lunes, 27 de enero de 2014

Día Mundial de la Maldad

–No creo que sea buena idea, Innes –dijo Gustav, mirando de soslayo a su jefe.
–Y yo te digo que sí lo es –aseguró el siniestro Innes, dejando entrever una maligna sonrisa mientras bajaba la persiana sigilosamente.
–Nadie va a querer celebrar eso –insistió el primero.
–Todo el mundo lo hará. De hecho, lo hacen a diario.
–No sé... no sé –dudó Gustav, atusándose con las dos manos su grasiento pelo.
–Hazme caso, Gustav. Nada es más real ni está más profundamente unido al espíritu humano. Recuerda la obra de Conrad...
–Me encanta esa preciosa novela –reconoció Gustav–, pero... ¿de verdad piensas que la gente estará dispuesta a celebrar el Día Mundial de la Maldad?
–No tengo la más mínima duda. Será un éxito –sentenció el perverso Innes–. La humanidad celebra cosas mucho más absurdas... San Valentín, el Día de los Muertos... ¡hasta celebran las bodas!
–Pues si tú estás tan convencido, lo pondremos en marcha –aceptó el seboso Gustav, secando el sudor de su frente de cera con un fino pañuelo de hilo, bordado con las iniciales G.V.S.–. Y, desde luego, el día que propones sería el más adecuado.
–De eso puedes estar seguro –afirmó Innes, acariciando las negras plumas del cuervo disecado que adornaba su escritorio–. El veintiséis de enero es la fecha perfecta.


Más o menos así se desarrolló la conversación entre Innes y Gustav, los perversos instigadores de una de las traiciones más oscuras y canallescas que recogen en sus tristes páginas los anales de la deslealtad.
Su propuesta de convertir el veintiséis de enero en el Día Mundial de la Maldad fue recibida con interés por el cabildo de la capital, que confirmó como principales sedes de la celebración a varios puntos concretos de la zona septentrional de la ciudad, próximos, en su mayoría, a la gran arteria de circunvalación que un día fuera bautizada con un nombre que hoy resultaba de todo punto paradójico.

Los festejos serían variados. Fundamentalmente, desfiles, conciertos y pasacalles, complementados por la noche con sofisticados fuegos de artificio y otras actividades carnavalescas, destinadas a confundir al populacho y crear una sensación de realidad imaginaria aumentada (y corregida).
Las comparsas de cabezudos alopécicos saldrían cada mañana y tarde para alegría y solaz de los más pequeños, quienes disfrutarían de una diversión sin peligros, al sustituirse los tradicionales zurriagos por inofensivas e hilarantes carpetillas azules de cartón con gomas elásticas.

Por fin, la celebración culminaría con la Gran Cortina de Humo Colectiva, que camuflaría las infamias recalcitrantes perpetradas, sustituyéndolas por acompasados suspiros y lamentos concertados, con derramamiento de confeti seudodepresivo y serpentinas lacrimógenas adulteradas.

Una gran fiesta, en suma, para celebrar la iniquidad que muchos esconden y no se atreven a liberar por culpa de unos convencionalismos sociales que protegen la hipocresía emocional y promueven el fingimiento de la bondad. De una bondad que suele estar más presente en quienes no presumen de ella que en aquellos otros que disfrazan su culpable deslealtad con máscaras de piel suave y ojos serenos, cuyo dulce mirar ya no podría ser alabado por los gutierre de cetina actuales, sabedores de que, cada veintiséis de enero, se verían forzados a cantar por siempre a la maldad.

1 comentario:

Don Castulo dijo...

¿Estas seguro que es el 26 de enero?