viernes, 20 de febrero de 2026

Pasotismo selectivo

No lo leerás en ninguno de esos libros de autoayuda, tan populares en las librerías desde hace ya muchos años. Tampoco habla de esto Paolo Coelho en sus múltiples bestsellers, todos ellos, eso sí, ya pasados de moda. Sin embargo, es la verdadera fórmula de la felicidad.

Claro que primero sería bueno que tuviésemos bien definido el concepto de felicidad. Algo, por cierto, de lo que muchos hablan y que, en realidad, casi nadie entiende. Y yo no soy una excepción, desde luego, aunque tengo la ventaja de saber que no lo sé. Eso ya es algo.
Por lo general, solemos decir que estamos felices cuando no nos pasa nada malo, pero esto vuelve a ser una definición muy imprecisa... porque saber lo que es malo y lo que no lo es resulta más complejo de lo que podría parecer a simple vista.

La verdadera clave de esa supuesta felicidad reside en el manejo del pasotismo.
El pasotismo tiene mala fama, es cierto, pero es porque se cree que se trata de una condición permanente. La gente piensa que uno es pasota o no lo es. Y, sí, suele ser así, aunque no es de ese tipo de pasotismo primitivo del que estamos hablando, sino de un pasotismo proactivo, sofisticado, eficaz.

El método es infalible: cuando algo malo, incómodo, molesto o perturbador te amenace (no hace falta que te pase, basta con la posibilidad de que te suceda), ejerce el pasotismo con determinación, sin titubear lo más mínimo. 
Hazlo tantas veces como sea necesario. Repite, insiste, actúa con seguridad profesional y no dudes nunca. Con esto es casi suficiente.

Luego viene lo otro. Esa habilidad (algunos la consideran innata, natural) que consiste en la capacidad para desactivar el pasotismo, de forma automática, cada vez que se barrunta una situación positiva, sopla un viento favorable o se produce un suceso o situación que creemos que nos gusta.
Y digo 'creemos' porque con el placer ocurre lo mismo que con el dolor: hemos aceptado tácitamente lo que está en un sitio o en el contrario. Pero tengamos siempre muy en cuenta que, de la misma forma que existen los convencionalismos sociales, también existen los sensoriales. Nos gusta el placer y nos disgusta el dolor porque, desde tiempo inmemorial, hemos aceptado determinadas interpretaciones de los sentidos, colocándolas, respectivamente en un lado o en el opuesto. Podríamos situarlas a la inversa, de la misma manera que olores, sabores y sonidos (por solo citar tres entornos sensoriales) tienen mucho menos homogeneizadas sus valoraciones, primando las individuales sobre las colectivas.

Si somos capaces de manejar con destreza nuestro pasotismo, es decir si dominamos la técnica de conectarlo y desconectarlo a demanda, seremos felices. No hace falta más.
Dicen que hay quien nace con esa magnífica virtud, y sabemos que también existen los que, sin haber venido al mundo con ese don, llegan a adquirirlo mediante la aplicación de una rigurosa disciplina en su comportamiento. Nosotros lo recomendamos con todas nuestras fuerzas.

En cualquiera de ambos casos, es decir, ya sea heredada o cultivada, analógica o digital, podemos añadir esta bienaventuranza a las ocho registradas en el Evangelio de San Mateo, como pronunciadas por Jesús en su célebre Sermón de la Montaña. Se enunciaría, más o menos, así: "Bienaventurados los pasotas selectivos, porque ellos vivirán felices".

Amén.

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