sábado, 21 de junio de 2014

Lavaricia y Rompelsaco

Según parece, estos dos apellidos son muy antiguos. Dicen que casi tan antiguos como la especie humana. Su árbol genealógico se remonta, según parece, a la segunda generación de los hombres (ya fuera de los límites del Tigris y el Eufrates, eso sí) y, desde luego, sus ramas han crecido en todas direcciones y llegado hasta nuestros días.

Siempre se han mantenido emparentados, haciendo gala de una endogamia patológica que, pese a sus gravísimos y recurrentes problemas, renacía, una y otra vez, de las cenizas de sus genes.
Como es lógico, tratándose de apellidos con tanto abolengo, hoy en día se pueden encontrar miembros de estas dos familias (ya casi una) por todas partes.

Y, siendo, como digo, personajes que abundan, es importante advertir que no conviene fomentar las relaciones con ellos. Su amistad no suele producir consecuencias positivas para quienes la frecuentan y parece que, tampoco, los Lavaricia y los Rompelsaco acaban bien en la mayoría de las ocasiones.

No faltan referencias a estas familias en la literatura. Creo recordar que llegaron a aparecer, incluso, en alguna de las novelas de Mala Estrella y es justo reconocer que, como personajes de ficción son muy interesantes, aunque, desde luego, en la vida real su interés (al menos el económico, casi siempre, compuesto y rayano en la usura) está solo centrado en ellos mismos.

Ahora bien, se equivocan aquellos que piensan que los Lavaricia y Rompelsaco del mundo centran, exclusivamente, su atención en la economía. Nada de eso. Hay muchos otros campos en los que, también, actúan, de forma sistemática y compulsiva.
No hay que olvidar que su comportamiento obedece a una fuerza incontrolable que llevan arraigada en sus genes, por lo que no es de extrañar que trasladen sus naturales y codiciosas tendencias a otros territorios de apariencia menos material.

El universo de los sentimientos es uno de sus favoritos (por detrás del económico, claro, al que es habitual que ellos lo vinculen). Los Lavaricia y Rompelsaco quieren todo para ellos y no son partidarios, en absoluto, de compartir nada con otros. Por ello, no consienten que los demás compartan emociones ni sentimientos con nadie más. Y, como esto es algo que contradice las leyes de la naturaleza, viven en una situación de conflicto permanente.
Pero es que, además, los Lavaricia-Rompelsaco (en algunos casos utilizan el apellido compuesto) no conciben los sentimientos más que supeditados al poder del dinero. Como a ellos solo les conmueven las emociones relacionadas con lo crematístico, desprecian a quienes se les acelera el pulso por motivos no pecuniarios.


Recuerdo, por ejemplo, el caso de Paola Lavaricia-Rompelsaco, una periodista que estuvo a punto de nacer en Barcelona, casada con un Rompelsaco-Lavaricia que siempre la trató como lo que era, una prima (una prima suya, quiero decir).
Como era de esperar, con el paso del tiempo, afloraron sus genes y se juró a sí misma recuperar y ejercer hasta la muerte los valores tradicionales de sus rancios apellidos. Dado que resultaba de todo punto imposible ponerlos en práctica con su cónyuge Rompelsaco-Lavaricia, empezó a practicarlos con cuantos se cruzaron en su azarosa vida.
Su éxito inicial fue fulminante, hasta que, en un momento dado, había abusado tanto de sus orígenes Lavaricia, que su otra rama genética, los Rompelsaco, acabaron saliendo a relucir en su destino (del que casi ningún Lavaricia-Rompelsaco es capaz de librarse del todo) y terminó con el pronóstico de acabar sus días como la protagonista del célebre canto de Espronceda...

Me contaron que está considerando renunciar a sus apellidos y someterse a una operación de transplante de genes, pero es una técnica quirúrgica que aún no está suficientemente homologada por la Organización Mundial de la Salud. 
Como alternativa, los herederos clínicos del doctor Barnard, han propuesto un transplante de corazón. Puede que funcione.