jueves, 28 de abril de 2011

Adverbios de tiempo

Si ya de por sí la lengua española es complicada, llega a convertirse en paradójica cuando nos adentramos en el aparentemente sencillo mundo de los adverbios de tiempo.
Todos sabemos que los adverbios son esas palabras que modifican o matizan el significado de los verbos o de algunos adjetivos. También sabemos que deberían ser invariables... ¿es esto un error de la Academia? Lo pregunto con el máximo respeto por tan venerable institución, pero mi personal experiencia me indica que, si bien es cierto que no varían en su forma, sí lo hacen, sustancialmente, en su significado.

No estoy hablando, aunque pudiera parecerlo, de aquellos adverbios como "ahora" ("ahorita" en algunos lugares) que denotan algo muy diferente a lo que aparentan (al menos en determinadas latitudes). Cuántas veces hemos recibido como respuesta a una petición un "ahorita mismo" que, en realidad, se refería a un período indeterminado de tiempo entre "al instante" y "nunca". Esto es algo que no debe alarmarnos, sino, por el contrario, servirnos de información adicional e ilustrativa, que amplía nuestros conocimientos sobre la filosofía y modo de vida de diferentes razas y culturas.
Y es que hay adverbios de tiempo, como "luego", cuya propuesta de celeridad o inmediatez no deja de ser un tanto relativa. "Después" es otro ejemplo, aún mejor, de esta falta de precisión temporal.

Lo hasta aquí expuesto entra en el terreno de lo normal o, al menos, de lo aceptado habitualmente en determinadas idiosincrasias locales o regionales.
Sin embargo, lo que a mí me produce profunda inquietud es otra cosa.
Educado en unos conocimientos gramaticales y semánticos convencionales, parece que he cometido el error de creer que cada palabra tiene el significado que el diccionario manifiesta. Este error es especialmente grave cuando entramos en el terreno de los adverbios de tiempo más categóricos, como "siempre" o "nunca", por ejemplo.
Ya sé que hay licencias creativas que todos utilizamos en la vida profesional y personal, pero esta aceptada laxitud, no quiere decir que no existan límites para su práctica.

El fabricante o el publicitario que incumple sus promesas llevan su penitencia en el propio pecado, pero en la vida diaria, los trileros adverbiales, suelen salirse con la suya.
"Siempre" y "nunca" son palabras muy serias, que algunas personas utilizan con una frivolidad escalofriante y escandalosa. Para ellas, "siempre" significa "hasta que me interese más otra cosa". Y lo peor es que ese "interés" no es, necesariamente, real. Si fuese así, estaríamos hablando sólo de gente egoísta o perversa, pero, por desgracia, también tenemos que incluir en este grupo de falsarios adverbiales a los débiles y a los entregados a sus amos.
Desde luego que también existen seudopuritanos que traducen "siempre" por "indefinido", con el matiz, claro está, de que la indefinición queda al servicio de los intereses particulares de quien la gestiona.

Siempre nos quedará París, mintió Rick ante una Elsa de ojos humedecidos por la niebla de su generosa traición (las heroínas del celuloide de la vida sólo pueden traicionar por "noble generosidad", que otra cosa en ellas no cabe), sabiendo lo que quería decir el "siempre" que le prestó ella, tiempo atrás. Qué bien hizo Rick en fingir que era él quien la pedía que se fuera con su marido: ella lo hubiese hecho, de todas formas.

Rick se quedó con el principio de una bonita amistad. Y con el verdadero significado de la palabra "siempre"... o "nunca". No lo recuerdo muy bien.

lunes, 11 de abril de 2011

Muros, bunkers y alambradas

En junio de 1961, Walter Ulbricht habló por primera vez del Muro de Berlín.
Y poco después, en una sola noche, quedó construido. Era la materialización del Telón de Acero, ése que trataba de impedir cualquier intento de fuga hacia la libertad.

Muchos siglos antes, la Gran Muralla China (el que dicen que es el mayor cementerio del mundo, ya que parece que más de diez millones de trabajadores murieron durante su construcción y están enterrados junto a ella) fue levantada por sucesivos emperadores para evitar que nadie entrase en sus dominios. Desde entonces, han sido casi infinitos los esfuerzos por construir barreras de todo tipo. Y no sólo físicas, desde luego. Pero la gran novedad del Muro de Berlín es que no se hizo para evitar invasión alguna, sino para todo lo contrario. Podríamos decir que era como el muro de una gran cárcel. O, mejor dicho aún, de un inmenso campo de concentración. Pero claro, la excusa para construirlo fue que era necesario para para evitar que entrasen los enemigos...

Es curiosa la inclinación de la raza humana a fabricar murallas, fosos, bunkers y alambradas. Hay quien se quiere proteger tanto que se encierra con tantas llaves y candados como puede. Hasta se colocan en la mente cinturones de castidad mental virtuales. Suelen encontrar buenas excusas para hacerlo, eso sí. Casi todas relacionadas con hipotéticos peligros exteriores que ni existen ni suponen amenaza alguna. Además, no olvidemos que la historia nos ha enseñado que cuando alguien quiere, de verdad, entrar en algún sitio, no hay muro ni cadena que lo evite. Pero sí sirven para otras cosas. En primer lugar, son muy útiles para mostrar a los demás que hacemos todo lo posible por protegernos de los riesgos externos. Sobre todo, para demostrárselo a aquellos que no se fían nada de quienes dicen querer estar tan bien defendidos.
Conozco algún caso clamoroso de aplicación del modelo Muro de Berlín en la vida privada. Hay personas capaces de construir kilómetros de muros psicológicos y alambradas anímicas no para prevenir que entre nadie, sino para evitar que sus verdaderos sentimientos se escapen por cualquier rendija del espíritu. El orgullo y, tal vez, los intereses económicos han sellado sus labios y enterrado su corazón, pero... nunca se sabe, que el ansia de libertad es muy traicionera y nos puede poner en evidencia en cualquier esquina. Aunque sea una esquina de Facebook.

Tanto búnker también hace sus estragos en la vida profesional de nuestro mundo. ¿Quién no conoce algún directivo de agencia, algún creativo o algún director de marketing rodeado de alambradas? Recuerdo un spot en el que John Lynn destruía a martillazos las oficinas de la vieja agencia para hacer más gráfica la ruptura con los prejuicios y con la poco creativa imagen que Grey tenía en el mercado español. Creo que fue una acción brillante. Y lo digo yo, que soy quien construyó Grey en España y creó esa oficina veinte años antes. Pero hubiera sido una torpeza encerrarse en el búnker. John hizo lo que tenía que hacer: romper con el pasado y avanzar hacia el futuro. No levantó ningún muro para proteger lo ganado (que había sido mucho, por cierto), sino que quemó sus naves y obligó, como Cortés, a que los suyos tuvieran que avanzar, irremisiblemente, hacia Tenochtitlan. Hay que felicitarle por ello.

Ni en publicidad ni en la vida es buena idea escondernos detrás de un muro. Siempre acaba cayendo. Y, normalmente, lo que estaba tras él se queda trasnochado, obsoleto... a veces, llega a ser patético.
En 1989, veintiocho años después de su nacimiento, en medio de una época de cambios decisivos, se removían los cimientos de unas convicciones equivocadas, de una forma de entender la vida que no sabía lo que hubiese sido de ella de no haber encontrado su momento histórico de esperanza y de futuro. Quince años después, quiso ser reconstruida en otro lugar, también con miedo. Luego, el odio, el interés y el despecho hicieron un monumento a la traición, en ese siniestro Monte Pelado de la deslealtad, quinientos días más tarde. Pero ya era inútil: las raíces habían crecido tanto que no había oro ni maldad en el mundo suficientes para levantarlo de nuevo. Pese a todo, los que refugian su rechazo a la verdad en muros, bunkers y alambradas, siguen afanándose en su inicuo y estéril esfuerzo.
No se dan cuenta de que el nuevo muro que están intentando construir tiene restos de graffitis indelebles, entre los que se lee algo así como Make Love Not War...

Puede que lo que dice esté borroso por el paso de los años, pero me parece que va a ser difícil de ocultar.

jueves, 7 de abril de 2011

¿Y ahora qué?

Recibió la buena noticia con tristeza.
Por fin le habían dado la razón de forma definitiva. Tantos años de persecución injusta habían terminado para él. La traición se había consumado, pero, al menos, la verdad había vencido a la calumnia.
Los esfuerzos realizados contra él habían sido enormes, persistentes, perversos. La deslealtad, comprada con un puñado de ladrillos y algunas otras miserables amenazas, no era recompensada con la ignominiosa victoria que el dueño del arbusto pretendía, pero el ataque, disfrazado de defensa, fue duro, despiadado y, sobre todo, ruin.

Ahora se abría ante él la puerta de la venganza. Éste era el momento en el que tanta maldad podía recibir su merecido. Años de sufrimiento, de perplejidad, de paciencia... le servían en bandeja ese plato frío que tantos esperan y desean.
Pero él recibió la excelente noticia con inmensa tristeza.
No quería vengarse. Cuando César vio a Bruto entre sus asesinos, no sintió deseos de venganza. Sólo pena. Él pensó lo mismo que César.
La historia y la justicia suelen acabar poniendo las cosas en su sitio. El que no tiene prisa, el que sabe esperar tiene muchas posibilidades de obtener el triunfo final. Pese a todo, victorias como la de suya, siempre son pírricas, porque se obtienen con un coste terrible para el vencedor.
Dice la Academia que la venganza es la satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos. Sin embargo, es una satisfacción que no te puede dejar satisfecho. Él nunca había condenado a quien tanto dolor le causó. Y es que el dolor de una traición no lo producen las consecuencias físicas o de cualquier otra índole, provocadas por el acto desleal, sino que lo causa el hecho de que una determinada persona sea capaz de clavarte una daga en el alma, como lo hiciera aquel Bruto en la espalda de quien le adoptó y le perdonó todo.

Por otra parte, ¿qué puede hacer quien se ha venido escondiendo en la inestable levedad de la permanente duda fingida? ¿Qué puede hacer, una vez ratificada la verdad de forma inapelable? ¿Qué puede hacer, después de haber quedado probado que todo fue una fantasía delirante, alentada por la esperanza de ocultar la realidad a quien amenazaba con ejecutar el desahucio?
Iscariote eligió un final trágico. Pero su culpa fue mayor. En un caso como éste, es mucho más recomendable el sentido común: una llamada, una conversación...
La soberbia es mala consejera y también lo es optar por la huida hacia el supuesto orgullo herido. Las derrotas hay que aceptarlas, sobre todo cuando quienes parecen estar enfrente, en realidad están a nuestro lado.

Mañana el vencedor mirará su Taco Myrga. Y verá en él esa hoja perenne que quiso arrancar, sin éxito, un huracán de furia, un vendaval de ira que comenzó en una caliente tormenta de verano y explotó en una helada tempestad de invierno, convertida en vals por Sviridov.
En todos los calendarios está marcada en rojo esa fecha. No hay fuerza que la borre ni tinta que la tache. Juan Ramón escribió en ella, con su pluma mágica, un tonight que llevaba música de Bernstein. Abril tuvo una noche de delfines y una sentencia que invita al desquite, a aplicar la ley del talión. Pero el sueño de aquella noche es eterno y no habrá Marlowe capaz de desenredarlo, porque está atado a la verdad, aunque la verdad sea impar y solitaria. Aunque aquella Bacall pasase sobre ella sin creer en nada, con indiferencia... fingiendo lo que nunca existió.
Es probable que él llore mañana sobre esa hoja, con la tristeza profunda de quien ha ganado una guerra absurda, una guerra que nunca debió haberse producido. Una guerra como la de Troya, provocada por una Helena fugitiva que se secuestró a sí misma, arrojándose a los brazos de un Menelao al que aborrecía desde antes de su boda, a cambio de volver a reinar en Esparta.

No podía ser de otra forma: él recibió la buena noticia con gran tristeza.

viernes, 1 de abril de 2011

Aprende a decir que sí

Estamos educados en la cultura del "no". Desde niños, la sociedad nos repite todo lo que no se debe hacer que, por lo visto, son muchísimas cosas y, la mayoría de ellas, con apariencia de ser bastante buenas o, al menos, interesantes de explorar.
Pero nada, todos, erre que erre, a decirnos que si esto no está bien, que si lo otro no se toca porque se rompe, que si no hay que comer de aquello, que si aquí no se puede jugar con la pelota, que si no hay que ver tanto la televisión, que si no podemos salir a la calle sin bufanda...
Luego, de mayores, la cosa se pone peor: PROHIBIDO aparcar; NO pisar el césped; Espacio SIN humo; OTAN, de entrada NO (bueno, éste es un ejemplo poco afortunado); NO se admiten tarjetas de crédito; PROHIBIDO fijar carteles...

Sin discutir la presunta bondad de algunas de estas limitaciones, el caso es que la sociedad quiere perfeccionar la libertad del individuo, limitándola por todas partes. Y, claro, así vamos aprendiendo, casi sin darnos cuenta, que en la vida lo bueno es decir que no.
Tanto nos hemos acostumbrado a este ambiente de pro-represión generalizada que no es raro que haya quien dice "no" cuando quiere decir "sí". Para algunas personas, la negativa es un refugio protector frente a la sensación de desnudez que produce la respuesta contraria.
Es cierto que, a veces, las mismas personas que se esconden en la negación fueron de las que dijeron que sí a destiempo. Como la novia a la que cantaba Antonio Prieto.

NO COMPRE AQUÍ, VENDEMOS MUY CARO, rezaba el cartel de la famosa zapatería "Los Guerrilleros", en la calle de Hortaleza. Era el epítome del largo ensayo, nunca escrito, sobre la publicidad negativa. Los precios de aquella zapatería eran muy competitivos, como es fácil adivinar, pero con su contradictorio reclamo llamaba la atención del público. Porque, además, el cartel que gritaba su lema a los cuatro vientos era enorme.
Yo, sin embargo, nunca supe si ella vendía barato o caro. Decía que sí a casi todo lo que las mujeres suelen decir que no y viceversa. Cuando Bogart la esperaba bajo la lluvia eterna de la incredulidad, nunca pensó en la posibilidad de que le hubiese delatado a los nazis. El tiempo pasó, como vaticinaba Sam, y cuando apareció con el noble Laszlo era como si le hubiese entregado a la Gestapo en París.
A mí me daban igual las excusas de Bergman. Perdonar o no es irrelevante. No hay suficientes delfines en el mundo para borrar todo lo que escribió aquel ganador del Nobel durante tantas tardes madrileñas y eso es lo que importa.

Saber cuándo hay que decir que sí no es tan fácil. No lo enseñan en casi ninguna universidad. Y las madres se lo suelen transmitir a sus hijas de una forma tan defensiva y diferente de su propia experiencia personal que las despistan completamente. Por eso hay que aprenderlo en la vida, luchando contra los prejuicios, los miedos y las influencias de quienes nos amenazan y nos convencen de que son otros los que lo hacen. Vivir más de una vez es complicado, así que renunciar al diálogo por culpa de un temor supersticioso es, dicho sea con el máximo respeto, una tontería.

Nunca supe si ella vendía barato o caro. Y todavía no lo sé. Sí sé que aprendió algunas cosas: aprendió que los sueños no se olvidan, que el tiempo no produce escalofríos y que la libertad viene llena de cadenas. Pero no aprendió a decir que sí.
Ni siquiera cuando recibió un mensaje secreto que decía: "¿Podemos hablar?".

La huida

Es una de las estrategias de marketing más sofisticadas.
Consta de tres fases: 1. Provocación. 2. Huida. 3. Ataque.
Dicen que sus orígenes se remontan a las enseñanzas de Sun Tzu. Y es probable que así sea, porque se trata de un arte milenario y bélico. Los guerreros de Caballo Loco utilizaron esta táctica en Little Big Horn y el inocente Custer cayó en la trampa, como es de todos conocido.
Su eficacia en el marketing moderno está bien contrastada. Steve Jobs, sin ir más lejos, la ha usado con indiscutible éxito en varias ocasiones.
Tiene variantes, claro está, pero todas ellas giran sobre el mismo esquema: crear una expectativa, provocar que te busquen y aparecer cuando te interesa, en el momento oportuno.
También hay quien la utiliza en su vida privada, en algunas ocasiones con verdadero dominio y profesionalidad. Las mosquitas muertas son el colectivo que mejor han desarrollado esta técnica ancestral, casi siempre con notables resultados. No deja de ser marketing, en cualquier caso.

En la primera fase hay que controlar mucho, desde luego, no vaya a ser que te pases en la provocación o te quedes corto. Es algo así como lo que contaba Don Mendo cuando le explicaba a Magdalena el juego de las Siete y Media: "... el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Mas, ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas, es peor!".
La segunda fase es la parte fundamental de la estrategia. Hay que huir como alma que lleva el diablo, desapareciendo de la faz de la Tierra, si es preciso (incluso de su faz virtual), y, por supuesto, dramatizando esta desaparición, que debe ser muy ostensible, incluso un poco airada.
Luego hay que estar al acecho, pero disimulando mucho. Tiene que parecer que no nos importa nada si nos persiguen o no, si nos buscan o si nos olvidan. Aquí es fundamental una estudiada displicencia, siempre enmarcada en una cierta expresión de hastío, rebosante de grandes dosis de lánguida indiferencia. Eso sí, llegado el momento de caer sobre la presa, hay que hacerlo sin piedad, procurando descabellar al primer golpe, cual experto matarife, culpando, a ser posible, al agotado perseguidor de todos los males o deficiencias de nuestro producto.

No está exenta de riesgos esta osada estrategia de marketing, y el peor de ellos es que no salgan corriendo detrás de la persona que ha puesto el cebo, cuando ésta se da a la fuga. Pasa a veces, aunque la provocación haya sido flagrante.
Es muy famoso el caso de esa marca de té (no voy a decir el nombre para que su directora de marketing no se sienta ofendida) que apostó por esta estrategia, ofreciendo a su público objetivo un paseo por Venecia (o un viaje a Londres o a Granada, no recuerdo muy bien) a cambio de degustar una taza de su exclusivo té. La propuesta fue tan descarada que su target no tuvo margen para dudar de ella y cuando, con el corazón acelerado por la inesperada insinuación, se preguntó, públicamente, por la validez de la oferta restringida, ésta desapareció del medio interactivo en el que había sido publicada, escondiéndose en una fingida huida, con el doble deseo de provocar la persecución y hacer de la marca un interesante objeto de deseo.
Y éste fue su error, porque no contó con que el público objetivo estaba cansado de tantos años de falsas promesas y ataques por sorpresa. No hubo persecución, sino, tan sólo, decepción por la engañifa.

Engañar al consumidor no es una buena política. Aunque el consumidor esté dispuesto, como Custer, a morir con las botas puestas.