lunes, 8 de octubre de 2012

Thomas M. Taube

Thomas M. Taube lo tenía decidido. Iba a acabar con Francesca. El problema era que debía hacerlo de una forma muy habilidosa, para que casi pareciera lo contrario. Su reputación pública podría ponerse en peligro, ahora que, por fin, había conseguido un nuevo y bien remunerado trabajo. Era necesario actuar con máxima frialdad, con meticulosa precisión. Francesca estaba en un momento muy difícil y era posible que la causara un enorme daño, con todo tipo de repercusiones añadidas, pero Thomas M. Taube no se iba a arredrar por eso.

Lo más importante era convencerse a sí mismo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Thomas sabía que ésta era la clave fundamental para estar en condiciones de resolver todas las complicaciones, más o menos éticas, que vendrían, sin duda, a continuación. Y este trabajo también lo había hecho a conciencia. Seguiría queriendo a Francesca, por supuesto. La seguiría queriendo mucho, muchísimo. Y seguirían compartiendo la vida diaria, tal como hasta ahora. Solo habría un pequeño cambio en sus relaciones, un cambio mínimo, sin importancia. A partir de la vuelta del verano serían amigos. Mucho más que amigos. Francesca debería estarle agradecida por esta prueba de amor hacia ella. Habría que olvidar de inmediato, eso sí, todas aquellas otras cosas (sin duda banales ante un amor tan intenso como el suyo por Francesca) en las que tantas veces había insistido el propio Thomas cuando ella parecía más interesada en el alma que en el cuerpo.
Y, además, sería conveniente que todo el mundo siguiera desconociendo las relaciones entre ambos, pese a la inocente y casta amistad en la que, a partir de ahora, iba a convertirse el gran proyecto común de ambos. Era mejor que nadie los viera juntos, que siguieran manteniendo todo en secreto... por si acaso.
Era verdad que esto no estaba del todo resuelto desde el punto de vista lógico, así que sería preciso utilizar el método que tan buen resultado le diera en otras ocasiones: negar la evidencia, sin dar más explicaciones.

Por supuesto, nada había pesado en su decisión el hecho de que su anterior novia acabase de heredar una cuantiosa fortuna (obtenida, según se rumoreaba, con artes poco ortodoxas, digamos) y que le hubiese ofrecido viajar con ella por los siete mares para celebrarlo. Eso era una coincidencia que resultaba un poco molesta, pero nada más. No permitiría que nadie pensara mal de él por una casualidad como aquella.
A Francesca la dejaría muy claro que tampoco tendría relaciones íntimas con su antigua novia (de la que tantas veces había dicho que le daba asco), pero que necesitaba unos meses para arreglar las cosas con ella y para conseguir solucionar los problemas que tenía con la familia. Thomas M. Taube acababa de darse cuenta de lo importante que era la familia. Apenas había cumplido 43 años y era un momento razonable para centrar su atención en este punto. A fin de cuentas, la familia es lo más importante, ¿o no? Si hasta ahora había actuado como si su familia le importase un rábano era porque su trabajo le había tenido muy ocupado, ¡qué caramba!
Pero todo eso se lo diría a Francesca a la vuelta de las vacaciones, no ahora.

Así que Thomas M. Taube se dirigió, como todas las tardes, a su cita con Francesca. El día anterior habían estado visitando, una vez más, la bonita ciudad medieval amurallada de Rothenburg y hoy continuarían desarrollando la inspiración producida por la romántica villa de la forma más intensa posible. Más valía que Francesca no sospechase nada. De esa manera podría emprender viaje al día siguiente, tranquilamente y sin remordimiento alguno, con su antigua novia, esa que ahora era riquísima y a la que hasta hace unos días despreciaba por ser una muerta de hambre conflictiva y bastante molesta.

La cita con Francesca cumplió, con creces, con todas las expectativas y Thomas la observó marcharse procurando que ni el más mínimo gesto pudiera alertarla de su bien estructurado plan. Cuando Francesca se hubo ido, ignorante de todo, le dio un poco de pena, la verdad. Pero pronto se repuso y se fue a organizar los preparativos de su inminente y lujoso viaje. Viaje que solo sería el principio de todos los que vendrían después, en su nueva condición de novio de una señora muy rica (antes insoportable... aunque, tal vez, había opinado así de ella porque no se había fijado bien en sus virtudes).

*       *       *

Thomas M. Taube fue un hombre casi feliz. Vivió siempre a la sombra de su novia rica, pero fue casi feliz. Destacó en su trabajo, donde fue bien recompensado por su lealtad, como también lo fuera en su vida privada. 
Poca gente llegó a saber lo mucho que tuvo que sufrir para reducir a cenizas su pasado con la inagotable y poco comprensiva Francesca. Hasta se vio obligado (en contra de su voluntad, desde luego) a urdir e implementar un segundo plan, concienzudo y muy maquiavélico para mantenerla a raya cuando, por culpa de su trasnochada y nada olvidadiza naturaleza, seguía empeñada en no entender lo que había sucedido.

Hoy, muchos años después, los restos de Thomas M. Taube reposan en el panteón familiar de su novia, custodiados por su ancestral escudo de armas, en el que, en campo de azur, una sirena alada vuela sobre un delfín. Bajo el heráldico blasón, labrado en mármol, el noble lema proclama con orgullo: Edel und Loyal.

Requiescat in pace.


Nota del autor: Todos los personajes que aparecen en este relato son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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