jueves, 6 de mayo de 2021

El Club Bohemio Radical

 [VIENE DE 'Tres salidas al campo']


—¡Viva la bohemia! —gritó Mano Negra.
—¡Viva! —corearon Pablo, El Catalán y Juanito.

Hacía, al menos, un par de años que la idea de formar una sociedad bohemia rondaba por sus cabezas. En la práctica, era una realidad el hecho de que todos actuaban como si ya existiese, pero ahora habían encontrado, por fin, el momento adecuado para estructurarla expresamente y ponerla en marcha de manera oficial.

Tres de los cuatro inseparables amigos se conocían desde siempre, y ya de niños tenían una relación de amistad muy especial. Cuando conocieron a El Catalán, tres años atrás, esa amistad se vio reforzada por un nuevo impulso que llevaba tiempo gestándose, a la espera de que surgiera el elemento catalizador que precipitase lo que ya afloraba en su ánimo.
Por algún motivo, la personalidad de El Catalán, más pragmática y menos apasionada que la de los demás, fue el complemento perfecto para poner en marcha el 'Club' (así se referían a él sus cuatro fundadores).

Los principios que les inspiraban eran sencillos y, a la vez, inalcanzables. Como a muchos jóvenes de su tiempo, no les gustaban las normas de la sociedad farisaica y materialista que les había tocado vivir y añoraban el romanticismo de épocas pasadas, en las que el honor y la dignidad eran valores superiores, a los que aspiraba todo hombre de principios. Valores que estaban siendo sustituidos, a pasos agigantados, por los nada edificantes que se derivaban de un maquiavelismo barato y mal entendido, que hubiese sonrojado al secretario florentino. 
Para los miembros del Club, por ejemplo, Maquiavelo era un profeta (digamos, como Jesucristo para Mahoma) pero no un espejo a seguir en la conducta diaria. Pablo llegó, incluso, a modificar sustancialmente el famoso principio 'El fin justifica los medios' por el, más acorde con la filosofía del grupo 'Los medios justifican el fin'. Una máxima que traslada la importancia del 'qué' al 'cómo' y que venía presidiendo su comportamiento desde la más temprana infancia.

Platón, Kant y Ortega eran sus pensadores favoritos, quienes junto a presocráticos, cínicos y estoicos, eran la base de su forma de entender la vida. Respetaban, sin ser seguidores de su ética, a Aristóteles, con quien sí compartían su pensamiento metafísico, mientras que despreciaban el simplismo de un Descartes, cuyo 'Cogito ergo sum' rechazaban de plano.

Creían en el mundo de las ideas, en lo bello y lo sublime y en que el exceso de datos, al igual que los sentidos, confundían la verdad.
A Pablo, Mano Negra y Juanito les entusiasmaban los objetivos básicos de la bohemia: amor y libertad. Y, para ellos, no había don más precioso que el de la amistad, ya que radicaba en una elección libre y no estaba condicionado por imperativos sociales, circunstancias familiares ni debilidades carnales.
El Catalán abrazó esta forma de pensar con entusiasmo, espolvoreando sobre ella unas leves dosis de seny que conformaron su versión definitiva.

La otra característica fundamental del Club (y que se incluyó en el propio nombre, para que no se olvidase en los momentos difíciles) era la radicalidad.
Las medias tintas quedaban proscritas y así quedó reflejado en otra de sus máximas: 'O todo o nada'.

Y para que la amistad quedase elevada, con eficacia, a su más alto rango, era preciso dictar la ley fundamental que regiría el Club. Esa ley se denominó 'Ley Radical del Honor'. Los cuatro amigos la firmaron con su sangre y quedó grabada a fuego y establecida para siempre. Ni la muerte sería causa de revocación y, por supuesto, su modificación tampoco estaba contemplada como posibilidad.

Contado así puede parecer complicado, pero no lo era, en absoluto, y la lógica que lo sustenta es demoledora. Basta con dar un vistazo a la historia de la humanidad.
Todas las grandes alianzas, hasta las más poderosas, han tenido un punto débil: la traición. Para evitarla se han intentado, a lo largo de los siglos, todo tipo de leyes y normas, en las que se solía castigar esa hipotética traición con las penas más severas (normalmente, con la muerte e, incluso, el martirio). Sin embargo, sabemos muy bien que esos terribles castigos se han mostrado inútiles con asombrosa frecuencia. Fue por eso por lo que Pablo, que fue elegido, desde el inicio, como el primus inter pares del grupo, propuso una característica para su ley fundamental que hacía imposible la traición.

Los cuatro fundadores se denominaron Miembros de Honor y juntos constituían el Gran Tribunal, máximo órgano legislativo del Club, mientras que el ejecutivo quedaba delegado en el presidente (Pablo), asistido por el vicepresidente (Mano Negra). El conjunto de la humanidad quedaba dividido en las siguientes clases:
1. Miembros de Honor.
2. Afiliados.
3. Simpatizantes.
4. Gens.
5. Enemigos.

Con respecto a ellos, la 'Ley Radical del Honor' decía lo siguiente:
 
CAPÍTULO ÚNICO.
Los Miembros de Honor serán inocentes aunque se demuestre lo contrario.
Los Afiliados y Simpatizantes serán inocentes mientras no se demuestre lo contrario.
La Gens será culpable mientras no se demuestre lo contrario.
Los Enemigos serán culpables aunque se demuestre lo contrario.

Este sencillo enunciado legislativo resolvía, de un plumazo, cualquier problema que pudiera presentarse, en un futuro, ante una situación determinada. 
Hay que tener en cuenta que se trata de una ley intelectual, sin carácter penal alguno, lo que la convierte en una herramienta aún más útil.
El primer párrafo de su único capítulo es el fundamental, ya que impide la traición, por el simple método de no contemplarla como una posibilidad. De esta manera, los Miembros de Honor no pueden cometer traición, simplemente porque la traición no existe. Y, si existiese y se demostrase que uno de ellos la ha cometido, se le declararía inocente, porque así lo establece la ley (que, además, como ya hemos dicho antes, no se puede modificar).

Una genialidad que convirtió al recién creado Club Bohemio Radical en un ente dotado de inmejorables herramientas para luchar por sus objetivos, de los que el principal no era otro que la consolidación de su amistad como bien supremo, por encima de cualquier circunstancia de la vida. Esta indestructible amistad, entendida de una forma mucho más trascendente de lo que el mundo considera un sentimiento normal, había sido siempre la base de su relación y, ahora, lo sería ya para el resto de su existencia, otorgándoles una fuerza inalcanzable para los demás mortales. "El grupo es un individuo superior", era una frase que solía repetir Pablo con frecuencia y que cuestionaba, en cierto modo, la póstuma 'Ética de la amistad', de la que habló Nietzsche sin mucho convencimiento.
—Es raro que los grandes filósofos nunca hayan profundizado mucho en el tema de la amistad —comentó, en una ocasión, Mano Negra.
—No tenían amigos —concluyó Pablo—. Para entender la amistad como la entendemos nosotros hay que tener determinación. No se puede titubear. Y ya sabemos que ellos estaban llenos de dudas.


El Club Bohemio Radical quedó constituido, con carácter perpetuo, y se decidió que su himno oficial fuese el coro de Bohemios, de Amadeo Vives: "¡En pos de la alegría, corramos sin cesar!".

Celebraron el acontecimiento en el Café Viena, local que, próximo al barrio universitario, les pareció el más adecuado para la ocasión, sin olvidar que, al estar cerca de la casa de Electra, podía permitirles alguna intervención improvisada.
Nada habían sabido de ella tras el episodio de los regalos entregados unos días antes y eso les desconcertaba un poco, ya que esperaban, al menos, una reacción airada por parte de alguien, ante los insultos recibidos. Sin embargo, Electra no había llamado y, por supuesto, Luis EQBCLG permanecía en el más oscuro de los silencios.

—Quien calla, otorga —comentó Mano Negra, apurando su vaso de ron.
—Puede que solo sea 'silencio administrativo' —intervino Juanito, con prudencia.
—Si es así, nos están dando la razón —puntualizó El Catalán.
—No, no nos dan la razón —negó Pablo—. Todavía están encajando el golpe.

El ataque perpetrado no había sido fruto de la ira incontrolada de Pablo, ni un acto de venganza contra nadie. Lo que Pablo quería provocar era una reacción por parte de Electra. De la ofensa a su madre había sido testigo presencial y, sin la menor duda, estaba puntualmente informada de lo sucedido en casa de su pretendiente. No era posible disimular, fingiendo no saber nada. Ahora no podía pasar de puntillas sobre una situación que había explotado, con violencia, en sus mismas narices y que, con seguridad, habría tenido consecuencias para ella.

Por primera vez en mucho tiempo, Pablo dudaba, como los filósofos. La clave de su relación con Electra estaba basada en la sinceridad más absoluta, ya que no consideraba leal la ocultación y, mucho menos, la mentira. Pero estaba empezando a considerar algo que, en el fondo, temía: que el mundo no estuviese preparado para la verdad. ¿Era posible que una mujer como Electra prefiriese ser engañada a enfrentarse con la verdad? Pablo se resistía a aceptarlo y, sin embargo, ahora dudaba.
Una y otra vez se le venía a la cabeza el recuerdo de esa escena de una de sus películas favoritas, 'Johnny Guitar', la obra maestra de Nicholas Ray, en la que Johnny le pide a Vienna que le mienta... La película era una maravilla, desde luego. ¿Puede ser real que alguien que está enamorado prefiera consolarse con una mentira de la persona a la que quiere antes que conocer una verdad desagradable? Le costaba creerlo... ¡no era lógico! Él prefería mil veces una verdad difícil de asimilar que una mentira piadosa. Pero las verdades a las que Pablo estaba acostumbrado eran dulces y, cuando no lo eran, él tenía la habilidad de no aceptarlas como tales. Todo el mundo, incluso podría decirse que la inmensa mayoría, no era así. La gente sufre con la verdad y necesita la mentira como bálsamo para suavizar sus muchas heridas. Eso sí, necesita que ese benigno paliativo venga empaquetado en un envoltorio de fingida verdad. Es decir, no quieren una mentira, quieren dos: la mentira, en sí misma, y la de simular que es una verdad. Demasiado complejo para un romántico empedernido que aspira a establecer un régimen mundial de amor y libertad en la segunda mitad del siglo veinte.
Pese a tan incómoda incertidumbre, la canción de Peggy Lee no se retiraba de su cerebro, entremezclándose con sentimientos encontrados y propósitos difíciles de sustentar ante la tozuda realidad que se presentaba ante sus ojos. 


—¿Es posible que Electra haya cambiado tanto en tan poco tiempo? —preguntó a sus amigos.
—¡Mujeres! ¡Vade retro! Prefiero un huracán — cantó Mano Negra, emulando a su personaje favorito de 'Marina', el contramaestre Roque.
—Cosas más raras hemos visto —dijo Juanito, levantando la vista al cielo.
—¿Y qué pasa con Puskas? —soltó, de pronto, El Catalán, dando un giro imprevisto a la conversación.
Se hizo un silencio expectante, roto por Pablo, tras mirar fijamente a quien había hecho la pregunta (y responsable original del embrollo en el que estaban metidos).
—No me interesa —afirmó—. Es una mujer sin alma. Esos malditos días en la Costa Brava la disfrazaron de algo que no es y nunca será.
—¿Cómo estás tan seguro? —siguió interrogándole El Catalán—. Es una chica muy simpática.
La mirada que ahora dedicó Pablo a El Catalán recordó a Mano Negra la que, tiempo atrás, lanzase un viejo organillero a un hincha que, borracho como una cuba, no paraba de hacerle cucamonas, al encontrarse con él camino del estadio de fútbol en el que jugaba su equipo una importante final. Les impresionó tanto que, desde aquel día, se referían a ella como 'la cara', y era sinónimo de gesto contenido que expresaba profundos deseos asesinos.
—Sí, es 'simpática'. Y lo pasamos muy bien en la Costa Brava, claro —respondió Pablo, enfatizando sus palabras—. Pero la simpatía no lo es todo en la vida.

Y, sin dar oportunidad a que nadie le replicase, devolvió el venablo recibido, dirigiéndose a los tres:
—¿De verdad alguien quiere comparar a Puskas con Electra?

El silencio con el que respondieron todos no dejaba espacio para el debate.


Las siguientes semanas estuvieron muy ocupados con la puesta en marcha del Club. Muchos de sus amigos masculinos fueron admitidos como afiliados o simpatizantes (la mayoría sin haberlo solicitado y, algunos, sin ser tan siquiera conscientes de sus respectivos nombramientos). Hubo más dificultades con los posibles miembros femeninos, aunque fueron aceptadas las candidaturas de Josiane (su amiga malgache), Schiavone (de Montevideo) y Montse (Le Canal). Todas ellas en la categoría de simpatizantes. Desde luego, nada comparables, al menos en número, al colectivo de los chicos, entre quienes es imprescindible destacar a Agustín y al Mariscal, ambos excelentes e inseparables amigos del grupo, quienes obtuvieron el nivel de afiliados de forma automática.
Entre los enemigos, consiguieron plaza vitalicia la Vieja Arpía y todos sus 'macarrones', cuyos nombres no fueron expresamente enunciados en el acto de su nombramiento en señal de desprecio punitivo. Si bien es cierto que su viejo contrincante Villalobos obtuvo el título de 'Enemigo Oficial Honoris Causa', en reconocimiento a sus largos méritos, consolidados a través de una enemistad que ya había alcanzado el grado de legendaria.

Si el Club se hubiese constituido seis meses antes, Electra habría sido la primera afiliada y, no es descartable que alguien hubiese propuesto su candidatura para el máximo nivel del grupo.
Sin embargo, los desconcertantes acontecimientos de los últimos meses habían sembrado la duda entre los cuatro fundadores. Entre ellos, el que mantenía una posición más crítica con su comportamiento era Mano Negra, quien, desde tiempo inmemorial, era receloso con respecto a la lealtad del género femenino y, a partir de su desgraciado episodio con la dulce Jazmín y aquel individuo con aspecto de pitillo canario que frustró su incipiente idilio con ella, esa desconfianza se había vuelto casi enfermiza. 
Lo vivido con Electra empeoró las cosas, pues, tras considerarla como la gran excepción que confirma la regla, su inexplicable desvarío de la última época, había herido a Mano Negra en lo más profundo del alma.
Pese a todo, era tanto lo que Electra les había dado en esos meses de primavera (que ahora parecían tan lejanos), que fue aceptada como afiliada por unanimidad. Y, desde ese momento, gozaba de la presunción de inocencia establecida en la 'Ley Radical del Honor' que, como ya hemos dicho, era perenne y de obligado cumplimiento.
De todas formas, el caso era tan grave y existían tantas pruebas incriminatorias que la presunción de inocencia quedaba seriamente ensombrecida.
 
La sede imaginaria del Club se estableció en el Archipiélago Negro, territorio de ficción literaria inventado por Mano Negra y Pablo, sobre el que uno y otro habían escrito una serie de novelas de aventuras en las que los tres miembros del grupo (todavía no conocían a El Catalán), bajo los nombres de Mike Miller (Pablo), Pack Manigan (Mano Negra) y Frank Williams (Juanito), combatían el esclavismo, liberando de sus cadenas a tantos hombres y mujeres de raza negra (de ahí el nombre de las islas) como podían, convirtiéndolos en ciudadanos libres de pleno derecho, en la nueva nación que ellos mismos habían creado en mitad del océano.

Resulta innecesario decir que estas novelas juveniles carecían de ambición literaria, pero su contenido expresaba muy bien los ideales de los, entonces, futuros miembros del Club Bohemio Radical, para quienes la lucha contra el poderoso y en favor del oprimido era una constante vital.

Puesto que hasta soñadores empedernidos, como ellos, eran conscientes de que el referido archipiélago solo existía en su fantasía, decidieron tener, también, una sede oficial real. Para este fin se escogió la ciudad de Tananarive, lugar de residencia de su amiga Josiane, con la que mantenían intensa correspondencia y de quien aprendieron su grito de guerra: Veloma vaza!

También fue durante los actos de creación del Club Bohemio Radical cuando le otorgaron a Pablo el sobrenombre de Kaltes Blut, que, desde entonces, sería muy utilizado entre ellos, ya que todos coincidían en que era el más adecuado para su personalidad. A Pablo le gustó y lo adoptó como propio, con gran satisfacción.



Entretanto, Electra y Puskas estaban muy ocupadas en otros menesteres, ajenos por completo al mundo bohemio.
La primera estaba encantada con su nueva carrera y, a poco de comenzar el curso, había hecho gran amistad con una compañera de pequeña estatura, ojos redondos y pestañas enormes, que pronto recibiría el nombre de Piolín. 
Electra se encontraba a gusto en el hospital y pronto comprobó que no se había equivocado al escoger ese destino profesional que le permitía abstraerse de cuanto le había preocupado a lo largo de los últimos meses, incluida su posesiva familia. Tampoco le estaba viniendo mal a su salud emocional escapar intelectualmente de Pablo y sus amigos quienes, sin ser posesivos, sí eran absorbentes hasta límites inusitados.

A Puskas le ocurría algo diferente. Sus discusiones con Carahuevo eran constantes y, cada vez, más intensas. El fantasma de la ruptura estaba presente en muchas de ellas y, si bien siempre acababan reconciliándose, los períodos de paz eran de corta duración. Podría decirse que no pasaban de ser treguas que interrumpían, por un tiempo limitado, una situación de conflicto permanente.

Tanto una como otra sentían ganas frecuentes de llamar a Pablo, pero las superaban centrándose en sus estudios, que solían brindarles frecuentes excusas para reducir el ritmo de sus juveniles corazones, cargándose de buenos motivos para, en el caso de que los latidos se desbocasen, justificar sus temporales taquicardias con razones académicas.

Por su parte, el recién bautizado Kaltes Blut hacía honor a su nuevo nombre, manteniendo la calma hasta unos límites que llegaban a desesperar a sus amigos, quienes no llevaban bien estar sometidos a una temporada tan prolongada de inactividad y, aunque, por un lado, estaban felices con la puesta en marcha de su tan deseado Club, hubiesen disfrutado mucho más retomando las hostilidades contra sus enemigos. Pero Pablo solo parecía interesado en el desarrollo teórico del CBR (siglas con las que solían referirse al Club). Y no le faltaban razones para ese interés.

Él era consciente de que los comienzos de un proyecto como el que estaban abordando eran fundamentales para consolidarlo en su verdadera dimensión. No se trataba de crear un grupo de amigos, cuya proyección futura se limitase, pasados los primeros impulsos de la juventud, a esporádicas reuniones de tinte nostálgico, mantenidas un par de veces al año, con un vaso de vino o un café en la mano. El proyecto del club era un proyecto de vida. O, tal vez, aún más duradero. ¿Por qué no?
Lo primero que tenía que inculcar a sus amigos (quienes, en esos momentos, se encontraban bajo los efímeros efectos de la euforia fundacional) era el mensaje de que el Club Bohemio Radical no nacía con el objetivo de cambiar el mundo, sino con el de cambiar 'su' mundo. Y no era un detalle banal o semántico, nada de eso. Era fundamental entenderlo en su verdadera dimensión. Cambiar el mundo no estaba, probablemente, a su alcance. Y tampoco era algo que debiera preocuparles. Por el contrario, sí lo estaba el cambiar el de ellos, sus vidas. Y este fin, en apariencia menor, era mucho más importante. ¿De que serviría, por ejemplo, emprender la inmensa tarea de cambiar el mundo si sus vidas no quedaban incluidas en la parte modificada (algo muy posible, ya que el proyecto era tan ambicioso que, aun lográndolo, nunca se llegaría a que todo fuese cambiado). Cambiar la vida que ellos tenían por delante sí era un objetivo que afectaría, de forma relevante, a su existencia. En eso es en lo que debían concentrarse. Y, para conseguirlo, era preciso tener una enorme determinación, adquirir un compromiso infinito, no desfallecer jamás...

Pablo sabía que, aun conociendo la firme voluntad de sus compañeros de intentarlo, todo dependía de él, de su firmeza ante la adversidad, de la fortaleza de sus espaldas para llevar todo el peso sobre ellas, de su titánico esfuerzo.
Se miró al espejo y se vio así, como aquel mitológico titán, condenado por Zeus a llevar sobre sus hombros el cielo. La diferencia con Atlas era que Pablo se la había impuesto a sí mismo al crear el Club. Era voluntaria, sí, pero condena, al fin y al cabo. Dada la situación, sería justo que pudiese recoger, al menos, unas cuantas manzanas de oro del jardín de las Hespérides...
 
Levantó la vista al cielo y allí estaba Hésperis, la más bella de todas, con su fulgor impoluto, tan luminosa como el ceñido bañador de Isabelle en su vuelo fugaz y brillante, que apenas dura un segundo entre el trampolín y las ondas de plata de la piscina de Le Canal.


[CONTINÚA EN 'Brumario']



viernes, 30 de abril de 2021

Tres salidas al campo

 [VIENE DE 'Septiembre']


Desde el desencuentro ocurrido en Vertville el verano anterior, Blanche y Pablo habían mantenido un contacto mínimo, reducido a felicitaciones navideñas, a las de sus respectivos cumpleaños (muy próximos en el tiempo, por cierto) y poco más.
Por eso, la llegada de una carta de Blanche sorprendió a Pablo. Aunque conocía el aguerrido carácter de la chica, también era consciente de su orgullo, que, en su opinión, no le podía permitir rebajarse ante él. Este hecho fue el que despertó su curiosidad por el contenido de la inesperada correspondencia, animándole a repasar mentalmente los acontecimientos de aquellos (no tan lejanos, pese a que ahora parecieran perderse en la noche de los tiempos) días, pasados un año antes en Vertville, cuando él se encontraba bajo los efectos de lo sucedido con Puskas en la Costa Brava.
Pero esa curiosidad no le hizo lanzarse a abrir, apresuradamente, el sobre y devorar, ansioso, el texto que contenía en su interior. Por el contrario, Pablo colocó la carta sobre la repisa de la chimenea del salón y se sentó en un cómodo sillón para contemplarla de lejos.
Blanche era mucho más cuidadosa con los detalles que Electra y Puskas. El papel de su correspondencia siempre era de color hueso y, desde luego, de una calidad superior a la ordinaria. Su caligrafía, muy cuidada, destilaba clase y elegancia, como ella misma, cuyo estilo contrastaba con el ambiente rústico de Vertville, en el que, sin embargo, se sentía muy feliz por su nada disimulado amor por la naturaleza.
¿Qué motivo habría impulsado a Blanche a dar ese paso? ¿Le escribía, tal vez, para comunicarle alguna desgracia sucedida, de la que él no tenía noticia? Estas y otras preguntas similares se hacía Pablo a sí mismo, en lugar de despejarlas, al instante, mediante el simple método de abrir la carta y leerla (algo que, con casi total seguridad, hubiese hecho cualquier persona normal), pero Pablo disfrutaba con ese juego y pensaba que era probable que la realidad fuese menos interesante que lo creado por su imaginación, que era lo que solía suceder con insistente frecuencia en la vida. Así que dejó la carta en su privilegiado lugar, en posición vertical y flanqueada por esos dos guerreros de bronce, con aspecto de soldados de los ejércitos españoles de Flandes, que tanto gustaban a Pablo (en especial, porque sus espadas podían desenvainarse y ser utilizadas como punzones... o como abrecartas), y se dispuso a atender otros asuntos más urgentes, antes de dedicarle su atención.

Fue ya después de comer, cuando Pablo extrajo la espada de una de las artísticas figuras y abrió con ella el sobre, teniendo cuidado para que no se dañase más que lo estrictamente indispensable para extraer el elegante folio que guardaba en su interior.
Devuelta la pequeña espada a su lugar de origen y el sobre a la repisa de mármol de la chimenea, empezó a leer:

Vertville, 27 de septiembre de 1967.

Querido Pablo:

Ya he visto que este año no te has dignado venir a Vertville.
Supongo que no ha sido para no encontrarte conmigo, ya que lo contrario sería creer que tengo una importancia para ti (aunque fuese negativa) de la que estoy segura que carezco.

Yo pensaba que ibas a venir y, hasta hoy, que es mi último día aquí, he creído que nos veríamos y tendríamos la oportunidad de aclarar lo del año pasado.
Es triste que dos amigos (tú y yo lo éramos) dejemos de serlo por algo que, al menos para mí, no está ni medio claro, ¿no te parece?
Estoy convencida de que puede haber muchas razones que expliquen tu ausencia, después de tantos años en los que, en julio o en agosto, siempre habías venido... ¿por qué no lo has hecho? 
Mi hermano Henri y Vincent no han parado de preguntarme por ti. Estaban convencidos de que yo sabía algo y no me han hecho caso por mucho que les he repetido que no tenía la menor idea de lo que te pasaba. Por lo menos, podías haber escrito para decirnos que no ibas a venir, creo yo.

Pero bueno, en realidad no te escribo para contarte esto, sino para decirte que voy a ir a verte. No es que vaya exclusivamente para verte a ti, claro, lo que pasa es que voy a acompañar a mi tía. Tiene que resolver unos asuntos allí y mi madre no quiere que viaje sola. Espero que no te moleste quedar un día conmigo y que nos veamos.
¡Ah!, y no te preocupes, estoy saliendo con un chico en Nantes y nos va de maravilla, así que no te asustes que no te voy a hacer nada. Solo quiero que hablemos. Por cierto, mi hermano dice que es un chico que se parece a ti, pero en moreno, aunque yo no le encuentro el parecido (él es mucho más guapo y mejor persona que tú).

Iré la próxima semana. Te llamaré cuando esté allí y ya me dirás en qué momento puedes hacerme el honor de verme un rato... si es que no estás demasiado ocupado. Y ahora te dejo. Hasta pronto.

Un beso,

Blanche.

Pablo guardó la carta en el sobre con parsimonia y sin mostrar reacción alguna. No le apetecía especialmente ver a Blanche, pero le había gustado que fuese capaz de superar su orgullo y escribirle. No se le podía negar ese mérito.


Con octubre empezaba un nuevo curso y la situación que se le presentaba a Pablo, tras los sucesos del mes anterior y la aparición en escena de Blanche, recomendaba reflexionar con cierta cautela.
Le Canal entraba en un natural período de letargo... Puskas se dedicaría con intensidad a sus estudios y, para alivio de Pablo, tenía a su incondicional Carahuevo para ocupar sus ratos libres... y, por su parte, Electra, cuyo sorprendente enigma era la gran novedad de la temporada, también iba a empezar su nueva carrera y, si bien con respecto a ella el interés de Pablo no había decaído (como sí sucedía en el caso de Puskas), la aplicación del Not intervention seguía en pleno vigor, lo que impedía emprender acción alguna.
Tal vez, dadas las circunstancias, el que Blanche hubiese surgido de improviso en el panorama inmediato de Pablo y sus amigos, era una oportunidad a tener en cuenta. 
Era indiscutible que Pablo y Blanche se gustaban mutuamente, pero la avalancha de emociones desbordadas en los últimos catorce meses, habían situado a la atractiva BB (así se refería a ella Mano Negra) en el incómodo y desairado papel de ser 'la tercera en discordia' del drama con vocación de tragedia clásica que el romanticismo literario de Pablo, tan arraigado en su espíritu, se empeñaba en construir.
 
 
La llamada de Blanche se produjo a la semana siguiente, tal como ella había anunciado. A través del teléfono, su voz sonaba alegre y melodiosa, con un tono que en nada parecía indicar queja, ironía o resentimiento. Pablo contestó sin manifestar, tampoco, resquemor alguno, y lo hizo con sinceridad, asumiendo que, en esta ocasión, Blanche había tenido el don de la oportunidad, al contrario de lo que le sucedió el pasado año, en Vertville.
Quedaron para verse al día siguiente y Pablo se las arregló para conseguir que su padre le prestase su viejo Volkswagen. Quería llevar a Blanche a dar un paseo por el campo, a ser posible a esa zona del monte en la que los ciervos se dejaban ver por las tardes, cuando empezaba a refrescar y la luz bajaba su intensidad. Era un lugar tranquilo y recoleto, donde reinaba la paz y el silencio. Sin duda, el más adecuado que conocía para mantener una conversación calmada y profunda. El coche de don Francisco era, por tanto, elemento fundamental para hacerlo realidad.


Recogió a Blanche en el pequeño hotel en el que se alojaba con su tía y pusieron rumbo al oeste, charlando de cosas intrascendentes.
—¿Dónde vamos? —preguntó Blanche.
—Al campo —respondió Pablo, con el mismo tono que hubiese empleado si el destino de la breve excursión fuese Bora Bora.

Pero el concepto de 'campo' que tenía Pablo no se aproximaba, en absoluto, al que Blanche tenía bien formado en su mente, por lo que, cuando él detuvo el coche en un sitio que le pareció adecuado para disfrutar de una vista que consideró adecuada para enmarcar la conversación con su recuperada amiga, esta le espetó:
—¿'Esto' es el campo que tenéis vosotros?
El énfasis puesto en el pronombre personal con el que terminó la pregunta molestó a Pablo, que replicó:
—No todo puede ser tan bonito como Vertville.
Blanche se limitó a levantar una ceja, con cierta displicencia.
—Pero aquí llueve menos —siguió Pablo, sin dejar muy claro si lo que decía era una disculpa o un reproche.
—Me gusta la lluvia —sentenció ella, dando por cerrado el tema.

No podía decirse que aquel monte fuese feo, pero era indiscutible que el conjunto del paisaje no estaba a la altura de los verdes valles de Vertville, rodeados de montañas y frondosos bosques de robles, eucaliptos y castaños, entre los que apacibles prados y pequeños caseríos completaban una estampa de belleza indiscutible.
Mal había comenzado el encuentro, pero Pablo, inasequible al desaliento, trató de sobreponerse al incómodo preámbulo y se interesó por el estado de ánimo de su acompañante:
—¿Qué tal estás, Blanche?
—Perfectamente. No puedo estar mejor.
—Bueno, ya veo que sigues enfadada conmigo —suspiró Pablo.
—Nada de eso, gracias a ti soy más feliz que nunca.
—¿Salir con un chico que es como yo, pero en moreno, te hace tan feliz?—Sí, porque no es como tú, es mucho mejor que tú.
—Vale. Eso ya me lo habías dicho. No hace falta que insistas tanto para que me lo crea.
—Es que es verdad. Y no lo digo solo porque sea más guapo que tú, que lo es... lo digo porque es un buen chico.
—¿Y yo, aunque sea más feo... que lo dudo, no soy un buen chico?
—No lo sé, Pablo, no lo sé —dijo Blanche, con la mirada perdida en las pardas lomas que tenía delante, salpicadas de encinas y jaras—. Él me ha demostrado que es noble y sincero. No tiene dos caras, como tú.
—Yo solo tengo una —replicó, al instante, Pablo—. Puede que un poco dura... pero solo tengo una cara.

Blanche esbozó una sonrisa y apoyó levemente su cabeza sobre el hombro de Pablo.
—No te preocupes que no voy a intentar besarte otra vez —dijo.
—Blanche, escúchame: no importa lo que no hayamos vivido, los mejores recuerdos son los que nos quedan de lo que nunca sucedió, de lo que no es real... de lo que solo fue un sueño.
—No es verdad, Pablo —negó ella—. La nostalgia es absurda. Y la nostalgia de lo que no ha existido, una estupidez.
—¡Nada de eso! Además, tú me has querido. Puede que solo un poco, pero me has querido, ¿o no?
—Yo creo que no. No se puede querer a un fantasma que desaparece cuando más lo necesitas.
—Claro que se puede —casi susurró Pablo— ¡Si lo sabré yo! 
—Eso son ñoñerías románticas. Deberías dejar de leer a Bécquer y a Espronceda. Y, sobre todo, de escuchar esas óperas de Puccini que te gustan tanto. ¡Estamos en el siglo veinte! Yo no soy Tosca, ni Butterfly... ni Mimí. Soy una chica de carne y hueso. Quiero vivir, no pasarme el resto de mi vida soñando. ¿Es que no lo entiendes? No me parece que sea tan raro ni tan difícil de comprender lo que estoy diciendo.

Y ahí, precisamente, era donde radicaba el problema: Blanche había insistido en que era 'de carne y hueso' (aunque ella solo se refería a la carne, claro). Sin embargo, para Pablo, todo lo terrenal era una cuestión menor. No despreciaba la carne ni los huesos (ambos, en proporciones razonables), pero su mundo volaba hacia otros horizontes, mucho más lejanos, poderosos e inalcanzables. La amistad, el honor, la lealtad...el amor, incluso, se movían, en el universo de Pablo, en una dimensión superior que no debía contaminarse por el roce con una realidad vulgar, materialista y triste, que empobrecía el espíritu y lo arrastraba por el fango de la más zafia ordinariez. Esa simpleza grosera que, en opinión de Pablo, presidía la vida cotidiana de la mayoría.



Al domingo siguiente, víspera del viaje de regreso de Blanche a Nantes, volvieron a quedar. Y, en esta ocasión, la cita fue en casa de Pablo, aprovechando que sus padres pasaban el día fuera, como era su costumbre. Allí estaba, también, Mano Negra, a quien Blanche conocía a través de Pablo. Mano Negra hacía tiempo que tenía interés en conocerla, y este imprevisto viaje de la amiga de Pablo le brindó una ocasión excelente para ello. Blanche, por su simpatía y por ese aire pizpireta que irradiaba, solía caer bien a casi todo el mundo y Mano Negra no fue una excepción. Para Pablo, era importante contar con la opinión de sus amigos y, de igual modo, quería comprobar la impresión que ellos (en este caso Mano Negra) causaban en Blanche. Por razones obvias era un dato relevante ya que, si bien Juanito y El Catalán siempre gustaban, Mano Negra y las representantes del sexo femenino no eran siempre compatibles.
Pero Blanche, mujer práctica de pies a cabeza, no le prestó mucha atención. Por el contrario, se puso un poco nerviosa al comprobar que, pese a que el propio Mano Negra había asegurado que no podía quedarse mucho rato con ellos, no acababa de marcharse. Pablo dejó claro que pasadas las siete sería imprudente seguir en la casa, y ella necesitaba un rato de intimidad con él para despedirse con mayor o menor efusividad, en función de la conversación que ambos aún tenían abierta desde su salida al campo, unos días antes.
 
Mano Negra seguía hablando y hablando... hasta que Pablo se percató del nerviosismo de Blanche y le sugirió, sin hacer alarde alguno de diplomacia, una retirada estratégica y voluntaria que evitase otras opciones más expeditivas. Blanche se lo agradeció con una luminosa mirada azul, acompañada de una de esas sonrisas que recuerdan los amaneceres en Villa Rufolo, mientras asistes al Concerto all'Alba.

—¿Cuándo nos veremos de nuevo? —fue la pregunta retórica con la que Pablo rompió el hielo.
—¿A qué hora vuelven tus padres? —inquirió Blanche, por toda respuesta.
—Tenemos tiempo —aseguró él, abrazándola.


Un par de horas después, ambos habían comprobado la afirmación que Blanche hiciera en el Volkswagen de don Francisco. O, al menos, lo habían comprobado al cincuenta por ciento, ya que la parte referente al 'hueso' no fue constatada empíricamente.
Blanche se levantó despacio, se arregló un poco el pelo, se vistió y, desde la puerta de la habitación, lanzó un beso en dirección a Pablo.
—Te escribiré —dijo en voz alta, mientras salía por el pasillo.
Pablo oyó cómo se cerraba la puerta del piso y sintió unos pasos apresurados descendiendo por la escalera de madera, que se fueron perdiendo en la distancia.
Cuando reinó el silencio, entornó los ojos y, sin saber por qué ni desearlo, tuvo el presentimiento de que nunca más volvería a ver a Blanche.


A la mañana siguiente, Pablo amaneció con el reflejo de los azules ojos de Blanche instalado en su memoria. No recordaba haber soñado con ella, pero cuando se miró en el espejo del baño vio dos aguamarinas clavadas en sus pupilas, ocultando el tono caramelo del iris de sus propios ojos. Tuvo que frotarse varias veces para recuperar el color original, liberándolo del velo azulado que confundía su vista.
Todavía no se había recuperado del todo del espejismo, cuando oyó la voz de su madre:
—¡Pablo, te llaman por teléfono!
—¿Quién es? —preguntó.
—No sé —respondió su madre. 
Y añadió, con cuidada suavidad:
—Una señorita.
 
Pablo acudió al teléfono convencido de que la 'señorita' que llamaba era Blanche, dispuesta a hacer alguna puntualización de última hora sobre la despedida de la tarde anterior. Pese a esa seguridad, se limitó a decir, con una ligera entonación interrogativa:
—¿Hola?
Y la voz que escuchó fue la de Electra. El Not intervention había funcionado.


Electra acababa de empezar sus clases de enfermería en el hospital y se sentía algo liberada de la presión psicológica a la que, de una forma u otra, había estado sometida durante los meses anteriores, desde que emprendiera su viaje a la playa. Las últimas semanas, en Vallelargo habían sido especialmente tensas.
Ahora, con más libertad de movimientos, gracias a sus nuevos estudios, le parecía que debía mantener una entrevista con Pablo. Y Pablo, claro está, opinaba lo mismo. 
Quedaron en verse la tarde siguiente. Ella salía de clase a las seis, y Pablo pasaría a recogerla a esa hora. Irían a algún sitio tranquilo y hablarían con calma. Era importante que lo que se tuvieran que decir se lo dijeran en persona, cara a cara.

Pablo se las ingenió para volver a tomar prestado el coche de su padre y pasó por la puerta lateral del hospital, más o menos a la hora convenida (hubiese resultado muy extraño que llegase puntual, ya que ese no era uno de sus 'defectos', como solía decir el propio Pablo: "La puntualidad es la virtud de los ociosos").
—Por un momento pensé que hoy ibas a llegar a la hora —comentó Electra.
—Sabes que tengo muchos defectos, pero la puntualidad no es uno de ellos —aseguró Pablo—. No hay nada que me moleste más que esa gente que se empeña en llegar pronto a las citas. Te obligan a ir todo el día con la lengua fuera, sin tener la cortesía de dejarte terminar lo que estás haciendo. Es una muestra de mala educación imperdonable.

Pablo lo decía muy en serio. Le agobiaba esa manía que tenía la mayoría de la gente, no ya de llegar a sus reuniones en punto, sino de hacerlo adelantándose a la hora fijada y, encima, presumir de ello.

—Me pregunto si Aristóteles, Moisés o Jesucristo quedaban con esa maldita precisión horaria. Y creo que todos ellos tuvieron tiempo de sobra para hacer muchas cosas importantes —elucubró Pablo, rematando su argumentación, una vez que Electra se hubo sentado junto a él.

Y, de forma casi mecánica, sin pensar en tomar ninguna dirección concreta, se puso a conducir. Antes de que ninguno de los dos hubiese entrado en materia, el viejo Volkswagen ya se había detenido en el mismo lugar en el que lo hizo la tarde de la excursión con Blanche.
Pablo no lo había hecho con intención específica alguna (lo que no dejaba de ser una novedad, teniendo en cuenta que, como suele decirse vulgarmente, era raro que él 'diese puntada sin hilo', pero así fue en esta ocasión).
Electra, como era previsible, no hizo comentario alguno sobre la idoneidad del paisaje que tenían delante, sino que se centró en el discurso que llevaba varios días preparando.

La lluvia hizo acto de presencia, de forma casi imperceptible y sin estridencias, pero se mantuvo insistente, como si quisiera dejar constancia de su presencia en la escena, protegiendo la privacidad de lo que ocurría dentro del coche.
Pablo pensó que algún día, pasados muchos años, volvería allí para llorar por algún buen motivo, pues, con el paso de la vida, es fácil encontrar razones para hacerlo. Sobre todo, en un sitio tan apropiado. También pensó que debía ser bueno tener licencia para llorar, no porque en ese momento creyese tener motivo alguno para ello, sino, simplemente, porque, en el papel que le había tocado en suerte, no podía permitírselo, lo que no dejaba de ser un inconveniente.

Si lo que sucedió aquella tarde dentro del pequeño Volkswagen hubiese tenido espectadores, todos ellos habrían salido muy confundidos, tras asistir a una sesión magistral del teatro del absurdo. Ionesco, Beckett y sus otros compañeros hubiesen sentido celos por no haber tenido la suficiente imaginación como para escribir escenas que se aproximasen, aunque solo fuera mínimamente, a lo que allí ocurrió bajo una contumaz lluvia que no dejó, ni un momento, de perseverar en su empeño.
Al propio protagonista le costó mucho explicar lo ocurrido a sus amigos, que esperaban ansiosos sus noticias. Quizá estos párrafos, extraídos de la carta escrita, la mañana siguiente, a El Catalán, den una versión aproximada de los hechos:

Nos reunimos a las seis y estuvimos juntos hasta las diez de la noche. No dejamos de hablar ni un momento y el resultado fue catastrófico. Se aferró a que no me quería, que no me quería y que no me quería... Y no hubo forma de sacarla de ahí. Eso sí, todo esto dicho entre las más encendidas escenas de amor, que esta vez batieron todos los récords. Intenta hacerte una idea de mi desconcierto. Imagínate una mujer que se pasa una tarde entera diciéndote, con gran aplomo y contundencia, que no te quiere, que no desea volver a verte ni a saber nada de tu persona, que lo único que quiere es olvidarte porque no está enamorada de ti, sino de otro, y, mientras te dice eso, no deja de besarte, abrazarte, acariciarte y estrujarte apasionadamente. ¿Lo entiendes? Yo tampoco.
 
La excusa que ponía era que, cuando está conmigo, no sabe qué le pasa, porque tengo una especie de poder magnético sobre ella para obligarle a hacer todo eso sin que ella quiera y, por ello, no puede volver a verme. ¡Pero yo no hacía nada! ¡Era ella la que se abalanzaba sobre mí, sin previa provocación por mi parte!

Créeme, fueron inútiles todos mis argumentos, ruegos, súplicas, protestas, advertencias, consejos... No hubo manera de que comprendiese que lo que decía (o lo que hacía) era absurdo, que tenía que ser una cosa o la otra, pero no las dos a la vez.
Todo fue inútil: siguió así hasta que yo (ya no podía más, pues estaba mental -y físicamente- agotado) arranqué el coche y la llevé a su casa. Por el camino no dejó de llorar...
 
 
Pablo no era de esos que aceptan, sin más, su destino y se entregan, sumisos, para ser degollados por las circunstancias. La contradicción que tenía ante sí era demasiado fuerte como para darla por buena. Y lo vivido con Electra en los últimos meses le impedía creer en sus palabras. Por primera vez estaba, realmente, desconcertado.
De lo que no había duda alguna era de que, fuese cual fuese la verdadera causa que estaba provocando el comportamiento de Electra, estaba relacionada con la Vieja Arpía. Por ello, con independencia de seguir investigando hasta llegar al fondo de la cuestión, tenía que improvisar, con urgencia, una operación de castigo a su mortal enemiga.

La oportunidad se le presentó muy pronto. El doce de octubre, es decir, en muy pocos días, sería el cumpleaños de la Vieja Arpía. Y daba la casualidad de que también era el de la hermana de Luis EQBCLG, más conocida como Foca. Una acción doble y simultánea era lo más apropiado, pero tenía que ser algo lo suficientemente notorio e insultante como para que no pasase desapercibido para nadie.
Pablo hizo los preparativos con la meticulosidad y el cuidado que le caracterizaban. Una vez que estuvo todo listo, requirió la participación de Juanito y de Agustín, su colega de Le Canal, para que actuasen como mensajeros.
 

A las dos en punto de la tarde del jueves doce de octubre, Agustín llamaba al timbre del suntuoso piso de don Saturnino. Una sirvienta abrió la puerta y recibió un elegante paquete envuelto en papel charol amarillo, cerrado con una bonita cinta de seda natural marrón. Y, con el magnífico paquete, este mensaje oral:
—Un regalo para la señora.

La doncella entró en el comedor, en el que estaba toda la familia sentada a la mesa (incluidas la tía y la abuela de Electra) y anunció, con voz solemne:
—Han traído esto para la señora. Es un obsequio.
Dijo 'obsequio' porque le pareció de más categoría que 'regalo', y la categoría era evidente, a la vista de la impresionante presentación.
La Vieja Arpía, acostumbrada a ser agasajada por los proveedores de don Saturnino (y por algunos de sus 'macarrones'), alargó su mano y recogió el presente, tratando de poner la mejor de sus sonrisas, dirigida al resto de los comensales.

Electra ya se había sobresaltado al oír el timbre, y el sexto sentido que le alertó de un posible peligro se transformó en certeza absoluta del desastre que se avecinaba, nada más ver el aspecto del paquete.
—¿Quién lo ha traído? —preguntó la Vieja Arpía, enseñando tanto como pudo la dentadura, sin rebajar el efecto de su sonrisa.
—Un chico —respondió la criada, que apenas se había fijado en Agustín, deslumbrada por la belleza de lo que llevaba en sus manos.

Paralizada por el terror, Electra no fue capaz de levantarse y apoderarse del paquete, que ya estaba siendo desenvuelto por su madre bajo la expectante mirada de los demás. Sabía que algo terrible iba a ocurrir, pero carecía de las fuerzas suficientes para moverse.
Dentro de la caja, una especie de vaso de plástico con tapa estaba envuelto en abundante papel de celofán. La Vieja Arpía levantó, triunfante el recipiente con un gesto similar al que debió hacer David al ofrecer la cabeza de Goliath al pueblo hebreo. Acto seguido, deshizo el segundo lazo que, más pequeño que el exterior, adornaba el recipiente de plástico y desenroscó lentamente la tapa, con la intención de elevar el clímax del momento.
—Maaa... má —acertó a balbucear, por fin, Electra.
 
Pero era demasiado tarde. Dos potentes muelles saltaron por los aires y cayeron, de inmediato, sobre la mesa. Uno, en el plato de don Saturnino, produciendo una violenta marejada en la sopa de langosta que contenía. El otro, más grande y potente, levantó un inesperado oleaje en el de la Vieja Arpía, cuya impoluta blusa de raso resultó seriamente afectada por el temporal. En el extremo de este segundo muelle, una grotesca cabeza de Doña Urraca (el popular personaje del 'Pulgarcito', creado por el dibujante Jorge para regocijo de varias generaciones de lectores), flanqueada por dos ridículas manos, flotaba entre las chirlas y los rosados trozos de crustáceos que nadaban en la sopa.
Los ojos de la Vieja Arpía parecían haber saltado de sus órbitas, efecto que resultó aún más pronunciado en el momento que la madre de Electra descubrió el pequeño cartel que colgaba de la desproporcionada y larga nariz de Doña Urraca. En él se leía, con gran claridad: "MUCHAS FELICIDADES. Firmado: Pablo (alias 'Pototo', alias 'Borrás')".

Electra saltó de su asiento, como si tuviese debajo un tercer muelle, y salió corriendo para encerrarse en su habitación.


A esa misma hora, Juanito realizaba su entrega en otra casa. Concretamente en la de Luis EQBCLG y su hermana, Foca. Ambos celebraban con sus padres el cumpleaños de la joven, acompañados del vicecónsul de El Salvador y su esposa, invitados para la ocasión, más que porque hubiese una razón específica, con el fin de darse un poco de importancia ante la familia de don Saturnino y, en particular, ante la madre de Electra, a quien habían repetido hasta la saciedad los estrechos lazos de amistad que les unían con la pareja diplomática salvadoreña.

El regalo que Pablo había preparado para la hermana de Luis EQBCLG era, intencionadamente, mucho más simple que el de la Vieja Arpía. En este caso, lo que buscaba Pablo era una humillación ramplona que pusiera de manifiesto su condición vulgar, por mucho TR4 que exhibieran de cara a la galería.
Su aspecto exterior era el de una sencilla cajita de dulces, en cuya etiqueta se leía: "Bombones de Chocolate". Una redundancia enmarcada en una circunferencia de dudoso gusto, que no parecía presagiar un contenido exquisito.
La caja se abría tirando de un cajoncito del que sobresalía una pequeña pestaña.
Cuando llegó a manos de Foca, la pobre muchacha dejó patentes sus limitaciones al acogerla con un entusiasmo desproporcionado a la entidad de la modesta atención recibida. 
Tiró de la pestaña secretamente convencida de que quien le enviaba los bombones era un chico con el que llevaba unas semanas tonteando (y que parecía más interesado en las prestaciones mecánicas del Triumph de su hermano que en sus propios encantos femeninos).
El artefacto de Foca no contaba con poderosos muelles, lazos de seda ni sofisticados mecanismos. Tan solo disponía de un mínimo dispositivo que, al sacar el cajoncito, levantaba una irrisoria figura fantasmagórica con la lengua fuera, a modo de burla pueblerina. Eso sí, iba acompañada de una tarjeta que aparecía junto al risible dibujo, cuyo texto decía: "Estimada Foca: Lamento sinceramente no poderte ofrecer un regalo más insultante en el día de tu cumpleaños, pero este es el más ofensivo que encontré en el mercado. Confío en que haya alguien de tu familia con la suficiente dignidad como para no dejar así este asunto y exigirme una seria reparación. Con su más sincera felicitación, te ofende, Pablo".
 
Pablo albergaba la remota esperanza de que Luis EQBCLG tuviese un arranque de honorabilidad y le retase a un duelo, si bien, como se lamentó ante sus amigos, no estaba nada seguro de que esa fuese su reacción porque "ya se sabía cómo era esa gente".


El efecto obtenido con los dos regalos fue demoledor y permitió que Pablo y sus amigos se recuperasen, en parte, del deterioro moral que habían venido sufriendo en las largas semanas anteriores. Lo que no se consiguió fue el deseado objetivo del duelo, ya que Luis EQBCLG dio la callada por respuesta.


Aún estaba Pablo lamentándose de la escasa gallardía del hermano de Foca, cuando recibió una llamada de Puskas. Estaba contenta porque acababa de saber que había aprobado el examen de Física, al que tantas horas había dedicado junto a Pablo. Este todavía no tenía su resultado, aunque esperaba recibirlo pronto.
—Pues esperaremos a saber que tú también has aprobado y lo celebraremos —propuso Puskas, con entusiasmo contenido.
—Nada de eso —intervino Pablo —, es mejor que lo celebremos ya... por si acaso.
—De acuerdo. Invítame a comer —propuso ella.
—¡Ni hablar! Esta vez te toca invitar a ti. Tú eres la que has aprobado.

Puskas aceptó, de mala gana, ya que disfrutaba más siendo invitada que invitando, pero la contundencia de la argumentación de Pablo era difícil de rebatir.
A lo que sí accedió él fue a que la comida tuviese lugar fuera de la ciudad, por lo que vio en la tesitura de pedirle, una vez más, el coche a su padre.
Comieron en un pequeño restaurante de carretera que, según Puskas, tenía fama por sus excelentes chuletas de cordero, si bien Pablo observó, con acierto, que su popularidad estaba más sustentada en la moderación de sus precios que en la calidad de su comida.
En cualquier caso, las chuletas eran aceptables y no le pareció oportuno elevar queja alguna a su anfitriona. Por el contrario, pensó que, dado lo infrecuente que resultaba el hecho de que Puskas invitase a algo, había que sentirse satisfecho.
Tras una larga sobremesa (en la que ella no se decidía a pedir la cuenta), dedicada a comentar las peripecias de sus amigos de Le Canal, durante la cual los nombres de Óscar y Oswald (principales admiradores de Puskas) salieron a relucir con frecuencia, se levantaron y regresaron al coche, sin tener muy claro cuál sería su inmediato destino.

—Es pronto para volver, vamos a dar una vuelta —sugirió Pablo.
—Vale. Pero por el campo. Estoy harta de la ciudad.
Y, como era de esperar, Pablo puso en marcha el piloto automático del Volkswagen que, en poco más de veinte minutos, los llevó al lugar de siempre.
En esta ocasión, el tiempo era bueno y apetecía dar un paseo andando por aquellas suaves laderas, salpicadas de encinas, entre las que desentonaba algún pino despistado, colocado allí, sin duda, por la mano del hombre.

A Puskas le gustaba el campo. El campo, en general, como a las hermanas Gilda (personajes -al igual que Doña Urraca- del 'Pulgarcito', pero creadas por la pluma del gran dibujante Vázquez). Este detalle no le había pasado inadvertido a Pablo y, ahora, quedaba ratificado y fuera de cualquier tipo de duda.
Viendo que ella estaba de buen humor, Pablo sacó el tema de 'su Cristobalito', un poco por incordiar y, de paso, para obtener información del statu quo de sus relaciones.
Puskas no se hizo de rogar.
—Estamos enfadados —dijo—. Últimamente pasamos más tiempo enfadados que en buena sintonía.
—Normal —opinó Pablo, encogiéndose de hombros.
—¿Por qué?
—Porque no le quieres.
—De eso nada —protestó Puskas—. Le quiero muchísimo.
—¡Ja! —exclamó él, con una mueca forzada—. Ni le quieres ni te gusta.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Yo lo sé todo.
—Ya. Y lo que no sabes, te lo inventas.
—Exacto —ratificó Pablo, satisfecho por la observación de su amiga—. Me lo invento... y acierto.

Pablo se agachó, cogió una piedra del suelo y la lanzó lo más lejos que pudo.
—Ten cuidado, no vayas a dar una pedrada a un conejo —comentó Puskas con sarcasmo.
—No sería la primera vez que lo hago.
En ese momento, la cabeza de un gamo asomó detrás de un matorral y despareció al instante.
—¿Has visto? —preguntó Puskas, señalando en dirección al lugar en el que había surgido la brevísima visión.
—Sí, aquí hay muchos, pero no suelen salir hasta más tarde.

La aparición del animal zanjó la conversación sobre Carahuevo, aunque Pablo insistió, esta vez de un modo más indirecto:
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
—¿Cuál?
—Que tú no sabes lo que quieres y yo sí —mintió Pablo.

Puskas encajó con dificultad el golpe. La realidad era que estaba llena de dudas, pero ¿qué chica de su edad no lo estaba? A los dieciocho años el mundo se abre ante ti, lleno de oportunidades y problemas; todo parece fácil y complicado al mismo tiempo; no sabes si lo que hoy te gusta te seguirá interesando mañana... y la vida parece eterna y luminosa unos días, pero negra y tortuosa otros.
Acababa de empezar una carrera universitaria, sí. ¿A qué aspiraba con eso? ¿A tener una mejor formación? ¿A poder desarrollar una vida profesional independiente? ¿A encontrar entre sus compañeros de estudios al hombre de su vida y convertirse en su esposa? ¿A la libertad?
¿O, simplemente, estaba actuando así por inercia, porque eso era lo que se esperaba que hiciesen las chicas de su clase en los tiempos de cambio que se estaban viviendo?

Mientras todas estas elucubraciones se arremolinaban en la indecisa mente de Puskas, Pablo permanecía inmóvil, con la mirada perdida entre las azoradas nubes que volaban, ruborizadas ante el indiscreto sol vespertino, sobre aquella sucesión interminable de lomas pardas, cuajadas de arbustos y encinas. 
Porque esa tarde, mucho más que las dos anteriores, las sonrosadas nubes del otoño maquillaban sus blandas mejillas de algodón con el encendido colorete del ocaso.


[CONTINÚA EN 'El Club Bohemio Radical']
 
 

sábado, 17 de abril de 2021

Septiembre

[VIENE DE 'Viaje a Las Minas']
 
 
Septiembre vendrá mañana,
despojado de riquezas,
con su sombra dibujada
en el viento de un suspiro,
bajo nubes de tristeza.

Septiembre no tendrá olas
ni volarán los delfines
entre corales y espuma.
Sus aguas serán cenizas
y sus playas, solo rocas.

Septiembre escribirá versos,
tenebrosos y perjuros,
en las paredes gastadas
y en los arroyos oscuros
que mueren secos y fríos.

Septiembre será una tumba
en la que el mármol oculte
veranos y primaveras,
perdidos en el silencio
y olvidados en la espera.

Septiembre estará escondido
detrás de una noche eterna,
disfrazada de mañana,
que borrará las promesas
y las cubrirá de hiedra.


Estos versos los escribiría Pablo muchos años después, pero ya rondaban por su cabeza al terminar el verano de 1967.
 
 
Veinticuatro horas seguidas fueron las que permaneció Pablo sin salir de su habitación a su regreso de Las Minas. Y cuando lo hizo, a la mañana siguiente de su vuelta, tuvo que insistir mucho para convencer a sus padres de que no era necesario llamar al médico. A quien sí llamó fue a Puskas, para decirle que el día anterior no había podido ir a la clase de Física porque no se encontraba bien, pero que esa tarde sí iría.
Así lo hizo, pero sin pasar antes por Le Canal, ya que el estado de su cuerpo no recomendaba la más mínima concesión a la práctica de deporte alguno (incluyendo al ajedrez en esa categoría). Para lo que sí tuvo ánimos fue para reunirse con Mano Negra y para escribir a El Catalán. Al primero le hizo una crónica detallada de su viaje y, al segundo, le trasladó una versión bastante resumida, ya que su mano derecha había resultado particularmente afectada durante el episodio de la mina y no estaba en condiciones de manejarla con soltura para materializar largas epístolas.

Puskas volvió a encontrarle raro durante la clase. Al terminar, le propuso bajar a dar una vuelta, pero él prefirió quedarse un rato charlando con ella en la terraza.
No se sabe con qué intención, ella le contó que en un par de días volvía Carahuevo (Puskas dijo "mi Cristobalito"), a lo que Pablo contestó con un sonido gutural que expresaba, a partes iguales, indiferencia, desdén y hastío. 
Esa noche, camino de la parada del autobús que le conduciría a su casa, observó que las nubes que llegaban desde la sierra próxima eran de un color azul tinta, sin reflejar ninguno de esos tonos rosáceos, tan habituales en esas tardes de verano. Mientras pensaba esto, reparó en que no recordaba, en absoluto, de qué color eran las nubes en Las Minas. Y llegó a la conclusión de que no se acordaba porque el cielo debió estar todo el día encapotado (hasta llegó a llover). Si es que en aquel maldito poblacho había cielo, que lo dudaba.


Mano Negra y él estaban de acuerdo en que la Vieja Arpía había puesto en práctica una maniobra de distracción, haciendo creer a Electra que se la iban a llevar a Las Minas, cuando, en realidad, no tenía intención alguna de que saliera de Vallelargo. Sin embargo, esta teoría no podía pasar de ser considerada una mera hipótesis hasta que recibiesen noticias de Electra, ya que Pablo no estaba dispuesto a volver a Vallelargo para comprobarlo personalmente, arriesgándose a ser reconocido por alguien como el presunto autor del todavía reciente incendio.
Lo que sí hizo Pablo en la mañana del miércoles 30 (con su maltrecha mano ya algo recuperada) fue escribir una carta a Electra, en la que le contaba su viaje a Las Minas y lo preocupado que estaba por no haberla encontrado allí. En su relato, omitió parte de las penalidades sufridas y se centró en su interés por su situación, ofreciéndose (con la secreta esperanza de que ella rechazase su oferta), a ir, de nuevo, a Vallelargo para poder hablar con tranquilidad.
Volvió a poner esa dirección tan indefinida que ya había funcionado anteriormente y echó la carta al correo, camino de Le Canal.


Jueves y viernes fueron días de gran actividad en Le Canal. Algunos amigos habían vuelto de sus vacaciones y el ambiente se estaba animando de forma notable. Hasta la divina Isabelle estaba de regreso, con su larga cabellera más morena y brillante que nunca, circunstancia que provocó, como era de esperar, las lamentaciones de Pablo por hacer caso, en su día, de la recomendación de El Catalán en lugar de haberse centrado en la gloriosa belleza de aquella deidad olímpica, cuyo bañador plateado convertía su cuerpo en el de una sirena amalfitana, cada vez que se zambullía en las azules aguas de la piscina.
Pero, claro, trasladar su inmaterial amor platónico al mundo terrenal tenía el terrible inconveniente de convertirlo en humano e, incluso, en alcanzable, lo que, llevaba aparejada la inmediata pérdida de buena parte de su atractivo... tal como quedaba descrito, a la perfección, en la Rima XI de Gustavo Adolfo Bécquer que, desde que la leyera en su infancia, por primera vez, había sido la favorita de Pablo:
 
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión;
de ansia de goces mi alma está llena;
¿a mí me buscas? —No es a ti, no.

—Mi frente es pálida; mis trenzas, de oro;
puedo brindarte dichas sin fin;
yo de ternura guardo un tesoro;
¿a mí me llamas? —No, no es a ti.
 
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. —¡Oh, ven; ven tú!
 
 
Las tardes de esa semana no tuvieron nada de especial, eclipsadas, todas ellas, por la ausencia de noticias de Electra. 
El viernes, llegó septiembre. Y lo hizo como Pablo describiría años más tarde en sus versos: bajo nubes de tristeza. Porque, desde la terraza de Puskas, en las últimas horas de la tarde de aquel uno de septiembre, el cielo se veía cubierto por una densa capa gris, de tono plomizo, cuyo melancólico aspecto no auguraba lluvia ni tormenta, sino que parecía un inmenso y pesado techo, a punto de desprenderse y caer, de golpe, sobre los tejados de la ciudad...


Al día siguiente, sábado, llegó la carta de Electra:

Vallelargo, 1-9-67
 
Querido Pablo:

Después de leer tu carta, me encantaría poder decirte que olvidases la mía y que te quiero, pero no es posible. En esta carta quiero decirte todo lo contrario.

En este tiempo he pensado mucho en ti y he intentado averiguar la razón por la que he cambiado de tal forma. Realmente reconozco que las razones son un tanto indefinidas, pero eso es lo de menos, lo que realmente he visto con toda claridad es que quiero huir de ti, no quiero verte y eso es porque no te quiero. Por eso te escribo.
Te agradezco como tú no sabes tu carta, jamás pensé que me podrías querer así, y por eso ahora que lo descubro me duele decirte esto, pero ya no hay remedio, mi corazón se ha cerrado respecto a ti y ya ni tu carta le hizo reaccionar. Creo que lo más lógico es dejarlo todo así y acabar con esta correspondencia que nos hace daño a los dos, y, por favor, intenta olvidar estos meses aunque sea un poco difícil. Esto es lo que yo creo y lo cumpliré punto por punto.
De verdad, Pablo, me es muy embarazoso decirte todo esto y sufro pensando en lo que a ti te puede hacer, pero tengo que ser sincera.

Bien, nada más, perdóname si es posible y créeme que deseo que seas muy feliz.

Adiós Pablo,

Electra.

Pablo sintió un pinchazo en el estómago y se miró las manos, laceradas por los estragos producidos en ellas por las rocas del interior de la mina. Luego se levantó, volvió a guardar la carta en su sobre, y escribió con un rotulador rojo, como siempre hacía, la fecha del día en el anverso. Antes de colocarla en la carpeta de cartón azul en cuyo interior conservaba todas las cartas de Electra, se fijó en que el matasellos (del día anterior) era de correo certificado, detalle absolutamente insólito. También observó que los dos sellos con los que había sido franqueada estaban pegados de forma anárquica y un tanto absurda. El hecho de que, pese a estar desordenados, estuviesen situados en el ángulo superior derecho era otra novedad, ya que Electra siempre pegaba los sellos en la parte izquierda de los sobres. Abrió la carpeta de las cartas y las comprobó, una a una. Todas tenían el sello a la izquierda (un par de ellas, en la parte inferior, pero a la izquierda) y ninguno estaba en posición invertida ni muy torcido. Por supuesto, como ya sospechaba, no había carta certificada alguna entre las muchas allí guardadas.


La donna è mobile —dijo Mano Negra, al leerla.
—Sin duda —convino Pablo—, pero aquí hay gato encerrado.
—Es probable que lo haya —pensó su amigo, en voz alta—. Y también puede que alguien quiera darnos gato por liebre.
—Electra no escribiría una carta así, tan seca... tan cortante. No es su estilo.
—Es evidente que ha sucedido algo muy gordo —continuó Mano Negra—, pero ¿qué puede haber sido?
—Sabemos cómo se comporta Electra ante las amenazas de su familia —insistió Pablo—, nos lo ha demostrado infinitas veces. No puede ser eso.
—Tal vez no sean amenazas... 
—¿Y qué otra cosa puede ser?
—Un soborno —sentenció Mano Negra.

Durante las siguientes semanas, la sombra de una posible 'compra' de la voluntad de Electra por parte de la Vieja Arpía continuó planeando sobre las cabezas del grupo de amigos.
El Catalán se inclinaba más por un chantaje y Juanito se negaba a aceptar lo sucedido. Todos estaban consternados y confundidos.

En el resto del mes no hubo noticias de Electra y Pablo se negó a escribir una sola línea que pudiera ser interpretada como una debilidad por su parte, ya viniese esa hipotética interpretación de la propia Electra o, lo que era peor, de la Vieja Arpía.
Ese cambio tan repentino, inexplicable e inexplicado, en la mujer de Pablo (nadie olvidaba que estaba casada con él en triples nupcias) no podía ser admitido como una reacción natural y los tres compartían la teoría de que aceptando, incluso, que Electra se hubiese 'desenamorado', de improviso, de Pablo (lo que ninguno creía), no cabía la posibilidad de que, también, renegase de la amistad sincera que sentía por Mano Negra, El Catalán y Juanito, a quienes había dado constantes e inequívocas muestras de cariño auténtico y espontáneo.
Ninguno de ellos estaba dispuesto a considerar algo que, en su fuero interno, todos temían: que Electra les hubiese traicionado y se hubiese sumado a la causa de la Vieja Arpía.


A mediados de septiembre terminaron las clases de Física y tanto Pablo como Puskas tuvieron sus respectivos exámenes. Ambos seguían yendo a Le Canal, pero la creciente abundancia de amigos, no propiciaba sus encuentros en solitario, que, en cualquier caso, ellos tampoco buscaban (Puskas, por el regreso de Carahuevo, y Pablo, por falta de interés).
Por el contrario, las reuniones con Mano Negra, El Catalán y Juanito se intensificaron, tras ser constituido el comité permanente de crisis que la nueva situación había provocado.
Era una lástima que el Episodio IV de Star Wars no se estrenase hasta diez años más tarde, ya que, de haberlo conocido, Pablo hubiese imaginado la célebre escena en la que el repugnante Jabba The Hutt tiene encadenada a la princesa Leia, pero con Electra en el papel de Leia y la Vieja Arpía como Jabba.
Entre sus amigos, sin embargo, empezaba a tomar fuerza otra teoría: la de la firma de un 'pacto de no agresión' entre madre e hija.

Era de todos sabido que Electra quería dejar la carrera (en la que se matriculó por la vehemente insistencia de don Saturnino, que deseaba colocar a uno de sus hijos como heredero de su imperio minero) y estudiar para enfermera, una vocación que había descubierto sin que nadie entendiese los motivos ni se llegase a saber nunca el origen de estos. No había que descartar, por tanto, que hubiese aceptado un pacto con su madre, en el que habría obtenido su apoyo para convencer al intransigente don Saturnino (tan aficionado a utilizar su cinturón como instrumento dialéctico) a cambio de renunciar a Pablo y sus amigos, cuya influencia en Electra era considerada nociva por la Vieja Arpía.
La insistencia de don Saturnino con los estudios de su hija nacía de la radical negativa de su primogénito a cursar carrera alguna, habiendo llegado al punto de marcharse a Botswana y convertirse en cazador profesional en aquel país africano, con tal de no acceder a los caprichosos planes dinásticos de su padre.
Electra, segunda en el escalafón por edad, era la esperanza inmediata de su padre, ya que sus otros dos hijos eran muy pequeños y, de momento, no daban señales de llegar a estar capacitados algún día para convertirse en sus sucesores, al frente de las empresas familiares.

Pablo no se sentía inclinado a aceptar la teoría del pacto, pero no rechazaba una segunda opción (sugerida por El Catalán) que defendía que Electra había sido sometida a un concienzudo lavado de cerebro por parte de esa intrigante profesional (la Vieja Arpía), quien habría contado con la eficaz colaboración de esa inmensa cohorte de 'macarrones', de la que disponía a su antojo en Vallelargo.

Las posibilidades eran muchas, pero el único elemento irrefutable que obraba en su poder era una carta, escrita de puño y letra por Electra (de eso no había duda), con firma y remite, también de su propia mano, que alguien había enviado por correo certificado (era de suponer que para asegurar su llegada) y franqueada con precipitación y descuido.
No era razonable analizar estos hechos desde una perspectiva simplista. Y es que nada relacionado con Electra (y menos, aún, con Pablo y sus amigos) era simple. Más bien era lo contrario: complicado y difícil de entender. Aquí tenían todos una prueba de ello.


Aproximadamente un año después de los acontecimientos de la Costa Brava, origen de cuanto había desembocado en la situación que Pablo y sus amigos estaban viviendo en esos momentos, se encontraban, de nuevo, ante una encrucijada que podía volver a provocar una de esas reacciones de Pablo, capaces de desencadenar un rosario de aventuras en las que, sin duda, se verían envueltos los cuatro. Pero, esta vez, Pablo decidió que no era momento de actuar, sino de esperar.
—Aplicaremos un 'grado nueve' —dijo.
—¿Tan mal lo ves? —preguntó El Catalán.
—¿Un 'grado nueve'? —se sorprendió Mano Negra, que ansiaba entrar en acción y, a ser posible, acabar definitivamente con la Vieja Arpía.
—No sé yo... —dudó Juanito, siempre prudente en sus juicios.
—Sí, un 'grado nueve': Not intervention —ratificó Pablo.
—¿Y si pasamos al 'grado diez' y nos dejamos de tonterías? —insistió Mano Negra.
Terraja de Carrañaca es demasiado fuerte —negó Pablo, con severidad—. Nunca hemos llegado a eso.
—Pues ahora tenemos la ocasión —volvió a la carga Mano Negra—. Y quiero ocuparme yo.
—No —Pablo zanjó el asunto, acompañando sus palabras con un movimiento negativo de cabeza—. De momento, un 'grado nueve': Not intervention.

Y así permanecieron los cuatro, sin dar paso alguno, conocedores de la fuerza que generaba esta vieja táctica, desarrollada por la diplomacia británica hace varios siglos y que produjo devastadores resultados entre sus enemigos (y, en ocasiones, entre sus aliados). 


Cuando uno de los jugadores no mueve ficha, el adversario suele impacientarse y ponerse nervioso, a la espera de un ataque imprevisto, por lo que no es recomendable modificar la estrategia a corto plazo, ya que la otra parte suele estar en guardia, convencida de que, antes o después, se va a producir el movimiento.
Pero, si pasa mucho tiempo, el contrario se relaja y llega a convencerse (racional o tácitamente) de que la victoria es suya o, al menos, reduce la intensidad de su alerta, como consecuencia natural de la nula actividad en el frente.
Y, además, Pablo y sus amigos sabían que una bien aplicada política de not intervention va mucho más allá, en especial, en las relaciones personales, puesto que, en este orden de cosas, lo anterior se une al llamado 'Efecto Tía Cañamona', que impulsa a quien deja de sufrir los problemas a los que estaba acostumbrado, a reclamarlos con una cierta urgencia, para poder seguir quejándose, lamentándose... o llorando amargamente su desconsuelo. La insatisfacción es parte consustancial de la naturaleza humana, razón por la cual somos capaces de tropezar tantas veces como sea necesario con la misma piedra, con tal de tener un motivo de queja sobre algo ajeno, que enmascare nuestras verdaderas carencias y debilidades.


Septiembre agonizaba, dejando en su lento transcurrir esa suave sensación de frágil tristeza que tanto gusta a los poetas, cuando Pablo recibió una nueva carta. 
En esta ocasión, llegó por correo ordinario, perfectamente franqueada y en un elegante sobre de color hueso. 
El matasellos era de Vertville, y en el remite solo ponía: "Blanche".


[CONTINÚA EN 'Tres salidas al campo']