viernes, 20 de mayo de 2011

La comedia divina

No es la del Dante, con sus siete infiernos, no. Es una comedia mucho más trivial, aunque también tiene Infierno, Purgatorio y Paraíso... pero puede que en orden inverso.

Me dijeron que iba de divina, de demasiado luminosa como para juntarse con la raza humana, con los miserables mortales que la rodeaban y a los que, condescendientemente, perdonaba la vida a diario con desmayada displicencia.
Se lo creyó tanto, que despreció su propia suerte y se enredó en aquel espinoso rosal, crecido entre lirios y mimosas, tristes los unos y solitarias las otras. Todo en ella era Purgatorio, desde su pelo sin entusiasmo hasta ese pie izquierdo que siempre torcía un poco al andar. Pasando, por supuesto, por su pecho, tan ambicioso como confuso para la memoria de un observador minucioso.

Schaunard exclamó, en el segundo acto de La Bohème: "La commedia è stupenda!". Tenía razón, porque Musetta estaba haciendo una magnífica representación antes de cantar su vals.
Siempre lloro, como Marcello, cuando oigo esa canción, por mucho que el alcindoro de turno crea que se la está cantando a él.
Vestida de Paraíso, siempre fingía disfrutar con la ópera de Puccini. Pura comedia. Sólo disfrutaba con la ambición, disfrazada de elaborada modestia imposible. "¡Atadme a la silla!", gritó el pobre Marcello a sus amigos. Pero ya era tarde, el veneno había hecho efecto mucho antes y en el Café Momus se servía de todo, menos té.

En su palacio, Lucifer no dejaba de clavar sus afilados dientes en un Judas martirizado eternamente. Pero en esa otra Commedia, la de Alighieri, Beatriz simbolizaba la fe. Una fe hoy descartada por la razón, por la realidad de la vida. Sin embargo, por mucho que se empeñe Virgilio, Dante se aferra a la locura y pasa de largo por la llanura de hielo de los traidores, los peores pecadores de todos.

Pero volvamos a nuestra comedia divina. Nuestra comedia pequeña y escondida tras esos puntos amarillos, con rayas y grandes letras negras que sirven de refugio a quien vive de ocultarse de su propio yo. El que repartió los papeles se equivocó. El odio sale de dentro, del estómago. Y sube, contagiando al plástico blando y a los ojos, serenos pero airados... como los del poema de Gutierre de Cetina. Esos que ven sin mirar y cuentan lo que simulan callar.
"Ya no te quiero", dijo alguien, como si eso fuera posible. Dante y Puccini sabían bien que no lo era. "Seguramente no te quiso nunca", especuló el poeta. Y Giacomo, sin perder el aplomo que le conferían su sempiterno sombrero y su mostacho, sentenció: "No. Te sigue queriendo... pero la vida es muy dura, Marcello".

Y Marcello llamó al camarero, devolvió su licor y, acariciando en el interior de su bolsillo el pequeño delfín de juguete que un lejano día comprase a Parpignol, pidió una taza de té, sabiendo muy bien que en el Café Momus se servía de todo, menos té.

La música de Puccini sonaba, romántica y dulce, mientras el desgastado telón seguía cayendo lentamente...