jueves, 22 de diciembre de 2011

Christmas party

Nada hay más triste que la Navidad.

Juan llega con sus recuerdos en el bolsillo y el corazón encogido por tantos años de nostalgia. María le espera con sus ojos cansados de mirar intensamente hacia el interior de su alma.
La Navidad era una fiesta. Las luces de las calles amortajaban la soledad de quienes buscan la compañía de su infancia para sobrepasar una noche fría a la que todos queremos apartar de nuestra propia realidad.

Todos los pensamientos vuelan esa noche hacia donde no deben hacerlo. Ni siquiera es necesario contarlo aquí, porque es un secreto compartido por toda la humanidad, sobre el que existe un gran pacto de silencio. Lo sabemos, pero no podemos decírnoslo ni a nosotros mismos.

A veces, un destello de esperanza confunde a Juan, pero solo es un fogonazo en la retina de un corazón que navega por el infinito espacio sideral de unas estrellas lejanas, todas fugaces. Todas menos aquella que se perdió en la galaxia de los mil errores. Esa que nunca perderá su brillo gélido y obstinado.
De pronto, unos villancicos, que suenan en el espíritu de Juan más tristes que el adagietto de Mahler, se cuelan a través de un cristal empañado por unas palabras que nunca consiguieron llegar a su destino. Todo es aún más extraordinario en mitad de la noche más difícil del invierno.

No muy lejos de allí, otros ojos enjugan con destreza unas lágrimas que no pueden ser vistas. Son ojos que piensan lo que unas manos dijeron pocos días antes. Sin embargo, esas manos hubiesen querido decir algo diferente. Hubiesen querido, incluso, derribar el muro que ellas mismas, con ayuda de Juan, construyeran entre ambos. Es curioso la de cosas que se hacen queriendo hacer otras.
Nada hay más triste que la Navidad.

Una copa se alza, dorada y espumosa, bajo una luz amarilla y poderosa que esconde una profunda oscuridad. Una oscuridad que todos sienten y todos niegan. "¡Feliz Navidad!", dice el más osado. "¡Feliz Navidad!", mienten todos sin convencimiento alguno, mientras unas gotas de espuma caen sobre la palma de una mano que se cierra con rabia.
Están siendo unos años muy duros, para todos (recalcó), entre unas cosas y otras. Juan agradeció el para todos de aquel mensaje de paz. Lo agradeció rodeado de una tristeza infinita. Ella lo había escrito con pena y un poco de dolor, es cierto, pero hasta las palabras son más caras en los tiempos del miedo. Dos días más tarde, en su noche navideña, cayó, por fin, una furtiva lagrima sobre el breve poema que escondía en su pecho. La tinta se corrió, pero aún podía leerse el verso de Machado pese al perjuicio causado por el involuntario homenaje a Donizetti: Hoy es siempre todavía.


Nada hay más triste que la Navidad. Pero así es la vida que nos ha tocado.

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