Nunca tomo azúcar con el té.
Porque siendo verdad que tomarlo da alas (sí, como las de esa bebida energética tan famosa, pero mucho más poderosas), también lo es que de nada sirven esas alas si el vuelo que emprendes con ellas no está revestido de una cierta amargura. No mucha. Solo una ligera tonalidad (si hay gustos para los colores, debe haber tonos para los sabores) que recuerde que la suavidad no es, necesariamente, dulce.
Tomando té, canta Suset. Y lo hace con suavidad infinita. Pero claro, con su voz todo es posible.
Es normal que uno se cuestione si alguien es capaz de tomar el té como quien, digamos, toma el sol. Parece difícil de creer y, sin embargo, sí puede suceder. El murmullo del ventilador de la habitación contigua adormece, como también contribuye a esa extraña calma que solo se siente en las tardes de calor, inclementes para unos... y perversas para otros.
El té, además, mancha la taza. La oscurece irremediablemente. Y, tras los veinte primeros años de confianza, vienen otros veinte de desahucio moral.
—Toma té, sí —me aseguró un amigo—, como Suset. Y le gusta tomarlo. Luego, le gusta olvidarlo.
—¿De quién me hablas? —le pregunté.
—Eso da igual —continuó—. Lo que importa es que, cuando le mencionaron a Juan Ramón Jiménez, no dijo "Moguer", sino que murmuró: "28". Y en Brasil no probó el café, pero nunca renunció a una buena taza de té.
En fin, múltiples pruebas irrefutables de la amargura residual de esa infusión... que se sube a la cabeza, sin necesidad tener graduación alcohólica alguna.
Está claro que su amargura es una virtud, la misma que tiene el arroz de Giuseppe de Santis o el célebre licor de Saronno.
Pero, ya que estamos hablando de amargura, no deberíamos pasar por alto una cuestión que ha mantenido en vilo, durante siglos, a poetas y filósofos: ¿es peor el olvido que la traición?
Hasta la fecha, seguimos sin un veredicto convincente. A los poetas les parece una cosa, a los filósofos, otra.
Y, sin embargo, un viejo marino me dio la mejor respuesta que he escuchado sobre este ancestral dilema. Él, sin dejar de acariciar su pipa de raíz de brezo, me dijo: "Solo olvidan los que alguna vez han recordado. Quienes nunca recordaron nada tienen que olvidar".
Claro que aún más contundente era su opinión sobre las traiciones: "Ellas nunca te traicionan [se refería a las sirenas], porque jamás comprometen su corazón".
Como yo siempre he sido algo más poeta que filósofo, prefiero el olvido. Da mucho juego a la hora de escribir. Y tiene ese punto de amargura del que hablábamos antes. Como el té negro. Ese que mancha las tazas... y las almas. El que oscurece los atardeceres de verano y las auroras boreales que suelen florecer en los espíritus románticos. Todavía quedan algunos.
Por el contrario, los más radicales, aquellos acostumbrados a disfrutar del té bajo la bandera amarilla de la isla de Formosa, permanecen impertérritos ante su leve y constante amargura.
Tan solo (y muy de vez en cuando) gritan en silencio: ¡Viva la bohemia!
Parece que son los únicos capaces de disfrutar de la principal virtud del té.