jueves, 21 de julio de 2011

Todos los veranos eran cortos

Debo reconocer que yo estaba muy mal acostumbrado. En el Ramiro nos daban las vacaciones el 20 de mayo y el siguiente curso no empezaba hasta el 4 de octubre. Mis veranos eran, por tanto, de cuatro meses y medio.
Nunca tuve tiempo para aburrirme. Entre el Canal, Alhama y Villaverde tenía la diversión asegurada. Eso, aparte de las actividades de Taiwan Bird SB, que tampoco eran mancas. Cuando escriban mis memorias apócrifas, quienes las lean se lo van a pasar de miedo. Yo no me atrevo con mi autobiografía, desde luego. Aunque no estaría mal como obra póstuma.
Pero nadie debe preocuparse. Como buen seguidor de Baltasar Gracián, creo en la prudencia y solo he sido un poco menos discreto cuando no me han dejado otra salida. Y, aún así, me he moderado mucho.

Sin embargo, hubo una época en la que todos los veranos eran cortos. Muy cortos. Apenas acababan de empezar y... ¡zas! ya se habían terminado. Los veranos cortos producen tristeza.
La culpa la tiene el calendario gregoriano, que es mucho peor que el juliano. A mí me gusta más el juliano, incluso el juniano (menos conocido que el instaurado por Julio César), pero el gregoriano no me acaba de convencer. Tiene este calendario un efecto maligno que mucha gente ignora: a partir del año 4 de cada milenio, las semanas se reducen en verano, imperceptiblemente para unos y de forma dramática para otros. Hay quien dice que este fenómeno se produce por motivos económicos, aunque también existe otra corriente de opinión que habla de una perversión cósmica, difícil de explicar para quienes, como yo, no somos expertos en física cuántica, pese a haber sufrido de lleno su teoría de las perturbaciones.
Lo que este segundo grupo defiende es la llamada dualidad perceptiva del tiempo o, lo que es lo mismo, que una misma realidad puede tener percepciones distintas.

Ya sé que todo esto es un lío y no quiero adentrarme en él. Solo deseo dejar constancia de la extraordinaria levedad de los veranos, que diría Kundera. El caso es que todos los veranos eran cortos. También lo eran antes de que comenzase el efecto gregoriano, que no hizo más que agudizarlo con sus nefastas consecuencias.
Puede pensarse que todo esto es intrascendente, pero nada más lejos de la realidad. Un verano corto, por ejemplo, impide la necesaria madurez de las uvas y puede provocar que una zorra que lleve tiempo tratando de alcanzarlas, llegue a la conclusión de que no están maduras. Y aquí llega el verdadero quid de la cuestión: ¿por qué la zorra se empeñaba en alcanzar las uvas si éstas no estaban maduras? Yo tengo una teoría personal. Estoy firmemente convencido de que a la zorra de la fábula le gustaban las uvas verdes. Le encantaban las uvas verdes. De hecho, eran sus favoritas. Trató de alcanzarlas por todos los medios, pero no consiguió que fueran suyas. Entonces y solo entonces fue cuando dijo al mundo: "Están verdes". Claro que estaban verdes. Ella lo sabía desde el principio... pero ¿qué podía haber más atractivo que un buen racimo de uvas verdes? Y, si además, las uvas eran ajenas, todavía más apetecibles. Hay que tener en cuenta que no hablamos de una raposa vulgar, sino de una acostumbrada a obtener siempre lo que quería. Según cuenta Samaniego, era la reina del bosque.

Hoy los veranos siguen siendo cortos. Éste, sin ir más lejos, empezó muy bien. La diosa Juno había sido generosa, tras años de silencio. Luego, el mes del nacimiento de César, que prometía bonanza, paz y buena voluntad, se sumió en la oscuridad de lo que no parece más que soberbia trasnochada o mala educación pueril, que nunca se sabe. Yo ya tengo la sensación de que el verano está acabado, como decía la canción de Claudio Baglioni: "... appena nato è già finito...".

Ya lo he dicho antes, los veranos cortos producen tristeza. Aunque me sigue sorprendiendo que sea solo a mí a quien se la provocan.

1 comentario:

María Luisa dijo...

¡Taiwan Bird SB,los veranos y el Ramiro!. ¡El Club del Dragón en los "Hijos de Valeriano Pérez"!. Estos relatos me ayudan a entender un poco el significado de tus escritos. Pero seguro que hay mucho más...
Muy bonitos. Y sí, los veranos me parecían muy muy cortos entonces.