sábado, 18 de agosto de 2012

Veranos malditos

Hubo un tiempo en el que los veranos empezaban el veinte de mayo y terminaban el cuatro de octubre, pero ya hace mucho de eso.
Eran aquellos años en los que el Canal tomaba en junio el relevo del Ramiro y Agustín, Puskas, Oswald y Gentes en General ocupaban el espacio que durante tantos meses había sido patrimonio de Momia, El Loco y otros compañeros.
Claro está que Mala Estrella y Paquito tenían una presencia constante, que también hubiese sido de El Catalán Silencioso, de no ser porque éste solo vivió un año de coincidencia histórica de estas dos realidades.

El mundo, entonces, también era virtual. Como ahora. Sobre todo en verano. Facebook tenía otro formato, desde luego, pero, en esencia, era casi idéntico al que ahora hemos conocido. Excepciones, como Pumby, Ibáñez, Foca o su hermano Aíto, unían ambos universos. Pero eran las menos. Tal como hoy sucede con nuestras vidas.

Es curiosa la necesidad del ser humano de vivir varias veces, simultáneamente. Encapsulamos los amigos, las vivencias, los intereses y las actividades con una facilidad extraordinaria. Parece que cada uno tiene un papel que jugar en nuestro particular cosmos. Uno y nada más que uno. Un sexto sentido nos advierte de la importancia de no mezclar los mundos. Las mayores catástrofes personales han venido de este tipo de errores, en los que todos hemos acabado cayendo por culpa de una lógica irreflexiva o de una ética equivocada.

Pero muchos años más tarde, cuando la lejanía de la infancia nos iba haciendo olvidar los principios sagrados de la virtualidad múltiple, los veranos se redujeron. Alguien decidió que debían empezar el uno de julio y terminar el treinta y uno de agosto. Un error. Pero nada pudimos hacer por evitarlo. El destino, adoptando sus clásicas caracterizaciones de esfinge, sirena y cariátide, nos lo impuso con su rígido busto de mármol.

El pasado milenio no quiso morir sin castigarnos con su terrible maldición. Una maldición fraguada por Hefesto con el contubernio de su cómplice y antigua compañera que, transformada en Artemisa, lanzó sus flechas de bronce contra una pléyade de sentimientos desatados por el conjuro de las Moiras.
Veranos de tardes perversas, escritas sobre piedras blancas y blandas... bañadas por los acordes del humo de los barcos.

Fue la mayor de las Moiras la que nos envenenó con sus armas veteranas de tantas batallas y con su pócima, destilada en infinitos alambiques humanos.
Hoy se refugia en su oráculo marino, a salvo de delfines y tortugas. Una cortina de sal y de silencio esconde la mentira y escarnece la verdad.
Los veranos ya están malditos por siempre. Ni el Canal ni el Ramiro son lo que fueron. El Cuervo murió con cien años a sus espaldas y nada se sabe de don Pedro Galarraga...

Malditos veranos.

1 comentario:

María Luisa dijo...

Sí, malditos veranos. No sé si son las Moiras, o el sol, que funde la superficie de las relaciones, dejando al descubierto, la estructura de engaños en la que viven, abrasando con emociones violentas y asuntos sin resolver las almas, que pierden así, la frágil unión que habían aparentado durante el invierno.
Creo que eran mejor los de la infancia.