miércoles, 23 de noviembre de 2016

Simonetta versus Giovanna

Cuando dos mujeres llegan a enfrentarse cara a cara es porque la situación (la que sea) ha alcanzado a un punto en el que se hace difícilmente sostenible.
Los hombres, sin embargo, son más proclives al combate fugaz, irrelevante. Y lo hacen como recurso instintivo, que libera energía y evita alcanzar niveles de conflicto más complejos. Todo indica que la sabiduría de la naturaleza provoca esta mayor facilidad para exteriorizar una confrontación que, de no hacerlo con signos de aparente agresividad, podría llegar a crear complicaciones peligrosas a los miembros de un sexo, el masculino, menos preparado psicológicamente para resistir presiones a largo plazo. Una vez liberada la tensión acumulada (muy relativa, casi siempre) el mecanismo interno se sitúa, de nuevo, en posición de marcha y todo vuelve a funcionar dentro de las pautas normales.
Las mujeres (al menos, algunas de ellas) tienen una mayor facilidad para no conceder importancia a cosas que no la tienen, mientras que, por el contrario, les resulta menos sencillo abrir esa vávula de escape que permite despresurizar la 'cabina' en la que viajan sus problemas, por lo que su 'manómetro' personal suele indicar un número de pascales, bares o atmósferas de tendencia creciente, más o menos sostenida.

Pero siendo todas estas disquisiciones fruto de una nada científica generalización (plagada de honrosísimas excepciones), nos sirve para recordar el enfrentamiento que tuvo lugar en la Florencia del Quattrocento, entre dos de las jóvenes más bellas que vivieron en aquellos años de esplendor renacentista: Simonetta Vespucci y Giovanna Tornabuoni.

Vespucci y Tornabuoni (de solteras, Cattaneo y Degli Albizzi) compitieron en belleza en la corte de los Medici. Bien es cierto que (según nos cuentan) existió una pequeña diferencia de edad entre ambas, pero, bajo la perspectiva de más de cinco siglos de historia, ese leve desfase se difumina.
Simonetta era quince años mayor que Giovanna y como murió muy joven (con apenas veintitrés), solo coincidieron ocho en carne y hueso... pero siguen eternamente próximas (y con nosotros) gracias a los grandes artistas del Renacimiento florentino.

La niña Giovanna degli Albizzi asistió, con seguridad, a los festejos de La Giostra de 1475, como lo hizo toda Florencia, y allí pudo presenciar la proclamación de Simonetta como reina absoluta de la belleza, viendo como era adorada por nobles, cortesanos, plebeyos y artistas. Yo creo que aquel día, el 28 de enero de 1475 (fecha –sin duda, no casual– del vigésimo segundo aniversario de Vespucci), esa jovencísima Giovanna decidió que, en unos años, el trono de la belleza florentina sería para ella.
Pero si llegó a lograrlo (que no está claro), fue porque Simonetta murió muy pronto, el 26 de abril de 1476, víctima de una fatal tuberculosis. 
Pese a ello, la Albizzi nunca alcanzó a su rival. Y tampoco dispuso de mucho tiempo para conseguirlo, ya que falleció aún más joven que ella, a los diecinueve años, durante el parto del segundo de sus hijos.

Para Botticelli, la Vespucci fue una diosa, mientras que a Tornabuoni se limitó a pintarla (muy guapa, por cierto), como también lo hizo Domenico Ghirlandai, tal vez con mayor realismo.
El paso de los siglos ha sido, en mi opinión, más generoso con Giovanna que con Simonetta, en especial, gracias al sereno perfil que nos muestra Ghirlandai en su retrato póstumo, acompañado de una disculpa (en los versos del poeta latino Marcial) más lisonjera que veraz.
Sandro Botticelli siguió pintando la belleza de Simonetta durante toda su vida. De hecho sus obras mejores las realizó muchos años después de la muerte de su musa y eterna modelo, a los pies de cuya sepultura reposan los restos del artista, en una iglesia de Florencia.

Hoy las dos, Simonetta y Giovanna, siguen cara a cara, ya para siempre, disputándose una fama que ambas tienen bien ganada.
Y, en mi opinión, al igual la merecen (sin poder disfrutarla) tantas otras mujeres que hacen frente cada día a la adversidad que las desafía y ante la que no se arredran... aunque, en ocasiones, tenga, como ellas, rostro femenino. 
La gloria de Vespucci y Tornabuoni también es suya.

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