lunes, 21 de agosto de 2017

Soledad (lúcida o no)

Como nombre propio va perdiendo actualidad, es cierto, lo que no deja de ser una paradoja en estos tiempos. Las personas se vuelven solitarias con la edad, unas por decisión propia y otras como consecuencia de la vida que han llevado.
Los padres y los hijos desaparecen (normalmente, por distintas causas) y el resto de la familia bastante tiene con lo suyo como para propiciar una actitud social que vaya más allá de lo imprescindible o de lo interesado.
También hay personas que no buscan la soledad, pero se dan de bruces con ella. Incluso puede pasarle a quien se excede en tratar de evitarla y se rodea de multitudes que no hacen más que provocar una mayor sensación de vacío.
El propio nombre de algunos esconde la soledad a la que están destinados. Suelen celebrar su santo en pleno verano, porque es una estación más propicia que el invierno para no sentir el frío contacto de la ausencia de compañía real, de amistad, de verdadero cariño. Pero es un recurso ocioso, poco eficaz en cuanto se alejan de lo auténtico, dejándose llevar por la efímera ilusión a la que suele conducir esa soberbia con la que reaccionan ante sus propios errores.

Nunca les gustó el mes de agosto, ni su nombre, tan proclive a que bomberos voluntarios descuelguen sus sentimientos de la blanca pared que recubre su oscuro pasado.
A mí, sin embargo, es un nombre que me gusta. Probablemente, por el oratorio de la calle de Fuencarral en el que se conserva, junto al Cristo de las Llagas, una antigua imagen de la Virgen de la Soledad. Un retrato que sale poco de su encierro. Y que mantiene su auténtica naturaleza y denominación. 
Además, me gusta la soledad. Es un estado que hace posible muchas cosas, que despeja los sentimientos y fomenta ese ambiente de suave tristeza, en el que, con tanta facilidad, destaca lo bello de lo vulgar. Hasta permite, como diría Kant, distinguir lo sublime de la simple belleza.

En esa esquina de mi calle, tan trágica en su historia, es fácil reconocer emociones que ningún interés mezquino puede ocultar. Aunque ya no esté allí Celestino, el ciego. Ese al que tanto ayudó la familia de Paquito hace más de medio siglo.

Porque, sin duda, existe una soledad lúcida, al igual que hay sueños lúcidos (que son aquellos durante los cuales somos conscientes de que estamos soñando, lo que nos da la opción, a veces, de reconducirlos). 
Esa soledad es magnífica, no exenta de una frágil nostalgia, capaz de quebrarse ante una de esas poderosas manifestaciones de belleza que solo irrumpen, en todo su esplendor, cuando vienen a bordo de una manifestación artística o natural de cierta tristeza, cuya expresión es más intensa de lo que podría percibir un espíritu simple.

Soledad, terrible para el que la sufre sin buscarla, ansiada para el que la persigue sin lograrla... y preciosa para el que disfruta plenamente de esa vida retirada a la que cantó Fray Luis de León:

...
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
...

La otra, la que se adueña de toda emoción, la que llega como poesía en la canción, es mejor escucharla con música y frente al mar... para que las lágrimas se pierdan en el océano, que está repleto de ilusiones perdidas. 





viernes, 11 de agosto de 2017

Madre e hija

Me encontré a la hija de Martine en la terraza del Café du Commerce. Estaba charlando animadamente con una amiga y no me reconoció, así que tuve tiempo para observar la escena y, casi sin quererlo, reflexionar sobre algo de tan poca trascendencia como lo que sucedía a mi alrededor en aquel après-midi veraniego.
La hija de Martine era un poco más morena que su madre y tanto ella como su amiga se movían, mientras hablaban, con ademanes que me parecieron acelerados. Tal vez iban maquilladas en exceso, aunque esta apreciación no deja de ser siempre subjetiva y, en este caso, motivada porque era imposible no fijarse en las más que impecables uñas de ambas (demasiado perfectas, en mi opinión personal). Claro que todo esto era, sin duda, consecuencia de que mi subconsciente comparaba a la hija con la madre, provocando una improvisada competencia, tan inútil como injusta.

Martine era, creo recordar, más atractiva y natural que su hija. Los cuarenta años transcurridos desde nuestro primer encuentro jugaban, desde luego, a favor de la madre, como también lo hacían el lugar y las circunstancias en los que se produjeron aquellos lejanos acontecimientos.

Una concurrida terraza, cubierta por múltiples sombrillas rojas, bajo cuya protección brillaban innumerables bombillas encendidas a plena luz del día, nos rodeaba, creando un ambiente distendido, en el que la hija de Martine y su amiga intercambiaban confidencias (de poca o nula gravedad, por el aspecto risueño de sus rostros) mientras cada una bebía su Coca-Cola, directamente de la botella, con la ayuda de sus respectivas pajitas. 

Es difícil juzgar a los jóvenes de hoy. Siempre nos parece que su actitud es más superflua que la nuestra a su edad, aunque lo más probable es que nuestros mayores pensaran lo mismo de nosotros en su momento. Pero Martine no era así. Era una profesional resuelta y eficaz, que resolvía sus problemas con decisión. Su mirada reflejaba seguridad y determinación. Cuando la conocí me dio la impresión de que se daba a sí misma poco margen para dudar: sabía lo que quería. Tenía un buen trabajo en París y acabó viviendo en una capital de provincia. ¿Por qué? Nunca se lo he preguntado. La vida no es fácil y puede que algunas ilusiones se vayan desnaturalizando por el camino, a medida que el tiempo va haciendo estragos en tus planes, en tus proyectos. "Solo los muy ricos llegan a viejos con algo más que recuerdos", asegura un amigo mío. Y añade: "Cuando digo muy ricos quiero decir que poseen muchas riquezas, claro, pero no necesariamente económicas".

El caso es que la hija de Martine es una mujer actual. No podía ser de otra manera. 
Además, es guapa, alta, delgada, tiene un gesto inteligente y parece simpática. Viste impecable y no se aprecia en su comportamiento ningún síntoma que no se corresponda con los de una existencia feliz. No parece agobiada por nada importante y me atrevería a decir que no tiene más problemas que los habituales de una persona normal, esos con los que uno se encuentra todos los días. Es una chica envidiable, capaz de triunfar y con una larga y prometedora trayectoria por delante. Seguro que es una mujer de éxito...

Madres e hijas, el dilema que no cesa. ¿Es la juventud un valor en sí mismo? ¿Tienen las hijas la obligación de ser mejores que sus madres? Yo no lo sé. Y supongo que no es bueno generalizar, pese a que se trate de un conflicto eterno. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que Martine me gusta más que su hija. Lo siento.

sábado, 15 de julio de 2017

Efimérides

En la vida de todas las personas se producen acontecimientos de apariencia tan notable que, en un primer momento, se piensa que van a ser recordados posteriormente cada vez que llegue su aniversario. Algunos de ellos, incluso, quedan registrados en libros, comentarios y agendas, públicos o privados. Y llega a suponerse, cuando suceden, que se conmemorarán año tras año, por los siglos de los siglos (expresión que, llevada al régimen particular de cada uno de nosotros, viene a significar 'hasta el fin de nuestros días').

Sin embargo, con el transcurso del tiempo, se van decantado aquellos que perduran, mientras que se volatilizan de la memoria los que de duraderos no tenían más que la presunción. Un proceso de destilación natural e inexorable que otorga a cada momento vivido la dimensión que, verdaderamente, le corresponde.

Suele resultar curioso como ciertos hechos, percibidos en su momento como trascendentes,  se evaporan de nuestra consciencia, cuando otros, condensados por ese alambique inmaterial que todos llevamos dentro, no solo se quedan para siempre sino que, a veces, resurgen con una notoriedad que era inimaginable en el instante en el que fueron vividos.

Bien es cierto que la actitud de determinadas personas resulta fundamental para la calificación definitiva de las efemérides. En este orden de cosas (y como consecuencia de ciertos comportamientos ante eventos de indiscutible importancia objetiva), se llega a producir una circunstancia, muy llamativa a mi entender, que entrelaza el recuerdo y el olvido, creando un nuevo estado de atención que posee las características de uno y otro. Es lo que yo denomino efimérides, y que no es más que la combinación de lo efímero con lo duradero. Un buen número de miembros de la raza humana padece (o disfruta) en su personalidad de este rasgo, tan singular en apariencia.

Hay quien dice que es un don adquirido con la práctica y el concienzudo entrenamiento, pero la mayoría de los expertos, se inclinan por asegurar que es innato. 

¿En qué consiste? Pues en algo muy fácil de explicar, pero complicado de practicar (salvo que se pertenezca al selecto grupo de los efiméridos). Se trata de conservar intactos en la mente sucesos fundamentales de la vida, así como sus fechas, pero ungidos con un matiz dogmático (básico e innegable, por tanto) que les confiere la paradójica doble condición de ser duraderos y efímeros, a un tiempo.

El efimérido (dícese del individuo que practica la efimérides con asiduidad) no olvida, ya que sería una demostración de fragilidad intelectual que solo exhibe ante determinadas audiencias, pero convierte en fugaz lo permanente, con el fin de que su evocación no deje huella.

Desde mi punto de vista, no es recomendable extender el efimeridismo (reconociendo, eso sí, sus múltiples ventajas para los escogidos miembros de este movimiento universal), porque conduce a la desnaturalización de la verdad positiva, tan perseguida por filósofos como el padre Mindán. Puede que por esta misma razón, don Mariano Castillo y Ocsiero se decidiese a lanzar su celebérrimo Calendario Zaragozano (yo prefiero el Zamorano, por ser su creador buen amigo mío, sin desmerecer, desde luego, al del famoso astrólogo aragonés).

Y sí, aun a riesgo de que salga un poco caro, recomiendo regalar uno, en prueba de buena voluntad, a todos los efiméridos con los que nos vayamos topando por ahí, esos que desnudan su memoria con impúdica desvergüenza para no enfrentarse a sus verdaderos sentimientos. O a la total ausencia de ellos cuando los fingieron, claro está.

jueves, 12 de enero de 2017

Ni frío ni calor

Hay días en los que uno se levanta sin ganas de nada. Y de lo que menos, del propio acto de levantarse. 
Son esos días de ánimo gris y adormecido, en los que nos damos cuenta de muchas cosas que son difíciles de ver bajo la luz de un sol radiante y caluroso. Es una sensación contraria a la que se produce cuando sentimos el espíritu encendido, arrebatado por un impulso que nos mueve a la acción; pero tampoco se parece en nada al frío que nos invade en esas otras ocasiones en las que no hay consuelo para una soledad que, a la larga, suele salir victoriosa. O, tal vez, sea lo mismo... ¡quién sabe!

Escribir, soñar... dejar que la imaginación vuele con una libertad que solo existe fuera de la vida es imposible en esos días. Los ojos solo quieren mantenerse permanentemente cerrados y lejos del mundo. En estas circunstancias, tanto la poesía como la prosa son empresas inalcanzables, para las que ningún órgano, ya esté instalado en el pecho o en la cabeza, está preparado. Luces y sombras se mezclan, burlonas y perezosas, para confundirnos aún más, sin mostrar síntomas de piedad ante nuestra total indefensión.

El alma no siente ni frío ni calor, se limita a balancearse en una indiferencia torpe, ajena a todas esas ilusiones que creíamos eternas. El dolor no existe en esos momentos y, por supuesto, no queda en nosotros el más leve síntoma de felicidad o alegría.
En otro orden de cosas, es algo similar a lo que le pasaba (no sé si le sigue pasando) a mi amigo Mala Estrella, cuyo problema era que, al ser insensible a la sensación térmica que producen el frío o el calor ambiental, en cuanto se descuidaba cogía un resfriado.

Pero esto es más grave que un catarro inoportuno. En estos días fláccidos (a mí siempre me ha gustado más esta palabra escrita con dos ces, porque me parece que alude mejor al suave e incontrolado movimiento que sugiere), que amanecen de improviso, agobiando nuestra conciencia sin pudor alguno, las ganas de vivir palidecen, las fuerzas nos abandonan y hasta las lágrimas se declaran en huelga indefinida. 
La fuga de la tristeza (que parecería tan lógica ante un cuadro como el que describimos) nos arrastra hacia un nihilismo que enternecería a Nietzsche, Turgenev y al propio Jacobi. A mí me traslada al recuerdo de la mirada que cruzan Fernando (padre) y Carmina (madre) al final de la escalera de Buero Vallejo, al ver a sus respectivos hijos besarse en aquel sórdido rellano mientras cae, lentamente, el telón.
Y es que eso es lo que parece: que la función está próxima a terminar, sin que, en realidad, haya llegado a comenzar nunca.

Mañana puede ser un día así, un día sin frío ni calor, en el que, al despertarnos, huérfanos de casi todo, escuchemos una voz sorda en nuestro interior que diga con impertérrita atonía: "La luz. Dos pesetas". Será muy mala señal.

lunes, 2 de enero de 2017

El teléfono sonó dos veces

Las dos tenían diecisiete años y a esa edad todo es posible... menos lo fácil, que suele ser de todo punto imposible. 
Él, sin embargo, tenía dieciocho, lo que le otorgaba una dudosa situación de privilegio en aquellos tiempos en los que, según estaba escrito, uno se hacía mayor algo más tarde. 
Pero José (a quien llamaremos P) ya era mayor. Su gran amor era Isabel (a quien llamaremos S), porque Cristina (a quien llamaremos C) estaba loca como un cencerro, Pilar (a la que llamaremos A) había quedado un tanto desubicada y Blanca (a la que llamaremos BB) siempre llegaba en mal momento. Así que tenía que decidirse entre E (de quien no diremos cómo se llamaba) y Carmen (a quien llamaremos PK).

PK tenía un novio, Cristobalito, quien, pese a su cara de huevo, había reinado en el corazón de PK hasta el anterior verano, encontrándose en el momento de esta historia un tanto disminuido de ánimo y menguado de espíritu.
E no tenía novio, pero sí un pretendiente, LeqBclG, que era el favorito de La Vieja Arpía y propietario de un flamante Triumph TR4.
Por culpa de un amigo (a quien llamaremos J) y, también, de Frank Sinatra, St. Trop, Marina, La Cuadra y Elvis Presley, P había tenido un percance sentimental de imprevisibles consecuencias con PK, provocando el desconcierto de BB, un pequeño revuelo parisino que estuvo a punto de resultar en un episodio delicado con los Estados Unidos de América, y diversas circunstancias orteguianas con sus correspondientes secuelas (todas leves, eso sí).
Una triple y posterior boda con E causó una tempestad descontrolada y desencadenó un conflicto, cuyos principales escenarios bélicos alternaron episodios sucesivos en Rosales, Gandía, Brañuelas y Cercedilla.

Todo esto (hasta aquí muy resumido) llevó a P, con sus dieciocho años bien cumplidos, a enviar sendas felicitaciones navideñas a E y PK. En ambos casos el mensaje fue el mismo: "Año nuevo... ¡vida nueva!".
En la mañana del día uno de enero sonó dos veces el teléfono en casa de P. La primera llamada fue a las 11:18. P estaba lejos y tardó en llegar. En el momento en el que descolgó el auricular, P se dio cuenta de que acababan de colgar... por dos o tres segundos había llegado tarde. Al otro lado de la línea, E, que había llamado burlando la vigilancia de La Vieja Arpía, sin estar del todo convencida de que debía arriesgarse a hacerlo, perdió su única oportunidad en aquel fallido intento. La Vieja Arpía convocó esa misma tarde a LeqBclG, quien pasó solícito con su TR4 a buscar a E y llevarla a tomar una Coca-Cola a El Latigazo.

P se quedó junto al teléfono. No sabía quién había llamado, pero su instinto le decía que tenía que haber sido E o PK, aunque, sin la menor duda, hubiese deseado que fuese S (algo altamente improbable, ya que S no tenía la menor idea de cuál era el número de teléfono de P). Unos minutos después, a las 11:47, volvió a sonar el timbre, esta vez con estridencia. A P le pareció que nunca lo había oído tan fuerte. Era PK.
–¡Hola! –dijo ella– Me he decidido por la vida nueva. 
–Muy bien –respondió P, con la ligera sensación interna de haber preferido que la llamada hubiese sido de E–. ¿A qué hora quedamos?

Durante los siguientes meses (tal vez décadas), J se arrepintió de haber convencido a P; C siguió estando tan loca como siempre; A permaneció en paradero desconocido; BB se desesperó ante las explicaciones epistolares de ME (a quien, hasta ahora, no habíamos mencionado); S mantuvo su divinidad intacta, apenas dejándose ver por los aledaños del Olimpo y E sufrió los golpes y dardos de la insultante fortuna impía, mientras trataba de escapar de ese destino fatal que, años más tarde, la llevaría a su triste final. Todas ellas tenían diecisiete años.

Medio siglo más tarde, PK, S, A, BB y C (E ya había fallecido) estaban sentadas en una tarde de enero (no diremos el día exacto, porque es fácil de suponer), en sus respectivos domicilios de Las Palmas, Madrid, Zaragoza, Bilbao y Dios-sabe-dónde, oyendo música de esa que cada vez es más difícil encontrar. Y, por una de esas coincidencias de la vida, que tantas veces se dan sin que lleguemos a enterarnos de que suceden, las cinco escuchaban, a la vez, la misma canción:

I learned the truth at seventeen
That love was meant for beauty queens
And high school girls with clear skinned smiles
Who married young and then retired...

jueves, 29 de diciembre de 2016

Los amantes que no se amaban

Esta vida (la otra no lo sé... o no lo recuerdo) está llena de contradicciones y de situaciones absurdas, pero si hay alguna que me parezca grotesca en grado superlativo es la de los amantes que no se aman.
Nadie debe extrañarse de esto, pues es más común de lo que su enunciado sugiere a primera vista. En la mayoría de los casos, es un hecho bien conocido que el amor de los amantes solo se produce al cincuenta por ciento. Y, en ocasiones, ni eso.

Recuerdo, por ejemplo, un caso histórico acaecido en las tierras bajas de Aragón hace ya muchos años. Ella se llamaba Inés y él, Rodrigo. Vivían su supuesto amor bajo unas circunstancias complicadas para la época, lo que parecía justificar que Inés tratase de mantener en secreto su aparente devoción por Rodrigo, quien, por el contrario, disimulaba muy poco sus sentimientos. Y así se mantuvo esa intensa relación durante un tiempo largo... casi interminable.
Sin embargo, un día sucedió algo. Las crónicas no cuentan con exactitud lo que pasó, pero debió ser grave, porque derivó en consecuencias imprevisibles. En cualquier caso (y obviando el detalle de lo ocurrido, que no es pertinente aventurar por pertenecer al terreno de las suposiciones), cuando Inés se encontró con la pregunta que le hicieron sobre la identidad de Rodrigo, ella contestó: "Es mi amante".

Por eso, sumado a todo lo demás, no deja de ser un tanto surrealista que Inés no amase a Rodrigo. Era "su amante" (según ella misma afirmó), pero no lo amaba.
En esta historia es irrelevante cuáles fuesen los sentimientos de Rodrigo. Lo tremendo es que uno de los dos describa así al otro ante terceras personas, comprometiéndose al decirlo en público, pese a no ser cierto.

Hoy en día sigue pasando lo mismo, incluso con más frecuencia que en el antiguo Aragón. Amantes que no se aman, amigos que no se tienen amistad, vecinos que no viven cerca, liberales que no practican la libertad... y hasta padres que no tienen hijos. 
Todo está desbordado por paradojas sorprendentes que confunden a quienes estamos acostumbrados a defender la literalidad de lo que se dice como método más económico (aunque no siempre eficaz) de comunicación entre las personas. De cualquier forma, insisto en que, para mí, lo más asombroso sigue siendo lo de los amantes que no se aman.

Podría ser que todo fuese una cuestión semántica o el resultado de un eufemismo consuetudinario, de uso colectivo generalizado y poco afortunado, pero el caso es que aquellos amantes aragoneses, como tantos otros amantes, no se amaron. 
Sus almas jamás llegaron a estar juntas, a descansar la una en la otra. ¿Triste? Sí, muy triste. Y, aún más que eso, terriblemente vulgar.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Scarlet Street

Edward G. Robinson hace una interpretación soberbia en esta película de Fritz Lang, en la que, desde un principio, vemos que el pobre va a acabar mal por culpa de una Joan Bennett que guarda muchas similitudes con la de The Woman in the Window, ambas empeñadas en amargarle la vida al gran Robinson, con la muy eficaz complicidad de Lang, eso sí.

Y, siendo fundamental para esta historia cinematográfica el final de cada uno de los tres protagonistas, no pasan desapercibidos dos detalles de la trama tan decisivos como son la aparición inesperada del 'hombre del cuadro' y el fondo filosófico que se desprende de todo lo relacionado con la apreciación de las obras de arte, en función de circunstancias aleatorias o de los sorprendentes giros del destino...

La película es buena, claro. Y rodada con esa nitidez que proporciona el blanco y negro de los años cuarenta. Hasta podría decirse que el título español ('Perversidad') es más adecuado que el original, entre otras cosas porque no queda muy claro cuál de las calles que aparecen es la llamada 'Scarlet', pero, sobre todo, porque sea la que sea, es mucho más negra que de cualquier otro color, incluido el rojo.

En cualquier caso, toda la trama planea sobre un panorama de relaciones personales que impresionan, deambulando entre sometimiento, macarrismo, engaño y abuso. Son cosas que también pasan en la vida real cuando la ambición y la falta de escrúpulos se imponen en ese territorio, yermo de sentimientos, en el que la pertinaz sequía de honradez provoca que la codicia se abra paso entre esas grietas que quiebran los espíritus desolados por su propio abandono.

A lo largo de mi vida he transitado por muchas calles parecidas. 
Calles reales o imaginarias, en las que la virtud se escarnece, tras debilitarse por la impotencia y haber sido maltratada por la perversidad (de nuevo el título español). En última instancia, todos sufren las consecuencias del mal.
Pero, ¿quién acaba siendo el más perjudicado? ¿El instigador codicioso cuya capacidad de reflexión solo llega hasta los límites de su egoísmo brutal, desmedido y torpe; el instrumento (no menos abyecto) de la maldad; o el inofensivo (en apariencia) objeto del disparate colectivo, cuya docilidad congénita escapa, de improviso, por el cráter del repentino volcán de su comprimido ánimo?

No hay respuesta satisfactoria para estas preguntas. Todos pierden. Aunque, tal vez, el peor parado sea la inocente víctima, supuestamente propiciatoria, que se transforma en verdugo colectivo y reserva, de forma involuntaria, la peor de las suertes para sí mismo.
"El mal engendra el mal", reza el aforismo budista. Por eso, lo mejor que podemos hacer al llegar a la esquina de cualquiera de esas calles escarlatas de las que hablamos, es seguir de frente, sin torcer nunca por ellas. Nos irá mucho mejor. En especial, si Joan Bennett está merodeando por allí.