jueves, 27 de diciembre de 2012

El invierno en Biarritz

Me gusta pasar el invierno en Biarritz.

La semana que prefiero para viajar a mi ciudad favorita del Sudouest es la última de diciembre. Suele hacer sol y el clima es suave, aunque también he visto nevada la Grande Plage en esas fechas, tras una inesperada tormenta nocturna... si bien lo normal es el buen tiempo.
Claro que aún era mejor esa época en la que se podía llegar en tren hasta la vieja Gare du Midi, tras hacer transbordo en La Négresse, pero me conformo con cualquier otro medio de transporte, siempre que me permita estar antes del mediodía frente a la Mairie, hacerme una foto con el reloj al fondo y, después, disfrutar de una buena comida en Chez Albert y un agradable paseo por el Port des Pécheurs.
Y es que lo que tiene Biarritz no lo tiene ningún otro sitio en el mundo.

Biarritz ha sido importante en muchos momentos de la historia, pero lo más memorable tuvo lugar a principio de los años setenta del pasado siglo. Y el mejor año de todos fue, con diferencia, 1973.
Su segundo gran hotel, el Hôtel du Palais, es extraordinario, como también lo es, en otra escala, el muy recomendable Château du Clair de Lune, situado a muy poca distancia del centro. Y digo esto porque, sin hacer menosprecio a la imperial residencia de Eugenia de Montijo, no tengo la menor duda de que el hotel más especial de la villa fue el modesto y tristemente desaparecido Lou Coufidou.

Quien piense que Biarritz es un lugar como cualquier otro está muy confundido. Pasar el invierno allí es modificar el concepto universal del tiempo. Y no para hacer algo tan vulgar y reiterativo como viajar a través de él, no. Eso ya está muy visto (como dijo aquel castizo madrileño a la señora que protestaba por las apreturas del Metro, sugiriéndola que, en lugar de utilizar el manido taxi como medio alternativo de transporte, usara el entonces novedoso y cómodo microbús). Estar en Biarritz el 27 de diciembre, digamos, nos sitúa en una dimensión diferente. Una dimensión temporal imperturbable en la que, como cantan los versos del gran poeta contemporáneo, nos lleva a ese mundo lejano y silencioso que nos hace confundir los siglos con los días.

La sensación que nos invade es de eternidad, ya sea bajo el faro o tomando un gateau basque en Miremont. Moverse en un sentido u otro de la dirección del tiempo es fácil. Pero permanecer mudos y absortos, inmóviles en los brazos de un desorientado Cronos, solo es posible leyendo la rima LIII de Bécquer o soñando en Biarritz.

Biarritz en diciembre está a salvo de la maldad y nos permite escalar hasta las siempre escarpadas cotas de la verdad absoluta. Un paseo hasta Cambo para ver la Nive desde sus solitarias terrazas o una cena imaginaria en Le Patio, frente a la iglesia de Sainte-Eugénie, son imprescindibles para vivir cuarenta veces lo mejor de una vida cuya foto sigue visible desde todos los ángulos, por mucho que algún retrato se haya traspapelado temporalmente.

Y en ese cielo limpio de invierno, casi transparente, nunca he dejado de ver, año tras año, el rayon vert, justo un instante antes de que el sol de la tarde entregue su tributo diario de luz al mar, por detrás de su infinita línea recta. Lo he visto, incluso, cuando nadie era capaz de verlo. Por eso sé que lo seguiré recibiendo en mi retina cada vez que esté en Biarritz en diciembre... aunque todos (o casi todos) hayan olvidado ya el nombre de su viejo alcalde y el de su ayudante. Es fugaz la memoria de los hombres.

Me gusta pasar el invierno en Biarritz.

martes, 11 de diciembre de 2012

Esquimalas pertinaces

Hay quien hace del frío, voluntariamente, su habitat natural.
Y no me refiero a esas criaturas que han tenido que adaptarse, por necesidad, a las gélidas temperaturas del ambiente que las rodea, sino a las que, siguiendo una decisión libre y propia, convierten su corazón en un bloque de hielo, duro y cortante, como aquél que se hiciera célebre en la trágica noche de un 14 de abril, hace algo más de cien años.

Estas personas (a las que algunos psicoantropólogos llaman esquimalas), han desarrollado un sistema neurosomático autoinmune a cualquier tipo de calor, pero especialmente eficaz contra el calor humano.
Es inútil aproximarse a ellas con humildad, simpatía, buena voluntad o actitud positiva y conciliadora. Sus poderosas defensas criogénicas reaccionan siempre de forma automática y fulminante para impedir que emerja de sus árticas entrañas cualquier tipo de respuesta no ya calurosa, sino, incluso, tibia.
Hay quien asegura que las esquimalas nacen, no se hacen, aunque pueden mantenerse en estado latente durante décadas, con aspecto de frágiles e inofensivas crisálidas, para evolucionar, en suave metamorfosis mental, hasta alcanzar su estado de madurez helada permanente.

Según afirma un reciente estudio de la Universidad de Bagshot-Swalbach, existen diversos grados de esquimaldad, clasificados en la llamada Escala de Amundsen en función del nivel térmico de las respuestas que se obtienen ante determinados estímulos. El más frío de todos los hasta ahora conocidos (no se descarta que puedan conseguirse en el futuro otros de temperatura negativa aún más extrema) se ha registrado hace poco a unos 40º de latitud N y 4º de longitud W. Al parecer está representado en la Tabla Periódica de las Respuestas Congeladas por dieciséis palabras esculpidas en hielo seco polar hiperfrigorizado cibernético.

Sea como fuere, el caso es que estas personas, las esquimalas, sufren mucho. Y no tanto por las bajas temperaturas que soportan sus órganos vitales como por el complejo divino-persecutorio constante en el que viven inmersas. Las hay que, creyéndose una reencarnación de la legendaria diosa Sedna, quieren controlar a humanos y mamíferos marinos a su antojo. Y hasta quieren ostentar los poderes de la diosa Sila para ser las dueñas del tiempo y de la caza.

Demasiado hielo flotando a la deriva por tan procelosos océanos. Claro que todos sabemos que solo una novena parte del iceberg es visible fuera del agua y que lo que está sumergido de la personalidad de las esquimalas es lo más importante y significativo. Aunque nunca sean capaces de enseñarlo porque el frío de sus fluidos medulares se lo impide. Toda pseudodivinidad helada que se precie sabe que reconocer la verdad es un signo externo de debilidad que la condenaría a regresar al mundo de los mortales y dejar su condición de bloque de hielo flotante que cumple su eterno destino de renunciar a la vida, a cambio de mantener sus orgullosos reflejos azulados por encima del horizonte de los sentimientos.

Y es que ser una auténtica esquimala de reconocido prestigio, en estos tiempos tan difíciles que corren con el dichoso calentamiento global, cuesta lo suyo.

martes, 27 de noviembre de 2012

Otoño rojo

Hay hojas que, por muy avanzado que esté noviembre, se resisten a caer. Son las que, rojas y tozudas, se quedan colgando de los secos árboles del alma, firmes en su decisión de desafiar al ciclo de la vida e, incluso, a la ley de la gravedad.
Hojas ya desfallecidas, que se recortan sobre el fondo anaranjado de la tarde... de cien tardes que también se resisten a morir.
Da igual que estén en una extraña avenida madrileña, en lo alto de un ojo junto al Támesis o en un imaginario barrio lisboeta que un día duró más que la realidad. Todas deberían haber caído, todas deberían estar ya abrigando ese sueño solitario y desnutrido que tanto las necesita para cubrir la tristeza de un otoño obligado. De un otoño que fingió ser primavera cuando la memoria quiso olvidar el frío del recuerdo y, sobre todo, del futuro.

Termina noviembre y las retorcidas ramas siguen sin concedernos el descanso de la muerte de sus hojas. Secas, pero encendidas por el incandescente fuego de un infierno perpetuo, tan maldito como inútil. Un infierno que unos y otros llevan dentro, aunque representen en él diferentes papeles, tal como corresponde a una comedia tan divina como la que nos legara la magistral pluma de Il Sommo Poeta.

A veces, el intenso fulgor rojizo llega a teñir el propio tronco del árbol. Y a quien lo contempla sin tomar partido por aceptar el insano milagro del otoño que no muere o desear verlo convertido en una melena de campana como la que Machado nos regalara en sus Proverbios y Cantares. Una campana que doble por lo que ya bien merece reposar bajo el olvido de la tierra... también roja, naturalmente.

¿Por qué ese empeño de las hojas en rebelarse contra su destino? ¿Por qué esa insistencia en flotar, vacilantes, en la brisa y negarle al tiempo su promesa?
Ninguna de las posibles respuestas a estas preguntas acaba de convencerme. Unas por su obvia inconsistencia, otras... porque reflejan uno de esos comportamientos de flagrante irracionalidad, tan habituales en la especie humana.
Es casi seguro que si las hojas no se caen es porque no queremos que se caigan. Igual pasa con su color. En realidad, no es tan rojo, pero lo hemos pintado con los pinceles del deseo, sobre un lienzo imaginario al que siempre embellecemos con una pátina de lejanos sentimientos.

Noviembre se acaba, abigarrado de efemérides singulares, tristes y notables. Abrazada a él, la vida también parece terminarse, cansada de aferrarse a un calendario cuyas hojas, como las del árbol, no acaban de desprenderse nunca. Solo nos queda esperar la invasión del general Invierno, para que con su implacable ejército de olvido arrase bosques y recuerdos, arrancando con mano de hielo y corazón de viento esa pertinaz hoja escarlata que alimenta la fantasía de quien creyó que el penúltimo día de noviembre fue el primero de la primavera.

lunes, 5 de noviembre de 2012

El Pájaro de Formosa

Fue en el convulso Madrid de 1864 cuando cuatro jóvenes románticos deciden fundar una Sociedad Bohemia, más propia de la cultura parisina del momento que de un país en el que el romanticismo tardío se abría paso con dificultad en los ambientes artísticos y universitarios de la capital de aquella complicada España isabelina.

Poco sabemos hoy de la historia de tan sorprendente empresa, que había adoptado, tras varios intentos previos infructuosos, el nombre de la que fuera, en su día, célebre sociedad secreta española, creada doscientos años antes, en la gran isla del sureste chino: El Pájaro de Formosa.

El Pájaro de Formosa mantuvo el espíritu de aquella vieja organización, cuyo destino final es todavía un misterio en nuestros días. Muchos de los principios y valores que ayudaron a sobrevivir a aquel puñado de soñadores en una tierra tan hostil y lejana fueron la base de la romántica Sociedad Bohemia que los cuatro jóvenes, conocidos en su tiempo como los Miembros de Honor, siguieron con entusiasmo, en su afán de defender una cultura diferente a la de la sociedad burguesa y sedentaria de la época.

La libertad, el amor y la amistad fueron los pilares sobre los que se edificó una utopía tan bella como imposible. Cuenta la leyenda que la antigua sociedad asiática, cuyo bien conocido símbolo era la imagen de la que hoy es el ave nacional de la República de China, todavía existe y en los círculos culturales del Madrid del siglo XIX se rumoreaba que alguno de los fundadores de El Pájaro de Formosa era descendiente directo del creador de su predecesora homónima.

Los cuatro Miembros de Honor fueron, también, compañeros de trabajo en la que fuera la empresa periodística más vanguardista de su época: Materia Gris, creada por ellos en colaboración con el célebre y revolucionario periódico americano Grey Matter, que, curiosamente, acabó vendiéndose a un grupo financiero británico, extremadamente conservador.

De aquella fabulosa etapa quedaron para la posteridad artículos tan impactantes como "Operación Bulla", "El canasto de las chufas" o "Five O'Clock Tea", cuyo estilo punzante e irónico tanto recordaba a los escritos de aquel otro joven y brillante periodista al que siempre admiraron los creadores de la gran sociedad bohemia madrileña: Mariano José de Larra.

El Pájaro de Formosa tuvo muchos enemigos, casi todos rufianes o gente acomodada, cobarde y aburguesada que desconfiaba del discurso bohemio e ilustrado de los Miembros de Honor, tan crítico con las instituciones y los principios de la sociedad establecida. Pero también tuvieron muchos seguidores, simpatizantes y amigos, que veían en ellos un soplo de esperanza entre tanto integrismo trasnochado, cuando no abiertamente involucionista.

Por lo que cuentan las crónicas matritenses y algunos libros, entre los que destaca "La leyenda de El Pájaro de Formosa", editado por El Progreso Editorial de Ramón López Falcón, la sociedad estuvo activa, al menos, hasta los primeros años del siglo XX, cuando en un trágico seis de septiembre fue víctima de una traición de la que, dicen, ya nunca llegó a reponerse. Sus inmensos y valiosísimos archivos se encuentran, desde entonces, en paradero desconocido, a pesar de las frenéticas búsquedas de historiadores y románticos entusiastas de tan singular y extraordinario movimiento.

Se cuenta que, en lo más alto de un pelado monte aragonés próximo al Jalón, hay una lápida que reza: "A la amistad". Y que, en un valle cántabro que muchos creen vasco, otra, medio oculta por la maleza y al cobijo de un viejo caserón en ruinas, dice: "A la libertad".
Todos los estudiosos de "El Pájaro de Formosa" defienden que existe una tercera, cuya ubicación nadie se atreve a aventurar, sobre cuya piedra está grabada la silueta de un ave con las alas extendidas...

¿Será, tal vez, un pájaro de Formosa? Algunos dicen que no.

jueves, 18 de octubre de 2012

La cuarta mentira

Acertó el poeta en las tres primeras.
Pero había una cuarta mentira. Casi siempre hay una cuarta mentira. Los expertos la esconden en el fondo de su alma, disfrazada de acusación delirante. Cuanto más fantástica sea, mejor. Una mentira absurda es mucho más eficaz que una mentira lógica, porque nadie pensará que quien miente sea capaz de inventar algo tan disparatado.

Las tres mentiras iniciales están destinadas a alguien predispuesto a creerlas. Por eso deben ser sutiles y orientadas a distraer las defensas naturales de la parte más elemental del cerebro. Ésa que reacciona a los estímulos básicos.
Sin embargo, la cuarta tiene un objetivo bien distinto. Debe convencer a otros que están muy alerta y dan por segura la intención de engañarles. ¿Cómo conseguir, entonces, algo tan difícil en apariencia? Son precisas grandes dosis de creatividad y, por supuesto, de osadía.
La cuarta mentira debe tener una sólida base de verdad. Remota, pero sólida. Y, una vez asentada sobre esos firmes cimientos, desplegar la imaginación hasta cotas insospechadas, grotescas... inconcebibles. Con esta infalible técnica pasaremos, sin sufrir bajas irreparables, sobre las trincheras de quienes esperan el ataque, bien protegidos en su búnker de hormigón armado, con la bayoneta calada y el casco hundido hasta las cejas para esconder la alopecia galopante que avanza, implacable, sobre sus cada día más despoblados cueros cabelludos.

Claro que la cuarta mentira también tiene sus servidumbres. Alcanzada la retaguardia del antiguo enemigo, y al grito de "¡Todos Piratas!" (esto me recuerda a algo), debemos sustituir los elegantes y discretos atuendos habituales por otros más propios de la nueva condición de seguidores del más encarnizado filibusterismo emocional.
Quienes hayan superado tan altos niveles de invención rocambolesca, obtendrán su recompensa si son capaces de expoliar, sin miramientos de ningún tipo, el pecio provocado con sus previas e insistentes andanadas de estribor (ésa es habitualmente la banda por la que se ha venido avistando, durante tantas y tantas tardes de penumbra encubridora, a la antigua nave nodriza, hoy transformada en desprevenida e inocente enemiga).

El siguiente paso es convertir en aliado a quien fue durante muchos años repudiado, tornando el secular desprecio establecido y proclamado a los cuatro vientos, en sumisa lealtad, probatoria de incondicional fidelidad.
Como en el antiguo juego de Crone, es vital elegir con acierto el momento en el que se lanza el grito previo al cambio de la noble chaqueta roja por el terno bucanero (que debe ser discreto donde los haya, sin parches en el ojo, garfios ni patas de palo). Lo más conveniente es hacerlo cuando el futuro aliado ha encontrado el plano del tesoro y, si es posible, una vez que los doblones y ducados de oro hayan sido ya desenterrados y llevados a bordo del nuevo bergantín-goleta (cuya adquisición se recomienda sea hecha con el botín obtenido en los primeros saqueos, para que quien se incorpora al nuevo orden corsario tenga precavidamente limpias sus blancas manos).

A partir de este punto, todo será coser y cantar. Sobre todo, cantar.
Y si no hemos conseguido, en el mismo envite, engañar a los justos representantes de la Corona, no importa. Siempre queda el recurso de decir que son incompetentes... o corruptos. También se puede argumentar, con indignado acento, que la víctima el perverso personaje cuyo barco hemos mandado a pique por exigencias del guión, es tan astuto y taimado que ha conseguido escarnecer la virtud y burlar a la justicia, como hiciera el abyecto personaje de la obra cumbre de Zorrilla (y valga la redundancia).

La cuarta mentira es, por tanto, fundamental. La más importante de todas. La que no admite fallos. Como tampoco permitirá escapar a quien la lanza de su perpetua cadena. De su perpetua cadena dorada.

lunes, 8 de octubre de 2012

Thomas M. Taube

Thomas M. Taube lo tenía decidido. Iba a acabar con Francesca. El problema era que debía hacerlo de una forma muy habilidosa, para que casi pareciera lo contrario. Su reputación pública podría ponerse en peligro, ahora que, por fin, había conseguido un nuevo y bien remunerado trabajo. Era necesario actuar con máxima frialdad, con meticulosa precisión. Francesca estaba en un momento muy difícil y era posible que la causara un enorme daño, con todo tipo de repercusiones añadidas, pero Thomas M. Taube no se iba a arredrar por eso.

Lo más importante era convencerse a sí mismo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Thomas sabía que ésta era la clave fundamental para estar en condiciones de resolver todas las complicaciones, más o menos éticas, que vendrían, sin duda, a continuación. Y este trabajo también lo había hecho a conciencia. Seguiría queriendo a Francesca, por supuesto. La seguiría queriendo mucho, muchísimo. Y seguirían compartiendo la vida diaria, tal como hasta ahora. Solo habría un pequeño cambio en sus relaciones, un cambio mínimo, sin importancia. A partir de la vuelta del verano serían amigos. Mucho más que amigos. Francesca debería estarle agradecida por esta prueba de amor hacia ella. Habría que olvidar de inmediato, eso sí, todas aquellas otras cosas (sin duda banales ante un amor tan intenso como el suyo por Francesca) en las que tantas veces había insistido el propio Thomas cuando ella parecía más interesada en el alma que en el cuerpo.
Y, además, sería conveniente que todo el mundo siguiera desconociendo las relaciones entre ambos, pese a la inocente y casta amistad en la que, a partir de ahora, iba a convertirse el gran proyecto común de ambos. Era mejor que nadie los viera juntos, que siguieran manteniendo todo en secreto... por si acaso.
Era verdad que esto no estaba del todo resuelto desde el punto de vista lógico, así que sería preciso utilizar el método que tan buen resultado le diera en otras ocasiones: negar la evidencia, sin dar más explicaciones.

Por supuesto, nada había pesado en su decisión el hecho de que su anterior novia acabase de heredar una cuantiosa fortuna (obtenida, según se rumoreaba, con artes poco ortodoxas, digamos) y que le hubiese ofrecido viajar con ella por los siete mares para celebrarlo. Eso era una coincidencia que resultaba un poco molesta, pero nada más. No permitiría que nadie pensara mal de él por una casualidad como aquella.
A Francesca la dejaría muy claro que tampoco tendría relaciones íntimas con su antigua novia (de la que tantas veces había dicho que le daba asco), pero que necesitaba unos meses para arreglar las cosas con ella y para conseguir solucionar los problemas que tenía con la familia. Thomas M. Taube acababa de darse cuenta de lo importante que era la familia. Apenas había cumplido 43 años y era un momento razonable para centrar su atención en este punto. A fin de cuentas, la familia es lo más importante, ¿o no? Si hasta ahora había actuado como si su familia le importase un rábano era porque su trabajo le había tenido muy ocupado, ¡qué caramba!
Pero todo eso se lo diría a Francesca a la vuelta de las vacaciones, no ahora.

Así que Thomas M. Taube se dirigió, como todas las tardes, a su cita con Francesca. El día anterior habían estado visitando, una vez más, la bonita ciudad medieval amurallada de Rothenburg y hoy continuarían desarrollando la inspiración producida por la romántica villa de la forma más intensa posible. Más valía que Francesca no sospechase nada. De esa manera podría emprender viaje al día siguiente, tranquilamente y sin remordimiento alguno, con su antigua novia, esa que ahora era riquísima y a la que hasta hace unos días despreciaba por ser una muerta de hambre conflictiva y bastante molesta.

La cita con Francesca cumplió, con creces, con todas las expectativas y Thomas la observó marcharse procurando que ni el más mínimo gesto pudiera alertarla de su bien estructurado plan. Cuando Francesca se hubo ido, ignorante de todo, le dio un poco de pena, la verdad. Pero pronto se repuso y se fue a organizar los preparativos de su inminente y lujoso viaje. Viaje que solo sería el principio de todos los que vendrían después, en su nueva condición de novio de una señora muy rica (antes insoportable... aunque, tal vez, había opinado así de ella porque no se había fijado bien en sus virtudes).

*       *       *

Thomas M. Taube fue un hombre casi feliz. Vivió siempre a la sombra de su novia rica, pero fue casi feliz. Destacó en su trabajo, donde fue bien recompensado por su lealtad, como también lo fuera en su vida privada. 
Poca gente llegó a saber lo mucho que tuvo que sufrir para reducir a cenizas su pasado con la inagotable y poco comprensiva Francesca. Hasta se vio obligado (en contra de su voluntad, desde luego) a urdir e implementar un segundo plan, concienzudo y muy maquiavélico para mantenerla a raya cuando, por culpa de su trasnochada y nada olvidadiza naturaleza, seguía empeñada en no entender lo que había sucedido.

Hoy, muchos años después, los restos de Thomas M. Taube reposan en el panteón familiar de su novia, custodiados por su ancestral escudo de armas, en el que, en campo de azur, una sirena alada vuela sobre un delfín. Bajo el heráldico blasón, labrado en mármol, el noble lema proclama con orgullo: Edel und Loyal.

Requiescat in pace.


Nota del autor: Todos los personajes que aparecen en este relato son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

martes, 25 de septiembre de 2012

Portero de noche

El pasado se escribe siempre sobre papeles envejecidos.
Da igual que lo haga uno u otro. Y ni siquiera es necesario que para ello utilicemos papiros, pergaminos o cualquier otro soporte antiguo. No importa que la escritura sea analógica o digital. Ni que la caligrafía sea arcaica o ultramoderna. El pasado siempre se escribe sobre papeles envejecidos.

Es cierto que este tipo de papeles ayudan a conseguir un aspecto más interesante, incluso más romántico, al contenido de lo que se escribe en ellos, pero también es un hecho que estos lienzos envejecidos por el paso de los sentimientos sobre ellos, deforman parcialmente la realidad al trasladarla al mundo de lo que se quiere recordar... o, tal vez, de lo que se puede, porque no es posible recordar las cosas como sucedieron. Retratar en ellos la historia es, sin duda, un ejercicio, más o menos modesto, de interpretación artística de lo sucedido.
El flujo permanente de la vida afecta a todo. A las personas, a sus circunstancias, a su percepción de sus propios actos, a sus opiniones y, también, a su propia naturaleza.

Pongamos un ejemplo. Cuando Goya plasma en un portentoso cuadro los fusilamientos acontecidos el 3 de mayo de 1808, los impregna (dentro del indiscutible dramatismo de sus imágenes) de una belleza de la que, muy probablemente, carecieron. Lo mismo ocurre con la escultura, con el teatro, con el cine y, desde luego, con la literatura.
Y, cada vez que escribimos algo, aunque sea para relatar unos hechos en forma de acta, estamos haciendo literatura. Cambia el estilo, la forma de utilizar la gramática, la destreza en el uso del idioma (en ocasiones, por desgracia, hasta la ortografía), pero no por ello deja de ser una creación literaria. Muchas veces lamentable, paupérrima, carente del más mínimo interés desde el punto de vista del leguaje ilustrado... pero creación literaria, a fin de cuentas.

Hasta la fotografía utilizada para contar lo que hemos visto o vivido nos engaña. El objetivo, la luz, el diafragma... producen variaciones que dotan de realidad propia al resultado, modificando, interpretando o matizando un pasado que no sucedió de una sola manera, sino, por el contrario, de infinitas.

Ese portero de noche que hoy nos devuelve a un pasado que habíamos reconstruido sobre una fantasía delirante, tan lejana de lo vivido, aunque ligada a la realidad por casi todos los elementos que, luego, hemos utilizado para recomponer nuestro rompecabezas interno, de cara a transformar nuestra historia en un mensaje de inocencia fraudulenta, no es más que una verdad incómoda, tachada violentamente de la conciencia que ahora se nos presenta cara a cara, y que no podemos seguir negándonos con éxito a nosotros mismos.

Nadie está libre de culpa. Todos debemos reconocer nuestros errores y rectificar. Por eso es tan triste que solo unos lo hagan, mientras otros se siguen enrocando tras sus soberbias torres de marfil, protegidas, en sus silenciosas casillas, a la retaguardia de sus infieles pero exigentes peones.
¡Cuántos porteros de noche permanecen ocultos de sus pasadas identidades, esperando, como el arpa de Bécquer, la mano de nieve que sabe arrancarlas!
Y son de nieve, sí. Tan frías como ella. Porque solo manos de nieve y almas de hielo son capaces de vivir en la noche del presente, rodeadas de porteros nocturnos que, ya sin gorras ni uniformes victoriosos, siguen escribiendo su pasado sobre papeles envejecidos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Tres sombreros de copa

Cuando el 14 de septiembre Miguel Mihura acabó de escribir Tres sombreros de copa, una gran obra de teatro - difícil de entender para ciertas personas, eso sí - enriquecía el patrimonio cultural de la convulsa sociedad española de su tiempo.
La comedia tardó muchos años en ser estrenada, aplastado su inteligente y crítico humor por acontecimientos dramáticos que ensombrecieron en España calles y teatros. Pero ochocientos setenta y seis meses después, Dionisio y Paula volvían a encontrarse sobre un escenario, en aquella eterna habitación con dos puertas y un balcón desde el que, a lo lejos, se veían lucecitas y se imaginaban vidas imposibles.

Quien considere a Mihura un humorista se equivoca. Fue un filósofo surrealista y genial, capaz de retratar, con un estilo tan dulce como ácido, a una sociedad que, curiosamente, mantiene vigentes, tantas décadas después, muchos de sus vicios y miserias, tal vez porque sean consustanciales con la propia naturaleza del concepto sociedad.
Es cierto que el melancólico sentido del humor que rezuma esta pieza produce efectos diversos en unos y otros. Hasta el nombre de algún personaje llega a crear inquietud en espectadores a quienes disgusta viajar en Metro... por si acaso.

Y es que tres sombreros son demasiados para una sola persona. Y si son de copa, más. Es lógico que la gente se confunda. A Dionisio le confundieron con un malabarista... y se quedó con la confusión para siempre. Porque, al principio, parece que son los otros los que creen lo que no es y, sin embargo, siempre es el Dionisio de turno el que se queda con una bota en el bolsillo y cara de salamandra debajo de la chistera.
La comedia de Mihura es una de las obras de humor más tristes que he visto. En la vida real, la burguesía nunca deja de triunfar sobre la bohemia y, en este caso, también lo hace sobre la escena.

Pero, claro, lo peor es lo del Metro. Algo que no se le había ocurrido ni al bueno de don Miguel. Insistir en representar el teatro del absurdo en las calles de la gran ciudad es una tontería aún mayor que buscar sueños disfrazados de pintores a diez mil kilómetros de distancia. Siempre corres el riesgo de que te encuentres con tu destino, con independencia de que lo que éste lleve en la cabeza sea un sombrero de paja de ala ancha a la moda, tres antiguas chisteras... o un casco de vikingo con agujeros a los lados.

Cuando algo ha sido decidido con económicos y gélidos cálculos milimétricos, no hay mihura que pueda con ello (y valga la redundancia).
Una lástima, porque la comedia era estupenda, que diría otro bohemio en el Café Momus. Pero la tristeza de la vida fue mayor, como el silencio de Roberto Carlos, y en la distancia muere, día a día. En una distancia tan próxima como absurda, más aún que la obra del gran autor madrileño.

En la vida, como en Tres sombreros de copa, siempre hay odiosos señores, ancianos militares y astutos cazadores a nuestro alrededor. Es una comedia difícil de representar porque ninguno de los que estamos en ella nos sabemos muy bien nuestro papel y, a veces, nos empeñamos en hacer el del otro.
Dionisio acaba marchándose, inexorablemente, y a Paula, tras salir de su escondite, detrás del biombo, solo le queda compartir su soledad con el llanto mientras lanza los tres sombreros de copa al aire...

jueves, 6 de septiembre de 2012

El coleccionista de seises

Coleccionaba seises como otros coleccionan sellos.
Nada tendría de extraño de no ser porque los coleccionaba por casualidad. Como no tenía álbum, los guardaba en una vieja agenda. Una de las muchas que un día le entregaron y que él seguía guardando celosamente, en cumplimiento de su palabra.

Tenía ya acumulados muchos tipos de seises diferentes, todos de formas y colores distintos. Algunos muy curiosos y raros. Otros, contradictorios. Es lo que tienen los seises, cada uno es como es.

La colección databa del siglo pasado y, como es lógico, mi memoria no es capaz de recordar con nitidez todo lo que contenía. Por cierto que esta característica de la memoria (la de tener el olvido como la principal de sus funciones) es una de los mayores aciertos de la madre naturaleza en favor de la supervivencia de la especie humana.
En cualquier caso, creo que había seises con forma de mes, otros con forma de día (ambos, por curioso que parezca, con aspecto de ventilador de techo), pero también los había de muchos otros tipos. Algunos tenían palabras escritas, otros estaban reservados... aunque, sin duda, el más siniestro de todos estaba grabado sobre una calavera de mármol, esculpida lentamente en la oscuridad del silencio por un cincel dorado que ocultaba, tras su brillante empuñadura, el cansancio de tantos trabajos anteriores realizados con certera profesionalidad. El puñal, digo el cincel, tenía, también, un seis grabado en su bruñida hoja.

El caso es que el coleccionista tenía seises a montones, pero el más sombrío era el que tenía guardado, entre restos de sangre y lágrimas, en la novena hoja de su agenda. Era tan oscuro que ocultaba con su terrible imagen otros seises anteriores, todos ellos aplastados bajo su peso en la misma hoja del calendario álbum.
Sobre él podía verse otro seis, con aspecto de tener su origen en un documento titulado Iustitita Interrupta, cuya edulcorada y luminosa imagen no era suficiente para borrar de aquella hoja maldita al más perverso y triste de todos los seises.

Los coleccionistas son así. Y los hay aún más extraordinarios. Coleccionistas de corazones guardados en frascos de perfume con envases a rayas (huelen mucho mejor que el formol), de sueños olvidados, de infusiones venenosas, de delfines voladores... y hasta de horas difuminadas por la niebla de lo que nunca existió.
Pese a todo, yo sigo opinando que coleccionar seises por casualidad es más original, si cabe. Lo sorprendente es que, un día como hoy... un día cualquiera y sin ninguna relevancia en la mayoría de las memorias, me vuelva a la mente el recuerdo de aquel viejo coleccionista accidental que quién sabe si sigue dando vueltas por el mundo, esperando encontrar, perdido en alguna tarde lejana, un nuevo seis, libre y auténtico, que encaje en su vacío espacio intercostal y complete su extraordinaria colección.

Todo es posible.

martes, 21 de agosto de 2012

El lado oscuro

Fue George Lucas quien nos habló, en su magnífico universo de Star Wars, de los dos lados de la Fuerza.
Ya sabemos que Lucas se inspiró en viejas creencias y religiones, pero fue capaz de crear una realidad imaginaria tan extraordinaria que nos pareció diferente y única, aunque, como todo en esta vida, ya tenía sus precedentes.
El Lado Oscuro de la Fuerza es el elemento alineado con el mal, el odio, el resentimiento y la venganza. Al menos, eso nos contó Lucas, a través de su cinematográfica saga.

Sin embargo, no hace falta ser un Sith para adentrarse en los lados oscuros de la vida vulgar del planeta Tierra.
Huérfanos de las espectaculares fantasías de George Lucas, los humanos tenemos que conformarnos con nuestra más humilde galaxia, con nuestro pequeño y muy limitado rinconcito cósmico.
Parecería lógico que quienes estamos condenados a una existencia temporal tan concreta, utilizásemos nuestra voluntad para hacer la vida más luminosa. Yo creo, sinceramente, que la mayoría lo intentamos. Cometemos muchos errores, desde luego, pero, si los reconocemos como lo que son, no es difícil enmendarlos. El mayor problema, casi siempre, es el empeño de otros para convertir nuestras equivocaciones en armas arrojadizas, utilizándolas como vengativos instrumentos de combate.

El lado oscuro de las relaciones personales es el silencio. La palabra es luz y contra ella luchan denodadamente quienes se esconden en la madriguera silenciosa de su orgullo para no reconocer su parte de deuda, aunque ésta ya les haya sido condonada.
Quienes así deciden vivir, anatemizan el diálogo porque, para ellos, es el mayor peligro al que pueden enfrentarse. El modelo con el que trabajan suele consistir en crear un falso paradigma al que estigmatizar en la ventajista impunidad de un entorno de colaboradores necesarios y, a continuación, introducirse en las profundidades de la caverna del silencio, para devorar en ella los restos de la presa cobrada.

Pero quienes viven, permanentemente, en el lado oscuro tienen, también, que expiar su eterna penitencia. Sus inviernos son tan largos que ocupan las cuatro estaciones del año. Se han vendido tantas veces que ya no quedan platos de lentejas disponibles para nuevas transacciones. Y no pueden salir de la cueva sin que la luz de la verdad les haga daño, reabriendo sus dolorosas heridas. El alma se debilita con tanta oscuridad, llegando a producir en ella una fotofobia crónica e incurable.

Darth Traya no pudo superar la rebelión de sus lacayos y tuvo que exiliarse para siempre. Da igual si fue en una remota galaxia o en una lúgubre y oscura sima. Y todo por abrazarse a la traición como paupérrimo y erróneo recurso vital, por no encender la luz y salir de las tinieblas para encontrarse con la palabra ofrecida.

Hoy llora sin lágrimas, escondida en su lado oscuro.

sábado, 18 de agosto de 2012

Veranos malditos

Hubo un tiempo en el que los veranos empezaban el veinte de mayo y terminaban el cuatro de octubre, pero ya hace mucho de eso.
Eran aquellos años en los que el Canal tomaba en junio el relevo del Ramiro y Agustín, Puskas, Oswald y Gentes en General ocupaban el espacio que durante tantos meses había sido patrimonio de Momia, El Loco y otros compañeros.
Claro está que Mala Estrella y Paquito tenían una presencia constante, que también hubiese sido de El Catalán Silencioso, de no ser porque éste solo vivió un año de coincidencia histórica de estas dos realidades.

El mundo, entonces, también era virtual. Como ahora. Sobre todo en verano. Facebook tenía otro formato, desde luego, pero, en esencia, era casi idéntico al que ahora hemos conocido. Excepciones, como Pumby, Ibáñez, Foca o su hermano Aíto, unían ambos universos. Pero eran las menos. Tal como hoy sucede con nuestras vidas.

Es curiosa la necesidad del ser humano de vivir varias veces, simultáneamente. Encapsulamos los amigos, las vivencias, los intereses y las actividades con una facilidad extraordinaria. Parece que cada uno tiene un papel que jugar en nuestro particular cosmos. Uno y nada más que uno. Un sexto sentido nos advierte de la importancia de no mezclar los mundos. Las mayores catástrofes personales han venido de este tipo de errores, en los que todos hemos acabado cayendo por culpa de una lógica irreflexiva o de una ética equivocada.

Pero muchos años más tarde, cuando la lejanía de la infancia nos iba haciendo olvidar los principios sagrados de la virtualidad múltiple, los veranos se redujeron. Alguien decidió que debían empezar el uno de julio y terminar el treinta y uno de agosto. Un error. Pero nada pudimos hacer por evitarlo. El destino, adoptando sus clásicas caracterizaciones de esfinge, sirena y cariátide, nos lo impuso con su rígido busto de mármol.

El pasado milenio no quiso morir sin castigarnos con su terrible maldición. Una maldición fraguada por Hefesto con el contubernio de su cómplice y antigua compañera que, transformada en Artemisa, lanzó sus flechas de bronce contra una pléyade de sentimientos desatados por el conjuro de las Moiras.
Veranos de tardes perversas, escritas sobre piedras blancas y blandas... bañadas por los acordes del humo de los barcos.

Fue la mayor de las Moiras la que nos envenenó con sus armas veteranas de tantas batallas y con su pócima, destilada en infinitos alambiques humanos.
Hoy se refugia en su oráculo marino, a salvo de delfines y tortugas. Una cortina de sal y de silencio esconde la mentira y escarnece la verdad.
Los veranos ya están malditos por siempre. Ni el Canal ni el Ramiro son lo que fueron. El Cuervo murió con cien años a sus espaldas y nada se sabe de don Pedro Galarraga...

Malditos veranos.

lunes, 23 de julio de 2012

Usureros de sentimientos

Cada vez me da más grima esta nueva ralea de predicadores de pacotilla que se dedican a hacer fortuna aprovechándose de las miserias espirituales de los demás.
Es verdad que siempre han existido y que su origen se pierde en los confines de la historia, pero en los últimos años están surgiendo por todas partes, actuando algunos, eso sí, con refinado esmero.

No me refiero, aunque también pertenecen a este género, a los miles de videntes, médiums, profesores y pitonisas, especialistas en las más diversas artes de la adivinación y en solucionar todo tipo de problemas y dificultades, porque, dentro de la generalmente patética apariencia de la mayoría de ellos, suelen estar en la misma órbita de necesidad que su clientela y, a fin de cuentas, hacen de su oficio una modesta forma de subsistencia como otra cualquiera.
Para mí los peores son esos otros endiosados personajes que, amparados en el  poder de la palabra escrita (sobre todo cuando ésta viene acompañada de buena presentación editorial y una poderosa campaña de marketing) o autoungidos de poderes espirituales y/o religiosos, dan clases magistrales de ética filosófica aplicada, ayudando a los atribulados mortales que a ellos acuden a que reorienten sus vidas y, con un puñado de sencillas consignas, consiguen que todas las desdichas de éstos se tornen alegrías y sus problemas se transformen en brillantes oportunidades.
Da igual que utilicen como material de apoyo, la Cábala, el Evangelio o el Mahábharata, porque lo común en estos gurús de vía estrecha es forrarse a base de necesidad ajena. O sea, como los bancos, pero sin asumir riesgos hipotecarios. Si en este grupo incluimos, además, a los que yo denomino "psicólogos de masas", la lista de usureros de sentimientos sería interminable.

¿Es que la humanidad está ahora más necesitada que nunca de consuelo espiritual? No lo creo, la verdad. Basta dar un vistazo a la historia para comprobar que desde los tiempos más remotos, el hombre ha precisado de algún tipo de soporte anímico para afrontar las calamidades de la vida. Grandes pensadores, sabios, profetas... y, también, charlatanes y visionarios han ido sucediéndose, a través del tiempo. Unos ayudando y otros sacando ventaja de la siempre maltrecha y debilitada condición humana.
Pero hoy cuentan como herramientas con unos poderosos medios de comunicación, algunos de ellos sorprendentemente baratos, que permiten a estos huecos tenores espirituales lanzar sus máximas de plexiglás sobre los buscadores de paz como el monzón lanza la lluvia sobre los campos de arroz.

Porque la paz del espíritu es uno de los bienes más buscados por casi todos. Precisamente por ello nunca dejo de sorprenderme cuando me encuentro con quien, amurallándose en la ciudadela de un orgullo numantino y voraz (casi siempre oculta tras un espeso y protector bosque de silencio), se niega a aceptar la se ofrece con buena voluntad y sin pedir compensación alguna a cambio. Aún cuando esta compensación hubiera podido haber sido exigida de forma automática y sin esfuerzo.

Pisamos, pues, un terreno abonado para estos usureros, pero también es cierto que no falta quien elige el triste camino del destierro del alma por seguir insistiendo en llevar al altar del sacrificio no ya a la verdad (siempre tan difícil de asumir), sino a la mano tendida que nos brinda la paz.
Los antiguos mayas arrancaban el corazón a sus víctimas para ofrecérselo a sus dioses.
Una costumbre mucho más generalizada en nuestros días de lo que pudiera parecer a primera vista. Sobre todo entre quienes siguen venerando a Astarté, la diosa de la soberbia.

lunes, 16 de julio de 2012

La levedad del tiempo

A estas alturas del pensamiento filosófico, es muy difícil rebatir la realidad de la no existencia del tiempo.
Los físicos del futuro, coincidirán con los amantes de la sabiduría en que tampoco el espacio existe. Protágoras ya lo enunció, pero de forma distinta, pues con su relativismo humanista evitó categorizar sobre lo que Parménides había definido antes con claridad meridiana: Es necesario decir y pensar que el ser es y que el no ser no es.
Esta, en apariencia, sencilla frase resume una gran verdad universal, con la que no todos convivimos conscientemente. El espacio no existe porque "no es". Lo que "sí es" es aquello contenido en él.

Todo este preámbulo presocrático viene a cuento aquí porque hay personas que viven tan flagrantemente enfrentadas a este principio filosófico, que se empeñan en mantener, contra toda lógica intelectual, que lo que es no es y lo que no es sí es.
Hasta tal punto luchan contra la realidad y la razón que, galopando sobre los desbocados corceles de su orgullo, insisten en lanzar preguntas, a modo de venablos afilados, contra quienes sufrieron el azote previo de su soberbia iscariótica.

De la levedad del ser ya habló Kundera, elevándola a la categoría de insoportable. Pero no es menos insufrible la levedad del tiempo. De ese tiempo inexistente que nos acaricia con su guante de seda y nos empuja con su mano de hierro.
No somos pocos los que ya hemos vivido una vida y, sin embargo, sentimos que aún tenemos casi todo por vivir.
Es cierto que no es habitual arrepentirse de lo pasado, aunque casi todos introduciríamos en nuestra historia algunas modificaciones. Y contradictorias, a ser posible.

Lo que no es lícito es enrocarse en una gran mentira constatada para defenderse de esa melodía insistente que sube por las arterias cada vez que entra por la ventana del alma una bocanada de aire fresco.
Pero es que, además de insano y falaz, es un arriesgado desafío a esta levedad temporal en la que vivimos inmersos.
Pienso que quien así actúa corre el peligro de llegar al final de su siempre efímera existencia agarrado al ardiente clavo de su impotencia y su tristeza. Por eso es mucho más sabio (aparte de más honrado, claro está) aceptar la mano que nos tiende quien consiguió escapar de la morada de Hades pese a los repetidos intentos de sepultarle eternamente en el Tártaro, sometiéndole al castigo del silencio eterno.

La suave brisa del tiempo no cesa de lanzarnos sus perversas caricias, que embriagan la conciencia con espiral cadencia de bolero interminable. Cada vez nos quedan menos fuerzas para rebelarnos contra el mar de desdichas que tanto angustiaba a Hamlet... y, ¿por qué no reconocerlo?, a todos y cada uno de nosotros.

Ya no sabemos lo que seremos capaces de afrontar. El miedo atenaza la virtud y nos entrega, para ser devorados, a los hambrientos deseos de un Cronos eterno y despiadado. Menos mal que será difícil que nos encuentre aquí, perdidos en un espacio que no existe...

domingo, 8 de julio de 2012

Juno

No todas las diosas son iguales.
Hay diosas malas, diosas ambiciosas, diosas vengativas, diosas soberbias, diosas envidiosas... y creo que también hay alguna diosa buena.
Juno, la diosa de junio, tiene un poco de casi todo lo anterior. Por algo dice la mitología romana que es la reina de los dioses.
El esforzado Eneas tuvo que sufrir sus iras por culpa del odio de la diosa a los troyanos, cuyo origen, por mucho que los eruditos se empeñen en cuestionarlo, no fue otro que sus celos de Venus, la de los ojos azules.

La verdad es que es tremendo pensar que el orgullo herido y los celos sean capaces de producir estos terribles efectos hasta en la voluntad de las diosas, pero parece que éstas, por muy divinas que se sientan, no son capaces de poner los medios para evitarlo.

No le bastó a Juno ser uno de los tres excelsos miembros de la Tríada Capitolina. Quería más. Siempre quiso más. Sus epítetos fueron innumerables, como lo serían otros adjetivos, menos poéticos, a ella dedicados por algunos faunos que nunca asumieron su condición de seres mitológicos de segunda.

La gran incógnita que hemos heredado desde tiempos de la antigua Grecia, cuando se llamaba Hera, es la del nacimiento de Juno. Lo que sí sabemos es que su mes, junio, se convertiría con el tiempo en el del origen de muchas de las miserias humanas que, ocultas por un manto de abundancia y de divina virtud, tarde o temprano, afloraban al conjuro de una Juno guerrera y vengativa, incapaz de sentir piedad por nada ni por nadie.

Eneas sobrevivió a los ataques de Juno. No pudo refundar Troya, pero sus descendientes crearon el mayor imperio del mundo antiguo. Los celos y el odio de Juno no lograron impedirlo, pese a lanzar poderosas tormentas e incendiar los barcos de aquel troyano que huía de un mundo destruido por el odio de los hombres y los dioses.

Y es que el odio no es suficiente para acabar con lo que se ha levantado con lealtad. Todas las troyas/fénix del mundo resurgirán de los océanos de soberbia  vomitados por esas diosas de mármol imaginario que, nacidas de cronos eternos en junios celestiales, anteponen la ira al honor y la soberbia a la nobleza. Troya cayó, sí, pero nunca triunfó Juno. Pese a todo, Homero y Virgilio estuvieron atentos para contárnoslo, para que el hombre no olvide que ni los Campos Elíseos son eternos para quien esculpió su imagen con un cincel de orgullo y sigue llevando a Marte y a Vulcano en sus entrañas.

En estos días Juno se celebra a sí misma. Girando eternamente en su órbita de asteroide, luminosa pero triste, incapaz de incrementar su fuerza centrífuga para acercarse a ese Júpiter del que se desprendió un lejano día para seguir vagando, perdida, en mitad de nuestro pequeño universo.
Los astrónomos se siguen preguntando cómo es posible que un cuerpo celeste tan pequeño brille tanto por las noches. Misterios de la ciencia.
O de la mitología.

jueves, 7 de junio de 2012

Eufemismos invertidos

Todos utilizamos eufemismos para suavizar expresiones cuya manifestación resultaría dura o grosera.
Podría parecer que esta práctica de cambiar palabras fuertes por otras más ligeras, es la más habitual en los diálogos de una sociedad civilizada que trata de mantener las formas y que casi siempre es partidaria de todo aquello que es políticamente correcto, como hoy se suele decir.
Sin embargo, otras veces, nos desplazamos hacia una figura contraria, que podríamos denominar como antieufemismo o eufemismo invertido.
Esto (que ocurre más de lo que pudiéramos pensar) sucede mucho en el terreno de las emociones o, mejor dicho, cuando las emociones se mezclan con una intención de disimularlas, trasladando a los demás la responsabilidad de nuestros problemas.

Asumir propias responsabilidades es un ejercicio duro, que se entrena poco en los gimnasios mentales modernos. Bien es cierto que, en una determinada medida, ayuda a liberar complejos de culpabilidad y, además, nos permite expresar, con relativa delicadeza, juicios peyorativos hacia otros para que nuestro interlocutor (incluido el propio yo, cuando hablamos con nosotros mismos) entienda, por ejemplo, que nos duele lo que nos han hecho los demás (sin que seamos, en absoluto, merecedores de ello, por supuesto).
El término heridas, es un caso frecuente y representativo de esta figura retórica, poco estudiada por los académicos. En multitud de ocasiones, heridas significa sentimientos. Lo que pasa es que una y otra palabra tienen sentidos opuestos dentro del siempre complejo universo emocional de las personas.
Si decimos que alguien reabre nuestras heridas (valgan estas tres palabras como ilustración simbólica aleatoria de la tesis que estamos exponiendo) casi siempre queremos decir que ese alguien ha despertado nuestros sentimientos.
Es evidente que la primera expresión es portadora de unas connotaciones negativas y acusadoras de las que la segunda carece. Si, además, se la decimos, directamente, a la persona que ha removido esos sentimientos que intentamos aletargar con las diarias dosis de opio diluido en fantasías que necesita nuestra conciencia, habremos conseguido un doble efecto: uno interno de relax y desahogo, y otro externo de reproche y acusación.

Alguien diría que el eufemismo invertido podría valer como terapia, pero no hay duda de que es un método paliativo menor e imperfecto que, a la larga, acaba volviéndose contra quien lo emplea y le impide salir de su verdadero problema. Más eficaz (si bien más duro y difícil de aplicar sin anestesia pericardial) es afrontar la verdad, asumiendo los propios errores, liberándonos, así, de mantener ad eternum la justificación de nuestra conducta ante el mundo y ante nosotros mismos.

Nada hay de malo en reconocer y aceptar nuestros sentimientos hacia otra persona, en especial cuando esa otra persona nos demuestra y manifiesta su no beligerancia. Pero, claro, si sietes y seises se revuelven, alborotados, en nuestra cabeza, confundiendo emociones y atropellando propósitos, es complicado mantener la lucidez imprescindible para reconocer a Venus en ese pequeño punto negro que se desliza por el inmenso círculo naranja del Sol.

Tiempo perdido por el camino de una vida que sabemos hacer más complicada de lo que es, encadenando a un nuevo Prometeo que morirá antes de confesar la profecía revelada y que, lo queramos o no, ha traído ya el fuego que robó a los dioses a nuestras almas.

viernes, 20 de abril de 2012

Sin rostro

Los perfiles de las redes sociales son una fuente de inspiración extraordinaria para los estudiosos de la personalidad humana, de sus complejos y hasta de su propia naturaleza interior.
Hay redes, como Facebook, en las que, con el debido respeto a la libertad individual de cada uno, lo evidente (su propio nombre nos lo sugiere) es que nos identifiquemos, sobre todo, por nuestro rostro. Sin embargo, todavía hay quien se resiste a ello.
Bien es cierto, que el grupo de los anónimos faciales es cada vez más reducido y se va quedando limitado a quienes, alérgicos al mundo digital, están presentes en la red pero no son verdaderos usuarios.
Pero ¿por qué sigue habiendo quien evita mostrar su rostro en la red y, por el contrario, no tiene reparo alguno en estar presente en ella con su nombre y apellido?
Pasada la moda de los personajes de dibujos animados y dejando aparte la creciente tendencia comercial en Facebook y Twitter (donde, por cierto, también abundan los huevos de diversos colores en los espacios reservados a las fotografías de los usuarios), así como algunas imágenes más propias de Wikifriki que de grupos más convencionales, un observador podría inferir que quienes no ponen sus fotos es porque se consideran feos y prefieren que aquellos que no les conocen personalmente piensen que son más guapos de lo que son. Pero yo creo que, sin descartar que haya casos provocados por esta causa, hay también otra razón subyacente en esta práctica tan poco acorde con la lógica teórica original de las redes sociales.

Mi teoría parte de la base de que casi todos damos excesiva importancia a nuestro aspecto físico. Tanto los que se consideran poco agraciados como los que opinan de sí mismos todo lo contrario.
Reconozcamos, en primer lugar, que lo de ser más o menos guapo es una tontería (aparte de algo efímero y relativo a los tiempos, modas y circunstancias). Si alguien quiere hacerse "amigo" nuestro en un sitio como Facebook porque esta razón, más vale no tenerle como contacto, porque resultará vacío, fatuo y carente de interés real. Pero no es esto lo grave, sino la situación inversa.
Me refiero a aquellas personas que se consideran tan divinas que creen que es una medida de prudencia no compartir su divinidad con el populacho. Éstas son quienes, verdaderamente, adolecen de una perturbación del comportamiento mucho mayor porque, en realidad, la mayoría de quienes "protegen" su supuesta belleza de los ojos de los demás, suelen padecer el famoso complejo tan bien contado por Oscar Wilde en su célebre relato "The sphinx whithout a secret", en el que una misteriosa dama escondía, con enfermizo celo, su gran secreto, que no era otro que el de carecer de secreto alguno.

Claro que no es ésta una actitud exclusiva de las redes sociales, sino que es tan antigua como el mundo. Lo que pasa es que en algunas de estas plataformas (como Facebook) se hacen más patentes por la contradicción que conlleva su manera de relacionarse con el medio. Quieren ser vistas, pero dando la impresión de lo contrario, como si hubiese una legión de cibernautas atraídos por alcanzar el conocimiento de su persona, hasta el punto de tener que proteger una imaginaria y secreta intimidad que, por desgracia para ellas, a nadie interesa. Algo que, trasladado a otros círculos de amistades menos digitalizados, se solía denominar con un nombre muy feo.
Son las víctimas de su propia ambición de atraer una atención que ya no merecen y no aceptan reconocer ante el mundo lo que algunas son: personas que dejaron pasar el expreso de sus deseos para subirse en marcha al mercancías de la vulgaridad.

Perfiles sin rostro humano, ocultos de sí mismos y avergonzados de su fingido orgullo, incapaces de dar un paso adelante con humildad, para quienes nunca acabará el diluvio aunque besen una engañosa rama de olivo mientras vuelan sobre sus propios sentimientos.

viernes, 13 de abril de 2012

Trigéminos perversos

Cuando en 1929 el doctor Asuero convirtió al trigémino en el suceso médico del año, muchos descubrieron la existencia de este nervio de nombre tan sugerente.
Hoy, tanto tiempo después y con la asueroterapia postergada al más absoluto de los olvidos colectivos, todos conocemos bien su existencia y funciones. Nadie discute su importancia como principal nervio sensitivo de la cabeza, aunque el revolucionario tratamiento ideado por Asuero haya vuelto a ser sustituido, desde hace más de ocho décadas, por fisioterapeutas, quiroprácticos y traumatólogos especializados, una vez fulminado el peligroso éxito de su creador.
Con independencia del juicio clínico que pueda merecer la doctrina del doctor Asuero, fue indiscutible su éxito popular y mediático, como también lo fue el revuelo que se produjo entre la clase médica establecida. Muchos balnearios vieron en riesgo su negocio y hasta las peregrinaciones a Lourdes sufrieron un serio retroceso, cediendo parte de su milagrosa esperanza ante la creyente multitud que acudía en masa a visitar a Asuero en su consulta donostiarra.

Pero no todos los trigéminos son del mismo tipo.
Existen, incluso, trigéminos espirituales robotizados, muy apropiados para situaciones delicadas en la vida sentimental de algunas personas. Hay quien, llegado el momento, desvía sus impulsos emocionales por el conducto adecuado, manteniendo el control necesario de cada órgano o músculo, según lo requieran las circunstancias.
Conocí a una persona experta en estas técnicas trigéminomentales. Las ramas oftálmica y maxilar de su trigémino mecanizado evitaban el más mínimo parpadeo mientras la mandibular transmitía órdenes a su lengua para perforar la verdad con siniestra eficacia. Sus mejillas, bien dirigidas por el nervio maxilar, mantenían su color natural, sin enrojecerse lo más mínimo ante la metódica falacia de su verbo. Y las tres ramificaciones de su trigémino eran capaces de simultanear la transmisión de una orden común que resultaba en el imprescindible rictus hierático de un rostro que ayudaba a dotar de serena solemnidad a la falsedad de sus palabras.

Son los que yo llamo trigéminos perversos. Trigéminos cuya punción no cura enfermedades ni devuelve la movilidad a quienes la tienen perdida o disminuida, sino que sirven para modular los sentimientos en función de las conveniencias, liberándolos hoy y secuestrándolos mañana, que no siempre sopla el viento de la misma latitud ni con la misma intensidad.
Hoy, con el paso de los años, creo que Asuero (dominado, tal vez, por el ímpetu de su efímero éxito) no reparó en que estaba dando pistas a personas depredadoras de espíritu, que triunfaron como domadoras de trigéminos, destruyendo sentimientos y escarneciendo la lealtad.

Es posible, sin embargo, que sigan existiendo soñadores a la espera del descubrimiento de un nuevo tipo de asueroterapia, capaz de punzar con eficacia el trigémino perverso de quienes renunciaron a la vida para aferrarse a la materia.
Aunque también es probable que solo sean fantasías perdidas en la memoria. Eso que algunos llaman sueños olvidados.
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miércoles, 21 de marzo de 2012

Uno de tantos

Bagshot Egham fue uno de tantos.
Creyó (¡pobre iluso!), como casi todos, que él era especial. Durante muchos años pensó que lo que a él se le ofrecía y, en apariencia, se le entregaba sin malicia era auténtico. No como a los demás, a quienes les llegó de estraperlo o, si acaso, por juego, divertimento o simple azar del inconstante destino.
Incluso pensó que cuando visitó, en un lluvioso marzo de 1894, aquel pequeño pueblo de Inglaterra fue porque él y no otro había sido el elegido. Nunca hubiese podido imaginar que era, tan solo, uno más... uno de tantos.
Surrey era un condado amable, verde y tranquilo. La persistente lluvia no era más que un pequeño inconveniente que apenas podía empañar el indiscutible hecho de ser el único protagonista de un papel al que tantos aspirantes habían opositado con efímero éxito.
Así, desconocedor de su gran error, Bagshot avanzó por la campiña inglesa con la misma falta de cobertura con la que Cortés lo hiciera, en su día, por las hostiles tierras mexicas: sin barcos esperándole en el puerto para hacer posible una retirada. Pero la Malinche de Egham estaba mucho mejor programada mentalmente que doña Marina.

¡Cuántos, como Bagshot Egham, viven creyéndose diferentes y no son más que hojas desprendidas del árbol del interés, a las que, tarde o temprano, se llevará el viento!
Es difícil que quien ha hecho de su trayectoria un modelo de egoísmo indiferente cambie y entregue de verdad un órgano que solo presta con usura y sin derecho a usufructo. A veces, una ramita de olivo en la boca llega a producir confusión. No sé por qué la interpretamos como símbolo de paz cuando, en su origen, solo sirvió para indicarnos el fin del diluvio.
La paz precisa de algo más. Hay que dar algún paso, aunque sea pequeño. Bagshot siempre quiso la paz. Hasta en los momentos más difíciles. Y no dejó de dar pruebas de ello. Sin embargo, es bien sabido que la paz no se puede firmar unilateralmente.
Hoy la lluvia lejana de Surrey vuelve más helada que a finales del luminoso siglo XIX. Otra paradoja de un cambio climático invertido en algunos corazones, siempre fríos por dentro y con pericardio templado por las circunstancias.

Los hombres pasamos por la vida con la vana esperanza de ser mejores que los demás a los ojos ajenos. Sobre todo a aquellos ojos que se llevan prendidos en la solapa. Pero las violeteras profesionales tienen alfileres de sobra. Ya lo dice la canción: son aves precursoras de primavera. De una primavera congelada en el tiempo, que coloca ramitos de olivo en el pecho de tantos viandantes como pasan a su lado. Aunque algunos paseantes, como el pobre Bagshot Egham, los tengan clavados con alfileres tan largos que atraviesan el corazón.

Uno de tantos, Bagshot... uno de tantos.

viernes, 9 de marzo de 2012

Soneto y atlantes

El soneto que reproduzco más abajo tiene ya los suficientes años como para no ser considerado actual, aunque en un día como hoy vuelva a serlo. La fotografía que siempre lo acompaña tampoco es nueva. Sin embargo, no se puede negar que ver en estos tiempos a cuatro atlantes griegos cargando sobre sus espaldas el terrible peso de un palacio alemán, tiene mucho de alegórico.
Y es que el pueblo heleno, ejemplo de capacidad de sufrimiento a través de los siglos, representa ahora, tal vez más que nunca, el esfuerzo que las viejas civilizaciones mediterráneas vuelven a hacer para soportar la presión de los bárbaros del norte.

Nada de esto es una novedad, no nos engañemos. Los ricos solo suelen prestar dinero a los pobres por usura o por poder. Luego, claro está, al que no pueda pagar se le echa de su casa o de la Europa del euro, según el caso. ¡Ah! y, además, se le reprende con severidad por la ligereza de su desenfadada vida.

No son estas líneas un alegato contra la hegemonía de la productividad germánica. Ni siquiera lo son contra la tiranía financiera de los que gastan menos de lo que ganan porque apenas tienen tiempo o donaire para emplearlo en actividades más lúdicas que provechosas, sino que, más bien, son un suave y moderado lamento por un estilo de vida que se resiste a morir, pese a las inclemencias de la atmósfera económica que nos rodea y amenaza.

Releyendo el poema, me parece ver en él un nada sorprendente paralelismo entre el comportamiento de los estados y el de las personas. Hay ríos, como el del soneto, que son reflejo de espejismos estructurados en almas frías y grises. Pero también existen quienes se bañan en aguas plomizas con pleno conocimiento de causa, lo que no les aleja de una profunda ignorancia acerca de lo que les espera. Hasta resulta curioso que marzo esté escrito con minúscula y Abril con mayúscula. No creo que sea por la promesa que esa palabra encierra de una primavera que nunca llegaría... o que aún está por llegar.

Sea como sea, un soneto no es más que eso: catorce versos que resbalan por la mayoría de las almas sin dejar huella. Sería pretencioso pensar otra cosa.
Es una lástima, ya lo sé, pero unas cuantas palabras destiladas por los sueños pueden ser una pesada carga para unos y tan solo el leve recuerdo de una voluntad prestada con intereses para otros...

viernes, 10 de febrero de 2012

En busca de la excelencia perdida

Hace unos años, cuando el mundo occidental no luchaba por la supervivencia de su modelo, no nos conformábamos con el éxito, sino que era imprescindible luchar por alcanzar la excelencia en todos los flancos de la vida.
En lo profesional, todos aspirábamos a obtener esa superior calidad que nos prometía ser dignos de un singular aprecio en el mundo de los negocios. Las empresas se marcaban ése objetivo como necesario para dar el paso cualitativo preciso para seguir compitiendo en la cúspide. Las agencias de publicidad, todavía felices, no aceptaban estar en el escalón inferior al de la gloria terrenal...
Algunos, claro está, también conocían el significado de la palabra excelente en el ámbito de la vida privada.

Cuentan las crónicas de la otra transición (ésa que nos está llevando del éxtasis al tormento), que muchos eran los que escribían en sus agendas esa triunfal palabra sin conocer su verdadero significado. Y, sobre todo, sin reparar en que la excelencia es un concepto que lleva consigo un nivel de exigencia que va más allá de lo efímero. Quien, por ejemplo, allá por el lejano 1994 se atrevió a constatarlo de su puño y letra como efemérides, debería haber pensado en su vocación de futuro.

Hoy quisieran borrar de donde no es posible hacerlo algo que si no somos capaces de mantener es porque la apreciación pasada fue incorrecta. Y es que veintiocho años de afiliación a la Seguridad Social se nos vuelven escasos en un día como éste, en el que se preferiría contar cuarenta... o, aún mejor, ninguno.
Un teórico de las redes sociales se preguntaba ayer mismo, en el foro de la eterna duda existencial: "¿De qué sirve tener casi cien amigos en común si nosotros no lo somos?". Pero hay algo aún más cruel. Algo que solo sabe quien grabó en su mente la misma palabra doce años después, con una exactitud tan imprecisa como aparentemente exacta, mientras ya se estaba gestando el gran plan de desmantelamiento de la excelencia imaginaria.

El caso es que hoy, cuando tantos se conforman con una vida desnutrida de ilusiones, sigue existiendo alguien que busca la excelencia. Es alguien que sabe que es posible alcanzarla, que no depende de que las condiciones del entorno sean favorables o no, sino de la voluntad que anida en nuestro interior.
No pudo lograr, dos veces en la misma fecha (con doce años de intervalo), una categoría de excelente algo que hoy no tenga la posibilidad de recuperarla. O no lo fue entonces o puede serlo ahora.

Las empresas, las agencias... las personas que en aquel tiempo lo escribieron en sus cuadernos de bitácora tienen ahora el compromiso de intentar repetirlo. Aquella singladura no pudo durar, tan solo, las habituales veinticuatro horas. Porque en el universo de las voluntades y en los siete mares de la vida, las singladuras nunca terminan realmente.
Hay que recuperar la determinación de perseguir la excelencia. Si entonces, con los vientos favorables de la edad de las promesas, fueron objetivo, hoy, cuando la sorda y pertinaz galerna de la tristeza nos aleja del puerto, deben volver a nuestro rumbo por muy frío que sea febrero en estas latitudes que nos ha tocado vivir.

Hoy es el día en el que hay que volver a buscar la excelencia perdida. ¿A qué esperamos?

martes, 31 de enero de 2012

Pasión gitana

Ya sé que, con este título, sería más apropiado hablar de Carmen que de La Bohème, pero la que cumplía cien años era la ópera de Puccini. El Teatro Real no llegó a tiempo del centenario y hubo que colocarlo entre escenarios de zarzuelas y cines remodelados, con la extraordinaria aportación de un Joaquín Cortés que estaba en su mejor momento.

El gran Giacomo no quiso poner música al que debería haber sido el tercer acto de la ópera, en el que los bohemios improvisaban una fiesta al aire libre con los enseres de Musetta, desahuciada por su celoso protector. Tal vez le pareció que alargaría demasiado la representación. Sin embargo, a muchos nos falta ese acto, escrito en el libreto original de Illica y Giacosa, que explica algunos detalles que, sin él, quedan poco claros en la ópera.
El salto producido en las relaciones de Rodolfo y Mimí entre el Café Momus y la aduana de Enfer resulta demasiado brusco sin haber conocido lo que sucedió en aquella ignota fiesta, cuyo argumento nos daba significativas pistas acerca de la personalidad de sus protagonistas.

Es algo que pasa a menudo. Entre las primaveras prometidas y los inviernos crudos faltan razones de peso, escondidas y, algunas veces, olvidadas. En el caso de Mimí fue un vizconde conocido de Musetta, que no aparece más que en el acto fantasma de la obra.
Joaquín Cortés quiso rescatarlo un día más tarde, pero fue en vano. El invierno llegó, finalmente, y la nieve acabaría cubriéndolo todo.
Siempre me ha impresionado ese momento en el que los dos amantes deciden seguir juntos durante la estación del frío y separarse en primavera...

Nada se pudo hacer. Un ramito de olivo a tiempo podría haber sido una buena idea, pero nunca se sabe cuando es demasiado tarde. La enfermedad y la tristeza avanzan y no son enemigos pequeños. Como la soledad, que nos ofrece demasiadas oportunidades para volver sobre los errores cometidos.
Casi todos los analistas de bolsa nos saben contar con detalle las causas de las subidas y bajadas del mercado, pero pocos se han hecho ricos demostrando sus conocimientos a priori. Algo parecido pasa cuando analizamos nuestro pasado. A quien no es feliz con su presente le cuesta reconocer que ayer puso los cimientos de su infelicidad. Normalmente hacemos responsables de nuestros males a los demás. Es lo más económico, claro. Pero no conviene esperar a que Mimí esté en su lecho de muerte para asumir las propias responsabilidades.

Asomaba a sus ojos una lágrima y a mi labio una frase de perdón...
En aquel tiempo habló el orgullo. Hoy hablan la prudencia y el cansancio. Ya sabemos que la soberbia es mala y aunque yo, como Gracián, elogio con frecuencia el arte de la prudencia, es posible que, en ocasiones, ésta sirva de refugio a la pereza.
Puede que el miedo sea libre, pero su libertad nos esclaviza. Aquella sangre española que tan bien combinaba con la pasión gitana (ya sea de Cortés o de Tena) se ha enfriado. Pero aquella otra que fue paradigma de frialdad podría llegar a templarse con el vuelo de unas hojas de olivo pintadas con trazo ligero por el artista malagueño.

Cuando la esperanza nos remueve el estómago es fácil que las venas galopen sobre su camino rojo y eterno.
La vida es una fiesta como la del acto nunca musicado por el maestro Puccini. Una fiesta dramática en la que se celebra el final de lo imposible. Una fiesta en la que, al amanecer, los tratantes de muebles se van llevando los enseres de Musetta (o los de todos nosotros) para subastarlos esa misma mañana...

Mientras tanto, Joaquín Cortés seguía insistiendo en su Pasión Gitana, por si alguien, por muy helada que tuviese la mano, todavía estuviese dispuesto a volver de la vieja buhardilla para seguir buscando la llave perdida. Creo que a Rodolfo todavía le quedan muchos manuscritos para echar a la estufa en una noche de luna.
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martes, 24 de enero de 2012

Autómatas inadaptados

Parece que la NASA tiene indicios de que existe, en algún lugar del Universo, un sistema solar cuyo tercer planeta presentó en algún tiempo (está a muchos años luz de la Tierra) unas condiciones de habitabilidad no muy diferentes de las nuestras.
Pero si ya el hecho en sí de su existencia se ha mantenido en riguroso secreto, todavía ha sido materia más reservada el conocimiento que se tiene de la evolución de la vida que allí se ha detectado.
Plantas y animales se han desarrollado con unos criterios de normalidad similares a los que nosotros conocemos, pero la evolución de los llamados seres inteligentes en aquel lejano planeta presenta diferencias tan notables y peculiares con respecto a la experiencia terrícola, que la NASA ha considerado imprescindible mantener toda esta información clasificada con el grado más alto de protección.

Se ha podido saber, gracias a un ataque cibernético a los archivos de la NASA que se ha filtrado en la red, que, en el que la Agencia Espacial Americana conoce como "Planeta 3", la raza de seres inteligentes que lo dominó durante milenios se extinguió, quedando aquel mundo a merced de los sofisticados autómatas que habían creado ellos mismos.

Según parece, estos robots son tan perfectos que, pese a estar dotados de una poderosa inteligencia artificial, ellos mismos desconocen que no son realmente "humanos" naturales. La gran virtud de estos autómatas, la que les hace superiores incluso a quienes los crearon, es la total ausencia de sentimientos. Parece lógico, claro, que un robot carezca de sentimientos, pero es que no estamos hablando de mecanismos vulgares, sino de seres creados a imagen y semejanza de los dominadores inteligentes del "Planeta 3". Autómatas tan perfectos que poseen los secretos del conocimiento, la reflexión y la inteligencia racional. Son capaces, también, de reproducirse y de desarrollarse... pero desconocen emociones y sentimientos.
Emociones y sentimientos que (siempre según la NASA) fueron la causa del total desastre de la civilización original del "Planeta 3", que desapareció, dejando paso a la nueva era de los autómatas inteligentes.

Pero la gran sorpresa, puesta ahora en evidencia por los irreductibles hackers de sombrero negro que descubrieron los escondidos secretos de la NASA, fue la aparición paulatina de un grupúsculo mutante de autómatas inadaptados (también podríamos denominarlos incompetentes) cuyos circuitos electrónicos inteligentes generaron una disfunción electrogenética que provocó la lenta aparición de síntomas emocionales incontrolados, no previstos en la evolucionada naturaleza de los robots del "Planeta 3".
Así, poco a poco, esta subespecie de autómatas emocionales fue creciendo, con el consiguiente riesgo para la seguridad del poder absoluto dominante.

Como no podía ser de otra forma, cada vez que un robot demostraba una inclinación (por leve que ésta fuera) hacia la emotividad o era sospechoso de albergar sentimientos en sus sofisticados complejos funcionales, era catalogado como inadaptado y puesto bajo la tutela del Gran Tribunal Robótico, máximo organismo de control planetario, poco proclive a consentir veleidades tan peligrosas como éstas. Un severo cuerpo de vigilancia, conocido como la PTA o la PMT (este detalle no ha trascendido con claridad) era el encargado de abortar con determinación y sin titubeos, cualquier brote emocional en los autómatas...

Por desgracia, las autoridades americanas paralizaron la actuación de los hackers antes de que éstos fueran capaces de descubrir y hacer públicos más datos sobre el "Planeta 3", ese mundo tan lejano y diferente al nuestro.
Afortunadamente, nada de eso podría ocurrir en un lugar como el que habitamos, donde los grandes principios universales éticos del hombre están muy por encima de cualquier utilitarismo absoluto, por muy inteligente que sea.
Aquí, en la Tierra, los sentimientos, las emociones, la generosidad, el amor, la solidaridad... están tan arraigados en nuestra escala de valores que las insensibles actitudes de los autómatas del "Planeta 3" no tienen cabida posible. Su terrible influencia nunca llegará hasta nosotros.
Muchos años luz de distancia nos protegen, aunque...
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lunes, 16 de enero de 2012

El abrigo roto

Hacía frío. El abrigo estaba allí, inmóvil ante su mirada, retándola desde el escaparate. ¿Por qué no decidirse?
Comprar algo que nos desafía, protegido por la vitrina de una tienda cara, siempre tiene algo de alunizaje. El cristal es una barrera que sirve tanto para incentivar nuestro deseo como para frenarlo.
Ella pasó de largo, mirando de soslayo aquella tentación a su creciente vanidad. Presumía de no ser caprichosa, pero la verdad era que sus caprichos eran de otra índole mucho más dañina. Sin embargo, aquel abrigo tenía algo de provocativo en su elegante sencillez clásica. No había que descartar que, años más tarde, podría servir para un par de cosas relacionadas entre sí, aunque, aparentemente, inconexas.

Pronto sería solo una pieza más de un fondo de armario que exigía ya prendas más vanguardistas, muy a su pesar, eso sí. Aquellos dos chicos de los suburbios de Nápoles a los que aludía la alegoría de la incómoda canción de Peter Sarstedt, ésa que no dejaba de resonar en una cabeza tan desobediente para los sentimientos como organizada para los intereses económico-emocionales, se empeñaban en recordar que la lana no calienta los corazones, por muy de alpaca que sea.

Claro que no es ninguna novedad que enero sea un mes frío. Más en Madrid, por ejemplo, que a orillas del Nilo, desde luego. Enero es un mes en el que se pueden hacer muchas cosas, buenas y malas. Yo prefiero recordar las buenas, porque las malas ya se encargan de tenerlas presentes quienes acumulan odio para utilizarlo como combustible en los días más gélidos del invierno. Y es que es una pena que Madrid sea tan frío en enero. Sobre todo cuando hay que hacer la vida en la calle. No hay escaparate, por muy luminoso que sea, que pueda calentar algunas almas.

Olvidado el molesto Sarstedt, todo se vuelve más amable, más templado... más anodino, desde la bien ganada seguridad, que tanto costó obtener sobre una larga nómina de cadáveres testarudos. "Despedida", ponía en aquel lejanísimo diario, pero es difícil saber quién y de qué se despedía. ¡Había tantas cosas de las que despedirse! probablemente era el último adiós (o penúltimo) para alguno de esos desgraciados que se empeñan en no aceptar que el progreso se construye sobre el olvido. Uno de esos tontos que creen que es mejor ser felices con futuro incierto que fracasados con pasado feliz.
Y es que cuesta mucho salir adelante en este mundo tan competitivo. Un mundo en el que la norma principal es decir digo donde dijeron diego. No es culpa del que lo hace, sino del que no lo comprende, a ver si nos enteramos de una vez. ¿Es que no nos damos cuenta de que las circunstancias cambian? Pues eso, que ya lo dijo Ortega: ella es ella y su circunstancia. Bueno, si no dijo exactamente esto seguro que fue algo parecido, que uno no puede acordarse de todo...

Esta mañana quiso ponerse, de nuevo, el abrigo. Pero tenía un enorme agujero a la altura del corazón. Las polillas habían hecho su trabajo por el lado más débil.
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martes, 10 de enero de 2012

De entre los muertos

Hitchcock hubiese sido feliz en la España de nuestros días. Sin duda, el permanente festival de despropósitos en el que vivimos habría sido fuente inagotable de inspiración para sus argumentos. O para volver sobre algunos que fueron tema de sus películas.

Resucitar de entre los muertos es algo, por ejemplo, que suele dar mucho juego. Me refiero al aspecto cinematográfico, claro está, porque desde el punto de vista económico no es nada recomendable. Y no es culpa de los que resucitan, ya que ellos, siempre tan bien mandados, se limitan a morir y volver a vivir, como buenamente pueden y les dejan. Lo malo es que hay quien mata algo y luego se plantea si es conveniente o no devolverlo a la vida.
Ridículos históricos aparte, es ésta una práctica poco recomendable, pues, sin duda, pone en evidencia a quienes mataron a lo que, tal vez, solo debían haber corregido. Por si todo ello fuera poco, no es infrecuente que estos improvisados matadores se amparen en razones falaces para ocultar sus verdaderos motivos.
Aunque sería peor que ni siquiera tuviesen motivos escondidos y su luctuoso acto estuviese motivado por irreflexión panfletaria.

Mucho me temo que algo de esto hubo en la decisión del anterior equipo gubernamental a la hora de eliminar, de un plumazo, la publicidad de Televisión Española. Una medida seudopopulista, amparada en una campaña engañosa que parecía trasladar la responsabilidad de la decisión a los propios ciudadanos.
No fuimos pocos los que advertimos del desacierto y sus probables consecuencias. Pero, una vez más, quien no quiso oír produjo su propia sordera y siguió adelante con el disparate. Un par de años después, parece que habrá que cambiar de opinión. Bien es cierto que serán otros quienes se vean en el penoso trance de desfacer el entuerto provocado por quienes firmaron y ejecutaron la sentencia, pero, al final, a TVE le pasará lo que a los tres corazones de Enrique Jardiel Poncela, que tenían "freno y marcha atrás" (por cierto que el título original de esta divertida comedia fue "Morirse es un error", que también sería muy apropiado para el caso).

Nadie quiso abordar el problema como hubiera sido lo lógico: reduciendo el abuso publicitario del medio y situando el nivel de ocupación en un porcentaje razonable, por debajo, incluso, de las exigencias comunitarias. Televisión Española perdió su gran oportunidad para dar ejemplo y hacer una publicidad más amigable para el espectador, menos intrusiva... pero mucho más eficaz. ¿Es que no existía un virtuoso término medio entre el exceso y la muerte? Y eso sin entrar en el descabellado (ahora ya se ha demostrado que, además de pintoresco, era ilícito) método de financiación utilizado para sustituir los ingresos aportados por los anunciantes.

No es el único caso de matarifes que luego quieren resucitar a sus víctimas. También se da mucho en el terreno de las relaciones personales. Nunca falta quien mata un sentimiento y luego, unos años después, quiere que reviva... normalmente, eso sí, sin renunciar a los principios que justificaron la condena.

Es posible que, unos y otros, acaben resucitando de entre los muertos. Seguro que acabamos dándoles la bienvenida. Puede que con cierta tristeza, pero, al menos, habrá desaparecido el vértigo.
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