lunes, 12 de julio de 2021

Paroles, paroles...

[VIENE DE 'Demonios rojos']


El 22 de abril de 1973, a las ocho de la mañana, Pablo arrancó el motor del viejo VolksWagen y comenzó su viaje.


Habían pasado cuatro años desde su entrevista con Electra en Wahine y uno desde la última vez que vio a Puskas en el funeral de su padre. El padre de Pablo había muerto de un infarto fulminante en febrero de 1972, unos meses antes de que su hijo hubiese cumplido los veinticuatro. Puskas y la mayoría de sus amigos acudieron al funeral, muy afectados por el imprevisto y trágico suceso. Ella, cuya separación de Pablo era un hecho desde años atrás, le había seguido viendo, esporádicamente, en Le Canal y sabía que él conservaba un verdadero sentimiento de amistad hacia ella. Al terminar el funeral, le abrazó y se despidió con un beso.
Electra, que había sido informada por Mano Negra, no asistió ni le llamó. Nada supo Pablo de ella hasta que, un par de semanas más tarde, recibió una postal, franqueada en Estambul, que decía:
"Querido Pablo, desde esta ciudad tan sorprendente y extraña, te mando mi pésame por la muerte de tu padre. Lo siento mucho. Un beso, Electra".
Pablo escribió en ella la fecha con un rotulador rojo y la guardó en la misma carpeta de cartón que contenía toda su correspondencia anterior. Antes de volver a meterla en el cajón, dio un vistazo al rótulo que la identificaba: "Electra - 1967...". Cerró el cajón con llave y la colgó en su discreto lugar habitual, tras la foto enmarcada que presidía el lugar de honor de su escritorio, en la que aparecían los cuatro miembros del Club Bohemio Radical.


Los meses siguientes fueron de intensa actividad para Pablo, quien, aparte de los tristes, tediosos y burocráticos trámites del testamento, tuvo que hacerse cargo del pequeño negocio familiar. Por suerte, ya había terminado la carrera, lo que le permitió centrarse en ello con la suficiente dedicación, aunque con escaso entusiasmo.

Como él mismo había pronosticado, las circunstancias que rodeaban a sus tres camaradas eran muy diferentes: todos estaban comenzando su vida laboral y la actividad del Club, si bien se mantenía viva, adolecía de graves problemas de disponibilidad por parte de sus miembros. No era, pese a todo, algo que preocupase en exceso a Kaltes Blut: sabía que era un proceso inevitable por el que tenían que pasar. Lo importante era ser capaz de generar, en un futuro, una 'circunstancia' favorable que le permitiese volver a aglutinar, esta vez ya definitivamente, a los componentes del CBR. Era su responsabilidad personal y no iba a dejar de cumplirla. Solo necesitaba tiempo. Y él no tenía prisa ni se iba a poner nervioso. Ya llegaría el momento de hacerlo.


Sorprendió a sus amigos la firme decisión de Pablo de liquidar el negocio familiar, empeño al que dedicó sus esfuerzos durante un buen número de meses. Había que venderlo en buenas condiciones, para que el resultado de su venta le diese la capacidad económica de emprender algo nuevo, algo que le permitiese sentar las bases de sus proyectos futuros. Tampoco estaba dispuesto a fallar en eso.
La repentina muerte del padre de Pablo les sorprendió a todos y vino a impactar en la familia por segunda vez en muy poco tiempo. Pablo mantenía la calma, pero a nadie se le ocultaba que el golpe había sido duro. Reordenando papeles y documentos, encontró mucha información interesante, dejando al descubierto (solo en parte, desde luego) algunos detalles del pasado de don Francisco que habían permanecido ocultos para su hijo.
Lo que no llegó a descubrirse del todo fue su verdadera profesión. En su pasaporte ponía 'Agente Comercial', pero, aunque a Pablo le constaba que, de vez en cuando, vendía algún que otro cargamento de alcohol a empresas licoreras (algo que resolvía mediante el simple método de hacer un par de llamadas telefónicas desde casa), siempre le pareció sospechoso que una ocupación tan mínima le permitiese vivir tan holgadamente y pasar todas las tardes entre la tertulia del café y la del casino. Por las mañanas, rara vez salía a hacer algún recado, pero a esa leve actividad tampoco se le podía llamar trabajo. El cierto que el pequeño negocio familiar que, con dos o tres empleadas, había regentado la madre de Pablo hasta que la enfermedad se lo impidió, ayudaba, y que don Francisco se ocupó de supervisarlo cuando su mujer tuvo que dejarlo, pero, en cualquier caso, ni ella ni él dejaron nunca de atender sus múltiples compromisos sociales con las distintas amistades que frecuentaban.
Alguien le dijo a Pablo que su padre era abogado, aunque nunca quiso ejercer la profesión, pero la versión más extendida era que, en realidad, era espía. Esta opinión cuadraba perfectamente con la personalidad discreta y silenciosa de don Francisco, así como sus relaciones con personalidades políticas y empresariales (casi siempre relacionadas con la industria alcoholera). Ninguno de estos misterios se resolvió tras su fallecimiento, pues carecía de familia próxima y sus amigos (que sí eran muchos) jamás contactaron con Pablo ni para darle el pésame.

Solo hubo un gran secreto que quedó al descubierto. Y fue, una vez más, por pura casualidad.
En un recóndito compartimento del buró del despacho de don Francisco apareció un antiguo sobre que contenía una carta dirigida a él. Al principio, Pablo creyó que era de una extraña señora venezolana, de quien ya había encontrado otra, cuyo contenido le pareció indescifrable, pues hablaba de un préstamo y de un par de viajes transoceánicos de los que él nunca tuvo noticia y ni siquiera se concretaban como pasados o futuros. Pero no era de la dama de Caracas, casada, según decía, con un famoso médico del que hablaba con muchas palabras y escasa claridad. Esta carta, escondida entre los papeles más personales de don Francisco, era de su hermano. Y su contenido descifraba el misterio anunciado por la madre de Pablo.

La frase que dejó escrita su madre permanecía grabada en su memoria: "... la terrible tragedia que destrozó su juventud, al no poder evitar la muerte de ese hermano, asesinado por sus ideas con veinte años recién cumplidos...".
Ahora, el descubrimiento de esta vieja carta le desvelaba el gran secreto.

Madrid, 1 de julio de 1940.

Querido hermano:

No sufras al recibir esta carta. Yo estoy tranquilo. Ya sé que voy a morir mañana, me lo han dicho.
Por mucho que lo has intentado, no has podido conseguir que me conmuten la pena, y seguro que eso te tiene triste y desconsolado, pero no tienes que preocuparte, te lo aseguro. Has hecho todo por lograr algo que yo sabía que era imposible. Te doy las gracias de corazón. Mi condena no tenía remedio desde el mismo día en el que me sentenciaron.

Tú me has protegido siempre, me has cuidado siempre, desde que, hace ya tantos años, murieron nuestros padres y nos quedamos huérfanos. Para mí has sido mucho más que un hermano mayor, has sido mi hermano, mi padre, mi madre... toda mi familia. Desde muy pequeño te he admirado y querido como te sigo admirando y queriendo ahora.

No debes estar triste porque yo no estoy triste. Todo lo que he hecho ha sido defender lo que creía, nada más. Y ha sido de buena fe, convencido de que hacía lo que debía. Diles a nuestros primos, a nuestros tíos, a los amigos, que he muerto en paz, que ya me he reunido con nuestros padres... ellos, que se nos fueron tan pronto y no pudieron disfrutar de sus hijos.

No sé dónde descansarán mis restos, no me importa mucho, la verdad, supongo que tú te ocuparás. Hazlo alegre, sin llorar, sabiendo que yo estoy sereno, que no sufro. Y cuando tú mueras (ojalá sea dentro de mucho tiempo) ven a descansar conmigo. Así volveremos a estar juntos, como cuando éramos niños, que nunca nos separábamos, ¿te acuerdas? Tú me defendías siempre. Ven a seguir cuidando de mí porque me haces falta, necesitaré estar a tu lado. Así estaré más seguro, más contento. 

Mi vida ha sido corta, pero quiero que la tuya sea muy larga y que llegues a hacer en ella todo lo que yo no he podido: casarte, tener hijos, formar una familia... ser feliz.

Te quiero, Paco, mi hermano del alma. 
Con infinito cariño,

Alejandro.


Leer la carta de su tío, ese tío al que nunca conoció y del que nadie le habló, fue una de las experiencias más difíciles de la vida de Pablo (y eso que ya había pasado por dos muy duras). 
Su padre había vivido con ese dardo clavado en su corazón durante casi treinta y dos años. En silencio. Y él, Pablo, poco había hecho para aliviar su dolor. No servía la excusa de que no lo sabía: un hijo tiene que actuar como si lo supiese todo, como si supiese aún más de lo sucedido.
Seguramente, de niño hizo feliz a su padre. Había sido un niño bueno, serio y buen estudiante. Eso alegraba y enorgullecía a los padres. Pero, a medida que se había ido haciendo mayor, se fue alejando de ellos, llevando su interés y su ánimo a lugares extraños, cada vez más remotos. 
El día que leyó esa carta, Pablo se sintió como un completo idiota: sus padres le habían mantenido al margen de todo, haciéndole creer que era él quien les mantenía al margen a ellos.
Fue tan estúpido y tan inocente que se empeñó en buscar las emociones fuera, cuando las mejores, las más importantes, las tenía dentro, en su propia familia. Desperdició sentimientos que ahora le faltaban para empaparse de ellos, porque eran de sus padres y, por lo tanto, también suyos. Era un redomado imbécil que, encima, se creía el más listo del universo. Lo había perdido todo y ya era demasiado tarde para recuperarlo.

Don Francisco fue enterrado en la misma sepultura en la que reposaba su hermano, Alejandro, desde 1940. Allí se reunió con él para cuidarlo y protegerlo eternamente. En esa misma sepultura estaba enterrada la madre de Pablo, así que también se encargaría de cuidarla a ella. Daba igual que su profesión hubiese sido la de agente comercial, abogado o espía. Eso ya carecía de importancia. Desde aquel frío día de febrero, era solo hermano y marido. Todo lo demás quedó fuera de la lápida de granito que cubría su tumba.
El día del entierro de su padre, Pablo no pudo evitar recordar la impresión que le había causado, su visita a la iglesia de la Santa Croce, en Florencia, cuando estuvo en ella, años atrás, durante el viaje de fin de estudios de su instituto. Y si la recordó no fue porque sintiese allí lo mismo que sintió el bueno de Sthendal (que, en realidad, se llamaba Henri Beyle), sino por la serie de tumbas de grandes hombres que adornaban el interior de sus muros: Dante, Galileo, Miguel Ángel, Donatello, Rossini, Maquiavelo... ¿Qué pensarían ellos de que sus restos mortales descansen en ese lugar tan especial, convirtiendo aquel templo florentino en un panteón de hombres ilustres? Seguramente, se dijo, estarían contentos de compartir su descanso eterno con otros genios de la historia. Era probable, concluyó, que les pasase como a su tío y a sus padres: que se encontrasen más seguros y felices allí reunidos, protegiéndose y cuidándose unos a otros.


Pablo siguió la recomendación de su madre y no investigó. Todo lo que se había presentado frente a él desde que leyó la carta de su madre era impactante y digno de ser conocido con mayor profundidad y detalle, pero el consejo era muy claro:
"Remover el pasado no suele producir más que confusión y, además, conduce a errores, porque lo juzgamos con ojos de hoy y sin ser capaces de dar a las circunstancias que lo condicionaron la verdadera importancia que tuvieron en su momento. Esas circunstancias no solo fueron parte de realidad de cada uno de nosotros, sino que, consideradas en sí mismas, tenían un valor muy diferente al que pudieran tener hoy, aun siendo idénticas". 

Además, había tomado una decisión y estaba dispuesto a cumplirla.
—¿No volveremos a vernos? —preguntó Juanito.
—Claro que sí —respondió Kaltes Blut—. Arreglaré todo y estaremos juntos, de nuevo. Y ya será para siempre.
—¿Sabes que, si te vas, no podremos seguirte? — quiso puntualizar Mano Negra.
—No me seguiréis ahora, pero estad seguros de que acabaremos juntos. Más unidos que nunca.
—¿Puede saberse a dónde vas? —fue la cuestión, más concreta que las de sus compañeros, que planteó El Catalán.
—¿Cuándo te vas a ir? —insistió Juanito, preocupado.
—Digamos que dentro de poco, ya no me veréis, pero después, me volveréis a ver —contestó Pablo, articulando sus palabras con reminiscencias evangélicas.
—¡Maestro, cada día te queremos más por lo bien que te explicas! —exclamó teatralmente Mano Negra, que se las sabía todas.

Sin embargo, a Kaltes Blut no era preciso entenderle. Bastaba con tener fe ciega en sus palabras. Y sus camaradas del Club Bohemio Radical la tenían.


El viaje de Pablo, al volante del viejo VolksWagen heredado de su padre, fue largo. Tuvo muchas horas para pensar acerca de su vida y su futuro. ¿Les pasaría a sus hijos, si algún día llegaba a tenerlos, lo mismo que le había pasado a él con sus padres? De ser así, sería una tragedia muy grave. Y muy absurda, porque él ya sabía lo que se había perdido, y permitir que se lo perdiesen, también, sus hijos sería imperdonable.
La vida es un episodio corto y, sí, lo más importante en ella es tener suerte, pero esa suerte hay que complementarla con la memoria para poder disfrutarla. Hay quien olvida su buena suerte con mucha facilidad y, de tanto olvidarla, llega a creer que no la tuvo. Sin embargo, quien la recuerda constantemente, la hace crecer, aferrada a él (como la hiedra), y se queda enredada a su vida para siempre.

Es cierto que los cielos de primavera son muy cambiantes, pero, a esas horas de la mañana, no le pareció normal que las nubes que se estaban acumulando delante de él tuviesen un color tan sorprendente. Eran de un tono rosado, más propio de última hora de la tarde, pero más raro, aún, resultaba el efecto irisado que adoptaban en su parte superior, pasando del rosa al azul y al blanco, con una cadencia perfectamente orquestada. ¿Por qué siempre que se fijaba en ellas, las nubes se empeñaban en cambiar de color, como si quisieran recordarle la fugacidad de cuanto nos agobia y nos preocupa, pero, también, de lo que nos ilusiona y nos hace felices? Espejismos celestiales que nos hacen creer en lo que no existe, se dijo a sí mismo: reflejos brillantes, alimentados por nuestros propios deseos, que fingen ser oasis en los que cualquiera puede imaginar que va a calmar una sed que jamás se sacia.

En un momento dado, tal vez cuando estaba a mitad de camino, sonó una canción en la radio del coche que nunca había oído. Cantaba Dalida, junto a Alain Delon, que se limitaba a recitar su parte: "Parole, parole, parole...", repetía Dalida, sin parar. La canción la conocía, claro, pero cantada por Mina y en italiano. Había visto en televisión la versión que ella y Adriano Celentano habían hecho en el programa de Alberto Lupo y le pareció divertida y brillante, pero en francés no la había escuchado nunca, debía ser una grabación nueva. Además, siempre había pensado que Electra se parecía un poco a Dalida (en moreno y con el pelo más corto, claro). En las voces de Dalida y Delon sonaba mucho más melancólica y profunda. No solo porque Mina, Celentano y Lupo tenían un punto cómico indiscutible (mucho más en aquella parodia televisiva, en la que, cambiados los respectivos papeles —aquí cantaba él y ella era quien recitaba—, Celentano se sacaba caramelos de los bolsillos y los tiraba por todas partes), sino, también, por el idioma: en francés era triste, muy triste.
¿Había él, como Delon, 'sembrado palabras al viento', palabras que se posaron sobre la boca de Electra, pero no sobre su corazón, como Dalida cantaba? ¿O fue todo lo contrario: palabras en exceso sinceras, dardos que se clavaron en su corazón y lo envenenaron sin remedio?

Ya daba igual. Eran preguntas retóricas, cuya respuesta carecía de importancia. Electra estaba convencida de que moriría joven. Y Mano Negra avisó, desde el primer instante, de su trágico destino. Con un poco de suerte (de nuevo, hacía falta tener suerte), los dos podían estar equivocados. Últimamente, la muerte estaba rondando demasiado cerca. Era suficiente por ahora. Incluso sus padres eran muy jóvenes para morir tan pronto. Por no hablar del hermano de su padre, cuya muerte, para Pablo, era como si se hubiese producido el mismo día en que leyó su carta.

Él ya no volvería nunca con Electra ni con Puskas, pero deseaba que vivieran lo suficiente como para darle tiempo a regresar y prestarles su ayuda, si alguna vez la necesitaban. Porque algo le decía que la necesitarían. Ojalá el orgullo no les jugase una mala pasada, como parecía que había sucedido con Blanche.


Entró en Biarritz por la carretera de la costa, dejando atrás Guétary y Bidart, pasó junto a la playa de la Côte des Basques y giró a la derecha a la altura de Les Halles; repitió el giro al llegar a La Poste y aparcó el coche en el Jardín Público, a solo unos metros de la rue d'Alger.
En unos pocos pasos llegó al número 7 y subió los escalones que conducían al pequeño zaguán. Antes de llamar al timbre, se detuvo a observar el cartel: Lou Coufidou. Le encantaba ese nombre.

Bonjour, Pablo —dijo Valérie, sin la menor expresión de sorpresa, al abrir la puerta.
Ça va, Valérie?
—Oui, très bien, on t'attendait —respondió ella, encendiendo sus luminosos ojos azules.

Al fondo del recibidor apareció la figura de monsieur Gautier.
—¡Pablo! ¿Eres tú? ¡Qué alegría verte de nuevo! Gracias por venir a visitarnos.
—No vengo de visita, monsieur Gautier —respondió Pablo—. Han pasado cinco años. He venido para quedarme. 
—Es verdad, recuerdo que lo dijiste. 
—Me voy a instalar en Biarritz —aseguró Pablo—. Ya le dije que me entusiasmaba esta ciudad.
—Cierto —convino monsieur Gautier—. Y también dijiste que había algo que te gustaba aún más...

Valérie seguía aún de pie frente a Pablo, sin apartar sus inmensos ojos azules de los de él.
—La verdad es que he corrido un gran riesgo esperando tanto, pero debía hacerlo así —comentó el joven, sin dejar muy claro a quién de los dos se dirigía.
Monsieur Gautier y Valérie se mantuvieron en silencio, esperando que Pablo continuase con sus explicaciones. Pero él se limitó a preguntar:
— ¿Estás casada, Valérie?
— ¿Y qué dirías si te contestase que sí? 
— Pues te diría lo mismo que le dijeron a Jack Lemmon en la película de Billy Wilder...
—¿Qué le dijeron?

En el rostro de Pablo se dibujó una amplia sonrisa, se encogió de hombros y respondió, con la misma naturalidad que había mostrado Valérie al abrir la puerta y encontrarse con él:
—Le dijeron: "Bueno, nadie es perfecto".


viernes, 9 de julio de 2021

Demonios rojos

 [VIENE DE 'Adverbios de tiempo']


Puskas había decidido dedicarse a coleccionar sensaciones.
No quería recordar lo que hacía, ni con quién o quiénes lo había hecho. Tampoco tenía interés en fijar en su memoria lugares, palabras o cualquier otro tipo de detalles concretos, solo quería recordar las sensaciones que había experimentado durante el día.
Ya lo hizo tiempo atrás, cuando era niña. Después, se fue concentrando en otras cosas más prácticas. Y, ahora, a la vista del curso que estaban tomando los acontecimientos (un curso turbulento y nada agradable para ella), se le había ocurrido ir, aún, más allá: quería convertirse en coleccionista.
Empezó a guardar cada sensación en su interior, manteniéndola viva para poder recuperarla por la noche, cuando, liberada del asedio del exterior, podía disfrutarla en la intimidad de su escondida soledad. Porque se esforzaba en pensar que esa soledad, a la que tanto temía, podía llegar a ser dulce... quizá buena.
La ventaja principal de coleccionar sensaciones, era que bastaba con numerarlas, no tenían nombre, eran anónimas. Estaban desprovistas de la incómoda materialidad de la vida real y, sin embargo, eran auténticas, completas y profundas. Otros coleccionaban sellos, ¿no? Pues ella, sensaciones, sensaciones que podían llegar hasta el fondo del alma y remover sus emociones, alimentando el espíritu.
En cierto modo, era una forma de cerrar los ojos al mundo. Si lo que tenía a su alrededor no le gustaba, era mejor no verlo.
Pablo se estaba alejando de ella a pasos agigantados y empezaba a perder la esperanza de recuperarlo, y este método de coleccionar sensaciones le ayudaba a estar distraída y alejarse de la realidad. Porque la alternativa de echarle la culpa a Electra estaba dejando de funcionarle. Tal vez tendría que encontrar otra persona a la que culpar... pero no se le ocurría nadie. ¿Cómo se llamaba ese empleado del padre de Mano Negra a quien le echaban la culpa de todo? No lograba acordarse...

El personaje en cuestión era el señor Paco. Y el que le echaba la culpa, don Luciano Tapia.

Don Luciano Tapia era un excelente joyero. Sin duda alguna, el mejor oficial que el abuelo de Mano Negra, tenía en su taller.
Cierto es que sus brillantes cualidades como experto artesano de la difícil técnica de la alta joyería, se veían (solo en parte) compensadas por su afición al alcohol (que no mermaba, en absoluto, su precisión en el manejo de la segueta) y su poco académico lenguaje (virtud, en cualquier caso, innecesaria para que un orfebre alcance la categoría de artista).
De hecho, cuando la madre de Mano Negra respondió a la pregunta de su hijo sobre si sabía quién era don Luciano Tapia, su contestación fue algo así como: "Sí, ese obrero que tenía tu padre en el taller que estaba siempre borracho y decía muchas palabrotas". Ninguna referencia a su indiscutible condición de maestro de la joyería. Y eso que ella le debió conocer en su última fase, pues, como hemos dicho al principio, ya era un gran oficial en tiempos del padre de su padre (es decir, del suegro de la madre de Mano Negra).

Pero claro, don Luciano Tapia también cometía errores, porque su trabajo era de una delicada precisión y todos sabemos que hasta el mejor joyero echa un borrón (el borrón, en esos casos, suele ser de oro o platino). Cada vez que don Luciano Tapia tenía un problema en la confección de una joya, echaba mano de un enorme palo que tenía junto a él, apoyado en la pared, y le atizaba en la cabeza al bueno del señor Paco (otro oficial del taller, de menor rango, que tenía la poca fortuna de que su puesto de trabajo estaba situado justo frente a su iracundo y veterano compañero). 
El señor Paco, como es lógico, protestaba (sin mucho entusiasmo, por si se llevaba otro palo en la cabeza) y mascullaba entre dientes (él creía que las decía en voz alta) cosas tales como: "Un día de estos me voy a hartar y...".
Pero el señor Paco nunca se hartó. Y don Luciano Tapia llegó a la jubilación sin dejar de apalear la sufrida cabeza de su colega (al que, como era de esperar, ningún oficial del taller aceptó cambiar el sitio) cada vez que algo le salía mal. Eso sí, lo hacía tras proferir horribles juramentos y soeces blasfemias, que salían de su boca sin que se le cayera el permanente cigarrillo consumido que mantenía en sus labios. Y decimos cigarrillo porque, aunque apenas quedaba en él tabaco sin quemar, la ceniza permanecía unida a los últimos milímetros intactos del pitillo amarillento, como si el papel con el que el propio don Luciano Tapia había liado el tabaco fuese incombustible, cual fina capa de amianto (engomada, eso sí, en uno de sus extremos). 

Y es que, como decía Mano Negra cuando contaba esta historia, siempre es bueno tener a mano un señor Paco al que echar la culpa de nuestros errores, de nuestras equivocaciones... de nuestras faltas.
Los palos pueden ser de diversa magnitud y naturaleza, pero siempre deben mantenerse a una distancia muy accesible y ser lo suficientemente largos como para llegar, con comodidad, hasta la cabeza del señor Paco de turno, cuya ubicación debe conocerse de antemano (y con precisión) para poder asestar el golpe sin levantar la mirada de la joya (es un decir) que se tenga entre manos y, por supuesto, manteniendo en perfecto equilibrio el depauperado cilindrín (es otro decir) que pueda estar, circunstancialmente, en la boca de quien apalea a su señor Paco particular.

La fórmula a enunciar es muy sencilla. Basta con decir (en tono airado, como hacía don Luciano Tapia) algo así como: "¡Vaya, ya se me ha estropeado la (colóquese aquí la descripción de cualquier contrariedad)! ¡Usted ha tenido la culpa, señor Paco! ¡Tome!".

Mano Negra relataba esta historia así, dándole un intencionado doble sentido (que poca gente entendía), ya que él veía un paralelismo entre el triste destino del señor Paco y otros sucesos, pasados o futuros, que, en su opinión, eran la moraleja a extraer. Puskas, desde luego, se contaba entre las que no apreciaban esta intención, pero conocía la anécdota. Sin embargo, no la recordaba bien, por lo que optó por la colección de sensaciones (tampoco tenía a mano ningún 'señor Paco' —había perdido todo contacto con Carahuevo— a quien dar, de vez en cuando, un buen palo en la cabeza). 


Pablo tenía el presentimiento de que Electra le iba a llamar en cualquier momento y se estaba preparando a conciencia para la ocasión. En su cabeza se había metido la canción de una tal Nada, que había tenido un gran éxito en el Festival de San Remo de ese año pese a no haberlo ganado. Se titulaba 'Ma che freddo fa' y hablaba del frío que siente el corazón de una chica cuando vive sin amor. Él pensaba que esa era la situación por la que estaba pasando Electra... y que los inviernos se alargan mucho más de lo que dice el calendario.
Ni la escuela de enfermeras (que ya había dejado de ser una novedad) ni la creciente amistad de Piolín podían ocupar el enorme vacío en el que estaban levitando sus sentimientos más íntimos. Y, a medida que pasaba el tiempo, ese frío se iba adueñando de su ánimo y separándola de la vida, de una vida que, un par de años antes, se presentó, de golpe, ante ella y le abrió un universo nuevo, inesperado y lleno de ilusiones desconocidas.
Esos preparativos en los que Pablo estaba inmerso. incluían algunas medidas sorprendentes. Tan sorprendentes que no quería profundizar en ellas hasta no escuchar lo que Electra tuviera que decirle.
Un observador independiente, ajeno a las interioridades del asunto, diría que nadie quería mirar de frente a lo que se presentaba ante ellos, como si cerrar los ojos les protegiese del peligro.

El refugio habitual de Pablo, Le Canal, había perdido gran parte de su atractivo desde que Isabelle se había ido a Suecia, al parecer, por un período largo e indeterminado. Sus amigos de siempre empezaban a dispersarse: Toñín, Cristina, Óscar, Montse, Oswald... incluso Agustín, estaban envueltos en circunstancias particulares que modificaban sus vidas, por lo que Pablo ya no encontraba allí (y, menos, lejos del verano) el cálido ambiente que reconfortaba su espíritu. Blanche, la Reina y Alice permanecían, hieráticas, en sus respectivas hornacinas, como imágenes votivas de un pasado que perdía vigor, a medida que se distanciaba en el tiempo, y los prototipos, sus viejos compañeros del bachillerato, Manolo, Félix, Carlos, Fernando, Domingo, Gonzalo, Momia... encauzaban sus vidas por derroteros divergentes. Solo los miembros del Club permanecían, firmes, en sus puestos. Todo ello auguraba que los pronósticos expresados por Pablo en su, ya histórico, Sermón del café iban bien encaminados.


Llegó el 14 de febrero, fecha señalada para Mano Negra, en la que cada año rememoraba la célebre matanza del día de San Valentín (acaecida en un almacén de Chicago, en 1929, cuando sicarios de Al Capone asesinaron a cinco miembros de una banda rival), Mano Negra llamó por teléfono a Pablo para recordarle que se cumplían cuarenta años de aquel suceso. Lo hizo varias veces seguidas, pero el teléfono de Pablo no dejaba de comunicar: estaba hablando con Electra.
Ella le había llamado, precisamente ese día, porque le pareció una fecha apropiada (no tenía ni idea de lo sucedido en Chicago cuatro décadas antes), sin recordar que lo único que los miembros del CBR consideraban digno de ser celebrado el 14 de febrero era el aniversario de la venganza de Al Capone. Desde su más tierna infancia, Pablo y sus camaradas despreciaban la acaramelada ñoñería con la que los enamorados acogían esa fecha del calendario.
Electra no hizo ninguna referencia expresa al día, pero esperaba que Pablo entendiese la indirecta. Por suerte para ella, no se percató del detalle.
Tras una larga e insulsa conversación, quedaron para verse esa misma tarde.

—No sé qué hacer, Pablo —fueron las primeras palabras de Electra, apenas dejó el camarero su coco-loco sobre la mesa.
—Yo sí lo sé —dijo Pablo.
—¿Sabes qué debo hacer? —preguntó ella, levantando la vista del coco de cerámica en el que estaba su bebida.
—No —negó Pablo, categórico—. Pero yo sí sé qué hacer.
—¿Y qué es lo que vas a hacer?
—Nada, absolutamente nada —sentenció él.

No era infrecuente que las respuestas de Pablo asombrasen a Electra, pero esta vez pareció estar más sorprendida que de costumbre.
Él se limitaba a hacer girar la pajita de su piña colada, y parecía estar concentrado en observar cómo daba vueltas el líquido, moviéndose al ritmo de su mano, pero, a pesar de la poca luz que reinaba en el ambiente de Wahine, ya se había fijado en que su alianza de plata (la que él le dejó, como último recurso ante las violentas intervenciones de sus padres para quitarle las que, sucesivamente, se iba poniendo) también giraba, alrededor del anular de Electra, movida, con cierto nerviosismo, por los dedos de su otra mano. Y pensó que ella se la había puesto, expresamente, para la ocasión. Sin embargo, estaba confundido: Electra se ponía y quitaba la alianza en función de su estado de ánimo, por lo que era imposible establecer cadencia alguna en el uso que hacía del anillo.

—Yo no voy a hacer nada, Electra —repitió Pablo—. Tú debes decidir qué camino vas a seguir. Y, lo que es más importante, cómo vas a hacerlo.
—Es que estoy confundida, Pablo. Por la mañana pienso una cosa y por la tarde, la contraria.
—Pues haz por la mañana lo que pienses por la mañana, y por la tarde, lo que pienses por la tarde.
—No te rías de mí —pidió Electra—. Lo estoy pasando mal.
—¿Por la mañana o por la tarde? —inquirió Pablo, sin mostrar piedad alguna.
—Es como si tuviera dos demonios dentro de mí —siguió ella, evitando entrar en el juego de Pablo—. Cada uno tira de mí para un lado. Pero los dos son malos.
—Ya sabes: a veces una mujer se ve obligada a hacer cosas que ni ella misma quiere hacer...

Electra dio un sorbo a su coco-loco mientras arqueaba las cejas para mirar a Pablo.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
—Es una realidad, ¿o no? —fue la respuesta-pregunta que dio él.
—Sí, es una realidad —reconoció Electra—. Pero no me pidas que te lo explique.
—No te lo voy a pedir. Me consta que es así. Y también me consta que nunca se nos explicará esa realidad a los hombres.
—Porque no lo entenderíais. Los hombres lo tenéis todo más fácil. Hasta los tontos lo tienen más fácil que nosotras.
—Estoy seguro de que es así —suspiró Pablo—. Los tontos siempre han tenido la vida más fácil.

Y volvió a su piña colada, dejando volar su espíritu en las alas de los exóticos acordes de una guitarra hawaiana, cuyos ecos se mezclaban en la penumbra con la sonoridad acústica de un brillante ukelele.

—Siempre sueño con demonios, Pablo —continuó Electra—. Son demonios rojos, con cuernos puntiagudos y ojos redondos. Están ahí, por todas partes, no me dejan en paz... Por eso quiero irme de aquí, a un sitio donde no estén, donde no puedan encontrarme, donde no me persigan.
—Si los llevas puestos, no te librarás de ellos —aseguró Pablo—. No están aquí: los tienes tú dentro. Huir o cerrar los ojos no te servirá de nada. Vuelve con nosotros, Electra. Solo así podrás escapar.
—Tengo que marcharme, Pablo. Algún día volveré. Puede que cuando lo haga sea demasiado tarde, pero no tengo más remedio.
—¿Sabes lo que ocurre? —preguntó Pablo, respondiéndose a sí mismo de inmediato—. Que en la vida, hay personas que parecen estar juntas, pero no lo están: pasan unos al lado de otros. Es algo que sucede con frecuencia. 
—Yo iba y tú venías —resumió Electra, aceptando, de inmediato, el punto de Pablo—. Tú estás volviendo a un lugar que yo desconozco. Yo, en cambio, estoy yendo... sin saber hacia dónde. Seguramente a ningún sitio. No voy a vivir mucho, estoy segura. Por eso tengo prisa: voy corriendo a todas partes, tropiezo, me caigo... Tú has aprendido a correr despacio, es algo muy difícil, Pablo, pero tú sabes hacerlo. Yo no puedo, corro sin avanzar... ni siquiera soy capaz de escapar de mis demonios.
—¿Nos hemos equivocado, entonces?
—No lo sé, Pablo. Yo creo que aún no he aprendido a equivocarme. Pero estoy en ello.
—¿Conoces la historia del Sr. Pellico? —fue la sorprendente pregunta de Pablo.
—No.
—Es raro que no te la hayamos contado nunca...

El Sr. Pellico vivía en la casa de Pablo. Justo en el piso de arriba. Sin embargo, Pablo no le vio nunca, porque el Sr. Pellico no salía a la calle. Ni al descansillo de la escalera. En realidad, no salía de su habitación. Y, siendo más exactos, debemos decir que no salía de la cama. Pero todos los vecinos le conocían. Cada día se le oía gritar, a través de los balcones que daban al patio: "¡No me da la gana...! ¡No me da la gana...! ¡No me da la gana...!". Así, tres veces seguidas, la misma frase, que, obviamente, respondía a la insistencia de alguien para que se levantase de la cama. Tras ella, un silencio que correspondía al tiempo durante el que su mujer y sus hijas le pedían (en voz muy baja, para que nadie oyese lo que decían) que no gritase porque podían oírle los vecinos. A continuación, se le escuchaba, de nuevo: "¡Pues que me oigan...! ¡Pues que me oigan...! ¡Pues que me oigan...!". Después otro silencio, para rematar, sin bajar el volumen, pero en un tono menos agudo: "¡Pues sí...! ¡Pues vaya...! ¡Estas mujeres...!". Y, por fin, el silencio volvía a reinar en el patio.
Esta escena se repetía a diario, sin que un solo vecino se asomase al balcón o abandonase sus tareas cotidianas a causa de las voces que salían de la casa de los Pellico. Que se sepa, solo una mañana aceptó el Sr. Pellico levantarse de la cama para, rompiendo con su inveterada costumbre, probar a trabajar. Parece que el empleo era de conductor de ambulancia, pero al Sr. Pellico no le gustó... así que se volvió a meter en la cama, para desesperación de su esposa e hijas, quienes, además, se quedaron sin argumentos: ya nadie podía decir que, al menos, no lo había intentado. Probó a trabajar... y no le gustó.
Durante años, las mañanas de aquel patio siguieron amenizadas por la estentórea voz del Sr. Pellico, compitiendo con seriales y jingles radiofónicos que se colaban por balcones y ventanas.
Al final, los Pellico tuvieron que abandonar su piso, al ser este puesto a la venta por el casero y no poder afrontar una adquisición que, pese a ser de un importe muy razonable, superaba las posibilidades económicas de una familia que se mantenía, a duras penas, gracias al ímprobo trabajo de costurera de la madre. Las hijas, acostumbradas a vivir frugalmente, acabaron en un convento.
Lo que nunca se supo es si el Sr. Pellico salió de la casa por su propio pie o metido en su cama. La opinión general de la vecindad se inclinaba por esta segunda opción.

—¿Y qué tiene que ver conmigo? —preguntó Electra, intrigada.
—Pues que a ti tampoco 'te da la gana'. Y, al parecer —completó Pablo—, como a él, no te importa que te oigan. Probaste una vez otra cosa... pero creo que no te gustó y volviste a meterte en la cama (con perdón).
—Puede ser —aceptó ella—, aunque lo de la cama queda un poco feo.
—Bueno, yo he contado la historia tal como pasó. Aceptemos, en tu caso, que lo de la cama es una licencia poética.
—No es que no me dé la gana. Son los demonios rojos.
—Cuando acabes tu coco-loco te voy a pedir un surfin' devil.
—¿Qué es eso? 
—Un cóctel algo más fuerte —le explicó Pablo—. El coco-loco es demasiado suave y dulce para una conversación como esta. A tus demonios les gustará.
—¿Tú me quieres, Pablo?
—Decidí enamorarme de ti.
—Eso fue hace mucho. Y dudo que lo consiguieras.
—Me casé contigo.
—Tres veces, Pablo, tres veces...
—No sé lo que vas a hacer, Electra, pero quiero decirte algo muy importante.
—Sí, dímelo, por favor.
—No voy a decirte que te quiero. Eso es una cursilería. Ya sabes que no me gustan esas cosas que suele decir la gente. Me gustan los hechos —Pablo adoptó un tono serio—. Lo que te voy a decir es que siempre estaré listo para ayudarte. Aunque no vuelva a saber nada de ti, tú debes recordar que, pase el tiempo que pase, me tendrás dispuesto para lo que te haga falta. Kaltes Blut no te fallará. Hagas lo que hagas. Estés donde estés. Y, seguramente, Mano Negra, El Catalán y Paquito, también estarán preparados para cumplir contigo este seguro vitalicio.
—¿Te volverás a casar? —preguntó Electra, inesperadamente.
—Puede ser —admitió Pablo—. La bigamia es una especie de tradición familiar.
—¿Una tradición?
—No me hagas caso. Son cosas mías.


Llovía mucho al salir de Wahine. Y es sabido que la lluvia es más triste de noche. Pablo acompañó a Electra a su casa y, a lo lejos, escuchó el silbato de un tren. Al llegar a la suya, estaba cansado y sin sueño. Le apetecía escribir y compuso este poema:

Esta lluvia es lo que queda.
Ya no volverá ese día
que apagaste con tus penas
y enterraste entre las sombras,
en noches de luna nueva.

Esta lluvia es lo que queda.
Nunca llegará a esa vía
el incierto tren que esperas,
atravesando tus valles
de ilusiones y cerezas.

Esta lluvia es lo que queda.
En el andén de la vida
se quedaron tus promesas,
que inundaron tantas tardes
con el llanto de tus venas.


[CONTINÚA EN 'Paroles, paroles...']


jueves, 1 de julio de 2021

Adverbios de tiempo

{VIENE DE 'De madre a hijo']


Electra y Piolín habían empezado el año yendo al cine. Dicho de esta manera, pudiera parecer que tomaron las uvas en una sala de cine, pero no fue así. En realidad, hasta el dos de enero no fueron a ver una película. No había sido idea suya, su escuela había organizado una sesión privada para sus alumnas en el salón de actos del hospital. La película elegida fue 'Escuela de enfermeras', un film de Amando de Ossorio en el que Carlos Larrañaga, Paloma Valdés y unos cuantos más corrían una serie de inocentes aventuras con final feliz. La película gustó a la mayoría de las aspirantes de la escuela, ya que, sin ser nada del otro mundo, estaba hecha con gracia y, sobre todo, destacaba las virtudes del colectivo con emotivo entusiasmo.

Al salir, las dos amigas se quedaron charlando en una cafetería próxima.
—¿Por qué te llaman Electra? —preguntó Piolín.
—Cosas de Mano Negra. Está convencido de que tendré un destino trágico.
—¿Trágico? ¿Por qué? —insistió Piolín, un poco asustada.
—No sé... dice que mi madre tendrá un amante, que matará a mi padre... y esas cosas.
—¿Cómo que 'esas cosas'? ¿Qué 'cosas' son esas?
—Pues lo que pasa en las tragedias griegas.
—¿Y tú lo crees?
—Ni lo creo ni lo dejo de creer. Puede que sea mi destino —respondió Electra, pensativa—. ¿Alguien conoce el destino que le espera?
—No, pero eso es muy fuerte.
—Ya sabes cómo es Mano Negra, exagera un poco... pero suele acertar.
—Yo no sé cómo es Mano Negra, no tengo la menor idea. Me asusta un poco lo que dices.
—Lo que tenga que pasar, pasará. No podemos escapar a nuestro destino.
—Algo podremos hacer, ¿no? —disintió Piolín, sin mucho convencimiento.
—Seguramente... y también es posible que si hacemos algo, sea peor.
—No seas tan negativa, hija.
—No lo soy, pero tendré que conformarme con lo que me toque.

Electra, aunque no quería reconocerlo, sí estaba pesimista. No había comenzado el año con muchos ánimos y cada vez tenía más dudas sobre sí misma y, más aún, acerca de su futuro. Quería huir, desde luego, pero no podía pasarse la vida huyendo de su propia persona.

—Deberías volver con Pablo —dijo, de pronto, Piolín, cambiando de conversación.
—Lo pienso muchas veces.
—¿Entonces?
—Pablo tiene las alas muy grandes. Estar con él es un riesgo constante.
—¿Por qué?
—En cualquier momento echará a volar muy alto. Yo no podré seguirle.
—Tú puedes hacer lo que te propongas.
—En algunas cosas, sí —convino Electra—. Pero no podré volar como Pablo. Y sé que él, algún día, emprenderá el vuelo.
—Pues aprovecha mientras puedas.
—Ya te digo que lo pienso muchas veces. Me da miedo.
—No hay miedo que valga —replicó Piolín—. Lo que dure, habrá durado.
—Es algo que ya he vivido —dijo Electra, pensativa—. Y sé que más vale perderlo ahora que cuando esté metida tan a fondo que despertar del sueño me deje deshecha del todo.
—Ya has estado metida a fondo.
—Por eso lo sé. Te atrapa tanto que te vuelves idiota.
—Más idiota me parece perder algo que quieres hacer sin intentarlo.
—Me ha costado mucho salir de Pablo. Su mundo es demasiado intenso, te disuelves en él como el azúcar en el café.
—Bueno, es tu marido, ¿no? Al menos, eso dices.
—Sí, nos casamos tres veces, a falta de una...
—Puede que esté equivocada —dijo Piolín, intentando entornar sus redondos ojos, sin mucho éxito—, pero creo que Pablo no te dejaría nunca.
—No, no me dejaría —respondió Electra, aceptando el punto de su amiga—. Pablo no deja nunca nada. Todo lo incorpora a su vida y lo hace suyo. Pero, con esas alas enormes que tiene, un día se echará a volar... y yo me quedaré llorando aquí abajo.
—Con tu uniforme de enfermera puesto —remató Piolín.
—Eso, con mi uniforme de enfermera puesto... y bien planchado.

Las dos amigas se echaron a reír, mientras Electra sacaba del paquete el enésimo cigarrillo de la tarde.


Pablo seguía dándole vueltas a esas palabras de su madre que tanto le sonaban y no recordaba habérselas oído decir antes: "Una mujer, a veces, se ve forzada a hacer ciertas cosas que parecen incomprensibles, que no se pueden explicar. Hay momentos en la vida de una mujer en los que tiene que tomar decisiones que ni ella misma quiere tomar".
Le resultaban familiares y enigmáticas, a un tiempo. Sabía muy bien que las mujeres tenían una forma de pensar muy diferente a la de los hombres, pero no acababa de entender lo que le había querido decir su madre. ¿Por qué le parecía que ya le había dicho eso antes, cuando, por otro lado, estaba seguro de que no era así?
Estaba siendo un mes de enero complicado. Ni siquiera le apetecía reunirse con sus camaradas del Club Bohemio Radical, solo se sentía bien en esos ratos, a la caída de la tarde, en los que, sentado en el mirador, observaba los cambios de color de las nubes sobre los tejados de la ciudad. Todo en la vida cambiaba con la misma facilidad con la que lo hacían esas nubes rojas, naranjas y negras, que no aceptaban seguir ninguna pauta y cuyo luminoso colorido apenas alcanzaba una tonalidad, cuando ya estaba evolucionando hacia otra, radicalmente distinta. La vida era igual. Él no quería que nada se moviese de su sitio, ni los sentimientos ni los colores... pero todo cambiaba ante sus ojos. Nadie era capaz de controlarse, de permanecer en su sitio, de mantenerse fiel a sí mismo. Las nubes, tampoco.
"Ningún artista tolera la realidad", afirmaba Nietzsche... y estaba claro que Pablo compartía esa teoría, llevándola, incluso, más lejos, ya que él sospechaba que la realidad era un espejismo, creado por la naturaleza, para confundirnos y dominarnos a su antojo.


El Club Bohemio Radical se reunió, a instancias de su presidente, en el Café Viena.
Todos fueron llegando, compartiendo el íntimo presentimiento de que la cita era importante, a pesar de que Kaltes Blut no había dado pistas sobre el orden del día.

—¿Para qué nos habrá convocado? —preguntó El Catalán.
—No lo sé, pero me da mala espina —contestó Mano Negra—. Está pasando por una temporada muy particular. Podemos esperarnos cualquier cosa.
—¿Hemos sabido algo de Electra? —fue la pregunta que hizo Juanito, a modo de insinuación acerca del posible tema del que se iba a tratar.
—No, que yo sepa. Y no van por ahí los tiros —zanjó Mano Negra.
—Ya te gustaría a ti que hubiese tiros —replicó Juanito.
—Desde luego —aceptó Mano Negra—. Nos estamos volviendo muy blandos.

Pablo tardó en llegar, lo que aumentó el nerviosismo de los allí reunidos. Juanito trataba de ser optimista, al contrario que Mano Negra, que presentía noticias poco positivas para el grupo. El Catalán, fiel a su personalidad, mantenía un expectante silencio. Por fin, llegó Kaltes Blut, con gesto serio y saludo a sus amigos.

—¡Por fin! —exclamó Mano Negra—. Nos tenías en ascuas.
—Menos quejas —dijo Pablo—. He llegado bastante pronto.
—Solo con media hora de retraso —comentó El Catalán, consultando su reloj.
—Es de mala educación llegar demasiado puntual —fue la respuesta de Pablo a la ironía de su amigo—. Hay que dar tiempo a los que esperan para que critiquen al que se retrasa.
—¿Has visto a Electra? —fue la directa pregunta de Juanito.
—No, no he visto a Electra —aseguró Pablo—. Y no sé si volveré a verla. Depende de ella, no de mí.
—Quiere huir de nosotros —se lamentó Mano Negra—. Es incomprensible.
—Así son las mujeres, Mano Negra —dijo Pablo—. Quien dijo que los caminos de Dios son inescrutables es porque consideró imposible calificar los de las mujeres y se conformó con hablar de los de Dios, que le parecieron más accesibles. Pero estad tranquilos, Electra no se ha ido para siempre. Cuando nos necesite, volverá.
—Tal vez sea demasiado tarde —murmuró Juanito.
—Nunca es tarde, Juanito —le corrigió Pablo—. Por cierto, ¿me podrías repetir, más o menos, esas palabras tan enigmáticas que te dijo el día de 'La tabernera del puerto'?
—Dijo que una mujer pasa por momentos en su vida en los que tiene que tomar decisiones que ni ella misma quiere tomar... pero no le queda más remedio.
—¿Eso dijo?
—Sí, literalmente. No se me olvida porque no consigo entender lo que quiso decir.
—Es curioso...
—¿Por qué? —intervino Mano Negra.
—Por nada, por nada... Son palabras que me resultan familiares, pero son cosas mías, no tiene importancia.

Por algún motivo, el comentario anterior de Juanito le había ayudado a encontrar la respuesta que tanto buscaba. Y, al escuchar, con tanta exactitud, lo que había dicho Electra, el misterio quedaba resuelto: su madre y ella habían dicho lo mismo. Aunque, pensándolo bien, nada quedaba resuelto, sino todo lo contrario: ¿cómo era posible que dos personas tan dispares transmitiesen un críptico mensaje idéntico? ¿Se habían puesto de acuerdo o es que todas las mujeres venían programadas así de serie?
Pablo, para mayor desconcierto de sus amigos, se quedó pensativo unos instantes. Luego dijo algo que les despistó aún más:
—No, no vienen todas así de serie. Puskas, por ejemplo, nunca hubiese dicho eso.
—¡Claro que no! —protestó Mano Negra— Son como la noche y el día... pero, ¿a cuento de qué lo dices?
—A cuento de nada. No es de esto de lo que quiero hablaros hoy.

La arenga de Kaltes Blut a los miembros del CBR (no fue una charla, una conversación ni un discurso, fue una arenga filosófica, de tono elevado y reminiscencias de soflama militar y política) fue histórica. De esas que no se olvidan por mucho que vivas (Mano Negra la comparó con el Sermón de la montaña, manteniendo durante décadas que solo hubo dos grades sermones en la historia: el de la montaña y el del café).
Bien es cierto que las bienaventuranzas de Kaltes Blut tuvieron un tinte más terrenal, aunque no carecieron de contenido espiritual.
Al principio, sonaba a despedida, pero pronto tomó el sentido contrario y apuntó hacia lo duradero, lo constante, lo eterno, lo infinito... Por eso, la interpretación más aceptada fue la del paréntesis: el Club Bohemio Radical afrontaba un período transitorio. No significaba eso que dejasen de verse entre ellos, ni que cesasen sus tradicionales actividades, pero había que afrontar un cambio de ciclo.
Kaltes Blut recalcó que todos ellos estaban en un momento vital peligroso. No había más que mirar a su alrededor para darse cuenta de que casi todos los chicos de su edad estaban en esa situación de riesgo en la que, sin proponérselo ni haberlo premeditado, sufren una modificación fundamental en sus vidas: fin de los estudios; comienzo del trabajo; noviazgos (algo expresamente detestado por el Club Bohemio Radical y con cuyo estigma El Catalán tenía que cargar con resignación) y, lo que aún desmontaba con más eficacia el régimen anterior, hasta llegaban a formar una familia.
Eran, por tanto, tiempos difíciles para mantener la poderosa estructura anímica del Club. El que más y el que menos (Pablo era de los que menos) aspiraba a independizarse pronto de sus padres, destacando en este anhelo, por encima del resto, Mano Negra.

—Durante algún tiempo, lo pasaremos mal —admitió Pablo—. Nos parecerá que estamos separándonos, que cada uno de nosotros sigue un rumbo diferente, que cambia nuestra circunstancia vital. Pero tened la seguridad de que eso no durará para siempre. Recuperaremos todo lo que tenemos y lo haremos con más fuerza, con más seguridad. Y esto será así porque yo adquiero el compromiso de no ceder. Sabré esperar lo que haga falta, pero no me rendiré nunca. Estoy seguro de que alguno de vosotros desfallecerá en algún momento. No importa. Mi compromiso es cambiar esa circunstancia que nos alejará por otra que nos una. Yo compartiré esa circunstancia con vosotros, la haré nuestra, será la circunstancia del Club. Esa será la clave. Y eso sucederá. Puede que tarde un poco, pero sucederá.
—Para que eso pase, necesitaremos mucha suerte —objetó Mano Negra—, y yo de eso no voy sobrado...
—Tienes razón —le atajó Pablo—, tu mala suerte es paradigmática... pero yo buscaré la suerte por ti. Lucharé por encontrar esa suerte cada día. Y mi suerte será la tuya. Y la de todos.
—¿Qué quieres decir con eso de la 'circunstancia' que tanto repites? —preguntó Mano Negra, con la intención de que Kaltes Blut concretase su compromiso.
—En cuanto nos descuidemos, tendremos cuatro 'circunstancias' diferentes. Ya sabéis, 'lo que nos rodea'. Cada uno de nosotros tendrá a su alrededor cosas muy diversas: unas pequeñas, otras importantes, pero, en cualquier caso, serán diferentes las propias a las de las de los demás. Yo os las cambiaré por una sola, por una 'circunstancia' común. Todavía no sé cómo lo haré, pero me comprometo a hacerlo. Tardaré unos años, claro. Solo os pido que tengáis confianza y que no haya dudas en vosotros.
—Yo te creo —intervino Juanito—. Sé que lo harás.
—¿Qué pasará con quienes ahora están con nosotros... nuestros amigos? —fue la pregunta de El Catalán.
—Y nuestros afiliados —añadió Mano Negra.
—Unos se irán. Otros permanecerán a nuestro lado —aseguró Pablo—. Así sabremos quiénes son nuestros verdaderos amigos.
—¿Y Electra? ¿Y Puskas? —insistió El Catalán, más locuaz que de costumbre.
—Ellas se irán. No serán parte de nuestra 'circunstancia'. Estoy seguro —dijo Pablo, con cierta pena—. Pero, aunque se vayan, seguirán con nosotros para siempre. Igual que Blanche y Alice. Quien entra en nuestra vida, permanece en ella para siempre.
—Entonces... ¿volverán? —esta tercera pregunta de El Catalán llegó a alarmar a sus amigos, no por la pregunta en sí, sino por el hecho de que nunca le habían oído hablar tanto.
—Sí, volverán. O no se irán del todo, que viene a ser lo mismo —ratificó Pablo—. Pero ya nada será igual.
—¿Y no te importa? —Mano Negra y Juanito se miraron, con preocupación, ante las reiteradas cuestiones de El Catalán.
—Claro que me importa, camaradas. Sin embargo, debe ser así. Y no os preocupéis, las seguiremos queriendo.
—¿Por qué debe ser así? —la quinta pregunta seguida, formulada por El Catalán, desestabilizó, definitivamente, el sistema nervioso central de Mano Negra, mientras que Juanito experimentó un ligero vértigo que le desestabilizó en la silla.
—Cuando la carrera ha comenzado, los caballos ya no pueden volver a la salida —zanjó Kaltes Blut, sin dar opción a más preguntas al respecto.


Las consecuencias del 'Sermón del café', como definitivamente quedó bautizado por Mano Negra, fueron decisivas para asentar el futuro del Club. Especial relevancia tuvo la parte dedicada a los adverbios de tiempo. Sobre todo, por su vinculación con lo que cabía esperar de cuanto, aún, estaba por llegar.
Kaltes Blut hizo particular hincapié en la importancia de su literalidad:
—Para la mayoría de la gente, todo es aproximado. En especial, cuando utilizan adverbios de tiempo. Los que indican inmediatez, se alargan de forma bastante indefinida. Por ejemplo, 'ahora' suele traducirse por 'enseguida', 'enseguida' por 'luego', 'luego' por 'más tarde'... y así sucesivamente. El extremo está en el categórico 'nunca', que para casi todo el mundo significa 'pocas veces' (como mucho, ya que, en la mayor parte de las ocasiones en las que oímos esta palabra, no deberíamos tenerla en cuenta). Mucho más grave es lo que sucede con la palabra opuesta: 'siempre'. La humanidad (tenemos casos muy próximos que prefiero no mencionar, pero que todos vosotros conocéis) la utiliza con una frivolidad escalofriante, y yo diría que hasta escandalosa. Cuando la usan, nos están queriendo decir 'hasta que me interese más otra cosa' o 'hasta que me olvide de lo que he prometido'. Pero lo peor de todo es que ese 'interés' no es, necesariamente, real. Si fuese así, estaríamos hablando de gente egoísta o perversa. Por desgracia, también tenemos que incluir en este amplísimo grupo a los débiles y a los lacayos mentales, esos que están entregados a sus amos, sean estos personas, deseos incontrolados o bienes materiales (casi todos de índole económica, claro). Por último, están esos otros falsarios adverbiales seudopuritanos que le dan a 'siempre' la acepción de 'un período de tiempo indefinido', con el matiz, eso sí, de que la indefinición queda al servicio de los intereses particulares de quien la gestiona.

Los miembros del Club Bohemio Radical no podían estar más de acuerdo con esa parte del discurso de su líder. Para ellos (y, muy en particular, para Pablo), las palabras tenían un significado literal y rara vez se retractaban de lo dicho. Este era, sin duda, uno de los rasgos que otorgaban superioridad al CBR en el siempre complicado juego de la vida, en el que la inconsistencia de los comportamientos es la norma habitual.
Ellos creyeron que lo que había escenificado Pablo no era más que la reafirmación de uno de los principios fundamentales del Club, sin embargo, el motivo de insistir, específicamente, en el significado de 'siempre' era transmitir un nítido mensaje de tranquilidad a sus amigos: vendrían tiempos difíciles, pero Kaltes Blut no iba a ceder nunca (también había resaltado el valor de ese concepto). Para él, 'siempre' era 'siempre' y 'nunca' era 'nunca'. Parece una perogrullada, pero no lo es y Pablo había querido dejárselo meridianamente claro a sus camaradas.


Los acontecimientos vividos en los últimos meses habían hecho reflexionar a Pablo muy a fondo: las crisis por las que habían pasado hasta entonces eran nimiedades en comparación con lo que tenían por delante. Y todo venía condicionado por las cambiantes circunstancias que se les avecinaban. Esa poderosa amistad (en realidad, hablar de 'amistad' era quedarse muy corto) que habían blindado se iba a volver frágil en cuanto las 'cosas calladas' (y las no tan calladas) de su alrededor empezasen a aplicar una creciente presión sobre cada uno de ellos. Si la vida les separaba, Kaltes Blut les volvería a juntar... aunque tuviese que esperar un buen número de años. Él no conocía la prisa: "El tiempo es una magnitud elástica", solía decir cuando le preguntaban al respecto.

—El diamante es el mineral de mayor dureza (diez en la escala de Mohs), pero, también, es frágil... muy frágil —fueron las palabras finales de Kaltes Blut.


[CONTINÚA EN 'Demonios rojos']


domingo, 27 de junio de 2021

De madre a hijo

 [VIENE DE 'Una llave antigua']


Por una vez, Pablo rompió con su costumbre de tomarse las cosas con calma y abrió el sobre con relativa urgencia. Pese al interés por conocer su contenido, lo hizo, eso sí, con el cuidado habitual, utilizando el abrecartas chino que, durante tantos años, había visto usar a su madre y que, ahora, se había adjudicado a sí mismo sin consultar con nadie (tampoco había alguien a quien preguntar, aparte de a su padre, y no parecía que él tuviera intención alguna de impedirlo).

Efectivamente, contenía una carta, escrita con esa letra pequeña y difícil de leer que caracterizaba a los manuscritos de su madre, de quien Pablo siempre pensó que poseía la facultad fundamental (y, de todo punto, imprescindible) para ejercer la medicina, que no es otra que la de tener una letra indescifrable para la inmensa mayoría de los mortales, con excepción, desde luego, de los farmacéuticos, quienes ya es sabido que durante la carrera cursan la asignatura (probablemente la más complicada de aprobar) de 'Lectura de Caligrafía Médica', cuya falta de superación académica les incapacitaría para ejercer su profesión sin que sus parroquianos corran el grave riesgo de recibir de sus manos drogas, antibióticos y medicinas, en general, completamente distintos a los recetados  por sus médicos.

La carta de su madre decía así:

Querido hijo:

Me consta que eres observador, por lo que estoy segura de que te habrás dado cuenta de que esta carta no tiene fecha. No la tiene, porque el día en el que está escrita carece de importancia. El que sí la tendrá será el que tú llamarás 'hoy' (y que yo, hoy, llamo 'mañana'). Parece un trabalenguas, pero no lo es. Lo que quiero decir es que, si estás leyendo esta carta es porque yo estaré muerta. Siento decirlo de una manera tan brusca, pero es la realidad. Por eso voy a pedir que tarden un poco en dártela. Bastante disgusto tendrás (espero) con que yo me haya muerto como para encontrarte, además, con todo esto así, de sopetón, sin darte tiempo a asumirlo y recuperar (un poco y hasta donde se puede) tu vida normal.

No quiero que te disgustes más de lo razonable (algo sí, claro). El que se muera tu madre no es plato de gusto para casi nadie (bueno, siempre hay gente rara a los que les da igual, y otros –más raros todavía– que se ponen contentos), pero en mi caso lo de morirse es menos grave que en otros. Ya sabes que mi salud no es nada buena y, siendo así, puede que sea mejor para evitar sufrimientos mayores a los demás y a mí misma. De todas formas, yo no sé todavía si morirse es bueno o malo, pero cuando lo sepa, te lo diré.

Lo que te voy a explicar aquí no lo sabe nadie (y, si hubiese alguien que lo supiera, no querría reconocerlo, por lo que viene a ser lo mismo), ni siquiera se lo he contado a tu padre. Yo creo que es mejor que tú tampoco se lo cuentes, porque estoy segura de que se llevaría un gran disgusto y bastante tiene (tendrá) el pobre con esto de que me haya muerto yo, como para que, encima, lo pase peor.
Mientras estaba viva, me parecía mejor que no lo supieras, porque tengo la seguridad de que te hubieses preocupado y no merecía la pena. Ahora que estoy (estaré, cuando leas esta carta, quiero decir, ¡qué lío!) muerta, todo lo que te cuente te parecerá menos importante y yo no estaré angustiada pensando que he sido la causante de tanto desasosiego. Y, por otro lado, yo me quedo más tranquila contándolo. Ya sé que es una tontería (me cuesta asumir que cuando leas esto yo ya no estaré aquí), pero hay cosas que, al descargarse de ellas (aunque sea con efecto retardado), una se desahoga.

La vida no siempre es fácil. La tuya lo ha sido hasta ahora y ojalá lo siga siendo. Yo también he tenido una vida tranquila en los últimos años, desde que me casé con tu padre. Pero no fue así desde el principio. Todos tenemos una parte más o menos estable, que permanece inalterable a lo largo del tiempo, y otra que se modifica en función del momento, de las circunstancias que influyen en nosotros. Cuando esas circunstancias que nos rodean son complicadas, nuestra vida también lo es. Por eso es tan arriesgado juzgar a las personas, porque, en realidad, es completamente imposible ponernos en su lugar y nunca se puede saber qué hubiésemos hecho nosotros de estar en su situación.

A mí me pasó algo difícil de explicar, pero quiero que tú lo sepas: cuando yo me casé con tu padre, en 1943, yo ya estaba casada.

Al leer esta declaración, Pablo se sintió levemente decepcionado y notó que decrecía el interés que en él había despertado la carta. Levantó la vista del papel y se distrajo, por un momento, perdiendo la concentración. ¡Para eso tanto secreto! Él ya sabía (se lo había contado Mano Negra) que su madre había tenido otro marido antes. Era verdad que sus padres nunca le habían hablado de ello, pero no le parecía que fuese nada del otro mundo. Pensándolo bien, ni siquiera veía lógico que lo hubiesen mantenido oculto. Seguro que mucha gente lo sabía... los padres de Mano Negra, sin ir más lejos.
Dejó la carta sobre su mesa y se levantó, distraído. Mecánicamente, cogió un libro, al azar, del primer estante de su librería, lo abrió y, sin prestarle atención alguna, empezó a leerlo, por la mitad de una de sus páginas:
"El hombre joven vive para sí. No crea cosas, no se preocupa de lo colectivo. Juega a crear cosas, juega a preocuparse de lo colectivo, y esto a veces con tal frenesí y aun con tal heroísmo, que a un desconocedor de los secretos de la vida humana le llevaría a creer en la autenticidad de la preocupación. Mas, en verdad, todo ello es pretexto para ocuparse de sí mismo y para que se ocupen de él".
El libro que había cogido, aleatoriamente, era 'En torno a Galileo', de Ortega. Pablo pensó que la casualidad le había regalado la oportunidad de entrar en contacto con una interesante reflexión.
Y esto le llevó, quién sabe por qué asombrosa asociación de ideas, a darse cuenta de que su madre decía en la carta que le iba a contar algo que no sabía nadie, y lo del segundo matrimonio era un hecho conocido... ¡hasta por los padres de Mano Negra! 
Volvió a coger la carta y se fijó bien en la última frase que había leído: "Cuando yo me casé con tu padre, en 1943, yo ya estaba casada". ¿Qué querían decir, exactamente, esas últimas cuatro palabras? 
Recuperó el interés por la carta, y siguió leyendo:

Me había casado cinco años antes, siendo aún muy joven... pero no tanto como para no saber lo que estaba haciendo. 
Ese primer matrimonio no fue malo, pero sí consecuencia de la circunstancia que me acompañaba (y que ahora, con la perspectiva del tiempo, parece insignificante). Sin embargo, en esos primeros meses de 1938, yo la veía de una forma muy distinta. 
En cualquier caso, no quiero profundizar en eso, porque no es lo importante. Sí lo es el hecho de que cuando yo conocí a tu padre, todavía seguía casada. La vida me había separado de mi primer marido y no sabía dónde estaba ni si seguía vivo. La verdad es que tampoco quise enterarme. Ya sabes que mi padre (o sea, tu abuelo) había sido comisario de policía y, aunque falleció tres años antes, yo mantenía algunos contactos suyos que me hubiesen ayudado a investigarlo. Pero no quise hacerlo. Le di por muerto 'oficialmente' y le dije a tu padre que era viuda. 
A los pocos meses de nuestra boda, me enteré de que mi primer marido seguía vivo y no quise aceptar la realidad. Me convencí a misma de que era mentira y seguí adelante como si esa parte de mi vida no hubiese existido nunca. Tu padre nunca llegó a saberlo. 

Sé que es difícil de entender, hijo, pero tienes que intentarlo. Una mujer, a veces, se ve forzada a hacer ciertas cosas que parecen incomprensibles, que no se pueden explicar. Hay momentos en la vida de una mujer en los que tiene que tomar decisiones que ni ella misma quiere tomar. Créeme, para llegar a los mismos sitios que los hombres, nosotras tenemos que movernos por caminos mucho más complicados. Y cuando yo era joven, todavía más.

No te puedo dar más detalles, acéptalo así. Me vi en la obligación de tomar decisiones muy complicadas que, en aquel momento, me parecieron tremendas. Ahora, tantos años después, las veo lógicas, inevitables y menos graves. Casi tengo la sensación de que todo lo que hice fue lo normal, lo que tenía que hacer. Si le hubiese contado a tu padre cuál era mi situación, no nos podríamos haber casado... y tú no estarías en este mundo. Tomé una decisión peligrosa, sobre todo para mí misma. Durante tres años viví en un sobresalto permanente, con la angustia a flor de piel.
Luego, un día inesperado, poco antes de que tú nacieras, me enteré de que mi primer marido había muerto hacía un par de años. No sé si fue un alivio o todo lo contrario... porque resucitó en mí los fantasmas de unas dudas que ya tenía superadas y removió mi ánimo como una badila hurgando en las cenizas de un brasero. Por un lado, al recibir la noticia, pensé que mis problemas se habían terminado, pero, a la vez, me di de bruces con una realidad que tenía tan cubierta por el manto del olvido que ya me parecía uno de esos sueños que se van difuminando de la mente con el paso del tiempo.

Muchas veces pensé en contárselo a tu padre, pero nunca me decidí a hacerlo. Los dos queríamos tener un hijo, un hijo que tardaba en llegar y que ya empezábamos a pensar que no vendría nunca... no podía estropearlo todo contándole a tu padre algo que le iba a trastornar tanto, precisamente cuando, ¡por fin! tú ya estabas en camino. Yo me había convertido en su gran alegría, tras una vida como la suya, marcada por la desgracia: sus padres muertos siendo él un niño; una infancia en la que su hermano pequeño fue su único y permanente compañero, al que tuvo que cuidar pese a su corta edad... y la terrible tragedia que destrozó su juventud, al no poder evitar la muerte de ese hermano, asesinado por sus ideas con veinte años recién cumplidos...
¿Iba yo, justo cuando llegaba ese hijo tan esperado (tú), tras cinco años de matrimonio, a darle un golpe despiadado y brutal, en el instante en que su vida se llenaba de esperanza?

También te cuento todo esto para que cuides a tu padre. Ahora que yo ya no estoy. él te necesita muchísimo. Eres la única alegría que le queda. No pretendo cargarte con una responsabilidad vitalicia, pero acuérdate de lo que te estoy diciendo. 

A Pablo le impresionó lo que estaba leyendo. Más lo referente a la historia de su padre, contada de forma tan breve y contundente, que las confusas explicaciones de su madre sobre su primer matrimonio.
Él sabía que su padre se quedó huérfano siendo niño y, también, que su hermano murió muy joven, pero nunca se había enfrentado con tanta crudeza al significado que esos hechos tuvieron en la vida que le tocó a su padre. Tampoco nadie utilizó nunca la palabra 'asesinado' para referirse a lo que le ocurrió a su tío. Leído de esa forma, sonaba muy duro.
Con respecto a lo que le contaba de ella misma, las palabras de su madre le resultaban familiares, pese a tener la completa seguridad de que nunca le habló de esa manera. ¿Por qué le sonaba todo eso? Sin esperar a darse una respuesta, continuó con la carta:

Según voy escribiendo, tengo la sensación de que te estoy armando un lío. Perdona, pero es que no resulta nada fácil contar cosas como si ya estuviese muerta, sin estarlo (aunque dudo que no suceda pronto). En especial, sabiendo que tú sí las vas a leer cuando lo esté. No solo te estoy armando un lío a ti, sino que me  lo estoy haciendo a mí misma. Ahora se me está ocurriendo que sería más sencillo esperar a estar muerta del todo (no es que lo esté un poco, es una forma de hablar) para escribir las cosas con propiedad, pero, aunque no estoy segura de ello, me da miedo que, una vez que te has ido al otro barrio (esto lo pongo porque siempre me ha resultado muy curiosa la expresión), haya por ahí (en el otro barrio) alguien que no te deje mandar cartas a este barrio (el nuestro). Nunca se sabe, así que, por si acaso, escribo esto estando viva, a pesar de que me parecería más lógico escribirlo estando ya muerta (¡otra vez el lío!).

Durante años he pasado por la angustia de sentir que todo se podía desmoronar en cualquier momento, y antes de eso, la duda. Luego, una situación rara... muy rara, en la que iba desapareciendo el temor y ocupaba su sitio el remordimiento. Solo en estos últimos años he podido vivir tranquila, sin tener pesadillas por las noches, mezcladas con sueños felices. 

Yo sé que tú no vas a pasar por nada de eso, porque te ha tocado vivir una vida muy distinta. Y eso es lo que he querido siempre: que tú vivas por mí la vida que yo hubiese querido tener. Todo lo que tú hagas, yo lo estaré haciendo también. Mi vida continúa en la tuya y eso me hace inmortal (no sabes cómo me tranquiliza eso). Muchas veces he pensado que quien tiene hijos no muere nunca (siempre y cuando, alguno de esos hijos siga teniendo los suyos, y así sucesivamente). Por eso mismo (vuelvo al lío), yo, que ahora (quiero decir, cuando tú estés leyendo esta carta) estoy muerta, en realidad no lo estoy porque tú estás vivo.

No quiero que pienses que yo no he sido feliz, sí lo he sido en muchos momentos. En estos últimos años, hasta que llegó la enfermedad a dominar mi cuerpo, lo he sido. Y lo fui de joven muchas veces. Recuerdo mi juventud (y mi niñez) perfectamente. Creo que quien recuerda bien su juventud nunca envejece de espíritu. No es que el espíritu no tenga edad, claro que la tiene, pero lleva un camino distinto al del cuerpo. Cambia menos. La mayoría de los que son viejos de espíritu cuando se hacen mayores, ya lo eran de jóvenes... incluso, de niños. Y viceversa, por supuesto. 
Sé que a ti te gusta jugar, y me alegro. Eso te mantendrá joven cuando seas mayor. Es muy importante serlo. Los viejos son un rollo, hazme caso. Los buenos (y los listos) son los jóvenes. Y, aún más, los niños. No te hagas viejo nunca. Cultiva tu juventud como si fuera un árbol de cuyo fruto debes comer toda la vida. Te dirán que no lo hagas, porque esa es la verdadera fruta prohibida y no la que comieron Adán y Eva (eran unos inocentones). Pero los que la prohíben son los que no pueden comerla (por eso lo hacen), y saben muy bien que el árbol de la eterna juventud (es un árbol, no una fuente) solo nos está reservado a los que, como tú y como yo, queremos ser siempre jóvenes, casi niños. 

Vive todo lo que puedas, Pablo. Disfruta de la vida cada día. No renuncies a nada. Y procura tener suerte, mucha suerte. Es lo único importante. Todo lo demás son pamplinas. 

Que no se entere nunca tu padre de lo que te he contado antes. No busques, no investigues, por favor. Y, si alguna vez lo haces, que sea cuando él ya haya fallecido.

Remover el pasado no suele producir más que confusión y, además, conduce a errores, porque lo juzgamos con ojos de hoy y sin ser capaces de dar a las circunstancias que lo condicionaron la verdadera importancia que tuvieron en su momento. Esas circunstancias no solo fueron parte de realidad de cada uno de nosotros, sino que, consideradas en sí mismas, tenían un valor muy diferente al que pudieran tener hoy, aun siendo idénticas. 

No te quiero agobiar más con todo esto. Yo nunca he leído una carta de mi madre, escrita por ella para que yo la leyese una vez que hubiese muerto, pero me imagino que es algo que produce una cierta angustia... tal vez, mucha angustia. Es algo que jamás sabré a ciencia cierta, pero lo supongo y no creo que me equivoque.

Ya sé que es una completa tontería, pero me gustaría que te acuerdes de mí cuando tengas momentos buenos. En los malos, prefiero que no lo hagas. ¿Vale?

Lo que no voy a hacer es terminar esta carta con las típicas cursilerías que siempre dicen las madres a los hijos y que son bobadas inútiles: "¡Te quiero mucho, hijo mío! - ¡Has sido lo más importante en mi vida!"... Todas esas sandeces, no son más que lugares comunes sensibleros, porque ¿qué madre no quiere mucho a sus hijos? Bueno, es verdad que hay alguna, pero son las menos... y peor para ellas, pobrecitas.
Aquí hay que dejarse de blandenguerías y afrontar las cosas como son: todos nos vamos a morir (unos, como yo, antes que otros, eso sí). Lo único serio que una madre puede hacer de provecho para un hijo, en esta tesitura, es recordarle los consejos (que en tu caso ya conoces, pues te los he repetido muchas veces) y, como hago yo ahora contigo, contarte algunas cosas importantes que no sabías.

Mi consejo fundamental ya sabes cuál es: concéntrate en tener suerte. Es lo único verdaderamente importante en la vida. Pero no un poco de suerte, sino mucha suerte. Si tienes suerte en algo, no te conformes, sigue intentando tener más suerte todavía. Hay que buscarla todo el rato, sin parar. Es muy esquiva y se escapa con facilidad. Tú ya partes con una buena base de suerte a tu favor (todo lo que has tenido hasta ahora es suerte), así que sigue con ella, buscando tener más, siempre más.
Y, cuando te pase algo malo (por ejemplo, ahora, que se ha muerto tu madre), déjalo a un lado, no te obsesiones con ello, disfruta de la suerte que ha sido tener una madre tan estupenda como yo (si no me lo digo yo a mí misma, no me lo va a decir nadie y, además, cuando te mueres todo el mundo tiende a decir que has sido muy bueno, muy listo y muy guapo –algo bueno tenía que tener esto de morirse–, aunque hayas sido malo, tonto y feo). Otra cosa buena que tiene la memoria (de los que tienen suerte, claro) es que se recuerdan mejor las cosas buenas que las malas (dicen que en el Arco del Triunfo de París están escritas las derrotas de Napoleón como si fueran victorias). Pues eso es lo que tienes que hacer tú: recordar solo lo bueno. Y, si me haces caso y tienes mucha suerte, hasta recordarás lo malo como bueno.

¡Ah!, otra cosa muy importante que se me olvidaba: huye de los médicos como de la peste. Te lo dice una experta. La salud es fundamental para tener suerte en la vida y la salud solo es posible alejándose de los médicos. Y no lo digo porque me caigan mal, no, como sabes, tengo algunos amigos que son médicos (que, por cierto, cuando están en confianza, dicen lo mismo que yo), pero para disfrutar de una buena salud hay que mantenerse lejos de ellos, abusar de su presencia es nocivo. Y son adictivos. Una vez que caes en su círculo, te atrapan y no puedes salir de él. En casa de mis padres había un médico de cabecera que siempre nos decía lo mismo: "Los médicos somos como el vino, tomar una copita de vez en cuando, es bueno para la salud, pero el abuso tiene consecuencias funestas. En el caso del vino es por el alcohol, en el de los médicos, por las medicinas. Tanto uno como las otras, son drogas peligrosísimas cuando se usan sin moderación".
En cuanto te descuidas, te quieren operar de algo: de amígdalas, del apéndice... de cualquier cosa. Es normal, es su trabajo, les gusta hacerlo (y viven de ello). Como a los panaderos les gusta que comas pan y a los escritores que leas libros. Deformación profesional, supongo.

Bueno, seguro que se me olvidan muchas cosas, pero tengo que terminar esta carta. Si sigo escribiendo corro el riesgo de morirme antes de terminarla y eso sería imperdonable.

Ten cuidado, Pablo. Diviértete, cuida de tu padre y sé feliz. Y, sobre todo, ten suerte, mucha suerte.

Te quiere,

Mamá

La lectura de la carta dejó agotado a Pablo. No solo intelectualmente, también le produjo agotamiento físico. Se tumbó en la cama, sin fuerzas para nada. Sintió que necesitaba salir a la calle, dar una vuelta... pero no podía moverse, estaba anquilosado, débil.
Debió quedarse dormido, porque no oyó llegar a su padre. Solo le vio cuando abrió la puerta de su cuarto:
—¿Te pasa algo? —preguntó, al verle tumbado en la cama a esa hora.
—No, nada —respondió Pablo, un poco aturullado—. Estaba cansado  y me he quedado dormido.
—¿Llamamos al médico?
—¡No, al médico no! —se sobresaltó Pablo, casi asustando a su padre.
—Vale, vale, pero si te encuentras mal, me lo dices.

Por suerte, el padre de Pablo no había reparado en la carta que, aún, tenía en su mano. Procedió a guardarla en el sitio más secreto que se le ocurrió y esperó a que su padre se marchase al Casino para volver a tumbarse en la cama. ¡Vaya manera de empezar el año!, pensó.

La interpretación que Pablo hizo de las palabras de su madre fue brutal. Entendió que lo que ella le quería decir iba más allá de la bien conocida teoría de Ortega, esa que otorga a lo que el filósofo llama 'circunstancia' cualidades esenciales en la propia naturaleza del 'yo' de cada uno de nosotros. Lo que su madre le estaba diciendo es que lo que nos rodea (las pequeñas o grandes cosas que están a nuestro alrededor, en cada momento de la vida) no es que influya en nuestras vidas (Pablo siempre había pensado que el pensamiento de Ortega se quedaba corto en su apreciación del circum stantia), sino que es nuestra parte fundamental: "Yo soy mi circunstancia" (exagerando un poco).
Si era esto lo que quería decirle su madre, la pretendida radicalidad de su club bohemio era algo pueril: para postura radical, la de su madre. Volvió a pensar que él y sus aguerridos camaradas, curtidos en mil batallas y convencidos poseedores de los secretos de la fuerza y la sabiduría, eran unos pipiolos inocentes que se creían muy listos. Un infantil complejo de superioridad, podría decirse.
Y se acordó de aquella frase de Heráclito, que tenía medio olvidada por creerla intrascendente: "Pasad, amigos, a mi cocina... aquí también están los dioses".
No es que las musas residieran en el Olimpo, ¡es que eran musas porque estaban en el Olimpo! Dicho de otra manera: su extraordinaria naturaleza les venía dada por su 'circunstancia', no por ellas mismas.


Pablo salió de su cuarto y llamó por teléfono a Mano Negra:
—¿Tienes algo que hacer esta tarde? —preguntó a su amigo.
—Poca cosa —respondió Mano Negra, desganado—. Aburrirme, supongo.
—Tenemos que vernos —dijo Kaltes Blut, con determinación.
—Estupendo, hace mucho que no nos vemos y que no hacemos algo interesante. Por lo menos, desde el año pasado.


[CONTINÚA EN 'Adverbios de tiempo']