jueves, 19 de noviembre de 2015

Cerrar el pico

Permanecer callado es notable virtud en muchos momentos.
En especial, cuando la sensación general es la de estar en medio de un tumulto de huecos parlanchines que nada interesante tienen que decir. Y, si estos fatuos charlatanes vociferan, aún más. Hasta el pendenciero D. Juan Tenorio se quejaba (con razón) del griterío que no le permitía concentrarse en la escritura de su carta. No me parece casualidad que Zorrilla empezase precisamente así su célebre obra.

Yo también soy partidario del silencio. De hecho, cuando con tres años de edad acudí con ese disfraz a los carnavales del Círculo de la Unión Mercantil e Industrial (en su extraordinario edificio de la Gran Vía madrileña, hoy reconvertido en horrendo y vulgar casino), eran esos primeros cuatro versos los que yo tenía memorizados y repetía, echando mano a la empuñadura de mi espada de goma.

Hablar por hablar es una mala costumbre (demasiado extendida, por cierto). "Sean pocas tus palabras", dice la Biblia (Eclesiastés 5:2) en un acertado versículo que yo siempre he tenido a gala seguir con la debida prudencia... 
Pero no es solo una recomendación divina, ya que cualquier persona sensata llega a la misma opinión, sin necesidad de acudir a una fuente de ese calibre. Basta con utilizar el sentido común.

Sin embrago, hay ocasiones en la que el silencio impuesto no es bueno. Me refiero a esa especie de ley mordaza particular con la que muchos se castigan a sí mismos para provocar al prójimo y fingir que no se siente. Porque, por alguna curiosa razón, se entiende que el silencio significa ausencia de sentimientos, mientras que la verborrea descontrolada se identifica con emociones desbordadas. Nada más contrario a la verdad. El silencio obligado a uno mismo suele esconder sensaciones reprimidas, susceptibles, eso sí, de quedar enquistadas. Y cuando se impone a otra persona (ya sea mediante expresiones castizas como la que da título a este artículo o a través de discretas y reiteradas insinuaciones) ya sabemos que, casi siempre, significa algo así como: "Habla, pero solo para decir lo que yo quiero oír".
Esto, como es lógico, produce una disfunción en el diálogo, cuyas consecuencias son malas, muy malas, nefastas.

La belleza del silencio está en compartirlo con la naturaleza, con la intimidad de nuestros pensamientos... incluso con otra/s persona/s con la/s que no es necesario decir algo en un momento dado, porque se está hablando con ella/s sin palabras. 
Por eso, los que amamos el silencio nos rebelamos contra el utilizado como recurso destructivo, a veces perverso y, otras, ignorante.

Hablemos. Sin prisa, sin urgencia, pero hablemos. Que los espíritus enmudecidos son candidatos habituales a la desidia de la memoria, a la taxidermia del corazón y a la nocturnidad perpetua del alma.

1 comentario:

Marta FdezT dijo...

Gracias!!!
Ha expresado lo que yo siento y pienso