lunes, 17 de octubre de 2016

Tempestad de flores

No todas las tempestades son de viento, lluvia, arena, granizo o nieve. 
También las hay de flores. Son menos frecuentes, es cierto, pero las hay.

Manuela es una de ellas. De que es una tempestad, no hay duda. Pasa por donde va con fuerza incontrolable y precipita los acontecimientos en función de su genio, decisión y energía, que son abundantes. Sin embargo, aunque es un hecho que, de vez en cuando, acompaña la vertiginosa presencia de su personalidad con rayos, truenos o relámpagos (en especial con estos últimos), es más habitual que la manifestación de su poder se materialice en forma de flores.

Tiene a quien salir, claro, pues su madre, abuela y bisabuela presentan o presentaron muchas de sus virtudes, pero Manuela las ha catalizado a una velocidad inusitada y con una precocidad extraordinaria.
Sus antecesoras apuntaron (y aún lo hacen algunas) maneras propias del prodigioso carácter de Manuela, si bien es preciso reconocer que, a su edad, no presentaban síntomas tan radicales.

En cualquier caso, lo verdaderamente excepcional del asunto no es la tempestad que desata a su paso, sino que el fenómeno atmosférico que produce resulte en un meteoro de flores, desconocido hasta la fecha.
Los expertos dicen que, a falta de científicos capaces de explicar o predecir este fenómeno de la naturaleza, ha existido algún compositor que sí lo ha hecho. En esta línea de pensamiento, hay quien asegura que Svirídov, el gran músico ruso del siglo XX, escribió su famoso vals pensando en el futuro advenimiento de Manuela a este mundo. Los que sostienen esta arriesgada tesis, afirman que la tempestad de la que él habla musicalmente en su obra más conocida no es de nieve, sino de flores, pero que modificó su nombre para ahorrarse unas explicaciones que no hubiesen sido comprendidas ni aceptadas en su momento, tantos años antes del nacimiento de Manuela.

Oyendo el vals de Svirídov no me cabe duda de que la tempestad que describe es de flores, como las que produce el trasiego alborotado y dulce de Manuela. Enorme diferencia con la melodía del también bellísimo 'Segundo Vals' de Shostakovich, que no refleja la tormenta de flores que la jovencísima Manuela derrama tras de sí, sino el esplendor de un dorado otoño moscovita mucho más acompasado y fácil de bailar por esas hojas que, poco a poco, van desprendiéndose de las frondosas copas de unos árboles que ya empiezan a sentir el frío de aquellas latitudes, poco clementes con el final de un verano que se aleja raudo y sin remedio. 

Manuela es una tormenta permanente de flores, una tempestad que nos lleva de un lado a otro con su poderosa energía... con esa mezcla de fuerza y suavidad que solo se puede sentir bajo la erupción de un Vesubio florido que sepulta bajo sus pétalos a los pompeyanos que tenemos la fortuna de vivir junto a sus volcánicas y dulces laderas.

Y si alguien lo duda, que escuche el vals de Svirídov:


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