martes, 6 de septiembre de 2011

Cuando llegue septiembre

A nadie se le oculta que septiembre es el peor de todos.
Y, sin embargo, es un mes bonito. Un mes de grandes expectativas y de terribles sorpresas, que suele empezar mal y continuar peor... a pesar de que está lleno de espejismos históricos enganchados con dolorosos alfileres al calendario.
A mucha gente le gustaba septiembre. Incluso al rey Sancho, hasta que en el sexto día Bellido Dolfos consumó su crimen, huyendo luego por el Portillo de la Traición. Lo que pasa es que éste es un día malo que, tiempo atrás, se disfrazaba de bueno. Siete años después de lo del portillo, vuelve a ponerse máscara de bueno. Paradojas del destino.
¿Por qué mintió tanto? Todas las respuestas posibles son deprimentes. Y la más probable es terrible. Demasiados cómplices, demasiadas lamentaciones estudiadas y sobredosis de serotonina para impresionar a una galería a la que hay que convencer porque está mosqueada.

Luego está la tragedia del 11-S, que a cada uno le tocó vivirla en directo a su manera: a unos en Manhattan y a otros en la terraza del Gran Café de Gijón. Por desgracia, todos tenemos algún Bin Laden en nuestra vida. Y lo peor es que, a veces, tardamos mucho en darnos cuenta.
Pero no todo es malo en septiembre. También hay cosas buenas (o cosas que parecían buenas), como la Expo, The Capital, Frankfurt am Main, Mihura, unas termas raras... o unos sueños más raros todavía.

Septiembre es, ante todo, el mes del regreso. Algunos dicen que es el mes del regreso a la realidad. Aunque también hay una corriente de opinión que mantiene que en septiembre nunca se vuelve, sino que se llega. Dicen éstos que en la vida de todo hombre hay un día en el que se llega a la verdad. A una verdad que estaba escondida entre dulces mentiras de voz suave y aspecto inocente. A una verdad que siempre llega en septiembre y que cae como un cuchillo sobre el alma, separando los sueños de la realidad y dejando a los crédulos en medio de la nada más tenebrosa, perdidos en el inmenso pantano de la duda.

Me cuentan que esto pasa con frecuencia, que no hay que darle importancia... c'est la vie, suele exclamarse en estos casos allende los Pirineos. Sin embargo, siempre hay tontos que sí le dan importancia. Siempre hay gente simple y primitiva que carece de la sofisticación necesaria para entender que las traiciones ya no se llaman así, que veinte años no es nada, como canta el tango. Y es que vivimos en un mundo muy poco moderno en el que aún se considera un lujo el transplante de alma o el lavado de corazón, técnicas del siglo XXI a las que muchos tontorrones no saben adaptarse con esa soltura relajada y displicente de quienes sí han adquirido un estilo profesional, acrisolado por múltiples experiencias.

Desde luego, lo más práctico es no darle tantas vueltas, así que pondré, una vez más, el viejo disco de Bobby Darin y me relajaré para escuchar ese tema que tanto me gusta... creo que su título era Come September.

1 comentario:

José Antonio dijo...

De la traición , de la lealtad, que lo que es malo hoy luego deja de serlo, mira lo que pasó con el pescado azul
Yo no sé que hacer con septiembre, así que me voy a Lima, Trujillo, Santiago... a compartir poesía con poetas (y sin embargo amigos) medio locos
Ya veremos de septiembre... admiro los níscalos, las tardes de charla y las tormentas
Pero como bien dice (siempre lo dices bien) la vida es así y eso me lleva al recuerdo de D. Leopoldo Querol y sus clases de las que no recuerdo si dormitaba. Si me quedó la imagen del piano
Cuantos años
Feliz mes (sea el que sea)