viernes, 9 de abril de 2021

La hiedra

Aquella mañana de invierno, Lucía salió de su casa muy temprano. Se puso al volante medio dormida y, con más precipitación de la habitual, se introdujo con su coche en esa neblina matinal que, aún, no había levantado del todo y dificultaba un poco la visibilidad. Apenas llevaba recorridos unos metros desde la salida de su garaje, cuando se encontró con él. Estaba de pie, inmóvil en el centro de la calzada. Al verla llegar, levantó una mano, a modo de saludo. Ella frenó y él, con total naturalidad, se subió al coche y se sentó.

—Hola —dijo, sin énfasis—. ¿Qué tal estás?
—Dormida —respondió Lucía—. Y puede que soñando.
—No, no sueñas. Además, aunque estuvieses soñando, los sueños los olvidarás pronto —aseguró él, mirando al frente—. Ten cuidado con la niebla. Es peligrosa.
—¿Cómo has venido?
—Andando.
—Pero... ¿desde tu casa?
—Claro.
—Esto está muy lejos —aseguró ella, sin salir de su sorpresa.
—La distancia es una magnitud relativa. Como todas, si a eso vamos —sentenció su inesperado acompañante.

Dicho esto, introdujo una cinta en el radio-cassette del coche y reclinó ligeramente su asiento. Unos segundos después, las voces y guitarras de Los Panchos empezaron a sonar, amortiguando con su melodía el ruido del motor y el del tráfico exterior: "Pasaron desde aquel ayer..."

Lucía había pensado varias veces en dejar esa relación. Pero, siempre que intentaba proponérselo en serio, pasaba algo que lo impedía.
Realmente, no había ningún motivo que justificase dejarlo... salvo esa íntima seguridad que removía su ánimo y le advertía que ese amor era imposible, que algún día él desaparecería de su lado y le dejaría un vacío irremplazable, causándole un inmenso dolor.

Sin embargo, ese día no llegó nunca. 

La vida de Lucía se complicó mucho, es cierto, pero esas complicaciones venían de muy atrás. De un pasado en el que se había dejado llevar por la insustancialidad de unos sentimientos huecos, maquillados por la euforia pasajera de una juventud en la que el conflicto permanente entre realidad y ficción fue una constante casi suicida. 
Ambición y placer formaban un binomio peligroso que, ungido por el óleo de la belleza, producía efectos muy peligrosos.
Los síntomas que afectaron a Lucía fueron compatibles con el extravío, por lo que llegó a mimetizarse con ese espíritu universal que, con tanto acierto, describieran Dumas y Verdi: el de la mujer traviata.
Y, así, Lucía se convirtió en una nueva Violetta, una mujer en lucha constante contra sí misma, cuyo orgullo era su principal recurso para salir adelante en un mundo que, de tanto tenerlo predispuesto a su favor, se volvía, una y otra vez, en su contra.

Treinta años después, él seguía sintiéndola ligada a él, sin que sus ojos pudieran separarse jamás de sus sueños... apretada, como la hiedra, a esa pared blanca y eterna que un día construyera.

—He venido para que sepas que siempre estaré junto a ti —dijo él en aquel lejano día, sin que le hubiesen preguntado—. Venderás este coche, te cambiarás de casa, buscarás un nuevo trabajo... pero yo seguiré aquí, como hoy, en la calle por la que vas a pasar cada mañana cuando te levantes, en mitad del sueño que acariciará tu memoria por la noche, aunque tú no hayas querido soñarlo.


Los poemas de Juan Ramón se borraron con el paso del tiempo; los besos y las promesas volaron, con las nubes, hacia el este; los sueños de peces, tortugas y delfines fueron incinerados en el crematorio del olvido...
Pero él volvió ese día, treinta años y una noche después, y comprobó que allí seguía la hiedra: apretada, fuerte, robusta. Y eso que la vida había pasado, como el agua pasa bajo el puente del dormir.
 
Se tumbó sobre la reverdecida hierba de abril y se sintió casi feliz. Tan solo una débil sombra de tristeza cruzó, fugaz, por su ánimo. Cuando la sombra hubo pasado, cerró los ojos, encendió su teléfono móvil y se puso a escuchar la vieja canción de Los Panchos: "Donde quiera que estés...".

viernes, 26 de junio de 2020

Eustaquio y Falopio

Eustaquio nunca tuvo éxito con las mujeres. Él lo achacaba a que la mayoría de ellas (en su opinión) son más proclives a hablar que a escuchar, condición no muy compatible con la personalidad de Eustaquio, gran conversador, que disfrutaba cuando se encontraba ante audiencias pacientes y silenciosas, pero que soportaba mal las disertaciones de los demás.

Por el contrario, su amigo Falopio apenas perdía el tiempo con charlas inútiles, siendo, sin embargo, partidario de ir al grano y dejarse de circunloquios y zarandajas verbales.
Y eso que Falopio (cuyas aficiones dramáticas le habían llevado a representar varias veces el papel de Marqués de Moncada en su obra favorita, 'La venganza de don Mendo') había sido, de joven, un gran retórico hasta que reparó en el trasfondo de los versos que el protagonista de la 'caricatura de tragedia' de Muñoz Seca le decía en la segunda jornada de cada una de las representaciones:

Siempre fuisteis enigmático
y epigramático y ático
y gramático y simbólico
y, aunque os escucho flemático,
sabed que a mí lo hiperbólico
no me resulta simpático.
Habladme claro, Marqués,
que en esta cárcel sombría
cualquier claridad de día
consuelo y alivio es.

Oír, una y otra vez, este discurso le hizo reflexionar sobre el tema y concluir que no era oportuno andarse por las ramas (salvo en determinadas ocasiones, claro está), por lo que tomó la decisión de pasar del método analítico al sintético y se reconvirtió en un hombre cuyo estilo directo y pragmático le proporcionó resultados sorprendentes en sus relaciones con el sexo opuesto.

Tanto fue así, que Eustaquio, asombrado por el repetitivo cariz que estaban tomando los acontecimientos, pidió consejo a Falopio para intentar resolver su problema. 
Llegados a este punto, es preciso decir que Eustaquio quedó bastante deprimido por los comentarios de Falopio, lo que le llevó a escribir su famoso artículo 'Cómo tener éxito con las chicas', hoy lamentablemente perdido.
No estamos autorizados a entrar en el contenido del escrito de Eustaquio (del que, en cualquier caso, solo recordamos algunos fragmentos relacionados con la posición del sujetacorbatas con respecto al ombligo, las ocultas habilidades de Fred Astaire, el misterioso pasado de un hijo ilegítimo de Hitler y la sorprendente –y un tanto cínica– exigencia final de no exagerar en nada), pero este detalle no es imprescindible en esta historia, aunque, bien es verdad, que arrojaría alguna luz sobre ella.

El caso es que Eustaquio tuvo una vida ajetreada, poco feliz en el terreno amoroso, por falta de relaciones positivas y sinceras. Murió sin recibir un verdadero cariño desinteresado. 
Eso sí, se hizo oír por todas partes y ayudó a mejorar considerablemente la capacidad de escucha de quienes le conocieron.

Falopio también tuvo una vida de intensa actividad, pero la intensidad fue de otro tipo.
Los momentos felices existieron, desde luego, pero los que más abundaron fueron los emocionantes, ya que sus relaciones pocas veces discurrieron por cauces sosegados, sino que, más bien, las aguas de los ríos en los que se sumergió (siempre sin salvavidas) fueron, en su mayoría, turbulentas, como las que pasaban bajo el puente al que cantaron Simon y Garfunkel.

Ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo, nos surge una terrible duda:
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble, sufrir el amargo rigor de la infeliz fortuna o, persiguiendo un torrente de fuertes emociones dulces, rebelarse contra las dificultades que nos presenta y, afrontándolas, desaparecer con ellas?

La pregunta, ya sea así expresada o como (con mayor calidad literaria) dejara escrito para la posteridad el bueno de William, es una cuestión clásica, propia de la eterna tragedia humana.
Y la respuesta no es sencilla. Pero debo aceptar que, tras dar muchas vueltas al dilema, he llegado a la conclusión de que la clave está en las tres últimas palabras de la pregunta.
La duda queda resuelta al alcanzar la certeza de que, tanto Eustaquio como Falopio, acabarán desapareciendo no solo de la vida, sino de la memoria del mundo.
«Nuestras vidas son los ríos...», dijo Manrique. Y allí, en la mar en la que todos se igualan, poco importa que las aguas de esos ríos, que a ella van a dar, hayan sido amargas o dulces, revueltas o tranquilas.

Eustaquio el amargo, Falopio el agridulce (nunca las relaciones humanas son, del todo, dulces)... incluso todos los eustaquios y los falopios del mundo, empeñados los unos en solucionar la persistente sordera intelectual de la raza humana y, los otros, en demostrar que el SIDA no existe, no son más que gotas insignificantes, irremisiblemente perdidas en la inmensidad del océano.

martes, 23 de junio de 2020

Llanto de dragón

Todo aquel que conozca bien a los dragones sabe que lloran.
No lo hacen frecuentemente, desde luego, pero no son inmunes a la tristeza ni al llanto.
El dragón es valiente por naturaleza, fuerte y sabio. Está dotado como nadie para luchar contra las adversidades y para resistir, con una serenidad inigualable, cuantas dificultades le presente el destino. No odia a la humanidad, pero sabe que es molesta, inculta, chillona y caprichosa, por eso suele evitar el contacto con la multitud siempre que es posible. Si se ve en la necesidad de conducir a las masas, las conduce, aunque lo hace con esa calma indescriptible que surge de su milenaria sabiduría, perfecta conocedora de la condición humana.
Y, sin embargo, ninguna de estas excepcionales cualidades le impiden exteriorizar sus sentimientos, cuando se dan las circunstancias que lo justifican. Son ocasiones raras, es cierto, pero llegan a producirse.
Una de ellas es la traición. El dragón es extremadamente sensible a la traición. Es algo que pocas veces sucede (no hablamos del mundo, que hace de la deslealtad norma habitual de conducta, sino del reducidísimo grupo que enarbola el estandarte del honor como su principal e irrenunciable divisa), pero que, cuando llega, le produce un dolor profundo, un dolor intenso que no tiene cura.
La segunda causa es peor, porque, si la traición le hace daño, esta otra le destroza por dentro, debilitándole hasta un punto extremo. Le deja sin capacidad de recuperación. Y le hace llorar. Con esas lágrimas tan características suyas, que una vez derramadas, permanecen unidas a sus ojos para siempre... para toda la eternidad.

Una gran parte de la legendaria fuerza del dragón reside en sus cuatro poderosas patas. Si una desaparece, las otras tres pierden la entereza de su espíritu y apenas son capaces de sostener en pie a esa fabulosa energía, casi sobrenatural, que, durante tanto tiempo mantuvo viva la luz de la libertad y nos iluminó hasta en los momentos más difíciles.

Pues eso es lo que dicen que ha sucedido. Claro que yo me niego a aceptarlo. Con toda sinceridad, no me parece posible. Fui a cerciorarme de que era cierto lo que me dijeron... y no lo vi. Solo me encontré con un lugar desierto, abandonado hasta por los muertos (que son quienes suelen frecuentarlo). Allí solo había soledad. Ni siquiera sentí que hubiera pena o duelo. No había nada. 
Un funcionario con aspecto de figurante de teleserie me condujo, mientras se ponía con desgana la chaqueta, a la parte trasera del edificio. Entré en un lugar desconcertante, pequeño, extraño. El funcionario dijo que había tenido suerte, que era el número tres. Una pared de cristal me separaba de un ataúd grande, de aspecto sólido, más alto de lo normal. Parecía fabricado en otro planeta, tal vez en Ganímedes (que no es un planeta, sino un satélite). Estaba colocado sobre un ingenio de metal, hecho, quizá, con piezas de un Meccano gigante. A los pocos minutos, el artificio se puso en marcha y sus poco sofisticados engranajes, situados a la vista de cualquiera que estuviese observando la escena desde mi lado del cristal, comenzaron a moverse. Me resultó inevitable pensar en aquella frase de nuestra 'Noche de Ánimas', una narración terrorífica escrita hace años: «Eran las doce de la noche. Las losas de las tumbas comenzaron a girar sobre sus goznes». Cuando escribimos esa historia sabíamos, como lo sabe todo el mundo, que las losas de las tumbas no tienen goznes, pero la palabra nos gustaba. Hay que reconocer que es ideal para ser utilizada en un relato de miedo.
Pero, en esta ocasión, no eran las doce de la noche, sino la una del mediodía. Por el contrario, sí había goznes. Una puerta metálica cuadrada, de apenas una yarda de lado, se abrió para dejar paso hacia su ignoto destino a ese poliedro de Ganímedes, accionado por un mecanismo elemental y un tanto primitivo. Sin embargo, nada sabemos, en realidad, de lo que allí sucedía, aparte de la evidencia de estar asistiendo a una escena surrealista, con tintes patéticos.

Nunca nadie tuvo noticia de lo que sucedió después. 

¿Estaba una de las cuatro patas del dragón dentro de aquel deslavazado cubículo que, según el despreocupado funcionario, era nada menos que el 'afortunado' número tres?
Yo no lo sé. Y, como al dragón, me produce intranquilidad, desazón y tristeza.
Por eso llora el dragón. Y por eso mismo, lloramos todos: porque la vida se ha convertido en una perplejidad constante, en una ficción, en un espejismo... porque la vida se nos ha terminado, ya no nos sirve.
 

miércoles, 10 de junio de 2020

Una vela latina

Todos conocemos bien la gran canción de Lucio Dalla que inmortalizó Pavarotti con su magistral y poderosa versión. En ella se resumía la historia del famoso tenor Enrico Caruso, de una forma sencilla y, a la vez, extraordinaria: 
Su una vecchia terrazza, davanti al golfo di Surriento, un uomo abbraccia una ragazza...

Yo la escucho una y otra vez, sin recurrir a Dalla ni a Pavarotti. La tengo grabada tan profundamente que me basta con cerrar los ojos para oírla. 
Pero aquella elegante señora que, sentada a la mesa de un restaurante con vistas privilegiadas, esperaba la llegada de un desconocido, mientras observaba esa bahía infinita que se extiende de Nápoles a Sorrento, con la difusa silueta del Vesubio como telón de fondo... no conocía esa canción. Y no la conocía porque aún no había sido escrita.
Lo que sí conocía (y muy bien, por cierto) era la forma triangular de esas velas latinas que abundaban en esa parte del Tirreno. Y, en ese preciso momento, su vista, protegida por la inmensa pamela que cubría su cabeza, se estaba fijando en una pequeña embarcación que cruzaba frente a ella, dejando tras sí una leve estela plateada. Como la bianca scia di un'elica que viera Caruso al final de sus días.

Aquella vela latina le recordó a su padre, un modesto pescador de Ischia que solía faenar en aquellas aguas cuando ella solo era una niña ambiciosa. Una niña pobre y guapa, que consiguió su sueño de volar alto gracias a un hombre rico y feo.
Ahora, de regreso a Nápoles tras sus años en América, era una mujer bien introducida en la sociedad neoyorquina, con muchos amigos importantes y unas pocas amigas envidiosas.
No quiso volver a Ischia, sin embargo, sí deseaba dominar a la otrora poderosa Nápoles desde su nueva y dorada atalaya. Por eso, apenas llegada a la ciudad, había aceptado la invitación de un desconocido para comer en aquel lugar tan especial, quizá el más exclusivo de Sorrento. 

Pensaba en su padre, sí. No podía evitarlo, con esa blanquísima vela latina cruzando el golfo orgullosa, sin temor a las sirenas. A aquellas viejas sirenas que, según le contaron, se habían llevado a su padre al fondo de los mares cuando ella no había cumplido los diez. Su madre, todavía joven, se había vuelto a casar con un hombre también rico y feo (hay costumbres que se heredan). Así empezó todo. Una historia que ella ya había borrado de su memoria y que no quería recuperar. Y lo que menos quería recordar era a su padre. Un padre que, pese a sus esfuerzos por evitarlo, no podía eliminar de sus sueños...

Ya se estaba haciendo tarde y el desconocido con quien había quedado no acudía a la cita. Había sido una estúpida al aceptar, pensó, con rabia mal contenida.
Y fue en ese momento, cuando el maître se acercó con una nota en la mano.
Madame —dijo con una leve reverencia, entregando el mensaje.
Era tan breve que ella no necesitó más que una mirada fugaz para leerlo.
—Sírvame el menú, por favor —pidió, sin vacilar un instante—. El menú completo. Con champagne. 

El sol estaba ya en todo lo alto y las sombras que proyectaba la pérgola dibujaban múltiples rombos en el ala de su sombrero, otorgando a la escena un aire cinematográfico que hubiese despertado los celos del mejor operador de Hollywood.

Tras el macchiato que puso fin a la comida, apuró el último sorbo de champagne, dejó unos cuantos billetes en la mesa y se marchó despacio de la terraza, sin olvidarse de lanzar una postrera e inexpresiva mirada a las serenas aguas del inmenso golfo que se extendía ante ella.
En la nota, arrugada sobre el mantel, podía leerse el texto escrito a mano: Senti il canto delle sirene...

Nadie supo nunca si la lágrima que, de forma casi imperceptible, se deslizó por su mejilla al alejarse era de tristeza o de soberbia.

Te voglio bene assai... se oía cantar, en la distancia, a Caruso.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Nevermore/Rosebud

No parece probable que lleguemos a conocer el verdadero significado de 'Rosebud'. Y eso, a pesar de que casi todos tengamos algún rosebud escondido en nuestra niñez.

Ni Poe ni Welles quisieron descifrar sus mensajes más ocultos... pero nos dieron muchas pistas para ello. Cuervos que nos hablan en la noche o trineos perdidos en las nieves de un tiempo pretérito, son elementos habituales en esos sueños que confunden el final del invierno con el principio del otoño.

"Nevermore", se dijo a sí misma aquella serpiente emplumada que nunca quiso adentrarse en las ruinas de su fallida civilización. Y no es que el dios de la lluvia llorase sobre ella, no. Fue porque la fórmula de la ambición está repleta de complejas derivadas.
Ella aspiraba a un triunfo imposible, absoluto, que estuviese por encima del bien y del mal (sobre todo, del mal, ya que el bien lo consideraba parte indisoluble de su patrimonio vital).
Pero no podía ser: no es posible despreciar al destino, maltratando sin piedad cuanto nos ofrece. Y ella, claro está, aceptaba todo lo que venía edulcorado (no azucarado, desde luego, por motivos obvios) y lo destilaba para producir inestables efluvios delirantes.

Aquella quetzalcóatl de plumas nacaradas, hija de la oscuridad y lo invisible, no tenía más rosebud que su orgullo desmedido, fruto de su amor por la belleza efímera y la soberbia duradera.
Sostenía que era preciso odiar cuanto se quería, ya que solo odiando los propios deseos se alcanzaba esa ascética frialdad que permite, a quien la consigue, permanecer inmune a los sentimientos, fuente inagotable de las debilidades humanas.

Y, siguiendo fielmente estos principios, llegó a la cima. Desde allí, encaramada a esa cumbre desolada a la que Mussorgsky pusiera música, observó el aquelarre que le ofrecía la vida sobre la que había edificado su victoria.


Un lector inadvertido y bien intencionado, que hubiese llegado hasta este punto de la historia, podría suponer que estas líneas tratan de exponer el relato de una ambición incontrolada, con final triste para su protagonista. Sin embargo, estaría en un error, en un grave error.
Los orígenes se olvidan (como los sueños) con extrema facilidad. Y no solo se olvidan los malos, sino, también, los buenos. Olvidar los buenos orígenes produce unos efectos insospechados en el individuo. Así, que la memoria de un cuervo que fue alondra sea frágil tiene tanta utilidad como que las plumas de una quetzalcóatl no acepten reconocer que el cuerpo que cubren es el de una serpiente. Ambas fórmulas de olvido son eficaces.

En el caso que nos ocupa, sería razonable dejar a un lado esas ideas, un tanto trasnochadas, que nos inducen a pensar que, en última instancia, el bien acaba venciendo al mal. Del mismo modo, es conveniente revisar nuestros prejuicios sobre los límites de lo bueno y lo malo en el propio comportamiento humano. Y, ya no digamos, en todo lo que se refiere a la ética de las serpientes emplumadas. Este último aspecto es fundamental, pues cualquier experto en la cultura mexica nos hablará de la dualidad de esta deidad, una dualidad inherente, también, a la condición humana, limitada por las condiciones de su cuerpo (la serpiente) y dotada de elementos espirituales (las plumas).

No es de extrañar, pues, que la nuestra (humana, pese a lo que ella piense), se repita, una y otra vez: "¡Nevermore!". Es una forma, como otra cualquiera, de renunciar a la serpiente de su estilizado cuerpo e invocar, tácitamente, a esas plumas blancas que le otorgan valores divinos. Puede que una de esas plumas, la más sencilla y sedosa, sea su 'Rosebud'.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Detrás de Notre-Dame

Aquel año, el invierno estaba llegando a París antes que otras veces.
Apenas había comenzado noviembre y ya había nieve en las calles. Y no es que a Pierre le importase mucho que así fuera, porque ya hacía mucho tiempo que no disfrutaba con las bondades de la primavera y casi prefería la temprana oscuridad de la noche otoñal a aquellas luminosas tardes de los meses templados o calurosos... ya perdidas en una memoria cada vez más perezosa.
Y es que la vida de Pierre cambió radicalmente un día de septiembre. Lo que le sucedió fue tan extraordinario, increíble y, sobre todo, triste, que ya nada pudo ser igual desde entonces.
Eso había ocurrido muchos años atrás, lo que no impedía que las costumbres cotidianas de Pierre siguieran siendo poco sociales, como consecuencia del incomprensible acontecimiento que tanto había influido en su opinión del mundo que le rodeaba. Ni siquiera le gustaba mucho salir de casa y, menos aún, hablar con extraños.

Sin embargo, esa temprana nevada de noviembre le había impulsado a salir y dar una vuelta por unas calles más solitarias de lo habitual. Y, paseando, llegó hasta ese pequeño café junto al parque que hay detrás de Notre-Dame, a pocos metros del puente que une la isla de la Cité con la de San Luis.
Dudó en entrar, entre otras cosas porque Pierre no se daba cuenta del frío húmedo que, a esas horas de la tarde, ya se dejaba sentir con fuerza cerca del río. Pero una figura femenina, envuelta en un largo abrigo de pelo de camello, se paró frente a él en la esquina y, tras una levísima vacilación, entró en el local.
Veinte largos y pesados años cayeron de golpe sobre los hombros de Pierre: ¡Era ella! 
Las dudas de Pierre se disiparon y fueron sustituidas por el recuerdo instantáneo de esa canción que estaba tan de moda en esos días... la de Nicola di Bari.
Así que, acelerando el paso, se encaminó hacia la calle del Cloître Notre-Dame para emprender el camino de vuelta a su casa. No quería volver a verla. 

Un minuto después, Pierre estaba dentro del pequeño café. Alguna extraña fuerza le había impulsado a entrar. Ella estaba sentada en una mesa del fondo, de espaldas a él y mirando hacia el exterior por la ventana que tenía delante. 

—¿Qué le sucede, señor? —le preguntó el camarero—. Tiene la frente manchada de sangre.

Pierre se llevó la mano a la frente y así era: estaba sangrando.
Desconcertado, fue al lavabo y se miró al espejo. Se limpió y comprobó que, aparentemente, no tenía herida alguna. No comprendía de dónde había salido esa sangre.

Al volver a la sala, ella ya no estaba. Sobre la mesa vio un billete de cien francos. En su borde podía leerse: "A cuenta de la vida que te debo". Era su letra, no había duda. Pierre cogió el billete y se lanzó a la calle. 

—¡Marie! —gritó—. ¡Marie!

Pero la calle estaba vacía. Un solitario coche, aparcado junto a la acera, y, enfrente, un poco más abajo, una hilera de otros vehículos estacionados. Miró hacia atrás y el puente también estaba desierto. Todo estaba igual que antes de entrar al café. La única diferencia era que ahora Pierre sí sentía frío, mucho frío.

Bajó, andando sin prisa, por la calle del Cloître Notre-Dame y, al llegar a la altura de la catedral, se cruzó con una mujer de rasgos gitanos que sujetaba un bebé en sus brazos. Pierre no esperó a que le pidiese nada, ni siquiera a que extendiese su mano solicitando alguna limosna. Fue él quien le ofreció el billete de cien francos y senza mai guardarla negli occhi, se alejó cantando para sí:

Il cuore è uno zingaro e va...

lunes, 11 de noviembre de 2019

Amores subjuntivos

Amar es uno de esos pocos verbos en los que el subjuntivo es más frecuente que el indicativo. Puede que sea una pena, pero es así. 

Amar, lo que se dice amar, se ama poco. Pero ame, amara, amase o hubiese amado, tienen una permanente vigencia en el comportamiento humano.
Sin embargo, es un verbo que se conjuga mal en el lenguaje habitual y mucho peor en el pensamiento. Se abusa mucho de un indicativo 'de boquilla' (a veces, incluso, sin mala intención), cuando casi siempre expresa un proceso o estado (no digamos ya una acción) que no pasa de ser hipotético, dudoso o posible. Y, en ciertas ocasiones (las menos), deseado.

El modo indicativo se supone que expresa hechos reales, situaciones verdaderas; algo que se produce de forma incierta en un gran número de ocasiones, si es el verbo amar el que estamos utilizando.
Bien es cierto, eso sí, que suele usarse con propiedad (aunque no se expresa, porque no queda bien) en el modo reflexivo. En este caso, predomina la primera persona del singular del presente de indicativo. Y esta realidad no deja de ser curiosa, ya que 'amar' no es, en principio, un verbo de naturaleza intrínsecamente reflexiva, como 'despertar', por ejemplo.

Sea como fuere, muchos se aman a sí mismos. No es algo que, sea malo, desde luego, pero si el amor se termina aquí, puede que no esté funcionando bien del todo.
Las madres son una excepción generalizada a este problema, ya que todas (o casi todas) aman a sus hijos. Claro que es un caso relativo, porque los hijos no dejan de ser una extensión de los padres (y, en particular, de la madre). Creo que no cuenta en el proceso de estas consideraciones.

En el terreno de las relaciones entre ambos sexos, aparte de las paterno/materno-filiales, el subjuntivo del verbo amar se impone por amplia mayoría. El indicativo escasea tanto que obliga a que la forma reflexiva, antes mencionada, sea utilizada, a veces, como paliativo. Y dice un célebre filósofo que su uso es diferente en masculino del que es más común en femenino.
–No me ama –piensa ella con más frecuencia.
–Me ama –se dice él a sí mismo.
Si el famoso filósofo acierta, podríamos pensar que la primera frase refleja inseguridad y la segunda, lo contrario.
Pero no siempre es así. Todos conocemos situaciones en las que la negación sirve para justificar un uso subjuntivo continuado del verbo amar. La forma negativa de la tercera persona del singular del presente de indicativo, utilizada con el pronombre personal 'me', proporciona un abanico de posibilidades subjuntivas casi ilimitadas.
Y también sabemos de muchos que se repiten, a ellos mismos, la segunda frase para reafirmar su maltrecha autoestima (situación que suele estar muy mal vista entre los hombres).

De una forma u otra, podemos concluir sin temor a equivocarnos que el uso reflexivo del verbo amar (y el de sus sinónimos) es muy socorrido. Asimismo, es evidente que su forma subjuntiva sustituye con éxito a la indicativa, hasta tal punto, que reemplaza, en la práctica, incluso a su descripción académica convencional.

–¿Me quieres? –preguntó él.
–Sí... subjuntivamente, claro –respondió ella.