viernes, 12 de diciembre de 2014

El Café del Olvido

Suelo ir con frecuencia a este pequeño café, escondido en una recóndita placita de cuyo nombre nadie parece acordarse.
Allí todo sucede despacio. Nadie tiene prisa por pasar a engrosar la larga lista de los que ya nunca serán recordados, aunque, de vez en cuando, aparece alguien acelerado, como con ganas de ser retirado cuanto antes de la memoria colectiva. No es frecuente, pero sucede.

Antes iba allí más asiduamente, cuando mis viejos compañeros de tertulia todavía no habían desaparecido de las mesas que siempre ocupaban en las tardes de invierno. 
Es cierto que viene gente nueva, sí, pero son desconocidos para mí. Son personas despistadas, aturdidas, incapaces de soportar el ambiente lento que se respira en el café.
Y eso que las camareras se han mantenido jóvenes a través de los tiempos. Siguen siendo las mismas que yo conocí hace décadas, y su aspecto no ha cambiado. Altas, delgadas, con el pelo siempre recogido en una coleta y con su bien planchado uniforme tradicional de bistrot francés. Ellas son lo único que se mueve velozmente por la sala. Bueno, ellas... y mis pensamientos, que navegan entre las sillas del café, se deslizan por la barra y, en ocasiones, se detienen junto a esas botellas perfectamente alineadas que nunca han sido utilizadas más que para crear un ambiente imprescindible para decorar la debilidad de la constancia humana.

En este café es fácil olvidar. Los tristes olvidan que lo son, y los alegres no recuerdan su felicidad. Allí todo se olvida.
Los más veteranos del lugar cuentan que, hace muchos años, cuando los cafés de moda en Madrid eran Zahara, Fuyma y Fuentesila, todas las tardes se sentaba en la mesa del rincón, junto a la ventana, una chica solitaria. Se acurrucaba tras su taza de té y pasaba las horas leyendo a Proust. No hablaba con nadie, solo leía. Y, cuando su mirada se apartaba por un momento de las páginas del libro, se quedaba perdida, flotando en el vacío. 
Al escuchar esta historia, yo siempre pensaba en la pobre Aguedilla, la loca de la calle del Sol, que mandaba moras y claveles a Juan Ramón Jiménez y que él recordó en la dedicatoria de su Platero.

Sin embargo, quienes llegaron a conocerla dicen que se llamaba Alondra y que, a finales de enero llevaba en la mano un ramo de mimosas, que sustituía en febrero por un ramillete de flores de almendro, prendido en la solapa de su abrigo beige. 
Alondra, como es lógico, voló un día. Puede que una mañana de otoño, cansada de buscar un tiempo perdido que nunca encontró. No volvieron a verla.

Yo, cuando voy solo al Café del Olvido, me siento a su mesa. En el rincón, junto a la ventana. Y escucho el eco de una canción que quedó enredada en aquella esquina. Luego, al salir del café, vuelvo a olvidarlo todo.
Pero no sirve de nada: ella lo olvidaba mejor que yo.

1 comentario:

enrique duffau dijo...

¡Excelente descripción del café y sus momentos vividos!son todos un ícono de la historia de la humanidad,cafés,lugares,dónde,en muchos de ellos,se "curtieron" historias de amores y desamores;cuestiones de política,reunión de poetas y trasnochados seres con utópicas propuestas salvadoras del mundo...Yá,hoy existen muy pocos,pero en los pocos que existen..al entrar en ellos,se siente ese viejo glamur de otras épocas...