lunes, 16 de julio de 2012

La levedad del tiempo

A estas alturas del pensamiento filosófico, es muy difícil rebatir la realidad de la no existencia del tiempo.
Los físicos del futuro, coincidirán con los amantes de la sabiduría en que tampoco el espacio existe. Protágoras ya lo enunció, pero de forma distinta, pues con su relativismo humanista evitó categorizar sobre lo que Parménides había definido antes con claridad meridiana: Es necesario decir y pensar que el ser es y que el no ser no es.
Esta, en apariencia, sencilla frase resume una gran verdad universal, con la que no todos convivimos conscientemente. El espacio no existe porque "no es". Lo que "sí es" es aquello contenido en él.

Todo este preámbulo presocrático viene a cuento aquí porque hay personas que viven tan flagrantemente enfrentadas a este principio filosófico, que se empeñan en mantener, contra toda lógica intelectual, que lo que es no es y lo que no es sí es.
Hasta tal punto luchan contra la realidad y la razón que, galopando sobre los desbocados corceles de su orgullo, insisten en lanzar preguntas, a modo de venablos afilados, contra quienes sufrieron el azote previo de su soberbia iscariótica.

De la levedad del ser ya habló Kundera, elevándola a la categoría de insoportable. Pero no es menos insufrible la levedad del tiempo. De ese tiempo inexistente que nos acaricia con su guante de seda y nos empuja con su mano de hierro.
No somos pocos los que ya hemos vivido una vida y, sin embargo, sentimos que aún tenemos casi todo por vivir.
Es cierto que no es habitual arrepentirse de lo pasado, aunque casi todos introduciríamos en nuestra historia algunas modificaciones. Y contradictorias, a ser posible.

Lo que no es lícito es enrocarse en una gran mentira constatada para defenderse de esa melodía insistente que sube por las arterias cada vez que entra por la ventana del alma una bocanada de aire fresco.
Pero es que, además de insano y falaz, es un arriesgado desafío a esta levedad temporal en la que vivimos inmersos.
Pienso que quien así actúa corre el peligro de llegar al final de su siempre efímera existencia agarrado al ardiente clavo de su impotencia y su tristeza. Por eso es mucho más sabio (aparte de más honrado, claro está) aceptar la mano que nos tiende quien consiguió escapar de la morada de Hades pese a los repetidos intentos de sepultarle eternamente en el Tártaro, sometiéndole al castigo del silencio eterno.

La suave brisa del tiempo no cesa de lanzarnos sus perversas caricias, que embriagan la conciencia con espiral cadencia de bolero interminable. Cada vez nos quedan menos fuerzas para rebelarnos contra el mar de desdichas que tanto angustiaba a Hamlet... y, ¿por qué no reconocerlo?, a todos y cada uno de nosotros.

Ya no sabemos lo que seremos capaces de afrontar. El miedo atenaza la virtud y nos entrega, para ser devorados, a los hambrientos deseos de un Cronos eterno y despiadado. Menos mal que será difícil que nos encuentre aquí, perdidos en un espacio que no existe...

1 comentario:

María Luisa dijo...

¡Cuánta razón tienes!.
Vivimos una sola vez, la vida no se repite. Es una vida breve y marcada por las heridas del paso del tiempo. Cada día que pasa se va llenando de personas que amamos y no volveremos a ver, de lugares a los que no regresaremos. Pero las heridas que el tiempo nos produce son inevitables.
Las que sí son evitables son las que nos hacemos nosotros. Vivimos como si ignorásemos que los caminos del tiempo no se pueden desandar, malgastando nuestra vida con mentiras, silencios, y desdichas. Y lo peor, es que todo esto lo sabemos, pero…
Me ha encantado el artículo.