jueves, 21 de marzo de 2019

Dulcísimos venenos

La eficacia de los venenos suele variar con la estación del año. Es un fenómeno poco conocido porque casi todos los que dedicaron mucho tiempo a su estudio han fallecido por causas un tanto confusas.

–Muerte natural –dijo el profesor Pavlovsky, tras examinar el cadáver de su compañero, el doctor Hassler, que permanecía tendido sobre el suelo de su laboratorio.
–¿Cómo lo sabe, profesor? –inquirió Frida, la ayudante de ambos, con su característico acento del sur de Hessen, que tanto desagradaba a Pavlovsky.
–Es obvio, Frida –respondió el científico–, no cabe otra interpretación posible. Encárguese de que se proceda a la incineración del cadáver a la mayor brevedad. Hay que evitar cualquier riesgo.

Escenas como esta se repitieron, durante décadas, en diversos centros de investigación toxicológica de reconocida reputación, como el JRJ28 o el Brasilave, en los que, a lo largo de los años, se estudiaron los efectos de diversas sustancias, así como las consiguientes y sucesivas reacciones psicosomáticas producidas por ellas.

Se constató, sin el menor margen de duda, que, en invierno, determinado tipo de té, aromatizado con el extracto de una rara variedad de una subfamilia de las fabaceae, concretamente, la que conocemos vulgarmente como mimosoideae sensitiva (no confundir con la pudica), era capaz de producir un veneno de cualidades tóxicas tan singulares que llevaron al cierre de los centros en los que se practicaron los experimentos, provocando la dispersión de los recursos y el consiguiente establecimiento de prácticas itinerantes, de difícil control y diagnóstico. 
Bien es cierto que, pese a la volatilidad de estos nuevos métodos, cuya fiabilidad clínica no pudo ser documentada correctamente, quedó claro que, en verano, la alcalaína alcanzaba niveles máximos de toxicidad, cuya aplicación sistemática resultaba casi tan nociva como la detectada en los venenos invernales.

¿Por qué estas categóricas conclusiones no llegaron a salir a la luz con la debida claridad?
Nunca se sabrá con seguridad, pero, desde un tiempo a esta parte, no han dejado de escucharse insistentes rumores relacionados con los poderosos lobbies químicos que controlan, a nivel global, la producción de arsénico, cicuta y cianuro, quienes hubiesen visto peligrar la hegemonía de un trust industrial más influyente que cualquier otro grupo de presión de los muchos que existen en el mundo actual.

Además, pensándolo bien, Pavlovsky tenía razón. Era, de todo punto, 'natural' que el pobre Hassler hubiese fallecido tras haber ingerido durante todo el otoño y parte del invierno, día tras día, la infusión de mimosoideae sensitiva que él mismo preparaba. Y la tomaba con gusto, porque no hay que olvidar una característica común a ambos venenos: tanto la mimosoideae como la alcalaína tienen un excelente sabor. Los dos son dulces (aunque nada empalagosos) y contienen un componente adictivo que es fundamental para consumar su letal eficacia. 
El primero te reconforta en invierno, proporcionando al organismo la energía física y el vigor anímico que la estación fría demanda; mientras que el segundo refresca mente y espíritu, a la vez que alimenta las habituales ilusiones del estío. Bien administrados, son infalibles.


Frida fue diligente en su labor. La ceremonia fue rápida y discreta. Y es justo reconocer que la expresión de felicidad que irradiaba el rictus de Hassler hizo más llevaderos los preparativos fúnebres.
Pavlovsky y Frida, únicos asistentes a la incineración, percibieron con claridad una ligera y dulce fragancia, desprendida de los restos del doctor Hassler durante la cremación. De hecho, Frida comentó, en voz baja:
–Huele a mimosas, profesor Pavlovsky.
A lo que él replicó, con la mirada perdida en el infinito:
–No, Frida, ese olor dulce que ahora sentimos viene de muy lejos... yo diría que nos llega desde aquella época en la que todavía creíamos que no había fuerza en el universo con suficiente poder para desbaratar los sueños. 
–Estábamos muy equivocados –murmuró, entre dientes, Frida.

Y el viejo profesor, inspirando lenta y profundamente aquel dulcísimo perfume que inundaba el ambiente, dio media vuelta y, encaminándose a la salida del crematorio, sentenció:
–Arroje las cenizas al Main y tómese la tarde libre. Mañana será otro día.

viernes, 1 de febrero de 2019

Una nariz perfecta

De nada sirve tener la nariz perfecta si no te llamas Livia.
Es cierto que esta afirmación suena un tanto categórica, pero no por ello podría dejar de ser cierta. Tampoco es suficiente este poco habitual hecho (el de tener la nariz perfecta) si eres una estatua de mármol.
En este segundo caso, el problema suele surgir con el paso del tiempo: mientras el resto de tu cuerpo tiene muchas posibilidades de resistir intacto a través de los años e, incluso, de los siglos, la nariz suele desaparecer de los rostros marmóreos de forma casi inevitable.

Pero, pese a ello, la nariz es importante. La tradición histórica asegura, por ejemplo, que si la nariz de Cleopatra hubiese sido un centímetro más corta, el devenir del entonces futuro Imperio Romano habría sido distinto. Yo lo dudo, porque no soy capaz de discernir la diferencia entre las reacciones de César y Antonio con respecto a la reina de Egipto, en función de esos diez hipotéticos milímetros.

El caso de la protagonista de nuestra historia, Livia, es distinto. Y lo es porque Livia, en contra de lo que (según dicen) le sucedía a Cleopatra, sí tenía la nariz perfecta.
Era, eso sí, lo único que tenía perfecto. El resto no lo era, aunque presentaba un conjunto muy atractivo a los ojos de la mayoría de los hombres. Algo, tal vez, sorprendente, si se tiene en cuenta que, por separado, cada detalle de su cara o de su cuerpo podrían haber desmerecido un todo que ofrecía, sin embargo, una aparente belleza que casi nadie discutía. El mundo no se daba cuenta de que esa armonía era exclusiva consecuencia de su nariz perfecta. Ella misma lo ignoraba y, si bien era más consciente de sus defectos que los demás, atribuía su éxito a otras virtudes (algunas de ellas alejadas casi un metro de su impecable apéndice nasal).

Livia siempre fue orgullosa, insensible, fría y soberbia. Su alma era blanca y dura (se decía que de Carrara), lo que nada tiene de positivo, ya que los espíritus buenos suelen ser cálidos, azules y, por supuesto, carentes de cualquier tipo de dureza mineral, por muy de Carrara que sea. 
Tampoco debe afirmarse, categóricamente, que Livia fuese mala. La maldad tiene, sin duda, algunos componentes objetivos, pero los criterios subjetivos suelen prevalecer en estos juicios de valor y resultan, cuando menos, comprometidos.

¡Cómo hubiese envidiado Cleopatra su nariz! Y puede que también envidiase la de la otra Livia. ¡Dos narices femeninas, enfrentadas por la lucha entre Antonio y Octavio!
Y, ahora, cambiemos el rumbo de estos comentarios porque nos podrían llevar a escribir una historia de narices, cuando, en realidad, deberíamos centrarnos en una sola nariz. Una nariz singular, divina... capaz de nublar la vista (y los demás sentidos) de quienes la miraban, hasta el punto de hacerles ver un espejismo, de inducirles a creer en lo imposible.

No era una nariz superlativa, como la que cantaba Quevedo, sino exacta, con las dimensiones justas y poseedora de esa proporción áurea que es expresión estética de la belleza más absoluta.

Livia vivió (no sin sobresaltos) bien de su nariz durante muchos años, hasta que el destino decidió que no era justo que alguien tuviera un salvoconducto permanente por el mero hecho de tener una nariz tan especial. Hubo otros, antes que Livia, que también quisieron disfrutar eternamente de las ventajas que su nariz les proporcionaba. Pinocho, Cyrano o la protagonista de 'Embrujada' habían abusado de su privilegio durante décadas o siglos, pero en algún momento, se les había terminado el crédito nasal. Livia no podía ser más que ellos. 
Así, no se sabe bien si por la fuerza del destino o por la de la miopía, Livia empezó un día a usar gafas. No se buscó unas gafas discretas, no, sino que eligió un modelo de gruesa montura, que, en otro tiempo, hubiese considerado absolutamente impropio. Y, de esta manera, su perfecta nariz adquirió una nueva utilidad: la de contrarrestar el efecto de la fuerza de la gravedad. Newton fue incapaz de rebatir la decisión de Livia y, en consecuencia, las gafas se mantuvieron firmes en la parte más visible de su rostro. Con ello, Livia consiguió desviar la atención del mundo, provocando una nueva percepción de su presunta personalidad, más acorde con el papel que había ya obtenido en la sempiterna comedia humana, esa en la que ella nunca había dejado de actuar. Ya no quería parecer atractiva y, merced a este pequeño disfraz, su perfecta nariz dejaba de hechizar a quienes pululaban a su alrededor. 
Por nuestra parte, pensamos que la inspiración para este habilidoso cambio le vino, con toda probabilidad, del ejemplo de Clark Kent, cuyas simples gafas (muy similares a las de Livia) habían sido, durante muchos años, eficaz engaño para que nadie pudiera reconocer en él al intrépido y generoso superhéroe del planeta Krypton (Luisa Lane sospechaba, pero nunca pudo demostrarlo).

Sea como fuere, yo no llegué a conocer a Livia, aunque me han hablado tanto de ella que casi la considero de la familia. Por eso, me afano en visitar con frecuencia a la otra Livia, la que está en el Museo Arqueológico, esa que nos mira desde su trono de diosa con grandes ojos y perfecto peinado, cubierta por un manto de elegantes pliegues. Es, con permiso de la Dama de Elche, la pieza más bella del museo y, desde sus dos mil años de divinidad, nos contempla (hoy en Madrid, ayer en Paestum) y nos habla de lo efímero de la vida. Ella, la primera emperatriz de Roma, conoce todas las debilidades humanas, sabe que el orgullo muere, que el poder decae y los placeres se extinguen. Y, también, que la soberbia es patrimonio de quienes usurpan la verdad y escarnecen la virtud. Ella lo sabe todo.

Lástima que haya perdido su nariz.

jueves, 10 de enero de 2019

Pourquoi me réveiller?

Paul W se despertó sobresaltado. Acababa de tener uno de esos raros sueños que se recuerdan perfectamente al despertar. Un sueño que le había producido una tremenda desolación. Sin embargo, pensándolo bien, no debería tener ese sentimiento, pues nada de lo soñado podía calificarse de inesperado... aunque él, mientras dormía y haciendo gala de un nivel de ingenuidad que solo se da en los sueños (y, tal vez, en algunos cuentos infantiles), no parecía estar preparado para ello, lo que no deja de ser curioso, porque no es habitual que en el universo onírico nos sorprendamos de algo que no nos extrañaría en la mal llamada 'vida real'.

Lo que Charlotte le acababa de confesar con una naturalidad escalofriante le paralizó el corazón y las arterias. Solo la sangre de las venas parecía mantener un lento ritmo de circulación, regresando casi helada hacia unas aurículas vacías, tan relajadas que carecían de fuerza hasta para albergar la fase más pasiva de un ciclo cardíaco que en su organismo empezaba a dar muestras evidentes de morbosa irregularidad.
Pero no solo se le había ralentizado el corazón. Paul W sentía un estado de parálisis generalizada que venía acompañada de ese hormigueo característico que todos notamos cuando un miembro se nos queda 'dormido' (con independencia de cuál sea el miembro adormecido al que podamos referirnos, esto sí parece apropiado para un sueño, hay que reconocerlo). 
La escena se desarrollaba en un lugar poco definido, pero tenía reminiscencias de un par de poemas. Al menos uno de ellos era de Juan Ramón Jiménez. El otro nada tenía que ver con el momento, aparte de la fotografía en blanco y negro que lo ilustra, claro está.
Pero estos detalles carecen de importancia. Lo fundamental es que Charlotte, por algún motivo difícil de precisar, empezó a dar unos pormenores de su pasado al bueno de Paul W que él no había solicitado y que, desde luego, no eran nada oportunos en unas circunstancias tan especiales como las del sueño, si bien es cierto que eran más especiales para él que para ella.

–No es bueno soñar –pensó, poco convencido.

Y hacía bien en estar poco convencido, porque el grado de bondad de un sueño no depende del hecho de soñar, sino de su contenido. Pero Paul W solo se dio cuenta de ello cuando fue consciente de que un soplo de viento, cargado de acentos primaverales, era lo que le había despertado. 
Todavía notaba en su rostro el frescor de esa brisa de primavera cuando, hablando con ella (con la brisa, no con Charlotte), le preguntó en voz alta:
–¿Por qué me despiertas? 
Lo hizo en francés, claro, porque Paul W era francés (sí, sus orígenes eran alemanes, pero él era francés). Ahora sí decía lo que sentía. Era evidente que la brisa de primavera no debería ir por ahí despertando a gente que hace muy bien en estar dormida... siempre y cuando no sueñe con cosas tan fuertes como la que él soñó aquella noche.

Charlotte no se lo contó riendo ni presumiendo de ello. Lo hizo con indiferencia, como si estuviese hablando de algo intrascendente, banal. Eran hechos de su aún próxima juventud (aunque a ella le pareciese lejana). No reparó en la impresión que tales revelaciones pudieran causarle a Paul W. Estaba claro que ella había actuado con la misma despreocupación con la que 'Dimtrich' arrojaba bombas a su paso (que era similar, como ya describiera Richmal Crompton, a la de la mayoría de las personas cuando tiran en la calle cerillas apagadas). Y a Paul W esas bombas le habían alcanzado de lleno, estallándole en plena noche, en mitad de su sueño.

El gran dilema de Paul W estribaba en que no quería soñar lo que había soñado, pero tampoco quería despertarse de su otro sueño, aquel en el que dormía feliz a diario, instalado sobre el regazo de una Charlotte que era la dorada playa de sus mareas, el lecho de estrellas vespertinas en el que las olas del recuerdo se fundían suavemente con las dunas del olvido.

Paul W cerró los ojos para escuchar mejor la romántica música de Massenet que resonaba en sus oídos. Y repitió para sí, antes de volver a dormirse para siempre:
Pourquoi me réveiller?

A lo lejos, un coro de niños entonaba una canción navideña...

domingo, 6 de enero de 2019

Hacia otros mundos

Lo habitual es dividir el mundo (en su sentido conceptual) en las ya tradicionales dos partes, que, en este caso, podríamos denominar 'real' e 'imaginario' (siendo esta segunda mitad susceptible de ser expresada en plural).
Los mundos imaginarios (usemos, directamente, el plural, pues casi todos los poseemos en este número) son dóciles con nuestros sentimientos, deseos, ilusiones, esperanzas, preocupaciones y miedos, por lo que nos relacionamos con ellos de una forma bastante bien organizada. Quiero decir con esto que nos alegramos cuando corresponde, nos emocionamos en el momento lógico y nos asustamos siempre que lo imaginado lo requiere. Son, por tanto, mundos sensibles a los estímulos adecuados.

No perturban mi ánimo los mundo imaginarios. Da igual que sean fabulosos, vulgares o surrealistas. La imaginación puede con todo y alcanza cualquier cota, por elevada o profunda que sea. El problema surge siempre con el mundo real. 

La imaginación debería servir, también, para hacerse una idea muy aproximada de cómo es este mundo (el real), pero no funciona con la eficacia que, en teoría, se le supone. Por alguna razón que yo no alcanzo a comprender, me cuesta mucho más trabajo interpretar el mundo real que cualquiera de los imaginarios, por muy estrafalarios que puedan llegar a ser en nuestras elucubraciones.
Tal vez solo me ocurra a mí, pero no hay día en el que no me encuentre inmerso en alguna situación cotidiana a la que no me sienta ajeno. Yo, claro está, me resisto a aceptar que soy el único espécimen humano al que le sucede esto, pero no descarto esta posibilidad. Sobre todo, ante la naturalidad con la que mis congéneres se desenvuelven en situaciones que a mí me resultan extrañas.

Pongamos un par de ejemplos.

Salgo a la calle con la intención de hacer unas compras de determinados productos (digamos, unos regalos) y sucesivas pesquisas me van llevando, de tienda en tienda, por unas calles no muy alejadas del centro. De pronto, me doy cuenta (como aquellos chicos que, tiempo atrás, se adentraron en un barrio sombrío, lleno de cieno y muy frío) de que nada de lo que me rodea parece posible en un entorno razonable...
Las calles están relativamente oscuras y poca gente circula por ellas. Veo fruterías que no parecen estar en el sitio adecuado; bares/cafés de corte posmoderno con pocos parroquianos; tiendas repletas de libros japoneses y peluquerías herméticamente selladas, cuyos cierres metálicos presentan académicos grafitis. Entre estos y otros comercios, de confusa percepción para mí (todos ellos tienen un halo de irrealidad controlada), se mueven mínimos grupos, más o menos dispersos, de personas demasiado normales como para andar por un barrio que resulta extraño hasta por su falta de rarezas: familias con niños de distintas edades; tipos sencillos mezclados con otros que bien podrían haber sido reclutados hace años para figurantes de una versión españolizada de La noche de los muertos vivientes; jóvenes sin ambición en la mirada y personajes automatizados que mezclan la prisa del futuro con la pausa de lo ya vivido.
Tras unas pocas ventanas, luces amarillas sugieren presencias inimaginables. A mí me dan la impresión de ser habitaciones vacías, de las que salió alguien que no supo apagar la luz, mientras que las demás, esas otras, mayoritarias y oscuras, que llenan las fachadas de los edificios, no parecen haber sido nunca encendidas.
Me siento atrapado en un submundo ajeno, que sería bien descrito por Galdós, si viviera en nuestros días.

En otra ocasión, aparecí, solitario, en una fiesta. Una banda de aficionados veteranos daba un concierto para un público entregado. Todos eran (o eso supuse yo) familiares o amigos. Eran muchos, y se conocían, no había duda a la vista de cómo se relacionaban entre sí. Coreaban las canciones y movían sus cabezas al ritmo de una música que, pese a no ser desconocida para mí, me resultaba imposible de identificar. Jóvenes y mayores se fundían en un correctísimo y moderado éxtasis que recordaba un tiempo pasado que nunca existió, pero del que cuantos allí se habían reunido participaban con prudente entrega y alegre algarabía colectiva. ¿Era verdad lo que allí sucedía? Podría serlo, aunque mi memoria me transportaba hacia los modestos decorados de Escala en hi-fi. 
Yo me repetía a mí mismo que ese mundo real no lo era... no podía serlo. Sin embargo, era más probable que yo fuese el irreal. Abandoné el lugar y anduve, sin rumbo fijo, por calles anchas y bien iluminadas. Me pareció oír a Adamo cantar en la distancia, pero era el viento, que soplaba con rachas intermitentes en aquella noche de otoño.


–¿Cómo es el mundo real? –me pregunto con frecuencia.
Y no sé responder a mi propia pregunta. Creía que el mundo real era otra cosa: el Ramiro de Maeztu, la piscina del Canal, Alhama de Aragón, una sociedad secreta, la calle de Fuencarral, mi familia, Villaverde de Trucíos (por Bilbao), la música de Françoise Hardy y Silvie Vartan, unos amigos eternamente jóvenes, Valeriano Pérez, un campo de fútbol embarrado, la voz del Sr. Pellico gritando tres veces por el patio "¡Pues que me oigan!"...

Pero estoy equivocado por completo. El mundo real no existe. O, si existe, es algo que no sé describir ni explicar, que no entiendo ni me parece que, verdaderamente, sea real. Es una calle rara, al anochecer, por la que extrañas personas deambulan en busca de algo desconocido para mí (y que, posiblemente, también lo sea para ellos). Algo que nunca encuentran y, por eso, no dejan de buscarlo.

Entretanto, sumido en mi persistente irrealidad, yo creo estar escuchando a Gigliola Cinquetti cantar en italiano 'La Bohême'.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Rojo, verde y amarillo

–¡La bandera de Senegal! –gritó un amigo cuando mencioné, pensando en voz alta, estos tres colores.

Pero no me refería a bandera alguna. Tal vez a un escudo, eso sí. Porque veía en aquella combinación una protección perfecta. Un arma, incluso, ya que servía también para atacar.
Yo estaba reflexionando sobre el contradictorio uso de los colores en la vida. El rojo es una provocación que incita a avanzar, a adentrarse en nuevas y desconocidas alternativas. No en vano es el color de la muleta de los toreros, con el que citan a la noble fiera para que embista. Todo lo contrario de lo que proponen los semáforos, me decía. En ellos, asombrosamente, el rojo significa "alto". Sin la insistente y repetida educación vial de la sociedad moderna en los últimos cien años, cualquiera que viese una luz roja sentiría una irresistible atracción por atravesarla y alcanzar cuanto pudiera encontrarse tras ella.

El verde, mucho más abundante que el rojo en la naturaleza, propone la calma. Cuenta al mundo una historia de paz y armonía, probablemente ficticia, que en nada anima a buscar emociones tras él. Adormece, entretiene... distrae nuestra atención de lo importante, de lo urgente. Hay quien lo utiliza para envolvernos con su infinito follaje, consiguiendo que la voluntad quede perdida en la inmensa profundidad de un bosque fresco e insondable, capaz de secuestrar la diligencia y cualquier otra virtud que nos aparte de la gula, la lujuria o la pereza. Verdes son los campos de la luminosa Arcadia o los celestiales Elíseos, por no hablar de las dulces laderas del Parnaso o de los fértiles valles que rodean el Olimpo.
El semáforo verde del espíritu no quiere indicarnos "adelante", sino que es una invitación al olvido, a deambular sin rumbo fijo por las praderas de la inercia y del delirio, poniendo en duda la pujanza del destino.

No es que esté defendiendo una propuesta para modificar los semáforos del mundo, nada más lejos de mi intención, pese a la lejana reflexión de mi compañero del Ramiro, el inefable 'Momia', quien advertía de los riesgos del doble significado del amarillo en las luces de tráfico (para unos significa "pisar a fondo el acelerador" y para otros, "frenar en seco"). El problema, advertía 'Momia', radicaba en las consecuencias de que tú seas de los segundos y el conductor del vehículo que va detrás de ti, de los primeros.

Pero, ya que estamos hablando del amarillo, debemos decir que la siempre sabia naturaleza apoya al bueno de Manuel Summers, en la reafirmación de que este espectro cromático debe ser asociado a una invitación a moderar los impulsos emocionales.
El uso improvisado de este color, tras un largo período de sinfonías verdes, seguidas por rojos intensos, provoca en el adversario (sobre todo, cuando este no cree que lo es) un desconcierto singular. Volviendo al símil del semáforo, es como si las tres luces empezasen a encenderse y apagarse, de forma sucesiva y desordenada, lo que, sin duda, culminaría en un caos generalizado que, con mucha probabilidad, estaba previsto en los planes iniciales de quien organizó la sucesión de colores.

Mucho cuidado con esta combinación, tan armónica y de inofensiva apariencia en los parques otoñales, puede estar ocultando despiadadas intenciones. Y las oculta muy bien.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Mundos de tiza

Hoy, aniversario del viaje a Londres en el que Washington se acercó, por primera vez, a los fundamentos básicos del Zen, es un buen día para reflexionar sobre las diversas formas en las que podemos escribir nuestra propia vida. 

La concepción tradicional del mundo se divide, fundamentalmente, en real e imaginario, siendo, como es obvio, mucho más amplio e inabarcable el segundo de ellos.
Cierto es, por otra parte, que muchas veces la realidad supera a la ficción, pero nunca logra rebasar los límites de la imaginación.
Puestas así las cosas, realistas y soñadores han protagonizado, a lo largo de los siglos, una permanente lucha en la que no es habitual dar cuartel al adversario, pero no exenta de incursiones, más o menos esporádicas (casi siempre para recuperar fuerzas), en el territorio enemigo.

Existe, sin embargo, un tercer grupo, que defiende una singular teoría, a la que podríamos bautizar como 'mundo de tiza' (algunos expertos en mundología la denominan 'mundo de pizarra').
A mí me gusta más lo de la tiza, pues este es el elemento sustancial, ya que la pizarra puede ser sustituida (y, de hecho, lo es) por otras superficies que reúnan características similares. La tiza, por el contrario, es básica.

Tal vez el motivo por el que se le concede el nombre alternativo de 'pizarra' es porque este material suele ser el que mejor representa la naturaleza del espíritu de quienes pertenecen al mencionado tercer grupo. Nos referimos a las pizarras clásicas (ya casi desterradas en el uso escolar) que servían para que profesores y alumnos escribiesen sobre ellas.
Y lo hacían, claro está, con tizas. Tizas blandas, muchas veces blancas, pero también de colores que servían no solo para expresar algo de aparente relevancia sino, sobre todo, para exponerlo ante los demás como mensaje portador de veracidad y autenticidad, a través de un medio fiable para la audiencia que lo recibía.

Pues bien, los seguidores del 'mundo de tiza', son aquellos que escriben sus opiniones, sentimientos y emociones sobre la pizarra de su alma y los exponen, cuando consideran oportuno, a un grupo concreto de seguidores, alumnos o compañeros, entre los que se incluye, a veces, el profesor o maestro de turno.
La pizarra es dura y negra (aunque frágil, condición que no está reñida con la dureza, como muy bien señaló Mohs, quien al formular su famosísima escala, definió la dureza como la oposición que ofrecen los materiales a alteraciones como la penetración, la abrasión, el rayado, la cortadura y las deformaciones permanentes).
Por otra parte, la tiza es ideal para escribir o dibujar sobre la pizarra. Y, sobre todo, tiene la extraordinaria virtud de ser facilísima de borrar. Ni siquiera es sensible a la 'prueba del algodón', ya que no deja trazas en él cuando lo utilizamos para eliminar lo escrito.

La gran ventaja de los 'ciudadanos de la tiza' es que no necesitan pertenecer al grupo de los soñadores para inmaterializar su comportamiento o sus manifestaciones. Más bien, se consideran parte del mundo real,  aunque con la flexibilidad de que cuanto enseñan escrito sobre su conciencia puede ser borrado con suma facilidad. Un simple paño (si está humedecido con unas cuantas lágrimas se hace, aún, más eficaz) basta para que lo publicado en su espíritu desaparezca con la sencillez con la que lo hacen pañuelos, naipes o palomas de las manos de Tamariz o Copperfield.

Una vez limpia la pizarra, queda lista para un nuevo uso (pueden ser ilimitados, porque no se gasta nunca). He leído que los expertos más arriba mencionados piensan que el único inconveniente lo produce el polvo que les salpica, y puede que tengan razón, pero hay quien no se preocupa por tanto polvo, considerándolo parte del trabajo. De la misma forma, es pertinente señalar que quienes esgrimen la tiza como principal herramienta de defensa ante las vicisitudes de la vida, han modificado a su conveniencia ciertos detalles del enunciado de Mohs, a los que no prestan más que una relativa atención, como la oposición a ciertas cortaduras y, desde luego, a la penetración.

"Gajes del oficio", es la frase que más se repite en los mundos de tiza, cuando alguien trata de rebatirles (sin el más mínimo éxito) su peculiar manera de entender la vida. ¿Será, realmente, así? Yo he llegado a dudarlo, pero tengo amigos que aseguran que no les falta razón.

lunes, 8 de octubre de 2018

El otoño que no llega

Francesco miró, de nuevo, por la ventana. Nada. Ni el más mínimo síntoma de la llegada del otoño. La campiña toscana permanecía luminosa, pletórica de luz y colorido, como en si se hubiese quedado anclada en pleno ferragosto. Se volvió, lentamente, hacia el calendario que colgaba en la pared, junto a la vieja lámina de la Venus de Botticelli, y lo comprobó una vez más: 24 de octubre. Era una comprobación inútil, mecánica, porque sabía perfectamente qué día era. Hacía más de un mes que había comenzado el otoño, y el verano se negaba a aceptarlo.

Frente a su casa, un largo sendero, flanqueado por cipreses, se alejaba serpenteante hacia un pequeño grupo de casas que reposaba entre las praderas del valle y se perdía, después, en dirección a las suaves y verdes colinas que cerraban el horizonte. 
No es que fuese raro que algún año el verano durase un poco más de lo previsto, claro, pero nunca se había alargado tanto y con esa fortaleza. Eso sí era extraño. 
De hecho, todavía era más grave: ni siquiera parecía verano, sino primavera, una primavera deslumbrante que presionaba los sentidos, sin respeto alguno por las normas establecidas a través de los siglos. Pero eso ya era demasiado para Francesco. Prefería considerarlo verano, ya que aceptar que lo que inundaba los campos a finales del mes de octubre era primavera, sonaba casi a herejía astronómico-meteorológica.

Para mayor dislate, cada mañana una joven desconocida recorría el camino (sí, el de los cipreses), avanzando con paso lento en dirección a la cercana y minúscula aldea que se divisaba desde el piso alto de la casa.
Sus movimientos le resultaban familiares a Francesco, aunque no tenía la menor idea de quién era ni de dónde salía. 

–Tal vez surge de mis propios recuerdos –se decía a sí mismo, cuando cavilaba sobre la insistente aparición.

Porque Francesco ya estaba en esa edad en la que, tiempo atrás, se le hubiese calificado de 'anciano' o, como mínimo, de 'señor mayor'. Y, sin embargo, él no se sentía, en absoluto, como tal.
¿Qué le sucedía? ¿Por qué seguía sintiéndose joven, a pesar de que su pelo lucía, desde hacía tiempo, un color blanco que no dejaba duda alguna con respecto a su edad?

Se miró, una vez más, en el espejo de la sala y escudriñó todos los rasgos de su rostro. No tenía muchas arrugas, eso era cierto. Y sus ojos (necesitados ya de unas gafas que en su juventud nunca imaginó que llegaría a tener que usar), seguían manteniendo un brillo impropio de los años que tenían. Su cuerpo permanecía erguido, fuerte, razonablemente ágil, beneficiado por la inmensa suerte de no haber empezado, aún, a sufrir los achaques propios de haber superado los setenta...
Pero nada de eso explicaba lo que sentía en su interior: hoy en día, muchas personas mayores tenían una salud envidiable, pero, ¿conservaban, también, intactas, como le sucedía a él, todas esas ilusiones, sentimientos y emociones que parecían exclusivos de los espíritus juveniles? 

El espejo que había propiciado esta minuciosa observación se encontraba situado frente a la ventana, por lo que, detrás de su propia imagen, Francesco veía reflejado el camino de los cipreses. En ese momento, le pareció advertir algo que llamó su atención y, siempre de cara al espejo, desvió la mirada de su rostro y la dirigió al paisaje. Allí estaba la chica: de pie, quieta, parada en el centro del sendero y con su vista fija en la ventana. A Francesco le dio un vuelco el corazón. Nunca antes había sucedido eso. Él no tuvo fuerzas para darse la vuelta y mirar, directamente, por la ventana, sino que se quedó inmóvil, contemplando la escena que sucedía a sus espaldas a través del espejo. La chica esbozó una leve sonrisa, negó con la cabeza y giró sobre sus talones para emprender su marcha entre los oscuros cipreses, hasta perderse en la distancia.

Nunca más volvió a verla. Y Francesco envejeció.