentas con una particular sensibilidad como la suya, claro. Pero tampoco es sencillo desenvolverse con eficacia en el juego sustitutivo de la llamada 'vida real'. Nosotros lo conseguimos. Ya podemos decirlo sin peligro. Y no hay peligro por dos motivos: el principal es que casi nadie creerá que eso ha sucedido; y la segunda razón es que los pocos a quienes sí les consta que fue así no se atreverán a pronunciarse... por si acaso.

Yo no puedo recomendar a todos que sigan nuestro ejemplo. Entre otras cosas, porque si todos lo hicieran ya no resultaría emocionante ni divertido, y, además, porque ya hay intentos por ahí (parece que algo paralizados, de momento) de crear 'metaversos' comerciales al alcance de quienes estén dispuestos a pagar por ello.
De lo que sí doy fe es de que es una magnífica forma de ensanchar la vida (alargarla es otra cosa –que también interesa hacer–, en la que toda la humanidad está involucrada, pero que produce unos resultados finales bastante menores, en cuanto al volumen de vida).
No consiste (que nadie lo confunda, por favor) en llevar 'doble vida', sino en llevar 'vida doble', que es radicalmente distinto. Reconozco, eso sí, que requiere de una disciplina absoluta y de una fuerza de voluntad inquebrantable, pero, si se mantienen con firmeza esas dos condiciones, se puede conseguir. Nosotros lo hicimos.

Revelado este gran secreto, es menester advertir de una tercera condición que, sin ser imprescindible, ayuda mucho a hacer llevadera esa 'vida doble', a la vez magnífica y agotadora. Consiste en que, al igual que conviene tener en el grupo a un fundamentalista del 'más allá' (fomenta el necesario espíritu bohemio e idealista), es muy recomendable tener a otro miembro que sea un gran experto en el 'más acá'. En nuestro caso, contábamos con un superexperto recalcitrante: Paquito.

Tener una voz permanente que te recuerda, mientras juegas con todas tus energías, que existe un mundo material paralelo que desconoce tu juego, pero con el que no hay más remedio que interactuar, es algo fundamental. No se trata de una voz de la 'conciencia', sino de la 'consciencia'. Ayuda muchísimo, que nadie lo dude, porque el juego es tan divertido (y tan inmersivo) que es frecuente olvidar la otra realidad (las dos son realidades, pero se mueven en dimensiones diferentes), y eso lleva implícitos riesgos de todo tipo.

Así que ya lo sabe, querido lector: no desestime la importancia del 'más acá'. Aunque su existencia se desenvuelva en la más estricta y convencional realidad, ponga un 'paquito' en ella. Le ayudará a recordar que es usted mortal, como todos. Hasta nosotros lo somos. 

martes, 30 de enero de 2024

A medio camino de las nubes

Hay caminos despiadadamente largos.

Son esos que (a todos nos ha tocado recorrerlos alguna vez) parecen no tener fin, aquellos que cuando esperamos que nuestra meta se encuentre detrás de la siguiente loma, surge ante nosotros, al remontarla, un nuevo y lejano horizonte a cuyos límites apenas alcanza la vista.
Muchos de ellos se abandonan. Unos por cansancio, otros por desánimo... y, los más, por olvido.
No es difícil olvidar para un caminante. Todo lo contrario: el olvido surge en cada cruce, en cada curva, y, sobre todo, en esas rectas interminables que se endurecen bajo el castigo del sol implacable que, con tantos pasos encadenados sin apenas pausa, llega a provocar espejismos e ilusiones engañosas que perturban nuestra memoria, llevándola al límite de sus fuerzas.

Para quien, estimulado por la fantasía creada por su espíritu, tiene como punto fijado de destino algo tan intangible como las nubes, ese camino acaba haciéndose eterno.
Sin embargo, son muchos los que siguen sendas así de improbables, algunas de las cuales pueden llegar a ser tan escarpadas como desalentadoras. Moverse por esos senderos imaginarios no es nada extraño.

El caso de mi amigo S.F. es el que mejor conozco entre las innumerables historias que he escuchado sobre estos legendarios caminantes.
Debo referirme a él como S.F. (sus iniciales) porque sé que no le gustaría que diera a conocer su nombre. Y no es por timidez, sino porque sigue sin renunciar a alcanzar sus nubes y, claro, cree que no mantener su anonimato podría traerle mala suerte. Ya se sabe que eso pasa con frecuencia.

S.F. tuvo el valor (otros lo llamarían osadía) de pretender alcanzar las nubes, conociendo la dificultad del empeño. Como buen estoico, sabía que solo debía dejarse influir por aquello que le incumbía personalmente. Todo lo que estaba fuera de su control no tenía que ser considerado si quería lograr su objetivo. Con esa firme actitud y convencimiento emprendió su viaje.
Cierto es que sus nubes eran unas nubes muy particulares. Cada uno de nosotros tenemos las nuestras. Y la verdad es que no nos gusta compartirlas con los demás. Porque, aunque la mayoría vuelen por el cielo (las que están a ras de suelo se llaman de diferente manera), no todos las vemos igual. Ni tienen el mismo significado.

El camino era estrecho y blanco. Seguirlo era de su incumbencia (así lo diría Epicteto), pero fuera de él todo era ajeno a su voluntad. Si permitía que la ansiedad provocada por una verdad imaginaria ocupase el lugar de la realidad, estaría perdido. Y S.F. no lo permitió: durante casi veinte años mantuvo, firme, su marcha, sin abandonar el sendero que se había marcado. Pese a ello, en todo ese tiempo no le pareció que las nubes hacia las que avanzaba llegasen a estar más cerca de él...

Cuando, según sus propios cálculos, se encontraba a mitad de su camino, tropezó con un inmenso árbol que se alzaba frente a él. Era un ejemplar extraordinario que, sin llegar a impedir el paso, tenía capacidad para desviar hacia su enorme copa la atención de cualquier caminante. Un árbol frondoso, inmenso, cuya sombra invitaba a reposar, dando la impresión de poseer el poder de refrescar el pensamiento y aligerar el alma.

Pese a las apariencias, el alma de S.F. no se aligeró. El árbol, una abellida tomeas de tronco esbelto, cuya fina corteza, de suave color canela pálido, tenía marcadas siete delicadas señales oscuras... tan graciosamente distribuidas que parecían replicar la disposición de las estrellas que conforman la Osa Mayor en el firmamento.
El murmullo de sus hojas, mecidas por el viento de la duda, susurraba al oído del accidental viajero melodías propias de una partitura de Mascagni, interpretada por celestiales violines. La música era tan bella que el caminante se detuvo. Y en ese mismo lugar se quedó, a medio camino de las nubes.

Creo que sigue allí, esperando a que la abellida tomeas haga un gesto que él interprete como una señal de que el calendario vuelve a ponerse en marcha, de que la vida sigue... de que, tal vez, tras otros veinte años de andar, andar y andar sea posible alcanzar las nubes.

A fin de cuentas, ¿qué son las nubes sino la espuma que se desborda del cáliz de la esperanza?

jueves, 18 de enero de 2024

Subir, subir...

No sé si esa parte del libreto de la zarzuela ‘Luisa Fernanda’ la escribió Guillermo Fernández Shaw o Federico Romero, pero, sea quien sea el autor de esos versos, es un dúo que me apasiona. Claro está que la música de Moreno Torroba juega un papel fundamental en el efecto que producen los personajes de Luisa Fernanda y Javier cuando los cantan, ya en el tercer acto de la obra, qué duda cabe de eso. Sin embargo, a mí me impresiona más la letra y, muy en particular, su parte final, en la que cada uno de los dos personajes canta media estrofa de su estribillo, creando una nueva con la que acaba el dúo: 

“Subir, subir… y luego caer…” (Javier).

“Y venir el amor… cuando no puede ser” (Luisa Fernanda).

 

Lo que más me gusta de esta fórmula tan sencilla es que ambos están expresando lo que, verdaderamente, más les preocupa del asunto… sin dejar de mantener una conversación que parece conservar su sentido original, cuando, en realidad, son dos monólogos con apariencia de diálogo.


 

Un buen amigo me contó hace unos años haber asistido a un episodio muy similar, pero con los papeles invertidos (el hombre pensaba como Luisa Fernanda y la mujer como Javier).

Porque también hay mujeres cegadas por el deseo de subir, así como hay hombres a quienes les preocupan más los sentimientos que el éxito a cualquier precio.

 

Aquella (la que conoció mi amigo) era implacable a la hora de trepar por la larga escalera de su desorbitado amor propio. No se dejaba ayudar a subir más allá de lo que ella consideraba estrictamente necesario, eso es cierto, pero su ambición estaba cimentada en la agilidad que le confería su liviano peso y la esbeltez de su figura. 

Resuelto ese pequeño contratiempo pectoral que inquietó su ánimo durante sus años juveniles, consideró que su indiscutible atractivo físico era una herramienta más en su proceso de escalada, herramienta que nunca dejó de utilizar para ascender con mayor ligereza.

 

—¡Subir!, ¡subir! —se arengaba a sí misma cada mañana mientras se contemplaba reflejada en el espejo de su cuarto de baño, con su gran toalla blanca ajustada a la cintura y otra, más pequeña, enroscada en su cabeza a modo de turbante. 

 

Y, obediente, todos los días subía unos cuantos peldaños más, con el corazón (si es que lo tenía, como la protagonista del cuadro de Simonet) henchido de orgullo.

Nunca le faltó el apoyo de su Javier de turno (me refiero al de la zarzuela, porque el otro –tenía otro, sí– era un carota de escándalo que, al primer descuido, hipotecaba hasta la escala por la que ella trepaba). 

Ese Javier escénico (que, más adelante, cantaría su parte de la estrofa, intercambiando su papel original) sujetaba la interminable y frágil escalera a la que ella se encaramaba sin mirar hacia abajo… para evitar el vértigo que, pese a su disimulo, amenazaba su espíritu.

 

Y así siguió durante muchos años: subiendo y subiendo…

 

Hasta que un día, por algún motivo que nunca quedó esclarecido del todo, la ambiciosa Luisa Fernanda (así llamamos a la conocida de mi amigo para mantener la conexión dramática de la zarzuela con la historia real) empezó a mover la escalera desde las alturas. 

Lo hizo con extrema violencia, con la decidida intención de que Javier dejase de sujetarla. Como él (consciente de que, si dejaba de hacerlo, sería imposible evitar una catástrofe) no la soltaba, le gritó:

—¡Suéltame Javier! ¡Necesito estar sola aquí arriba! ¡No te preocupes, que será nada más por unos meses! ¡Tengo que resolver un asunto!

Él, pensando que, "a esas alturas ya no había nada soluble" (que cada lector interprete el pensamiento de Javier como prefiera) no soltó la base de la inestable escalera. Antes bien, la sujetó con más firmeza.

—¡Suelta!, ¡suelta! —insistió ella, con los nervios a flor de piel—. Después podrás volver a sujetarme… incluso podrás subir hasta donde yo estoy ahora…

 

Y siguió balanceando la escala con inusitada temeridad. Por primera vez, miró hacia abajo… y sintió vértigo: todo empezó a darle vueltas.

 

La caída fue inevitable.

 

Dice mi amigo que Javier, con sus manos aferradas a la base de la desproporcionada y endeble escalera, cuyo otro extremo se perdía entre las nubes que sobrevolaban su cabeza, oyó las palabras de su Luisa Fernanda como si fuesen una ráfaga de viento que, gélido y vertical, pasaba junto a su oído:

—Subir, subir… y luego caer…

 

No pudo evitar completar la estrofa, con la frase que surgía de su agitado corazón:

—Y venir el amor… cuando no puede ser.


martes, 29 de agosto de 2023

Supremacismo y respeto

Unos lamentables hechos, protagonizados por un personaje relevante, titular de un puesto de alta representación, y producidos en un momento de gran exposición mediática mundial, han ensombrecido uno de los mayores éxitos deportivos de nuestra historia.

Es innecesario recordarlos aquí, pues su difusión ha sido tal que casi no se ha hablado de otra cosa en estos últimos días. Y aún tendrán un largo recorrido por delante.

A la mayor parte de las personas normales, lo ocurrido nos ha llenado de tristeza... en un momento que debería haber sido de alegría. Un disgusto generalizado que, sin embargo, me da la impresión que ha evolucionado en direcciones que desvían el fondo de la cuestión hacia territorios que, aunque sí tienen que ver (al menos, algunos) con lo sucedido, no abordan el verdadero y preocupante origen de la cuestión. Y mientras no lo tengamos claro, nos confundiremos y no seremos capaces de corregir el grave problema subyacente.

Me refiero a que si llevamos un problema profundo de comportamiento, educación y entendimiento, como el que toda la sociedad debe abordar, hacia terrenos teñidos de tintes políticos o, incluso, jurídicos, no seremos capaces de reaccionar conjuntamente ante algo que precisa de un enorme esfuerzo colectivo para poder superarlo y mirar, de una vez por todas, hacia un futuro mejor.

Claro está que el inapropiado comportamiento de un individuo que ostentaba un cargo para el que, obviamente, no estaba cualificado (aquí tenemos ya la primera premisa seria a valorar, pues él no se nombró a sí mismo, sino que fue elegido por quienes debían decidirlo), tiene visos de haber transgredido la ley y debe ser castigado por ello. Evidente es, de igual modo, que sus modos de actuar ante millones de espectadores, representando a todo un país, han sido zafios, penosos, groseros y repugnantes (doy por hecho que esto es, asimismo, susceptible de otro tipo de sanciones, tal vez estas de índole administrativo o privado). Desde luego que hay muchas víctimas de todo ello (una principal, y un extenso e indeterminado número de ellas en calidad de secundarias). Y, seguro, que hay más elementos a considerar que a mí se me escapan.
Sin embargo, asumida, en primera instancia, la protección total debida a la víctima principal y a sus compañeras más próximas, hemos de entender la verdadera naturaleza de lo sucedido y, sobre todo, sus consecuencias para la sociedad en la que vivimos.

Dejemos a un lado la cuestión técnica legal (doctores tiene la Iglesia, es decir, la judicatura, para actuar), que no nos compete y, en particular, rechacemos cualquier intento de politizar el asunto. Haríamos un flaco servicio a nuestra sociedad: ante hechos como estos, no cabe ser de derechas, de izquierdas o de centro. Quiero decir con ello que debemos de liberarnos de prejuicios. Ser de un partido político o de otro, ser hombre o mujer, ser de Villarriba o de Villabajo, es absolutamente irrelevante.

Y, dicho esto, quiero profundizar en la cuestión. 

No nos centremos, tampoco en la condición 'sexual' del abuso, agresión, violencia... o la tipificación técnica que corresponda. Ya he dicho que eso es tarea de los jueces. En primer lugar, es preciso hacerlo así porque, en caso contrario, vamos a causar entre todos mucho más perjuicio a la víctima que el que ella recibió de su abusador. 
Tampoco desviemos nuestra atención hacia el vergonzoso comportamiento exhibido por el triste personaje en el palco y durante las celebraciones posteriores. De todo punto impropios, no ya de un presidente en el ejercicio público de sus funciones, ante sus máximos superiores y autoridades del más alto rango, sino de cualquier hooligan, indocumentado y barriobajero, que hubiese aparecido por aquellos lejanos lares. 
Pero, ¡atención!, si recomiendo esta actitud no es para quitar importancia a lo señalado (la tiene, y mucha), sino para concentrarnos en el verdadero origen de lo ocurrido. Dejemos a los jueces, a los tribunales administrativos y a las autoridades del Estado, así como a las federativas (internacionales y locales) hacer su trabajo. Tengo la seguridad de que lo harán con su mejor saber y entender, aplicando el criterio que corresponda en justicia.

Y es que, por desgracia, no estamos ante un problema de sexo (menos, aún de 'género'). Digo lo de la desgracia, porque nos enfrentamos a algo de índole mucho más grave: supremacismo en estado puro.
El supremacismo engloba casi todos los abusos de poder (machismo, racismo, esclavismo, edadismo, autoritarismo...). Está enraizado en la sociedad desde tiempo inmemorial. La 'potestas' del fuerte, el rico, el poderoso, el jefe, llega a cegar de tal manera que quien está en situación de ventaja (por efímera que esta sea) se considera, sin necesidad de racionalizarlo, superior a quien está por debajo de su dominio (ya lo esté, de hecho, o solo en la mente de quien así lo considera).

Estos días hemos oído a gente bien intencionada decir cosas como esta: "La pena es que hemos desviado la conversación de lo que han hecho nuestras chicas". Y lo decían de buena fe. Sin darse cuenta que 'nuestras chicas' son jugadoras profesionales y, por cierto, unas mujeres que han ganado el Campeonato del Mundo en su categoría absoluta (no en infantiles o juveniles). Pero es que, además, no son 'nuestras'. Son de ellas. Solo de ellas.
"Hay que cuidar a nuestros abuelos", se suele decir, hablando de las personas mayores, en general. Pero resulta que la condición de 'abuelo', si se da, es circunstancial. Y, desde luego, de darse, es con respecto a sus nietos, no a quien lo dice (insisto: con buena intención).

Este es el trasfondo del problema. El supremacista (todos lo somos, en mayor o menor medida, aunque no nos demos cuenta) no es que se considere superior a quien está (aunque sea en su personal delirio) por debajo de él, es que se considera su dueño. Ya digo que no lo racionaliza, pero actúa como si lo fuera. 
Una situación que está tan enraizada en la sociedad que, por ejemplo, el que paga por un producto a un servicio, se considera superior a quien le sirve o entrega lo comprado, por el mero hecho de que él es quien paga: "Oiga, que yo soy el cliente. Yo soy el que pago". Sin darse cuenta de que eso no es más que una relación igualitaria, ya que el precio pagado es a cambio del producto o servicio que recibe (que vale –o, al menos, cuesta– lo mismo que el dinero entregado por él).
Lo llevamos dentro. Si pago a mis empleados, significa que el superior soy yo y ellos los inferiores. Pues no, usted paga un salario a cambio de un trabajo: ambos están en paz, exactamente al mismo nivel.

Por suerte, no todo el mundo es así. Hay muchos (creo que cada vez más) que practican el respeto con los demás. El más valioso de los respetos es el practicado con quienes, en apariencia, están (en un momento dado) en una posición de cierta desventaja. Eso es lo que debemos practicar permanentemente y transmitir, desde la cuna, a las nuevas generaciones. Si no lo hacemos así, estamos perdidos como especie.


Volviendo al caso del que estamos hablando, cuando el presidente coge a una de las jugadoras del equipo por la cabeza, sujetándola con firmeza y dominio, y le da un beso, lo grave no es el beso (y es indiferente que haya consentimiento o no, entre otras cosas porque, como dice Reem Alsalem: "A veces hay tal desequilibrio de poder que el consentimiento puede carecer de sentido").
Demos toda la importancia a lo que la tiene. Y entrenémonos, a diario, en la particular lucha de cada uno contra nuestros ramalazos supremacistas. Todos los tenemos. Practiquemos el respeto, el respeto verdadero, el que nos recuerda constantemente que no somos superiores a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos.

Cuando llegue ese día, podremos celebrar algo mucho más valioso que el más importante de los campeonatos.

viernes, 18 de agosto de 2023

Sirenas olvidadas

Si hay algo que las sirenas no soportan es que las olviden.
Se enfadan mucho cuando algún navegante de esos que han tratado de seducir (me refiero, claro está a los que consiguen escapar de ellas, ya que los otros –pobrecillos– no están capacitados para olvidar ni para no hacerlo) vuelve a su vida normal y borra de su memoria los episodios vividos durante sus encuentros.

Esto es algo que les pasa a todas, ya sean marinas o de tierra adentro. Es preciso hacer énfasis en este punto, ya que no todas las referencias que figuran en el Registro Internacional de Sirenas están situadas en lugares de costa o en alta mar, algo que no debe sorprendernos, ya que el RIS incluye en sus anotaciones a las nereidas, así como a otras criaturas asimiladas. De hecho, ya hablé, en un artículo anterior, de unas muy particulares: las sirenas montaraces.

Pero volvamos a eje de la cuestión. Como decimos, su hábitat de procedencia no es causa de distinción en esta característica de su comportamiento. Aceptan, de buen grado, el odio, el rencor, el miedo y, por supuesto, el amor. Pero lo del olvido es superior a sus fuerzas. Ellas sí pueden olvidar (lo hacen de forma habitual), pero su infinito y ancestral orgullo no les permite consentir ciertas reacciones humanas: la que menos, el olvido.

Yo sospechaba, que era así, desde luego, pero fue durante una cena en Le Sirenuse, ese elegante hotel y restaurante de Positano, con vistas a las islas de Li Galli (que la tradición helénica citaba como conocida morada de esas extraordinarias criaturas), cuando un gran experto en el tema me lo ratificó:
—Ulises, por ejemplo —me dijo—, acabó olvidándolas, y nunca se lo perdonaron.

Unos buenos amigos amigos míos tuvieron, hace ya muchos años, relación con una sirena que vivía entre las escarpadas rocas del cabo de San Antonio, al pie del Montgó. Por desgracia, dos de ellos ya han fallecido, pero me hablaron mucho, en su momento, de los constantes intentos de seducción que sufrieron.
Según me contaron, estas sirenas modernas tienen técnicas mucho más sofisticadas que las clásicas (cantar con voz dulce y melodiosa, y todas esas cosas). Ahora parece que utilizan métodos indirectos y envolventes, basados en lo que los estudiosos denominan 'seducción inducida'. Esto es muy complicado de explicar en un artículo breve como este, por lo que me limitaré a resaltar los detalles más sorprendentes relacionados con esta 'inducción'.
Al parecer, el origen de todo ello hay que buscarlo en la cada día mayor escasez de marineros incautos. Según leemos en uno de los capítulos de los estatutos de la fundación 'Sirenas sin Fronteras' (traducimos literalmente del original): "XIII. Reivindicamos el derecho inalienable de nuestra raza a seducir a cualquier individuo de sexo masculino —de origen natural—, con independencia de su condición o lugar de residencia, debiéndonos ser permitida, sin restricción alguna, la inducción por vía de terceros para alcanzar el fin último para el que hemos sido creadas". Por cierto que, llegados a este punto, cabe cuestionarse cuál es ese "fin último". Y lo pregunto inocentemente, porque nunca he sabido, a ciencia cierta, qué hacían con los infortunados marineros que caían en sus garras... ¿los devoraban? ¿Y si no se los comían, qué interés tenían en acabar con ellos?

En cualquier caso, es comprensible que, con tantos esfuerzos realizados (algunos de ellos reconocidos por ciertos tribunales que llegaron a sentar jurisprudencia, como el otrora célebre 'Tribunal de las Aguas de la Macarelleta'), se disgusten mucho si son olvidadas. Ellas añoran aquellos tiempos en los que las leyes protegían a las sirenas (su doble condición les otorgaba múltiples beneficios), hasta tal punto que quienes no se doblegaban a sus deseos llegaron a tener presunción de culpabilidad en el 'Tribunal de Delitos contra las Sirenas', creado, expresamente, a instancias de su sindicato interoceánico.

La pena es que no puedo contar mucho más al respecto. Y no porque no quiera... sino porque lo he olvidado. Creo recordar que conocí a una, allá por los años ochenta del pasado siglo, pero ya no me acuerdo de ella. Ni siquiera podría decir si era buena, regular, mala o muy mala: se me ha olvidado por completo. A veces, en sueños, me pasan por la cabeza imágenes raras, confusas... y poco más.

Ni siquiera me da pena. No me extraña que esté enfadada.

martes, 23 de agosto de 2022

Go West, young lady

Nadie sabe, con exactitud, quién acuñó esta frase. Pero sí parece estar claro quién la popularizó.

Ir hacia el oeste puede tener muchas connotaciones, aunque, lo más probable, es que, siendo una frase reflexiva (no lo parece, pero lo es), tuviera mucho de huida. 
Sin embargo, no siempre es fácil huir. Ni siquiera cuando el West es, además de West, far.
Lo más curioso es que, en este caso, una vez alcanzado el far, convenía un desplazamiento al next.
No, no es una adivinanza. Ni una nueva versión de Wordle. Es, simplemente, una reflexión filosófica que viene a ser equivalente al conocido 'nunca es tarde si la dicha es buena', sustituyendo el adverbio de tiempo por otro de lugar. El sustantivo no es preciso cambiarlo, porque se sobrentiende en ambos casos.

Luego está lo de las matemáticas (me refiero al Teorema de Quales, que es como el de Thales, pero con números): 505/615/505. Su traducción del griego antiguo no es fácil, pero viene a decir algo así como que una cifra será considerada conspicua si leída de principio a fin y de fin a principio, solo se diferencia en un dígito y, teniendo cinco cincos y dos ceros, consta de dos combinaciones 5-0-5, una al principio y otra al final, y los tres dígitos centrales suman doce, siendo un uno el del centro y el mayor de los dos que están situados junto a él, se encuentra a su izquierda.
No es un teorema fácil de demostrar, pero en el Mileto de la época clásica gozaba de gran popularidad.

"Go West, young lady", dijo Quales (lo dijo en griego, claro), y ella fue, primero al far... y luego al next.
Lo hizo, eso sí, sin solución de continuidad, y, pese a tomar cuantas precauciones estuvieron a su alcance, no consiguió su objetivo, por lo que el número (tal como había pronosticado Quales) resultó conspicuo. O, lo que es lo mismo, ilustre, visible... sobresaliente. Sobre todo, sobresaliente.

Es tradición aceptar que saltar desde la azotea de un edificio hasta la de otro próximo, volando sobre el vacío, es una tarea que debe encomendarse a profesionales. Algunos sostienen que solo es una excusa para lucir sombreros de paja trenzada y estilo vaquero, aunque mi amigo Miguel Ángel se limitase a decir que estaban de moda. Yo me inclino por lo de la excusa.

Porque uno (una también) puede huir de la verdad, incluso de sí mismo, pero resulta imposible hacerlo de una mentira categórica que hemos hecho pasar por verdad durante años. De eso no hay quien huya, por muy far que esté el West.

Keren Ann cantaba "I'm not going anywhere". Y lo hacía casi susurrando, tal vez para evitar que quien no sabía si arrepentirse o no de algo escuchase su canción. Al final no se arrepintió: hizo, por triplicado, cuanto había que hacer, demostrando que Quales sabía muy bien lo que decía, tantos siglos atrás.
Abajo, en la distancia, la ciudad dormía. Arriba, otra ciudad más pequeña y más alegre, se mantenía despierta, con sus altísimas palmeras montando guardia a lo largo del bulevar. Las dos sabían que el océano estaba cerca, pero no alcanzaban a verlo.

"Go West, young lady", reían todas de día. Pero las noches eran blancas, largas o cortas, pero blancas, absolutamente blancas: 505/615/505. ¿Cómo serían, en la antigüedad, las noches de Mileto, la más grande y rica de las ciudades griegas? Hace mucho tiempo, digamos en el siglo VII a. C., las noches de agosto en aquella costa del Egeo, bajo el dominante brillo de Sirio, debían ser impresionantes, extraordinarias...
Cien años después llegaron los persas y todo cambió. Como aquí, en este West que era far y era next. Porque cuando llega alguien inesperado, todo se revuelve, las risas desaparecen tras la cena y las noches se vuelven blancas. 

Con el ánimo transfigurado, las aves diurnas resplandecen en la noche, convertidas en quirópteros blancos, ya despojadas de sus fingidas plumas incandescentes. Y así, rebelándose contra contra su propia naturaleza, contra la historia... maldicen su entrega a la voluntad de un destino que siempre les fue ajeno. Un destino fatal, sí, fatal, y que ya llevan tatuado en el corazón para toda la eternidad.

"Go West, young lady, go West", llegaba a sus oídos como una suave melodía, transportada por la leve y templada brisa que entraba en la habitación por esa ventana que no había tenido fuerzas para cerrar del todo. 

"Go West, young lady", seguía oyendo. Pero ella ya estaba allí.