martes, 30 de enero de 2018

Por 'sport'

Silvia practicaba el sexo como otros practican el tennis: por sport.
Obsérvese que he escrito 'tennis' y no 'tenis'. De igual forma, he dicho 'por sport' y no 'como deporte'. En ninguno de los dos casos han sido lapsus lingüísticos ni afectados anglicismos, sino, por el contrario, precisiones pertinentes al matiz que trato de resaltar al referirme al comportamiento sexual de Silvia.

La mayoría de quienes son aficionados al tenis, lo juegan con el propósito de ejercitar una actividad sana y divertida, recomendable, además, para mantener un satisfactorio tono físico
Sin embargo, hubo una época en la que se practicaba el tennis más como expresión de una actitud social y lúdica, no exenta de ser considerada como signo externo de un determinado estilo de vida. Para entenderlo mejor, basta con dar un vistazo a la escena de Helena Bonham Carter y Julian Sands jugándolo en 'Una habitación con vistas' (la magnífica película de James Ivory), mientras Daniel Day-Lewis lee 'Under a Loggia'.
Pues así practicaba Silvia el sexo: con un cierto desenfado, ligero hastío y una relajada displicencia. Lo hacía por sport. Ni siquiera como deporte.

Durante muchos años mantuvo su costumbre. De forma automática, natural, sin apenas dramatismo ni entusiasmo. Tampoco tenía necesidad ni deseo particular alguno de buscar acompañantes específicos para hacerlo; simplemente elegía entre los que iba encontrando.
Y lo hacía como en el tennis (o en el tenis, que aquí da lo mismo): siempre con una red de por medio.
Para Silvia, la práctica del sexo exigía de una red protectora. Daba igual que la pista fuese de hierba, ceniza, arena o, incluso, cemento (estas últimas le gustaban menos, desde luego). La red era innegociable, ya que Silvia no se consideraba a sí misma una seguidora de la gran Pinito del Oro y, por lo tanto, el riesgo no era una opción.
No nos referimos, claro está, a peligros de tipo físico (para los que la red hubiese resultado un método de nula eficacia), sino a las connotaciones emocionales, sentimentales o psicológicas que muchas personas (no todas) consideran inherentes a las relaciones sexuales.

Es de justicia señalar que la práctica de Silvia era amateur (esta vez el galicismo también es oportuno, pues podría inducir a error manifestar que era 'aficionada' al sexo). Silvia era una excelente amatrice, lo que quiere decir que, sin pretender vivir de ello, nunca renunciaba a los beneficios colaterales que se derivaban de la materialización de lo que amaba.
Porque una amatrice (femenino en desuso de amateur) es, desde el punto de vista etimológico, 'aquella que ama'.
En cualquier caso, el comportamiento sexual de Silvia carece de importancia más allá de servir como detalle ilustrativo de su personalidad. 

Superada su turbulenta juventud, Silvia pasó por el resto de su vida haciendo alarde de un equilibrio extraño e inestable, tratando de mantenerse erguida mientras deambulaba por esa estrechísima línea verde (que no roja) que apenas separa la ambición del orgullo.
Las crónicas no dejaron constancia de su éxito o fracaso, pero sí mencionan que, pese a todo, alguien la quiso. Sin duda fue un amor unilateral, independiente... tal vez republicano.
Años después (nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos), Silvia murió. No se produjo este luctuoso acontecimiento en circunstancias tan trágicas como las que nos describe Espronceda en su bello Canto a Teresa, pero en cierto modo lo recuerda, aunque parece que alguien depositó un ramo de rosas sobre su ataúd. 

Transcurrido mucho tiempo, fue preciso exhumar sus restos por un problema con el estado de conservación de su sepultura. Lo que ocurrió ese día nos lo cuenta mejor este poema:

Delicada y poderosa
fue la respuesta del tiempo.
Al abrir aquella tumba,
estaban frescas las rosas 
y marchitos los recuerdos.

En la lápida rezaba,
grabado sobre el granito,
el epitafio maldito
que cinceló con sus versos:
No me esperes ni me nombres
que mi amor fue solo viento...

martes, 23 de enero de 2018

El aroma de las mimosas

A ella le gustaba mucho el aroma de las mimosas. Seguramente porque eran las primeras en florecer y, sobre todo, porque lo hacían en pleno invierno.
Las flores que nacen en invierno son las mejores, pensaba. No hacía falta esperar hasta la remolona primavera para disfrutarlas. Y, además, le fascinaba su color. Ese amarillo tan intenso (que a ella le parecía idéntico al de los oros de la baraja española). Porque los oros le encantaban. Odiaba los bastos, ignoraba las espadas y solo disfrutaba de las copas a escondidas, pero los oros eran otra cosa: ni verdes, ni azules, ni rojos... Intensos, luminosos y con ese olor a mimosas (porque ella sostenía que el oro, el verdadero oro, olía a mimosas) tan poderoso y dulce.

Las mimosas eran, para ella, el antídoto de los claveles. Desde un lejano día de junio tenía clavados, en ese lugar del espíritu donde otras personas llevan los sentimientos, cincuenta y cinco claveles de color naranja. Tal vez fuera esa inapropiada tonalidad la que soliviantó a aquel incómodo personaje con nombre de cantante mexicano, a quien un par de cocidos madrileños, simultáneamente aliñados, produjeron una indigestión de proporciones cósmicas.
Pero también es posible que nada tuvieran que ver los claveles con las mimosas y que su fervor por estas tempranas flores viniera, tan solo, de su inclinación por el brillo del oro de las barajas de Heraclio Fournier.

Ella, la amante de las mimosas, tenía complejo de Alicia. Siempre quería estar en un país de eternas maravillas, aunque para ello fuese preciso perseguir a un conejo blanco (o de cualquier otro pelaje) a través de agujeros de todo tipo, caer al vacío por el hueco del viejo tronco de un árbol o, incluso, tomar todas las tardes el té con algún sombrerero loco.

A veces soñaba con rosas rojas, pintadas con la sangre de muchachas que se aventuraban a cruzar el espejo que las separaba del reino de corazones, pero el suyo siempre estaba a salvo, gracias a su inveterada costumbre de no llevarlo nunca en el pecho. Una medida, sin duda, de extraordinaria prudencia.

En enero, llegaba a ella el aroma dulzón de las mimosas. Y eso le funcionaba como una droga, que se iba convirtiendo en adicción con el paso de los años. Su cuerpo se llenaba de una sensación tibia, suave y delicada, capaz de adormecer los sentidos. Muchas tardes, a última hora, embriagada por la invisible polución de esas flores amarillas, leía a Juan Ramón: "El dormir es como un puente que va del hoy al mañana. Por debajo, como un sueño, pasa el agua, pasa el alma".

Pero claro, olvidaba que ella no tenía alma. Y menos en el mes de enero.

jueves, 14 de septiembre de 2017

"Don Octavio nos roba"

"Don Octavio nos roba", se leía en los pasquines que, esparcidos por el suelo del portal, aparecían cada mañana. Y lo mismo decían los que los vecinos de Fuencarral 39 encontraban en el interior de sus buzones, al recoger el correo.

Don Octavio (más conocido en el inmueble por su apodo, 'Cantinflas') era el propietario de la finca. Cada primero de mes tenía la impopular costumbre de pasar personalmente piso por piso, con la poco correspondida pretensión de cobrar la renta. Eso sí, cuando llegaba al cuarto derecha, reclamaba la presencia de Fernanda (esposa de Miguel) para que cuidase de su integridad física, que, generalmente, corría un grave riesgo al intentar recaudar la mensualidad en casa de los Valentí. 
Los Valentí (que acabarían eliminando la tilde y la pronunciación aguda de su apellido, convirtiéndolo en Valenti, hartos de que todo el mundo les llamase 'Valentín') eran tres hermanos temibles. Hijos de un conocido joyero, veterano inquilino del cuarto derecha, donde tenía instalado su taller, cada uno de ellos competía con sus hermanos en monopolizar la tarea de finiquitar al pobre don Octavio. Bien es cierto que los métodos propuestos por los vástagos del joyero eran diversos. El primero solía inclinarse por darle una paliza mortal a puñetazos. Otro proponía tirarle a la calle por el mirador, valiéndose de sus propias manos (algo que estuvo a punto de conseguir en varias ocasiones, en las que 'Cantinflas' llegó a balancearse sobre la calle de Fuencarral, con medio cuerpo flotando en el vacío, mientras profería agudos y desesperados gritos de auxilio). Y el último, más expeditivo, sacaba su '9 largo' y amenazaba con descerrajarle un par de tiros en la boca del estómago o, mejor aún, vaciar por completo el cargador en el interior del pequeño cuerpo del casero.
Todo ello solía terminar con don Octavio bajando apresuradamente la escalera (el ascensor solo era de subida), seguido a prudente distancia por Fernanda. Al pasar por los distintos descansillos, era habitual que se fuesen abriendo las puertas de algunos pisos, asomando sus respectivos inquilinos para corear un variado surtido de improperios, a cual más castizo y ocurrente.

Nunca se supo, a ciencia cierta, por qué los hermanos Valentí mostraban esa violenta animadversión hacia 'Cantinflas' (ellos habían sido, claro está, los creadores del mote), pero el hecho es que siempre se mostraban muy ofendidos con él, así como soliviantados con sus presuntas prácticas de latrocinio, mientras aseguraban, entre horribles juramentos y soeces blasfemias (que alternaban con piadosos votos a la Santísima Virgen), que la próxima vez no saldría con vida del edificio. Minutos después, olvidaban por completo el asunto hasta que, un mes más tarde, don Octavio, inasequible al desaliento, repetía su infructuosa visita y volvía a producirse un episodio similar.

Puede que fuesen ellos los iniciadores de la revuelta. O, tal vez, no. Eso nunca se supo.
Pero la mecha prendió y llegó a extenderse entre la mitad de los vecinos, quienes, deseosos de liberarse de la supuesta opresión de don Octavio, organizaban reuniones en las que se elevaba el tono al enumerar las ignominias por las que debían pasar, en su condición de súbditos de una tiranía económica, socialmente indigna de ciudadanos (inquilinos) libres. 
A esas reuniones no asistió jamás el señor Pellico, pero se escuchaban sus voces por el patio, repitiendo (por triplicado) sus famosos "¡No me da la gana!" y "¡Pues que me oigan!".
Él, pese a la prudente (y leve) oposición de su mujer y sus hijas, estaba decididamente alineado con la causa separatista, entre otras cosas porque carecía de ingreso alguno con el que sufragar el coste de la renta. Los dueños de las pensiones de la segunda planta ('Pozas' y 'Martos') también simpatizaban con el movimiento liberador de Fuencarral 39, cuya independencia del inicuo propietario del viejo inmueble se estaba promoviendo.
Se llegó a asegurar que don Octavio se había apropiado de la casa, tras haber sido esta invadida por sus antepasados en el siglo XVIII, lo que, a todas luces, parecía muy improbable, ya que su construcción databa de 1877, tal como figuraba en las escrituras. 

Los otros fuencarralenses, los más moderados, entre los que se contaban Queraltó, don Francisco, el inquilino del quinto derecha (cuyo nombre carece de importancia) y el dueño de la zapatería 'La Bruja', apostaban por una solución negociada con la propiedad, postura que también defendía Miguel, desde su condición de empleado de la finca.
La posición ante el conflicto de don José Gutiérrez Monterroso, el cura que tenía su bufete de abogado en el tercero derecha, no llegó a conocerse, dado que apenas aparecía por Fuencarral. La Iglesia suele ser muy discreta en estos asuntos políticos.

Se habló de referéndum entre los inquilinos, "verdaderos depositarios del espíritu ancestral de la gloriosa finca" (según los disidentes), pero nunca se llegó a producir una votación que respaldase el movimiento plebiscitario encabezado por los Valentí (sonoramente secundado, patio a través, por Pellico). De hecho, la única urna (procedente de una caja de 'Magia Borrás') de la que se tiene constancia fue vista muchos años después en el local de la portería, cuando se utilizó por los futuros Miembros de Honor de Taiwan Bird para elegir a su presidente.

La escalada dialéctica fue a más y el enfrentamiento con don Octavio se hizo inevitable. Los reformistas se consideraban (al menos, eso repetían) legitimados para tomar posesión de las viviendas que ya ocupaban, afirmación que parecía un tanto ociosa puesto que hacía años que residían en ellas. Pero daba igual: la mera insinuación de lo obvio no conseguía sino enardecer el ardor guerrero (es una metáfora, excepto en referencia a los Valentí) de los sublevados, quienes se juramentaron para desobedecer a 'Cantinflas' en defensa de una justicia que, según argumentaban con expresión digna y gesto altivo, estaba muy por encima de cualquier ley promulgada (en especial, la de arrendamientos urbanos).

Fueron tajantes al asegurar que nada ni nadie les movería de esta postura, moralmente impecable y fundamentada en unos valores irrenunciables, heredados de sus progenitores y de los progenitores de sus progenitores. Era una cuestión de principios. "Queremos que esta sea una casa moderna, actual, de nuestro tiempo. No nos gusta tener un casero rancio, chapado a la antigua, que solo vive preocupado por cobrar los alquileres", dijo el de la pensión 'Pozas', bajo cuya placa de latón había otra, más pequeña, que especificaba: 'Viajeros y Estables'. 
"Yo apuesto... un duro y una armónica a que no se va a gastar ni cinco en arreglar la escalera", añadió Pedrito, el sobrino del dueño de la pensión 'Martos' que estaba pasando unos días con sus tíos.

Lo que siguió a continuación, según me cuentan, fue repetitivo y aburrido. Tanto que nadie tuvo ánimos para contármelo.

Años más tarde, estando ya a punto de terminar mis estudios de bachillerato en el Ramiro de Maeztu, cayó, por casualidad, en mis manos un recibo del alquiler de nuestro piso. Yo no estaba muy al corriente de los precios de las viviendas alquiladas en Madrid, pero me dio la impresión de que era muy barato. 
–¿No es muy poco para una casa tan grande como la nuestra? –le pregunté a mi padre.
Sin levantar la vista del ejemplar del diario 'Madrid' que estaba leyendo, respondió con su habitual tono reposado:
–Sí, el casero nos bajó un día el alquiler a todos y no volvió a subirlo. 
–¿Por qué? –insistí extrañado.
–No sé. Los vecinos montaron un poco de lío. Pero creo que solo querían pagar menos.

lunes, 28 de agosto de 2017

Nubes de verano

A los niños no nos suele gustar la lluvia. Y menos en verano. En especial, si estamos pasando las vacaciones en el campo o en la playa. 
Sin embargo, la lluvia (que no las tormentas) suele ser beneficiosa, cuando es suave o, incluso, moderada. Todo esto viene a confirmar unos de los refranes menos controvertidos de la lengua castellana, frase hecha donde las haya, repetida una y mil veces. 

Bien es cierto que la expresión se utiliza más referida a otros asuntos que cuando se habla de fenómenos meteorológicos, pues la gente quiere insistir, cuando la usa, en el hecho de que ningún acontecimiento satisface a todo el mundo por igual.

Pero también se puede aplicar literalmente. Muchas personas mayores agradecen que el frescor de la lluvia interrumpa una temporada calurosa veraniega, al igual que lo hacen algunos agricultores (según lo que cultiven). Los niños, no. A los niños nos molesta.

–Mejor así, Paquito –dicen nuestras madres, empeñadas en que veamos con espíritu positivo lo que a nosotros nos parece un desastre–. Tendrás menos calor esta noche y podrás dormir mejor.
Las madres saben perfectamente que a los niños nos importa un rábano estar 'fresquitos', y tampoco ignoran que si dormimos mal por las noches es por motivos que nada tienen que ver con las altas temperaturas, que tanto les preocupan a ellos.
Lo que nos fastidia es no poder ir a la playa o a jugar al fútbol y tenernos que quedar en casa, bajo la supervisión de padres y otros mayores, cuya principal actividad (aparte de la siesta y las interminables comidas familiares) es su enfermiza obsesión por nuestra limpieza y buen comportamiento, aparte de tratar de inculcarnos aficiones asombrosas, que podríamos catalogar bajo el amplísimo epígrafe de 'juegos educativos' (a los que nosotros, los niños, damos otros apelativos menos cariñosos y bastante más coloristas y pintorescos).

Dicho todo esto, me veo en la obligación de aceptar que existen las nubes buenas estivales. Son esas que, condescendientes, derraman sobre nosotros algunas realidades que pasan desapercibidas cuando no estamos de vacaciones.
Gracias a ellas, recibimos indicios de que algunas personas fingían descaradamente mientras el exceso de ocupaciones y la escasez de tiempo libre se lo permitían, convertidas estas circunstancias en escudos protectores de sus arteras tretas y falsedades.
En verano, por el contrario, es más difícil esconder ciertas cosas. A veces, basta con elevar la vista al cielo de nuestro fuero interno para comprobar cómo entre esas nubes pasajeras que, en ocasiones, oscurecen las tardes de julio o agosto asoman los rostros de la verdad, mostrándonos la racanería espiritual de aquellos que alardeaban de sentimientos generosos que, según decían, si no podían entregarnos en toda su magnitud era por lo muy entretenidos que estaban con sus obligaciones profesionales (o de otra índole, siempre, eso sí, de naturaleza severa y perfectamente justificada). 
Llegado el estío, con su apetecido esplendor, es fácil deslumbrarse con las oportunidades que se nos presentan en diversas y arrolladoras formas, distrayéndonos de la apreciación de una realidad que, pese a estar a la vuelta de la esquina, nos parece lejana e improbable. Es entonces cuando las nubes de verano interrumpen nuestro sueño y despiertan la adormecida conciencia que nos impedía ver la realidad de unas falsas emociones.

Los niños nos entretenemos con cualquier cosa y somos propensos a la distracción, pero no aceptamos que nos engañen. Y acabamos dándonos cuenta de todo.

–Parece que va a llover, Paquito. Ponte algo.
–Solo es una nube, mamá. Se pasa pronto.

lunes, 21 de agosto de 2017

Soledad (lúcida o no)

Como nombre propio va perdiendo actualidad, es cierto, lo que no deja de ser una paradoja en estos tiempos. Las personas se vuelven solitarias con la edad, unas por decisión propia y otras como consecuencia de la vida que han llevado.
Los padres y los hijos desaparecen (normalmente, por distintas causas) y el resto de la familia bastante tiene con lo suyo como para propiciar una actitud social que vaya más allá de lo imprescindible o de lo interesado.
También hay personas que no buscan la soledad, pero se dan de bruces con ella. Incluso puede pasarle a quien se excede en tratar de evitarla y se rodea de multitudes que no hacen más que provocar una mayor sensación de vacío.
El propio nombre de algunos esconde la soledad a la que están destinados. Suelen celebrar su santo en pleno verano, porque es una estación más propicia que el invierno para no sentir el frío contacto de la ausencia de compañía real, de amistad, de verdadero cariño. Pero es un recurso ocioso, poco eficaz en cuanto se alejan de lo auténtico, dejándose llevar por la efímera ilusión a la que suele conducir esa soberbia con la que reaccionan ante sus propios errores.

Nunca les gustó el mes de agosto, ni su nombre, tan proclive a que bomberos voluntarios descuelguen sus sentimientos de la blanca pared que recubre su oscuro pasado.
A mí, sin embargo, es un nombre que me gusta. Probablemente, por el oratorio de la calle de Fuencarral en el que se conserva, junto al Cristo de las Llagas, una antigua imagen de la Virgen de la Soledad. Un retrato que sale poco de su encierro. Y que mantiene su auténtica naturaleza y denominación. 
Además, me gusta la soledad. Es un estado que hace posible muchas cosas, que despeja los sentimientos y fomenta ese ambiente de suave tristeza, en el que, con tanta facilidad, destaca lo bello de lo vulgar. Hasta permite, como diría Kant, distinguir lo sublime de la simple belleza.

En esa esquina de mi calle, tan trágica en su historia, es fácil reconocer emociones que ningún interés mezquino puede ocultar. Aunque ya no esté allí Celestino, el ciego. Ese al que tanto ayudó la familia de Paquito hace más de medio siglo.

Porque, sin duda, existe una soledad lúcida, al igual que hay sueños lúcidos (que son aquellos durante los cuales somos conscientes de que estamos soñando, lo que nos da la opción, a veces, de reconducirlos). 
Esa soledad es magnífica, no exenta de una frágil nostalgia, capaz de quebrarse ante una de esas poderosas manifestaciones de belleza que solo irrumpen, en todo su esplendor, cuando vienen a bordo de una manifestación artística o natural de cierta tristeza, cuya expresión es más intensa de lo que podría percibir un espíritu simple.

Soledad, terrible para el que la sufre sin buscarla, ansiada para el que la persigue sin lograrla... y preciosa para el que disfruta plenamente de esa vida retirada a la que cantó Fray Luis de León:

...
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
...

La otra, la que se adueña de toda emoción, la que llega como poesía en la canción, es mejor escucharla con música y frente al mar... para que las lágrimas se pierdan en el océano, que está repleto de ilusiones perdidas. 





viernes, 11 de agosto de 2017

Madre e hija

Me encontré a la hija de Martine en la terraza del Café du Commerce. Estaba charlando animadamente con una amiga y no me reconoció, así que tuve tiempo para observar la escena y, casi sin quererlo, reflexionar sobre algo de tan poca trascendencia como lo que sucedía a mi alrededor en aquel après-midi veraniego.
La hija de Martine era un poco más morena que su madre y tanto ella como su amiga se movían, mientras hablaban, con ademanes que me parecieron acelerados. Tal vez iban maquilladas en exceso, aunque esta apreciación no deja de ser siempre subjetiva y, en este caso, motivada porque era imposible no fijarse en las más que impecables uñas de ambas (demasiado perfectas, en mi opinión personal). Claro que todo esto era, sin duda, consecuencia de que mi subconsciente comparaba a la hija con la madre, provocando una improvisada competencia, tan inútil como injusta.

Martine era, creo recordar, más atractiva y natural que su hija. Los cuarenta años transcurridos desde nuestro primer encuentro jugaban, desde luego, a favor de la madre, como también lo hacían el lugar y las circunstancias en los que se produjeron aquellos lejanos acontecimientos.

Una concurrida terraza, cubierta por múltiples sombrillas rojas, bajo cuya protección brillaban innumerables bombillas encendidas a plena luz del día, nos rodeaba, creando un ambiente distendido, en el que la hija de Martine y su amiga intercambiaban confidencias (de poca o nula gravedad, por el aspecto risueño de sus rostros) mientras cada una bebía su Coca-Cola, directamente de la botella, con la ayuda de sus respectivas pajitas. 

Es difícil juzgar a los jóvenes de hoy. Siempre nos parece que su actitud es más superflua que la nuestra a su edad, aunque lo más probable es que nuestros mayores pensaran lo mismo de nosotros en su momento. Pero Martine no era así. Era una profesional resuelta y eficaz, que resolvía sus problemas con decisión. Su mirada reflejaba seguridad y determinación. Cuando la conocí me dio la impresión de que se daba a sí misma poco margen para dudar: sabía lo que quería. Tenía un buen trabajo en París y acabó viviendo en una capital de provincia. ¿Por qué? Nunca se lo he preguntado. La vida no es fácil y puede que algunas ilusiones se vayan desnaturalizando por el camino, a medida que el tiempo va haciendo estragos en tus planes, en tus proyectos. "Solo los muy ricos llegan a viejos con algo más que recuerdos", asegura un amigo mío. Y añade: "Cuando digo muy ricos quiero decir que poseen muchas riquezas, claro, pero no necesariamente económicas".

El caso es que la hija de Martine es una mujer actual. No podía ser de otra manera. 
Además, es guapa, alta, delgada, tiene un gesto inteligente y parece simpática. Viste impecable y no se aprecia en su comportamiento ningún síntoma que no se corresponda con los de una existencia feliz. No parece agobiada por nada importante y me atrevería a decir que no tiene más problemas que los habituales de una persona normal, esos con los que uno se encuentra todos los días. Es una chica envidiable, capaz de triunfar y con una larga y prometedora trayectoria por delante. Seguro que es una mujer de éxito...

Madres e hijas, el dilema que no cesa. ¿Es la juventud un valor en sí mismo? ¿Tienen las hijas la obligación de ser mejores que sus madres? Yo no lo sé. Y supongo que no es bueno generalizar, pese a que se trate de un conflicto eterno. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que Martine me gusta más que su hija. Lo siento.

sábado, 15 de julio de 2017

Efimérides

En la vida de todas las personas se producen acontecimientos de apariencia tan notable que, en un primer momento, se piensa que van a ser recordados posteriormente cada vez que llegue su aniversario. Algunos de ellos, incluso, quedan registrados en libros, comentarios y agendas, públicos o privados. Y llega a suponerse, cuando suceden, que se conmemorarán año tras año, por los siglos de los siglos (expresión que, llevada al régimen particular de cada uno de nosotros, viene a significar 'hasta el fin de nuestros días').

Sin embargo, con el transcurso del tiempo, se van decantado aquellos que perduran, mientras que se volatilizan de la memoria los que de duraderos no tenían más que la presunción. Un proceso de destilación natural e inexorable que otorga a cada momento vivido la dimensión que, verdaderamente, le corresponde.

Suele resultar curioso como ciertos hechos, percibidos en su momento como trascendentes,  se evaporan de nuestra consciencia, cuando otros, condensados por ese alambique inmaterial que todos llevamos dentro, no solo se quedan para siempre sino que, a veces, resurgen con una notoriedad que era inimaginable en el instante en el que fueron vividos.

Bien es cierto que la actitud de determinadas personas resulta fundamental para la calificación definitiva de las efemérides. En este orden de cosas (y como consecuencia de ciertos comportamientos ante eventos de indiscutible importancia objetiva), se llega a producir una circunstancia, muy llamativa a mi entender, que entrelaza el recuerdo y el olvido, creando un nuevo estado de atención que posee las características de uno y otro. Es lo que yo denomino efimérides, y que no es más que la combinación de lo efímero con lo duradero. Un buen número de miembros de la raza humana padece (o disfruta) en su personalidad de este rasgo, tan singular en apariencia.

Hay quien dice que es un don adquirido con la práctica y el concienzudo entrenamiento, pero la mayoría de los expertos, se inclinan por asegurar que es innato. 

¿En qué consiste? Pues en algo muy fácil de explicar, pero complicado de practicar (salvo que se pertenezca al selecto grupo de los efiméridos). Se trata de conservar intactos en la mente sucesos fundamentales de la vida, así como sus fechas, pero ungidos con un matiz dogmático (básico e innegable, por tanto) que les confiere la paradójica doble condición de ser duraderos y efímeros, a un tiempo.

El efimérido (dícese del individuo que practica la efimérides con asiduidad) no olvida, ya que sería una demostración de fragilidad intelectual que solo exhibe ante determinadas audiencias, pero convierte en fugaz lo permanente, con el fin de que su evocación no deje huella.

Desde mi punto de vista, no es recomendable extender el efimeridismo (reconociendo, eso sí, sus múltiples ventajas para los escogidos miembros de este movimiento universal), porque conduce a la desnaturalización de la verdad positiva, tan perseguida por filósofos como el padre Mindán. Puede que por esta misma razón, don Mariano Castillo y Ocsiero se decidiese a lanzar su celebérrimo Calendario Zaragozano (yo prefiero el Zamorano, por ser su creador buen amigo mío, sin desmerecer, desde luego, al del famoso astrólogo aragonés).

Y sí, aun a riesgo de que salga un poco caro, recomiendo regalar uno, en prueba de buena voluntad, a todos los efiméridos con los que nos vayamos topando por ahí, esos que desnudan su memoria con impúdica desvergüenza para no enfrentarse a sus verdaderos sentimientos. O a la total ausencia de ellos cuando los fingieron, claro está.