jueves, 12 de noviembre de 2015

El pipero que murió dos veces

Los piperos suelen morir solo una vez, como casi todo el mundo, pero nuestro pipero, el del Ramiro, el Pipe, murió dos veces.

Cierto es que era un pipero extraordinariamente singular. Llevaba en su puesto desde 1940 y se había convertido en una institución, de relevancia muy superior a la que su cometido podría hacer suponer a cualquiera que no estuviese familiarizado con la vida escolar de aquel centro de estudios tan especial.
Para la mayoría de los niños, su nombre era Pipe o, como mucho, señor Manolo. Todos, incluidos profesores y la propia dirección, le profesaban gran cariño y respeto. Y no era para menos, ya que su labor iba mucho más allá de vender cromos y caramelos (afortunadamente, la expresión 'chuches' no existía en el lenguaje de aquellos años). Desde su menudo aspecto, era un auténtico educador (algunos de los que, de forma oficial, llevaban ese nombre deberían haber aprendido mucho de él). Con prudencia y simpatía hacia todos, corregía cualquier intento de exceso o actitud rara en los alumnos (y no me extrañaría que en los que no eran niños, también).

Siempre vestido con chaqueta, corbata, chaleco y boina, era parte fundamental de la entrada del Ramiro, flanqueada por él, a un lado, y por la imponente estatua de Minerva, al otro. Imposible tener dos guardianes mejores a las puertas de nuestra querida patria estudiantil.
Cuentan que jamás faltó a su cita, ni siquiera cuando estuvo enfermo. Y cuando murió por primera vez estaba allí, en su puesto, tras la pequeña cartera en la que transportaba sus golosinas y que abría, apoyada en una banqueta de reducidas proporciones, para ofrecer su atractiva mercancía a cuantos nos acercábamos a esa caseta de ladrillo, medio escondida entre los grandes chopos que protegen la fachada lateral de la iglesia del Espíritu Santo. Una garita que había cambiado su función original (con toda probabilidad, de cobijo para un portero) por la de endulzar la vida de los alumnos a base de regaliz y Chupa-Chups, ya que hay que dejar claro que lo único que no vendía el pipero eran pipas.

El caso es que la tradición dice que Pablo Manuel Balsalobre (aseguran que así se llamaba) murió en enero o febrero de 1964. El periodista Segismundo Luengo le dedicó ese mes de febrero un artículo en el diario Arriba, refiriéndose a él como 'ángel de la guarda disfrazado de vendedor de ilusiones'. Lo era.

Yo no sé, con exactitud, cuándo desapareció la diosa Minerva de la entrada del Ramiro, pero supongo, que, muerto el pipero, no encontró ningún aliciente a seguir subida en su pedestal, mirando a una garita tristemente vacía. Sin ellos dos (y, muy pronto, con la ausencia de don Antonio Magariños), el Ramiro dejó de ser lo que fue...
Pero claro, los ángeles de la guarda no están acostumbrados a morir solo una vez. Tal vez fue por eso por lo que el Pipe volvió a morir pocos años después. Dicen que en 1967, aunque también he leído a otros que aseguran que fue en 1966. Lo que sí hemos visto es cómo la prensa estudiantil daba la noticia de la segunda muerte del pipero, especificando, incluso, el día (12), la hora (8) y el lugar (Hospital de San Carlos), pero omitiendo el mes y el año. Aquellos periodistas aficionados hicieron bien. Era mejor no concretar más sobre el segundo fallecimiento de uno de los personajes más importantes del Ramiro de Maeztu, en su época más gloriosa. Seguro que pensaron que, si había muerto dos veces, era probable que lo hiciera, en un futuro, en más ocasiones.

Así son los ángeles de la guarda. Testarudos. Como Minerva. Como el Pipe.

5 comentarios:

amenofis dijo...

También puede tratarse de dos piperos: el Sr Manolo, que falleciera en 1964, y el otro pipero que le llevaba unos años haciéndole la competencia, y que falleciera en 1967. El primero era viudo; el segundo, dejaba viuda y sin hijos.

Juan R Lozano

MANOLO dijo...

Efectivamente se trata de dos personas diferentes. D. Manuel muerto en febrero del 64 y el segundo pipero que se colocaba en la salida del Museo de Ciencias, muerto el año 67, como se relata en Candil en el Hospital de San Carlos

José Luis Cerdán Vallejo dijo...

Conmovedor artículo. Gracias

Unknown dijo...

Según mi manera de verlo y sentirlo, no se murió ni dos veces ni nunca, porque sigue eterno y muy vivo en mi memoria y en mi afecto, tal y como le conocí en septiembre de 1943, mi primer año en la Preparatoria del Ramiro de Maeztu. Afectuoso y comprensivo, siempre nos recibía con su simpática y cómplice sonrisa en los recreos, con la boina calada y alguna que otra bufanda sobre la corbata cuando apretaban los cortantes vientos que bajaban de la Sierra de Guadarrama. Su cesta de pipero rebosaba golosinas, el dulzón paloluz que nos llevábamos a escondidas a clase, las chufas y los agridulces limones con un caramelo embutido que chupábamos gustosamente los días de calor eran parte integral de nuestras delicias de cada día. Vive en nosotros Pablo Manuel Balsalobre, sí, o don Manuel como le llamábamos con mezcla de familiaridad y respeto muchos de sus parroquianos habituales, y vive como lo mejor que se puede ser en la vida, un hombre de bien. Gracias, Paco, por tu entrañable retrato.
Felipe Díaz-Jimeno

Rafael de Juan dijo...

Yo solo conocí al primero, el de la calle de Serrano, y no recuerdo para nada a la diosa Minerva!.
Lo que no mencionas es la herencia del pipero.
Sus existencias de caramelos y regalices, nos las dejó a los niños del Ramiro, y los sducadores de aquelle epoca (yo creo que el año 64) fueron repartiendo chicles y caramelos por las clases. A mi me tocaron unas barritas de regaliz que simulaban cigarrillos con la punta cubierta de azucar roja , como si fuera un ascua. Lo recuerdo como si fuera hoy