miércoles, 25 de febrero de 2015

Ventanas pretéritas

No recuerdo quién dijo que la diferencia entre la verdad y la mentira radicaba en el paso del tiempo. Creo que fui yo.
Pues con las ventanas pasa algo parecido. Cuando miras a través de ellas hacia el futuro, siempre se ve una tarde azul de verano tras los cristales. Sin embargo, cuando miras hacia el interior de su pasado, sueles encontrarte con una tonalidad anaranjada que recuerda mucho a un atardecer de otoño, aunque se produzca a primeros de septiembre.

Las ventanas son muy suyas. Son ojos en los espíritus de los edificios. Porque las casas, los rascacielos... los hoteles, tienen sentimientos. Esto es algo que ya casi nadie duda.
Pero las emociones no son siempre verdaderas. Ni siquiera las de los inmuebles o sus componentes. Y las ventanas contribuyen, de forma notable, a engrandecer esas mentiras.
No es que sean malas, no. Eso es una leyenda que no comparto en absoluto, aunque ellas mismas la utilicen para mantener una postura de cierto victimismo y no reconocer la realidad. Esta tozudez de las ventanas no la tienen, por ejemplo, los balcones. Y, aún menos, los miradores o las terrazas.

En una ocasión, un amigo que iba para arquitecto me comentó un problema que había tenido con una ventana. Desde luego, era un problema muy grave, pese a lo que mi amigo no guardaba rencor a la ventana.
– No puedo enfadarme con ella porque me haya mentido –me decía –. Una ventana mentirosa lo es por naturaleza, no lo hace con mala intención... sería como enfadarme con una ventana grande porque es grande o con una pequeña por serlo.

La explicación de mi amigo me dio mucho que pensar. Durante años estuve dando vueltas a su forma de juzgar a las ventanas. Puede que tuviera razón. Desde entonces me tomo muy en serio estas doctrinas deterministas antes de ponerme a opinar sobre el comportamiento de cualquier ventana, por muy mentirosa que haya demostrado ser con el transcurso de los años. Ahora siempre pienso que es posible que no haya tenido otra salida (si hubiese sido una puerta, es distinto, claro). Para una ventana normal es complicado tener una salida ante ciertas situaciones. Imaginemos, sin ir más lejos, que el edificio sobre el que se encuentra instalada la está amenazando con echarla de su fachada. ¿Qué puede hacer la pobre ventana? ¿Quedarse sin pared sobre la que sujetarse? 
No parece, en un caso supuesto como el que se me ha ocurrido sobre la marcha, que la ventana tenga más alternativa que cerrar sus persianas (tal vez hasta correr sus visillos y cortinas) y, renunciando a esos escenarios azules del exterior, quedarse sumida en una penumbra transitoria hasta que escampe la tormenta. El riesgo, desde luego, es que la situación se convierta en permanente y el acceso al mundo que está ahí fuera quede tapiado y, en consecuencia, vedado para los restos.

Y, luego, queda la cuestión ética. Pero eso es harina de otro costal. Exigir a una ventana del pasado que tenga principios morales parece pedir demasiado. Bastante tienen ellas con disimular ante las otras ventanas que las rodean y aparentar que siguen como si tal cosa... que la vida de una ventana pretérita es muy dura en estos tiempos que corren.

domingo, 22 de febrero de 2015

Espíritus esmerilados

Nadie puede poner en duda que el cristal es un gran invento.
En realidad, me refiero al vidrio (que no debe confundirse con el cristal, pese a estar muy generalizada esta incorrecta forma de referirse a él), ya que el cristal es una creación de la naturaleza. El vidrio también lo es, pero el antiquísimo descubrimiento de su manufactura artificial por el hombre (a base, como todos sabemos, de arena de sílice y carbonatos de sodio y de calcio) significó un gran avance para el desarrollo de la construcción, la artesanía y un buen número de aplicaciones diversas en múltiples campos y actividades.

Pero es evidente que no estamos en el lugar adecuado para cantar las virtudes de un producto tan universalmente utilizado por la humanidad, desde tiempos remotos, así que me centraré en lo que quería contar.
De los muchos (y muy interesantes) tipos de vidrio que existen (cada vez más, como es lógico), hay uno que siempre me ha llamado la atención por ser poseedor de una propiedad que me parece una metáfora de lo que, con frecuencia, sucede en otros ámbitos. Hablo del cristal esmerilado.

Puede que lo que yo entiendo por esmerilado no sea correcto desde un punto de vista técnico, sin embargo, no tengo la más mínima duda de que (al menos, antes) llamábamos 'esmerilado' al cristal que presentaba una rugosidad no uniforme en su superficie, provocando una modificación en las características tradicionales del vidrio transparente convencional, lo que tenía como consecuencia que, manteniendo su propiedad de ser traslúcido, matizaba su transparencia desdibujando las imágenes que veíamos al otro lado y las convertía en difusas siluetas.
Hoy, está bastante en desuso, sustituido por el moderno cristal al ácido o aplicando un vinilo al vidrio transparente.
Yo no digo que no me guste esta solución (que produce un efecto similar), pero reconozco que el esmerilado me parece que tiene una personalidad más acusada, aparte de mantener mejor su aspecto de limpieza, ya que en el cristal al ácido se marcan con facilidad las huellas de quien lo toca.

Pues bien, mirando a mi alrededor, veo que también abundan quienes han sustituido la transparencia de su espíritu por un efecto traslúcido, propio de ese tipo de vidrios.
Tiene sus ventajas. Sin llegar a ser opacos del todo, consiguen que su verdadera personalidad quede difuminada tras un halo protector que evita la accesibilidad a su fuero interno por parte de los demás.
El problema suele llegar con el tiempo. Lo que empieza siendo una medida de prudencia para que su interior no aparezca desnudo ante el mundo (algo que tiene mucha lógica y no deja de parecer razonable), se acaba convirtiendo, por la permanente rutina de su uso continuado y automático, en una actitud fija, que se convierte en una parte sustancial de su personalidad.
Esto causa complicaciones cuando, por su falta de práctica, la transparencia de nuestros sentimientos y emociones se hace imposible... desaparece. Y deja paso a una pared esmerilada que, con el tiempo, nos protege hasta de lo que no debe hacerlo. La sinceridad retrocede hasta una posición tan resguardada que ya no es capaz de abandonar ni cuando el cuerpo pide refuerzos al alma para superar una situación crítica.
Por si fuera pequeño este problema, se ve agudizado por el hecho de que la luz sigue llegando al interior de estos espíritus esmerilados... pero transmitiendo imágenes distorsionadas. A veces, lo están tanto que ya no pueden distinguir lo bueno de lo malo, lo beneficioso para ellos mismos de lo que les perjudica sin remedio.
Y así, esmerilados ya hasta la muerte, ven como la luz existe en el exterior, pero el acceso a lo que ilumina allí fuera les está vedado. 

En la vida no hay que abusar de nada. Tampoco de estos cristales, de estética tan interesante y reconocida utilidad, cuando los colocamos en las ventanas del alma. Si no son practicables y se quedan anclados al espíritu, dejaremos de ver la realidad que hay a nuestro alrededor. Una realidad que puede ser mejor de lo que creemos.

jueves, 19 de febrero de 2015

Salida

Hay quien se mete en sitios de los que es muy difícil salir.
Y no me refiero a laberintos, ya que, pese a su indiscutible complejidad, siempre suele haber algún método ingenioso que permite encontrar el camino de regreso... si el minotauro de turno (son más frecuentes de lo que se cree) no te ha lacerado antes, claro.
Son peores otros lugares, también cerrados, pero que se van empequeñeciendo con el paso del tiempo, a la vez que desarrollan la verticalidad de sus muros.
En su fase final, ni siquiera se pueden denominar callejones, pues se convierten en cubículos estrechos, capaces de agobiar incluso a quien padece de agorafobia.

Los peores son los imaginarios. Contra ellos es casi inútil luchar. 
Cuando son físicos, queda, en último término, la opción de horadar sus paredes y crear un hueco por el que escabullirse, aunque sea a rastras. Por el contrario, los cubículos morales tienen muros que son, prácticamente, infranqueables.

Suelen originarse cuando alguien se empeña en ir encerrándose en sí mismo, desatendiendo todas las oportunidades que se le brindan de rehabilitar una vida mejor, de la que se hayan eliminado complejos, prejuicios y rencores.

La materia prima con la se construyen estos minúsculos habitáculos es el orgullo. Y, como todo buen albañil del espíritu sabe, el orgullo, cuando se seca, se solidifica y se convierte en soberbia. Si, además, la soberbia se refuerza con una malla interna de silencio acerado, su nivel de resistencia llega a alcanzar cotas indestructibles y se transforma en lo que se conoce como 'soberbia estructural armada', cuya patente es de dominio público y no pudo ser reclamada con éxito, en su día, por Lambot ni, tampoco, por Wilkinson.

El problema principal de estos 'corralitos' emocionales es que suelen acometerse desde el interior, por lo que quien los levanta queda, irremisiblemente, atrapado en ellos.
Otro de sus inconvenientes fundamentales es que su autor tarda mucho tiempo en darse cuenta de la situación, puesto que durante el proceso de su construcción ha prestado más atención a decorar sus poderosas paredes (pintándolas de alegres y vivos colores, capaces de ocultar errores y ansiedades), que a la propia naturaleza de los materiales empleados. 
Cuando acaba siendo consciente de la situación, es tarde.

Malo es estar preso en mazmorras o calabozos ajenos, pero, sin duda alguna, es mucho peor quedar encerrado en la tozudez y ser perpetuo rehén de nuestro desatino.
Al final del orgullo no hay salida, así que no trabajemos en cimentar un cuarto oscuro anímico que asuste, con su aislada soledad, a cualquier proyecto de esperanza que quiera ser compartido desde el sentido común y la buena voluntad.

Demos una salida a la paz, que la intransigencia obcecada no tiene nada de sano.

lunes, 16 de febrero de 2015

Deportes de invierno

Determinados deportes, como el golf, parecen más indicados para épocas en las que el clima es menos duro. Por el contrario, el invierno suele propiciar otras prácticas.
Algunas de ellas no son deportivas, en el más estricto significado de la palabra, pero nunca falta quien las ejecuta (en su sentido más literal, a veces) con ese espíritu relajado y festivo, que nos traslada a los orígenes de los juegos restaurados por Coubertin, en los que participar era, en sí mismo, un premio.

Las intenciones del olímpico barón eran, bien es cierto, bastante más saludables que las de muchos de estos aguerridos defensores de lo propio, cuyo profesionalismo interesado hubiese chocado frontalmente con la vocación amateur promulgada por el bueno de Pierre.
Pese a todo, es justo reconocer que las actividades veraniegas de estos especialistas suelen estar concentradas en otros campos, en apariencia opuestos a sus mejores virtudes innatas. Y no es que carezcan de destacadas cualidades en las disciplinas que practican en los meses más cálidos (en las que demuestran, asimismo, su muy entrenada habilidad), sino que al llegar el invierno es, por lo general, cuando alcanzan sus marcas más significativas.

Es, por tanto, oportuno calificar como deportes invernales ciertas pautas implementadas por ellos en la estación fría, llevadas a cabo con ese entusiasmo competitivo que caracteriza a quienes siempre aspiran a alcanzar lo más alto, de la forma más rápida posible...  y aunque tenga que ser a la fuerza (que es la expresión del lema olímpico, reformulada con ligeros matices). Suelen ser estas personas, de invernales sentimientos, proclives (como el célebre don Guido de Machado) a la monomanía de asentar la cabeza 'a la manera española'. Estos entusiastas guidos vocacionales procuran (como el viejo señor de Sevilla, cantado por el poeta) casar con alguien de gran fortuna y, si surge algún inconveniente que lo impida (que ya estén casados, por ejemplo), tienen el ingenio suficiente para encontrar métodos sucedáneos alternativos. El caso es asentar la cabeza.

Luego, perpetrado su récord en lo más crudo del invierno, se inscriben, de forma voluntaria, en el Libro Guinness, omitiendo ciertos detalles de sus logros y trayectoria, que no consideran relevantes para los lectores. Así, sustituidos los serrallos por devotas cofradías y los viejos cirios por otros de cera (que empuñan con idéntica destreza), cambian viernes paganos previos por jueves santos posteriores, y asunto resuelto.

Eso sí, todo en invierno y, a ser posible, aprovechando alguna festividad gremial destacada (pero poco conocida fuera de su sector) que multiplique el alcance de su lanzamiento y, en consecuencia, les permita llegar mucho más lejos de lo que nadie haya llegado nunca. 'Más allá de la imaginación', como decía el pobre y enmascarado Fantasma de la Ópera...

Al fin y al cabo, sostienen, el deporte no es más que eso: un juego. No hay que darle mayor importancia. Cierto, es de riesgo, pero solo para quien lo sufre, no para el que lo practica... aunque esto último no queda garantizado de antemano por el comité organizador y se han dado casos de patinazos notables (no es de extrañar, teniendo en cuenta las bajas temperaturas de esos meses y el tipo de superficies sobre las que se desarrollan estas resbaladizas actividades).

¡Deportes de invierno!... o, mejor dicho aún, winter sports!... sports d'hiver!
Porque, traducido al extranjero, casi todo suena más atractivo.

viernes, 13 de febrero de 2015

Costosísimos disfraces

No me refiero, por supuesto, a las espectaculares fantasías del Carnaval de Tenerife, ni a las de cualquier otro de los que se han hecho famosos en el mundo por la riqueza y suntuosidad unos vestidos que van mucho más allá del concepto tradicional del disfraz.
La mayoría de estas grandes fiestas tienen un gran arraigo popular, son muy apreciadas por mucha gente y, además, compensan sus elevados gastos con unos notables ingresos por turismo que, unidos a la publicidad que generan en los medios y a los patrocinadores que las apoyan, suelen resultar muy rentables para las ciudades organizadoras. 

Nada más lejos, por tanto, de mi ánimo que criticar estos festejos seculares, tan seguidos y celebrados en casi todas partes.
Sin embargo, ajenos al auténtico espíritu y tradición de las comparsas, murgas y chirigotas populares, hay personas que viven inmersas en un permanente estado carnavalesco, poco o nada festivo y que implica el uso de unos disfraces menos vistosos pero, a la larga, muchos más caros.
Son personas que han montado su vida alrededor de una gran mascarada, en la que, a fuerza de mantener oculta su verdadera naturaleza interior, han llegado a un punto de no retorno y ya les resulta imposible salir a la calle sin sus lentejuelas, sus plumas y, sobre todo, sin su careta.
Claro que sus complicados disfraces son, normalmente, invisibles. Suelen travestirse el alma, aunque no es infrecuente que sus vestimentas también acaben influenciadas por el deseo (que termina convirtiéndose en necesidad) de ocultar su verdadero yo.

No falta quien asegura que el mundo es un gran Carnaval, en el que todos nos vemos, de una forma u otra, forzados a participar... pero, incluso siendo así, la mayor parte de los mortales solemos vestir máscaras tan poco convincentes para cubrir nuestra personalidad como el antifaz que utilizaba El Coyote para diferenciarse de don César de Echagüe.
Por contraste con la generalidad, los que aspiran a los puestos de honor de la fantasía carnavalera vitalicia utilizan costosísimos disfraces. Y son tan caros, no por el precio a pagar en metálico por ellos (suelen ser virtuales), sino por el esfuerzo que representa llevarlos siempre puestos. Hay quien hipoteca su vida y la entrega a la farsa a cambio de los aparentes beneficios que obtiene con el engaño a los que le rodean.
Dicen que una fantasía (así se llaman los sofisticados y enormes atuendos de las aspirantes a reinas del Carnaval de Tenerife) puede llegar a pesar más de doscientos kilos. Manejarse con ella (y con un mínimo de soltura) en un escenario es muy complicado, a pesar de las múltiples ayudas con las que han sido diseñadas. Pero las chicas están bien entrenadas y cuentan con dosis extraordinarias de entusiasmo, así que saben hacerlo bien. Son las otras, las que se disfrazan para la vida, las que lo tienen más difícil.

Puede que la mía sea una opinión poco relevante, pero yo creo que sus disfraces tienen un coste brutal. Mantenerse en el escenario del mundo con toda esa parafernalia añadida, sin poder quitársela en ningún momento y aguantando sobre el espíritu el colosal peso de unos oropeles emocionales de atrezzo, que impiden la exteriorización de sus verdaderos sentimientos, es insoportable... pero es lo que tiene querer ser la reina del otro Carnaval.

lunes, 9 de febrero de 2015

Hotel California

En todos los desiertos del mundo (y desiertos los hay en cualquier parte, incluso en el centro de grandes ciudades) hay un Hotel California.

Son hoteles extraños, que aparecen de improviso en mitad de una noche larga y en los que se entra para no volver a salir de ellos. Solo existen de noche, porque son irreales... pero abducen, como algunos objetos extraterrestres, capaces de arrancar a las personas de su medio natural para trasladarlas a un estado de equívoca consciencia, sutilmente enajenada.
Los Eagles no sabían si se trataba del cielo o del infierno, pero yo me inclino a pensar que no era lo primero, así que tiene muchas posibilidades de ser lo segundo.

Allí todo parece casi verdad, pero todo es mentira. Es un lugar que no existe, que no se puede buscar... pero que él sí te encuentra a ti. Y cuando lo hace, es difícil evitar entrar.
Una luz engañosa que aparece en la noche, tras muchas millas de travesía por uno de esos grandes desiertos que surgen por todas partes cuando se pone el sol, es muy difícil de esquivar después de tantas horas seguidas al volante. 
Dicen que nadie ha conseguido salir de uno de esos fantasmagóricos hoteles.

Sin embargo, yo escuché la leyenda de alguien que sí lo logró. Y no una, sino varias veces. Tres, para ser más exactos. La primera, la luz tenía aspecto de faro, pero era el fuego de San Telmo, enredado en la arboladura de un bergantín errante. La segunda, de albergue abandonado en mitad de una ciudad llena de espíritus ambulantes. Y la tercera, no era más que un inmenso y desolador desierto.

Cuenta esa leyenda que salió de los tres sitios andando, por su propio pie, caminando con normalidad, sin hacer aspavientos... y, desde luego, sin mirar atrás. Siempre tuvo sobre su cabeza, iluminando su camino, un par de luceros azules que nunca dejaron de brillar, ni en las noches más oscuras. 
En su escudo de armas quedaron grabadas tres frases, en memoria de su paso por aquellos espejismos nocturnos en los desiertos: 'O fortuna', decía una; 'Nunca es tarde', rezaba otra; 'Heart of darkness', se leía en la última, que era la que estaba grabada más profundamente en la piedra de su torre.

Pero, sin duda, este caso fue una excepción, porque como bien nos enseñaron los Eagles hace ya muchos años (y ya hemos dejado muy claro unos cuantos párrafos más arriba), el Hotel California es un lugar del que, una vez que has entrado, es imposible salir con el alma unida al cuerpo. Nadie ha podido hacerlo. Menos el de la leyenda. Aunque ya se sabe que no todas las leyendas son historias reales, claro.

viernes, 6 de febrero de 2015

Desde el frío

Cuando el frío se vuelve intenso, todo es demasiado fácil. Incluso pensar o recordar aquello que sucedió sin aparente sentido... esas cosas que parecían imposibles y que, pese a ello, sucedieron. 
Con el frío es imposible evitar tener presentes todas las explicaciones lógicas (y nada positivas) que nos damos a nosotros mismos para ayudarnos a entender lo que no queremos aceptar. Es como si el frío se convirtiese en un elemento catalizador de la síntesis del pensamiento. Los análisis metódicos son muy complicados con estas temperaturas porque los sentimientos cambian de estado y, al solidificarse, son menos maleables.
Por el contrario, el calor los volatiliza y su presunta liquidez transforma su naturaleza temporal en gaseosa, expandiendo sus moléculas entre las emociones y haciéndolas mucho más volátiles.

Tal vez por eso las peores cosas de la vida pasan en invierno y en verano, dos estaciones más tardías de lo que nuestra equivocada presunción nos inclina a pensar. Puede ser porque el estado habitual de los fluidos vitales (incluidos los espirituales) se ve alterado en esas épocas.
Y si al frío se le añade un viento helado, los juicios se hacen, aún, menos benévolos.
Dicen los conocedores de la realidad humana que lo que ocurre es que se nos presenta la verdad de una forma más nítida, al igual que ocurre con la atmósfera que nos rodea. Por lo visto, eso nos permite alcanzar una distancia mayor al observar cualquier perspectiva, lo que, añadido a unos sentimientos endurecidos por las bajas temperaturas emocionales, retira algunos filtros voluntaristas que nublan nuestra visión durante los meses más cálidos.

Siendo así las cosas, debería ser bueno el frío. Sin embargo a mí no me gusta. Yo sigo prefiriendo tener el entendimiento un tanto difuso antes que aceptar una realidad helada, capaz de transformar las arterias en carámbanos.
Y lo prefiero porque no tengo nada claro que la realidad coincida siempre con la verdad. Ya sé que esto suena un poco raro y que casi puede parecer un contrasentido, pero creo que no lo es. 
La verdad tiene una dimensión más profunda que la realidad, ya que esta no deja de adolecer de una cierta superficialidad. Por el contrario, la auténtica verdad nunca se encuentra en el exterior. Y, si hablamos de personas, la verdad siempre está tan dentro que, muchas veces, no conocemos la propia ni nosotros mismos.

Desde el frío todo es más sencillo, más evidente, mucho más simple. Tal vez por ello los bárbaros del norte acabaron dominando a las civilizaciones mediterráneas. No cabe duda de que su visión del mundo era (es) mucho más pragmática. Para quienes piensan y actúan como ellos, inmersos en el frío, no hay tiempo que perder, no quedan momentos para la elucubración, para la duda. Pero desde las cálidas tardes del verano eterno, nada está tan claro. La imaginación se enturbia a medida que sube la temperatura y las formas que imaginamos se distorsionan... al igual que ocurre con el aire ante nuestros ojos. La distinta densidad de unos y otros pensamientos (los que creemos reales y los que nos gusta imaginar) produce una refracción incontrolable de imágenes en nuestra mente que modifica esa incompleta y poco confortable realidad, que no acaba de dejarnos satisfechos.

Bajo los efectos del frío no hay espejismos. Y a mí me gustan los espejismos. De hecho, a todos nos gustan, aunque no siempre queramos reconocerlo.
Es indiscutible que la vida es más llevadera con espejismos. Sería muy complicado atravesar su inmenso desierto sin encontrarnos, de vez en cuando, con algún que otro oasis en el que saciar nuestra permanente sed. 
Aunque el oasis solo exista en lo más íntimo de nuestros sentimientos.

martes, 3 de febrero de 2015

Pobres, modernos, ricos y...

Hubo un tiempo en el que no sabíamos que éramos pobres.
Y, como no lo sabíamos, apenas echábamos de menos lo que nos faltaba. Encima, reincidíamos en el vicio de ser felices, de tener ilusión por las cosas. Nuestros padres tenían buen cuidado en dejarnos vivir así y eran especialmente cautelosos en lo que nos decían, porque preferían para nosotros las nubes antes que las tormentas.
Desde luego, ellos sabían muchas más cosas, aunque compartían nuestra ignorancia acerca de una pobreza que, para ellos, era mucho menor, pues conocían lo que nosotros ignorábamos.

Ser pobre sin saberlo es estupendo. Vives tan contento. Lo verdaderamente malo es ser consciente de la pobreza, de la miseria (y no me refiero solo a la material). Pero cuando eso pasa es porque la pobreza no es nada abstracta. Yo hablo de unas carencias que, vistas con la perspectiva del tiempo, son muy reales, pero que, en su contexto vital, eran tan inexistentes como lo es todo aquello de lo que no se tiene conciencia colectiva. Sin televisión ni internet es muy fácil no saber que se es pobre.

Luego se nos ocurrió ser modernos. Nos parecía que en España éramos antiguos, que todo lo nuevo estaba o venía de fuera. Así que los jóvenes empezaron a viajar, a salir al extranjero, a escuchar canciones con letras en inglés y a ver películas 'de arte y ensayo' (definición que, aún hoy, me tiene un tanto perplejo). Todo esto se hacía bajo la atenta y nada convencida mirada de unos padres que casi preferían esa pobreza no asumida (mucho menos real para ellos que para quienes empezaban a intuirla, impulsados por su juventud) a unos riesgos incontrolados que ellos conocían muy bien. Demasiado bien.
Pero fue inútil. Los jóvenes se empeñaron en hacerse modernos, en viajar a Londres y a París, en comprar discos de los Beatles y en comer perritos calientes (que nos llegaron mucho antes que las hamburguesas). 
El concepto de modernidad era un poco confuso. Pantalones Levi's, Coca-Cola y estrellas rojas de cinco puntas eran perfectamente compatibles. Al igual que Elvis y el Che.

De pronto, un día nos creímos que éramos ricos. Y muchos empezaron a vivir como si realmente lo fueran. Los coches y las casas se compraban como si fueran galletas fabricadas en Aguilar de Campoo y los anuncios de sombreros y coñac empezaron a dejar paso a los de automóviles y apartamentos en la playa. Los libros se vendían bastante poco, eso sí.
Muchos desarrollaron su economía antes que su espíritu y eso es algo que complica mucho el entendimiento de la vida.

Hoy, nuestra sociedad está hecha un lío. Ya no sabe si son ricos empobrecidos, modernos pasados de moda o pobres que se imaginaron ricos.
Tendremos que esperar un poco para reconocer nuestra verdadera identidad. Tal vez tras un par de siglos de democracia continuada, y cinco o seis generaciones de leer a Homero y a Cervantes, acabemos sabiendo lo que somos.

Todo llegará. Solo nos hace falta un poco de paciencia.

lunes, 2 de febrero de 2015

Ignorancia

La ignorancia es la parte fundamental de nuestro conocimiento.
En cierto modo, podríamos compararla con el olvido, que como bien dijo William James, es la principal función de la memoria.

Nuestra ignorancia es tan grande que ocupa casi todo el espacio reservado para el saber, un territorio, por cierto, que en la mayoría de los seres humanos está reservado, de forma casi exclusiva, a lo empírico. Esto es poco discutible, teniendo en cuenta la escasa disposición de la mayor parte de la raza humana a practicar aquello que más la distingue del resto de las criaturas: pensar.

La realidad es que, pensando o no, empírica o racionalmente, el conocimiento es mínimo y la ignorancia enorme. Por eso la experiencia suele ser el patrón por el que se rige el comportamiento del hombre (entiéndase 'hombre' con la interpretación abstracta clásica, es decir, la que se utilizaba para referirse a los humanos cuando no era preciso decir 'miembras' para mencionar a los componentes femeninos de un colectivo determinado).
De hecho, yo siempre he creído que el sexo femenino es, aún, más proclive al empirismo que el masculino, basándome en sus mejor desarrolladas cualidades para la observación y puesta en práctica de las experiencias vitales adquiridas y heredadas.

Pero no va esta reflexión de lo masculino y lo femenino, sino del conocimiento y la ignorancia.
Si aceptamos la certeza de mi primera frase, entenderemos muy bien la causa por la que todos actuamos, juzgamos y concluimos con tanta tendencia a la parcialidad. 
La parcialidad (la parcialidad subjetiva) es inherente a nuestro comportamiento y suele ser la base de nuestras opiniones, lo que sería (aparte de comprensible) digno de perdón si esta subjetividad fuese expresada y puesta en práctica con un respeto y prudencia propios de ese sabio comportamiento socrático, que es tan poco habitual en el mundo.

Es curioso que los mayores sabios sean, precisamente, los que mejor asumen su propia ignorancia. Una prueba de sabiduría es, por el contrario, muy mal encajada por una humanidad que, pese a su falta de conocimiento, sí tiene el suficiente instinto para entender que aceptar que los sabios son ignorantes, trae como inevitable, evidente y flagrante consecuencia reconocer la suya propia. Elevada, eso sí, a la máxima potencia.

No es preciso tomar la cicuta para demostrar una actitud razonable. Pero sí me gustaría ver a todas esas personas que defienden su particular verdad con profunda e ignorante soberbia, un poco más predispuestas a aceptar que no son portadoras de mayor certeza que la recibida de su limitada experiencia o de su siempre menguada sabiduría.
Nunca es tarde para escuchar con humildad y juzgar con prudencia. 
Lo más triste no es la ignorancia en sí, sino creer que es mucho lo que se conoce y no aceptar que es casi todo lo que ignoramos.