viernes, 9 de diciembre de 2016

En los tiempos de Maricastaña

No pasó hace mucho, a pesar de que el título de esta historia pueda inducir a engaño.
Él era un estudiante de arte que, nacido cerca de la calle del Pez, frecuentaba este café de la Corredera Baja. Lo hacía porque, habiendo sido vecino del barrio, estaba preparando su tesis sobre los frescos de la iglesia de San Antonio de los Alemanes (que él siempre llamaba –con buen criterio– "de los Portugueses").
Todos los jueves desayunaba en 'Maricastaña' y allí, a pocos metros del impresionante templo madrileño objeto de su estudio, pasaba la mañana enfrascado en su trabajo.

Desde principios de diciembre, cada jueves, a eso de las diez, entraba en el café una chica de larga y rizada melena que solía ocupar una de las dos pequeñas mesas junto al ventanal. Sin duda, ella también era estudiante porque llegaba cargada de sus libros de filosofía y durante la hora que allí permanecía solo levantaba la vista del correspondiente tomo de Kant o de Ortega para dar un sorbo a su taza de té verde con jengibre. 
Bueno, para eso y para lanzar una breve mirada al protagonista de este relato con sus inmensos ojos redondos, que unos días eran azules y, otros, verdes, dependiendo de la obra que estuviese leyendo.

Nuestro amigo la miraba con la expresión que suponemos en el rostro de Romeo Montesco cuando se acercaba al balcón de los Capuleto, a lo que, con gran probabilidad, contribuía el hecho de que la joven llevase alrededor del cuello una fina cadena de plata de la que pendía una letra J, que él suponía era la inicial de su nombre.

Un largo invierno de jueves con café y tostada, seguido de una incipiente primavera, fueron plazo suficiente para que el romántico Montesco quedase irremediablemente enamorado de esos ojos que apenas amanecían un momento para iluminar la concurrida sala del  'Maricastaña' para eclipsarse, de inmediato, tras los severos textos de los grandes pensadores de la humanidad.
Ni siquiera los frescos de San Antonio le parecían ya tan artísticos al aspirante a Romeo (cuya tesis, por cierto, se estaba alargando más de lo calculado en un principio) cuando los comparaba con la ondulada cabellera de su silenciosa compañera del café de los jueves. Y si insistimos en lo de los jueves es porque, aunque él, ansioso de ver con más frecuencia a su adorada musa, había visitado 'Maricastaña' otros días de la semana, y a diversas horas, ella solo aparecía los jueves, siempre hacia las diez.

Llegaba junio y nuestro protagonista había dejado escapar varias oportunidades de dirigirse a su amada. Entre todas ellas, de la que más se lamentaba era de la perdida aquella mañana de abril en la que le miró dos veces (con ojos azules la primera, y verdes la segunda). Pero daba la casualidad de que el día 13 era jueves y a él le pareció que la coincidencia con la festividad de San Antonio era la ocasión perfecta para hacerlo. Ya no podía esperar más. 
Siete días antes, el 6 de junio, le había parecido distinguir una leve sonrisa en los labios de ella, justo en el momento en el que, como cada jueves, levantó sus turbadores ojos para regalarle su mirada semanal. Un preludio perfecto de lo que tenía preparado para la gran jornada que el calendario dedicaba al santo lisboeta, en el aniversario de su fallecimiento.

Desbordado por las emociones, nuestro animoso joven entró muy temprano el 13 de junio en 'Maricastaña', dispuesto a que esa fecha fuese la del comienzo de la materialización de un sueño que llevaba meses alimentando y tenía resuelto mantener de por vida, pues no veía otro futuro que el que le esperaba junto a esos ojos de inagotable brillo y profundo misterio.
La mañana era soleada, cálida... ideal para un encuentro capaz de marcar el destino de dos personas. Un encuentro que no se produjo, porque la Capuleto, por primera vez en más de seis meses, no acudió a la cita.

Fue tal la decepción de Antonio (no lo habíamos dicho, pero así se llamaba él) que no quiso volver a 'Maricastaña'. Si hubiese tenido amigos, le habrían desaconsejado esa actitud, ya que lo más probable era que, al siguiente jueves, todo hubiese regresado a la normalidad.  Sin embargo, al joven Montesco no le habrían convencido estas hipotéticas explicaciones. Ella había despreciado su sueño y, en consecuencia, toda su vida futura se presentaba ante él como una farsa. Por eso desapareció para siempre de su antiguo barrio.

Y, claro está, como no podía ser de otra forma, cambió el título de su muy elaborada tesis por el de 'San Antonio de los Alemanes', recibiendo una distinción cum laude que él agradeció con lágrimas en los ojos. Todos los miembros del tribunal que le concedió su máxima distinción pensaron que, como las de 'La novia' de Antonio Prieto, eran de alegría. 
Algunos catedráticos saben poco de la vida.

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