lunes, 26 de diciembre de 2011

Año nuevo, vida vieja

Pero así es la vida que nos ha tocado, le dijeron. Y él lo aceptó, en un principio.
No era un día bueno para discutirlo, desde luego, aunque el final del año estaba próximo y eso ofrecía una perspectiva diferente a la frase o, al menos, añadía una cierta debilidad a la rotundidad determinista de aquella trágica afirmación.
Sin embargo, el pesimismo latente en aquella sentencia no invitaba a grandes esperanzas. Claro que es cierto que muchas veces decimos ciertas cosas queriendo, en realidad, decir otras. ¿Sería éste uno de esos casos?

Tímidamente animado por esta posibilidad, se decidió a introducir la frase en el célebre Traductor Ideológico Secreto, ideado, hace ya muchos años, por aquel viejo inventor de ilusiones perdidas, hoy relegado al olvido.
La máquina estaba abandonada y casi cubierta por el polvo y las telarañas, pero seguía funcionando. Igual que en aquellas épocas en las que ella tradujo sus palabras de forma tan confusa y temporal.
Así que, una vez comprobado el artilugio, la frase fue introducida en él. De su interior surgieron esos ruidos tan peculiares, difíciles de distinguir de las notas de la obertura que Verdi estrenara en el Teatro Imperial de San Petersburgo, en 1862. Pocos minutos más tarde, tres traducciones salieron, de forma sucesiva, por la oxidada ranura posterior de aquel singular aparato.

La primera de las interpretaciones que el Traductor Ideológico Secreto proporcionó era la más simple y concreta de las tres: "Es lo que hay", decía lacónicamente.
Tras ella, apareció otra: "Tú y yo compartimos la misma vida". Esta poco esperada traducción tenía, sin embargo, una lógica aplastante, ya que la frase original hablaba en singular de la vida, sin que, en ningún momento, sugiriese que las de uno y otro fuesen diferentes. La vida de los dos era, según esta más que razonable versión, algo común a ambos. Su corazón empezó a latir un poco más deprisa.
La tercera no era una traducción, sino una pregunta: "¿Nuestra vida nos toca o la hacemos nosotros mismos?".

La última acepción de la frase era, por el contrario, una triste alternativa. ¿Quería decir que habían sido ellos los que habían provocado que la vida fuese como era? Ella encontró, escondida entre lejanos papeles y emociones proscritas, una tarjeta en la que podía leerse: "Año nuevo... vida nueva". Pero, año tras año, la vida nunca había sido nueva del todo. Parece que eso era algo que, por unas causas u otras, no tocaba.
También es cierto que muchas veces luchamos con armas equivocadas. Cuando así lo hacemos, lo normal es salir derrotado por esa vida que suele ser más pertinaz que nuestra determinación.
Dicen los sabios que el marco general no lo ponemos nosotros. Y que sobre él tenemos poca capacidad de actuación. Pero también aseguran que en el interior del cuadro hay suficiente margen para modificar con nuestros propios pinceles el contenido de la obra.

Él se alejó, acercándose a la esquina del cambio de año, lleno de dudas. Sin poder evitarlo, los versos del monólogo de Hamlet retumbaron en su cabeza:
"...Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes; y así los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento, y las empresas de mayores alientos e importancia, por esa consideración, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción...".
Al pasar junto a la vieja máquina, de la que habían salido las tres traducciones, no vio un cuarto papel que había quedado atascado en la oxidada ranura posterior. Un papel con vocación de grito silencioso en el que, de haberlo visto, hubiese podido leer: "Año nuevo, vida ..e.a". Algunas letras de la última palabra no se veían bien.

Es lo malo que tienen esos instrumentos tan obsoletos... como el entendimiento humano, por ejemplo.
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jueves, 22 de diciembre de 2011

Christmas party

Nada hay más triste que la Navidad.

Juan llega con sus recuerdos en el bolsillo y el corazón encogido por tantos años de nostalgia. María le espera con sus ojos cansados de mirar intensamente hacia el interior de su alma.
La Navidad era una fiesta. Las luces de las calles amortajaban la soledad de quienes buscan la compañía de su infancia para sobrepasar una noche fría a la que todos queremos apartar de nuestra propia realidad.

Todos los pensamientos vuelan esa noche hacia donde no deben hacerlo. Ni siquiera es necesario contarlo aquí, porque es un secreto compartido por toda la humanidad, sobre el que existe un gran pacto de silencio. Lo sabemos, pero no podemos decírnoslo ni a nosotros mismos.

A veces, un destello de esperanza confunde a Juan, pero solo es un fogonazo en la retina de un corazón que navega por el infinito espacio sideral de unas estrellas lejanas, todas fugaces. Todas menos aquella que se perdió en la galaxia de los mil errores. Esa que nunca perderá su brillo gélido y obstinado.
De pronto, unos villancicos, que suenan en el espíritu de Juan más tristes que el adagietto de Mahler, se cuelan a través de un cristal empañado por unas palabras que nunca consiguieron llegar a su destino. Todo es aún más extraordinario en mitad de la noche más difícil del invierno.

No muy lejos de allí, otros ojos enjugan con destreza unas lágrimas que no pueden ser vistas. Son ojos que piensan lo que unas manos dijeron pocos días antes. Sin embargo, esas manos hubiesen querido decir algo diferente. Hubiesen querido, incluso, derribar el muro que ellas mismas, con ayuda de Juan, construyeran entre ambos. Es curioso la de cosas que se hacen queriendo hacer otras.
Nada hay más triste que la Navidad.

Una copa se alza, dorada y espumosa, bajo una luz amarilla y poderosa que esconde una profunda oscuridad. Una oscuridad que todos sienten y todos niegan. "¡Feliz Navidad!", dice el más osado. "¡Feliz Navidad!", mienten todos sin convencimiento alguno, mientras unas gotas de espuma caen sobre la palma de una mano que se cierra con rabia.
Están siendo unos años muy duros, para todos (recalcó), entre unas cosas y otras. Juan agradeció el para todos de aquel mensaje de paz. Lo agradeció rodeado de una tristeza infinita. Ella lo había escrito con pena y un poco de dolor, es cierto, pero hasta las palabras son más caras en los tiempos del miedo. Dos días más tarde, en su noche navideña, cayó, por fin, una furtiva lagrima sobre el breve poema que escondía en su pecho. La tinta se corrió, pero aún podía leerse el verso de Machado pese al perjuicio causado por el involuntario homenaje a Donizetti: Hoy es siempre todavía.


Nada hay más triste que la Navidad. Pero así es la vida que nos ha tocado.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Jinetes en el cielo

Fue ya hace muchos años, muchos, cuando Elder Barber, "la voz de oro de la radio", cantaba esta canción. Ya sé que nadie recuerda a Elder Barber. Pero esto no hace más que reforzar la indiscutible realidad de la fragilidad de la memoria.
Aquellos jinetes cabalgaban con frecuencia por las ondas, detrás de una manada a la que estaban condenados a conducir a lo largo de toda la eternidad. La dulce voz de Barber apenas era capaz de suavizar la inquietante sensación que su terrible castigo producía a quienes escuchaban, más o menos atentos, al otro lado del receptor.

Pasó el tiempo y el destino quiso que una nueva maldición celeste acogiera a otro jinete renegado. Tal vez fuera medio siglo el tiempo transcurrido, aunque eso carece de importancia. Lo que sí la tiene es que su morada celeste recordaba mucho a las estancias del purgatorio y acabó pareciéndose a los suelos de mármol del infierno.
El té floreció por primera vez en los comienzos de diciembre y, dos días más tarde, se convirtió en una visión fantasmagórica, muy próxima a la alucinación que sufriera el lejano y solitario jinete cuando, en mitad de aquella noche oscura de terrible tempestad, viera cuernos negros con brillo de metal...
Sí, tenían brillo de metal. De vil metal, sin duda.

Pronto, el océano se interpuso entre sus sueños. Sueños fatuos que solo sirvieron para profundizar en su desgarrada fantasía, tan apartada de la verdad. Porque este jinete confundió su delirio con un torrente que remontaba las cumbres de la iniquidad, invirtiendo el curso de una corriente helada que se precipitaba desde el futuro hacia el vacío.
Todo estaba calculado. Todo estaba atado y bien atado. Pero aquel vaquero de cabeza dura se empeñaba en sus reflejos celestiales. Hubo que engañarle una vez más. No quedó más remedio.

Es cierto que los ojos de esas bestias eran brasas al mirar... que los cascos de sus patas centelleaban al pisar...

La única solución era una apuesta doble al 7 y al 9. Una jugada maestra, escondida tras unas pocas hojas de té y realizada con fichas robadas al viejo crupier. Eran unas fichas muy gastadas, desde luego, pero servirían para mantener la esperanza sobre aquel tapete de color azul pálido, tan nuevo como ajado por el roce de una mirada que desgastaba las almas y embalsamaba corazones.
Primero se apostaba todo al 7. Luego, sin retirar de la mesa de metacrilato las ganancias, se doblaba la apuesta, echando el resto al 9. Era infalible, claro está.

Nadie escuchó esta vez a Elder Barber. Pavarotti y Leonard Cohen habían usurpado su puesto. Fue un año como éste. Idéntico a éste. El lunes siguiente, él creyó escuchar una voz que se enredaba entre la lámpara y el techo, una voz dulce y melodiosa, como la que la radio le regalaba en los tiempos de su infancia: Detrás de la manada, cabalgando sin cesar... jinetes celestiales la trataban de alcanzar...
Solo era su imaginación. La realidad era bien distinta. Un avión trazaría, poco después, esa celeste ruta por la que las almas condenadas de tantos crédulos jinetes deberían galopar eternamente, sin poder ya recuperar la paz ni alcanzar el descanso.

Eran jinetes en el cielo. Y aquel vaquero los vio.
    

viernes, 2 de diciembre de 2011

Viento del Este, viento del Oeste

Corría el año de 1930 cuando Pearl S. Buck escribió su primera novela, East Wind, West Wind. Probablemente, hoy sigue siendo su obra más conocida, aunque, como es lógico, yo siento una especial debilidad por La Estirpe del Dragón.
Pese a ello, el título de aquella primera obra siempre me ha fascinado.
Todos saben que Buck vivió muchos años en China, en tiempos difíciles, y eso fue la causa de que varias de sus novelas se desarrollasen en aquella lejana y milenaria tierra.

En realidad, esa influencia tiránica de dos mundos tan diferentes, que es el eje de su narración, es habitual en casi todas las facetas de la vida. Siempre tenemos dos fuerzas (más de dos, a veces) que nos empujan, cada una en una dirección diferente. O, mejor dicho, en la misma dirección, pero en sentidos opuestos.
El verdadero calendario, ése cuyas profundas muescas atraviesan el pecho sin miramientos, es tan perpetuo y atemporal como nuestra empobrecida memoria. Por eso, entre un gigantesco círculo londinense y una noche lisboeta que nunca existió, queda el hueco exacto para un enorme 29 que este año se convierte en 23 y que me recuerda que entonces eran 27.

El viento de los sentimientos siempre viene del Este. Nos guste o no, es así. Quien ha tenido durante muchos años sus emociones volando en una cometa lo sabe a ciencia cierta. Y es verdad que del Oeste llega otro viento dulce y suave, de efectos anestésicos, pero no hay nada que hacer. De poco sirve esa falacia recurrente con la que tratamos de adormecernos, fingiendo una lucha inexistente entre cabeza y corazón. Es el mal llamado corazón el que nos guía. La supuesta cabeza no es más que nuestro particular argumentario, organizado con mejor o peor habilidad y fortuna, para justificar nuestra incapacidad en la casi imposible tarea de asumir la propia realidad.

En la ya octogenaria novela que da título a esta reflexión, Kwei-Lan sufre en silencio por no ser capaz de rebelarse contra lo establecido. Está atrapada entre dos mundos tan distintos como intransigentes. El concepto libertad no deja de ser una forma subjetiva de juzgar las alternativas vitales.
En los tiempos actuales, las kwei-lans de nuestros días también acaban dejándose llevar por ese viento del Oeste, monótono e irrelevante, pero mucho menos peligroso que el que hacía volar tan altas sus cometas.
Yo no creo que sea el vértigo, como asegura el viejo proverbio chino, el que hace que sea el viento más débil el que las arrastra. Para mí sigue siendo un misterio que las más elementales leyes de la física se desbaraten, sin remedio, cuando se presenta el ineludible dilema ante las kwei-lans contemporáneas, tan modernas ellas, eso sí.
Mi modesta teoría (desde luego, carente aún de confirmación científica) es que ese flojo viento del Oeste sopla a ras de suelo, mientras que el poderoso viento del Este vuela demasiado alto para que sean capaces de mantenerse tanto tiempo lejos de ese terreno sólido y seguro que, en última instancia, precisan las kwei-lans del 29, el 23 e, incluso, las de 27.

Ni siquiera hoy, cuando el 2 ya es un 5, se atreven. Pero da igual lo que haga Kwei-Lan: el viento del Este existe. Y seguirá soplando eternamente.
 

viernes, 18 de noviembre de 2011

No hay caos que por bien no venga

Aquel hombre caminaba despacio por la Avenida de la Ópera bajo las frías luces de una solitaria noche de noviembre.
En realidad, no se dirigía a ninguna parte. Subía (o, tal vez, bajaba) por aquella casi imaginaria y ancha vía que une las históricas residencias de los dos fantasmas más célebres de París. Apenas se cruzó con un par de mecánicos viandantes que sí parecían conocer el destino de sus pasos. Portales, ventanas y escaparates permanecían herméticos y despiadados, iluminados por la engañosa claridad de la memoria.
Atrás, no muy lejos de allí, se encontraba su propio balcón, desde el que podía verse el viejo palacio, siempre que la mirada no estuviese velada por el llanto o por la nostalgia.

Fue casi una noche triste. Cuando el frío se desvaneció en el interior de su dormitorio, aquel hombre, perdido en una penumbra que aún tendría muchos años por delante, siguió insistiendo en su particular Teoría del Caos. No era la teoría convencional, ni tampoco defendía las bien documentadas tesis del Efecto Mariposa.
La verdad es que aún no había pasado el tiempo suficiente para consolidar, de forma experimental, los grandes principios empíricos de su opinión filosófica sobre las consecuencias del impredecible comportamiento de los sistemas dinámicos personales. Por el momento se conformaba con apreciar una manera de actuar incipientemente errática en la condición humana. Era, sin duda, demasiado pronto para formular las conclusiones deterministas a las que el destino le acabaría llevando sin remedio.

Una noche sin día anterior ni posterior. Una noche colgada en el tiempo.
El ambiente de la calle no era lo único frío, desde luego. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que la frialdad, manejada con profesionalidad y constancia, llega a confundirse con un cierto nivel de calor, ya que la temperatura (como muy bien saben nuestros amigos Celsius, Réaumur, Farenheit e, incluso, Lord Kelvin) no deja de ser una magnitud relativa.

Ignoro si la residencia circunstancial de aquel hombre tenía algo de normanda, pero es un dato cuyo conocimiento no nos ayudaría a descifrar el enigma de esta historia. Lo que sí es relevante es que, tras largos años de estudio, llegó a modificar el enunciado de la Teoría del Caos, trasladándola al universo de las relaciones entre las personas. Eso le condujo a cambiar el paradigma general y, también, el propio concepto de caos. Para aquel hombre que una noche como ésta caminaba sin rumbo por la Avenida de la Ópera, el caos dejó de ser un orden de características impredecibles para convertirse en un desorden temporal y duradero que siempre desemboca en la vuelta al orden establecido. El Efecto Mariposa lo dejó reducido a una permanente sensación unilateral en el estómago, solo compartida en momentos muy específicos.

Su segunda gran conclusión fue que, por muy significativa que sea la modificación introducida aleatoriamente en la ordenación social vigente, solo es capaz de desviar el resultado final (final en apariencia, claro está) durante un tiempo pero, tarde o temprano, el orden vuelve a su destino original, con independencia de la intensidad emocional desplegada y del volumen de los sentimientos utilizado en el proceso.

La humanidad está, pues, bien protegida de los terribles peligros que implicaría la veracidad de la catastrófica Teoría del Caos. La sociedad está a salvo.
Desde esta innovadora perspectiva, el desorden temporal de las emociones, provocado por la introducción de elementos caóticos en el orden establecido, genera en la otra parte una reacción de racionalización ética inducida, que actúa como una vacuna ante los flagrantes riesgos de una de las más graves enfermedades psicosomáticas conocidas a lo largo de los siglos: el ansia de libertad emocional.

Pocos saben que fue aquel hombre quien materializó, a través de su experiencia personal, el descubrimiento de una ley universal que había permanecido oculta entre las alcantarillas del Palacio Garnier y los sótanos del Louvre.
Su castigo por sacarla a la luz fue el destierro del futuro. Una cadena perpetua que cumple en algún lugar del mundo de los sueños. Ése del cual nunca podrá ser desterrado.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Bajo los tilos

Confundo mucho El Barbero de Sevilla con Rigoletto. Y hay que reconocer que es una confusión muy rara, porque no se parecen en nada. Pero yo las confundo mucho. Sobre todo en Berlín.

Puede que sea verdad eso de que noviembre es un mes más frío entre la Puerta de Brandenburgo y la Isla de los Museos que paseando por Ku'Damm. También es posible que sea cierto que allí las gafas de sol suelen ser redondas y que el mismo restaurante se repite noche y día frente a la iglesia del Kaiser Guillermo...
Pero estas razonables explicaciones no serían suficientes para confundir esas dos óperas tan diferentes. Como tampoco lo es que el papel de Gilda lo interprete una soprano negra en la Deutsche Oper ni que el montaje de la obra de Rossini en la vieja Staatsoper fuera tan escaso de recursos en aquellos tiempos.

Una confusión tan absurda como la mía me lleva a pensar que en la vida hay muchas cosas que no son lo que parecen. Y que algunos vemos cisnes volando sobre pequeños lagos cuando, en realidad, hay habitaciones de hotel con piano, mucho más confortables, a la larga, que la de un pequeño y moderno Seehof, por muy romántico que sea el entorno para algún despistado que siempre se equivoca.
El caso es que el estado fisiológico del cisne, impropio de un ave, no fue obstáculo para el vuelo, aunque un observador que hubiese estado más pendiente de los detalles que de sus emociones, habría reparado en la escasa altura del mismo. El cisne voló sobre las frías aguas del lago sin apenas separarse de ellas. Fue como si quisiera volar y nadar al mismo tiempo, permaneciendo entre dos mundos que se acercaban por imperativo del destino, como el Este y el Oeste, pero que no llegaban a unirse del todo, pese a no estar ya separados por un muro. Y es que este había caído para la vista, pero seguía firme e inexpugnable en el interior del alma. Una leve pluma se desprendió del pecho del cisne y voló al capricho del viento.

Sin embargo, allí siguen el Altar de Zeus y la Puerta de Istar. Pérgamo y Babilonia unidas en una pequeña isla, al final de un paseo protegido por la tupida sombra de los tilos y los sueños.

Al otro lado de la ciudad y de la historia, el aroma húmedo del pequeño lago plateado seguiría envolviendo durante varios años la vida de una pareja de cisnes, tan iguales por fuera como distintos por dentro. Hasta que un día de invierno, uno de ellos desapareció. Hay quien dice que voló sobre los tilos hacia la pequeña isla del Spree, pero otros aseguran que se quedó en el fondo del lago, esperando un noviembre más cálido en el que ocupar la vacía butaca de la Lindenoper y a que en su conciencia dejasen de resonar las notas de aquel inesperado piano.

Entretanto, el Duque de Mantua, empeñado en que yo siga confundiéndole con el Conde Almaviva, sigue cantando, una y otra tarde, con su poderosa voz de tenor: "... qual piùma al vento... muta d'accento e di pensier...".

viernes, 21 de octubre de 2011

El jardín de las tinieblas

Dicen que hubo un jardín regado por un río que se abría en cuatro brazos, en el que abundaba el oro bueno y los árboles florecían desde la tierra de Javilá hasta la de Asur. Allí el hombre desconocía la diferencia entre el bien y el mal y apenas sabía distinguir el ónix del bedelio.
La vida era eterna y fácil alrededor de los dos árboles centrales, uno de ellos, por cierto, casi olvidado por quienes solo recuerdan la fruta del otro. Una fruta cuya ciencia nos intoxica lentamente con un veneno llamado vida que, sin remedio, nos lleva a la muerte.

Yo conocí ese jardín. Yo me bañé en el Pisón y también en el Gihón. Sus aguas eran dulces y cálidas, aunque no siempre estaban en calma. El té silvestre crecía por doquier y sus flores blancas inundaban el jardín y los sueños. Nadie prestaba atención a aquella serpiente que se retorcía entre las plantas, celosa de la felicidad que ella nunca pudo conseguir.

Pasaron tantos años que el tiempo parecía haberse detenido sobre el jardín.
Nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos fueron. Ni tampoco por qué solo se custodió el lado por el que sale el sol y se dejó sin protección el otro. Puede que fuera porque al oeste del jardín había un inmenso desierto, aún más disuasorio para el hombre que un ejército de querubines armados con espadas, por muy flamígeras o zigzagueantes que éstas fueran.

El caso es que acabé viviendo en ese desierto. Un desierto amargo e infinito en el que la mentira se extendió por todas partes, compitiendo con los granos de una arena que cegaba ojos y conciencias. Un desierto frío y nocturno del que era imposible escapar. Quise volver a la tierra de Cus, pero ya no estaba allí. Los ríos de la vida habían cambiado su curso y la historia de aquel jardín se confundió con la de la futura Babilonia. O, tal vez, con la de la legendaria Nínive, a orillas del Tigris...


Hoy, tantos siglos después, el jardín es un paisaje tenebroso en el que reinan la confusión, la tristeza y la duda. Casi todos sus árboles están secos y las flores del té parecen mariposas petrificadas, cubiertas de prejuicios y de falsos testimonios que revuelven la verdad con la codicia.
En su sempiterna noche, una leve silueta se percibe entre los fantasmas de sus bosques ennegrecidos por el olvido y el resentimiento de una memoria de lignito, que prefiere la ignorancia a la felicidad, sepultando el perdón en la tumba del odio contagiado. Y allí, en lo más profundo de la tierra quemada, surcada por el rastro de la vieja serpiente, sigue en pie el otro árbol olvidado por los libros y los predicadores, aquél capaz de devolver la vida a los que mordieron la fruta prohibida. Ésa que llevaba por nombre "Sueños" y por apellido "Libertad".

martes, 6 de septiembre de 2011

Cuando llegue septiembre

A nadie se le oculta que septiembre es el peor de todos.
Y, sin embargo, es un mes bonito. Un mes de grandes expectativas y de terribles sorpresas, que suele empezar mal y continuar peor... a pesar de que está lleno de espejismos históricos enganchados con dolorosos alfileres al calendario.
A mucha gente le gustaba septiembre. Incluso al rey Sancho, hasta que en el sexto día Bellido Dolfos consumó su crimen, huyendo luego por el Portillo de la Traición. Lo que pasa es que éste es un día malo que, tiempo atrás, se disfrazaba de bueno. Siete años después de lo del portillo, vuelve a ponerse máscara de bueno. Paradojas del destino.
¿Por qué mintió tanto? Todas las respuestas posibles son deprimentes. Y la más probable es terrible. Demasiados cómplices, demasiadas lamentaciones estudiadas y sobredosis de serotonina para impresionar a una galería a la que hay que convencer porque está mosqueada.

Luego está la tragedia del 11-S, que a cada uno le tocó vivirla en directo a su manera: a unos en Manhattan y a otros en la terraza del Gran Café de Gijón. Por desgracia, todos tenemos algún Bin Laden en nuestra vida. Y lo peor es que, a veces, tardamos mucho en darnos cuenta.
Pero no todo es malo en septiembre. También hay cosas buenas (o cosas que parecían buenas), como la Expo, The Capital, Frankfurt am Main, Mihura, unas termas raras... o unos sueños más raros todavía.

Septiembre es, ante todo, el mes del regreso. Algunos dicen que es el mes del regreso a la realidad. Aunque también hay una corriente de opinión que mantiene que en septiembre nunca se vuelve, sino que se llega. Dicen éstos que en la vida de todo hombre hay un día en el que se llega a la verdad. A una verdad que estaba escondida entre dulces mentiras de voz suave y aspecto inocente. A una verdad que siempre llega en septiembre y que cae como un cuchillo sobre el alma, separando los sueños de la realidad y dejando a los crédulos en medio de la nada más tenebrosa, perdidos en el inmenso pantano de la duda.

Me cuentan que esto pasa con frecuencia, que no hay que darle importancia... c'est la vie, suele exclamarse en estos casos allende los Pirineos. Sin embargo, siempre hay tontos que sí le dan importancia. Siempre hay gente simple y primitiva que carece de la sofisticación necesaria para entender que las traiciones ya no se llaman así, que veinte años no es nada, como canta el tango. Y es que vivimos en un mundo muy poco moderno en el que aún se considera un lujo el transplante de alma o el lavado de corazón, técnicas del siglo XXI a las que muchos tontorrones no saben adaptarse con esa soltura relajada y displicente de quienes sí han adquirido un estilo profesional, acrisolado por múltiples experiencias.

Desde luego, lo más práctico es no darle tantas vueltas, así que pondré, una vez más, el viejo disco de Bobby Darin y me relajaré para escuchar ese tema que tanto me gusta... creo que su título era Come September.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Hamlet y Lady Macbeth

Pocos saben que, en un principio, estas dos tragedias iban a ser una sola.

La idea inicial de Shakespeare era que Lady Macbeth y Hamlet compartieran el protagonismo de una gran obra, impregnada de sentimientos de ambición y duda. En aquella historia original, Lady Macbeth, tras haber fracasado en su intento de ocupar el trono de Escocia, huía a Dinamarca bajo una nueva personalidad y allí, convertida en la dulce Ofelia, seducía a un Hamlet demasiado ofuscado como para darse cuenta de las verdaderas intenciones de quien acabaría siendo su verdugo.

Lady Macbeth estaba convencida, en la inconclusa obra de Shakespeare, de que el brillante príncipe Hamlet llegaría a ser rey de Dinamarca. Y eso era lo que ella quería: ser reina. Daba igual cuál fuese el trono (y, mucho menos, el rey que lo ocupase), lo importante era alcanzarlo. Lord Macbeth estaba prisionero en un remoto castillo escocés y nadie podría saber nunca en la lejana Dinamarca que aquella inocente Ofelia era, en realidad, la ambiciosa Lady Macbeth, cómplice de la desgracia de su codicioso marido.

Por lo que algunos estudiosos de la obra del gran autor inglés han podido saber, la tragedia era de un dramatismo extraordinario, destacando, en especial, la escena en la que la perversa protagonista consigue enloquecer al despistado príncipe de Dinamarca, haciéndole creer que su amor será eterno y se mantendrá más allá de la muerte.

En el tercer acto se desencadena la tragedia. Una conspiración se fragua en palacio, aprovechando la distracción de Hamlet con Ofelia/Lady Macbeth, y aparta definitivamente al príncipe de sus aspiraciones al trono, al que acaba accediendo el malvado Ildefonsus. Al mismo tiempo, llegan noticias desde Escocia: Lord Macbeth ha conseguido escapar de su prisión y se hace con una gran fortuna, traicionando al rey y vendiéndole a sus enemigos.
Lady Macbeth decide inmediatamente regresar a Escocia y dejar a Hamlet, desterrado ahora en una solitaria isla del Mar del Norte, sumido en el desconcierto y la duda.
Es impresionante el momento en el que Lady Macbeth recupera su auténtica y fría personalidad y le dice a Hamlet que Ofelia ha muerto y que ella debe volver a Escocia para estar al lado de su marido y de su hija, a la que aquél había repudiado años atrás. Desde la cubierta del oscuro barco holandés de dos mástiles en el que abandona el puerto, le jura a Hamlet que volverá con él y que pronto serán felices en un nuevo reino, allende los mares.

Hamlet se debate, durante años, en una terrible duda, negándose a aceptar la evidencia de la traición, pero Lady Macbeth, que al llegar a Escocia ha sido rechazada por su esposo (informado de lo sucedido mientras él permanecía en prisión), lo niega todo ante el altar mayor de la catedral de Edimburgo, y, como prueba de su fidelidad, envía en su siniestro barco a unos asesinos a sueldo para que acaben con la vida del dubitativo Hamlet, con cuyo célebre monólogo comienza el quinto y último acto de la tragedia.

Al parecer, nunca se encontraron las páginas finales de la obra. Hay quien dice que Shakespeare, presionado por algunos miembros de la nobleza británica, se vio obligado a abandonar la estructura de una tragedia que podría haber sido demasiado parecida a una historia real que no habría gustado a sus protagonistas. Pero también es posible que, algún día, aparezcan los versos que faltan. Me encantaría conocer el final. Y no descarto conseguirlo, con un poco de suerte. Si alguien lo conoce, que no deje de avisarme, por favor. Aunque ya se sabe que las tragedias son eso, tragedias. Y siempre acaban mal.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Notte di ferragosto

Calda la spiaggia e caldo il mare... cantaba Gianni Morandi aquel verano.
Es una noche dura. Ya lo era en los lejanos tiempos de Alhama, cuando Monárquicos y Republicanos luchaban por la supremacía local, bajo la displicente mirada de una efímera reina y su corte de torpes gigantes y violentos cabezudos.
Y es una noche larga. Dura un mes, aparte de sus prolegómenos, que empiezan a primeros de junio. En ella pasan muchas cosas. Demasiadas para los que tienen, como Morandi, un corazón que se resiste a enfriarse del todo.
Una noche en la que los que duermen, sueñan. En 2005, el departamento de investigación onírica de la universidad de UCLA publicó un estudio que defendía la tesis de que en esa noche se soñaba más que en todos los meses de invierno juntos.

Por lo que me cuentan, el informe tiene visos de estar en lo cierto. Comer, beber, amar... son prácticas habituales en agosto, incluso desde su primer día. Superado el sueño olímpico, se sustituye por ventiladores de techo que mueven lentamente el cálido aire brasileño. Y la patria chica de Cervantes, convertida en posada, mutila para siempre el alma de quien no está protegido contra la traición más feroz y despiadada. Tampoco faltan ciudades amuralladas previas, con almenas altas y puñales escondidos, llanto inmenso en lugares pardos o inútiles sorpresas insulares o cinematográficas en busca de lo que nunca existió. Hasta las fieras abandonan sus viejos aposentos o se vuela despacio sobre ellas sin apreciar la inmensidad de la sabana. Agosto es un mes en el que mueren amigos y madres.

Todo está programado en ferragosto, menos el insistente pensiero de Gianni Morandi, empeñado en recordar lo que nunca fue más que una patraña muy bien organizada que todavía tendría que escribir sus páginas más amargas.
Hay quien asegura que es una fiesta, pero muchos, ya desde la Roma pagana, no encuentran en ella ningún rescoldo festivo. Felicidades, escribió el autor de la antigua canción en junio, e inmediatamente recibió un Gracias! con signo de admiración. Luego hubo algo más. Sin embargo, un mes después, el silencio más estrepitoso marcaba, de nuevo, la hostilidad hacia una época tan veraniega como peligrosa para quienes creen correr el riesgo de ser abordados por corsarios de bandera negra y amarilla. O, tal vez, fuera mejor decir que fingen creerlo, pues han tenido pruebas de que el inmenso arsenal acumulado y el arrojo temerario demostrados nunca serán utilizados en su contra.

Pero en verano todas la precauciones son pocas, que nunca se sabe... Así que Gianni no vio sentido a volver a escribir una palabra amable y sincera en ferragosto. Seguramente, en esta ocasión el posible Gracias vendría sin signo de admiración. Y, sobre todo, vendría vacío y llegaría triste a su destino. Tan triste como su canción. Tan triste como esa interminable notte di ferragosto que sigue sonando en medio de todos los veranos: ... anche se mi ripeto che l'amore non c'è... no perché se ci fosse un amore così come quello che provo questa notte per te... tu saresti con me.

Lo dicho, la eterna canción.

martes, 26 de julio de 2011

Eppur si muove

Tengo siempre presente a Galileo. Como a tantos otros que fueron injustamente perseguidos por una obsesión inquisitorial que sigue viva en algunos ánimos del siglo XXI.
No es fácil tener ideas diferentes. Y no me refiero sólo a lo complicado que es ser creativo en cualquier disciplina, sino a lo difícil que resulta convivir con el mundo cuando uno se sale de lo establecido.

Conozco a un modesto Galileo que ha desarrollado una revolucionaria teoría del tiempo. Él defiende que el tiempo no existe. Su tesis se basa en la afirmación de que el tiempo como magnitud es una dimensión inventada por el hombre para intentar explicar lo que sobrepasa al espacio, que es lo único que puede apreciar con los sentidos. Como invención humana, el tiempo se ha convertido en un parámetro de gran utilidad para controlar a una siempre peligrosa naturaleza, proclive a desafiar las normas que protegen al poder.
No cabe duda de que el invento es magnífico. Nada escapa a su método. El tiempo marca, más que ninguna ley escrita, la cadencia obligatoria de la vida. Su poder va mucho más allá de lo físico. Su férrea disciplina dicta lo que corresponde a cada período, habiendo sido éstos ingeniosamente establecidos, adaptándolos a realidades y fenómenos físicos, más o menos, sistemáticos o repetitivos.
Claro que mi conocido, en realidad, no es un físico, sino un filósofo relativista, muy mal visto en las altas esferas, por cierto. Religión, Sociedad y Estado se encuentran incómodos ante sus teorías, que tachan de desestabilizadoras y antisistema.

Pero no era mi propósito hablar tanto del tiempo, esa excusa inventada para ilustrar la permanente evolución de la materia y el movimiento de los cuerpos a través del espacio. Lo que yo quería era recordarme a mí mismo lo habitual que es caer en opiniones categóricas que, pese a estar muy convencidos de ellas, en muchas ocasiones son erróneas. Y suelen serlo porque se basan en principios equivocados. Uno de ellos es el principio universal de la culpabilidad ajena. Es éste uno de los axiomas más extensamente difundidos y, sin ninguna duda, arraigado con gran solidez en la condición humana. Su enunciado es muy sencillo: todo problema sufrido por uno mismo es culpa de otro mientras no se demuestre lo contrario. Tan fundamental es este postulado para la supervivencia que no es infrecuente ver que quienes no lo siguen al pie de la letra suelen caer en eso que ahora se llama, con cierta cursilería, baja autoestima.

Acusaron a mi conocido, el modesto Galileo, de horribles crímenes y perversas acciones que nunca cometió, sino que, por el contrario, sufrió. Y, tal como suele ser lo habitual, la acusación sirvió para desviar la atención de un tercero sobre la verdadera culpabilidad de los hechos imputados. La denuncia no prosperó, pero cumplió, en parte, con su verdadero objetivo: una maniobra de distracción a la desesperada que pusiera a salvo (al menos temporalmente) algunos valiosos bienes materiales, de esos que suelen utilizarse para compensar las penas. "Los duelos con pan son menos", reza el refranero castellano con su proverbial sabiduría secular.

El modesto Galileo no tuvo que abjurar de nada, como sí lo hiciera el gran genio renacentista, porque su particular inquisición no le condenó, pero vivió el resto de su vida en una gran incongruencia, sabiendo que las cosas eran de una manera mientras aparentaban ser de otra. El nihilismo más inmovilista le rodeó y tuvo que aceptar el silencio y la terquedad como habitat permanente, acompañado para siempre por la sombra de una estatua que se esforzaba en demostrar su pétrea rigidez al mundo. Todos cuantos admiraban en ella su clásica armonía marmórea celebraban su serena quietud ante los avatares de la vida.
Pero nuestro Galileo no dejaba de murmurar algo entre dientes cada vez que el pueblo cantaba la orgullosa virtud de aquella estatua, tan indiferente y ajena al ajetreo de los mortales. No era fácil entender lo que decía, porque el humilde Galileo moderno hablaba para sí mismo. Pero yo le oí. Le oí con toda claridad decirlo, una y otra vez: "Y sin embargo se mueve".

domingo, 24 de julio de 2011

Malas inversiones

Los financieros suelen invertir dinero. Los demás también lo hacemos, a veces, pero lo que todos invertimos siempre es tiempo.

A pesar de la fragilidad económica del mundo actual, es cierto que siguen quedando inversiones seguras (o casi seguras), inversiones conservadoras que dejan el dinero a buen recaudo, aunque tengan escasas posibilidades de lograr una alta rentabilidad.
Ya sé que no descubro nada nuevo con esta poco original afirmación, pero me sirve de introducción para hablar de las otras inversiones, de ésas que todos, sin excepción, hacemos: las inversiones de tiempo, de emociones, de sentimientos...

En mi ya larga vida, he encontrado tres tipos distintos de inversores en estos intangibles generales. Dos de ellos están asimilados a los habituales en el mundo financiero, pero existe un tercero, más próximo al territorio de las apuestas deportivas que al específico del dinero.
Me explicaré. Los dos modelos convencionales son el conservador y el agresivo. El inversor de tiempo conservador, dedica la mayor parte de su vida a cosas prácticas. No desperdicia emociones, sentimientos y, mucho menos, tiempo en bobadas que, probablemente, no llegan a ninguna parte. Como hacen los financieros prudentes, siempre sabe depositar su capital en aquellas opciones sobre cuya seguridad hay pocas dudas. Si se equivoca, rectifica con eficacia y coloca todo su bagaje emocional en la cesta más protegida de los riesgos de la vida, que son muchos. Luego está (aunque hay menos) el inversor de tiempo agresivo. Es el que dedica sus esfuerzos temporales y, desde luego, los del corazón en emprendimientos comprometidos, arriesgados, de gran valor si tienen un buen fin, pero con pocas probabilidades de éxito.
En el terreno sentimental, por ejemplo, podríamos identificar a cada uno de estos dos tipos de inversores de la siguiente manera:
El conservador se enamora de la persona que más le conviene. A ella dedica su tiempo y sus principales emociones, acomodadas, por supuesto, a un mercado de valores simple y que produce pocos sobresaltos.
El agresivo entrega sus sentimientos a la persona que hace latir más rápido su pulso, sin valorar el riesgo de una inversión tan poco segura que, con el tiempo, producirá pingües beneficios o le sumirá en la más absoluta quiebra emocional.

Hasta aquí, todo entra en el campo de lo normal, ya que ambos estilos de inversor son equiparables a los habituales en las lides financieras. Pero hay un tercer tipo, muy poco frecuente en el mundo económico. Podríamos llamarle inversor leal. Yo lo comparo a esos apostantes que, siendo seguidores del Alcoyano (pongamos como ejemplo), nunca dejan de ponerle ganador en su quiniela, aunque juegue contra el Barça o el Real Madrid.
Son malos inversores estos leales. Siempre acaban perdiendo. Aunque existe un subgrupo en esta categoría muy sofisticado y habilidoso, cuya pericia requiere gran talento natural y concienzudo entrenamiento. Son esas personas capaces de apostar durante mucho tiempo por la victoria de su equipo, demostrando ante propios y extraños su indiscutible fidelidad por unos colores, que aman y respetan por encima de todo, hasta que llega el momento en el que cambia el ciclo y su equipo del alma empieza a pasar por horas bajas. Ése es el instante en el que modifican su apuesta y trasladan todo su capital a unos bonos garantizados que, si ayer eran alopécicos y sin apenas interés emocional, hoy son melenudos y valiosos.

Así son las inversiones. Imprevisibles. Hay que ser un verdadero experto para salir adelante en estas épocas de desasosiego bursátil. Ya se sabe que cuando la bolsa no sona...
Pues eso, que soy un mal inversor. Y, lo peor, es que no me importa serlo.

viernes, 22 de julio de 2011

Peces y marionetas

Algunos sueños son muy raros.

Toni iba paseando con una amiga por un lugar rocoso de aquella costa levantina. Llegaron hasta una zona en la que, entre las rocas, se formaba una especie de estanque natural. De repente, un delfín muy extraño asoma la cabeza por encima del nivel del agua, muy cerca de ellos. Inmediatamente, también aparece la cabeza de una gran tortuga. El agua es clara, transparente, más propia de Formentera o del Caribe que de esa parte de la costa...
A través de ella, gracias a su extraordinaria transparencia, la amiga de Toni ve una gran cantidad de peces de todos los colores y tonalidades. Curiosamente, algunos de esos peces tienen un ojo de un color y el otro de uno diferente. Toni pide a su amiga que se quede quieta y que no haga ningún ruido. Ella obedece. Toni se agacha y, hablando cerca de la superficie del agua dice: "¡Vamos!, salid que no hay nadie. No pasa nada. Ya podéis empezar...".
En ese momento, los peces asoman sus cabezas y comienzan un insólito espectáculo de marionetas. Cada uno de ellos sujeta una marioneta con su boca y ponen en escena una asombrosa pantomima de títeres que no hubiese superado el Salzburger Marionettentheater. Los muñecos, además, estaban confeccionados con gran detalle y perfección...

El estupor de la amiga de Toni ante tan singular representación no tiene límites y duda entre ir corriendo a buscar a su hija para que disfrute de algo tan extraordinario o permanecer quieta para no interrumpir la improvisada función. Tras su breve pero intensa duda, decide quedarse por temor a asustar a los peces y estropearlo todo...
Y, como todos los sueños tienen un final (algunos muy amargo, por cierto), la amiga de Toni se despierta antes de que acabe la actuación de aquellos hábiles peces de colores. Sin embargo, su sueño se queda grabado, con extraordinaria precisión, en su mente y hoy, veintiún años después, sigue vivo en la memoria. En alguna memoria, no en todas, claro, que otras tienen cosas más interesantes y, sobre todo, más útiles que recordar.

Un viejo amigo mío, gran conocedor de la obra de Freud y, en especial, de "La Interpretación de los Sueños", me aseguró que no debemos intentar recurrir a ella para encontrar el significado del sueño de la amiga de Toni, sino que la respuesta está en "La Venganza de Don Mendo":

(JORNADA SEGUNDA)

"... y don Pero, que es un pez,
está por vos escamado.
Y como al cabo no es bobo,
de Magdalena abomina
y, lógicamente, opina
que la comedia del robo
solo fue una pantomima..."

No iba descaminado, no, mi amigo. Un par de cambios en los nombres de los personajes de Muñoz Seca y la interpretación es exacta. Tan exacta que, además, fue premonitoria. No sé cómo este genial autor pudo prever con tanta precisión mi futuro. Claro que, también es posible que no hiciera más que contar la historia de la humanidad.

Días después, la amiga de Toni vio, en el mismo pueblo alicantino que fuera escenario de su sueño, un delfín en la playa y una tortuga de ojos brillantes y rojos, que la miraban fijamente.
Yo, que durante mucho tiempo me creí delfín, empiezo a sentirme identificado con la tortuga.

Con el transcurso de los años, la amiga de Toni se olvidó de su sueño. Se olvidó de casi todo: de los delfines, de las tortugas, de los peces... y se olvidó de muchas cosas más. A cambio de olvidar tanto, empezó a recordar lo que nunca había sucedido. Aquellos sueños olvidados fueron origen de cierta literatura poética que se resiste a aceptar la evidencia de que, a veces, las magdalenas son muy indigestas.

Y es que algunos sueños son muy raros. Tan raros como raro es seguir recordándolos hoy, a pesar de todo.

jueves, 21 de julio de 2011

Todos los veranos eran cortos

Debo reconocer que yo estaba muy mal acostumbrado. En el Ramiro nos daban las vacaciones el 20 de mayo y el siguiente curso no empezaba hasta el 4 de octubre. Mis veranos eran, por tanto, de cuatro meses y medio.
Nunca tuve tiempo para aburrirme. Entre el Canal, Alhama y Villaverde tenía la diversión asegurada. Eso, aparte de las actividades de Taiwan Bird SB, que tampoco eran mancas. Cuando escriban mis memorias apócrifas, quienes las lean se lo van a pasar de miedo. Yo no me atrevo con mi autobiografía, desde luego. Aunque no estaría mal como obra póstuma.
Pero nadie debe preocuparse. Como buen seguidor de Baltasar Gracián, creo en la prudencia y solo he sido un poco menos discreto cuando no me han dejado otra salida. Y, aún así, me he moderado mucho.

Sin embargo, hubo una época en la que todos los veranos eran cortos. Muy cortos. Apenas acababan de empezar y... ¡zas! ya se habían terminado. Los veranos cortos producen tristeza.
La culpa la tiene el calendario gregoriano, que es mucho peor que el juliano. A mí me gusta más el juliano, incluso el juniano (menos conocido que el instaurado por Julio César), pero el gregoriano no me acaba de convencer. Tiene este calendario un efecto maligno que mucha gente ignora: a partir del año 4 de cada milenio, las semanas se reducen en verano, imperceptiblemente para unos y de forma dramática para otros. Hay quien dice que este fenómeno se produce por motivos económicos, aunque también existe otra corriente de opinión que habla de una perversión cósmica, difícil de explicar para quienes, como yo, no somos expertos en física cuántica, pese a haber sufrido de lleno su teoría de las perturbaciones.
Lo que este segundo grupo defiende es la llamada dualidad perceptiva del tiempo o, lo que es lo mismo, que una misma realidad puede tener percepciones distintas.

Ya sé que todo esto es un lío y no quiero adentrarme en él. Solo deseo dejar constancia de la extraordinaria levedad de los veranos, que diría Kundera. El caso es que todos los veranos eran cortos. También lo eran antes de que comenzase el efecto gregoriano, que no hizo más que agudizarlo con sus nefastas consecuencias.
Puede pensarse que todo esto es intrascendente, pero nada más lejos de la realidad. Un verano corto, por ejemplo, impide la necesaria madurez de las uvas y puede provocar que una zorra que lleve tiempo tratando de alcanzarlas, llegue a la conclusión de que no están maduras. Y aquí llega el verdadero quid de la cuestión: ¿por qué la zorra se empeñaba en alcanzar las uvas si éstas no estaban maduras? Yo tengo una teoría personal. Estoy firmemente convencido de que a la zorra de la fábula le gustaban las uvas verdes. Le encantaban las uvas verdes. De hecho, eran sus favoritas. Trató de alcanzarlas por todos los medios, pero no consiguió que fueran suyas. Entonces y solo entonces fue cuando dijo al mundo: "Están verdes". Claro que estaban verdes. Ella lo sabía desde el principio... pero ¿qué podía haber más atractivo que un buen racimo de uvas verdes? Y, si además, las uvas eran ajenas, todavía más apetecibles. Hay que tener en cuenta que no hablamos de una raposa vulgar, sino de una acostumbrada a obtener siempre lo que quería. Según cuenta Samaniego, era la reina del bosque.

Hoy los veranos siguen siendo cortos. Éste, sin ir más lejos, empezó muy bien. La diosa Juno había sido generosa, tras años de silencio. Luego, el mes del nacimiento de César, que prometía bonanza, paz y buena voluntad, se sumió en la oscuridad de lo que no parece más que soberbia trasnochada o mala educación pueril, que nunca se sabe. Yo ya tengo la sensación de que el verano está acabado, como decía la canción de Claudio Baglioni: "... appena nato è già finito...".

Ya lo he dicho antes, los veranos cortos producen tristeza. Aunque me sigue sorprendiendo que sea solo a mí a quien se la provocan.

lunes, 18 de julio de 2011

Poco antes de que den las...

El número que viene a continuación no tiene importancia en esta historia.
Lo verdaderamente importante es la historia en sí misma. Cuando Serrat escribió esta canción, muchas chicas jóvenes se sintieron identificadas con ella. Unas, porque las describía. Otras, porque hubiesen querido vivirla pero nunca se atrevieron.
El éxito de las canciones, como el de los anuncios publicitarios, está íntimamente unido a la exactitud del reflejo de las emociones que expresan con las del público al que van dirigidos.

También es cierto que hay canciones (y anuncios) que resisten mal el paso del tiempo porque cuentan cosas que se van alejando de la realidad social con el transcurso de los años.
Con el cambio tan drástico que sufrió nuestra sociedad en las últimas décadas del siglo XX era lógico suponer que la letra de la canción de Serrat iba a quedarse pronto trasnochada. Sin embargo, a veces, la vida nos adelanta, en un movimiento envolvente, que reproduce la realidad pasada, situándola en un nuevo escenario.

Claro está que algunas eran muy niñas cuando el cantautor la escribió. Fueron fans tardías que se empeñaron en que una obra de tanto éxito no cayese en el olvido. A finales de los setenta habían cambiado mucho las cosas y España no era la misma que diez años antes. Pese a ello, determinadas costumbres siguieron vigentes. Sobre todo, entre algunas familias muy conservadoras. Esto creó un conflicto de difícil solución que trajo no pocas consecuencias a padres que se empeñaban a mirar hacia el pasado. En aquellas épocas (como en todas, si a eso vamos) no había familia de la clase media acomodada que no tuviese su oveja negra.
Pero la presunta gravedad de esos asuntos solía arreglarse con cierta soltura mediante el tradicional método del traje blanco de seda, con velo de tul, y unos doscientos invitados.

Aunque las verdaderas fans de aquel single no se conformaron con algo tan vulgar, sino que, con su presidenta al frente, fueron a pedirle a Serrat unos pequeños arreglos en la letra. El gran autor catalán, con buen juicio, se negó rotundamente a modificar ni una sola de sus estrofas y la canción quedó para siempre como todos la conocemos.
Pese a ello, aquellas tercas seguidoras no cejaron en su empeño y siguieron cantando su música con ligeras modificaciones en sus versos. Y la cantaron durante muchos años más. Ni siquiera se conformaron con el cambio de milenio. La vieja y bonita canción seguía estando tan viva como en sus orígenes, gracias a las acertadas versiones de estas obstinadas fans. Apenas hubo que cambiar el personaje de la madre por otro más adecuado a los nuevos tiempos y a la edad de aquellas irreductibles aficionadas a ese viejo clásico del pop.

Dicen que hoy siguen tarareándola. Si bien es cierto que, tal vez por el inexorable efecto del paso del tiempo, algunas ya la confunden con otro lejano éxito de Cecilia y cantan un popurrí que suena muy bien en ciertos círculos de buen acomodo y apreciables tragaderas.

Bueno, pues hay anuncios a los que les pasa lo mismo. Bastaría introducir en ellos unas leves modificaciones de copy y ya los tendríamos listos para seguir funcionando con eficacia. Tal vez sea una solución para estas épocas duras que vivimos. El caso es que, cuando veo algunos comerciales de nuestros días, no puedo evitar esa sensación de déjà vu...

Entonces, yo también me pongo a canturrear la canción de Serrat. Debe ser que me estoy haciendo viejo.

viernes, 1 de julio de 2011

Una carta

Hace unos días, revolviendo en un viejo baúl, me encontré con una carta muy antigua. Estaba fechada el 24 de junio de 1911 y en la firma solo aparecían tres iniciales, todas ellas consonantes.

La carta, muy bien conservada para los años transcurridos, llamó inmediatamente mi atención. Escondida entre papeles poco relevantes y recortes de periódicos, carecía de sobre y, en consecuencia, era imposible identificar al destinatario.
Tuve que leerla varias veces para entenderla bien y, pese a ello, todavía no estoy seguro de haber interpretado con acierto lo que intentaba decir. Hablaba de otra carta recibida por el (o la) remitente (de su lectura no es posible deducir el sexo de quien la escribió ni de quien la recibió, si es que llegó a ser enviada) y, también, de hechos antiguos, poco explicados en su texto. Sin embargo, era evidente que ambas personas se conocían bien y que habían mantenido algún tipo de relación en el pasado.

Mi primera intención fue reproducir aquí su contenido, literalmente. Me parecía interesante y curioso compartir con todos este hallazgo. Hacerlo, estando tan lejano en el tiempo, era, por motivos obvios, inocuo para sus protagonistas. Pero, de pronto, me asaltó un extraño sentimiento de respeto hacia su intimidad. No es fácil de explicar, lo sé. Me dio la impresión que el autor de aquella carta y, más aún, la persona a quien iba dirigida, estaban cerca. Sé que es una tontería y pido perdón por ella a quienes están leyendo estas líneas.
En ese viejo papel, que tan bien había resistido el paso de las décadas, estaban los sentimientos de dos personas, sus emociones, sus angustias, sus dilemas... una parte de sus vidas, en suma.

Yo no sé a dónde se van todas esas cosas cuando alguien desaparece de este mundo. Yo no sé si los latidos de los corazones se desvanecen, para siempre, sin dejar ni siquiera su recuerdo. Solo sé que tengo una carta entre mis manos. Como alguien, algún día, tal vez no muy lejano, tendrá una carta mía entre las suyas y se preguntará quién fue el que la escribió y cómo era la persona a la que iba dirigida...

Son momentos en los que es imposible no cuestionarse si merece la pena ser soberbio, ser orgulloso, ser intransigente. ¡Quién no ha tenido, alguna vez, una carta como ésa ante sus ojos y ha sentido unas inmensas ganas de llorar al leerla!
Es posible que si mis lágrimas caen sobre su tinta no la emborronen, sino que la hagan florecer, y de sus dormidas palabras surjan sentimientos fuertes como robles centenarios y emociones fragantes como tardías azucenas de junio.
Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar, sí. Pero nadie conoce el destino de las palabras olvidadas, de las cartas perdidas, de los sentimientos que perduraron más allá del sufrimiento, de la traición, del engaño...

El caso es que hay cartas, como la que el otro día encontré en aquel escondido baúl, que hablan de amor, aunque estén escritas desde el resentimiento y la falsa altivez, encubridora de la verdad del alma. Ojalá un día me encuentre con otra que haya salido de una pluma sencilla, natural y sincera, de una pluma limpia y suave, como la piel de un delfín, que solo busque lo bueno y que no se obstine en escarbar en los pozos negros del corazón.

Puede que ésa sí me anime a publicarla.

jueves, 23 de junio de 2011

Cannes era una fiesta

Pipín se marchaba despacio, con una maleta entre los dientes, pero nada en Cannes era triste.
La playa del Carlton brillaba, azul y blanca, y la terraza del Martínez era un hervidero de abrazos con marcado acento español. Luego aparecieron unas monjitas traviesas, con un elegante y suave aroma de piscifactoría, y ya no hubo boicot anglosajón capaz de parar a aquella manada de leones madrileños y catalanes que camparon a sus anchas por la Croisette.
Eran tiempos felices. Cannes era una fiesta.

Desde Le Moulin de Mougins hasta La Terrasse del Hotel Juana todo era festival y los leones metálicos venecianos apenas distinguían Gaston-Gastounette de La Palme d'Or.
Casi todo en Cannes brillaba, con reflejos de oro, plata o bronce. Casi todo era perfecto. Pero había quien miraba de reojo, con la misma expresión de Sofia Loren al observar el escote de Jayne Mansfield, hacia la Costa Azul. Y allí, en el Grand Palais, la alfombra roja echaba de menos una pisada. La vida siempre ha tenido paradojas. Ésta fue una de las mayores.

Cannes era una fiesta, sí. Una fiesta incompleta, pero una fiesta.

De pronto, sin que nadie recuerde muy bien cómo, todo cambió. Chez Frédéric cerró y aquellas langostas quedaron huérfanas en la isla. Los nuevos pobres ricos se multiplicaron y la maquinaria empresarial dominó al decadente y romántico glamour. Se acabó la fiesta, como diría Serrat.
La manivela giraba sin parar. Si la caja registradora dejaba de emitir su sonoro tintineo, la muerte llegaría irremisiblemente a Cannes. Como por tres veces había llegado antes a Venecia.

Con el tiempo, todo acabaría dando la vuelta. Hasta la Loren luciría un escote imposible para ella años antes. Un escote creado sobre una improvisada tumba. Un tardío remedo de desquite, con olor a llanto, que no convenció a nadie. Pero el espectáculo debía continuar. Los nuevos ricos pobres llenaban con su miseria el viejo bulevar, sustituyendo la nostalgia por notables inversiones en medios, mientras la madre y la hija, vestidas de leopardo, arrastraban su espíritu burlesco frente a la entrada de La Chunga.

La fiesta había terminado hacía años. Hay diferentes versiones sobre la fecha exacta en la que murió. Hasta hay quien dice que todo fue una falsa ilusión. ¿Es cierta esa leyenda que asegura que un fantasma, blanco como la nieve, recorre la Croisette cada noche de San Juan, desde hace cuatro décadas? ¿Es verdad que una gaviota silenciosa vuela de madrugada sobre la playa, en busca de lo que nunca tuvo allí?
Juran que la otra noche la vieron junto al mar con lágrimas en los ojos. Juran que estaba triste. Rodeada de éxito, de fingida soberbia... pero llorando.
Juran, también, que sus lágrimas se fundían con la arena, escondiéndose cada una de ellas tras un minúsculo relámpago, tras la sombra de una sonrisa triste que añoraba su lejana envidia.
Cannes ya era suyo... pero estaba vacío.

Al otro lado de sus ojos, más cerca de lo que marcaba la distancia, una vieja melodía envolvía la tristeza de quien veía como acababa de empezar un verano lleno de recuerdos.
Sí, Cannes era una fiesta. Y la vida no valía nada.

martes, 14 de junio de 2011

Valeriano Pérez

Don Valeriano Pérez y Pérez fue un adelantado de la publicidad española. Tan adelantado fue que fundó su agencia cuando Cuba y Filipinas todavía eran colonias. Aún no había terminado el siglo XIX.

En esa agencia, pionera de la industria publicitaria española, se escribieron muchas páginas notables de nuestra profesión y por ella pasaron personajes especiales y singulares, algunos de los cuales son portadores, mucho tiempo después, de un fuego intenso y escondido que no puede morir, por mucho que el destino se empeñe en intentarlo.
Valeriano Pérez fue un gran innovador. Mucha gente lo sabe. Pero lo que casi nadie conoce es que fue, también, el creador de una puesta en escena sorprendente. Una dramatización cuyo secreto nadie llegó a descubrir nunca. Él lo llamó "El Club del Dragón". Valeriano organizaba cenas colectivas en las que todos los participantes, menos dos, eran meras comparsas. Sus veladas fueron famosas y muy esperadas. Cuantos asistían a ellas se creían privilegiados miembros de un grupo selecto. Sin embargo, eran simples figurantes. Atrezzo humano que servía de decorado para la actuación de los únicos protagonistas. Éstos eran dos, siempre los mismos. Sólo ellos (y Valeriano Pérez, claro) sabían que todo era un montaje.
Por desgracia, con el paso de los años, se han perdido los nombres de estas dos personas. Al parecer, tenían seudónimos en catalán... o utilizaban nombres de animales, nadie lo sabe a ciencia cierta. Ellos construyeron, con la inestimable ayuda de Valeriano Pérez, una historia misteriosa y extraordinaria, oculta al mundo, pero, a su vez, levantada delante de todos.

Hace poco, por casualidad, cayó en mis manos un papel inesperado. Uno de esos documentos que harían las delicias de mi buen amigo Sergio Rodríguez, el gran recopilador de La Historia de la Publicidad. Está datado en Madrid, un 14 de junio, pero no se ve el año. En su encabezado puede leerse: Gracias!, y habla de una de esas cenas de Valeriano Pérez. Cuenta que terminó, muy de madrugada, en algún lugar del viejo pueblo de Chamartín de la Rosa, cerca de donde, en su día, acamparon las tropas invasoras de Napoleón. Como en el escrito no puede verse el año, no sabemos si Chamartín era todavía un pueblo o ya se había convertido en un barrio de Madrid, aunque eso no es lo importante.
La reunión continuó al día siguiente, ya sin figuración. Parece que cayó en viernes, como el día en que Robinson Crusoe salvó de los caníbales a su compañero de aventuras. Y es curioso, porque, siempre según el viejo documento, también se produjo en esa fecha un rescate memorable. Un rescate que, luego, se deshizo por extraños motivos, para volver, después, a ser posible su recuperación.

No podemos estar seguros de las razones que había detrás de aquella genial invención de Valeriano Pérez, pero yo me he permitido desarrollar una teoría. Pienso que quiso crear algo nuevo, distinto, diferente a todo lo conocido hasta el momento en las relaciones entre las personas. Quiso crear una dimensión única, duradera... eterna. Una relación que fuese capaz de vencer al tiempo, a las dificultades, a los intereses, a los convencionalismos. Que pudiera superar los obstáculos más complicados. Incluso las traiciones y los ataques directos.
Es muy probable que lo consiguiese. De hecho, el documento reconoce que todo lo que rodeó aquella noche desapareció. Todo menos una cosa. Una cosa que durará siempre, que no tiene fin.

Muchas gracias, Valeriano. Sin ti ni la publicidad ni la vida serían lo mismo.

martes, 7 de junio de 2011

Cincuenta

Parece un número, pero las apariencias pueden engañar. También lo parece el siete, si a eso vamos, cuando de todos es bien sabido que no es un guarismo, sino un roto en la tela del alma.
Algo parecido le pasa al cincuenta, pero no se repite cada año, descosiendo ilusiones y sentimientos.
Poco es un siglo... pero mucho es medio/para gastarlo en un dolor maldito,/revuelto entre mil tardes y suspiros, dice el famoso poema. Pero ya nadie hace caso a la poesía. La prosa es la que manda en la vida. La prosa del dinero, la de la venganza, la de la desidia, la de la cobardía y la de la vulgaridad. Los poemas no son más que lágrimas con forma de versos.

Y, sin embargo, la felicidad se esconde detrás de esos errores que tuvieron vocación de sonetos, de endecasílabos o, al menos, de pobres poemas de amor, como el que escribió Serrat sobre la arena cuando le olvidó el sol.

Si diciembre es frío, helado es junio, canta otro de sus versos, enredado entre nostalgias y recuerdos. Quien lo escribió no buscaba más que la paz, aunque de la lectura de tantas estrofas y relatos pudiera desprenderse otra cosa. Viendo como se van volando esas cincuenta aves, no parece que la solución sea cerrar los ojos. Seguirán volando. Diez, veinte, treinta más... ¿y qué habremos conseguido con no mirar hacia la verdad? Sólo que se vayan. Que no vuelvan. Como ya se han ido unas cuantas. Son golondrinas que no volverán.

Y me da igual que sea la Rima LII o la Rima L, porque las dos vienen a ser parte de lo mismo.
No es un día para reproches. Es un día para el recuerdo de lo bueno y el olvido de lo malo (¿hubo algo malo?). ¡Cincuenta veces cincuenta!, dijo quien nunca tuvo prisa ni miedo al tiempo. Pero el que uno no tenga prisa no justifica que quien sí la tiene, aunque finja no tenerla, siga esperando. Los paréntesis bisiestos no sirven más que para arrepentirse de ellos. El tiempo pasa y no resuelve las dudas. Lo mejor para resolverlas es la palabra. A veces, un gracias o un perdón son soluciones muy sencillas que nunca se nos ocurren, porque nos empeñamos en pensar en cosas muy raras y en imaginarnos que el otro va a hacer algo que nunca tuvo intención de hacer.
A mí no me importa decir perdón, en vez de cincuenta, pero me gustaría oír un gracias sincero y el sonido de fondo de la máquina del tiempo. No lo había dicho, pero es uno de mis mejores inventos. Consiste en volver al punto de partida sin esfuerzo. Funciona con un mecanismo muy simple: pulsando en ese botón que todos tenemos dentro del pecho. Al ponerse en marcha, se eliminan las toxinas del espíritu, a través del tubo de escape del sentido común, y se vuelve a escuchar el característico tic-tac que parecía olvidado por culpa de tanta bobada y tanta influencia externa.

Cincuenta. Una palabra que nos hace comprender que los cementerios están llenos de tozudas equivocaciones, de altivos orgullos que nunca quisieron aceptar un perdón ni decir un gracias. Llenos de poetas, delfines y dragones que siguen dormidos en la siesta de unos versos que ya no quieren recitar por empeñarse en mantener una dignidad indigna que nos mantiene engañados tras el telón de un drama que creemos fundamental para el mundo pero que, en realidad, sólo importa a dos personas.

La Rima XXX nos atormenta. Que no se salga con la suya. Insisto: cincuenta... perdón... gracias.

martes, 24 de mayo de 2011

Por el camino de Schwalbach

Si Proust hubiese conocido Schwalbach en aquellas épocas en las que la nada más anodina flotaba por sus desolados alrededores, no hubiese perdido ni buscado el tiempo en el camino de Swann.
Bien es cierto que en Schwalbach no había té. Y, mucho menos, magdalenas para mojar en él. Apenas unas salchichas secas y blanquecinas que incitaban al ayuno con callada elocuencia.
Pero sí es verdad que pasó por allí un remedo de Charles Swann, paradigmático, como el de Marcel. Pasó poco, con cierta discreción, pero sin esconderse. De hecho, llegó a coincidir con aquellos hombres cuando esperaba el coche de caballos que le llevaría a la estación.

Schwalbach era un inmenso desierto. Un desierto tan frío como el lejano futuro que, tantos años después, envolvería en su oscura neblina a Charles Swann, el viajero de los sueños olvidados. Claro que Odette mató a Swann, eso nadie lo duda. Sin embargo, Charles nunca llegó a morir del todo. Siguió frecuentando aquellos tristes salones después de muerto. Hasta hay quien asegura que Swann vivirá eternamente, vagando tras la sombra de lo que nunca existió.
Ya nadie recuerda aquel mayo germánico, aséptico como el corazón de Odette y sensible, como la memoria de Charles Swann. Y, pese a todo, los sentimientos profilácticos de aquella planta trepadora con figura humana son frecuentes en el mundo. Mucho más frecuentes de lo que creemos.

Aquella especie de Swann llevaba unos cuantos años caminando cuando el destino le llevó a la tundra de Schwalbach. Después, continuó su eterno camino, cubriendo de polvo su alma y sus lágrimas. Y lo continuó por un sendero corto y largo, a la vez. Tenía, aproximadamente, una longitud de dos días o veinte años. Era un recorrido en espiral que Swann andaba en un sentido y Odette en el contrario. ¡Qué doloroso camino el de Schwalbach! Siempre con el Bolero de Ravel sonando como música de fondo y una penumbra controlada por esa mano que mecía la cuna de los sueños de Charles. De esos sueños que se iban deshilachando a medida que Odette abría los ojos y apagaba sus latidos con calculada suavidad.

Diecisiete años después, Swann se encontraría con un par de hojas de calendario que le traerían a la memoria aquel triste camino. No era sencillo revivirlo. En Schwalbach no había salones. Sólo un espartano aposento en el que todo era vulgar, menos la fantasía del caminante. Incluso el comentario de Odette, valorando la positiva reacción de Swann ante la poca hospitalidad del lugar, parecía ahora tan liviano como un fuego fatuo.
Proust siguió escribiendo. Siguió escribiendo hasta completar sus siete novelas. Escribió La prisionera. Y La fugitiva. El tiempo recobrado fue su gran mentira póstuma. En realidad, el tiempo se detuvo en Schwalbach. Desde allí voló hacia el limbo de las miserias humanas, hacia ese lugar en el que la soberbia se martiriza a sí misma con el tridente de la hipocresía.

Pobre Odette. Siempre luchando por mantener su fingida virtud a flote. Siempre mintiendo para que nadie descubra que un día estuvo en el camino de Schwalbach. Siempre callando para no decirle a Swann esas dos palabras que la queman por dentro.

Entretanto, Charles Swann sigue buscando su tiempo perdido por el camino de Schwalbach...

domingo, 22 de mayo de 2011

París

La Avenue Montaigne engañó al mundo aquel día de primavera. Hasta el viejo Verne tuvo que hacer un esfuerzo de imaginación para preparar un menú digno del Capitán Nemo... o quién sabe si del mismísimo Phileas Fogg.
Todo era atrezzo. Desde la maleta negra que acompañaba a la bolsa de Louis Vuitton hasta la sonrisa desde el balcón del sexto piso. La Torre Eiffel que asomaba al fondo era, como en tantas películas de Hollywood, una imagen trucada para que el inocente espectador de la farsa se creyera que estaba en París.

Esta versión inédita de El Show de Truman llevaba ya unos años en marcha. La audiencia seguía subiendo y el inocente protagonista posaba con su chaqueta azul y su estúpido gesto, apoyado en la barandilla, mientras la realizadora del programa más longevo de la historia disfrutaba de la escena, con su flequillo y su falsa melena pelirroja acariciados por el suave viento que soplaba desde el Sena.
El frío lejano de una noche de noviembre, con el Palais Garnier iluminado sobre la soledad, era sólo un fantasma situado a tres años de distancia. El Normandie y el silencioso Louvre eran dos testigos sordos de la grotesca pantomina. Nunca existió París. Sólo fue un gran decorado. Uno más.

Nadie sueña tanto como el que no duerme. Es un viejo proverbio chino. Pero no dormirse es difícil. Sobre todo, cuando la vida parece que es de verdad.
Y ¿cómo distinguir los sueños de la realidad? Ni siquiera Calderón lo sabía a ciencia cierta. Hasta nos llegó a sugerir que todo es sueño. Sin embargo, tiene que haber algún método para saberlo. Hay quien propone la prueba del algodón como sistema eficaz para salir de dudas. Claro que es una prueba que, como la del nueve, no es definitiva. Hay algodones que sí engañan. Algodones suaves, blancos por fuera, pero que, al pasarlos por los azulejos de los años, se vuelven negros. Y no porque los azulejos estén sucios, no, sino porque llevan una sombra oscura en su interior que aflora con el roce de una simple caricia... de un beso. Son flores negras que vuelan con alas blancas. Las hay por todas partes: en París, en Londres, en Venecia... hasta en la Alhambra.

Cuentan que Ulises se encontró con ellas en uno de sus viajes. Al contrario que Penélope, nunca destejían. Su manto era cada vez más grande y más profundo. Blanco por fuera y negro por dentro. El que se deja envolver por él no tiene salida.
Pero esto no es relevante para esta historia de turistas y piratas. Estamos hablando de cine, de televisión, de publicidad... de todos esos sueños que parecen una cosa y son otra. Si, por casualidad, algún lector de este relato imaginario, de esta fantasía irreal trabaja o ha trabajado en una productora, sabe a lo que me refiero. Da igual que el rodaje haya sido en Los Ángeles, en Ciudad del Cabo o en Buenos Aires. Siempre hay una primavera luminosa en París, con una Torre Eiffel al fondo, en la que cabe todo. Todo, menos la verdad.

Y es que, ya se sabe: nadie sueña tanto como el que no duerme. O como el que duerme cuando debería haber estado despierto.

viernes, 20 de mayo de 2011

La comedia divina

No es la del Dante, con sus siete infiernos, no. Es una comedia mucho más trivial, aunque también tiene Infierno, Purgatorio y Paraíso... pero puede que en orden inverso.

Me dijeron que iba de divina, de demasiado luminosa como para juntarse con la raza humana, con los miserables mortales que la rodeaban y a los que, condescendientemente, perdonaba la vida a diario con desmayada displicencia.
Se lo creyó tanto, que despreció su propia suerte y se enredó en aquel espinoso rosal, crecido entre lirios y mimosas, tristes los unos y solitarias las otras. Todo en ella era Purgatorio, desde su pelo sin entusiasmo hasta ese pie izquierdo que siempre torcía un poco al andar. Pasando, por supuesto, por su pecho, tan ambicioso como confuso para la memoria de un observador minucioso.

Schaunard exclamó, en el segundo acto de La Bohème: "La commedia è stupenda!". Tenía razón, porque Musetta estaba haciendo una magnífica representación antes de cantar su vals.
Siempre lloro, como Marcello, cuando oigo esa canción, por mucho que el alcindoro de turno crea que se la está cantando a él.
Vestida de Paraíso, siempre fingía disfrutar con la ópera de Puccini. Pura comedia. Sólo disfrutaba con la ambición, disfrazada de elaborada modestia imposible. "¡Atadme a la silla!", gritó el pobre Marcello a sus amigos. Pero ya era tarde, el veneno había hecho efecto mucho antes y en el Café Momus se servía de todo, menos té.

En su palacio, Lucifer no dejaba de clavar sus afilados dientes en un Judas martirizado eternamente. Pero en esa otra Commedia, la de Alighieri, Beatriz simbolizaba la fe. Una fe hoy descartada por la razón, por la realidad de la vida. Sin embargo, por mucho que se empeñe Virgilio, Dante se aferra a la locura y pasa de largo por la llanura de hielo de los traidores, los peores pecadores de todos.

Pero volvamos a nuestra comedia divina. Nuestra comedia pequeña y escondida tras esos puntos amarillos, con rayas y grandes letras negras que sirven de refugio a quien vive de ocultarse de su propio yo. El que repartió los papeles se equivocó. El odio sale de dentro, del estómago. Y sube, contagiando al plástico blando y a los ojos, serenos pero airados... como los del poema de Gutierre de Cetina. Esos que ven sin mirar y cuentan lo que simulan callar.
"Ya no te quiero", dijo alguien, como si eso fuera posible. Dante y Puccini sabían bien que no lo era. "Seguramente no te quiso nunca", especuló el poeta. Y Giacomo, sin perder el aplomo que le conferían su sempiterno sombrero y su mostacho, sentenció: "No. Te sigue queriendo... pero la vida es muy dura, Marcello".

Y Marcello llamó al camarero, devolvió su licor y, acariciando en el interior de su bolsillo el pequeño delfín de juguete que un lejano día comprase a Parpignol, pidió una taza de té, sabiendo muy bien que en el Café Momus se servía de todo, menos té.

La música de Puccini sonaba, romántica y dulce, mientras el desgastado telón seguía cayendo lentamente...

jueves, 28 de abril de 2011

Adverbios de tiempo

Si ya de por sí la lengua española es complicada, llega a convertirse en paradójica cuando nos adentramos en el aparentemente sencillo mundo de los adverbios de tiempo.
Todos sabemos que los adverbios son esas palabras que modifican o matizan el significado de los verbos o de algunos adjetivos. También sabemos que deberían ser invariables... ¿es esto un error de la Academia? Lo pregunto con el máximo respeto por tan venerable institución, pero mi personal experiencia me indica que, si bien es cierto que no varían en su forma, sí lo hacen, sustancialmente, en su significado.

No estoy hablando, aunque pudiera parecerlo, de aquellos adverbios como "ahora" ("ahorita" en algunos lugares) que denotan algo muy diferente a lo que aparentan (al menos en determinadas latitudes). Cuántas veces hemos recibido como respuesta a una petición un "ahorita mismo" que, en realidad, se refería a un período indeterminado de tiempo entre "al instante" y "nunca". Esto es algo que no debe alarmarnos, sino, por el contrario, servirnos de información adicional e ilustrativa, que amplía nuestros conocimientos sobre la filosofía y modo de vida de diferentes razas y culturas.
Y es que hay adverbios de tiempo, como "luego", cuya propuesta de celeridad o inmediatez no deja de ser un tanto relativa. "Después" es otro ejemplo, aún mejor, de esta falta de precisión temporal.

Lo hasta aquí expuesto entra en el terreno de lo normal o, al menos, de lo aceptado habitualmente en determinadas idiosincrasias locales o regionales.
Sin embargo, lo que a mí me produce profunda inquietud es otra cosa.
Educado en unos conocimientos gramaticales y semánticos convencionales, parece que he cometido el error de creer que cada palabra tiene el significado que el diccionario manifiesta. Este error es especialmente grave cuando entramos en el terreno de los adverbios de tiempo más categóricos, como "siempre" o "nunca", por ejemplo.
Ya sé que hay licencias creativas que todos utilizamos en la vida profesional y personal, pero esta aceptada laxitud, no quiere decir que no existan límites para su práctica.

El fabricante o el publicitario que incumple sus promesas llevan su penitencia en el propio pecado, pero en la vida diaria, los trileros adverbiales, suelen salirse con la suya.
"Siempre" y "nunca" son palabras muy serias, que algunas personas utilizan con una frivolidad escalofriante y escandalosa. Para ellas, "siempre" significa "hasta que me interese más otra cosa". Y lo peor es que ese "interés" no es, necesariamente, real. Si fuese así, estaríamos hablando sólo de gente egoísta o perversa, pero, por desgracia, también tenemos que incluir en este grupo de falsarios adverbiales a los débiles y a los entregados a sus amos.
Desde luego que también existen seudopuritanos que traducen "siempre" por "indefinido", con el matiz, claro está, de que la indefinición queda al servicio de los intereses particulares de quien la gestiona.

Siempre nos quedará París, mintió Rick ante una Elsa de ojos humedecidos por la niebla de su generosa traición (las heroínas del celuloide de la vida sólo pueden traicionar por "noble generosidad", que otra cosa en ellas no cabe), sabiendo lo que quería decir el "siempre" que le prestó ella, tiempo atrás. Qué bien hizo Rick en fingir que era él quien la pedía que se fuera con su marido: ella lo hubiese hecho, de todas formas.

Rick se quedó con el principio de una bonita amistad. Y con el verdadero significado de la palabra "siempre"... o "nunca". No lo recuerdo muy bien.

lunes, 11 de abril de 2011

Muros, bunkers y alambradas

En junio de 1961, Walter Ulbricht habló por primera vez del Muro de Berlín.
Y poco después, en una sola noche, quedó construido. Era la materialización del Telón de Acero, ése que trataba de impedir cualquier intento de fuga hacia la libertad.

Muchos siglos antes, la Gran Muralla China (el que dicen que es el mayor cementerio del mundo, ya que parece que más de diez millones de trabajadores murieron durante su construcción y están enterrados junto a ella) fue levantada por sucesivos emperadores para evitar que nadie entrase en sus dominios. Desde entonces, han sido casi infinitos los esfuerzos por construir barreras de todo tipo. Y no sólo físicas, desde luego. Pero la gran novedad del Muro de Berlín es que no se hizo para evitar invasión alguna, sino para todo lo contrario. Podríamos decir que era como el muro de una gran cárcel. O, mejor dicho aún, de un inmenso campo de concentración. Pero claro, la excusa para construirlo fue que era necesario para para evitar que entrasen los enemigos...

Es curiosa la inclinación de la raza humana a fabricar murallas, fosos, bunkers y alambradas. Hay quien se quiere proteger tanto que se encierra con tantas llaves y candados como puede. Hasta se colocan en la mente cinturones de castidad mental virtuales. Suelen encontrar buenas excusas para hacerlo, eso sí. Casi todas relacionadas con hipotéticos peligros exteriores que ni existen ni suponen amenaza alguna. Además, no olvidemos que la historia nos ha enseñado que cuando alguien quiere, de verdad, entrar en algún sitio, no hay muro ni cadena que lo evite. Pero sí sirven para otras cosas. En primer lugar, son muy útiles para mostrar a los demás que hacemos todo lo posible por protegernos de los riesgos externos. Sobre todo, para demostrárselo a aquellos que no se fían nada de quienes dicen querer estar tan bien defendidos.
Conozco algún caso clamoroso de aplicación del modelo Muro de Berlín en la vida privada. Hay personas capaces de construir kilómetros de muros psicológicos y alambradas anímicas no para prevenir que entre nadie, sino para evitar que sus verdaderos sentimientos se escapen por cualquier rendija del espíritu. El orgullo y, tal vez, los intereses económicos han sellado sus labios y enterrado su corazón, pero... nunca se sabe, que el ansia de libertad es muy traicionera y nos puede poner en evidencia en cualquier esquina. Aunque sea una esquina de Facebook.

Tanto búnker también hace sus estragos en la vida profesional de nuestro mundo. ¿Quién no conoce algún directivo de agencia, algún creativo o algún director de marketing rodeado de alambradas? Recuerdo un spot en el que John Lynn destruía a martillazos las oficinas de la vieja agencia para hacer más gráfica la ruptura con los prejuicios y con la poco creativa imagen que Grey tenía en el mercado español. Creo que fue una acción brillante. Y lo digo yo, que soy quien construyó Grey en España y creó esa oficina veinte años antes. Pero hubiera sido una torpeza encerrarse en el búnker. John hizo lo que tenía que hacer: romper con el pasado y avanzar hacia el futuro. No levantó ningún muro para proteger lo ganado (que había sido mucho, por cierto), sino que quemó sus naves y obligó, como Cortés, a que los suyos tuvieran que avanzar, irremisiblemente, hacia Tenochtitlan. Hay que felicitarle por ello.

Ni en publicidad ni en la vida es buena idea escondernos detrás de un muro. Siempre acaba cayendo. Y, normalmente, lo que estaba tras él se queda trasnochado, obsoleto... a veces, llega a ser patético.
En 1989, veintiocho años después de su nacimiento, en medio de una época de cambios decisivos, se removían los cimientos de unas convicciones equivocadas, de una forma de entender la vida que no sabía lo que hubiese sido de ella de no haber encontrado su momento histórico de esperanza y de futuro. Quince años después, quiso ser reconstruida en otro lugar, también con miedo. Luego, el odio, el interés y el despecho hicieron un monumento a la traición, en ese siniestro Monte Pelado de la deslealtad, quinientos días más tarde. Pero ya era inútil: las raíces habían crecido tanto que no había oro ni maldad en el mundo suficientes para levantarlo de nuevo. Pese a todo, los que refugian su rechazo a la verdad en muros, bunkers y alambradas, siguen afanándose en su inicuo y estéril esfuerzo.
No se dan cuenta de que el nuevo muro que están intentando construir tiene restos de graffitis indelebles, entre los que se lee algo así como Make Love Not War...

Puede que lo que dice esté borroso por el paso de los años, pero me parece que va a ser difícil de ocultar.

jueves, 7 de abril de 2011

¿Y ahora qué?

Recibió la buena noticia con tristeza.
Por fin le habían dado la razón de forma definitiva. Tantos años de persecución injusta habían terminado para él. La traición se había consumado, pero, al menos, la verdad había vencido a la calumnia.
Los esfuerzos realizados contra él habían sido enormes, persistentes, perversos. La deslealtad, comprada con un puñado de ladrillos y algunas otras miserables amenazas, no era recompensada con la ignominiosa victoria que el dueño del arbusto pretendía, pero el ataque, disfrazado de defensa, fue duro, despiadado y, sobre todo, ruin.

Ahora se abría ante él la puerta de la venganza. Éste era el momento en el que tanta maldad podía recibir su merecido. Años de sufrimiento, de perplejidad, de paciencia... le servían en bandeja ese plato frío que tantos esperan y desean.
Pero él recibió la excelente noticia con inmensa tristeza.
No quería vengarse. Cuando César vio a Bruto entre sus asesinos, no sintió deseos de venganza. Sólo pena. Él pensó lo mismo que César.
La historia y la justicia suelen acabar poniendo las cosas en su sitio. El que no tiene prisa, el que sabe esperar tiene muchas posibilidades de obtener el triunfo final. Pese a todo, victorias como la de suya, siempre son pírricas, porque se obtienen con un coste terrible para el vencedor.
Dice la Academia que la venganza es la satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos. Sin embargo, es una satisfacción que no te puede dejar satisfecho. Él nunca había condenado a quien tanto dolor le causó. Y es que el dolor de una traición no lo producen las consecuencias físicas o de cualquier otra índole, provocadas por el acto desleal, sino que lo causa el hecho de que una determinada persona sea capaz de clavarte una daga en el alma, como lo hiciera aquel Bruto en la espalda de quien le adoptó y le perdonó todo.

Por otra parte, ¿qué puede hacer quien se ha venido escondiendo en la inestable levedad de la permanente duda fingida? ¿Qué puede hacer, una vez ratificada la verdad de forma inapelable? ¿Qué puede hacer, después de haber quedado probado que todo fue una fantasía delirante, alentada por la esperanza de ocultar la realidad a quien amenazaba con ejecutar el desahucio?
Iscariote eligió un final trágico. Pero su culpa fue mayor. En un caso como éste, es mucho más recomendable el sentido común: una llamada, una conversación...
La soberbia es mala consejera y también lo es optar por la huida hacia el supuesto orgullo herido. Las derrotas hay que aceptarlas, sobre todo cuando quienes parecen estar enfrente, en realidad están a nuestro lado.

Mañana el vencedor mirará su Taco Myrga. Y verá en él esa hoja perenne que quiso arrancar, sin éxito, un huracán de furia, un vendaval de ira que comenzó en una caliente tormenta de verano y explotó en una helada tempestad de invierno, convertida en vals por Sviridov.
En todos los calendarios está marcada en rojo esa fecha. No hay fuerza que la borre ni tinta que la tache. Juan Ramón escribió en ella, con su pluma mágica, un tonight que llevaba música de Bernstein. Abril tuvo una noche de delfines y una sentencia que invita al desquite, a aplicar la ley del talión. Pero el sueño de aquella noche es eterno y no habrá Marlowe capaz de desenredarlo, porque está atado a la verdad, aunque la verdad sea impar y solitaria. Aunque aquella Bacall pasase sobre ella sin creer en nada, con indiferencia... fingiendo lo que nunca existió.
Es probable que él llore mañana sobre esa hoja, con la tristeza profunda de quien ha ganado una guerra absurda, una guerra que nunca debió haberse producido. Una guerra como la de Troya, provocada por una Helena fugitiva que se secuestró a sí misma, arrojándose a los brazos de un Menelao al que aborrecía desde antes de su boda, a cambio de volver a reinar en Esparta.

No podía ser de otra forma: él recibió la buena noticia con gran tristeza.

viernes, 1 de abril de 2011

Aprende a decir que sí

Estamos educados en la cultura del "no". Desde niños, la sociedad nos repite todo lo que no se debe hacer que, por lo visto, son muchísimas cosas y, la mayoría de ellas, con apariencia de ser bastante buenas o, al menos, interesantes de explorar.
Pero nada, todos, erre que erre, a decirnos que si esto no está bien, que si lo otro no se toca porque se rompe, que si no hay que comer de aquello, que si aquí no se puede jugar con la pelota, que si no hay que ver tanto la televisión, que si no podemos salir a la calle sin bufanda...
Luego, de mayores, la cosa se pone peor: PROHIBIDO aparcar; NO pisar el césped; Espacio SIN humo; OTAN, de entrada NO (bueno, éste es un ejemplo poco afortunado); NO se admiten tarjetas de crédito; PROHIBIDO fijar carteles...

Sin discutir la presunta bondad de algunas de estas limitaciones, el caso es que la sociedad quiere perfeccionar la libertad del individuo, limitándola por todas partes. Y, claro, así vamos aprendiendo, casi sin darnos cuenta, que en la vida lo bueno es decir que no.
Tanto nos hemos acostumbrado a este ambiente de pro-represión generalizada que no es raro que haya quien dice "no" cuando quiere decir "sí". Para algunas personas, la negativa es un refugio protector frente a la sensación de desnudez que produce la respuesta contraria.
Es cierto que, a veces, las mismas personas que se esconden en la negación fueron de las que dijeron que sí a destiempo. Como la novia a la que cantaba Antonio Prieto.

NO COMPRE AQUÍ, VENDEMOS MUY CARO, rezaba el cartel de la famosa zapatería "Los Guerrilleros", en la calle de Hortaleza. Era el epítome del largo ensayo, nunca escrito, sobre la publicidad negativa. Los precios de aquella zapatería eran muy competitivos, como es fácil adivinar, pero con su contradictorio reclamo llamaba la atención del público. Porque, además, el cartel que gritaba su lema a los cuatro vientos era enorme.
Yo, sin embargo, nunca supe si ella vendía barato o caro. Decía que sí a casi todo lo que las mujeres suelen decir que no y viceversa. Cuando Bogart la esperaba bajo la lluvia eterna de la incredulidad, nunca pensó en la posibilidad de que le hubiese delatado a los nazis. El tiempo pasó, como vaticinaba Sam, y cuando apareció con el noble Laszlo era como si le hubiese entregado a la Gestapo en París.
A mí me daban igual las excusas de Bergman. Perdonar o no es irrelevante. No hay suficientes delfines en el mundo para borrar todo lo que escribió aquel ganador del Nobel durante tantas tardes madrileñas y eso es lo que importa.

Saber cuándo hay que decir que sí no es tan fácil. No lo enseñan en casi ninguna universidad. Y las madres se lo suelen transmitir a sus hijas de una forma tan defensiva y diferente de su propia experiencia personal que las despistan completamente. Por eso hay que aprenderlo en la vida, luchando contra los prejuicios, los miedos y las influencias de quienes nos amenazan y nos convencen de que son otros los que lo hacen. Vivir más de una vez es complicado, así que renunciar al diálogo por culpa de un temor supersticioso es, dicho sea con el máximo respeto, una tontería.

Nunca supe si ella vendía barato o caro. Y todavía no lo sé. Sí sé que aprendió algunas cosas: aprendió que los sueños no se olvidan, que el tiempo no produce escalofríos y que la libertad viene llena de cadenas. Pero no aprendió a decir que sí.
Ni siquiera cuando recibió un mensaje secreto que decía: "¿Podemos hablar?".

La huida

Es una de las estrategias de marketing más sofisticadas.
Consta de tres fases: 1. Provocación. 2. Huida. 3. Ataque.
Dicen que sus orígenes se remontan a las enseñanzas de Sun Tzu. Y es probable que así sea, porque se trata de un arte milenario y bélico. Los guerreros de Caballo Loco utilizaron esta táctica en Little Big Horn y el inocente Custer cayó en la trampa, como es de todos conocido.
Su eficacia en el marketing moderno está bien contrastada. Steve Jobs, sin ir más lejos, la ha usado con indiscutible éxito en varias ocasiones.
Tiene variantes, claro está, pero todas ellas giran sobre el mismo esquema: crear una expectativa, provocar que te busquen y aparecer cuando te interesa, en el momento oportuno.
También hay quien la utiliza en su vida privada, en algunas ocasiones con verdadero dominio y profesionalidad. Las mosquitas muertas son el colectivo que mejor han desarrollado esta técnica ancestral, casi siempre con notables resultados. No deja de ser marketing, en cualquier caso.

En la primera fase hay que controlar mucho, desde luego, no vaya a ser que te pases en la provocación o te quedes corto. Es algo así como lo que contaba Don Mendo cuando le explicaba a Magdalena el juego de las Siete y Media: "... el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Mas, ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas, es peor!".
La segunda fase es la parte fundamental de la estrategia. Hay que huir como alma que lleva el diablo, desapareciendo de la faz de la Tierra, si es preciso (incluso de su faz virtual), y, por supuesto, dramatizando esta desaparición, que debe ser muy ostensible, incluso un poco airada.
Luego hay que estar al acecho, pero disimulando mucho. Tiene que parecer que no nos importa nada si nos persiguen o no, si nos buscan o si nos olvidan. Aquí es fundamental una estudiada displicencia, siempre enmarcada en una cierta expresión de hastío, rebosante de grandes dosis de lánguida indiferencia. Eso sí, llegado el momento de caer sobre la presa, hay que hacerlo sin piedad, procurando descabellar al primer golpe, cual experto matarife, culpando, a ser posible, al agotado perseguidor de todos los males o deficiencias de nuestro producto.

No está exenta de riesgos esta osada estrategia de marketing, y el peor de ellos es que no salgan corriendo detrás de la persona que ha puesto el cebo, cuando ésta se da a la fuga. Pasa a veces, aunque la provocación haya sido flagrante.
Es muy famoso el caso de esa marca de té (no voy a decir el nombre para que su directora de marketing no se sienta ofendida) que apostó por esta estrategia, ofreciendo a su público objetivo un paseo por Venecia (o un viaje a Londres o a Granada, no recuerdo muy bien) a cambio de degustar una taza de su exclusivo té. La propuesta fue tan descarada que su target no tuvo margen para dudar de ella y cuando, con el corazón acelerado por la inesperada insinuación, se preguntó, públicamente, por la validez de la oferta restringida, ésta desapareció del medio interactivo en el que había sido publicada, escondiéndose en una fingida huida, con el doble deseo de provocar la persecución y hacer de la marca un interesante objeto de deseo.
Y éste fue su error, porque no contó con que el público objetivo estaba cansado de tantos años de falsas promesas y ataques por sorpresa. No hubo persecución, sino, tan sólo, decepción por la engañifa.

Engañar al consumidor no es una buena política. Aunque el consumidor esté dispuesto, como Custer, a morir con las botas puestas.

miércoles, 30 de marzo de 2011

T42

Todo el mundo en Madrid conoce la T4. Pero si añadimos un 2, la cosa cambia radicalmente.
Y, aunque hay algún pesimista que pudiera opinar que T42 es, también, una terminal (hay terminales de muchas cosas), quienes la consideran una actividad tan interesante como viajar a Venecia y Londres o pasear por la Alhambra, son pocos (menos de tres), pero significativos y, tal vez, obstinados.

Juan Ramón Jiménez observaba el T42 desde su "Colina de los Chopos". Yo también lo hice desde esos mismos "Altos del Hipódromo" en los que pasé muchos años, sin saber aún que un día sería huesped del poeta onubense, antes de pasar aquellas temporadas en Brasil que acabaron de encadenarme.
La vida es complicada. Eso lo sabemos todos. Por eso hay que estar preparado para cualquier cosa. Hasta para lo imposible. Y era imposible que Leonard Cohen y Pavarotti fueran tan mentirosos... era imposible.
Pero el tiempo, el opio, las hipotecas recurrentes, las hijas y los puertos del Mediterráneo confunden el pensamiento, como le pasó a Caruso aquella tarde, frente al golfo de Surriento.

¿Será verdad que se añora el T42? ¿No se tratará de un espejismo producido por los muy disminuidos sentidos de quien nunca ha dejado de creer en la verdad, por muchas evidencias que tuviera en contra? ¿Es una actividad o lo fue? Los registros electrónicos no lo especifican, pero...
Cuando el corazón late más deprisa no hay poema triste que lo frene, por mucho que se empeñen los Sueños Olvidados en reprimirlo. La poesía luchando contra la naturaleza, en una guerra que tiene perdida de antemano.

Es curioso, pero, a medida que avanzo en la escritura de estas líneas, voy sintiendo un cierto mareo... creo que se trata del Síndrome de Sthendal. Los publicitarios saben lo que es (no porque lo hayan padecido, sino por cultura profesional), pero, para quien no lo conozca, tengo que explicar que produce síntomas psicosomáticos tales como elevación del ritmo cardíaco, vértigo, confusión e, incluso, alucinaciones. El propio novelista francés dijo, al salir de la Santa Croce: "Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes. Me latía el corazón, la vida estaba agotada para mí, andaba con miedo a caerme...".

Para algunos (ya he dicho que pocos), el T42 y la Santa Croce de Florencia no son tan diferentes, en cuanto a los efectos que producen. Como tampoco lo son el Bauer, Sloan Street o las vistas desde el Albaicín.
Cuando uno sigue disputándole al tiempo los secretos de la verdad y se encuentra, de pronto, frente a un mensaje tan explícito, no hay duda que pueda empañar la respuesta. Sin embargo, las personas nos comunicamos mal. Cada uno de nosotros cree estar transmitiendo el mensaje adecuado y, en ocasiones, el receptor lo decodifica de forma equivocada. Otras veces, no acertamos al elegir el medio. Y eso que somos profesionales.

Pero volvamos al Síndrome de Sthendal. ¿No es suficiente prueba? Los consumidores también deben ser inteligentes. "El mayor riesgo es no correr riesgos", dijo un célebre hombre de marketing. Y, en algunos casos, es tan alto ese riesgo que nos lo jugamos todo en una triste ruleta rusa en la que el único cartucho que hay en el tambor es de fogueo.

T42, por favor.