martes, 30 de diciembre de 2014

Otra noche tan vieja

Solo he asistido a una fiesta de Nochevieja en mi vida. Y no como invitado, sino como fotógrafo. Fue hace muchas décadas, desde luego.
Acepté (no muy convencido), tras la insistencia de mi amigo Mala Estrella, quien iba a participar en un inapropiado baile de disfraces organizado para la noche de San Silvestre por aquel inefable grupo conocido como Los Charnegos, bajo el auspicio de su primo Sixteen Tons ("Cargar y descargar es tu misión...").
La reunión prometía ofrecer escenas pintorescas que, convenientemente registradas en un negativo fotográfico, podían resultar de utilidad en un futuro, sobre todo, teniendo en cuenta que algunos de los personajes asistentes al singular cotillón eran susceptibles de seguir dando posterior juego (tal como, en realidad, sucedería). 
De aquella extemporánea fiesta carnavalesca quedaron para la posteridad fotografías de Sixteen Tons ("Cargar y descargar es tu misión...") vestido de cocinero; de su novia Esperanza (que solo sabía bailar chachachá, tal como fue acreditado aquella misma madrugada) disfrazada de hada meliflua con aspecto de interina; de El Murciano a medio camino entre aprendiz de gánster chicagüense y tahúr de pellejo corto; de La Jirafa Cubana como gigantesco oficial con gafas del ejército Confederado; de El Cabreao muy enfadado por algún motivo que no recuerdo pero, sin duda, justificado; de Santa María Goretti en trance... y de Mala Estrella con chilaba y turbante, muy pesaroso por no haber podido lucir en tan apropiada ocasión las magníficas vestimentas árabes que los padres de El Catalán guardaban en ese pequeño cuartito trastero del sótano de su casa, cuyo complicadísimo acceso solo podría autorizarse en caso de una nueva (y poco probable) invasión musulmana a la península ibérica.

Viene todo este preámbulo a cuento de que siempre he considerado las algaradas posteriores a las tradicionales doce uvas como una manifestación vulgar, pueblerina y triste de la más siniestra y ancestral naturaleza de ese variopinto, costosísimo e indigesto período festivo que empieza con  la cantinela de los niños de San Ildefonso y termina con bollos elípticos. Unos bollos, por cierto, cuya principal sorpresa (en mi modesta opinión) no es la birriosa figurita que esconden en su interior, sino el hecho de que, con su asombroso y disparatado precio, se agoten en las pastelerías, tras haber mantenido a sus pretendientes en largas y duraderas colas, generalmente, a la intemperie.

Una noche de viejas costumbres, sí (pero no por ello menos penosas), con las que se tratan de olvidar, por unas horas, las miserias vividas en los pasados meses a base de vinos espumosos, música inaudible, matasuegras de un solo uso y confeti chino. Es como si fuese imprescindible empaparse de esa triste alegría forzada con olor a sidra achampanada, color de medias negras (recién estrenadas) con agujeros y saborcillo a próxima e inevitable jaqueca... cuya minúscula carga de esperanza queda oculta tras la aurora.
"Danzad, danzad, malditos" parece repetir la megafonía de serie, instalada en el interior de cada uno de los participantes en este eterno maratón. Ellos saben que no podrán dejar de bailar durante los doce meses siguientes o quedarán eliminados de su frágil futuro. Y deberán hacerlo al compás marcado por quienes hacen del miedo su herramienta mágica, su látigo implacable... mientras utilizan las luces de la enorme bola de espejos que gira sobre las cabezas de las compactas multitudes a guisa de zanahoria.

Cada primero de enero, tan pronto como el eco de la última campanada da paso al nuevo año, me vienen a la memoria los versos de aquella lejana oda, escrita en memoria de una ocasión bien diferente, pero tan fáciles de identificar con las sensaciones de esa noche. De una noche que nunca deja de repetir su patético ritual de voces, balidos y cantares... 
Una noche tan vieja como el mundo.

martes, 16 de diciembre de 2014

El Método Escarlata

"Escarlata O'Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo...".

Así empieza la gran novela de Margaret Mitchell, uno de los libros más vendidos de la historia. Sin embargo, en la versión cinematográfica, Escarlata sí era una chica guapa, aunque es muy cierto que tenía otras cualidades mucho más notables.
Escarlata era una mujer fuerte, tenaz, decidida... y muy poco escrupulosa.
Si, al principio de la narración, Mitchell nos la presenta como una niña caprichosa y mimada, a medida que los desastres de la guerra se van cebando en su familia (como en tantas otras, claro) ella saca fuerzas de donde no parecía haber más que apego a la vida fácil y a un romanticismo que estaba a punto de sucumbir y convertirse en trasnochado, como todo su mundo.

Pero no es de esto, ni de la belleza (existente o no) de Escarlata de lo que yo quería hablar, sino de una de sus virtudes (a mí me parece una virtud, aunque estoy convencido de que mucha gente opinará lo contrario) que, en mi opinión, encierra toda una filosofía vital muy recomendable. Me refiero a su peculiar forma de afrontar los problemas que la agobiaban, por muy graves o inminentes que fueran. Yo lo llamo el Método Escarlata.

Su aplicación requiere unas ciertas dosis de sangre fría y, desde luego, una capacidad de autocontrol que no está al alcance de todos.
El momento ideal para poner en marcha el método es por la noche, cuando nos vamos a la cama.
La mayoría de las personas se acuestan dando vueltas a sus problemas y, algunos, hacen eso que, vulgarmente, se llama consultar con la almohada. Algo que Escarlata O'Hara no hacía nunca. Ella, por el contrario, siempre solía decir, cuando, recién acostada, los problemas empezaban a dar vueltas alrededor de su cabeza:
– Ahora estoy muy cansada. Ya lo pensaré mañana –acto seguido, se daba media vuelta y se quedaba dormida.

Es el Método Escarlata.
Un eficacísimo sistema para quitarse de encima agobios añadidos a los reales y evitar que una angustia se multiplique sin remedio.
Su funcionamiento se basa en varios axiomas universales. 
El primero de ellos es que siempre se está más lúcido después de haber descansado bien.
El segundo, que, a la luz del día (y, más aún, tras un buen desayuno) los problemas parecen menores (las penas con pan son menos, mientras que, de noche, todos los gatos son pardos).
Y el tercero y fundamental, consiste en el hecho, tantas veces constatado, de que una buena parte de los problemas que parecen irresolubles, se resuelven solos.

Yo llevo practicando el Método Escarlata (sin saber, al principio, que lo compartía con la señorita O'Hara) desde que nací. Por cierto, muchos niños lo hacen. Y, con ello, nos demuestran que sus mentes funcionan de una manera más lúcida que las de la mayoría de los adultos.

No quiero decir con ello, ni mucho menos, que utilizarlo sea garantía de tener todo resuelto en la vida, no. Pero puedo dar fe de que nuestro cerebro vive así mucho más sano, liberado de cargas compulsivas crónicas innecesarias.
Porque, además, hay una cuarta ventaja que no he mencionado antes: es muy probable que, al despertar, se nos haya olvidado eso que tanto nos inquietaba en la oscuridad de la noche, enredado entre unas sábanas que casi no dejan volar nuestros pensamientos hasta que se los entregamos, por unas horas, al bueno de Morfeo.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Mosquitas, moscas y moscones

Abundan más en verano, eso es cierto, pero, en algunas de sus manifestaciones, no dejan de estar presentes en todas las épocas del año.
La gramática nos enseña que mosquitas y moscas pertenecen al género femenino, mientras que los moscones están englobados en el masculino. Y la gramática, en este caso, es sabia, porque el género de unas y otros se corresponde con su habitual naturaleza biológica (pese a las excepciones, que existen). 

Los más molestos suelen ser los más grandes, los del género masculino, ya que, cuando se trata de dar la lata, el tamaño sí importa. Y también el ruido, claro. Los moscones revolotean obsesivamente alrededor de sus posibles víctimas, a las que aburren con su incómodo e impertinente vuelo, siempre próximo a los órganos externos más sensibles y menos protegidos, como los que facilitan los sentidos de la vista y el oído. Cuando, además, se hacen sensibles al tacto, la cosa se pone peor, y ya no digamos si interviene el gusto.
En aquellas ocasiones en las que el olfato percibe, con claridad, su presencia, los moscones se hacen, de todo punto, insoportables.

Pese a todo, no son los más grandes los más peligrosos para la salud. 
Las enfermedades más graves las suelen transmitir moscas y mosquitas. La famosísima mosca tsé-tsé es un buen ejemplo de lo que digo.
En los últimos años, los científicos han descubierto un nuevo tipo de glossina (la Glossina delirans) cuya picadura causa una enfermedad del sueño diferente a la que produce la más conocida Glossina morsitans, que es la responsable de la tradicional.
El parásito que transmite la delirans tiene unos efectos diferentes al de la morsitans, afectando al sueño onírico más que al físico y dejando al individuo infectado en un estado de ensoñación psico-traumática permanente, de la que no suele recuperarse.
Otro peligro de la delirans es que su campo de actuación no se reduce al continente africano, como sucede con la morsitans, sino que está presente en todo el mundo y, muy especialmente, en los climas templados.
La falta de vacuna y ausencia de estudios clínicos contrastados sobre esta grave patología, convierte a la Glossina delirans en una seria amenaza para la salud pública, contra la que una profilaxis permanente e intensiva es el único remedio conocido, ya que, una vez infectado, no pueden aplicarse otras medidas que las paliativas. No tiene cura.

Luego están las mosquitas. Y, en este grupo, debemos distinguir a las vivas de las muertas.
En contra de los que parece lógico (y sería lo normal), las últimas son mucho más mortíferas que las primeras. El motivo principal de esta diferencia, a la hora de evaluar sus efectos, es el grado de indefensión que provocan unas y otras. Las vivas se mueven, alegremente, en espacios habitados convencionales y, careciendo de la pesadez de los moscones, no conllevan, en la mayoría de los casos, riesgo alguno.
Por el contrario, las muertas son peligrosísimas. Su aspecto es tan inofensivo que nadie se protege de ellas. El contagio se produce con el simple contacto y, a veces, puede llegar a suceder tan solo con por una cierta proximidad, ya que sus efluvios son nocivos.

Además, las mosquitas muertas actúan, por igual, en todas las estaciones del año. Son inmunes al frío y al calor (algo que es fácil de comprender, dada su supuesta condición de 'muertas'). No es fácil librarse de sus mortíferos ataques, pero, como de algo hay que morir, si alguien perece por esta causa, lo mejor que puede hacer es aceptarlo con deportividad.
Y, si aún está a tiempo de evitarlo, que haga como Nicola di Bari en el 71 y que se aleje de la zona de riesgo, cantando aquella bonita canción...

viernes, 12 de diciembre de 2014

El Café del Olvido

Suelo ir con frecuencia a este pequeño café, escondido en una recóndita placita de cuyo nombre nadie parece acordarse.
Allí todo sucede despacio. Nadie tiene prisa por pasar a engrosar la larga lista de los que ya nunca serán recordados, aunque, de vez en cuando, aparece alguien acelerado, como con ganas de ser retirado cuanto antes de la memoria colectiva. No es frecuente, pero sucede.

Antes iba allí más asiduamente, cuando mis viejos compañeros de tertulia todavía no habían desaparecido de las mesas que siempre ocupaban en las tardes de invierno. 
Es cierto que viene gente nueva, sí, pero son desconocidos para mí. Son personas despistadas, aturdidas, incapaces de soportar el ambiente lento que se respira en el café.
Y eso que las camareras se han mantenido jóvenes a través de los tiempos. Siguen siendo las mismas que yo conocí hace décadas, y su aspecto no ha cambiado. Altas, delgadas, con el pelo siempre recogido en una coleta y con su bien planchado uniforme tradicional de bistrot francés. Ellas son lo único que se mueve velozmente por la sala. Bueno, ellas... y mis pensamientos, que navegan entre las sillas del café, se deslizan por la barra y, en ocasiones, se detienen junto a esas botellas perfectamente alineadas que nunca han sido utilizadas más que para crear un ambiente imprescindible para decorar la debilidad de la constancia humana.

En este café es fácil olvidar. Los tristes olvidan que lo son, y los alegres no recuerdan su felicidad. Allí todo se olvida.
Los más veteranos del lugar cuentan que, hace muchos años, cuando los cafés de moda en Madrid eran Zahara, Fuyma y Fuentesila, todas las tardes se sentaba en la mesa del rincón, junto a la ventana, una chica solitaria. Se acurrucaba tras su taza de té y pasaba las horas leyendo a Proust. No hablaba con nadie, solo leía. Y, cuando su mirada se apartaba por un momento de las páginas del libro, se quedaba perdida, flotando en el vacío. 
Al escuchar esta historia, yo siempre pensaba en la pobre Aguedilla, la loca de la calle del Sol, que mandaba moras y claveles a Juan Ramón Jiménez y que él recordó en la dedicatoria de su Platero.

Sin embargo, quienes llegaron a conocerla dicen que se llamaba Alondra y que, a finales de enero llevaba en la mano un ramo de mimosas, que sustituía en febrero por un ramillete de flores de almendro, prendido en la solapa de su abrigo beige. 
Alondra, como es lógico, voló un día. Puede que una mañana de otoño, cansada de buscar un tiempo perdido que nunca encontró. No volvieron a verla.

Yo, cuando voy solo al Café del Olvido, me siento a su mesa. En el rincón, junto a la ventana. Y escucho el eco de una canción que quedó enredada en aquella esquina. Luego, al salir del café, vuelvo a olvidarlo todo.
Pero no sirve de nada: ella lo olvidaba mejor que yo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Ojo que no ve...

El corazón no siente cuando el ojo no ve lo que no quiere ver.
Esto es, más o menos, lo que viene a decir la vieja sentencia que Zaratustra atribuía al sexo femenino, cuando eran ambos ojos los que no veían (en realidad, 'no miraban') lo que no convenía, con el fin de mantener fríos sus sentimientos.
Mi amigo Mala Estrella, por el contrario, utilizaba un refrán parecido (creo que de su invención) para referirse a lo que le sucedía, en una situación similar, al sexo masculino del género humano: 'Ojos que no ven... bofetada que te pegas'.

Ambas frases encierran un pensamiento físico-filosófico que yo no voy a cuestionar, aunque sí me gustaría reflexionar, brevemente, sobre lo que ocurre cuando solo es un ojo el que no ve.
Esta circunstancia sucede cuando la persona que quiere acompasar los latidos de su corazón (o la amígdala de su cerebro) a los intereses particulares del momento, no desea perder del todo la perspectiva de lo que sucede a su alrededor.
Para poner en práctica con éxito esta técnica conviene estar bien entrenado, ya que, en caso contrario, se corre el serio riesgo de cerrar el ojo equivocado y mantener abierto el que deberíamos retirar de la realidad, lo que podría traer aparejada la desagradable consecuencia de observar la verdadera naturaleza de lo que se siente y poner en peligro la necesaria frigorización cordial que se pretende con el guiño continuado del occhio della verità (que es como la boca, pero no muerde).

En la complicada vida contemporánea es mucho más aconsejable utilizar el método del ojo individual que el, más tradicional, cierre de ambos, puesto que con el permanente ajetreo personal, familiar y profesional que conlleva la frenética actividad de nuestros días, siempre podríamos acabar dando la razón a Mala Estrella, incluso sin pertenecer al sexo masculino.

Otra de las ventajas de cerrar solo un ojo a la verdad es que el funcionamiento emocional del corazón se ralentiza, sin llegar a paralizarse del todo, lo que permite seguir manteniendo sentimientos solidarios con la pobreza de los niños en África o sentir moderadas palpitaciones cada vez que vemos el anuncio de la lotería de Navidad en la tele, por ejemplo.
Eso sí, aleja categóricamente otras emociones más cercanas y, desde luego, deja al margen de cualquier sentimentalismo ñoño y trasnochado a las personas que han demostrado que nos quieren y siguen empeñadas en ello cuando ya no nos interesa que lo hagan.

He oído que se están poniendo de moda unos parches de fantasía, fabricados en China, que causan furor en los colectivos más sofisticados. Se venden por Alibaba.com, bajo la marca Zoroastro y creo que son la última tendencia entre sirenas y cariátides. 
Y es normal que esto suceda, porque la actualidad comercial debe estar atenta a lo que demanda la sociedad. Todo evoluciona y no era lógico que la insensibilidad siguiera siendo indiscriminada en un mundo cada vez más preocupado por la ecología, la comida biológica y la inteligencia emocional, valores que se adaptan a la perfección a estos parches oculares que suelen venir combinados con sistema de cupones para participar en el sorteo de viajes al paraíso de 'Irás y no Volverás'... ¿o eso era un castillo? 

martes, 9 de diciembre de 2014

Martine y Nathalie

Quedaron a comer en el patio del Costes porque dos chicas como ellas no podían elegir un sitio cualquiera para verse. Aunque fuese para discutir un asunto tan delicado.
Allí, bajo un toldo blanco y en un ambiente sofisticado, estarían bien protegidas de la vulgaridad, pero sin prescindir ni por un instante de su necesaria exposición pública, siempre relajada e indolente, como si flotasen sobre el mundo pre-navideño que acechaba fuera.

Nathalie no paró de dar explicaciones a Martine. Era una historia larga. Una complicación vital y profunda en la que había acabado envuelta por culpa de esas circunstancias en las que suelen terminar cayendo las mujeres como ella.
Martine la observaba con sus ojos claros clavados en los oscuros de Nathalie. Su mirada era tan atenta que parecía llevar implícita una acusación permanente. Escuchaba, sí, pero iluminando el rostro de su compañera con dos focos azules que hacían las veces de mudos testigos en un interrogatorio severo y prolongado. No hacía preguntas. Bastaba con mantener fija la mirada y seria la expresión para que Nathalie se sintiera obligada a justificar con largos y repetitivos razonamientos todo lo que estaba, sin mucho éxito, argumentando.

Era fácil imaginarse a los maridos de ambas. Dos ejecutivos ambiciosos o profesionales de éxito, más próximos al mundo de los negocios, el comercio o el marketing que a una actividad artística o bohemia. Pero los maridos no contaban demasiado, la verdad. Cumplían su función instrumental y todo quedaba encajado dentro del orden debido, al precio de costumbre que, desde luego, incluye para ellos ser padres padres modernos y para ellas madres cariñosas con hijas criadas a su imagen.

A su alrededor, la gente disfrutaba de una comida tardía en un restaurante cuyo estilo no pasaba de moda con los años. De fondo, la música de ambiente dejó de ser, por un momento, de Stéphane Pompougnac para que una vieja canción de Sylvie Vartan se escuchase a través de los bien camuflados altavoces. Como era de esperar, ni Martine ni Nathalie se dieron cuenta. Sin embargo, en una desconocida versión chill-out de su ya lejano éxito, Sylvie insistía en sus eternas preguntas sin respuesta. 
Nadie aclaró qué hacía llorar a las rubias, cantar a las morenas, girar al mundo o cambiar a la luna... así que estas y otras cuestiones quedaron pendientes de contestación para más adelante.

Y algo similar ocurrió con la muda inquisición de Martine. Nathalie volvió a repetir sus circunloquios recurriendo, incluso, a alguna metáfora. De nada sirvió. 

Solo al final, muy al final, Martine hizo una pregunta, sin dejar de mirar fijamente a Nathalie, y mostrando ya un ligero cansancio en su expresión, casi resignada:

– ¿Por qué lo hiciste?
– No lo sé –respondió, en voz muy baja, Nathalie, con la mirada perdida.

A partir de ahí el silencio se instaló en su mesa. Apuraron sus cafés, recogieron sus móviles de última generación y se marcharon despacio mientras surgió, de nuevo, la voz de Vartan por encima de los murmullos de los comensales del patio del Hotel Costes:

– Qu'est-ce qui fait pleurer les bondes? Qu'es-ce qui fait tourner le monde? ... 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Espejos pequeños

Los espejos pequeños son muy peligrosos. Solo te permiten ver reflejada una parte de la realidad y eso entraña el riesgo de que queden ocultas cosas importantes.

Comprendo bien que no es práctico ir por ahí cargando con espejos enormes. Son pesados, incómodos y frágiles. Pero nuestro espíritu también es frágil y lo llevamos a casi todas partes, aunque es cierto que el espíritu es mucho más liviano. Sobre todo, algunos.
Los hay tan ligeros que ni se sienten. Suelen ir escondidos entre la chaqueta y la piel, mezclados con sedas, algodones y unas gotas de perfume. Otros se llevan a mejor recaudo: en el interior de un bolso o, si acaso, en un bolsillo del pantalón. Y, en ocasiones, se nos olvidan en casa... o en la oficina. Esto es algo que pasa con frecuencia cuando se cambia de bolso. 
Naturalmente, también suele suceder cuando de lo que se cambia es de espíritu, un comportamiento que, desde luego, no es nada raro en quienes tienen un concepto consumible de su propia naturaleza inmaterial; lo que no deja de ser adecuado para el tipo de sociedad económica en la que vivimos, en la que determinadas prendas de vestir se sustituyen por otras con habilidad y, a veces, con depurado y elegante estilo. Una de las prendas más habituales para ser utilizadas en este tipo de prácticas es la chaqueta. 

Pero volvamos a los espejos grandes. Pese a que, como hemos dicho, no sea preceptivo (ni siquiera conveniente) llevarlos encima, sí es fundamental asomarse a ellos de vez en cuando, para vernos en nuestra totalidad y no solo en una parte reducida e incompleta.
Hay quien lo hace de forma intencionada, para ver solo lo que más le gusta de sí mismo. Sin embargo, no es lo correcto. 
Lo mismo ocurre con los recuerdos y con la memoria fotográfica de lo que guardamos en nuestra mente. Si lo único que vemos es un segmento de la verdad o de la historia, tendremos una visión distorsionada. Cuando, además, escogemos siempre la parte que nos interesa (o, mejor dicho, que creemos que nos interesa), obtendremos un cuadro que, a continuación, enmarcaremos en una particular sección de los sentimientos para, después, colgarlo de la escarpia de unas emociones poco oxigenadas (y digo escarpia por convencionalismo, ya que en la mayoría de las ocasiones lo que se suele utilizar es un simple 'cuelgafácil').

El resultado será que sobre nuestro pecho o nuestra espalda (depende de dónde lo hayamos clavado) quedará colgando un retrato incompleto que hará las delicias de nuestro orgullo... pero que envejecerá más rápido que el de Dorian Gray.

Cuidado con los espejos pequeños. No nos fiemos de la imagen que reflejan.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Quedarse en Lisboa

Le pidieron que se quedase esa noche en Lisboa.
Desde entonces, la expresión 'quedarse en Lisboa' se ha convertido en una de esas frases que pasan a incorporarse al patrimonio lingüístico universal, formando parte para siempre de ese grupo de expresiones populares que parecen decir una cosa y, en realidad, significan otra. 'Brillar por su ausencia' es un buen ejemplo del tipo de proverbios a los que me refiero.

'Quedarse en Lisboa' se puede traducir por algo así como hacer una cosa en un sitio diferente al previsto.
No es muy exacta esta interpretación, pero a mí me resulta casi imposible trasladar al castellano todos los matices que van implícitos en estas tres palabras que, además, adquieren un sentido aún más especial cuando termina el mes de noviembre.
Es similar a lo que sucede cuando tratas de expresar con palabras españolas los breves y contundentes nombres con los que arawacos y yakamalures solían definir a los extranjeros que se adentraban en sus inexploradas regiones selváticas (de los que quienes han leído las célebres aventuras de los líderes del Archipiélago Negro, tienen un bien documentado conocimiento).

Tal vez él debió haberse quedado en Lisboa cuando, en el siglo pasado, le pidieron que se quedase allí... pero sin hacerlo. Puede que su ausencia brillase en la capital portuguesa (sin duda, en otro sitio lo hizo) y que, sin embargo, el fulgor de su presencia en el lugar de su retorno aproximado, resultase, a la larga, fatuo y doloroso.
Es algo que nunca quedó claro, si bien su percepción ha ido evolucionando con el tiempo, lo que no es raro que suceda en estos casos.

Ahora, tanto tiempo después, me dicen que, cuando se reflexiona sobre ello, las conclusiones son contradictorias. Por un lado, se lamenta la tristeza de lo que se acabó mostrando estéril y, quizás, inexistente. Por otro, el hecho de que el destino temporal sustitutivo fuese el de introducirse en el corazón de un poeta andaluz tan importante, cuyos versos fueron cuna de sueños tan olvidados como iridiscentes, ilumina un recuerdo que se resiste a aceptar la iniquidad como trasfondo permanente.

Alguien, con evidente (y, probablemente, justificado) cinismo, le dijo que para 'quedarse en Lisboa' no era necesario 'estar en la inopia'. Y, claro, traer a la memoria esas palabras produce un daño irreversible, al verse obligado a reconocer que el sentido de aquella inopia era el que podríamos identificar con una indigencia, pobreza y escasez espiritual, desconocida entonces y magnificada después.

El riesgo principal de todo ello no es otro que 'haberse quedado en Lisboa' para no regresar nunca, lo que implica una contradicción de tales proporciones que ni los arawacos serían capaces de resumir en dos cortas palabras.
Es entrar en un limbo del que solo se podrá salir cuando el poeta de Moguer recupere su vigencia y regrese vivo de su exilio voluntario. Algo que, a todas luces, es improbable que suceda (aunque aceptamos que no es, del todo, imposible).

Por otro lado, se plantea un problema secundario para solucionar este dilema existencial... ¿será preciso volver a quedarse o, por el contrario, habrá que marcharse para que el regreso sea posible? 
Tendremos que buscar la respuesta en una nueva edición de las obras completas de Juan Ramón Jiménez que, como todos sabemos, están pendientes de ser editadas por culpa de una controversia que aún tienen sin resolver sus dos principales editores.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Black Friday

Cuando se acerca el mes de diciembre, todos los viernes empiezan a ser negros.
Los pavos ya no pueden dar fe de ello, pero la realidad es que se van aproximando unas fechas en las que las luces de colores contrastan con la oscuridad de los viernes.
Poco importa que en Filadelfia sintieran que el tráfico se complicaba el cuarto viernes de noviembre por culpa de unas rebajas sorprendentes para quienes solo estábamos familiarizados con las de enero y julio.
Pero claro, las rebajas hace tiempo que se generalizaron en las relaciones humanas. 
Y, mucho más, en los viernes. Cuando se atisba el invierno, todos los viernes se van cubriendo de alquitrán, poco a poco.
Es verdad que luego, en enero, serán aún más negros, pero, claro, ya estaremos acostumbrados.

La Navidad aparece en el horizonte de la vida comercial de las ciudades y los conductores hacen un penúltimo esfuerzo, a favor, siempre, de los vendedores de gasolina, para llenar las calles más céntricas y las socorridas rondas de circunvalación.
Porque la circunvalación adquiere especial relevancia en estos viernes negros que empiezan cuando el otoño entra en su último mes y el invierno de la deslealtad se despereza, ultimando los planes para culminar una 'solución final provisional' que haría palidecer de envidia a los muy enloquecidos ideólogos del más trágico disparate de un pasado que no se puede ni debe borrar de la memoria colectiva.

El dramatismo de los viernes negros nada tiene que ver, afortunadamente, con aquello, aunque también se construye desde los cimientos de un desatino que a nada positivo conduce. 

¡Comprad, comprad, malditos! parece leerse en anuncios y periódicos. Y así, alienados por la lucha contra el desconocido misterio que se oculta tras las costumbres adquiridas, a cuenta del inventario económico de una sociedad que camina entre la bulimia espiritual y la estulticia cósmica, las compactas multitudes que antaño anhelaban libertad, hoy se mueven por las avenidas cibernéticas y se deslizan sobre las aceras desgastadas por las suelas de los zapatos de unas masas que han surgido de la nada, aspirando a la más absoluta miseria.

Todos buscan las luces de SEPU, de los Almacenes Rodríguez, de Quirós, de Galerías Preciados... pero siendo incapaces de admirar los escaparates de Madrid-París, por culpa de los grandes soportales que los esconden, los transeúntes pasan de largo por la vida, ignorando lo que se está gestando en las trastiendas de los viernes.
Como dice Cohen, "The ponies run, the girls are young... the odds are there to beat"
Porque los barcos esperan (esperaban), alejados de los muelles de la verdad, para cumplir con la servidumbre de una esclavitud fondeada en la triste bahía de la soledad. De una soledad que genera ingratitud y la esparce por unos mares que contaminan con sus vertidos tóxicos y ennegrecidos... tan oscuros como los viernes de ese próximo invierno que nos amenaza con su recuerdo.

martes, 25 de noviembre de 2014

Plus

La gente sensata tiene muy clara la relatividad de la belleza. Sin embargo, pese a esta realidad racionalizada por casi todos (incluyendo a muchos no catalogados como integrantes de la cofradía de la sensatez), la belleza juega un papel decisivo en casi todos los aspectos de la vida.
Ahora bien, dentro del amplísimo espectro de las realidades subjetivas, es poco discutible que, precisamente, la belleza ocupa una de las posiciones más prominentes. Quiere esto decir que, así como hay otros conceptos en los que parece haber mayor consenso sobre unos criterios objetivos determinados, cuando se trata de juzgar la belleza, la subjetividad es lo que prima.

No me refiero solo a la supuesta belleza de las personas (temporal donde las haya, efímera y tan leve como el maullido de un gatito afónico), sino, también, a la que podríamos llamar 'belleza con mayúsculas' como, por ejemplo, la del arte. 
Hay otras bellezas menos subjetivas, tales como las florecillas del campo, los paisajes relamidos y los escenarios grandilocuentes, pues ni los cursis ni los cazurros suelen arriesgarse a discutir beldades tan arraigadas en el imaginario popular (y, sobre todo, tan intrascendentes para los intereses particulares de quien las juzga con el lógico desapego de importarle poco o nada la posible belleza de, digamos, una mariposilla revoloteando en una florida mañana de primavera).

Para opinar sobre la belleza del arte es necesaria una cierta cultura (a ser posible, ancestral) y, en mucha mayor dosis, una sensibilidad (que no sensiblería) profunda, ya sea innata o cultivada.
Esta sensibilidad debemos entenderla como una facultad de sentir y cualidad de los espíritus sensibles, pero, asimismo, como una capacidad de respuesta a pequeños estímulos o excitaciones.

Y, claro, la vida (no solo la moderna) no es propicia a que la mayoría de la gente lleve esta característica tan imprescindible hasta niveles altos de eficacia. La naturaleza tampoco favorece a que hombres y mujeres desarrollen condiciones ventajosas para conseguir una sensibilidad elevada. Eso sí, en unos y otros esta carencia suele estar motivada por causas diferentes. En el sexo masculino tiene orígenes arcaicos, relacionados con la brutalidad que, durante milenios, se ha considerado consustancial con su personalidad y estilo de vida secular. Podríamos decir, por tanto, que es algo recibido del exterior. 
Por el contrario, en el femenino tiene un origen que podríamos denominar interior, por ser, en buena medida, una reacción innata y colectiva a una educación, que también se pierde en la noche de los tiempos, y que ha pretendido encasillar a la mujer en un rol contra el que ellas han venido rebelándose desde un principio, por lógica y, desde luego, por justicia. Esto se ha traducido en un sentido práctico, con tintes de escepticismo académico, más próximo al mundo de la economía o al de la política que a los de la abstracción o la guerra, por poner un par de ejemplos muy generales que, como todos entendemos, admiten múltiples excepciones.

El caso es que, hombres y mujeres, no han tenido fácil su adaptación a la especial sensibilidad que requiere la apreciación de la belleza y, en consecuencia, se han mantenido en guardia ante algunas de sus manifestaciones. 
En otras, cuando la belleza ofrece un plus, la cosa ha sido distinta.

Un plus es lo que podríamos llamar un 'algo más'. Eso que eleva un grado la percepción del objeto juzgado, en función del valor añadido que representa para el interesado.
Es fácil de explicar. Por ejemplo, para un coleccionista de sellos, una estampilla valiosa tiene un plus que aumenta la percepción de su belleza real.
Lo mismo pasa con las personas. La juventud de un individuo determinado, su posición social o económica, su profesión, su personalidad y estilo o un tratamiento privilegiado por parte de los medios, le otorgan un plus que se añade, de forma automática y, a veces, inconsciente, a sus cualidades físicas objetivas.

Pero no siempre el plus es inconsciente. En frecuentes ocasiones, el plus es aplicado de forma premeditada y sin necesidad de autoconvicción. Son estos pluses convencionales los que animan a determinadas personas a modificar la belleza a su antojo y, claro está, siempre en la dirección y el sentido de su propio beneficio. Luego, cuando el momento ha sido superado y las circunstancias se han modificado, se retira el plus y la belleza percibida retrocede a su estado original. Es la 'belleza flexible', que llaman algunos. Una música practicada con esmero por los amantes (a veces, se autodefinen así en público) del acordeonismo emocional, que estira y encoge los sentimientos como si fueran las celebérrimas tripas del tal Jorge.

No son buenos tiempos para la poesía. En realidad, no lo han sido nunca. Salvo cuando rondaba en el ambiente algún plus que otro por ahí suelto.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Truenos y nazarenos

Leer a Machado es una costumbre muy sana. Algo que todos deberían practicar. Desde luego, mucho más saludable que la tan extendida de correr por las calles asfaltadas de las ciudades (o por sus aún más duras aceras).

En contra del endurecimiento muscular (aparte de alguna lesión que otra) que produce el llamado jogging, la lectura de Machado reblandece las zonas anquilosadas del espíritu y suaviza el comportamiento de una materia gris, que suele estar más o menos envilecida por el inevitable contagio causado por su roce permanente con la vida diaria.
Y, además, tiene la ventaja de ser una lectura que va mucho más allá del extraordinario valor poético de un estilo que es capaz de elevar lo sencillo y cotidiano a un nivel antes reservado para quienes manejaban la poesía desde unos parámetros alejados del lenguaje normal y llano.

Un buen ejemplo de que Machado va más allá de la poesía es el caso de don Guido. 
La historia que tan poéticamente, y con esa suave y hasta tierna ironía que suelen rezumar los versos del gran Antonio, nos relata una evolución que suele darse mucho en la raza humana.
Cuando don Guido asentó la cabeza, mediante un método de todo punto aspiracional, dio ese paso fundamental que separa a los truenos de los nazarenos (bueno, no a todos, la verdad). Es un salto que he visto dar muchas veces. Y no solo es propio de los hidalgos andaluces, como en el caso de las coplas de Machado, no. Es algo que sucede con bastante frecuencia. 
Lo clásico es lo de don Guido, claro. Es decir, pasar de ser un gran pagano a hacerse hermano de una santa cofradía y salir cada Jueves Santo con un cirio en la mano. Pero hay otras versiones más populares en nuestros días que, sin duda, son las que más abundan.
Son esas en las que no media una reconversión religiosa de por medio. Algo más próximo, quizás, a la dama de Cecilia. O de quienes malinterpretan (por su propio interés) aquellos versos que recita Nuño a su hija Magdalena, en los que la recuerda que su cuna es tan alta que "más que cuna, dijérase que es cama". Magdalena, como de todos es sabido, se lo venía tomando al pie de la letra desde hacía tiempo. 
Al igual que ella, deshonra de los Manso de Jarama, muchas otras personas buscan palabras antagónicas pero de dulce rima (a ser posible, consonante), tal como sucede entre trueno y nazareno.

Es algo así como lo que sucedía en ese magnífico juego de Crone llamado 'Turistas y Piratas', en el que, cuando un jugador estimaba que era el momento idóneo para sus intereses, gritaba "¡Todos piratas!" y los pacíficos turistas se convertían en feroces piratas, viéndose obligados a combatir entre sí para poder ganar la partida.
No es exactamente lo mismo, porque en el imaginario juego de truenos y nazarenos (que nunca fue editado por Crone, pero que yo estoy considerando muy seriamente lanzar al mercado) no todos los participantes se convierten en nazarenos, sino que solo lo hace el que ve más propicio para sus mermados intereses (como la riqueza de don Guido) dejar de ser trueno y convertirse en una especie de hermanita de la caridad, incapaz (en apariencia) de haber roto un plato en su vida.

Y funciona. Es un método que funciona. Unas buenas y bien visibles gafas para adoptar una apariencia más seria, un peinado más formal y un vestuario de colores más discretos son complementos indispensables para completar una metamorfosis que daría envidia, por lo bien conseguida, al propio Kafka.
Después, lo tradicional... "... a escándalos y amoríos poner tasa, sordina a sus desvaríos".

Tal vez así, alguien acabe escribiendo un postrer llanto a sus virtudes nazarenas, olvidando los muchos y sonoros truenos que las precedieron.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Los pájaros

Para muchos cinéfilos, la película de Hitchcock así titulada es una de las más memorables del gran director del suspense. Tal vez más por la angustia que produjo un argumento que está presente en las pesadillas de más de uno que por la pura calidad cinematográfica del film. 
Da igual que, como pasa en muchas de sus obras, el bueno de Alfred no se preocupase demasiado por la perfección técnica de los efectos especiales. El tema está tan bien escogido para producir el desasosiego en el espectador y su puesta en escena es tan dramática, que el gran público se siente incapacitado para reparar en semejantes 'pequeñeces' artísticas.

Claro que estas cosas no suceden por casualidad. Me refiero al hecho de que mucha gente tiene problemas con los pájaros.
A ver, es cierto que hay muchas clases de aves. Algunas de aspecto dulce, alegre y hasta simpático, capaces de inspirar simpatía y ternura. Sin embargo (aunque, por algún motivo, parece que no es políticamente correcto reconocerlo), los pájaros pueden llegar a despertar un cierto temor, casi supersticioso, que un buen número de personas procura disimular o, incluso, acallar en su fuero interno.
De ahí el gran acierto del maestro Hitchcock. Su teoría debía ser que todos hemos sentido, en algún momento, una cierta sensación de que lo que ocurre en su película puede suceder en la vida real. Por eso el público que tanto sufrió viendo los furibundos e incontrolados ataques de los pájaros de Bodega Bay a la elegante Tippi Hedren, salía de las salas de cine desconfiando hasta de los inofensivos gorrioncillos que encontraban a su paso.

Pero no hay que obsesionarse con los pájaros. Las personas no somos tan diferentes a ellos. No es raro que se nos acerque alguna en aparente son de paz y con aspecto de inocente ave, portando una ramita de olivo en el pico, para, en un momento imprevisto, cambiar el gesto y, deshaciéndose de la ya innecesaria rama bíblica, lanzarse a un ataque violento y despiadado contra nosotros.
Tampoco decimos que los pájaros sean malos, no, pero, ampliando el sentido original de la célebre frase de Casanova, podríamos afirmar con él, refiriéndonos a las aves, que no siempre las más bellas son las mejores (él aseguraba que no siempre las manzanas más bellas son las que mejor sabor tienen).
De todas formas, como, sin duda, Blancanieves le matizaría, eso no es lo peor, sino que sean las más bellas y tengan el mejor sabor... pero sean venenosas.

Los pájaros... esas deliciosas criaturas voladoras que adornan los cielos y los campos, alegrando con su canto las mañanas de primavera...
Las dulces aves que iluminan con su vuelo la nostalgia y el recuerdo...

Los pájaros... los pájaros.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Una voce poco fa

Me gusta oír a Callas cantar la cavatina de Rosina (cuyo título suele ser mal traducido, con frecuencia, al español por culpa, quizás, del invertido orden natural de las palabras italianas originales con las que está escrito su primer verso).
Es, desde luego, una de mis óperas favoritas, que procuro escuchar tantas veces como tengo la suerte de coincidir con alguna de sus representaciones, allá por donde voy. Pero nunca se la oí cantar en directo a Maria Callas... ¡cuánto me hubiese gustado!

No deja de ser curioso recordar que la más popular ópera de Rossini, tan aclamada hoy en todo el mundo, fuese un sonoro fracaso el día de su estreno, durante los carnavales romanos de 1816. 
Claro que esto es algo que no debería sorprendernos, teniendo en cuenta la cantidad de realidades vitales que, sin haber sufrido modificación alguna en su naturaleza, pasan del desastre al éxito (y viceversa) con relativa e inconsistente facilidad. Ya decía, hace un buen puñado de siglos, nuestro amigo Heráclito que todo fluye y que nada permanece, poniendo en tela de juicio algunos de los grandes principios del poema de Parménides, el primer gran filósofo metafísico puro cuya obra ha llegado (al menos, en parte) hasta nosotros.

Aunque yo sostengo, modestamente, que ambos hacen un análisis recto y riguroso de la verdad del hombre y de su naturaleza. "Pero tú no volverás", decía el poeta, filosofando tras leer a Machado, lo que no implica que lo esencial no cambie.
Ya sé que es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Lo que no es imposible es bañarse una vez y que el baño dure toda la vida. Luego, eso sí, habrá que entonar la melodía de esa canción de Joe Dassin, a cuya letra conviene prestar mucha atención.

Las razones del cambio pertenecen al secreto del sumario universal, que nunca puede ser revelado porque pondría en peligro la integridad de una sociedad que tiene por tendencia aceptar los intereses particulares, bajo la falaz sombrilla de una supuesta libertad que siempre se mueve en la misma dirección espiral, de fuera hacia dentro.
Yo no lo juzgo como maldad, sino como rareza. Porque lo común me parece raro. Es evidente que Neverland es una isla ficticia, por mucho que la Real Academia se empeñe en definir de una manera concreta determinados adverbios de tiempo.

De ahí la trascendencia de la cavatina de la dulce Rosina, dócil y respetuosa... hasta que tocan su punto débil. Entonces (ella misma lo confiesa) se convierte en una víbora, capaz de servirse de cien trampas antes de ceder. Y todo ello, sin perder la compostura ni la brillante suavidad de su voz que, en el caso de la Callas, vienen acompañadas de unos gestos y miradas que solo están al alcance de quien es un genio de la escena, además de serlo de la música.
Porque no es que la voz de Rosina haga poco, no. Lo que ocurre es que en su interior resonó algo que la indujo a un juramento... de esos que se hacen para poder romperlos, justo cuando el llamado punto flaco empieza estar seriamente amenazado por los implicados habituales.

Lindoro-Almaviva y el mismo Dassin, tendrán que cargar con todo. Incluso con la calumnia, si fuese preciso, pues nunca faltará el Don Basilio de turno, dispuesto a lo que sea menester. Ni una Rosina con alma de alondra que lo secunde.

viernes, 14 de noviembre de 2014

The woman in the window

Edward G. Robinson es uno de mis actores preferidos. Y, también, me gustan los escaparates. No solo los de cristal, que hay uno con nieve en invierno en el que aprendí a esquiar por el que, como es lógico, siento un gran afecto, pese a que ya no sea recomendable acercarse al puerto de Navacerrada en invierno.

Claro que los de cristal tienen un atractivo especial que, como en el caso de mi admirado Robinson, combinados con el retrato al óleo de Joan Bennett y la mano maestra de Fritz Lang, son susceptibles de producir reacciones en cadena de consecuencias bastante imprevisibles.

Hollywood tuvo un arte especial para manejar el blanco y negro que nunca llegó a igualar con la aparición del color, aunque debo reconocer que el Technicolor fue capaz de producir matices muy notables, nunca superados (en mi particular opinión) por otros procesos posteriores utilizados para impresionar negativos en color.
Además, parece que en este formato de pantalla y gracias al dramatismo del blanco y negro, se transmiten mejor ciertos mensajes.
En la excelente película de Fritz Lang, se nos muestra cómo una serie de pequeños errores que, en sí mismos, no parecen entrañar mayores riesgos y que son asumidos por quienes los cometen con cierta reticencia y una actitud relativamente cuidadosa, pueden desembocar en trágicos e imprevisibles sucesos que, bajo la amenaza de una intangible presión social a la que el comportamiento humano está sometido sin remedio, se convierten en la materialización de un destino fatal contra al que parece ocioso enfrentarse.

El sorprendente final de la película no hace sino confirmar la tesis del argumento central del guión y de la novela Once Off Guard, de J.H. Wallis, en la que está basado. Por cierto que, si bien los títulos de la película (tanto el original como el algo menos sugerente en español, no por impreciso, sino porque desvía el foco de la idea central) son correctos, es mucho mejor el de la novela, ya que resume en fondo filosófico de su discurso. Tampoco es una casualidad la profesión del personaje de Robinson, ni la de sus dos amigos.

Con independencia de las cualidades cinematográficas de una película poco recordada en nuestros días, es preciso reflexionar acerca de lo que plantea la historia. 
No, necesariamente, para evitar riesgos, sino para entender que afrontarlos nos pone a salvo de muchos tipos de chantaje, a veces sorprendentes, que no siempre son tan simples como los descritos en la obra de Lang/Wallis. 
De igual modo, la mayoría de los resúmenes que he leído (en los que se trata de explicar en pocas líneas, la trama de la película) no reflejan, en absoluto, su verdadero espíritu, que va mucho más allá de lo que se cuenta en ellos.
Y, desde luego, a mí me parece irrelevante el mensaje ultraconservador que subyace en el guión (resuelto con simpatía, en cualquier caso), ya que lo importante no es la postura que se tome ante la vida, sino la forma en la que la naturaleza humana está sujeta a las, llamemos, 'inclemencias' del destino. Un destino al que, sin duda, contribuimos pero que no nos pregunta en cada una de las tiradas de su ruleta.

O sea que, como diría Antonio Guijarro (con música de Augusto Algueró, eso sí), la vida es una tómbola. Aunque, en ocasiones, juguemos a través del cristal de un escaparate... o de un sueño.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Soberbias movedizas

La soberbia es una enfermedad que se presenta bajo síntomas equívocos.
Los especialistas que han estudiado a fondo esta dolencia aseguran que, muchas veces, es difícil de detectar, ya que su sintomatología tiene múltiples coincidencias con otras alteraciones de la salud.
Los frecuentes pinchazos en el pericardio que sienten los afectados por esta enfermedad pueden confundirse con crisis agudas de ira, que, como está documentado por un gran número de estudios clínicos, también se producen, de forma intermitente, en estos casos.

El temor al riesgo de sufrir ansiedad depresiva suele provocar una reacción crónica inversa, capaz de desembocar en una automotivación en cadena que conlleva una hiperactividad de las glándulas supraesquizoides, lo que se traduce en un cuadro psicosomático estable y resistente a los específicos éticos de uso tópico.

Pero no es este artículo el lugar apropiado para una disquisición profunda, bien reflejada ya en un gran número de revistas hipocritocráticas (no confundir con las hipocráticas), sino para trasladar otro tipo de consideraciones, menos científicas y, en consecuencia, más cotidianas y vulgares.

Las soberbias confusas (habituales cuando el paciente se siente aislado de su entorno natural) pueden tener una serie de efectos secundarios indeseables que se traducen, de forma sistemática, en un sentimiento de profunda soledad, derivando en la incapacidad de solicitar la imprescindible ayuda ajena, siempre necesaria para salir del trance.
El movimiento psicológico helicoidal que suele causarlas está originado por lo que se conoce como efecto sacacorchos unidireccional, lo que implica que solo se profundice (insistentemente) en el tapón del propio ego que bloquea la conciencia y, al no tirar de él en sentido inverso, se acabe por hundirlo en la botella, imposibilitando, en definitiva, su extracción. 

El soberbio accidental no sabe que lo es. Por eso no hay que tenérselo en cuenta. Se equivoca, por ir al norte va al sur, cree que el trigo es agua, que el mar es el cielo, que la noche la mañana...
Y, sumido en esos errores, corre riesgos importantes. Entre otros, el de administrarse un tratamiento contraindicado, ineficaz para su mal y que, incluso, puede agravarlo.
No se da cuenta del terreno pantanoso por el que se está moviendo, plagado de pozos ocultos, en los que el fango y la arcilla se mezclan con el orgullo, creando un fluido denso y viscoso del que es muy complicado salir por uno mismo.
Sin embargo, aceptando ayuda es fácil salir de esa masa gelatinosa y espesa que nubla la voluntad e impide moverse en otra dirección que no sea la descendente.

Los científicos ya han descubierto que no todos los tipos de soberbia son iguales. Saben muy bien que hay soberbias defensivas, que no ofenden porque, en el fondo, se están protegiendo de ellos mismos. Pero buena para quien la sufre, no hay ninguna que lo sea.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Luka, Lucas y San Lucas

Llevaba dando vueltas varias horas. Por algún motivo, esa mañana fría y un poco lluviosa no le había quitado las ganas de salir a la calle a dar un paseo. Era una costumbre nueva que estaba adoptando desde unas semanas atrás. Todavía estaba convaleciente de aquella crisis de ansiedad y había comprobado que andar durante un buen rato por las mañanas le sentaba bien. Además, le gustaba.
Pero ya empezaba a estar un poco cansado y algo destemplado, así que pensó en hacer un alto en el camino y tomarse una taza de té bien caliente, para recuperar fuerzas.
Pasó junto a la alta verja de un sorprendente jardín con altas palmeras que apareció, de repente, a su lado, frente a la austera fachada lateral de una iglesia que parecía ser mucho más importante por dentro que por fuera, y giró a su derecha por la primera calle. 

Lucas no pudo evitar detenerse un momento, al ver el letrero azul que anunciaba el nombre de la calle, que dejaba muy claro que estaba dedicada a su santo patrón, el evangelista de Antioquía.
Tras pasar por la puerta principal del palacio cuyo jardín acababa de ver antes de doblar la esquina, vio, en la otra acera, una banderola con un cartel: "El Huerto de Lucas". 
Cruzó la calle y atravesó el umbral de la entrada. Se encontró con un luminoso patio acristalado, rodeado de pequeñas tiendas de productos comestibles de distinta índole, pero similar naturaleza, en el que unas cuantas mesas y sillas de madera y metal acogían a unos pocos clientes. Por encima de sus cabezas, colgando del techo transparente, múltiples macetas sujetas por redes completaban un ambiente acogedor y, desde luego, inesperado en una calle tan estrecha, recoleta y antigua.
Lucas pidió un té Darjeeling y se sentó cerca de una columna de hierro, alta y esbelta.

Ella estaba en la mesa de al lado. Advirtió su silenciosa presencia mientras, distraído, esperaba el té.
Estaba muy seria y atenta a las explicaciones que recibía sobre una ONG de un chico al que Lucas no podía ver la cara. Sobre la mesa, un folleto con la Declaración Universal de los Derechos Humanos que él había sacado de una cartera y ella hojeó, sin leer el texto. Su pelo moreno, recogido en una cola de caballo, contrastaba con unos ojos verdes que solo dejaban de mirar a la pantalla del ordenador portátil que tenía delante para dirigirse a un cuaderno de espiral enorme, en cuyas páginas, de vez en cuando, apuntaba algunas notas con un bolígrafo BIC. Un dragón, enroscado sobre sí mismo, estaba tatuado en la parte posterior de su hombro derecho.

De pronto, la música de ambiente cambió de melodía y empezó a sonar la voz de Suzanne Vega: "My name is Luka...".
Lucas ya estaba tomando su taza de té y sintió como una leve sensación de mareo ayudaba a sus pensamientos a dirigirse hacia un lugar lejano y pretérito, cuya relación con lo que estaba viviendo le resultaba familiar, aunque le resultaba imposible de precisar.
Volvió a mirar a la mesa vecina y lo vio todo como a través de un monitor antiguo de televisión, con sus 625 líneas claramente marcadas. Pese a la clara luz que iluminaba el patio, Lucas percibía una escena monocromática, en la que aquella joven morena que estaba sentada frente a él no dejaba de tomar notas con un ejemplar del célebre modelo de bolígrafo que inventase Marcel Bich en 1950, bautizándolo con una acertadísima versión acortada de su propio nombre.

Lucas había abandonado el raro y confuso mundo real en el que se encontraba inmerso para adentrarse en otro difícil de definir, inconcreto y onírico. La música de Suzanne Vega seguía sonando de fondo. Lucas tuvo la impresión de que la canción se repetía constantemente.
Y ella, inclinada siempre sobre su cuaderno de espiral fina y grande, escribía signos incomprensibles en el cuaderno, mientras el dragón de su hombro giraba sobre un punto central imaginario.

En ese momento, mareado y perdido, cuando las notas del estribillo de Vega sonaban en su cabeza por quinta o sexta vez consecutiva, Lucas recordó que él también vivía en un segundo piso...
Fuera, la lluvia, ajena a todas las pequeñeces de la vida, seguía cayendo con monótona suavidad sobre la vieja calle de San Lucas.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

White Gemini

El blanco suena un poco a silencio. A nieve, incluso a Procol Harum... pero claro, en 16 mm hasta Nelson se tambalea.
El tiempo, a veces, se detiene. Nos encarga cosas que no sabemos hacer, por ejemplo, volver a pensar lo que ya hemos pensado un montón de veces. Entonces, lo pensamos, y lo normal es que volvamos a pensarlo mal.
Da igual que todo sea evidente, que nos lo digan y demuestren, de forma consistente, durante décadas: lo volvemos a pensar mal. ¿Por qué? Pues, normalmente, por miedo, por por pereza y por cansancio... depende de la edad. Los más jóvenes suelen tener miedo (aunque es raro que lo reconozcan), los de edad mediana, pereza (solo se lo dicen a ellos mismos), y los mayores (en este caso da igual que traten de ocultarlo, porque se les nota), por cansancio.

Llega un momento en el que la mayoría de los rostros empiezan a ser casi iguales, pareados (cuando no adosados) y es habitual colocarlos de dos en dos en las alacenas, en los armarios, en los trasteros... sobre todo, en los trasteros.
Porque los trasteros son utilísimos, sirven para guardar en ellos, de forma temporal, todo aquello que nunca más recuperaremos. No porque no podamos hacerlo ni porque no queramos, no. Es porque tenemos miedo, pereza... o cansancio.

El blanco tiene tacto de satén. Es un tacto suave, sedoso... pero siempre nos produce esa extraña sensación de que estamos tocando algo que se puede estropear con facilidad, que se mancha, que se arruga... que tiene una imagen de París al fondo.
Es como un espejo, en el que se ve reflejada la cara del otro como si fuera la nuestra. Un rostro bello, dulce, sin expresión alguna. 
Ni siquiera parece mármol, porque no es duro o frío. Parece escayola. Una escayola limpia y pura, perfecta, repetida sobre sí misma y contraria a sus propios deseos.

El blanco esconde la verdad tras su nitidez impoluta. Es eterno, atemporal, infinito e imposible. Su pureza (doble, en este caso) es prueba fehaciente de que no es real, de que nunca ha existido.
No hay que confundir la blancura con la transparencia. Son dos cosas bien distintas, casi opuestas. La blancura es opaca y tiene una suavidad que no está reñida con esa especie de dolor aséptico que produce su contacto. Un dolor inmóvil que, al mismo tiempo, se nos presenta difuminado y concreto, etéreo y material, de una plasticidad tan imaginaria como la luz que lleva atrapada dentro. Esa luz que, presa del pánico que produce la nada, se divide en dos partes iguales y contrarias, enfrentándose al vacío de un recuerdo que no existe porque ha sido desprogramado de antemano...

Y ya no nos queda otro remedio que seguir esperando a que la estatua de sal recupere la vida. Así sea.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Noche de ánimas

Se había perdido. Y, con esa dichosa niebla que se había echado encima, era muy peligroso seguir conduciendo. ¿Por qué se le habría ocurrido improvisar un 'atajo' desconocido en una noche como aquella?
Terminó muy tarde su conferencia por empeñarse en aquel innecesario coloquio con los estudiantes. Tenía que haberse marchado nada más acabar, pero su vanidad, su condenada vanidad, se lo había impedido. 
Porque se había gustado a sí mismo delante de aquel auditorio entregado, desde el primer momento, a su convincente locuacidad y a su brillante forma de enfocar el tema de su charla: "El nuevo siglo de las luces". 
Ahora, perdido en mitad de una noche más apropiada para los lobos que para un joven escritor de éxito, se arrepentía de haberse dejado llevar por esos ojos tan abiertos, tras la cerrada ovación recibida al terminar su exposición, que le habían invitado a quedarse con aquel grupo, mayoritariamente juvenil y femenino, ansioso por conocer más detalles de sus elocuentes argumentos racionalistas, esos que tan pingües beneficios le estaban reportando con las ventas de su último libro... en el que fustigaba con severa violencia a cuantos se planteaban dudas existenciales ante preguntas cuyas respuestas no cabían en el riguroso territorio de la ortodoxia científica. 

Había parado el coche. No tenía sentido conducir. ¿Qué hora era? ¡Las once y media! ¡Qué idiota había sido! Todas aquellas dulces sonrisas estarían ahora en sus casas o en las de sus novios, tan felices, mientras él estaba dando vueltas por los montes de Galicia, en mitad de una niebla que se estaba haciendo más espesa por momentos.
Pero allí había una luz... una luz amarillenta y casi imperceptible que debía ser de alguna casa. No parecía lejos. Intentaría acercarse, despacio... para no salirse de la carretera o del camino, que ya no estaba muy seguro de lo que tenía debajo de las ruedas del coche.
La luz salía de la ventana de una pequeña caseta junto a una tapia. Llegó hasta ella, volvió a parar el coche y se bajó. Allí no había nadie. Una pobre y solitaria bombilla colgaba del techo, iluminando apenas un cuchitril con una vieja silla y una desvencijada y minúscula mesa. Se movió hacia su derecha, pegado a la tapia para no perderse, hasta que, unos cuantos pasos más allá, se encontró con una verja abierta. Era una puerta que daba a un jardín... o a un patio. Encendió la linterna de su teléfono móvil y vio un arco sobre la verja, con una pequeña cruz oxidada en su parte superior. A un lado, un cartel apenas legible decía: "Cementerio Viejo".

Hacía frío. Y la niebla cada vez era más densa. Lo mejor sería entrar en la pequeña caseta. Quien hubiese dejado la luz encendida tenía que estar por allí cerca, no podía tardar mucho en volver. Entró y se sentó en la silla. Sacó su móvil y comprobó lo que ya se temía: no había cobertura.
Pasaron los minutos y allí no aparecía nadie, así que acercó la silla al rincón más cercano y esperó, medio recostado sobre la pared y cruzando los brazos sobre la destartalada mesa. 

Un pequeño ruido, que no supo identificar, llamó su atención. Faltaba muy poco para la medianoche. Se levantó de la silla y trató de mirar por el ventanuco. No se veía nada, ni siquiera el coche, que estaba a un par de metros.
¡Maldita estupidez! ¿Qué se le había perdido a él en aquel rincón de Galicia, tan lejos de Barcelona?
Sonó un segundo ruido. Esta vez más agudo, más penetrante y largo...
Eran las doce de la noche. La bombilla se apagó de improviso. Todo quedó completamente a oscuras. ¿Dónde había dejado el móvil? No lo encontraba por ningún sitio. 
Entonces fue cuando lo oyó con claridad. Era como si una pesada piedra estuviese arrastrándose sobre otra, emitiendo un chirrido desagradable y siniestro... ¿O era un portón de hierro girando lentamente sobre sus herrumbrosos goznes? Algo se arrastraba junto a la caseta, acercándose despacio... muy despacio...

Dio un salto impulsivo hacia donde creía que estaba la puerta y se golpeó en la cabeza con algo que no vio. Se llevó la mano a la frente. Estaba sangrando. 
–¿Hay alguien? –gritó, nervioso. –¿Quién está ahí?
Un reflejo blanco cruzó la pequeña ventana. Su frente sangraba mucho, se mareaba...
La puerta de la caseta se abrió de golpe y se repitió el chirrido, esta vez más cerca. Una luz potente, difusa y transparente cayó sobre su cara desde el umbral de la entrada a la mísera caseta. La cabeza le daba vueltas... el suelo se reblandecía y se escapaba bajo sus zapatos...


*                    *                    *

El sol entraba con fuerza a través del cristal. Levantó sus ojos, incorporándose de la silla y miró por la ventana. Era un día espléndido. Los verdes prados se extendían tras la carretera, trepando por los montes entre bosques frondosos. Apenas unas pocas nubes se deslizaban con suavidad por un cielo azul y luminoso. 

Se tocó la frente. No había rastro de sangre ni de golpe alguno. En su mano izquierda estaba el teléfono, con su foto sonriente en la pantalla, apoyado en lo que parecía la borda de una embarcación deportiva. Salió despacio al exterior. Una tapia separaba las proximidades del arcén de aquella carretera secundaria del bonito huerto que se escondía detrás, en el que los manzanos se asomaban sobre el borde de la valla de piedra. Junto a la puerta que daba paso al huerto, escritas sobre un pequeño rectángulo de madera, se leían dos palabras: "Carpe Diem".

No lo pensó más. Se subió al coche y arrancó. La radio se conectó de inmediato:
–Muy buenos días. Hoy tenemos una mañana alegre y soleada. Desde su emisora favorita les deseamos que tengan un feliz dos de noviembre...
Aceleró con decisión, aunque no pudo evitar lanzar una mirada, de reojo, al retrovisor. Antes de tomar la curva que bordeaba el monte, pudo observar, por última vez, la pequeña caseta junto a la tapia. Y le pareció que... pero ya unos cuantos árboles le impidieron ver nada más. Ni siquiera le permitieron ver el bosque que se extendía, inmenso y poderoso, detrás del huerto. 

martes, 28 de octubre de 2014

No hay prisa

Para las cosas buenas no hay que tener nunca prisa. Hay que dejarlas llegar, cuando quieran, sin precipitar la parte favorable del destino, para que no se estropeen... para que no se rocen con nada.
Es preciso tener en cuenta que lo bueno es delicado. Y si, además, viene por un sendero difícil, tras un viaje largo, complicado y lleno de dificultades, aún es más frágil.
Matizando (otra vez) a Gracián, diríamos que lo bueno, si lento, dos veces bueno.
Porque, como decía el poeta (mi madre, que sabía bastante más que el poeta, lo expresaba de una forma más radical), lo mejor del camino no es llegar, lo mejor es la fe de caminar.
Los últimos pasos son los mejores, los más importantes. Hay que recorrerlos despacio, igual que cuando lo hicimos la primera vez, acercándonos a lo que ya presumíamos extraordinario. Mucha gente se acelera al final y, entonces, es fácil tropezar...  y hasta caerse, por el apresuramiento, la emoción y los sentimientos que se cruzan delante de nosotros, todavía alborotados y confundidos. Sin embargo, el que avanza despacio, llega seguro.
Después de tanto esperar, no tiene sentido correr el riesgo de estropearlo por no permitir a la vida que haga bien su trabajo.
Nada importa que sepamos que ya está claro y decidido. Todo tiene su tempo. Es como querer acabar el Adagietto de Mahler en menos de diez minutos. Sería una falta de respeto hacia las maltrechas emociones de los demás. Llegar así, con prisas, no merece la pena. 
La omnipresente laguna nos espera, como lo hará la muerte en su momento, con los brazos abiertos, dispuesta a recoger nuestros dolores, nuestras angustias, nuestros sufrimientos... y devolvérnoslos teñidos de una feliz nostalgia que tendrá síntomas de eternidad disfrazada de sueño.
Al hacerlo de esta forma reposada es probable que veamos en el horizonte un viejo vapor que se aleja, perdiéndose entre la niebla. Es la parte equivocada de nuestro pasado que se marcha, por fin, de una playa que no necesita estar soleada para que nos sintamos inmersos en una serenidad que venía faltándonos desde los tiempos del cólera... desde que, como le pasaba al coronel, no teníamos quien nos escribiese.

No hay prisa. Ni dudas. Entreguemos, si hace falta, nuestro tributo a Cronos. Es una ofrenda que él nos reclama por habernos perdido en un bosque que se estaba haciendo demasiado espeso y profundo, que no permitía a los ojos alcanzar una luz que se escapaba, sin remedio, atrapada entre el verano y el invierno.

Pero el castigo del tiempo ya se ha recibido y la condena está cumplida. Tampoco es necesario convertirla en perpetua. Por eso, aunque no haya prisa, hay que dejar que fluya la vida. Suave, tranquila... sin resistirse. 
Tardes azules, jardines de mimosas y lilas, escondidos en la memoria, detrás de emociones convulsas y sueños olvidados en septiembres interminables. Dante y Petrarca los veían llegar despacio hasta los Campos Elíseos, sin necesitar más luz que la de la verdad, esa estrella que nunca se apaga y que, tarde o temprano, vuelve a brillar en la noche. 
En una noche que, por estar ahogada en el diluvio, pareció no tener fin. 

Ya solo nos queda el último esfuerzo, el que nos ayudará a traspasar el umbral protector de la melancolía para vencer a la dulce y perezosa tristeza... que tanto nos consuela cuando contemplamos nuestros muchos errores desde el interior de la distancia silenciosa que nos separa de nosotros mismos.

Todas las cortinas están rasgadas. No hay prisa para volver a izar la bandera.