Todos utilizamos eufemismos para suavizar expresiones cuya manifestación resultaría dura o grosera.
Podría parecer que esta práctica de cambiar palabras fuertes por otras más ligeras, es la más habitual en los diálogos de una sociedad civilizada que trata de mantener las formas y que casi siempre es partidaria de todo aquello que es políticamente correcto, como hoy se suele decir.
Sin embargo, otras veces, nos desplazamos hacia una figura contraria, que podríamos denominar como antieufemismo o eufemismo invertido.
Esto (que ocurre más de lo que pudiéramos pensar) sucede mucho en el terreno de las emociones o, mejor dicho, cuando las emociones se mezclan con una intención de disimularlas, trasladando a los demás la responsabilidad de nuestros problemas.
Asumir propias responsabilidades es un ejercicio duro, que se entrena poco en los gimnasios mentales modernos. Bien es cierto que, en una determinada medida, ayuda a liberar complejos de culpabilidad y, además, nos permite expresar, con relativa delicadeza, juicios peyorativos hacia otros para que nuestro interlocutor (incluido el propio yo, cuando hablamos con nosotros mismos) entienda, por ejemplo, que nos duele lo que nos han hecho los demás (sin que seamos, en absoluto, merecedores de ello, por supuesto).
El término heridas, es un caso frecuente y representativo de esta figura retórica, poco estudiada por los académicos. En multitud de ocasiones, heridas significa sentimientos. Lo que pasa es que una y otra palabra tienen sentidos opuestos dentro del siempre complejo universo emocional de las personas.
Si decimos que alguien reabre nuestras heridas (valgan estas tres palabras como ilustración simbólica aleatoria de la tesis que estamos exponiendo) casi siempre queremos decir que ese alguien ha despertado nuestros sentimientos.
Es evidente que la primera expresión es portadora de unas connotaciones negativas y acusadoras de las que la segunda carece. Si, además, se la decimos, directamente, a la persona que ha removido esos sentimientos que intentamos aletargar con las diarias dosis de opio diluido en fantasías que necesita nuestra conciencia, habremos conseguido un doble efecto: uno interno de relax y desahogo, y otro externo de reproche y acusación.
Alguien diría que el eufemismo invertido podría valer como terapia, pero no hay duda de que es un método paliativo menor e imperfecto que, a la larga, acaba volviéndose contra quien lo emplea y le impide salir de su verdadero problema. Más eficaz (si bien más duro y difícil de aplicar sin anestesia pericardial) es afrontar la verdad, asumiendo los propios errores, liberándonos, así, de mantener ad eternum la justificación de nuestra conducta ante el mundo y ante nosotros mismos.
Nada hay de malo en reconocer y aceptar nuestros sentimientos hacia otra persona, en especial cuando esa otra persona nos demuestra y manifiesta su no beligerancia. Pero, claro, si sietes y seises se revuelven, alborotados, en nuestra cabeza, confundiendo emociones y atropellando propósitos, es complicado mantener la lucidez imprescindible para reconocer a Venus en ese pequeño punto negro que se desliza por el inmenso círculo naranja del Sol.
Tiempo perdido por el camino de una vida que sabemos hacer más complicada de lo que es, encadenando a un nuevo Prometeo que morirá antes de confesar la profecía revelada y que, lo queramos o no, ha traído ya el fuego que robó a los dioses a nuestras almas.
jueves, 7 de junio de 2012
viernes, 20 de abril de 2012
Sin rostro
Los perfiles de las redes sociales son una fuente de inspiración extraordinaria para los estudiosos de la personalidad humana, de sus complejos y hasta de su propia naturaleza interior.
Hay redes, como Facebook, en las que, con el debido respeto a la libertad individual de cada uno, lo evidente (su propio nombre nos lo sugiere) es que nos identifiquemos, sobre todo, por nuestro rostro. Sin embargo, todavía hay quien se resiste a ello.
Bien es cierto, que el grupo de los anónimos faciales es cada vez más reducido y se va quedando limitado a quienes, alérgicos al mundo digital, están presentes en la red pero no son verdaderos usuarios.
Pero ¿por qué sigue habiendo quien evita mostrar su rostro en la red y, por el contrario, no tiene reparo alguno en estar presente en ella con su nombre y apellido?
Pasada la moda de los personajes de dibujos animados y dejando aparte la creciente tendencia comercial en Facebook y Twitter (donde, por cierto, también abundan los huevos de diversos colores en los espacios reservados a las fotografías de los usuarios), así como algunas imágenes más propias de Wikifriki que de grupos más convencionales, un observador podría inferir que quienes no ponen sus fotos es porque se consideran feos y prefieren que aquellos que no les conocen personalmente piensen que son más guapos de lo que son. Pero yo creo que, sin descartar que haya casos provocados por esta causa, hay también otra razón subyacente en esta práctica tan poco acorde con la lógica teórica original de las redes sociales.
Mi teoría parte de la base de que casi todos damos excesiva importancia a nuestro aspecto físico. Tanto los que se consideran poco agraciados como los que opinan de sí mismos todo lo contrario.
Reconozcamos, en primer lugar, que lo de ser más o menos guapo es una tontería (aparte de algo efímero y relativo a los tiempos, modas y circunstancias). Si alguien quiere hacerse "amigo" nuestro en un sitio como Facebook porque esta razón, más vale no tenerle como contacto, porque resultará vacío, fatuo y carente de interés real. Pero no es esto lo grave, sino la situación inversa.
Me refiero a aquellas personas que se consideran tan divinas que creen que es una medida de prudencia no compartir su divinidad con el populacho. Éstas son quienes, verdaderamente, adolecen de una perturbación del comportamiento mucho mayor porque, en realidad, la mayoría de quienes "protegen" su supuesta belleza de los ojos de los demás, suelen padecer el famoso complejo tan bien contado por Oscar Wilde en su célebre relato "The sphinx whithout a secret", en el que una misteriosa dama escondía, con enfermizo celo, su gran secreto, que no era otro que el de carecer de secreto alguno.
Claro que no es ésta una actitud exclusiva de las redes sociales, sino que es tan antigua como el mundo. Lo que pasa es que en algunas de estas plataformas (como Facebook) se hacen más patentes por la contradicción que conlleva su manera de relacionarse con el medio. Quieren ser vistas, pero dando la impresión de lo contrario, como si hubiese una legión de cibernautas atraídos por alcanzar el conocimiento de su persona, hasta el punto de tener que proteger una imaginaria y secreta intimidad que, por desgracia para ellas, a nadie interesa. Algo que, trasladado a otros círculos de amistades menos digitalizados, se solía denominar con un nombre muy feo.
Son las víctimas de su propia ambición de atraer una atención que ya no merecen y no aceptan reconocer ante el mundo lo que algunas son: personas que dejaron pasar el expreso de sus deseos para subirse en marcha al mercancías de la vulgaridad.
Perfiles sin rostro humano, ocultos de sí mismos y avergonzados de su fingido orgullo, incapaces de dar un paso adelante con humildad, para quienes nunca acabará el diluvio aunque besen una engañosa rama de olivo mientras vuelan sobre sus propios sentimientos.
Hay redes, como Facebook, en las que, con el debido respeto a la libertad individual de cada uno, lo evidente (su propio nombre nos lo sugiere) es que nos identifiquemos, sobre todo, por nuestro rostro. Sin embargo, todavía hay quien se resiste a ello.
Bien es cierto, que el grupo de los anónimos faciales es cada vez más reducido y se va quedando limitado a quienes, alérgicos al mundo digital, están presentes en la red pero no son verdaderos usuarios.
Pero ¿por qué sigue habiendo quien evita mostrar su rostro en la red y, por el contrario, no tiene reparo alguno en estar presente en ella con su nombre y apellido?
Pasada la moda de los personajes de dibujos animados y dejando aparte la creciente tendencia comercial en Facebook y Twitter (donde, por cierto, también abundan los huevos de diversos colores en los espacios reservados a las fotografías de los usuarios), así como algunas imágenes más propias de Wikifriki que de grupos más convencionales, un observador podría inferir que quienes no ponen sus fotos es porque se consideran feos y prefieren que aquellos que no les conocen personalmente piensen que son más guapos de lo que son. Pero yo creo que, sin descartar que haya casos provocados por esta causa, hay también otra razón subyacente en esta práctica tan poco acorde con la lógica teórica original de las redes sociales.
Mi teoría parte de la base de que casi todos damos excesiva importancia a nuestro aspecto físico. Tanto los que se consideran poco agraciados como los que opinan de sí mismos todo lo contrario.
Reconozcamos, en primer lugar, que lo de ser más o menos guapo es una tontería (aparte de algo efímero y relativo a los tiempos, modas y circunstancias). Si alguien quiere hacerse "amigo" nuestro en un sitio como Facebook porque esta razón, más vale no tenerle como contacto, porque resultará vacío, fatuo y carente de interés real. Pero no es esto lo grave, sino la situación inversa.
Me refiero a aquellas personas que se consideran tan divinas que creen que es una medida de prudencia no compartir su divinidad con el populacho. Éstas son quienes, verdaderamente, adolecen de una perturbación del comportamiento mucho mayor porque, en realidad, la mayoría de quienes "protegen" su supuesta belleza de los ojos de los demás, suelen padecer el famoso complejo tan bien contado por Oscar Wilde en su célebre relato "The sphinx whithout a secret", en el que una misteriosa dama escondía, con enfermizo celo, su gran secreto, que no era otro que el de carecer de secreto alguno.
Claro que no es ésta una actitud exclusiva de las redes sociales, sino que es tan antigua como el mundo. Lo que pasa es que en algunas de estas plataformas (como Facebook) se hacen más patentes por la contradicción que conlleva su manera de relacionarse con el medio. Quieren ser vistas, pero dando la impresión de lo contrario, como si hubiese una legión de cibernautas atraídos por alcanzar el conocimiento de su persona, hasta el punto de tener que proteger una imaginaria y secreta intimidad que, por desgracia para ellas, a nadie interesa. Algo que, trasladado a otros círculos de amistades menos digitalizados, se solía denominar con un nombre muy feo.
Son las víctimas de su propia ambición de atraer una atención que ya no merecen y no aceptan reconocer ante el mundo lo que algunas son: personas que dejaron pasar el expreso de sus deseos para subirse en marcha al mercancías de la vulgaridad.
Perfiles sin rostro humano, ocultos de sí mismos y avergonzados de su fingido orgullo, incapaces de dar un paso adelante con humildad, para quienes nunca acabará el diluvio aunque besen una engañosa rama de olivo mientras vuelan sobre sus propios sentimientos.
viernes, 13 de abril de 2012
Trigéminos perversos
Cuando en 1929 el doctor Asuero convirtió al trigémino en el suceso médico del año, muchos descubrieron la existencia de este nervio de nombre tan sugerente.
Hoy, tanto tiempo después y con la asueroterapia postergada al más absoluto de los olvidos colectivos, todos conocemos bien su existencia y funciones. Nadie discute su importancia como principal nervio sensitivo de la cabeza, aunque el revolucionario tratamiento ideado por Asuero haya vuelto a ser sustituido, desde hace más de ocho décadas, por fisioterapeutas, quiroprácticos y traumatólogos especializados, una vez fulminado el peligroso éxito de su creador.
Con independencia del juicio clínico que pueda merecer la doctrina del doctor Asuero, fue indiscutible su éxito popular y mediático, como también lo fue el revuelo que se produjo entre la clase médica establecida. Muchos balnearios vieron en riesgo su negocio y hasta las peregrinaciones a Lourdes sufrieron un serio retroceso, cediendo parte de su milagrosa esperanza ante la creyente multitud que acudía en masa a visitar a Asuero en su consulta donostiarra.
Pero no todos los trigéminos son del mismo tipo.
Existen, incluso, trigéminos espirituales robotizados, muy apropiados para situaciones delicadas en la vida sentimental de algunas personas. Hay quien, llegado el momento, desvía sus impulsos emocionales por el conducto adecuado, manteniendo el control necesario de cada órgano o músculo, según lo requieran las circunstancias.
Conocí a una persona experta en estas técnicas trigéminomentales. Las ramas oftálmica y maxilar de su trigémino mecanizado evitaban el más mínimo parpadeo mientras la mandibular transmitía órdenes a su lengua para perforar la verdad con siniestra eficacia. Sus mejillas, bien dirigidas por el nervio maxilar, mantenían su color natural, sin enrojecerse lo más mínimo ante la metódica falacia de su verbo. Y las tres ramificaciones de su trigémino eran capaces de simultanear la transmisión de una orden común que resultaba en el imprescindible rictus hierático de un rostro que ayudaba a dotar de serena solemnidad a la falsedad de sus palabras.
Son los que yo llamo trigéminos perversos. Trigéminos cuya punción no cura enfermedades ni devuelve la movilidad a quienes la tienen perdida o disminuida, sino que sirven para modular los sentimientos en función de las conveniencias, liberándolos hoy y secuestrándolos mañana, que no siempre sopla el viento de la misma latitud ni con la misma intensidad.
Hoy, con el paso de los años, creo que Asuero (dominado, tal vez, por el ímpetu de su efímero éxito) no reparó en que estaba dando pistas a personas depredadoras de espíritu, que triunfaron como domadoras de trigéminos, destruyendo sentimientos y escarneciendo la lealtad.
Es posible, sin embargo, que sigan existiendo soñadores a la espera del descubrimiento de un nuevo tipo de asueroterapia, capaz de punzar con eficacia el trigémino perverso de quienes renunciaron a la vida para aferrarse a la materia.
Aunque también es probable que solo sean fantasías perdidas en la memoria. Eso que algunos llaman sueños olvidados.
.
Hoy, tanto tiempo después y con la asueroterapia postergada al más absoluto de los olvidos colectivos, todos conocemos bien su existencia y funciones. Nadie discute su importancia como principal nervio sensitivo de la cabeza, aunque el revolucionario tratamiento ideado por Asuero haya vuelto a ser sustituido, desde hace más de ocho décadas, por fisioterapeutas, quiroprácticos y traumatólogos especializados, una vez fulminado el peligroso éxito de su creador.
Con independencia del juicio clínico que pueda merecer la doctrina del doctor Asuero, fue indiscutible su éxito popular y mediático, como también lo fue el revuelo que se produjo entre la clase médica establecida. Muchos balnearios vieron en riesgo su negocio y hasta las peregrinaciones a Lourdes sufrieron un serio retroceso, cediendo parte de su milagrosa esperanza ante la creyente multitud que acudía en masa a visitar a Asuero en su consulta donostiarra.
Pero no todos los trigéminos son del mismo tipo.
Existen, incluso, trigéminos espirituales robotizados, muy apropiados para situaciones delicadas en la vida sentimental de algunas personas. Hay quien, llegado el momento, desvía sus impulsos emocionales por el conducto adecuado, manteniendo el control necesario de cada órgano o músculo, según lo requieran las circunstancias.
Conocí a una persona experta en estas técnicas trigéminomentales. Las ramas oftálmica y maxilar de su trigémino mecanizado evitaban el más mínimo parpadeo mientras la mandibular transmitía órdenes a su lengua para perforar la verdad con siniestra eficacia. Sus mejillas, bien dirigidas por el nervio maxilar, mantenían su color natural, sin enrojecerse lo más mínimo ante la metódica falacia de su verbo. Y las tres ramificaciones de su trigémino eran capaces de simultanear la transmisión de una orden común que resultaba en el imprescindible rictus hierático de un rostro que ayudaba a dotar de serena solemnidad a la falsedad de sus palabras.
Son los que yo llamo trigéminos perversos. Trigéminos cuya punción no cura enfermedades ni devuelve la movilidad a quienes la tienen perdida o disminuida, sino que sirven para modular los sentimientos en función de las conveniencias, liberándolos hoy y secuestrándolos mañana, que no siempre sopla el viento de la misma latitud ni con la misma intensidad.
Hoy, con el paso de los años, creo que Asuero (dominado, tal vez, por el ímpetu de su efímero éxito) no reparó en que estaba dando pistas a personas depredadoras de espíritu, que triunfaron como domadoras de trigéminos, destruyendo sentimientos y escarneciendo la lealtad.
Es posible, sin embargo, que sigan existiendo soñadores a la espera del descubrimiento de un nuevo tipo de asueroterapia, capaz de punzar con eficacia el trigémino perverso de quienes renunciaron a la vida para aferrarse a la materia.
Aunque también es probable que solo sean fantasías perdidas en la memoria. Eso que algunos llaman sueños olvidados.
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miércoles, 21 de marzo de 2012
Uno de tantos
Bagshot Egham fue uno de tantos.
Creyó (¡pobre iluso!), como casi todos, que él era especial. Durante muchos años pensó que lo que a él se le ofrecía y, en apariencia, se le entregaba sin malicia era auténtico. No como a los demás, a quienes les llegó de estraperlo o, si acaso, por juego, divertimento o simple azar del inconstante destino.
Incluso pensó que cuando visitó, en un lluvioso marzo de 1894, aquel pequeño pueblo de Inglaterra fue porque él y no otro había sido el elegido. Nunca hubiese podido imaginar que era, tan solo, uno más... uno de tantos.
Surrey era un condado amable, verde y tranquilo. La persistente lluvia no era más que un pequeño inconveniente que apenas podía empañar el indiscutible hecho de ser el único protagonista de un papel al que tantos aspirantes habían opositado con efímero éxito.
Así, desconocedor de su gran error, Bagshot avanzó por la campiña inglesa con la misma falta de cobertura con la que Cortés lo hiciera, en su día, por las hostiles tierras mexicas: sin barcos esperándole en el puerto para hacer posible una retirada. Pero la Malinche de Egham estaba mucho mejor programada mentalmente que doña Marina.
¡Cuántos, como Bagshot Egham, viven creyéndose diferentes y no son más que hojas desprendidas del árbol del interés, a las que, tarde o temprano, se llevará el viento!
Es difícil que quien ha hecho de su trayectoria un modelo de egoísmo indiferente cambie y entregue de verdad un órgano que solo presta con usura y sin derecho a usufructo. A veces, una ramita de olivo en la boca llega a producir confusión. No sé por qué la interpretamos como símbolo de paz cuando, en su origen, solo sirvió para indicarnos el fin del diluvio.
La paz precisa de algo más. Hay que dar algún paso, aunque sea pequeño. Bagshot siempre quiso la paz. Hasta en los momentos más difíciles. Y no dejó de dar pruebas de ello. Sin embargo, es bien sabido que la paz no se puede firmar unilateralmente.
Hoy la lluvia lejana de Surrey vuelve más helada que a finales del luminoso siglo XIX. Otra paradoja de un cambio climático invertido en algunos corazones, siempre fríos por dentro y con pericardio templado por las circunstancias.
Los hombres pasamos por la vida con la vana esperanza de ser mejores que los demás a los ojos ajenos. Sobre todo a aquellos ojos que se llevan prendidos en la solapa. Pero las violeteras profesionales tienen alfileres de sobra. Ya lo dice la canción: son aves precursoras de primavera. De una primavera congelada en el tiempo, que coloca ramitos de olivo en el pecho de tantos viandantes como pasan a su lado. Aunque algunos paseantes, como el pobre Bagshot Egham, los tengan clavados con alfileres tan largos que atraviesan el corazón.
Uno de tantos, Bagshot... uno de tantos.
Creyó (¡pobre iluso!), como casi todos, que él era especial. Durante muchos años pensó que lo que a él se le ofrecía y, en apariencia, se le entregaba sin malicia era auténtico. No como a los demás, a quienes les llegó de estraperlo o, si acaso, por juego, divertimento o simple azar del inconstante destino.
Incluso pensó que cuando visitó, en un lluvioso marzo de 1894, aquel pequeño pueblo de Inglaterra fue porque él y no otro había sido el elegido. Nunca hubiese podido imaginar que era, tan solo, uno más... uno de tantos.
Surrey era un condado amable, verde y tranquilo. La persistente lluvia no era más que un pequeño inconveniente que apenas podía empañar el indiscutible hecho de ser el único protagonista de un papel al que tantos aspirantes habían opositado con efímero éxito.
Así, desconocedor de su gran error, Bagshot avanzó por la campiña inglesa con la misma falta de cobertura con la que Cortés lo hiciera, en su día, por las hostiles tierras mexicas: sin barcos esperándole en el puerto para hacer posible una retirada. Pero la Malinche de Egham estaba mucho mejor programada mentalmente que doña Marina.
¡Cuántos, como Bagshot Egham, viven creyéndose diferentes y no son más que hojas desprendidas del árbol del interés, a las que, tarde o temprano, se llevará el viento!
Es difícil que quien ha hecho de su trayectoria un modelo de egoísmo indiferente cambie y entregue de verdad un órgano que solo presta con usura y sin derecho a usufructo. A veces, una ramita de olivo en la boca llega a producir confusión. No sé por qué la interpretamos como símbolo de paz cuando, en su origen, solo sirvió para indicarnos el fin del diluvio.
La paz precisa de algo más. Hay que dar algún paso, aunque sea pequeño. Bagshot siempre quiso la paz. Hasta en los momentos más difíciles. Y no dejó de dar pruebas de ello. Sin embargo, es bien sabido que la paz no se puede firmar unilateralmente.
Hoy la lluvia lejana de Surrey vuelve más helada que a finales del luminoso siglo XIX. Otra paradoja de un cambio climático invertido en algunos corazones, siempre fríos por dentro y con pericardio templado por las circunstancias.
Los hombres pasamos por la vida con la vana esperanza de ser mejores que los demás a los ojos ajenos. Sobre todo a aquellos ojos que se llevan prendidos en la solapa. Pero las violeteras profesionales tienen alfileres de sobra. Ya lo dice la canción: son aves precursoras de primavera. De una primavera congelada en el tiempo, que coloca ramitos de olivo en el pecho de tantos viandantes como pasan a su lado. Aunque algunos paseantes, como el pobre Bagshot Egham, los tengan clavados con alfileres tan largos que atraviesan el corazón.
Uno de tantos, Bagshot... uno de tantos.
viernes, 9 de marzo de 2012
Soneto y atlantes
El soneto que reproduzco más abajo tiene ya los suficientes años como para no ser considerado actual, aunque en un día como hoy vuelva a serlo. La fotografía que siempre lo acompaña tampoco es nueva. Sin embargo, no se puede negar que ver en estos tiempos a cuatro atlantes griegos cargando sobre sus espaldas el terrible peso de un palacio alemán, tiene mucho de alegórico.
Y es que el pueblo heleno, ejemplo de capacidad de sufrimiento a través de los siglos, representa ahora, tal vez más que nunca, el esfuerzo que las viejas civilizaciones mediterráneas vuelven a hacer para soportar la presión de los bárbaros del norte.
Nada de esto es una novedad, no nos engañemos. Los ricos solo suelen prestar dinero a los pobres por usura o por poder. Luego, claro está, al que no pueda pagar se le echa de su casa o de la Europa del euro, según el caso. ¡Ah! y, además, se le reprende con severidad por la ligereza de su desenfadada vida.
No son estas líneas un alegato contra la hegemonía de la productividad germánica. Ni siquiera lo son contra la tiranía financiera de los que gastan menos de lo que ganan porque apenas tienen tiempo o donaire para emplearlo en actividades más lúdicas que provechosas, sino que, más bien, son un suave y moderado lamento por un estilo de vida que se resiste a morir, pese a las inclemencias de la atmósfera económica que nos rodea y amenaza.
Releyendo el poema, me parece ver en él un nada sorprendente paralelismo entre el comportamiento de los estados y el de las personas. Hay ríos, como el del soneto, que son reflejo de espejismos estructurados en almas frías y grises. Pero también existen quienes se bañan en aguas plomizas con pleno conocimiento de causa, lo que no les aleja de una profunda ignorancia acerca de lo que les espera. Hasta resulta curioso que marzo esté escrito con minúscula y Abril con mayúscula. No creo que sea por la promesa que esa palabra encierra de una primavera que nunca llegaría... o que aún está por llegar.
Sea como sea, un soneto no es más que eso: catorce versos que resbalan por la mayoría de las almas sin dejar huella. Sería pretencioso pensar otra cosa.
Es una lástima, ya lo sé, pero unas cuantas palabras destiladas por los sueños pueden ser una pesada carga para unos y tan solo el leve recuerdo de una voluntad prestada con intereses para otros...
Y es que el pueblo heleno, ejemplo de capacidad de sufrimiento a través de los siglos, representa ahora, tal vez más que nunca, el esfuerzo que las viejas civilizaciones mediterráneas vuelven a hacer para soportar la presión de los bárbaros del norte.
Nada de esto es una novedad, no nos engañemos. Los ricos solo suelen prestar dinero a los pobres por usura o por poder. Luego, claro está, al que no pueda pagar se le echa de su casa o de la Europa del euro, según el caso. ¡Ah! y, además, se le reprende con severidad por la ligereza de su desenfadada vida.
No son estas líneas un alegato contra la hegemonía de la productividad germánica. Ni siquiera lo son contra la tiranía financiera de los que gastan menos de lo que ganan porque apenas tienen tiempo o donaire para emplearlo en actividades más lúdicas que provechosas, sino que, más bien, son un suave y moderado lamento por un estilo de vida que se resiste a morir, pese a las inclemencias de la atmósfera económica que nos rodea y amenaza.
Releyendo el poema, me parece ver en él un nada sorprendente paralelismo entre el comportamiento de los estados y el de las personas. Hay ríos, como el del soneto, que son reflejo de espejismos estructurados en almas frías y grises. Pero también existen quienes se bañan en aguas plomizas con pleno conocimiento de causa, lo que no les aleja de una profunda ignorancia acerca de lo que les espera. Hasta resulta curioso que marzo esté escrito con minúscula y Abril con mayúscula. No creo que sea por la promesa que esa palabra encierra de una primavera que nunca llegaría... o que aún está por llegar.
Sea como sea, un soneto no es más que eso: catorce versos que resbalan por la mayoría de las almas sin dejar huella. Sería pretencioso pensar otra cosa.
Es una lástima, ya lo sé, pero unas cuantas palabras destiladas por los sueños pueden ser una pesada carga para unos y tan solo el leve recuerdo de una voluntad prestada con intereses para otros...
Main und Abril
Ese río gris, grande y silencioso,
vecino del palacio de tus sueños,
fue en la negra noche el sereno espejo
de aquel invierno torpe y perezoso,
escondido en un marzo tan lejano
que abandonara Abril, sin él quererlo,
en el oscuro día de un recuerdo
dormido en el olvido del pasado.
Te arrepentiste, sí, del afluente
que arrastraba en su sangre la mirada
de quien lo supo todo, sin saberlo,
porque llevaba nubes en su frente
y un corazón desnudo que olvidaba
que existen los amores de estraperlo.
viernes, 10 de febrero de 2012
En busca de la excelencia perdida
Hace unos años, cuando el mundo occidental no luchaba por la supervivencia de su modelo, no nos conformábamos con el éxito, sino que era imprescindible luchar por alcanzar la excelencia en todos los flancos de la vida.
En lo profesional, todos aspirábamos a obtener esa superior calidad que nos prometía ser dignos de un singular aprecio en el mundo de los negocios. Las empresas se marcaban ése objetivo como necesario para dar el paso cualitativo preciso para seguir compitiendo en la cúspide. Las agencias de publicidad, todavía felices, no aceptaban estar en el escalón inferior al de la gloria terrenal...
Algunos, claro está, también conocían el significado de la palabra excelente en el ámbito de la vida privada.
Cuentan las crónicas de la otra transición (ésa que nos está llevando del éxtasis al tormento), que muchos eran los que escribían en sus agendas esa triunfal palabra sin conocer su verdadero significado. Y, sobre todo, sin reparar en que la excelencia es un concepto que lleva consigo un nivel de exigencia que va más allá de lo efímero. Quien, por ejemplo, allá por el lejano 1994 se atrevió a constatarlo de su puño y letra como efemérides, debería haber pensado en su vocación de futuro.
Hoy quisieran borrar de donde no es posible hacerlo algo que si no somos capaces de mantener es porque la apreciación pasada fue incorrecta. Y es que veintiocho años de afiliación a la Seguridad Social se nos vuelven escasos en un día como éste, en el que se preferiría contar cuarenta... o, aún mejor, ninguno.
Un teórico de las redes sociales se preguntaba ayer mismo, en el foro de la eterna duda existencial: "¿De qué sirve tener casi cien amigos en común si nosotros no lo somos?". Pero hay algo aún más cruel. Algo que solo sabe quien grabó en su mente la misma palabra doce años después, con una exactitud tan imprecisa como aparentemente exacta, mientras ya se estaba gestando el gran plan de desmantelamiento de la excelencia imaginaria.
El caso es que hoy, cuando tantos se conforman con una vida desnutrida de ilusiones, sigue existiendo alguien que busca la excelencia. Es alguien que sabe que es posible alcanzarla, que no depende de que las condiciones del entorno sean favorables o no, sino de la voluntad que anida en nuestro interior.
No pudo lograr, dos veces en la misma fecha (con doce años de intervalo), una categoría de excelente algo que hoy no tenga la posibilidad de recuperarla. O no lo fue entonces o puede serlo ahora.
Las empresas, las agencias... las personas que en aquel tiempo lo escribieron en sus cuadernos de bitácora tienen ahora el compromiso de intentar repetirlo. Aquella singladura no pudo durar, tan solo, las habituales veinticuatro horas. Porque en el universo de las voluntades y en los siete mares de la vida, las singladuras nunca terminan realmente.
Hay que recuperar la determinación de perseguir la excelencia. Si entonces, con los vientos favorables de la edad de las promesas, fueron objetivo, hoy, cuando la sorda y pertinaz galerna de la tristeza nos aleja del puerto, deben volver a nuestro rumbo por muy frío que sea febrero en estas latitudes que nos ha tocado vivir.
Hoy es el día en el que hay que volver a buscar la excelencia perdida. ¿A qué esperamos?
En lo profesional, todos aspirábamos a obtener esa superior calidad que nos prometía ser dignos de un singular aprecio en el mundo de los negocios. Las empresas se marcaban ése objetivo como necesario para dar el paso cualitativo preciso para seguir compitiendo en la cúspide. Las agencias de publicidad, todavía felices, no aceptaban estar en el escalón inferior al de la gloria terrenal...
Algunos, claro está, también conocían el significado de la palabra excelente en el ámbito de la vida privada.
Cuentan las crónicas de la otra transición (ésa que nos está llevando del éxtasis al tormento), que muchos eran los que escribían en sus agendas esa triunfal palabra sin conocer su verdadero significado. Y, sobre todo, sin reparar en que la excelencia es un concepto que lleva consigo un nivel de exigencia que va más allá de lo efímero. Quien, por ejemplo, allá por el lejano 1994 se atrevió a constatarlo de su puño y letra como efemérides, debería haber pensado en su vocación de futuro.
Hoy quisieran borrar de donde no es posible hacerlo algo que si no somos capaces de mantener es porque la apreciación pasada fue incorrecta. Y es que veintiocho años de afiliación a la Seguridad Social se nos vuelven escasos en un día como éste, en el que se preferiría contar cuarenta... o, aún mejor, ninguno.
Un teórico de las redes sociales se preguntaba ayer mismo, en el foro de la eterna duda existencial: "¿De qué sirve tener casi cien amigos en común si nosotros no lo somos?". Pero hay algo aún más cruel. Algo que solo sabe quien grabó en su mente la misma palabra doce años después, con una exactitud tan imprecisa como aparentemente exacta, mientras ya se estaba gestando el gran plan de desmantelamiento de la excelencia imaginaria.
El caso es que hoy, cuando tantos se conforman con una vida desnutrida de ilusiones, sigue existiendo alguien que busca la excelencia. Es alguien que sabe que es posible alcanzarla, que no depende de que las condiciones del entorno sean favorables o no, sino de la voluntad que anida en nuestro interior.
No pudo lograr, dos veces en la misma fecha (con doce años de intervalo), una categoría de excelente algo que hoy no tenga la posibilidad de recuperarla. O no lo fue entonces o puede serlo ahora.
Las empresas, las agencias... las personas que en aquel tiempo lo escribieron en sus cuadernos de bitácora tienen ahora el compromiso de intentar repetirlo. Aquella singladura no pudo durar, tan solo, las habituales veinticuatro horas. Porque en el universo de las voluntades y en los siete mares de la vida, las singladuras nunca terminan realmente.
Hay que recuperar la determinación de perseguir la excelencia. Si entonces, con los vientos favorables de la edad de las promesas, fueron objetivo, hoy, cuando la sorda y pertinaz galerna de la tristeza nos aleja del puerto, deben volver a nuestro rumbo por muy frío que sea febrero en estas latitudes que nos ha tocado vivir.
Hoy es el día en el que hay que volver a buscar la excelencia perdida. ¿A qué esperamos?
martes, 31 de enero de 2012
Pasión gitana
Ya sé que, con este título, sería más apropiado hablar de Carmen que de La Bohème, pero la que cumplía cien años era la ópera de Puccini. El Teatro Real no llegó a tiempo del centenario y hubo que colocarlo entre escenarios de zarzuelas y cines remodelados, con la extraordinaria aportación de un Joaquín Cortés que estaba en su mejor momento.
El gran Giacomo no quiso poner música al que debería haber sido el tercer acto de la ópera, en el que los bohemios improvisaban una fiesta al aire libre con los enseres de Musetta, desahuciada por su celoso protector. Tal vez le pareció que alargaría demasiado la representación. Sin embargo, a muchos nos falta ese acto, escrito en el libreto original de Illica y Giacosa, que explica algunos detalles que, sin él, quedan poco claros en la ópera.
El salto producido en las relaciones de Rodolfo y Mimí entre el Café Momus y la aduana de Enfer resulta demasiado brusco sin haber conocido lo que sucedió en aquella ignota fiesta, cuyo argumento nos daba significativas pistas acerca de la personalidad de sus protagonistas.
Es algo que pasa a menudo. Entre las primaveras prometidas y los inviernos crudos faltan razones de peso, escondidas y, algunas veces, olvidadas. En el caso de Mimí fue un vizconde conocido de Musetta, que no aparece más que en el acto fantasma de la obra.
Joaquín Cortés quiso rescatarlo un día más tarde, pero fue en vano. El invierno llegó, finalmente, y la nieve acabaría cubriéndolo todo.
Siempre me ha impresionado ese momento en el que los dos amantes deciden seguir juntos durante la estación del frío y separarse en primavera...
Nada se pudo hacer. Un ramito de olivo a tiempo podría haber sido una buena idea, pero nunca se sabe cuando es demasiado tarde. La enfermedad y la tristeza avanzan y no son enemigos pequeños. Como la soledad, que nos ofrece demasiadas oportunidades para volver sobre los errores cometidos.
Casi todos los analistas de bolsa nos saben contar con detalle las causas de las subidas y bajadas del mercado, pero pocos se han hecho ricos demostrando sus conocimientos a priori. Algo parecido pasa cuando analizamos nuestro pasado. A quien no es feliz con su presente le cuesta reconocer que ayer puso los cimientos de su infelicidad. Normalmente hacemos responsables de nuestros males a los demás. Es lo más económico, claro. Pero no conviene esperar a que Mimí esté en su lecho de muerte para asumir las propias responsabilidades.
Asomaba a sus ojos una lágrima y a mi labio una frase de perdón...
En aquel tiempo habló el orgullo. Hoy hablan la prudencia y el cansancio. Ya sabemos que la soberbia es mala y aunque yo, como Gracián, elogio con frecuencia el arte de la prudencia, es posible que, en ocasiones, ésta sirva de refugio a la pereza.
Puede que el miedo sea libre, pero su libertad nos esclaviza. Aquella sangre española que tan bien combinaba con la pasión gitana (ya sea de Cortés o de Tena) se ha enfriado. Pero aquella otra que fue paradigma de frialdad podría llegar a templarse con el vuelo de unas hojas de olivo pintadas con trazo ligero por el artista malagueño.
Cuando la esperanza nos remueve el estómago es fácil que las venas galopen sobre su camino rojo y eterno.
La vida es una fiesta como la del acto nunca musicado por el maestro Puccini. Una fiesta dramática en la que se celebra el final de lo imposible. Una fiesta en la que, al amanecer, los tratantes de muebles se van llevando los enseres de Musetta (o los de todos nosotros) para subastarlos esa misma mañana...
Mientras tanto, Joaquín Cortés seguía insistiendo en su Pasión Gitana, por si alguien, por muy helada que tuviese la mano, todavía estuviese dispuesto a volver de la vieja buhardilla para seguir buscando la llave perdida. Creo que a Rodolfo todavía le quedan muchos manuscritos para echar a la estufa en una noche de luna.
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El gran Giacomo no quiso poner música al que debería haber sido el tercer acto de la ópera, en el que los bohemios improvisaban una fiesta al aire libre con los enseres de Musetta, desahuciada por su celoso protector. Tal vez le pareció que alargaría demasiado la representación. Sin embargo, a muchos nos falta ese acto, escrito en el libreto original de Illica y Giacosa, que explica algunos detalles que, sin él, quedan poco claros en la ópera.
El salto producido en las relaciones de Rodolfo y Mimí entre el Café Momus y la aduana de Enfer resulta demasiado brusco sin haber conocido lo que sucedió en aquella ignota fiesta, cuyo argumento nos daba significativas pistas acerca de la personalidad de sus protagonistas.
Es algo que pasa a menudo. Entre las primaveras prometidas y los inviernos crudos faltan razones de peso, escondidas y, algunas veces, olvidadas. En el caso de Mimí fue un vizconde conocido de Musetta, que no aparece más que en el acto fantasma de la obra.
Joaquín Cortés quiso rescatarlo un día más tarde, pero fue en vano. El invierno llegó, finalmente, y la nieve acabaría cubriéndolo todo.
Siempre me ha impresionado ese momento en el que los dos amantes deciden seguir juntos durante la estación del frío y separarse en primavera...
Nada se pudo hacer. Un ramito de olivo a tiempo podría haber sido una buena idea, pero nunca se sabe cuando es demasiado tarde. La enfermedad y la tristeza avanzan y no son enemigos pequeños. Como la soledad, que nos ofrece demasiadas oportunidades para volver sobre los errores cometidos.
Casi todos los analistas de bolsa nos saben contar con detalle las causas de las subidas y bajadas del mercado, pero pocos se han hecho ricos demostrando sus conocimientos a priori. Algo parecido pasa cuando analizamos nuestro pasado. A quien no es feliz con su presente le cuesta reconocer que ayer puso los cimientos de su infelicidad. Normalmente hacemos responsables de nuestros males a los demás. Es lo más económico, claro. Pero no conviene esperar a que Mimí esté en su lecho de muerte para asumir las propias responsabilidades.
Asomaba a sus ojos una lágrima y a mi labio una frase de perdón...
En aquel tiempo habló el orgullo. Hoy hablan la prudencia y el cansancio. Ya sabemos que la soberbia es mala y aunque yo, como Gracián, elogio con frecuencia el arte de la prudencia, es posible que, en ocasiones, ésta sirva de refugio a la pereza.
Puede que el miedo sea libre, pero su libertad nos esclaviza. Aquella sangre española que tan bien combinaba con la pasión gitana (ya sea de Cortés o de Tena) se ha enfriado. Pero aquella otra que fue paradigma de frialdad podría llegar a templarse con el vuelo de unas hojas de olivo pintadas con trazo ligero por el artista malagueño.
Cuando la esperanza nos remueve el estómago es fácil que las venas galopen sobre su camino rojo y eterno.
La vida es una fiesta como la del acto nunca musicado por el maestro Puccini. Una fiesta dramática en la que se celebra el final de lo imposible. Una fiesta en la que, al amanecer, los tratantes de muebles se van llevando los enseres de Musetta (o los de todos nosotros) para subastarlos esa misma mañana...
Mientras tanto, Joaquín Cortés seguía insistiendo en su Pasión Gitana, por si alguien, por muy helada que tuviese la mano, todavía estuviese dispuesto a volver de la vieja buhardilla para seguir buscando la llave perdida. Creo que a Rodolfo todavía le quedan muchos manuscritos para echar a la estufa en una noche de luna.
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