jueves, 29 de diciembre de 2016

Los amantes que no se amaban

Esta vida (la otra no lo sé... o no lo recuerdo) está llena de contradicciones y de situaciones absurdas, pero si hay alguna que me parezca grotesca en grado superlativo es la de los amantes que no se aman.
Nadie debe extrañarse de esto, pues es más común de lo que su enunciado sugiere a primera vista. En la mayoría de los casos, es un hecho bien conocido que el amor de los amantes solo se produce al cincuenta por ciento. Y, en ocasiones, ni eso.

Recuerdo, por ejemplo, un caso histórico acaecido en las tierras bajas de Aragón hace ya muchos años. Ella se llamaba Inés y él, Rodrigo. Vivían su supuesto amor bajo unas circunstancias complicadas para la época, lo que parecía justificar que Inés tratase de mantener en secreto su aparente devoción por Rodrigo, quien, por el contrario, disimulaba muy poco sus sentimientos. Y así se mantuvo esa intensa relación durante un tiempo largo... casi interminable.
Sin embargo, un día sucedió algo. Las crónicas no cuentan con exactitud lo que pasó, pero debió ser grave, porque derivó en consecuencias imprevisibles. En cualquier caso (y obviando el detalle de lo ocurrido, que no es pertinente aventurar por pertenecer al terreno de las suposiciones), cuando Inés se encontró con la pregunta que le hicieron sobre la identidad de Rodrigo, ella contestó: "Es mi amante".

Por eso, sumado a todo lo demás, no deja de ser un tanto surrealista que Inés no amase a Rodrigo. Era "su amante" (según ella misma afirmó), pero no lo amaba.
En esta historia es irrelevante cuáles fuesen los sentimientos de Rodrigo. Lo tremendo es que uno de los dos describa así al otro ante terceras personas, comprometiéndose al decirlo en público, pese a no ser cierto.

Hoy en día sigue pasando lo mismo, incluso con más frecuencia que en el antiguo Aragón. Amantes que no se aman, amigos que no se tienen amistad, vecinos que no viven cerca, liberales que no practican la libertad... y hasta padres que no tienen hijos. 
Todo está desbordado por paradojas sorprendentes que confunden a quienes estamos acostumbrados a defender la literalidad de lo que se dice como método más económico (aunque no siempre eficaz) de comunicación entre las personas. De cualquier forma, insisto en que, para mí, lo más asombroso sigue siendo lo de los amantes que no se aman.

Podría ser que todo fuese una cuestión semántica o el resultado de un eufemismo consuetudinario, de uso colectivo generalizado y poco afortunado, pero el caso es que aquellos amantes aragoneses, como tantos otros amantes, no se amaron. 
Sus almas jamás llegaron a estar juntas, a descansar la una en la otra. ¿Triste? Sí, muy triste. Y, aún más que eso, terriblemente vulgar.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Scarlet Street

Edward G. Robinson hace una interpretación soberbia en esta película de Fritz Lang, en la que, desde un principio, vemos que el pobre va a acabar mal por culpa de una Joan Bennett que guarda muchas similitudes con la de The Woman in the Window, ambas empeñadas en amargarle la vida al gran Robinson, con la muy eficaz complicidad de Lang, eso sí.

Y, siendo fundamental para esta historia cinematográfica el final de cada uno de los tres protagonistas, no pasan desapercibidos dos detalles de la trama tan decisivos como son la aparición inesperada del 'hombre del cuadro' y el fondo filosófico que se desprende de todo lo relacionado con la apreciación de las obras de arte, en función de circunstancias aleatorias o de los sorprendentes giros del destino...

La película es buena, claro. Y rodada con esa nitidez que proporciona el blanco y negro de los años cuarenta. Hasta podría decirse que el título español ('Perversidad') es más adecuado que el original, entre otras cosas porque no queda muy claro cuál de las calles que aparecen es la llamada 'Scarlet', pero, sobre todo, porque sea la que sea, es mucho más negra que de cualquier otro color, incluido el rojo.

En cualquier caso, toda la trama planea sobre un panorama de relaciones personales que impresionan, deambulando entre sometimiento, macarrismo, engaño y abuso. Son cosas que también pasan en la vida real cuando la ambición y la falta de escrúpulos se imponen en ese territorio, yermo de sentimientos, en el que la pertinaz sequía de honradez provoca que la codicia se abra paso entre esas grietas que quiebran los espíritus desolados por su propio abandono.

A lo largo de mi vida he transitado por muchas calles parecidas. 
Calles reales o imaginarias, en las que la virtud se escarnece, tras debilitarse por la impotencia y haber sido maltratada por la perversidad (de nuevo el título español). En última instancia, todos sufren las consecuencias del mal.
Pero, ¿quién acaba siendo el más perjudicado? ¿El instigador codicioso cuya capacidad de reflexión solo llega hasta los límites de su egoísmo brutal, desmedido y torpe; el instrumento (no menos abyecto) de la maldad; o el inofensivo (en apariencia) objeto del disparate colectivo, cuya docilidad congénita escapa, de improviso, por el cráter del repentino volcán de su comprimido ánimo?

No hay respuesta satisfactoria para estas preguntas. Todos pierden. Aunque, tal vez, el peor parado sea la inocente víctima, supuestamente propiciatoria, que se transforma en verdugo colectivo y reserva, de forma involuntaria, la peor de las suertes para sí mismo.
"El mal engendra el mal", reza el aforismo budista. Por eso, lo mejor que podemos hacer al llegar a la esquina de cualquiera de esas calles escarlatas de las que hablamos, es seguir de frente, sin torcer nunca por ellas. Nos irá mucho mejor. En especial, si Joan Bennett está merodeando por allí.

lunes, 12 de diciembre de 2016

El secreto de la sirena

Cuando un pirata trata de cruzar un océano, se enfrenta a dos tipos de riesgos: los propios de la navegación y aquellos otros derivados de su nada edificante oficio.
En esa tesitura se encontraba el capitán del 'Lady Mermaid', a punto de partir de Unguja con la intención de cruzar el Índico. Apenas habían largado amarras y un miembro de la tripulación se presentó ante él con una nota que le había sido entregada por un muchacho árabe que había llegado corriendo por el muelle, para desaparecer de inmediato en el trasiego del permanente tumulto que envolvía la actividad del puerto. 
El pirata desdobló el mugriento papel y leyó el mensaje: "La sirena tiene un secreto".

Durante la breve singladura hasta Mombasa, capitán y tripulantes hicieron cábalas sobre su significado, es de suponer que bastante disparatadas todas ellas. Allí recibieron otra misiva de manos de un hombre de raza negra que corría con esa legendaria agilidad que tantas medallas ha dado a los keniatas en todo tipo de campeonatos pedestres.
Luego, en Mogadiscio, llegaría otra y una más en la legendaria isla de Socotra. Todas ellas hablaban del misterioso secreto de la sirena, lo que, dado el nombre del barco, inducía a pensar que algo valioso y desconocido se encontraba a bordo.
Fue difícil controlar a unos marineros obsesionados por la posibilidad de un tesoro o una maldición, así que al llegar a Bombay, no quedaba un rincón del 'Lady Mermaid' sin registrar y, aparte de algunas ratas en la bodega y un barril de ron extra (que algunos, tras dar cuenta de más de la mitad de su contenido, identificaron con el 'secreto'), nada apareció que pareciera tener razonable relación con los sucesivos mensajes.

Estando atracados en Bombay, un sikh les entregó un sobre azul con el nombre del barco y el tripulante que lo recibió no se atrevió a hacer pregunta alguna, al observar cómo la mano del mensajero acariciaba la empuñadura de su kirpán
Y, de nuevo, unas breves palabras insistían en el secreto de la sirena...

El pirata ya suponía que la sirena de la que hablaban los mensajes era otra. Y estaba en lo cierto. Sin duda se trataba de aquella sirena con la que contrajo matrimonio en las islas de Li Galli, tras haberla dejado embarazada frente a la costa de Positano. No era la primera vez que recibía informaciones parecidas sobre ella. Ahora estaba seguro de haber obrado correctamente al dejar encargado de vigilarla a aquel viejo lobo de mar amalfitano. Ya sabía que pretendería cobrarle caro por el trabajo, pero le daba igual porque, siguiendo su tradicional costumbre, no pensaba pagarle.
El marino-detective había hecho bien su trabajo y descubrió a la sirena en brazos de un oficial napolitano, jurándose amor eterno bajo una bóveda celeste cuajada de estrellas. Lo que no tenía previsto el pirata es que, sospechando que nunca cobraría de quien le hizo el encargo, el espía se lo contó todo a la sirena, a cambio de que fuera el napolitano quien soltase el dinero para cubrir los honorarios del de Amalfi y, de paso, tratar de proteger (dentro de lo posible, que no era mucho) la fama de la sirena.

La historia es sorprendente y yo la escuché en un lugar en verdad inesperado. Quien me la contó dijo que, con gran probabilidad, se trataba de un delirio. Yo, como es lógico, asentí, remarcando el carácter fantástico del relato. Sin embargo, acontecimientos posteriores, relacionados con unos documentos encontrados en el 'Lady Mermaid', una vez que fue subastado tras la captura del pirata, dan a entender que la sirena existió y que, desde algún lugar de la costa, la urna azul que contiene las cenizas del oficial napolitano sigue mirando hacia Li Galli, con la eterna esperanza de que nada de lo que se cuenta sea cierto.

viernes, 9 de diciembre de 2016

En los tiempos de Maricastaña

No pasó hace mucho, a pesar de que el título de esta historia pueda inducir a engaño.
Él era un estudiante de arte que, nacido cerca de la calle del Pez, frecuentaba este café de la Corredera Baja. Lo hacía porque, habiendo sido vecino del barrio, estaba preparando su tesis sobre los frescos de la iglesia de San Antonio de los Alemanes (que él siempre llamaba –con buen criterio– "de los Portugueses").
Todos los jueves desayunaba en 'Maricastaña' y allí, a pocos metros del impresionante templo madrileño objeto de su estudio, pasaba la mañana enfrascado en su trabajo.

Desde principios de diciembre, cada jueves, a eso de las diez, entraba en el café una chica de larga y rizada melena que solía ocupar una de las dos pequeñas mesas junto al ventanal. Sin duda, ella también era estudiante porque llegaba cargada de sus libros de filosofía y durante la hora que allí permanecía solo levantaba la vista del correspondiente tomo de Kant o de Ortega para dar un sorbo a su taza de té verde con jengibre. 
Bueno, para eso y para lanzar una breve mirada al protagonista de este relato con sus inmensos ojos redondos, que unos días eran azules y, otros, verdes, dependiendo de la obra que estuviese leyendo.

Nuestro amigo la miraba con la expresión que suponemos en el rostro de Romeo Montesco cuando se acercaba al balcón de los Capuleto, a lo que, con gran probabilidad, contribuía el hecho de que la joven llevase alrededor del cuello una fina cadena de plata de la que pendía una letra J, que él suponía era la inicial de su nombre.

Un largo invierno de jueves con café y tostada, seguido de una incipiente primavera, fueron plazo suficiente para que el romántico Montesco quedase irremediablemente enamorado de esos ojos que apenas amanecían un momento para iluminar la concurrida sala del  'Maricastaña' para eclipsarse, de inmediato, tras los severos textos de los grandes pensadores de la humanidad.
Ni siquiera los frescos de San Antonio le parecían ya tan artísticos al aspirante a Romeo (cuya tesis, por cierto, se estaba alargando más de lo calculado en un principio) cuando los comparaba con la ondulada cabellera de su silenciosa compañera del café de los jueves. Y si insistimos en lo de los jueves es porque, aunque él, ansioso de ver con más frecuencia a su adorada musa, había visitado 'Maricastaña' otros días de la semana, y a diversas horas, ella solo aparecía los jueves, siempre hacia las diez.

Llegaba junio y nuestro protagonista había dejado escapar varias oportunidades de dirigirse a su amada. Entre todas ellas, de la que más se lamentaba era de la perdida aquella mañana de abril en la que le miró dos veces (con ojos azules la primera, y verdes la segunda). Pero daba la casualidad de que el día 13 era jueves y a él le pareció que la coincidencia con la festividad de San Antonio era la ocasión perfecta para hacerlo. Ya no podía esperar más. 
Siete días antes, el 6 de junio, le había parecido distinguir una leve sonrisa en los labios de ella, justo en el momento en el que, como cada jueves, levantó sus turbadores ojos para regalarle su mirada semanal. Un preludio perfecto de lo que tenía preparado para la gran jornada que el calendario dedicaba al santo lisboeta, en el aniversario de su fallecimiento.

Desbordado por las emociones, nuestro animoso joven entró muy temprano el 13 de junio en 'Maricastaña', dispuesto a que esa fecha fuese la del comienzo de la materialización de un sueño que llevaba meses alimentando y tenía resuelto mantener de por vida, pues no veía otro futuro que el que le esperaba junto a esos ojos de inagotable brillo y profundo misterio.
La mañana era soleada, cálida... ideal para un encuentro capaz de marcar el destino de dos personas. Un encuentro que no se produjo, porque la Capuleto, por primera vez en más de seis meses, no acudió a la cita.

Fue tal la decepción de Antonio (no lo habíamos dicho, pero así se llamaba él) que no quiso volver a 'Maricastaña'. Si hubiese tenido amigos, le habrían desaconsejado esa actitud, ya que lo más probable era que, al siguiente jueves, todo hubiese regresado a la normalidad.  Sin embargo, al joven Montesco no le habrían convencido estas hipotéticas explicaciones. Ella había despreciado su sueño y, en consecuencia, toda su vida futura se presentaba ante él como una farsa. Por eso desapareció para siempre de su antiguo barrio.

Y, claro está, como no podía ser de otra forma, cambió el título de su muy elaborada tesis por el de 'San Antonio de los Alemanes', recibiendo una distinción cum laude que él agradeció con lágrimas en los ojos. Todos los miembros del tribunal que le concedió su máxima distinción pensaron que, como las de 'La novia' de Antonio Prieto, eran de alegría. 
Algunos catedráticos saben poco de la vida.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Más nueces que rosas

La relación entre el ruido y las nueces es un tema recurrente sobre el que la humanidad no ha llegado al consenso definitivo.
Por lo común, parece que existe una tendencia generalizada a interpretar el exceso de ruido como fatuo, mientras que la escasez de frutos del nogal se considera inconveniente e improductiva.
Nada que objetar tenemos a estas consideraciones, tan arraigadas en el acervo cultural (y, sobre todo, popular), a través de tantas generaciones. Ahora bien, sin menospreciar lo anterior, ¿por qué ese empeño en limitar la importancia de las cosas a la utilidad de su naturaleza física?
La respuesta, me temo, está directamente vinculada al materialismo animal que subyace en el ser humano y, en consecuencia, en la propia sociedad.

Con independencia de que muchos charlatanes y asimilados hayan construido imperios (también materiales) a base de hacer mucho ruido (como resultado de que también es un hecho que la fuerza de los medios suele imponerse sobre la veracidad de los mensajes, a la hora de obtener resultados), no parece sano sustentar la ética de un colectivo tan numeroso e influyente como el formado por la raza humana en base, tan solo, a la fijación de los bienes materiales como supremo objeto de sus aspiraciones.

Nueces y más nueces es cuanto, al parecer, debemos conseguir mujeres y hombres para alcanzar la felicidad.
Yo, sin ánimo de ofender a nadie, disiento de ello. Y, con esta afirmación, tampoco quiero defender que solo haya que valorar las virtudes de lo intangible, sino proponer la combinación de una razonable cantidad de nueces con otros bienes inmateriales (no todos ellos gratuitos, es cierto) que ayudan mucho en la vida a conseguir la plenitud.

Desde luego, no pretendo apoyar el alboroto, ya que desdeño, incluso, "las romanzas de los tenores huecos" ("el coro de los grillos que cantan a la luna" me gusta algo más), pero sí me parece que nuestro refranero popular debería incluir alguna referencia positiva más a lo espiritual, ensalzando menos el triunfo de la materialidad más primaria como fin último y absoluto.
Las artes, por ejemplo, son un buen ejemplo de ello. Sin duda, satisfacen nuestros sentidos, pero lo hacen de forma sutil (no siempre, claro, pues pueden llegar a generar serios problemas, tal como le sucedió al pobre Stendhal en Florencia) y suelen evitar la vulgaridad de impregnarlos (los sentidos) de esa sensación grosera, tan habitual en esa ordinariez que caracteriza a quien padece la tiranía de la incultura más profunda (es decir, la gran mayoría).

Prosaico y obsceno es este mundo que admira las nueces (muy ricas y alimenticias, sí) y desprecia las rosas (valga esta imagen como metáfora), sin comprender que ninguna dieta ni aspiración en la vida está completa si carece de su necesaria dosis de música, ilusión... y poesía.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Enemigos íntimos

"Tengo pocos enemigos, pero los que tengo son excelentes", afirmaba un conocido poeta romántico.
Y es que también hay que esmerarse en la elección de los enemigos. Tener enemigos notables y encarnizados siempre ha sido, además de un signo de clase, una medida responsable, elegante... muy conveniente para moverse con soltura y prestigio en los círculos sociales.
"Tiene muy buenos enemigos", solía decirse de alguien cuya aureola personal brillaba por encima de la generalidad.
Sin embargo, no es fácil conservar enemistades de nivel a lo largo del tiempo. Unos se van muriendo y los más van perdiendo el interés que tuvieron por nosotros en épocas pretéritas, algo que sucede muchas veces por dejadez nuestra.

Mantener vivas las buenas enemistades es una tarea ardua. En primer lugar, suele ser preciso encontrar motivos que justifiquen su duración a lo largo de los años, lo que resulta complicado teniendo en cuenta lo cansado que es, así como la escasez de razones serias que nuestros enemigos nos ofrecen de forma continuada. Las buenas enemistades, esas que dan categoría y contribuyen a asentar nuestra notoriedad ante el mundo, hay que cultivarlas con esmero, casi a diario.
Antes era más sencillo, claro, pero la vida actual es tan intensa, monótona y absorbente que no nos deja tiempo para centrarnos en nuestros enemigos.

Por si todo ello fuera poco, surgen por doquier ese otro tipo de rufianes, indignos de nuestra enemistad, que ofrecen su bajeza moral como cebo para atraer nuestra atención y acceder a una condición para la que, evidentemente, no están cualificados.
Mientras tanto, al contrario que estos molestos advenedizos, nuestros enemigos más íntimos (movidos, tal vez, por ese ánimo altivo y un tanto soberbio que todo enemigo que se precie debe tener) dejan de atendernos como es debido y se centran en otras actividades, menos nobles y mucho más prosaicas, las cuales tienen, con gran frecuencia, una relación directa con asuntos económicos, bastante más productivos para ellos que nuestra leal y poco lucrativa enemistad.

La consecuencia inevitable de esta circunstancia que acabamos de señalar es que recae sobre nuestras espaldas la pesadísima labor de conservar encendida la llama de la enemistad. Un objetivo que no siempre logramos y que se tiene que sustuir por una forzada actitud, teñida de sensaciones nostálgicas, que llega a confundir nuestros lejanos sentimientos originales.

Como resultado de todo ello, nos acercamos a la última etapa de nuestra vida con la amenaza de acabarla huérfanos de verdaderos enemigos, corriendo el riesgo, incluso, de llegar a dudar de haberlos tenido. Una realidad que, de confirmarse, nos obligaría a cuestionar demasiadas cosas sobre las que hemos ido construyendo nuestras relaciones con los demás...

Cuidemos, pues, a nuestros mejores enemigos. Si no lo hacemos, puede que al morir digan de nosotros algo así como: "Era un don nadie, ni siquiera tenía enemigos".

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Simonetta versus Giovanna

Cuando dos mujeres llegan a enfrentarse cara a cara es porque la situación (la que sea) ha alcanzado a un punto en el que se hace difícilmente sostenible.
Los hombres, sin embargo, son más proclives al combate fugaz, irrelevante. Y lo hacen como recurso instintivo, que libera energía y evita alcanzar niveles de conflicto más complejos. Todo indica que la sabiduría de la naturaleza provoca esta mayor facilidad para exteriorizar una confrontación que, de no hacerlo con signos de aparente agresividad, podría llegar a crear complicaciones peligrosas a los miembros de un sexo, el masculino, menos preparado psicológicamente para resistir presiones a largo plazo. Una vez liberada la tensión acumulada (muy relativa, casi siempre) el mecanismo interno se sitúa, de nuevo, en posición de marcha y todo vuelve a funcionar dentro de las pautas normales.
Las mujeres (al menos, algunas de ellas) tienen una mayor facilidad para no conceder importancia a cosas que no la tienen, mientras que, por el contrario, les resulta menos sencillo abrir esa vávula de escape que permite despresurizar la 'cabina' en la que viajan sus problemas, por lo que su 'manómetro' personal suele indicar un número de pascales, bares o atmósferas de tendencia creciente, más o menos sostenida.

Pero siendo todas estas disquisiciones fruto de una nada científica generalización (plagada de honrosísimas excepciones), nos sirve para recordar el enfrentamiento que tuvo lugar en la Florencia del Quattrocento, entre dos de las jóvenes más bellas que vivieron en aquellos años de esplendor renacentista: Simonetta Vespucci y Giovanna Tornabuoni.

Vespucci y Tornabuoni (de solteras, Cattaneo y Degli Albizzi) compitieron en belleza en la corte de los Medici. Bien es cierto que (según nos cuentan) existió una pequeña diferencia de edad entre ambas, pero, bajo la perspectiva de más de cinco siglos de historia, ese leve desfase se difumina.
Simonetta era quince años mayor que Giovanna y como murió muy joven (con apenas veintitrés), solo coincidieron ocho en carne y hueso... pero siguen eternamente próximas (y con nosotros) gracias a los grandes artistas del Renacimiento florentino.

La niña Giovanna degli Albizzi asistió, con seguridad, a los festejos de La Giostra de 1475, como lo hizo toda Florencia, y allí pudo presenciar la proclamación de Simonetta como reina absoluta de la belleza, viendo como era adorada por nobles, cortesanos, plebeyos y artistas. Yo creo que aquel día, el 28 de enero de 1475 (fecha –sin duda, no casual– del vigésimo segundo aniversario de Vespucci), esa jovencísima Giovanna decidió que, en unos años, el trono de la belleza florentina sería para ella.
Pero si llegó a lograrlo (que no está claro), fue porque Simonetta murió muy pronto, el 26 de abril de 1476, víctima de una fatal tuberculosis. 
Pese a ello, la Albizzi nunca alcanzó a su rival. Y tampoco dispuso de mucho tiempo para conseguirlo, ya que falleció aún más joven que ella, a los diecinueve años, durante el parto del segundo de sus hijos.

Para Botticelli, la Vespucci fue una diosa, mientras que a Tornabuoni se limitó a pintarla (muy guapa, por cierto), como también lo hizo Domenico Ghirlandaio, tal vez con mayor realismo.
El paso de los siglos ha sido, en mi opinión, más generoso con Giovanna que con Simonetta, en especial, gracias al sereno perfil que nos muestra Ghirlandaio en su retrato póstumo, acompañado de una disculpa (en los versos del poeta latino Marcial) más lisonjera que veraz.
Sandro Botticelli siguió pintando la belleza de Simonetta durante toda su vida. De hecho sus obras mejores las realizó muchos años después de la muerte de su musa y eterna modelo, a los pies de cuya sepultura reposan los restos del artista, en una iglesia de Florencia.

Hoy las dos, Simonetta y Giovanna, siguen cara a cara, ya para siempre, disputándose una fama que ambas tienen bien ganada.
Y, en mi opinión, al igual la merecen (sin poder disfrutarla) tantas otras mujeres que hacen frente cada día a la adversidad que las desafía y ante la que no se arredran... aunque, en ocasiones, tenga, como ellas, rostro femenino. 
La gloria de Vespucci y Tornabuoni también es suya.

sábado, 5 de noviembre de 2016

La Rochefoucauld

Decía François de La Rochefoucauld (no estoy seguro de que fuese él quien lo dijo, pero es el personaje con nombre más extravagante que se me ha ocurrido) que una pareja no deja nunca de serlo mientras uno de los dos siga durmiendo arropado por las mismas sábanas.
Años después, otro escritor, más radical que el duque, afirmaba que las rupturas no existen cuando han tenido una base sentimental sólida. Y, aunque aceptaba su posible evolución, descartaba por completo que una separación (ya sea de una persona, un animal, un objeto o un lugar) pudiera llegar a producir una disolución emocional, siempre que la relación hubiera estado sustentada en raíces auténticas.

Ni uno ni otro se referían a las relaciones contractuales (por ejemplo, el matrimonio), sino a las afectivas, que también, claro está, pueden darse dentro del vínculo matrimonial, tenga este acuerdo carácter civil o religioso.
El fondo de la cuestión está en si tenemos o no capacidad para separarnos de nosotros mismos. Y parece que la respuesta razonable a esta cuestión es negativa, salvo en los casos de doble (o múltiple) personalidad, que pertenecen al proceloso mundo de la patología psiquiátrica.

Todo lo que hemos sentido es parte de nosotros, a pesar de que vivamos con la tendencia natural de pretender que solo somos el presente, algo que es recomendable como mecanismo de defensa ante la adversidad, sin que deje de ser una mentira piadosa que nos contamos a nosotros mismos pues, como también dijo el duque de La Rochefoucauld (esto sí que lo dejó escrito), la filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.

Luchar a pecho descubierto contra el pasado (y contra los pronósticos futuros poco favorables) es un trabajo propio de Hércules que, sin embargo, casi todos afrontamos en mayor o menor medida, si bien no deja de ser una renuncia a una parte de nuestra realidad. Como estamos tan acostumbrados a disfrazarnos ante los demás, acabamos haciéndolo ante nosotros mismos con suma facilidad (otra frase de La Rochefoucauld, incluida en sus famosas 'Máximas').

La sensatez (tan poco frecuente) recomienda no recortar esas partes de nuestra vida pasada que ahora creemos que no nos gustan. Y digo 'creemos' porque esa disposición del ánimo es más voluntarista que real, dado que el hecho de no agradarnos viene provocado por su inconveniencia o deficiente compatibilidad con determinadas situaciones o compromisos del presente. 
De esa manera, cuantas más rebanadas del pan de nuestra siempre compleja verdad vayamos eliminando, menos sustancia nos quedará y cada vez nos iremos enfrentando con menos fuerzas a los vericuetos de una vida que es difícil de manejar en plenitud emocional si hemos cercenado sin piedad nuestro patrimonio sentimental.

Los sentimientos que hemos tenido siguen siendo de nuestra propiedad y, si eran auténticos, nos enriquecen, por muy políticamente incorrectos que puedan parecer en una circunstancia concreta (que también será pretérita en cuanto nos descuidemos). 
No renunciemos a ellos, porque eso es renegar de nuestra propia identidad.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Platero y ella

Fueron inseparables, pero se separaban con mucha frecuencia.
–Imposible venir mañana. Besos todos –escribió ella un día. 
Otras veces, se lo decía a su diario:
– ¡Increíble!
Pero no había que creérselo mucho. Juan Ramón Jiménez siempre lo supo, aunque lo guardó en su interior (allí sucedió), dada su reconocida e imprescindible discreción.
Hubo, también, una vieja patrona (probablemente borracha y, desde luego, extranjera). Ni Platero ni ella llegaron nunca a conocerla. Y fue mejor así. Platero se hubiese preocupado. Y ella... ¡quién sabe!

Dejando a un lado a la excéntrica patrona y volviendo a nuestros dos protagonistas, seguimos preguntándonos si Juan Ramón Jiménez apreció alguna similitud entre Platero y ella. ¿El trotecillo? Sí, pero hay que reconocer que el de Platero era más alegre, mientras que el de ella era un tanto mecánico, eficaz y tirando a profesional. Alegre no era, desde luego, sino que, por el contrario, deberíamos calificarlo de serio... casi aséptico.
Estaba claro que a ella no le gustaba nada que Juan Ramón Jiménez conociera sus secretos más íntimos, pero tenía que aguantarse. Ella lo que quería era hacer lo contrario que la del refrán: repicar sin ir a misa. Por eso le incomodaba que Juan Ramón supiese de ella más que de Platero. ¿Por qué no se conformaría con su burrito, tan suave, blando y peludo? 

Para los demás la cosa era evidente. Menos para la patrona borracha, cuyo único interés era cobrar el alquiler de Juan Ramón Jiménez, a través de quien fuese (que siempre solía ser el mismo). Tres de los cuatro no estaban contentos con la situación. El otro, el amigo de Platero, sí. Ella, por su parte, tendría que llevar esa cruz, la de su íntima relación con el famoso y laureado borriquito, durante toda su vida...

Ya han pasado muchos años desde que Juan Ramón Jiménez fuera el protagonista pasivo de aquellos acontecimientos y, sin embargo, alguno de sus versos parece seguir flotando en el ambiente:

¡No corras. Ve despacio,
que adonde tienes que ir
es a ti solo!

Pero ella corría, cada vez más, en busca de una locura nueva diaria, de las que ya había vivido... o de su propia supervivencia en mitad de un mundo complicado, que ella había trenzado con sus propias manos.

Si vas despacio,
el tiempo irá detrás de ti,
como un buey manso.

Y eso era, precisamente, lo que no quería: bueyes mansos que fuesen tras ella. Ni bueyes mansos ni burritos adorables con ojos como espejos de azabache. Quería toros bravos, alazanes desbocados... incluso machos cabríos y faunos provistos de buenas flautas de Pan (o de otro tipo).

'Platero y ella' pudo ser el título de una gran obra de Juan Ramón Jiménez (que hubiese pasado a la historia con el número 28), pero no lo fue. Y, al pensar en ello, siempre me viene a la memoria este bello poema de Juan Ramón:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron,
y el pueblo se hará nuevo cada año,
y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico.

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

viernes, 28 de octubre de 2016

En la última fila

Ocupar una butaca en la última fila tiene sus ventajas. Y si está junto al pasillo central, más.
Algunas son evidentes: nadie te mira ni se fija si estás más pendiente del móvil que de lo que sucede en el escenario (salvo alguien que te observe desde algún palco de los pisos superiores, claro); puedes salir de la sala sin que se den cuenta y volver a ocupar tu sitio con comodidad y discreción; si se te cierran los ojos porque el acto al que estás asistiendo se alarga más de la cuenta, pasa completamente desapercibido; los bostezos ante el previsible aburrimiento de una sesión que para ti es solo un prólogo necesario resultan invisibles para la mayoría...

Lejos quedan los tiempos en los que la asistencia era colectiva y el grupo ejercía de parapeto ante lo desconocido, incluso aquellos otros en los que la novedad era un aliciente incorporado que edulcoraba la verdadera sustancia del interés escondido que anidaba en lo más interno del apetito emocional.
Sin la protección del bullicioso grupo, la última fila adquiría un valor añadido. 

Era curioso, sin embargo, que una actuación de dos horas se hiciera más larga que diez años de abandono voluntario, pero así sucede en la vida. Diez años perdidos se pasan volando y un par de horas pueden resultar eternas.
Si un observador bien posicionado (en un palco de anfiteatro, pongamos por caso) se hubiese dedicado a reflexionar sobre ello, habría llegado a la conclusión de que esa estancia temporal en la última fila de un teatro importante tenía más consecuencias que las ya comentadas.

Una de las ventajas adicionales (mucho más importante que las antes mencionadas) es que esta circunstancia posicional (cuando viene asignada por una decisión ajena a su protagonista) sirve como elemento regulador de egos descontrolados. El hecho de que se produzca en un teatro es un valor añadido, ya que es, precisamente, en teatros y auditorios donde la vocación dramática tiende a acentuarse y las interpretaciones suelen sufrir los efectos de esa facilidad para la sobreactuación, a la que son tan proclives muchos actores improvisados.

El 'efecto invernadero' al que está sometida la soberbia acumulada (esa que se necesita, a veces, para superar problemas de conciencia) sufre un súbito quebranto, y la volatilidad del orgullo se ve afectada por el enfriamiento de la autoestima, inquietada por la evidencia de la levedad del ser, que se presenta, de improviso, como una amenaza inesperada.

Todo esto, bautizado por los expertos como el 'síndrome de la silla abandonada' (vaya usted a saber por qué), contribuye a que el comportamiento de la persona situada en la última fila se modere y humanice. Algo que llega a suceder no solo en el interior de los palacios, sino, asimismo, en sus terrazas (en especial, en aquellas que cuentan con vistas nocturnas privilegiadas).

Y es que los pequeños detalles, como la situación en uno u otro lugar de un patio de butacas, pueden producir efectos secundarios, irrelevantes para la multitud, pero susceptibles de modificar un comportamiento capaz de aburrir hasta a quien lo mantiene voluntariamente para luchar contra algo que ya casi tiene olvidado.
Puede que sea, como dijo Armstrong, un pequeño paso para el hombre (o la mujer). Esperemos que también sea un gran salto hacia la sensatez.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Sucedáneos

Todos vivimos a base de sucedáneos.
Sucedáneos de diversos tipos, naturalezas y grados, porque si solo tuviésemos en cuenta la acepción que a esta palabra da la Real Academia Española, nos quedaríamos muy cortos.
La Academia se empeña en restringir el uso de este concepto (para mí es más esto último que un simple vocablo) a las sustancias que por tener propiedades parecidas a las de otras, pueden reemplazarlas.
No pretendo, ni mucho menos, contradecir al organismo encargado de limpiar, fijar y dar esplendor a nuestra lengua, pero sí creo que la vida (tal vez la moderna, aunque sospecho que siempre ha sido igual) ha llevado a lo sucedáneo bastante más lejos que al significado que se da, también con propiedad, a este adjetivo cuando nos referimos a las características de una sustancia determinada.
Hoy, la más frecuente naturaleza de un sucedáneo es la de sustantivo. Y no sé si el hecho de que estén tan generalizados es una desgracia o una suerte para la humanidad.

Cierto es, nadie lo niega, que la malta y la achicoria han servido durante los tiempos difíciles para sustituir al café (valga como ejemplo del significado académico de la palabra), pero cuando los aspectos fundamentales de una vida están sustentados sobre sucedáneos (algo que es lo más habitual), la cosa alcanza proporciones mucho más relevantes.

Evitaremos aquí adentrarnos en temas delicados o polémicos, tales como la paternidad, la política, las mascotas e, incluso las aficiones deportivas, aunque de estas últimas sí podemos hacer algún símil sin herir susceptibilidades que, profundas o a flor de piel, saltan como panteras enfurecidas al ser mencionadas. En este orden de cosas, puedo referirme a un amigo que, al no poder jugar al golf por determinadas circunstancias, utilizaba el gua como sucedáneo, con la eficaz ayuda de unas canicas de barro.

El sexo es, asimismo, para un buen número de humanos (que no para la mayoría de los animales) un sucedáneo habitual, pero no siempre tiene esta condición, ya que hay un buen número de personas que lo prefieren sin la menor duda al amor, pues lo consideran menos comprometido, doloroso y arriesgado. Y eso aparte de quienes como ese amigo que, haciendo gala de una cínica socarronería (con raíces clásicas, eso sí), afirmaba que "la única diferencia entre el amor gratis y el amor de pago es que el gratis sale muchísimo más caro".
Pero tampoco quiero hablar de sexo, que no deja de ser, como la gula o la envidia, un asunto bastante vulgar. Me parece más importante referirme a las propias personas como sucedáneos de otras.
Esto nos lleva, de nuevo, a la definición de la Academia:

1. adj. Dicho de una sustanciaQuepor tener propiedades parecidas a las de otra, puede reemplazarla.

Pues sí, es indiscutible que si sustituimos 'sustancia' por 'persona', sirve para explicar lo que suele suceder.
No hay que escandalizarse. Sería durísima la vida para muchos sin estos sucedáneos humanos. Tienen múltiples ventajas. Una de ellas (y no la menor, por cierto) es la peculiaridad que ofrecen, con el paso del tiempo, de llegar a sustituir al original hasta en los casos en los que no tienen 'propiedades parecidas' (que son los más).
Desde luego, es un tema tabú donde los haya, existiendo una complicidad colectiva, arraigada en casi toda la especie, para pasar sobre él de puntillas y haciendo el menor ruido posible.

Y es que no hace falta vivir en Cherburgo ni trabajar en una estación de servicio o que tu madre tenga una tienda de paraguas para saber que esto pasa a nuestro alrededor, muy cerca de nosotros, tan cerca que a veces...

Sí, podríamos vivir sin automóviles, sin teléfonos, sin electricidad... pero muy difícilmente sin sucedáneos. ¡Qué gran invento!

lunes, 24 de octubre de 2016

Era de noche y, sin embargo...

No, no llovía. Pero iba a pasar la noche con ella y eso era inusual. Tan inusual que, en realidad, no había sucedido nunca.

Sería en la casa del poeta. Martín había visitado el domicilio de Juan Ramón Jiménez en varias ocasiones, pero nunca había pasado una noche allí. Esa vez iba a ser la primera.
Hoy, tantos años después, ahora que Martín y María ya han muerto y no pueden confirmar ni desmentir este relato, somos libres de contar lo poco que se sabe de cuanto sucedió.

Fue Fonseca quien lo arregló todo. Tuvo que hacerlo él porque Martín y María andaban despistados, pensando en otras cosas... confundidos.
La casa y la calle del viejo poeta era el mejor sitio, de eso no había duda. Pese a que María, que nunca había temido nada y estaba acostumbrada a saltar por encima de todas las barreras que encontraba a su paso, tenía miedo. Tenía miedo de que saliese mal.
Por el contrario, Martín no albergaba duda alguna. Hubo quien le dijo que los sueños se olvidaban, pero él no lo creyó.

*          *          *

Fue una noche de abril, al día siguiente de la cena, en el jardín de Juan Ramón. Las rosas aún no habían florecido, pero una se abrió antes de tiempo... y murió sin llegar a ver la luz del día. La hiedra trepaba por los troncos de los árboles y la hierba olía intensamente a rocío, incluso por la tarde. El miedo de María desapareció pronto y Martín creyó que esa noche iba a durar una eternidad. Se equivocaba. Ni siquiera duró lo que les quedaba de vida.

Por la mañana se despertaron pronto y sobre una mesa encontraron unos versos, escritos a mano y firmados por el poeta, que decían:

El dormir es como un puente
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.

Martín no lo sabía entonces pero por debajo, como un sueño, había pasado el alma. Para María solo pasó el agua. 
Fonseca (que es el único que nos puede contar, con algo de certeza, lo que ocurrió) dijo que Martín soñó aquella noche con un puente y que vio una sombra, muy parecida a él mismo, pasando lentamente por debajo, como si fuese montada en una barca que se deslizaba por un río de niebla.
María no soñó, pensó (al menos, eso afirmó Fonseca).

Trece años después alguien aseguró haber visto el cadáver de Martín flotando en las aguas del río Adaja, pero nunca se encontró y solo quedó ese solitario testimonio, manifestado en una tarde de agosto. Hasta el mes siguiente no se confirmó el óbito. Fonseca cree que fue en Alcalá... o en el camino de Alcalá, aunque la certificación se produjo en Madrid.

Todo queda ya muy confuso y hay que recurrir a las memorias de Juan Ramón Jiménez para tener alguna referencia de aquella lejana noche, que ya duerme, como el puente, sobre lo que va del hoy al mañana. En este caso, deberíamos decir, con mayor propiedad, que va del ayer al olvido, que es donde se encuentra ahora.

¿Qué ocurriría en esa noche bajo el repostero amarillo y negro de la casa de Juan Ramón?
Fonseca lo sabe, desde luego, pero no quiere entrar en detalles. ¿Por qué, si ninguno de los protagonistas se encuentra ya en este mundo? Él dice que de lo que pasa en la noche no se debe hablar cuando sale el sol. 
Puede que tenga razón. Y también es posible que no ocurriese nada. O sí, ¿quién sabe? La única verdad que nos queda es la de los versos de Juan Ramón:

Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Corazón a pájaros

Tener la cabeza a pájaros es síntoma de despiste y fantasía permanente. Todos hemos utilizado esa expresión para referirnos a alguien que se evade de la realidad y está más en contacto mental con las nubes que con la tierra firme. Podríamos decir que es lo contrario a tener los pies en el suelo.
Desde nuestro punto de vista, no es, necesariamente, algo malo (pese a que suele utilizarse en ese sentido), pero no se pueden negar los problemas que suele causar en la vida cotidiana de una persona el exceso de aves revoloteando por el interior de su cabeza. Sobre todo, cuando es algo que le sucede de forma habitual.

Pero existen otros casos, de los que habla menos el refranero y parecen estar un tanto olvidados por la sabiduría popular, en los que la imaginaria ubicación de esos antes mencionados pájaros es distinta, aunque no por ello carente de consecuencias para quien padece su presencia.
Me refiero a esos desventurados que lo que tienen 'a pájaros' es el corazón. Se habla poco de ellos, pero los hay por todas partes. También están distraídos, al igual que sus compañeros más nombrados, y, como ellos, sufren de despistes frecuentes. 
La diferencia estriba en que a estos últimos lo que se les va por los aires es el corazón.
Y, lógicamente, al tenerlo lleno de pajarillos volanderos, son muy atractivos para ciertos depredadores (aves y serpientes, en su mayoría), ya que los ingenuos habitantes de su pecho suelen ser presa fácil para quienes buscan alimentarse de los sentimientos que revolotean en su interior.

En opinión de los ornitólogos emocionales, aquellos individuos que tienen el corazón a pájaros son mucho más vulnerables que quienes los llevan en la cabeza, ya que las distracciones mentales suelen afectar a temas intrascendentes, relativamente fáciles de recuperar mediante métodos tan sencillos como la repetición o la insistencia. Además, cuentan con la indulgencia de una sociedad que los identifica con personas soñadoras y sin malicia.

Sin embargo, los del corazón pajaril no tienen tanta suerte. La piedad ajena es huidiza en estas situaciones, con el agravante añadido de correr el riesgo de pasar a engrosar el colectivo conocido como 'pagabirras' (más real que el cinematográfico 'pagafantas'). Por el contrario, con mucha más probabilidad que el sentimiento caritativo, se suele generar en los demás un cierto ánimo de ensañamiento, lo que provoca que, una vez saciado el apetito de los depredadores natos, acudan al festín los carroñeros, movidos por ese misterioso afán que anida en algunas almas, capaz de mantenerlas en permanente búsqueda de despojos emocionales.

¡Ay de quienes tienen el corazón a pájaros! Ni siquiera están protegidos por los proverbios del pueblo, que tienen esa capacidad paliativa propia de los remedios ancestrales, cuyo consuelo viene propiciado por el amparo que ofrece todo aquello con origen escondido en la noche de los tiempos.
Siempre vivirán expuestos al desenfrenado apetito de los halcones, a la feroz codicia de las águilas y al permanente acecho de toda ave de rapiña que merodee ociosa por sus inmediaciones.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tempestad de flores

No todas las tempestades son de viento, lluvia, arena, granizo o nieve. 
También las hay de flores. Son menos frecuentes, es cierto, pero las hay.

Manuela es una de ellas. De que es una tempestad, no hay duda. Pasa por donde va con fuerza incontrolable y precipita los acontecimientos en función de su genio, decisión y energía, que son abundantes. Sin embargo, aunque es un hecho que, de vez en cuando, acompaña la vertiginosa presencia de su personalidad con rayos, truenos o relámpagos (en especial con estos últimos), es más habitual que la manifestación de su poder se materialice en forma de flores.

Tiene a quien salir, claro, pues su madre, abuela y bisabuela presentan o presentaron muchas de sus virtudes, pero Manuela las ha catalizado a una velocidad inusitada y con una precocidad extraordinaria.
Sus antecesoras apuntaron (y aún lo hacen algunas) maneras propias del prodigioso carácter de Manuela, si bien es preciso reconocer que, a su edad, no presentaban síntomas tan radicales.

En cualquier caso, lo verdaderamente excepcional del asunto no es la tempestad que desata a su paso, sino que el fenómeno atmosférico que produce resulte en un meteoro de flores, desconocido hasta la fecha.
Los expertos dicen que, a falta de científicos capaces de explicar o predecir este fenómeno de la naturaleza, ha existido algún compositor que sí lo ha hecho. En esta línea de pensamiento, hay quien asegura que Svirídov, el gran músico ruso del siglo XX, escribió su famoso vals pensando en el futuro advenimiento de Manuela a este mundo. Los que sostienen esta arriesgada tesis, afirman que la tempestad de la que él habla musicalmente en su obra más conocida no es de nieve, sino de flores, pero que modificó su nombre para ahorrarse unas explicaciones que no hubiesen sido comprendidas ni aceptadas en su momento, tantos años antes del nacimiento de Manuela.

Oyendo el vals de Svirídov no me cabe duda de que la tempestad que describe es de flores, como las que produce el trasiego alborotado y dulce de Manuela. Enorme diferencia con la melodía del también bellísimo 'Segundo Vals' de Shostakovich, que no refleja la tormenta de flores que la jovencísima Manuela derrama tras de sí, sino el esplendor de un dorado otoño moscovita mucho más acompasado y fácil de bailar por esas hojas que, poco a poco, van desprendiéndose de las frondosas copas de unos árboles que ya empiezan a sentir el frío de aquellas latitudes, poco clementes con el final de un verano que se aleja raudo y sin remedio. 

Manuela es una tormenta permanente de flores, una tempestad que nos lleva de un lado a otro con su poderosa energía... con esa mezcla de fuerza y suavidad que solo se puede sentir bajo la erupción de un Vesubio florido que sepulta bajo sus pétalos a los pompeyanos que tenemos la fortuna de vivir junto a sus volcánicas y dulces laderas.

Y si alguien lo duda, que escuche el vals de Svirídov:



martes, 11 de octubre de 2016

Lilith

Lilith no se saciaba con nada. Hombres y demonios no eran suficiente para ella.
No le gustaba llamarse Lilith, no. Hubiese preferido Eva, pero ese nombre quedó reservado para su sucesora. De hecho (pensaba) todas las sucesoras se llamaban Eva. Era un nombre tan común que debería escribirse con minúscula. Pero ni siquiera la firmeza de este pensamiento era bastante para que se sintiera satisfecha.

Así que siempre acababa aburriéndose. Y, cada vez que lo hacía, alzaba el vuelo para observar mejor el panorama desde una posición de privilegio. Con esa perspectiva aérea se podía ver mucho más lejos, aunque su vista nunca alcanzaba hasta el final de su ambición.

Un día, Lilith conoció a Clara. Clara era un personaje de Pérez Galdós, una chica inocente y sencilla, cuya dulce normalidad (ajena a los prejuicios y resabios que se adquieren por el contacto con un mundo que ella desconocía) enamoraba a primera vista a los jóvenes que la conocían. Daba igual que fueran militares o estudiantes, de pueblo o de ciudad: su candidez enamoraba al momento.
Como era de esperar, a Lilith no le gustó nada Clara, quien, por cierto, vivía en una casa de la calle de Válgame Dios (de la que poco salía) y apenas visitaba otro lugar que no fuera la iglesia de Las Góngoras, lo que no impedía que su atractivo creciese ante los hombres, sin que ella lo pretendiese o lo buscase.

Desde ese mismo momento quedó establecida una rivalidad entre ambas que crecería, a través de los siglos, con esa feroz consistencia que solo es posible entre los seres mitológicos y literarios. Una competencia desigual, ya que Clara tendría la ventaja eterna de desconocer la animadversión de Lilith, circunstancia que, indefectiblemente, coloca al ignorante en una posición de superioridad sobre quien sufre en sus entrañas el cáncer del odio permanente.

Odiar es agotador. Y cuando este nocivo sentimiento surge de una situación de inferioridad incontestable, se convierte, con frecuencia, en causa de locura.
Lilith tuvo que acudir a psiquiatras y psicólogos mesopotámicos (especializados en temas bíblicos y legendarios) que no fueron capaces de eliminar la frustración causada por el hecho de que su belleza superior fuese castigada (y derrotada), sin remedio ni solución, por el inconsciente encanto de la sencillez de Clara.

Ni Samael ni las incontables criaturas de toda naturaleza con las que intimó Lilith sirvieron para apartar de su mente la imagen de la cándida huérfana de Galdós. Con esta inquietud hubo de permanecer a lo largo del tiempo. Su vocación por la lujuria (más por la satisfacción de sentirse objeto de atracción masculina que por verdadero y espontáneo gusto) contrastaba con la modesta y ruborizable castidad de la juvenil Clara, lo que, sin duda alguna, molestaba aún más a la bella Lilith, cuya blanqueada soberbia se rebelaba contra el empecinamiento del destino.

También le dio mucha rabia que Galdós no hablase de ella. ¿Qué tenía esa mojigata (se decía Lilith a sí misma) que no tuviera la primera mujer del mundo (como solía autodenominarse con orgullo)? Y, mientras se hacía esta pregunta, se temía que la respuesta fuese tan simple como que los hombres (y los demonios) son muy raros. Tan raros que prefieren a una chica sencilla y natural, que practica, además, la vulgaridad de ir vestida todo el día, antes que a la desnuda reina de los sentidos, la diosa de la carne...

Nada podía esperarse de los hombres, por lo que la bella Lilith decidió seguir concentrándose en las serpientes. Su sangre era más fría que la de la mayoría de los hombres, sí, pero... ¿acaso había alguno capaz de acariciar y abrazar como ellas?

lunes, 3 de octubre de 2016

La cena de Júpiter

Júpiter llegó a pensar, años más tarde, que había sido un error organizar aquella cena (los dioses también se equivocan), porque reunir en una mesa a Venus, Neptuno, Plutón y Mercurio solo podía terminar mal. 
Cuando llegó Plutón, en su carro tirado por cuatro caballos negros, ya se presagiaba tempestad, aunque es cierto que los otros caballos (los marinos de Neptuno y el Pegaso de Mercurio) desviaron un poco la atención por unos momentos, tiempo suficiente para que nadie reparase en la espada que escondía Venus tras su leve túnica.
También fue notorio el extraño gorro frigio que portaba Neptuno (del que hubo quien dijo que era una barretina), así como la bandurria de Mercurio, de todo punto inesperada por Venus.

La cena transcurrió sin incidentes dignos de mención, pero en el ambiente se mascaba (aparte de unos deliciosos platos filipinos, elaborados sobre una oscura plancha de nubes que colgaba del cielo) una sensación de tragedia.
Neptuno, Plutón y Mercurio siempre desaprobaron a Venus, pese a la aparente y silenciosa neutralidad marina del primero y las interminables gestiones mercantiles del heredero de Hermes, en favor de la desconfiada (y, a la vez, poco fiable) diosa.

El hecho de haber elegido la isla de Kos fue, también, objeto de controversia, si bien parece que era una medida de prudencia, por ser la patria chica de Hipócrates.
En cualquier caso, desde la distancia, se percibía con claridad que la negra mesa de la terrible tormenta contenida en la que tenía lugar esta primera (y última) cena colectiva se sustentaba sobre el horizonte con unas brillantes patas de fuego que, desde luego, nada benigno auguraban.

–Sulú, Sulú –dijeron tres de los dioses tras el banquete, recordando a Vulcano (quien por entonces fingía desconocer la constante infidelidad de su nada casta esposa), Baco y Febo, respectivamente.
Pero nadie respondió, ya que cada uno de los invocados estaba dedicado a preparar lo que, a través de los siglos venideros, iría derramando sobre cada uno de los presentes.
Júpiter apreció que, en ese momento y solo por un instante, surgió un destello rojo del fondo de los ojos de Venus. 

Es curioso observar la frecuencia con la que los dioses acaban comportándose como si fueran hombres. Y también un poco triste, porque eso nos demuestra lo difícil que le resulta a un simple ser humano (carente de las teóricas virtudes divinas que adornan a los dioses) evitar caer en todo tipo de debilidades y tentaciones. ¿Por qué llevó Venus una espada a aquella cena? ¿No hubiese sido más apropiada una concha marina? Júpiter debió conocer la respuesta, pero no quiso revelarla.

Pocas veces cenó Júpiter con Venus. Algunas, sí, pero no fueron muchas. Y aún más sorprendente resulta saber que tampoco lo hiciera con los otros tres dioses. Raro, sin duda, en una relación que, como corresponde a los dioses, había sido eterna (si utilizamos aquí el pasado es por nuestra particular convicción de que todo es relativo, incluso la eternidad).

Venus, claro está, acabó sacando la espada (la leve túnica dejó de utilizarla, por motivos prácticos, mucho antes) y, pese a no conseguir la destrucción de los cuatro dioses que estuvieron con ella en la cena de Kos, hizo todo el daño que pudo. 
El caso es que ella (como diría el bueno de Numeriano Galán en 'La señorita de Trévelez'), salía muy mal parada, ya que entre el bruto de Vulcano y los contumaces rayos de Júpiter (sin contar con otros instrumentos verdaderamente letales, como la barretina, el carro tirado por los cuatro corceles negros o la bandurria), tuvo que soportar severos revolcones correctivos públicos, poco edificantes para una diosa de su escultural y renombrada fama.

La moraleja de todo ello (aparte de la de Alcobendas, que también) es que, aceptando el histórico (o legendario) "París bien vale una misa", no se puede decir otro tanto de las cenas. En especial, de aquellas que duran décadas, porque las digestiones (cuando hay una grande bouffe por medio) acaban siendo muy, pero que muy pesadas. Aunque lleves una espada al cinto bajo la leve túnica.