miércoles, 1 de julio de 2020

Un otoño largo y estrecho

No sé a quién se le ocurrió inventar el otoño. 
Y no hablo de meses del calendario, no; hablo de la estación meteorológica comprendida entre el final del verano y la llegada del invierno. Porque, digo yo que alguien la inventaría, ¿no?
Hay una especie de consenso general que inclina a la gente a decir cosas tirando a cursis sobre él, apelando, casi siempre, a la supuesta belleza del colorido de árboles, parques y jardines durante esa época del año, pero creo que no me equivoco si digo que es un gusto más propio de personas mayores que de jóvenes. A los jóvenes les suele gustar poco. Primero, porque su llegada significa el final del verano y el comienzo del curso. Y, si hablamos de niños, todavía les gusta menos, porque a la razón antes mencionada, se le une el hecho de que les parece interminable y se les hace muy larga la espera hasta la Navidad.

Pablo no era una excepción. Estaba claro que las secuelas que había dejado el verano de ese preciso año, 1966, habían sido notables, y no todas positivas, desde luego. Sin embargo, pese a ello, no recibió bien la llegada del otoño.
La universidad le gustaba, pero la necesaria separación de sus camaradas no le hacía mucha gracia. Ninguno de sus mejores amigos estudiaba su misma carrera y eso no facilitaba las cosas, porque es preciso hacer constar que a Pablo no era partidario de hacer nuevas amistades, sino de mantenerse fiel a las de toda la vida.
El Catalán era un caso aparte, se habían conocido dos años atrás e, instantáneamente, surgió entre ellos una poderosa amistad, que pareció nacer en lo más profundo de sus respectivos espíritus. ¿Cómo había sido posible? Era un caso raro, difícil de explicar, pero trataremos de hacerlo.

No era Pablo un chico normal. Lo parecía, pero no lo era en absoluto.
Desde muy pequeño, había tomado una serie de decisiones que marcarían por completo su futuro (y el de un buen número de personas más).
La primera de esas decisiones era que la vida debía ser modificada. Y solo había una forma de hacerlo con éxito: creando una vida paralela que se adaptase, exactamente, a sus ideales. Para ello, era preciso establecer unos principios fundamentales, cuya regla general básica fue la de convertirlos en eternos, inamovibles y, sobre todo, superiores a cualquier otra norma, uso, costumbre o ley.
Esos principios, serían simples, pero irrenunciables, y conformaban una realidad diferente, en la que el honor, la lealtad, el amor y la libertad debían ser sus cuatro sagrados pilares.
La vida en la que Pablo creía tenía grandes dosis de romanticismo y de bohemia, así como de todas esas grandes virtudes propias de la infancia que, inevitablemente, desaparecían en las personas, a medida que se iban haciendo mayores.

Puede que a la mayoría de quienes lean esta historia (bueno, no a la mayoría, porque la mayoría no entenderá la verdadera dimensión de lo que estamos tratando de decir, pero sí a los contados lectores que lo comprendan) les parezca que, en el fondo, lo que Pablo quería era jugar. Y, efectivamente, aciertan. El matiz diferenciador, que hace único este caso, es que él decidió que este juego durase (como mínimo) toda su vida y que, siendo compatible con la apariencia de una vida normal, tuviera un rango superior tan elevado que, en la práctica, todas las circunstancias y actividades de esa secundaria 'vida normal' estuviesen al servicio del supuesto juego. 
Por lo tanto era necesario ir más allá de lo común: no bastaba, para ponerlo en práctica, llevar una doble vida, lo que había que llevar era una 'vida doble' (que, en alguna ocasión, hubo que aumentar a triple).

Siendo muy joven, Pablo era ya un gran conocedor de la filosofía de Maquiavelo, considerándola vulgar y nada distinta a la tónica imperante en la mayor parte de las sociedades que han existido desde que el mundo es mundo; en cambio, la que sustentaba su propia línea de pensamiento era, en su opinión, notablemente más original e interesante de poner en práctica. Además, claro está, de desarrollar un concepto mucho más creativo y revolucionario. Pablo lo expresaba así: «Los medios justifican el fin».

Lo que Pablo siempre supo es que todo esto comportaba para él tener que estar dispuesto a no ceder nunca, a mantener estos principios inalterables, sucediese lo que sucediese, durante toda su vida, no flaqueando jamás, por muy difícil que fuese el momento. Y, para conseguirlo, era preciso tener una visión muy clara del significado de esos adverbios, antes mencionados: 'siempre' y 'nunca'.
Pablo conocía a la perfección su significado. Y lo aplicó literalmente.



Pero dejemos todo esto para más adelante y volvamos al otoño de 1966.

Tras múltiples deliberaciones, Pablo y El Catalán habían concluido que era imposible entender el extraño comportamiento de Puskas y que lo mejor que se podía hacer al respecto era pasar página y centrarse en las muchas novedades que su reciente condición universitaria les brindaba. La eterna novia de El Catalán, Nuria, más conocida entre ellos con el apelativo de Nolito, vivía en Barcelona y esta circunstancia les liberaba de compromisos y ataduras, abriendo ante ellos un enorme campo de inexploradas posibilidades. 
Sin embargo, la particular idiosincrasia de Pablo (de la que ya estaba plenamente contagiado El Catalán), no aceptaba soluciones sencillas. Para él, resultaba imprescindible encontrar una fórmula compleja y adornada de flecos un tanto melodramáticos, que abordase el análisis de la situación, así como las medidas a tomar para afrontarla, dotándola de métodos más románticos (ya hemos dicho que Pablo justificaba el fin en función de los medios y no a la inversa, como predicaba el famoso secretario florentino en tiempos del Renacimiento).

Había un punto de razón en el planteamiento de Pablo, y era que no conseguía quitarse a Puskas de la cabeza. Y, buscando una solución para el problema, encontró una más propia de una comedia de Hollywood que de la llamada 'vida real'. No acordó consigo mismo centrarse en sus estudios, ni en el fútbol (deporte en el que reunía condiciones para hacer una buena carrera), y, mucho menos, decidió darse a la bebida para olvidar (Pablo no bebía alcohol y no hubiese sido oportuno pasarse las noches en vela, a base de leche o zumo de naranja, sus bebidas favoritas). Escogió una alternativa más complicada y teatral: salir con multitud de chicas diversas, prácticamente a diario, sin darse tiempo para coger aliento entre una cita y otra.

Él no lo pensó nunca, pero pudo haber sido consecuencia de que el origen del conflicto estaba en la película 'Chicas! Chicas! Chicas!', que, desde hacía meses, tenía catalogada como el producto cinematográfico más despreciable que se había rodado desde 'La Sortie de l'usine Lumière à Lyon'. Estaba claro, por tanto, que Pablo no tuvo, conscientemente, esta asociación de ideas o su ocurrente plan hubiese sido descartado de inmediato.

Así que se puso manos a la obra. Solicitó la colaboración de algunos amigos próximos, entre quienes debemos destacar, aparte de a El Catalán, a otros muy cercanos como Agustín, El Mariscal y una nueva adquisición que daba mucho juego: El Duende (El Duende que Camina, El Espíritu que Anda). A ellos (y otros no tan relevantes, pero, también muy participativos) había que añadir a un buen número de chicas, como May y Mau, la recordada y querida Mori (inseparable de Agustín), Cristina y Montse (buenas amigas de Le Canal), la bella y delicada Lisbeth (quien, pese a vivir en Biarritz y pasear por San Juan de Luz, venía con frecuencia de visita) y, por supuesto, Zoraida (aficionada a los leñadores, para disgusto de El Mariscal).

El otoño, ya lo hemos dicho, fue largo. Y, a medida que pasaban las semanas, se fue estrechando. Todos los participantes en esos constantes festejos cumplieron con su cometido, tal como estaba previsto. Pablo no tenía motivo alguno de queja. 
Las diversiones, ingeniosas e innovadoras, animaban las reuniones con gran éxito, si bien fue, precisamente ese éxito, el que puso en evidencia, una vez más, que no siempre la innovación es susceptible de ser asumida por la sociedad, sin poner en peligro algunos principios aceptados, de forma habitual, por la civilización occidental. Juegos muy creativos y rupturistas, como 'Miembros', '¿Quién fue?' y, en especial, 'Gallina Ciega Invertida', cuestionaron las bases de la estabilidad emocional de más de un participante, lo que, unido a la tendencia natural de El Duende a subirse por las paredes de los pasillos en cuanto los demás se descuidaban, recomendó la paulatina reconversión de aquellas diversiones en otras algo más convencionales.
Esta tendencia del otoño hacia unas dimensiones más largas y estrechas de las establecidas por su naturaleza original, no fueron del agrado de Pablo que, en su fuero interno, no estaba dispuesto a aceptar que su plan funcionase. Si él mismo lo había diseñado era por puro artificio retórico-teatral, no para que produjera un efecto positivo en el affaire de Puskas, cuya solución, en realidad, no buscaba.

Se cuenta que esta deformación del otoño de 1966 inspiró a algunos famosos cocineros franceses para crear esa tendencia, popularizada en los años setenta, de introducir en las cartas de sus restaurantes los dichosos menús 'largos y estrechos', que permiten, como le ocurrió a Pablo en el otoño del 66, probar un poco de muchas cosas, sin poder disfrutar a fondo de ninguna de ellas.


Nada se supo de Puskas durante aquel otoño. Ninguna noticia llegó de ella. Y Pablo no tenía la más mínima intención de preguntar ni de investigar, así que, lentamente, se iba acercando un invierno que no parecía proponer grandes novedades, aparte, claro está, de la que implicaba la constatación oficial del fracaso de un plan que no había resultado eficaz para eliminar de la memoria de Pablo el recuerdo de Puskas.


Habría que pensar en algo diferente. Y fue, entonces, cuando El Catalán apareció con una nueva proposición: París. 

martes, 30 de junio de 2020

Verano del 66 (II)

El valle estaba tan verde y apacible como siempre. Tal vez más soleado que de costumbre, por lo que los inmensos prados parecían más grandes, los bosques más frondosos y el pequeño río más caudaloso. Las hortensias daban la impresión de haberse multiplicado ese año y sus tonos azules, rosas y malvas inundaban los rincones de cada jardín, más luminosas y alegres que otros veranos.

Pero Pablo permanecía insensible a los encantos de la desbordante naturaleza de Vertville. Llevaba ya un par de días allí, en ese idílico valle, objeto de disputa perenne entre Bretaña y Normandía, que había acabado convirtiéndose en una tierra de nadie. Los normandos lo tenían olvidado, y los bretones, considerándolo suyo, carecían de competencias para administrarlo.

En realidad, no se podía hablar, con propiedad, de que Vertville fuese un pueblo. En la fachada de uno de sus edificios estaba escrita la palabra 'Mairie', es cierto. Y también había una vieja escuela (Pablo nunca vio niños en ella, pero jamás llegó a saber si esta circunstancia se debía al hecho de que él solo viajaba a Vertville en verano o a que ya no era más que una reliquia del pasado, como, en el fondo, sospechaba). Y había un bar, junto a cuya puerta, al lado de un pequeño cartel que anunciaba 'Tabac', se leía: 'Chez Le Pré - Restaurant'. Y, claro, había una iglesia.
El resto de las pocas edificaciones que se veían, muchas de ellas antiguos caserones, estaban desperdigadas por el valle y las colinas, entre prados, robles y eucaliptos. Sin duda, el conjunto que presentaba Vertville a los ojos de cualquier viajero era magnífico e invitaba a la paz mental y al reposo del alma.

Dicho lo anterior, era evidente que Pablo no podía ser considerado 'cualquier viajero'. Tal vez por eso, su estado mental no era nada pacífico ni su alma estaba tranquila.
Hacía dos días que había llegado y aún no había salido de casa. No estaba de humor para encontrarse con sus veraniegos amigos locales y aún tenía menos ganas de ver a Blanche. De momento, se limitaba a esperar, con ansiedad, noticias de El Catalán, quien se había comprometido a investigar el misterioso comportamiento de Puskas en el último día de la reciente estancia de Pablo en la Costa Brava. Sin embargo, la maldita carta no llegaba.
Nadie en su sano juicio, se decía a sí mismo, podía preferir ir a un mugriento cine de verano a ver un bodrio como 'Chicas! Chicas! Chicas!', en vez de pasar una noche intensa y romántica en el fabuloso St. Trop'. ¿Qué podía haberle sucedido, de repente, a Puskas para, sin motivo aparente, dar un giro tan brusco a su comportamiento? ¿No había sido ella, precisamente, la que tuvo, durante toda la semana, una actitud en extremo cariñosa, que solo podía significar que Pablo le gustaba tanto como ella le estaba demostrando, día tras día?
Estas y otras disquisiciones similares atormentaban a Pablo, alcanzando un estado que iba mucho más allá de un simple sentimiento de amor propio herido. A él nunca le había atraído Puskas. Se había dejado convencer por El Catalán para ir a pasar unos días a la Costa Brava y allí fue ella quien había convertido esa semana de vacaciones en el período más progresivamente intenso que puede vivirse desde el punto de vista de los sentimientos de una pareja... 

Al tercer día, era ya tal su desconcierto, que aceptó, de buena gana, la propuesta de sus padres para acompañarlos a pasar el día a Dinard. Ellos, verdaderamente sorprendidos por esta anómala reacción de su hijo, se apresuraron a emprender la excursión de inmediato, tomándole la palabra antes de que cambiase de idea.

La belleza de la costa de aquel pintoresco pueblo marinero y la excelente comida en un renombrado restaurante con vistas a la bahía de St. Malo, le despejaron un poco la cabeza y regresó a Vertville con renovados ánimos.
Volvieron a casa a media tarde y, tras comprobar, con disgusto, que el cartero no había traído carta alguna, Pablo salió a dar una vuelta, seguro de encontrarse con sus amigos.

Vincent, Blanche y Henri estaban charlando en la puerta de Chez Le Pré, con aspecto de estar un tanto aburridos. Aspecto que cambió, radicalmente, al ver aparecer a su añorado amigo, cuyo advenimiento (como el de cualquier persona, animal o cosa que viniese de fuera), era considerado en Vertville digno de ser celebrado por todo lo alto.
Pablo saludó a sus amigos y los cuatro fueron a dar una vuelta por esa solitaria y estrecha carretera que a él siempre le había parecido que no llevaba a ninguna parte.
Blanche iba junto a Pablo y, poco a poco, fue reduciendo el paso hasta que ambos quedaron un poco rezagados de sus otros compañeros de paseo. Blanche le hablaba animadamente y sus ojos azules irradiaban un brillo especial al cruzar su mirada con la de Pablo, que trataba (no siempre con éxito) de mantener la vista alejada del rostro de ella.

Blanche era una chica que conocía bien su atractivo. Delgada y bien proporcionada, de piel suave y clara, llamaba la atención por tener una cara muy bonita, con labios sonrosados y bien dibujados, nariz pequeña y ojos de un azul brillante e intenso. Su larga y ondulada cabellera era de un rubio oscuro, matizada con unos reflejos dorados que, al caer la tarde, parecían haber surgido de la paleta de Botticelli. Alguien dijo en Vertville que recordaba a Brigitte Bardot, antes de que se convirtiera en estrella de fama mundial (en España hubiesen dicho, con más propiedad, que se parecía a Marisol).
Como ella sabía bien todo esto (y le gustaba que fuese así), no desperdiciaba la ocasión para sacar aún más partido de sus virtudes naturales.
Si, a sus cualidades físicas, le sumamos un carácter abierto y simpático, no es de extrañar que, a sus diecisiete años recién cumplidos, fuese foco de atención de casi toda la población juvenil masculina, tanto en Vertville, lugar habitual de sus veraneos, como en su Nantes natal, donde vivía el resto del año.

Sin apenas darse cuenta, Pablo se encontró solo con Blanche en mitad de un prado cercano. Vincent y Henri habían desaparecido, como por arte de magia. Blanche se sentó sobre la hierba y Pablo lo hizo a su lado, manteniendo su gesto imperturbable. 
Ella sabía lo que hacía, Pablo le gustaba y no quería que se repitiese lo ocurrido el verano anterior, en el que todo apuntaba a una situación que, pese a todos los pronósticos, no llegó a consumarse. La conversación de Blanche, sustentada en unos labios tentadores y en ese azul de sus ojos que, a esta última hora de la tarde, adquiría reflejos más propios de aguamarinas que del iris de una persona, giraba alrededor de esa asignatura pendiente del curso pasado. 
La media luz del atardecer iba dejando paso a una penumbra silenciosa que, combinada con el aroma de la hierba húmeda y las suaves caricias del dedo índice de Blanche en la mejilla de Pablo, no presagiaba dejar una escapatoria al alcance de un chico de dieciocho años, sumido en un trance psicológico como el que atravesaba el espíritu de Pablo.
Pero, para sorpresa de Blanche, la mente de su acompañante no estaba allí. 
Y su corazón tampoco. Ella desplegó sus largas pestañas y dos rutilantes aguamarinas se clavaron en el rostro impenetrable que tenían delante...
Pablo no reaccionó. Sus sueños volaban sobre los acantilados de la Costa Brava, escuchando a Jorge, el protagonista de Marina, entonando su famoso brindis. Luego, una grotesca imagen de un Elvis, rodeado de un enjambre de chicas, interrumpía la romántica escena, mientras Puskas se alejaba con una entrada de cine en la mano.

—¿Me estás escuchando? —inquirió Blanche, con furia contenida.
—No... sí... —balbuceó Pablo, sin inmutarse.

Ella acercó sus labios a los de Pablo y le besó. Primero, con dulzura, luego, por segunda vez, lo hizo de forma mucho más apropiada para obtener una reacción apasionada por parte de él.
Fue un intento inútil. Los labios de Pablo permanecieron inmóviles, sin responder al beso de Blanche.

—¿Qué te pasa, Pablo? —insistió la chica, haciendo un esfuerzo por contener su rabia.— ¿Es que no te gusto?
—Sí, sí... claro —fue la poco pertinente contestación que dio él.

Blanca se levantó, airada. Sus ojos se habían convertido en dos bengalas chisporroteantes y sus labios se apretaban en un breve y recto segmento, más propio de una clase de geometría elemental que de unas facciones femeninas. Brigitte Bardot y Marisol hubiesen deseado estar presentes para aprender a pasar de expresar ternura, a mostrar odio, en una sola (y cortísima) clase magistral.

—Creo que es mejor que nos vayamos —dijo—. Es tarde y no sé dónde están los otros.
—Vale —repuso el zombi que tenía a su lado.

Blanche se perdió entre las sombras, camino de su casa, en el vecino barrio de L'Isec. Pablo emprendió un errático recorrido, siguiendo, en parte, el curso del arroyo (definitivamente, era pretencioso llamarlo río), bajo un cielo de estrellas infinitas y tristes.
Unas horas más tarde, le despertaron los agudos dolores provocados por un corte de digestión que borró sus preocupaciones metafísicas, sustituyéndolas por otros asuntos más terrenales y acuciantes.

Blanche tampoco pudo conciliar el sueño aquella noche. Era la primera vez que en su corta, pero intensa, vida sentimental se había sentido humillada por un chico. No estaba acostumbrada a encajar este tipo de desaires, lo que le llevó a buscar (quizá de forma subconsciente) alguna explicación que la dejase en buen lugar ante sí misma. Primero optó por poner en duda las íntimas inclinaciones sexuales de Pablo, pero, entendiendo que ella no saldría bien parada si no era capaz de distinguirlas con precisión, se decidió por una causa que le colocase a él en un plano inferior al suyo: Pablo estaba enamorado de ella, pero no sabía besar, era un 'pardillo', sin experiencia en el campo de las relaciones amorosas, por lo que no debía perder el tiempo con un niñato como él, por muy rubio y apuesto que fuese.
Resulta curioso (aunque no pertenece a esta historia) que Blanche siguiera alimentando el rechazo a su despecho con esta peregrina teoría durante varios años, tal como quedaría constatado, tiempo después, en una carta remitida por Blanche a un amigo común, a quien solo llegó a conocer a través de una larga y sorprendente relación epistolar.

Pablo hizo otro tanto. Dejó en una nebulosa de su memoria lo sucedido la tarde anterior y se centró en los calamares. Sí, en los deliciosos calamares que había comido en el bonito bistrot de Dinard y que ya no le parecían nada deliciosos. Ellos eran los culpables de todo lo sucedido: habían trastornado su mente (y, desde luego, su estómago) para llevarle a un mundo irreal y subjuntivo (no sabía muy bien cómo aplicar la 'subjuntividad' a su estado, pero le gustaba esa forma de expresarlo), en el que Blanche, tan apetecible doce meses atrás, no tenía cabida. Pablo estuvo veinte años sin volver a probar los calamares. Y no es una manera de hablar, es un hecho real.

Es curiosa la facilidad que tenemos los humanos para justificar los actos propios con exagerada benevolencia y trasladar nuestra responsabilidad a los demás (sean personas o calamares), ya sea mediante el método de culpar al otro de un fallo que hemos cometido o, simplemente, desconectando de la realidad para refugiarnos en un sueño del que no queremos despertar. En este caso concreto, ni Blanche ni Pablo supieron afrontar la situación siendo sinceros con ellos mismos. Se dejaron confundir por el orgullo, y trataron de adormecer sus sentimientos a base de esa peligrosa sustancia opiácea llamada soberbia, una medicina que se destila internamente y que acaba siendo altamente adictiva.

A la mañana siguiente llegó la carta de El Catalán. Un informe completo y detallado de lo que estaba sucediendo en ausencia de Pablo, que en nada aclaraba las causas del comportamiento de Puskas. Su actitud general dentro del grupo seguía siendo positiva y animada, sin el más mínimo síntoma de rareza en sus palabras o en su forma de actuar.
El Catalán había mantenido una larga conversación con ella, en la que se abordó en profundidad el tema de Pablo, no arrojando ninguna luz sobre el asunto. Al parecer, Puskas se ratificó en sus cariñosos sentimientos hacia Pablo, así como en lo mucho que habían disfrutado juntos esa semana. Ni una palabra sobre Carahuevo. Y tampoco sobre Elvis Presley.

Nada satisfecho quedó Pablo tras su lectura. «Pero es lo que hay», se dijo, guardando cuidadosamente la carta, que sería archivada con posterioridad y pasaría a formar parte de su completísima colección de correspondencia histórica, de la que se dice (tal vez exagerando) que no tiene parangón en el mundo.

Pablo y Blanche se evitaron mutuamente durante los siguientes días. Y es probable que cometiesen una grave equivocación. No volverían a verse hasta un par de años después y, entonces, ya sería demasiado tarde para Pablo. La vida había pasado como una exhalación en ese tiempo y no quedaba un resquicio lo suficientemente amplio para una chica como Blanche, cuya ambición perseguía objetivos de una dimensión que no encajaba en el torbellino que envolvía la nueva realidad vital de Pablo.


                                              *               *               *

Aquel verano del 66 acabó, como casi todos los de aquella década, en Le Canal.
Puskas apareció esporádicamente, pero, sin rehuir de una forma expresa a Pablo, dio a entender que, tras las mañanas de piscina con los amigos de siempre (la principal ventaja que Le Canal ofrecía a Puskas era que su piscina permitía nadar con soltura y guardar la ropa con eficacia, circunstancia, como más adelante se demostraría, de vital importancia para ella) salía muchas tardes con Carahuevo, por quien nunca volvió a manifestar un afecto sentimental lo bastante fuerte como para desear que su ventana diese a la calle de San Cristóbal (estaba claro que no quería quedarse sin ventana).

Para Pablo, Le Canal ofrecía unas ventajas diferentes: excelentes amigos, deporte sin límites... y la negra melena de Isabelle que volaba, airosa, sobre sus juveniles hombros morenos cuando paseaba, junto al borde de la piscina, luciendo su ceñido bañador plateado. Tres realidades que, unidas, conformaban un patrimonio lo suficientemente rico como para saciar el apetito del espíritu más exigente.
Sobre todo, cuando apenas quedan unas semanas para que termine el verano. 

domingo, 28 de junio de 2020

Verano del 66

La culpa de todo la tuvo El Catalán.
Estaba empeñado en que aquel verano del 66, Pablo pasase unos días con él en su casa de la Costa Brava y, para ello, recurrió a todos los argumentos posibles. Pese a sus perseverantes esfuerzos, Pablo se resistía. Tenía intereses concretos que exigían su presencia en Vertville, en Vichy y, sobre todo, en Le Canal, donde sus amigos le reclamaban y la negra melena de Isabelle volaba, airosa, sobre sus juveniles hombros morenos cuando paseaba, junto al borde de la piscina, luciendo su ceñido bañador plateado.

Pero, digan lo que digan los negacionistas del destino, si el fatum se empeña en salirse con la suya, no hay fuerza humana que se le resista; y dio la casualidad que El Catalán (que estaba dispuesto a llevar a cabo su plan, de una forma u otra) encontró una aliada perfecta para materializarlo: Puskas.
Puskas era una amiga de Pablo, morenita, más bien mona y de apariencia dulce e inofensiva, que, precisamente ese año, iba a pasar una buena parte del verano en el mismo pueblo de la Costa Brava en el que los padres de El Catalán tenían su apartamento.
No sé tomó en consideración el hecho (ciertamente irrelevante) de que Puskas tenía un novio, conocido como Carahuevo, que solía responder al nombre de Cristobalito. Ni la propia Puskas lo evaluó como un inconveniente, sino que, por el contrario, sumó su entusiasmo al de El Catalán para convencer, mediante una maniobra envolvente conjunta, a Pablo de los beneficios que les reportarían a los tres unos días de vacaciones juntos, disfrutando de la belleza y las diversiones de una Costa Brava que, en aquellos años, se hallaba en plena efervescencia turística.

Pablo dudaba. El meloso comportamiento de Puskas en las semanas previas, no representaba un especial acicate para desnivelar la balanza hacia una respuesta positiva, aunque era cierto que lo que El Catalán le contaba de sus veranos en la Costa Brava, sí le resultaba atractivo. 
En esta tesitura, fue, de nuevo, el fatum quien intervino para facilitar la decisión de Pablo: su madre canceló, de improviso, la semana programada de estancia en el balneario de Vichy, liberando unos días en la compleja agenda que Pablo barajaba para el verano en el que iba a cumplir los dieciocho años.
Así que Pablo aceptó y, con cierta displicencia (casi como haciéndoles un favor), comunicó a El Catalán y a su aliada Puskas que pasaría una semana con ellos en la Costa Brava, enlazando, a continuación, con unos días en Vertville, donde el año anterior había dejado un asunto pendiente de resolución. El 'asunto' estaba directamente relacionado con una ondulada cabellera de color rubio oscuro, armonizada a la perfección con unos insinuantes ojos azules, que se encendían con particular brillo cada vez que miraban a Pablo, iluminados por la romántica luz de los prados de Vertville. El nombre de su propietaria era Blanche, pero aún no ha llegado el momento de hablar de ella en esta historia.

La semana en la Costa Brava fue extraordinaria, desde todos los puntos de vista. Los amigos de El Catalán se esmeraron al máximo para conseguir que la estancia de Pablo entre ellos fuera feliz y divertida. Y Puskas tampoco se hizo de rogar para lucir sus más amables virtudes. Estuvo cariñosa, simpática y siempre dispuesta a mostrar lo mejor de sí misma, transformando, incluso, su natural timidez en una personalidad nueva, positiva y animada, muy por encima de las voluntaristas virtudes que El Catalán le había adjudicado (hay que reconocer que haciendo un esfuerzo) en sus arengas previas al placet de Pablo.
Las noches en St. Trop', el pa amb tomàtec de La Cuadra, la nocturna representación playera de Marina (en la que no 'se quemaron barcos', pese a los sorprendentes comentarios previos del futuro cuñado de El Catalán, quien aseguraba que era una práctica habitual en aquellos lares, en contra de lo que garantizaba –con toda lógica– el libreto de la ópera de Camprodón y Arrieta) y, sobre todo, Frank Sinatra, hicieron el resto.

Puskas y Pablo fueron, a ojos de todos, la pareja inseparable y perfecta durante esos siete días. Blanche era ya una sombra difusa en la memoria de Pablo; de Vichy (escala ya descartada para ese año) solo quedaba la desvanecida imagen de un lago de agua termal del que surgía una fantasmal figura femenina, con aspecto de reina flanqueada por una escolta de gigantes y cabezudos; y la melena negra con bañador plateado de Le Canal se mantenía como lo que era –y seguiría siendo durante cinco décadas más–, patrimonio exclusivo del alma...
Y, así, llegó el último día de la estancia de Pablo en aquel (todavía) pequeño rincón de la Costa Brava. Esa noche merecía una despedida especial, acorde con la desbordante felicidad de una semana que había discurrido sin más incidencias que el doble 6-0 que a la pareja formada por El Catalán y Pablo les habían endosado los imbatibles hermanos Plaza, en el único partido de tenis que se habían atrevido a jugar contra ellos. Porque la inoportuna mención de Puskas al nombre de la calle a la que daba su ventana y que fue respondida, al vuelo, por Pablo con un «pues ten cuidado, no te vayas a quedar sin... ventana», no podía llegar a calificarse de incidente, dada la sonrisa que iluminó el rostro de Puskas tras la réplica de Pablo.

La mañana había empezado bien. Pablo y Puskas la pasaron en la playa. En esta ocasión, no se habían reunido con El Catalán y sus amigos, sino que estuvieron solos, disfrutando del sol y del mar a sus anchas. Todo presagiaba que el resto de esta última jornada juntos iba a ser memorable.

—Esta noche iremos a St. Trop', ¿no? —preguntó Pablo, mientras sacudía mecánicamente la arena de su bañador con un gesto despreocupado de la mano.
—No —dijo ella, sin inmutarse por el tono insinuante de Pablo—. Esta noche me apetece ir al cine.
— ¿Al cine? —casi gritó Pablo.
— Sí, al cine —ratificó Puskas con una inexpresividad en el rostro que hubiese hecho palidecer de envidia a la esfinge de Gizeh.

En ese mismo momento (una vez más, entraba el fatum en escena), un cartel anunciador del único cine de verano del pueblo apareció ante su vista, mal colgado en la esquina de la calle. Pablo frenó en seco y se quedó petrificado ante la visión que le ofrecían sus incrédulos ojos. Puskas miró, también, el cartel, y sus labios dibujaron en su rostro una beatífica sonrisa.
La película que se ofrecía esa noche en la sala era 'Chicas! Chicas! Chicas!', protagonizada por Elvis Presley.
Pablo pensó que Puskas le estaba tomando el pelo. No cabía otra explicación posible. Pero no era una broma.

—Me apetece muchísimo —insistió.
—¿Te apetece ver 'Chicas! Chicas! Chicas!'? —preguntó Pablo con incredulidad.
—Sí, un montón —ratificó Puskas, con acento firme y seguro.
—Pero... es la última noche... me voy mañana.
—Ya —dijo ella, haciendo caso omiso de la protesta de Pablo.

No vamos a decir que aquella noche fuese tan triste como la de Cortés en Tenochtitlan (al menos en esta no hubo que lamentar muertos), pero, para Pablo, fue muy triste. Y muy desconcertante. 
La vida da muchas vueltas (como veremos en la continuación de esta historia), pero aún era demasiado pronto para que ninguno de los dos protagonistas imaginasen lo que les depararía el futuro.

Pablo se negó en rotundo, como cabía esperar, a ir al cine, así que pasó la noche en vela, comentando con El Catalán lo sucedido y elucubrando sobre ello, sin llegar a ninguna conclusión racionalmente satisfactoria. Desde St. Trop', volando en brazos de la brisa nocturna, llegaba la melodiosa voz de Sinatra: «Strangers in the night...».

Puskas tampoco fue a ver a Elvis. De hecho, ni siquiera recordaba cuál era la película que esa noche proyectaban en el destartalado cine local. Después de cenar con sus padres, se retiró a su habitación, abrió la ventana y se sentó ante el pequeño escritorio que había junto a la cama. Acto seguido, sacó del cajón una cuartilla de papel y una pluma estilográfica y se dispuso a escribir una carta. Empezaba así: «Querido Cristóbal...»

(CONTINUARÁ)

viernes, 26 de junio de 2020

Eustaquio y Falopio

Eustaquio nunca tuvo éxito con las mujeres. Él lo achacaba a que la mayoría de ellas (en su opinión) son más proclives a hablar que a escuchar, condición no muy compatible con la personalidad de Eustaquio, gran conversador, que disfrutaba cuando se encontraba ante audiencias pacientes y silenciosas, pero que soportaba mal las disertaciones de los demás.

Por el contrario, su amigo Falopio apenas perdía el tiempo con charlas inútiles, siendo, sin embargo, partidario de ir al grano y dejarse de circunloquios y zarandajas verbales.
Y eso que Falopio (cuyas aficiones dramáticas le habían llevado a representar varias veces el papel de Marqués de Moncada en su obra favorita, 'La venganza de don Mendo') había sido, de joven, un gran retórico hasta que reparó en el trasfondo de los versos que el protagonista de la 'caricatura de tragedia' de Muñoz Seca le decía en la segunda jornada de cada una de las representaciones:

Siempre fuisteis enigmático
y epigramático y ático
y gramático y simbólico
y, aunque os escucho flemático,
sabed que a mí lo hiperbólico
no me resulta simpático.
Habladme claro, Marqués,
que en esta cárcel sombría
cualquier claridad de día
consuelo y alivio es.

Oír, una y otra vez, este discurso le hizo reflexionar sobre el tema y concluir que no era oportuno andarse por las ramas (salvo en determinadas ocasiones, claro está), por lo que tomó la decisión de pasar del método analítico al sintético y se reconvirtió en un hombre cuyo estilo directo y pragmático le proporcionó resultados sorprendentes en sus relaciones con el sexo opuesto.

Tanto fue así, que Eustaquio, asombrado por el repetitivo cariz que estaban tomando los acontecimientos, pidió consejo a Falopio para intentar resolver su problema. 
Llegados a este punto, es preciso decir que Eustaquio quedó bastante deprimido por los comentarios de Falopio, lo que le llevó a escribir su famoso artículo 'Cómo tener éxito con las chicas', hoy lamentablemente perdido.
No estamos autorizados a entrar en el contenido del escrito de Eustaquio (del que, en cualquier caso, solo recordamos algunos fragmentos relacionados con la posición del sujetacorbatas con respecto al ombligo, las ocultas habilidades de Fred Astaire, el misterioso pasado de un hijo ilegítimo de Hitler y la sorprendente –y un tanto cínica– exigencia final de no exagerar en nada), pero este detalle no es imprescindible en esta historia, aunque, bien es verdad, que arrojaría alguna luz sobre ella.

El caso es que Eustaquio tuvo una vida ajetreada, poco feliz en el terreno amoroso, por falta de relaciones positivas y sinceras. Murió sin recibir un verdadero cariño desinteresado. 
Eso sí, se hizo oír por todas partes y ayudó a mejorar considerablemente la capacidad de escucha de quienes le conocieron.

Falopio también tuvo una vida de intensa actividad, pero la intensidad fue de otro tipo.
Los momentos felices existieron, desde luego, pero los que más abundaron fueron los emocionantes, ya que sus relaciones pocas veces discurrieron por cauces sosegados, sino que, más bien, las aguas de los ríos en los que se sumergió (siempre sin salvavidas) fueron, en su mayoría, turbulentas, como las que pasaban bajo el puente al que cantaron Simon y Garfunkel.

Ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo, nos surge una terrible duda:
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble, sufrir el amargo rigor de la infeliz fortuna o, persiguiendo un torrente de fuertes emociones dulces, rebelarse contra las dificultades que nos presenta y, afrontándolas, desaparecer con ellas?

La pregunta, ya sea así expresada o como (con mayor calidad literaria) dejara escrito para la posteridad el bueno de William, es una cuestión clásica, propia de la eterna tragedia humana.
Y la respuesta no es sencilla. Pero debo aceptar que, tras dar muchas vueltas al dilema, he llegado a la conclusión de que la clave está en las tres últimas palabras de la pregunta.
La duda queda resuelta al alcanzar la certeza de que, tanto Eustaquio como Falopio, acabarán desapareciendo no solo de la vida, sino de la memoria del mundo.
«Nuestras vidas son los ríos...», dijo Manrique. Y allí, en la mar en la que todos se igualan, poco importa que las aguas de esos ríos, que a ella van a dar, hayan sido amargas o dulces, revueltas o tranquilas.

Eustaquio el amargo, Falopio el agridulce (nunca las relaciones humanas son, del todo, dulces)... incluso todos los eustaquios y los falopios del mundo, empeñados los unos en solucionar la persistente sordera intelectual de la raza humana y, los otros, en demostrar que el SIDA no existe, no son más que gotas insignificantes, irremisiblemente perdidas en la inmensidad del océano.

martes, 23 de junio de 2020

Llanto de dragón

Todo aquel que conozca bien a los dragones sabe que lloran.
No lo hacen frecuentemente, desde luego, pero no son inmunes a la tristeza ni al llanto.
El dragón es valiente por naturaleza, fuerte y sabio. Está dotado como nadie para luchar contra las adversidades y para resistir, con una serenidad inigualable, cuantas dificultades le presente el destino. No odia a la humanidad, pero sabe que es molesta, inculta, chillona y caprichosa, por eso suele evitar el contacto con la multitud siempre que es posible. Si se ve en la necesidad de conducir a las masas, las conduce, aunque lo hace con esa calma indescriptible que surge de su milenaria sabiduría, perfecta conocedora de la condición humana.
Y, sin embargo, ninguna de estas excepcionales cualidades le impiden exteriorizar sus sentimientos, cuando se dan las circunstancias que lo justifican. Son ocasiones raras, es cierto, pero llegan a producirse.
Una de ellas es la traición. El dragón es extremadamente sensible a la traición. Es algo que pocas veces sucede (no hablamos del mundo, que hace de la deslealtad norma habitual de conducta, sino del reducidísimo grupo que enarbola el estandarte del honor como su principal e irrenunciable divisa), pero que, cuando llega, le produce un dolor profundo, un dolor intenso que no tiene cura.
La segunda causa es peor, porque, si la traición le hace daño, esta otra le destroza por dentro, debilitándole hasta un punto extremo. Le deja sin capacidad de recuperación. Y le hace llorar. Con esas lágrimas tan características suyas, que una vez derramadas, permanecen unidas a sus ojos para siempre... para toda la eternidad.

Una gran parte de la legendaria fuerza del dragón reside en sus cuatro poderosas patas. Si una desaparece, las otras tres pierden la entereza de su espíritu y apenas son capaces de sostener en pie a esa fabulosa energía, casi sobrenatural, que, durante tanto tiempo mantuvo viva la luz de la libertad y nos iluminó hasta en los momentos más difíciles.

Pues eso es lo que dicen que ha sucedido. Claro que yo me niego a aceptarlo. Con toda sinceridad, no me parece posible. Fui a cerciorarme de que era cierto lo que me dijeron... y no lo vi. Solo me encontré con un lugar desierto, abandonado hasta por los muertos (que son quienes suelen frecuentarlo). Allí solo había soledad. Ni siquiera sentí que hubiera pena o duelo. No había nada. 
Un funcionario con aspecto de figurante de teleserie me condujo, mientras se ponía con desgana la chaqueta, a la parte trasera del edificio. Entré en un lugar desconcertante, pequeño, extraño. El funcionario dijo que había tenido suerte, que era el número tres. Una pared de cristal me separaba de un ataúd grande, de aspecto sólido, más alto de lo normal. Parecía fabricado en otro planeta, tal vez en Ganímedes (que no es un planeta, sino un satélite). Estaba colocado sobre un ingenio de metal, hecho, quizá, con piezas de un Meccano gigante. A los pocos minutos, el artificio se puso en marcha y sus poco sofisticados engranajes, situados a la vista de cualquiera que estuviese observando la escena desde mi lado del cristal, comenzaron a moverse. Me resultó inevitable pensar en aquella frase de nuestra 'Noche de Ánimas', una narración terrorífica escrita hace años: «Eran las doce de la noche. Las losas de las tumbas comenzaron a girar sobre sus goznes». Cuando escribimos esa historia sabíamos, como lo sabe todo el mundo, que las losas de las tumbas no tienen goznes, pero la palabra nos gustaba. Hay que reconocer que es ideal para ser utilizada en un relato de miedo.
Pero, en esta ocasión, no eran las doce de la noche, sino la una del mediodía. Por el contrario, sí había goznes. Una puerta metálica cuadrada, de apenas una yarda de lado, se abrió para dejar paso hacia su ignoto destino a ese poliedro de Ganímedes, accionado por un mecanismo elemental y un tanto primitivo. Sin embargo, nada sabemos, en realidad, de lo que allí sucedía, aparte de la evidencia de estar asistiendo a una escena surrealista, con tintes patéticos.

Nunca nadie tuvo noticia de lo que sucedió después. 

¿Estaba una de las cuatro patas del dragón dentro de aquel deslavazado cubículo que, según el despreocupado funcionario, era nada menos que el 'afortunado' número tres?
Yo no lo sé. Y, como al dragón, me produce intranquilidad, desazón y tristeza.
Por eso llora el dragón. Y por eso mismo, lloramos todos: porque la vida se ha convertido en una perplejidad constante, en una ficción, en un espejismo... porque la vida se nos ha terminado, ya no nos sirve.
 

miércoles, 10 de junio de 2020

Una vela latina

Todos conocemos bien la gran canción de Lucio Dalla que inmortalizó Pavarotti con su magistral y poderosa versión. En ella se resumía la historia del famoso tenor Enrico Caruso, de una forma sencilla y, a la vez, extraordinaria: 
Su una vecchia terrazza, davanti al golfo di Surriento, un uomo abbraccia una ragazza...

Yo la escucho una y otra vez, sin recurrir a Dalla ni a Pavarotti. La tengo grabada tan profundamente que me basta con cerrar los ojos para oírla. 
Pero aquella elegante señora que, sentada a la mesa de un restaurante con vistas privilegiadas, esperaba la llegada de un desconocido, mientras observaba esa bahía infinita que se extiende de Nápoles a Sorrento, con la difusa silueta del Vesubio como telón de fondo... no conocía esa canción. Y no la conocía porque aún no había sido escrita.
Lo que sí conocía (y muy bien, por cierto) era la forma triangular de esas velas latinas que abundaban en esa parte del Tirreno. Y, en ese preciso momento, su vista, protegida por la inmensa pamela que cubría su cabeza, se estaba fijando en una pequeña embarcación que cruzaba frente a ella, dejando tras sí una leve estela plateada. Como la bianca scia di un'elica que viera Caruso al final de sus días.

Aquella vela latina le recordó a su padre, un modesto pescador de Ischia que solía faenar en aquellas aguas cuando ella solo era una niña ambiciosa. Una niña pobre y guapa, que consiguió su sueño de volar alto gracias a un hombre rico y feo.
Ahora, de regreso a Nápoles tras sus años en América, era una mujer bien introducida en la sociedad neoyorquina, con muchos amigos importantes y unas pocas amigas envidiosas.
No quiso volver a Ischia, sin embargo, sí deseaba dominar a la otrora poderosa Nápoles desde su nueva y dorada atalaya. Por eso, apenas llegada a la ciudad, había aceptado la invitación de un desconocido para comer en aquel lugar tan especial, quizá el más exclusivo de Sorrento. 

Pensaba en su padre, sí. No podía evitarlo, con esa blanquísima vela latina cruzando el golfo orgullosa, sin temor a las sirenas. A aquellas viejas sirenas que, según le contaron, se habían llevado a su padre al fondo de los mares cuando ella no había cumplido los diez. Su madre, todavía joven, se había vuelto a casar con un hombre rico y feo. Así empezó todo. Una historia que ella ya había borrado de su memoria y que no quería recuperar. Y lo que menos quería recordar era a su padre. Un padre que, pese a sus esfuerzos por evitarlo, no podía eliminar de sus sueños...

Ya se estaba haciendo tarde y el desconocido con quien había quedado no acudía a la cita. Había sido una estúpida al aceptar, pensó, con rabia mal contenida.
Y fue en ese momento, cuando el maître se acercó con una nota en la mano.
Madame —dijo con una leve reverencia, entregando el mensaje.
Era tan breve que ella no necesitó más que una mirada fugaz para leerlo.
—Sírvame el menú, por favor —pidió, sin vacilar un instante—. El menú completo. Con champagne. 

El sol estaba ya en todo lo alto y las sombras que proyectaba la pérgola dibujaban múltiples rombos en el ala de su sombrero, otorgando a la escena un aire cinematográfico que hubiese despertado los celos del mejor operador de Hollywood.

Tras el macchiato que puso fin a la comida, apuró el último sorbo de champagne, dejó unos cuantos billetes en la mesa y se marchó despacio de la terraza, sin olvidarse de lanzar una postrera e inexpresiva mirada a las serenas aguas del inmenso golfo que se extendía ante ella.
En la nota, arrugada sobre el mantel, podía leerse el texto escrito a mano: Senti il canto delle sirene...

Nadie supo nunca si la lágrima que, de forma casi imperceptible, se deslizó por su mejilla al alejarse era de tristeza o de soberbia.

Te voglio bene assai... se oía cantar, en la distancia, a Caruso.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Nevermore/Rosebud

No parece probable que lleguemos a conocer el verdadero significado de 'Rosebud'. Y eso, a pesar de que casi todos tengamos algún rosebud escondido en nuestra niñez.

Ni Poe ni Welles quisieron descifrar sus mensajes más ocultos... pero nos dieron muchas pistas para ello. Cuervos que nos hablan en la noche o trineos perdidos en las nieves de un tiempo pretérito, son elementos habituales en esos sueños que confunden el final del invierno con el principio del otoño.

"Nevermore", se dijo a sí misma aquella serpiente emplumada que nunca quiso adentrarse en las ruinas de su fallida civilización. Y no es que el dios de la lluvia llorase sobre ella, no. Fue porque la fórmula de la ambición está repleta de complejas derivadas.
Ella aspiraba a un triunfo imposible, absoluto, que estuviese por encima del bien y del mal (sobre todo, del mal, ya que el bien lo consideraba parte indisoluble de su patrimonio vital).
Pero no podía ser: no es posible despreciar al destino, maltratando sin piedad cuanto nos ofrece. Y ella, claro está, aceptaba todo lo que venía edulcorado (no azucarado, desde luego, por motivos obvios) y lo destilaba para producir inestables efluvios delirantes.

Aquella quetzalcóatl de plumas nacaradas, hija de la oscuridad y lo invisible, no tenía más rosebud que su orgullo desmedido, fruto de su amor por la belleza efímera y la soberbia duradera.
Sostenía que era preciso odiar cuanto se quería, ya que solo odiando los propios deseos se alcanzaba esa ascética frialdad que permite, a quien la consigue, permanecer inmune a los sentimientos, fuente inagotable de las debilidades humanas.

Y, siguiendo fielmente estos principios, llegó a la cima. Desde allí, encaramada a esa cumbre desolada a la que Mussorgsky pusiera música, observó el aquelarre que le ofrecía la vida sobre la que había edificado su victoria.


Un lector inadvertido y bien intencionado, que hubiese llegado hasta este punto de la historia, podría suponer que estas líneas tratan de exponer el relato de una ambición incontrolada, con final triste para su protagonista. Sin embargo, estaría en un error, en un grave error.
Los orígenes se olvidan (como los sueños) con extrema facilidad. Y no solo se olvidan los malos, sino, también, los buenos. Olvidar los buenos orígenes produce unos efectos insospechados en el individuo. Así, que la memoria de un cuervo que fue alondra sea frágil tiene tanta utilidad como que las plumas de una quetzalcóatl no acepten reconocer que el cuerpo que cubren es el de una serpiente. Ambas fórmulas de olvido son eficaces.

En el caso que nos ocupa, sería razonable dejar a un lado esas ideas, un tanto trasnochadas, que nos inducen a pensar que, en última instancia, el bien acaba venciendo al mal. Del mismo modo, es conveniente revisar nuestros prejuicios sobre los límites de lo bueno y lo malo en el propio comportamiento humano. Y, ya no digamos, en todo lo que se refiere a la ética de las serpientes emplumadas. Este último aspecto es fundamental, pues cualquier experto en la cultura mexica nos hablará de la dualidad de esta deidad, una dualidad inherente, también, a la condición humana, limitada por las condiciones de su cuerpo (la serpiente) y dotada de elementos espirituales (las plumas).

No es de extrañar, pues, que la nuestra (humana, pese a lo que ella piense), se repita, una y otra vez: "¡Nevermore!". Es una forma, como otra cualquiera, de renunciar a la serpiente de su estilizado cuerpo e invocar, tácitamente, a esas plumas blancas que le otorgan valores divinos. Puede que una de esas plumas, la más sencilla y sedosa, sea su 'Rosebud'.