miércoles, 28 de enero de 2026

La verdad ya no es lo que era

—Yo soy la verdad y la vida —dijo Jesús.
—¿Y qué es la verdad? —preguntó Pilatos.

Ya fue complicado, en aquellos tiempos, responder a esa cínica pregunta del gobernador romano de Judea. Hoy sería imposible.

Nunca he tenido claro por qué a Poncio Pilato le llamamos 'Pilatos', pero hay que reconocer que suena mejor con la ese final (seguramente hemos convertido, por las buenas, el Pilatus latino en un Pilatos castellano), así que, en este artículo, le seguiremos llamando Pilatos, de quien mi amigo Mala Estrella decía que fue el primer diletante de la historia. No lo fue, claro, pero me gusta que se le recuerde de esa manera, antes que por el hecho de que acabase sus días en el pueblo segoviano de Palazuelos, detalle del que poco se habla. Casi mejor para nosotros.

El caso es que la verdad (que siempre tuvo significativas dosis de incomodidad) se está volviendo, además, evasiva.
Si ya el mundo digital contribuyó a difuminar la delicada línea que la separa de la mentira, esta inteligencia artificial que nos acecha parece tener el firme propósito de borrarla del todo. Y la empieza a eliminar desde su propio nombre. Se hace llamar 'inteligencia', sin serlo. Porque lo otro (artificial) sí lo es. Un nombre más apropiado, en mi opinión, sería el de 'falsa inteligencia': es decir, nos miente ya al decirnos lo que es.
Yo suelo afirmar que la principal (no la única) diferencia entre la inteligencia artificial y la natural es que la artificial no es inteligencia. Es muchas otras cosas, desde luego, pero inteligencia, en su verdadero sentido, que no es otro que el de la capacidad de entender o comprender, no.
Por mucho que se esmere (y lo hace), la inteligencia artificial no es capaz de entender o comprender. Lo que sí sabe es actuar, y con desparpajo, como si lo fuese, pero no es capaz.

A ella (y a mucha gente tampoco), no le importa nada que sea así. Si le preguntásemos, nos contestaría que los humanos también tenemos abundantes defectos, por lo que tendría sentido considerar esta circunstancia como prueba de su cercanía a nuestra especie.
Pero no es de esto de lo que queremos hablar, sino de la verdad. Hasta no hace mucho, la verdad, si bien dependía del color con el que se mirase, era relativamente fácil de identificar. Hoy, sin embargo, ocurre todo lo contrario. 
Todavía nos pone nerviosos esta duda semiconstante en la que vivimos, aunque llegará el día en el que dejará de preocuparnos: todo será verdad... o todo será mentira, que viene a ser lo mismo.
Esta futura indiferencia lo cambiará todo. Habrá tantas verdades como granos de arena en el desierto, como gotas de agua en el océano. Y no solo ocurrirá que cada uno de nosotros tendrá su propia verdad (ya que eso, al menos, sería comprensible, y hasta puede que razonable), lo que pasará es que cada uno tendrá infinitas verdades... y eso será imposible de controlar: la verdad se convertirá en un caos absoluto.

Será entonces cuando la mentira nos salvará. Alguien nos contará una mentira, una mentira universal, a la que nos agarraremos como a un clavo ardiendo (ya ocurrió varias veces en la antigüedad, pero se nos estaba olvidando).
Gracias a esa mentira absoluta, en la que creeremos a pies juntitas, la vida ordenada será posible y la humanidad recuperará esos principios éticos que posibilitan la convivencia. Principios siempre ajenos, siempre importados y, desde luego, generalmente aceptados (con pequeñas variantes, eso sí, para dar un poco de aliciente a la vida), que volverán a regir nuestra conducta colectiva.

Con ella, con la mentira reconquistada, podremos comenzar, de nuevo, la búsqueda de esa verdad... o, mejor dicho, de una nueva verdad, porque aquella, como las golondrinas de Bécquer... ¡no volverá!

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