viernes, 20 de febrero de 2026

Pasotismo selectivo

No lo leerás en ninguno de esos libros de autoayuda, tan populares en las librerías desde hace ya muchos años. Tampoco habla de esto Paolo Coelho en sus múltiples bestsellers, todos ellos, eso sí, ya pasados de moda. Sin embargo, es la verdadera fórmula de la felicidad.

Claro que primero sería bueno que tuviésemos bien definido el concepto de felicidad. Algo, por cierto, de lo que muchos hablan y que, en realidad, casi nadie entiende. Y yo no soy una excepción, desde luego, aunque tengo la ventaja de saber que no lo sé. Eso ya es algo.
Por lo general, solemos decir que estamos felices cuando no nos pasa nada malo, pero esto vuelve a ser una definición muy imprecisa... porque distinguir lo que es malo de lo que no lo es resulta más complejo de lo que podría parecer a simple vista.

La verdadera clave de esa supuesta felicidad reside en el manejo del pasotismo.
El pasotismo tiene mala fama, es cierto, pero es porque se cree que se trata de una condición permanente. La gente piensa que uno es pasota o no lo es. Y, sí, suele ser así, aunque no es de ese tipo de pasotismo primitivo del que estamos hablando, sino de un pasotismo proactivo, sofisticado, eficaz.

El método es infalible: cuando algo malo, incómodo, molesto o perturbador te amenace (no hace falta que te pase, basta con la posibilidad de que te suceda), ejerce el pasotismo con determinación, sin titubear lo más mínimo. 
Hazlo tantas veces como sea necesario. Repite, insiste, actúa con seguridad profesional y no dudes nunca. Con esto es casi suficiente.

Luego viene lo otro. Esa habilidad (algunos la consideran innata, natural) que consiste en la capacidad para desactivar el pasotismo, de forma automática, cada vez que se barrunta una situación positiva, sopla un viento favorable o se produce un suceso o situación que creemos que nos gusta.
Y digo 'creemos' porque con el placer ocurre lo mismo que con el dolor: hemos aceptado tácitamente lo que está en un sitio o en el contrario. Pero tengamos siempre muy en cuenta que, de la misma forma que existen los convencionalismos sociales, también existen los sensoriales. Nos gusta el placer y nos disgusta el dolor porque, desde tiempo inmemorial, hemos aceptado determinadas interpretaciones de los sentidos, colocándolas, respectivamente en un lado o en el opuesto. Podríamos situarlas a la inversa, de la misma manera que olores, sabores y sonidos (por solo citar tres entornos sensoriales) tienen mucho menos homogeneizadas sus valoraciones, primando las individuales sobre las colectivas.

Si somos capaces de manejar con destreza nuestro pasotismo, es decir, si dominamos la técnica de conectarlo y desconectarlo a demanda, seremos felices. No hace falta más.
Dicen que hay quien nace con esa magnífica virtud, y sabemos que también existen los que, sin haber venido al mundo con ese don, llegan a adquirirlo mediante la aplicación de una rigurosa disciplina en su comportamiento. Nosotros lo recomendamos con todas nuestras fuerzas.

En cualquiera de ambos casos, es decir, ya sea heredada o cultivada, analógica o digital, podemos añadir esta bienaventuranza a las ocho registradas por San Mateo en su evangelio como pronunciadas por Jesús en su célebre Sermón de la Montaña. Se enunciaría, más o menos, así: "Bienaventurados los pasotas selectivos, porque ellos vivirán felices".

Amén.

miércoles, 28 de enero de 2026

La verdad ya no es lo que era

—Yo soy la verdad y la vida —dijo Jesús.
—¿Y qué es la verdad? —preguntó Pilatos.

Ya fue complicado, en aquellos tiempos, responder a esa cínica pregunta del gobernador romano de Judea. Hoy sería imposible.

Nunca he tenido claro por qué a Poncio Pilato le llamamos 'Pilatos', pero hay que reconocer que suena mejor con la ese final (seguramente hemos convertido, por las buenas, el Pilatus latino en un Pilatos castellano), así que, en este artículo, le seguiremos llamando Pilatos, de quien mi amigo Mala Estrella decía que fue el primer diletante de la historia. No lo fue, claro, pero me gusta que se le recuerde de esa manera, antes que por el hecho de que acabase sus días en el pueblo segoviano de Palazuelos, detalle del que poco se habla. Casi mejor para nosotros.

El caso es que la verdad (que siempre tuvo significativas dosis de incomodidad) se está volviendo, además, evasiva.
Si ya el mundo digital contribuyó a difuminar la delicada línea que la separa de la mentira, esta inteligencia artificial que nos acecha parece tener el firme propósito de borrarla del todo. Y la empieza a eliminar desde su propio nombre. Se hace llamar 'inteligencia', sin serlo. Porque lo otro (artificial) sí lo es. Un nombre más apropiado, en mi opinión, sería el de 'falsa inteligencia': es decir, nos miente ya al decirnos lo que es.
Yo suelo afirmar que la principal (no la única) diferencia entre la inteligencia artificial y la natural es que la artificial no es inteligencia. Es muchas otras cosas, desde luego, pero inteligencia, en su verdadero sentido, que no es otro que el de la capacidad de entender o comprender, no.
Por mucho que se esmere (y lo hace), la inteligencia artificial no es capaz de entender o comprender. Lo que sí sabe es actuar, y con desparpajo, como si lo fuese, pero no es capaz.

A ella (y a mucha gente tampoco), no le importa nada que sea así. Si le preguntásemos, nos contestaría que los humanos también tenemos abundantes defectos, por lo que tendría sentido considerar esta circunstancia como prueba de su cercanía a nuestra especie.
Pero no es de esto de lo que queremos hablar, sino de la verdad. Hasta no hace mucho, la verdad, si bien dependía del color con el que se mirase, era relativamente fácil de identificar. Hoy, sin embargo, ocurre todo lo contrario. 
Todavía nos pone nerviosos esta duda semiconstante en la que vivimos, aunque llegará el día en el que dejará de preocuparnos: todo será verdad... o todo será mentira, que viene a ser lo mismo.
Esta futura indiferencia lo cambiará todo. Habrá tantas verdades como granos de arena en el desierto, como gotas de agua en el océano. Y no solo ocurrirá que cada uno de nosotros tendrá su propia verdad (ya que eso, al menos, sería comprensible, y hasta puede que razonable), lo que pasará es que cada uno tendrá infinitas verdades... y eso será imposible de controlar: la verdad se convertirá en un caos absoluto.

Será entonces cuando la mentira nos salvará. Alguien nos contará una mentira, una mentira universal, a la que nos agarraremos como a un clavo ardiendo (ya ocurrió varias veces en la antigüedad, pero se nos estaba olvidando).
Gracias a esa mentira absoluta, en la que creeremos a pies juntitas, la vida ordenada será posible y la humanidad recuperará esos principios éticos que posibilitan la convivencia. Principios siempre ajenos, siempre importados y, desde luego, generalmente aceptados (con pequeñas variantes, eso sí, para dar un poco de aliciente a la vida), que volverán a regir nuestra conducta colectiva.

Con ella, con la mentira reconquistada, podremos comenzar, de nuevo, la búsqueda de esa verdad... o, mejor dicho, de una nueva verdad, porque aquella, como las golondrinas de Bécquer... ¡no volverá!

sábado, 10 de enero de 2026

Tal vez dormir

El anuncio publicado en la sección de 'clasificados' de aquel diario era muy raro:
"Caballero mayor busca mujer joven para dormir en las noches de invierno. No sexo. Solo dormir. Resto del día libre. Sin contraprestación económica de ningún tipo. Abstenerse profesionales y fumadoras. Interesadas escribir al apartado de correos número 666".
Pese a que el más elemental sentido común aconsejaba no hacerlo, Sarah escribió. En realidad, no sabía por qué aquel extraño aviso le había llamado la atención, pero no pudo resistir el impulso de una intensa curiosidad que superó, ampliamente, el natural recelo que despertaba un texto tan extravagante.

Cierto es que lo del 666 le había sonado a guasa, pero debía ser un buzón auténtico porque el servicio postal no devolvió su carta. Una semana después, recibió la respuesta:
"Estimada señora o señorita, le ruego que me remita dos fotografías, una de cuerpo entero y otra de su rostro, esta última en primer plano. También sería conveniente que me facilitase alguna información más acerca de sus características físicas (estatura, peso, etc.), así como sus años, ya que, si bien el anuncio no lo especificaba, es imprescindible que la persona elegida para el puesto sea mayor de edad. 
Si está usted interesada en conocer cualquier cosa sobre mí, no dude en preguntarme, le contestaré con mucho gusto. 
A riesgo de ser reiterativo, le recuerdo que las condiciones son, con exactitud, las que se mencionan en el anuncio, por lo que me permito enfatizar la principal, bien expresada en él: "No sexo. Solo dormir".
Luego, una despedida respetuosa y la firma: Juan de Grijalba.

Hubiese sido un buen momento para desistir, pero Sarah respondió a la carta, adjuntando las fotos y aportando los datos solicitados, haciendo hincapié en la aceptación expresa del "no sexo". No hizo ninguna pregunta a su interlocutor.

Cuatro días más tarde recibió un nuevo mensaje, en el que Juan de Grijalba le comunicaba que había sido preseleccionada, citándola para una entrevista personal, en una céntrica calle de la ciudad. Especificando, asimismo, que había dos finalistas más, quienes serían evaluadas el mismo día, en reuniones sucesivas, realizadas con intervalos de media hora.

Si Sarah hubiese tenido la precaución de comentar el asunto con alguien (fuese quien fuese ese 'alguien'), aquí hubiese terminado esta historia, porque nadie, en su sano juicio, le habría permitido asistir a esa 'cita a ciegas', que tanta temeridad entrañaba. Pero, consciente de todo esto, no lo había hablado con ninguna persona que pudiera tratar de impedir su aventura.

Dos días más tarde (sábado a primera hora de la tarde, para más señas), Sarah estaba ante el portal de la dirección indicada: Peligros, 1. Hasta ese momento no había reparado en el nombre de la calle. Piso primero, especificaba la nota recibida, por lo que, algo inquieta por el detalle que acababa de interiorizar, dio un vistazo a las ventanas de la primera planta: silenciosas, oscuras, inexpresivas. 
Bajo ellas, un gran toldo protegía la entrada de una tranquila cafetería de los incómodos rayos del sol vespertino. En la lona, con grandes letras negras, algo descoloridas por el paso del tiempo, se leía el nombre del establecimiento: Café Riesgo.

"Calle Peligros, sobre el Café Riesgo", se dijo a sí misma. Y, cerrando los ojos, pensó: "Allá vamos".


Sarah era una chica guapa, de veinte años recién cumplidos, morena, con ojos color caramelo y excelente figura. Es decir, con todas las características propias de alguien que jamás debería haber considerado la posibilidad de participar en algo semejante. Acababa de romper un noviazgo absurdo (ahora se daba cuenta de que había sido absurdo) con un joven apenas un año mayor que ella, cuyo limitado número de neuronas sanas estaba destinado por la naturaleza a menesteres poco edificantes y de nulo interés para Sarah.
Así que, sin pensar en nada de esto, sino en cómo gestionar de la mejor manera posible un nivel de adrenalina insólito en su monótona vida reciente, subió andando hasta el primer piso y llamó a la única puerta que había en el rellano. Iba vestida como Kim Basinger en 'L.A. Confídential' (aunque ella se veía más como Angie Dickinson en 'Vestida para matar').
Una señora de rasgos filipinos abrió la puerta.
—¿Es usted Sarah? —preguntó.
—Sí... vengo a... —trató de responder, sin éxito.
—Espere aquí, por favor.

Era una pequeña salita de espera, decorada de forma sobria y elegante. Antes de que hubiese transcurrido un minuto, apareció Juan de Grijalba.
—Buenos días, Sarah —saludó cortésmente—. Soy Juan. Muchas gracias por venir.

Juan de Grijalba era un hombre de unos setenta o setenta y cinco años, Muy bien conservado. Con pelo blanco, peinado con raya a la izquierda. Era delgado y vestía chaqueta azul, pantalón gris y camisa sin corbata. No sonreía.

—¿Es usted señora o señorita? Lo pregunto solo para dirigirme a usted correctamente —aclaró, acompañando sus palabras con un leve gesto de su mano derecha.
—Señorita —contestó Sarah, arrepintiéndose, de inmediato de su respuesta.
—Siéntese, por favor —le indicó Grijalba, señalando una silla próxima—. Es usted la última candidata. La que acaba de marcharse me ha gustado, pero usted también me gusta.
—Gracias, yo... en realidad, venía a...
—No se preocupe —interrumpió él—. Sé muy bien que es una situación difícil. Pero, en realidad, no hay nada que explicar. Es todo tal como dice el anuncio. Ni más ni menos.
—Ya... claro...
—Lo único que falta por concretar es el horario, pero eso es muy complicado. Yo, a veces me acuesto pronto, pero casi siempre lo hago tarde. Y, a veces, muy tarde.
—Y yo, ¿qué tendría que hacer?
—Pues eso: tratar de acomodarse a mis horarios —afirmó el hombre, con benevolencia—. Pero no pasa nada si algún día es difícil coincidir. ¿Cuándo podría empezar?
—No sé...
—¿Esta misma noche, por ejemplo?
—Sí, pero... ¿no hay nada más que hablar?
—No, nada más —respondió Juan de Grijalba—. Bueno, sí. Yo prefiero que usted duerma desnuda, pero si quiere ponerse camisón o pijama, no tengo inconveniente. Aunque ya le digo que prefiero que duerma desnuda.
—¿Desnuda?
—Sí, me gusta mucho más. Sobre todo, siendo usted tan delgada. Lo prefiero. Pero no vamos a discutir por eso. Suponía que usted también lo preferiría.
—Bueno, es que...
—Si es por lo del sexo, no se preocupe. Ya le he dejado claro que solo quiero que durmamos juntos.
—Pero todavía no es invierno —argumentó Sarah, sin gran gran convencimiento.
—Eso es muy cierto —acepto él—. Lo que quise decir en el anuncio es que en invierno es imprescindible, pero no lo prohíbo en otras épocas del año. Digamos que eso sería voluntario.
—¿Y el resto del día? —volvió a preguntar ella.
—No tengo ni idea, haga usted lo que quiera. El acuerdo es solo para dormir juntos.
—¿Tengo que irme cuando usted se levante?
—No, nada de eso —casi se rió Grijalba—. Haga lo que prefiera: quédese... o váyase. Lo que quiera.
—¿Puedo estar... a veces, quiero decir, en la casa?
—Naturalmente. Es muy grande. Hay sitio para los dos. Maganda se ocupará de todo.
—¿Maganda? —Sarah abrió mucho los ojos y levantó las cejas al hacer esta pregunta.
—Sí, Maganda. La señora que le abrió la puerta. Ella trabaja aquí y se ocupa de la casa. 

Se hizo un breve silencio, que pronto rompió el anfitrión:
—Lo que necesito es que me confirme si acepta usted, porque, en caso contrario, tengo que avisar a la anterior aspirante para que venga ella.
—Acepto — dijo solemnemente Sarah, mirando, como hipnotizada, a un punto inconcreto del infinito.
—Estupendo. Entonces es a usted a quien escojo. Puede irse, si quiere, y vuelva esta noche a dormir. ¿Necesita que le enseñe la cama?
—Bueno... sí... mejor —aceptó la, ya elegida, candidata a dormir con el dueño de la casa.

Pasaron ambos al dormitorio y Sarah comprobó que se trataba de una habitación normal, con una cama de matrimonio de buen aspecto, pero sin nada especial que llamase la atención. Ella se acercó, con paso mecánico, a la ventana y, a través de los visillos vio la calle Peligros y, justo debajo, el toldo extendido del Café Riesgo, cuyas grandes letras ahora leía al revés.
—Y, recuerde, Sarah, que no tiene que pagar nada, tal como dice el anuncio que he publicado.
—No entiendo, Juan... porque usted se llama Juan, ¿verdad?
—Sí, Juan de Grijalba —puntualizó él, sin hacer mayor énfasis en sus palabras—. Pues eso, que no hay contraprestación económica de ningún tipo por dormir conmigo. Aunque si, de vez en cuando, me quiere usted dar una propina, se la aceptaré con mucho gusto, por supuesto. Pero no lo considere una obligación. Ni mucho menos.

Pocos minutos después, Sarah descendía, aturdida, por las escaleras, salió del portal del primer número de la calle Peligros y entró en el Café Riesgo a tomarse un café. Lo necesitaba. Hasta ella, a través de algún invisible altavoz del local, llegaba la tenue voz de Gigliola Cinquetti cantando: 

Chi non ha soldi non naviga mai.
Caro bè bè, la verità
È una farfalla che viene e che va".

domingo, 12 de octubre de 2025

Pepito Tejedor

Esta tendencia hacia la literalidad lingüística que estamos viviendo (en el fondo yo la defiendo, por lo que no queda bien que ahora la critique) nos está llevando a interpretar con cierta inexactitud expresiones habituales, desviándolas, con frecuencia, de esa original belleza semántica que siempre tuvieron algunas de ellas.

Hoy quiero hablar del amor propio.

Me resulta incómoda esa traducción que casi todas las fuentes dan a la unión de estas dos palabras. Esas fuentes (digitales, en su mayoría), suelen identificar 'amor propio' con 'autoestima'. Incluso llegan a mencionar 'narcisismo' como uno de sus riesgos, cuando se tiene en exceso. Desde mi, tal vez algo anticuado, punto de vista, esa acepción es, básicamente, equivocada.

"Paquito es el más inteligente", decía la señorita María Teresa a su hermana mayor, la señorita Esperanza, cuando esta, profesora de la 'clase de los mayores', le preguntaba por la capacidad de los que acudían a la de 'los pequeños', en su asombroso y extraordinario colegio de la madrileña calle de Fuencarral. 
Hasta ahí, todo iba bien (en mi opinión, claro), pero lo malo era que solía continuar: "Aunque Pepito Tejedor es el que demuestra más amor propio".

Ni que decir tiene que yo le profesaba una muy poco disimulada antipatía a Pepito Tejedor, un beatífico infante, de apenas seis años recién cumplidos, cuyos infinitos rizos dorados y su edulcorado rostro angelical me parecían reñidos con la debida personalidad y apariencia de un colegial digno de comienzos de los años cincuenta, que estuviese dispuesto a compatibilizar su educación escolar con la aguerrida actitud vital que cabía esperar de un futuro hombre cabal.

Puedo asegurar que, cuando la señorita María Teresa hablaba del 'amor propio' de Pepito Tejedor, se refería a su (en mi opinión, impertinente) pundonor mal entendido; es decir, a ese sentimiento que impulsa a una persona (en este caso, a un niño un poco amanerado y cursi) a mantener su buena fama a cualquier precio, y a superar sus limitaciones... para quedar siempre por encima de sus compañeros.
Y esto, queridas 'fuentes digitales', no es 'alta autoestima': es ser una especie de 'repelente niño Vicente', insufrible para sus colegas de colegio y complicado de calificar para su maestra, quien se ve en la incómoda tesitura de tener que reconocer su indiscutible eficacia académica, siendo, al mismo tiempo, consciente de la relativa impostura de un comportamiento de manifiesta artificialidad intelectual y dudoso arraigo moral.

Muchos años más tarde, volví a sufrir las consecuencias de ese pundonor extemporáneo, en circunstancias muy diferentes, eso sí. Por suerte para mí (suelo tenerla), en esa ocasión también pude sortearlo con el estoicismo que merece.

En cierto modo, ese pundonor sobrevenido es, incluso, contrario a la verdadera autoestima. Esta, te permite navegar por la vida sin ser víctima de esos inevitables contratiempos por los que todos pasamos. Es un navío (sigo con el símil marinero) que se mantiene a flote, inmune a las críticas, consideraciones ajenas y envidias que entorpecen la singladura vital de quien no la posee. No se queda varado entre los sargazos de unos mares que, nos guste o no (que no nos gusta nunca), dificultan nuestra llegada a cada uno de los puertos que nos vamos marcando como destino de los diferentes viajes que toda persona emprende, a lo largo de su itinerario por este mundo.
El pundonor generado por una competitividad edificada sobre bases equívocas, es otra cosa muy distinta. No me gusta. En particular porque persigue imponerse a los demás, y mostrar una superioridad ficticia y forzada, que suele esconder íntimos problemas existenciales. A veces, rabia por los propios errores cometidos.

Y esa rabia, auténtica soberbia blanqueada, provoca nuevos errores en el comportamiento del propio 'médicin malgré lui' (valga la comparativa con el personaje de Molière, un tanto hiperbólica), de los que ya le resultará imposible escapar. Son problemas, dicho sea de paso, que surgen, con cierta frecuencia, a la vuelta del verano ("Curso nuevo, vida nueva", decía aquella posterior –y entusiasta– seguidora del relamido Pepito Tejedor, quien, pese a proponérselo con firme determinación, nunca llegó a ser más que el campeón del amor propio).

Pero, como decían Tip y Coll, será otro día cuando hablemos de esa variante del amor propio (más reciente en el tiempo, pero cuyo origen último se pierde en los albores del comportamiento humano). Hoy prefiero recordar a mi señorita María Teresa (la señorita Esperanza nunca llegó a darme clase), a quien creo ver cada mañana, cuando miro hacia los balcones de la 'clase de los pequeños'. Gracias, señorita. Gracias, en nombre de cuantos tuvimos la suerte de aprender en su colegio que hay que mantenerse siendo un niño toda la vida.



El colegio de las señoritas (Esperanza y María Teresa) estuvo, durante los años cuarenta, cincuenta y principio de los sesenta, en el primer piso de Fuencarral 42, y sus balcones daban a la calle de Fuencarral y a la de Augusto Figueroa.
Adelantado a su tiempo, era mixto, y se llamaba Colegio de San Antonio, aunque casi nadie lo sabía, ya que las enormes letras plateadas, que colgaban, de un balcón a otro, mirando a lo que hoy se denomina 'Plaza de Raffaella Carrà' (que no es una plaza, pese a su nombre) solo anunciaban: 'COLEGIO'.
Su método era tan sencillo, revolucionario y eficaz que desafió en resultados académicos (sin que sus propietarias lo pretendiesen) a centros tan destacados en su época como los Institutos Ramiro de Maeztu o Lope de Vega. 
Tenía 'cuarto de los ratones'.

Pepito Tejedor (a quien pido disculpas por este artículo) estudió en él.

viernes, 9 de mayo de 2025

Leonardo y el té

A Leonardo le gustaba mucho el té.
Tal vez le gustaba demasiado. A Lisa, sin embargo, nunca le había llamado la atención esa extraña bebida (así la llamaba), por la que nunca había mostrado particular interés. Pero Leonardo preparaba un té muy especial: un experto habría dicho que era una mezcla de variedades negras de India y China, todas ellas procedentes de cultivos de alta montaña, muy capaces de orquestar un sabor intenso y suave, al mismo tiempo. Lisa nunca había tomado (el té 'se toma', no 'se bebe') algo semejante.
—Siempre, a partir de las siete de la tarde —solía decir Leonardo—. Bajo ningún concepto se debe tomar antes.
Y, claro, a pesar de lo sorprendente de la hora indicada, Lisa lo aceptaba como si fuese una verdad de fe. Nadie podía discutirle a Leonardo sus, en apariencia, profundos conocimientos sobre el tema... aunque nunca se supo de qué fuente provenían. 

Fue, fundamentalmente, por eso (por el té) por lo que ella se enamoró de Leonardo. Y había intentado evitarlo por todos los medios, pero no pudo: el té de Leonardo superaba cualquier impedimento que tratase de resistirse a su fuerza incontrolable.
—El único té que me gusta es el que tú me preparas —afirmaba Lisa con frecuencia.
Era verdad. Incluso se comenta que jamás llegó a probar otros tés... excepto aquel en el Hyde Park Hotel, varios años después, aunque bien es cierto que eso fue un rito programado, al que ella se entregó sin resistencia.
—La clave del té —aseguraba Leonardo, haciendo énfasis en la palabra 'clave'— está en la intensidad. No en la de su sabor, sino en la del ambiente. Hay que tomarlo a media luz.

Sin embargo, había algo más. A veces estaba ese 'Humo de los barcos' (sí, escrito con mayúscula) que confundía los sentidos a deshoras. En otras ocasiones, menos aleatorias, era la música de Lucio Dalla en la voz de Pavarotti, seguida de la de otro Leonardo, las que trasladaban a Lisa hasta lejanos lugares (Sorrento, Manhattan, Berlín...), en viajes protegidos por la penumbra reinante e impulsados por el lento movimiento de una rítmica hélice horizontal.

Mucho tiempo después, cuando ya las hojas que habían crecido en lejanas laderas de montañas indias y chinas estaban olvidadas por el orgullo herido de Lisa, Leonardo supo, con absoluta certeza, que ella nunca le había querido de verdad. Lisa solo amó lo diferente, lo inesperado, la aventura de sentir sobre su piel el aliento de un viejo dragón que, como una leve y extraña brisa, parecía surgir de un mundo raro, más propio de un sueño de José Alfredo Jiménez que de alguien que viviera en la realidad. 
Ella también consideró preciso decir una mentira, así que lo hizo, sin titubear, ante propios y extraños. De poco le sirvió con ellos, porque, tanto los propios como los extraños, no creyeron sus palabras. Pero se conformó conque le sirviese a ella misma. Porque Lisa se creyó a pies juntillas.

Y, así, Lisa vivió muchos años, alejada del té, de Leonardo... y de la verdad.

jueves, 1 de mayo de 2025

Tiempo

Hablemos del tiempo. No del meteorológico, que para eso ya están los ascensores... y los noticiarios de televisión cuando hay pocas cosas que contar porque estamos en pleno verano, en mitad de una ola de calor (de las de toda la vida, pero que ahora achacamos al cambio climático), sino del otro, del cronológico.

Yo vengo defendiendo la teoría de la elasticidad del tiempo desde que era niño, pero hace poco me dejó muy confundido un viejo amigo, con quien me encontré, casualmente, en plena calle, después de un montón de años sin habernos visto.
—¿Y a qué te dedicas? —le pregunté, tras los saludos y abrazos de rigor.
—Bueno... no sé muy bien cómo definirlo —respondió dubitativo—. Podríamos decir que soy fabricante de tiempo.

Mi tradicional y bien asentada seguridad en el tema, basada en esa antes mencionada postura personal sobre las muy flexibles dimensiones del tiempo, se tambaleó ante la respuesta de mi amigo.
No me atreví a manifestar, de forma inmediata, mi absoluta incomprensión del significado de sus palabras, así que me limité a comentar:
—Pues eso debe ser un gran negocio.
—No te creas —negó él, sin apenas inmutarse—. Yo fabrico tiempo, pero no sé cómo venderlo, así que solo puedo utilizarlo para mi consumo personal.

En cuestión de segundos, pasaron por mi cabeza, a la velocidad del rayo, múltiples pensamientos vinculados con la relatividad del tiempo, su inmaterialidad física, y otras diversas consideraciones relacionadas con la arbitrariedad de diferentes conceptos, incluido el del espacio, con el que, por algún motivo inconcreto, solemos asociarlo. 

—Bueno —volví a la carga, con las debidas precauciones argumentativas—... parece más difícil fabricarlo que venderlo.
—Nada de eso —fue su contundente réplica—. Como sucede con casi todo lo intangible, es muy complicado ponerlo en valor.
—Pero ¿cómo se fabrica? —interrogué abiertamente, dejando a un lado mi cautela anterior.
—Es sencillo: igual que se fabrica el espacio.

Si fabricar tiempo me parecía complicado, fabricar espacio (así, de forma abstracta) me resultaba casi inimaginable.
—El espacio no se puede fabricar —traté de replicar—. Está ahí. Como mucho, se puede acotar, rellenar, medir...
—No. El espacio está en constante movimiento. Por lo menos, el espacio en el que nosotros nos encontramos. Todos los movimientos, además, son relativos con respecto a algo. Y hay que tener en cuenta que ese algo, sea lo que sea, también se mueve, aparte de ser alterable, desde luego.
—Sí... claro, eso es muy cierto —medio razoné, sin estar muy convencido de mis propias palabras—, visto así...
—No hay otra forma de verlo. O, mejor dicho, de pensarlo. Einstein se quedó muy corto al expresar su teoría —fue la categórica conclusión de mi amigo.

Que el tiempo es una magnitud relativa me parece indiscutible. Siempre, en mis frecuentes discusiones sobre estos asuntos, he puesto el ejemplo de cómo en la antigüedad, cuando la vida de los seres humanos era mucho más corta, el tiempo se percibía más duradero, mientras que en nuestros días, disfrutando de vidas más extensas, nos falta tiempo para todo.
Expuse estas consideraciones a mi interlocutor, quien las aceptó sin la menor sombra de duda.
—Es que ahora tenemos demasiadas cosas —sentenció.
No supe qué añadir, por lo que él siguió con su explicación:
—Todo tipo de cosas. Cosas materiales, cosas que hacer, cosas imaginarias... unas y otras perjudican gravemente a nuestra percepción del tiempo.

Empecé a entender algo de lo que estaba diciendo.
—Entonces, ¿el problema es lo que nosotros percibimos? —me atreví a decir.
—Absolutamente. Lo que se percibe es mucho más importante que la realidad.
Y completó así su razonamiento:
—De hecho, nuestra realidad es lo que percibimos. A eso es a lo que yo me dedico.
—¿A qué? —pregunté, confundido de nuevo.
—A cambiar mis percepciones. Y, ahora, perdóname, tengo muchísima prisa y me he despistado con la alegría de encontrarte después de tantos años.
Me sorprendió que pudiera tener tanta prisa alguien que se dedicaba a fabricar tiempo, pero fue solo un pensamiento fugaz.
—Es verdad, muchos años —intervine—. ¿Cuántos han sido? ¿Quince? ¿Veinte?
—Depende —contestó—. Tal vez quince para ti y veinte para mí.

Y se marchó. 

jueves, 27 de febrero de 2025

SuperECOfragilisticoespialidoso

La palabra suena como una canción de Mary Poppins… pero es diferente. 
Aunque, al igual que nos pasa a muchos cuando escuchamos a Julie Andrews y Dick Van Dyke entonar aquella célebre melodía, yo me he sentido muy feliz esta mañana.

 

Observaba, con desasosiego, que la aguja que marca el nivel de combustible de mi coche se estaba acercando peligrosamente a esa posición, siempre perturbadora, que augura el encendido inminente de la luz que nos advierte que nuestro tanque pasa a la situación de reserva. Y, tras pensar (al igual que lo hacen la inmensa mayoría de los conductores en esta situación) en lo poco que dura hoy en día la gasolina (en mi caso, el diésel) en un depósito que ha sido llenado hace escasas fechas –lamentación seguida, de inmediato, de un instintivo exabrupto, impropio de una persona que, como yo, se considera a sí misma educada y prudente–, comenzó a invadirme un progresivo sentimiento de culpabilidad por considerarme cómplice de la degradación del medio ambiente, de la inestable sostenibilidad del planeta, del crecimiento desmesurado de la huella de carbono y, en definitiva, de mi negativa contribución a la ralentización del cambio climático. Solo pude evitar –con cierto esfuerzo mental, eso sí– sentirme causante directo de la deforestación del Amazonas… aunque debo reconocer que, fugazmente, asumí mi parte alícuota de responsabilidad en esa terrible hecatombe.

 

El hecho fue que me vi obligado a poner rumbo a la estación de servicio más próxima, con el fin de evitar males mayores. Y este cambio de dirección aumentó mi inquietud, pues sabía muy bien que la gasolinera más cercana era una, frecuentada por mí con más asiduidad de lo que me hubiese permitido un depósito de combustible más generoso y comprensivo que el mío, abanderada nada menos que por CEPSA (iniciales de Compañía Española de Petróleos, Sociedad Anónima), y decorada, al igual que todas las que ostentaban esa marca, con ese característico y llamativo color rojo (demostración, en otro tiempo, de una acertada táctica comercial, ya que el vistoso impacto que proporcionaba su presencia a los conductores, evitaba que pasase inadvertida a sus ojos) que, por algún extraño motivo, ahora producía en mi ánimo una cierta desazón. 

Sí, reconozco que mi incomodidad era un tanto absurda… irracional, tal vez, pero así era como me sentía.

 

Sin embargo, estaba completamente equivocado.

 

Nada más hacer el giro para salir de la autopista, surgió frente a mí la imponente mole de la estación de servicio. Pero ningún violento tono rojizo la envolvía. Por el contrario, aquel descomunal artificio, dotado con una enorme visera protectora de la docena de surtidores alineados a su sombra, se ofrecía ante mí, con su mastodóntica agresividad suavizada por una delicada combinación de azules, verdes y blancos, transmisores de una inequívoca promesa de respeto hacia el entorno… si bien, teniendo en cuenta que su emplazamiento estaba rodeado (siempre había estado así, desde luego) de asfalto, ladrillos y hormigón, nadie podía suponer que tan consistentes materiales precisasen de consideración alguna por parte de la empresa energética para su supervivencia.

 

Pero yo me alegré. Me alegré mucho.

 

En la ciclópea visera no había ni rastro del logotipo de CEPSA. Ni de ese símbolo, en forma de cruz, que podría augurar a los visitantes más pesimistas una futura necesidad clínica o, cuando menos, farmacéutica. Por el contrario, una especie de dolmen troglodítico sustituía a la ‘m’ (por supuesto minúscula, para no acobardar al personal) con la que comenzaba la nueva marca: moeve.

El nombre, hay que reconocerlo, sugería movimiento, pero las largas filas de automóviles que esperaban su turno para repostar sus respectivos combustibles no se movían… o, si acaso, lo hacían con evidente lentitud. Súper, gasolina normal, gasoil… uno tras otro, todos los vehículos (muchos con aspecto de ser más apropiados para circular por rutas rupestres, accidentadas, llenas de barro o, incluso, para vadear ríos que para llevar a los niños al colegio, estacionar en el centro de la ciudad o hacer la compra) llenaban a rebosar sus depósitos.

Esperé mi turno lleno de felicidad, cantando para mí una canción sorprendentemente similar a la de la famosa película de Walt Disney. A fin de cuentas, yo estaba tan contento como sus protagonistas, inmerso en aquel maremágnum de afortunado bienestar que descendía sobre la paciencia de los solitarios conductores (si les he calificado así es porque cada vehículo tenía un solo ocupante, detalle que no me llamó la atención por ser esa, también, mi circunstancia) desde la blanquiazul cubierta que, con iridiscencias verdosas, cuidaba de todos nosotros.

 

Pagué, casi sin darme cuenta del dineral que me había costado la broma, y salí contento de la límpida y ‘huxleysiana’ estación de servicio, camino de mi oficina en la Gran Vía madrileña, incorporando mi Range Rover al torrente de impetuosos automóviles que circulaban, frenéticos y ruidosos, por la autopista urbana.

 

¡Qué gran felicidad y paz interior se respiran cuando uno se siente parte de ese indomable y, ¿por qué no decirlo?, inconformista y rebelde espíritu ‘SuperECOfragilisticoespialidoso’ que salvará el planeta!