martes, 30 de diciembre de 2014

Otra noche tan vieja

Solo he asistido a una fiesta de Nochevieja en mi vida. Y no como invitado, sino como fotógrafo. Fue hace muchas décadas, desde luego.
Acepté (no muy convencido), tras la insistencia de mi amigo Mala Estrella, quien iba a participar en un inapropiado baile de disfraces organizado para la noche de San Silvestre por aquel inefable grupo conocido como Los Charnegos, bajo el auspicio de su primo Sixteen Tons ("Cargar y descargar es tu misión...").
La reunión prometía ofrecer escenas pintorescas que, convenientemente registradas en un negativo fotográfico, podían resultar de utilidad en un futuro, sobre todo, teniendo en cuenta que algunos de los personajes asistentes al singular cotillón eran susceptibles de seguir dando posterior juego (tal como, en realidad, sucedería). 
De aquella extemporánea fiesta carnavalesca quedaron para la posteridad fotografías de Sixteen Tons ("Cargar y descargar es tu misión...") vestido de cocinero; de su novia Esperanza (que solo sabía bailar chachachá, tal como fue acreditado aquella misma madrugada) disfrazada de hada meliflua con aspecto de interina; de El Murciano a medio camino entre aprendiz de gánster chicagüense y tahúr de pellejo corto; de La Jirafa Cubana como gigantesco oficial con gafas del ejército Confederado; de El Cabreao muy enfadado por algún motivo que no recuerdo pero, sin duda, justificado; de Santa María Goretti en trance... y de Mala Estrella con chilaba y turbante, muy pesaroso por no haber podido lucir en tan apropiada ocasión las magníficas vestimentas árabes que los padres de El Catalán guardaban en ese pequeño cuartito trastero del sótano de su casa, cuyo complicadísimo acceso solo podría autorizarse en caso de una nueva (y poco probable) invasión musulmana a la península ibérica.

Viene todo este preámbulo a cuento de que siempre he considerado las algaradas posteriores a las tradicionales doce uvas como una manifestación vulgar, pueblerina y triste de la más siniestra y ancestral naturaleza de ese variopinto, costosísimo e indigesto período festivo que empieza con  la cantinela de los niños de San Ildefonso y termina con bollos elípticos. Unos bollos, por cierto, cuya principal sorpresa (en mi modesta opinión) no es la birriosa figurita que esconden en su interior, sino el hecho de que, con su asombroso y disparatado precio, se agoten en las pastelerías, tras haber mantenido a sus pretendientes en largas y duraderas colas, generalmente, a la intemperie.

Una noche de viejas costumbres, sí (pero no por ello menos penosas), con las que se tratan de olvidar, por unas horas, las miserias vividas en los pasados meses a base de vinos espumosos, música inaudible, matasuegras de un solo uso y confeti chino. Es como si fuese imprescindible empaparse de esa triste alegría forzada con olor a sidra achampanada, color de medias negras (recién estrenadas) con agujeros y saborcillo a próxima e inevitable jaqueca... cuya minúscula carga de esperanza queda oculta tras la aurora.
"Danzad, danzad, malditos" parece repetir la megafonía de serie, instalada en el interior de cada uno de los participantes en este eterno maratón. Ellos saben que no podrán dejar de bailar durante los doce meses siguientes o quedarán eliminados de su frágil futuro. Y deberán hacerlo al compás marcado por quienes hacen del miedo su herramienta mágica, su látigo implacable... mientras utilizan las luces de la enorme bola de espejos que gira sobre las cabezas de las compactas multitudes a guisa de zanahoria.

Cada primero de enero, tan pronto como el eco de la última campanada da paso al nuevo año, me vienen a la memoria los versos de aquella lejana oda, escrita en memoria de una ocasión bien diferente, pero tan fáciles de identificar con las sensaciones de esa noche. De una noche que nunca deja de repetir su patético ritual de voces, balidos y cantares... 
Una noche tan vieja como el mundo.

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