Hay días mucho más propicios que otros para poner bombas.
El 3 de marzo parece ser uno de ellos. La gente coge la manía de poner bombas en un mismo sitio en ese día y luego pasa lo que pasa...
Pero ni son siempre los mismos los que las colocan ni todas las bombas son iguales. Ya aprendimos con la vieja colección de cromos de Ferma titulada "Armas antiguas y modernas". Han pasado muchos años desde eso, pero sus enseñanzas siguen siendo instructivas. El cromo número 97 nos enseña, por ejemplo, que la bomba de mano es de tamaño pequeño y se arroja con la mano (sic). También nos dice que sirve, particularmente, para desalojar al enemigo de sus refugios.
Claro que los de Ferma no conocían todos los tipos de bombas que existen.
Algunas son muy raras. Las hay con forma de botella de Mr.Proper (no confundir con Don Limpio) y de Fairy (en su formato antiguo).
Estas bombas son de efectos devastadores y suelen explotar a los quince años y medio, aproximadamente. De ellas se desconoce el tipo de explosivo que cargan, pero parece que su capacidad de deflagración aumenta con el tiempo, gracias a un ingenioso dispositivo de acción retardada-creciente, llamado Boost-retard ®. Es muy eficaz.
Siempre explotan en el momento más conveniente y, por lo que he leído en los cromos de Ferma, deben ser complementarias con la bomba de mano a la que la editorial hace referencia, ya que el estallido se produce, indefectiblemente, cuando el enemigo ya ha sido desalojado de sus refugios y se encuentra indefenso y, por supuesto, desprevenido.
Sin embargo, otras de las que se utilizan ese mismo día de marzo son mucho más inofensivas. Explotan a los pocos minutos de haber sido colocadas y, además, los autores suelen avisar con tiempo del momento para el que están programadas. Solo producen daños materiales y podríamos decir que lo único que pretenden es conseguir atención mediática.
Pero las primeras son muy malas. Construidas con espoletas muy poco sensibles y un envoltorio exterior de suave acero galvanizado, consiguen permanecer inalterables a cualquier influencia externa, sea de la índole que sea.
El reloj que llevan incorporado emite un tic-tac sonoro y acompasado, capaz de acelerarse en los momentos oportunos y de retroceder después el tiempo adelantado, utilizando para ello las prolongadas etapas durante las cuales su sonido queda fuera del alcance de los confiados oídos ajenos.
Podría decirse que el sofisticado mecanismo de relojería de estas poderosas bombas imita, a la perfección, los movimientos de sístole y diástole, hasta el punto de ser fácilmente confundidos con ellos.
Así, con todo esto y algunas otras características técnicas (que no debemos revelar aquí para evitar que personas con aviesas e inconfesables intenciones aprendan a fabricar estos mortíferos artefactos), se consigue una bomba excepcional, de propiedades similares a las denominadas "de neutrones", esas que matan sin dañar edificios o vehículos.
En cualquier caso, propondré a la editorial Ferma que, en el improbable caso de que decidan reeditar su antigua colección de cromos, incluyan en ella esta categoría para, de esta manera, ofrecer una visión más completa y actualizada de las bombas que andan sueltas por el mundo.
lunes, 3 de marzo de 2014
domingo, 2 de marzo de 2014
Edición limitada
En nuestros días, es muy difícil salirse de lo común.
Todo parece hecho en serie. Hasta los sentimientos. Y tampoco resulta sencillo ser diferente a la hora de morirse.
Por eso nos llama tanto la atención encontrarnos con alguien distinto. Alguien que, por ejemplo, no se limite a aprovecharse de las circunstancias cuando le son favorables, alguien que no se arrime siempre al sol que más calienta (o al árbol que dé mejor sombra, dependiendo de la estación del año), alguien que... en fin, no merece la pena seguir insistiendo en cosas tan vulgares, frecuentes y conocidas.
Gonzalo no era así. Era leal con sus opiniones, con sus amigos, con su forma de entender la vida.
No era habitual que Gonzalo hiciera nuevos amigos. Prefería mantener a los de siempre, a los que lo eran desde la infancia, incluso a los que ya eran amigos suyos antes de empezar a ir al colegio.
Durante muchos años se empeñó en conservar y seguir alimentando lo que hubiese languidecido y, luego, muerto por causas tristes y naturales de no haber dedicado todas sus energías y su absoluta determinación para evitarlo.
Gonzalo creía en la lealtad. Conocía, claro está, el diletantismo... la facilidad con la que tantos caían en la mortal trampa de los intereses particulares que la vida iba creando, pero se negaba a aceptar su dictadura. Nunca se dejó dominar por ellos.
Cuando Gonzalo alcanzó la edad de comenzar una vida laboral, los peligros de caer en las redes de lo conveniente fueron aumentando. Y al llegar a su máximo nivel de responsabilidad y éxito profesional, estos riesgos se hicieron casi insostenibles. De hecho, lo hubieran sido para cualquier otro, pero no para Gonzalo.
Supeditó su triunfo a lo que para él fue, en todo momento, lo más importante: su verdad.
Muchos opinaron entonces que aquellas cartas con las que él mismo se obligó a jugar en esa timba permanente, llamada vida, de tahures expertos y despiadados no eran las adecuadas, pero Gonzalo no quiso jugar con esas otras, marcadas y sucias, que estaban sobre el tapete, sino con las mismas que había utilizado desde niño. Nunca le importó que fuesen de edición limitada ni que ya estuviesen tan en desuso en el mundo real.
No eran las mejores cartas para compartirlas con quienes se sentaron a la mesa con él. En la mano decisiva le tocó en suerte la dama de corazones azules y no quiso cambiarla por el comodín negro que le ofrecieron repetidas veces...
El caso es que nadie sabe si Gonzalo acabó ganando o perdiendo la partida. Sus fichas estaban en manos de otros jugadores, desde luego, pero la sonrisa, ligeramente nostálgica, que iluminaba su cara parecía indicar que o no había perdido o, al menos, no lo lamentaba.
Y aquella templada y lejana tarde de septiembre (o, tal vez, fue una fría mañana de enero), ya sin fichas sobre el viejo tapete, Gonzalo se levantó de la mesa de juego y se alejó despacio mientras se oía cantar a Adriano Celentano, a través de alguna ventana entreabierta...
Todo parece hecho en serie. Hasta los sentimientos. Y tampoco resulta sencillo ser diferente a la hora de morirse.
Por eso nos llama tanto la atención encontrarnos con alguien distinto. Alguien que, por ejemplo, no se limite a aprovecharse de las circunstancias cuando le son favorables, alguien que no se arrime siempre al sol que más calienta (o al árbol que dé mejor sombra, dependiendo de la estación del año), alguien que... en fin, no merece la pena seguir insistiendo en cosas tan vulgares, frecuentes y conocidas.
Gonzalo no era así. Era leal con sus opiniones, con sus amigos, con su forma de entender la vida.
No era habitual que Gonzalo hiciera nuevos amigos. Prefería mantener a los de siempre, a los que lo eran desde la infancia, incluso a los que ya eran amigos suyos antes de empezar a ir al colegio.
Durante muchos años se empeñó en conservar y seguir alimentando lo que hubiese languidecido y, luego, muerto por causas tristes y naturales de no haber dedicado todas sus energías y su absoluta determinación para evitarlo.
Gonzalo creía en la lealtad. Conocía, claro está, el diletantismo... la facilidad con la que tantos caían en la mortal trampa de los intereses particulares que la vida iba creando, pero se negaba a aceptar su dictadura. Nunca se dejó dominar por ellos.
Cuando Gonzalo alcanzó la edad de comenzar una vida laboral, los peligros de caer en las redes de lo conveniente fueron aumentando. Y al llegar a su máximo nivel de responsabilidad y éxito profesional, estos riesgos se hicieron casi insostenibles. De hecho, lo hubieran sido para cualquier otro, pero no para Gonzalo.
Supeditó su triunfo a lo que para él fue, en todo momento, lo más importante: su verdad.
Muchos opinaron entonces que aquellas cartas con las que él mismo se obligó a jugar en esa timba permanente, llamada vida, de tahures expertos y despiadados no eran las adecuadas, pero Gonzalo no quiso jugar con esas otras, marcadas y sucias, que estaban sobre el tapete, sino con las mismas que había utilizado desde niño. Nunca le importó que fuesen de edición limitada ni que ya estuviesen tan en desuso en el mundo real.
No eran las mejores cartas para compartirlas con quienes se sentaron a la mesa con él. En la mano decisiva le tocó en suerte la dama de corazones azules y no quiso cambiarla por el comodín negro que le ofrecieron repetidas veces...
El caso es que nadie sabe si Gonzalo acabó ganando o perdiendo la partida. Sus fichas estaban en manos de otros jugadores, desde luego, pero la sonrisa, ligeramente nostálgica, que iluminaba su cara parecía indicar que o no había perdido o, al menos, no lo lamentaba.
Y aquella templada y lejana tarde de septiembre (o, tal vez, fue una fría mañana de enero), ya sin fichas sobre el viejo tapete, Gonzalo se levantó de la mesa de juego y se alejó despacio mientras se oía cantar a Adriano Celentano, a través de alguna ventana entreabierta...
lunes, 24 de febrero de 2014
Corderos feroces
En una remota región del centro de Madrid existe una raza de corderos, cuya ferocidad ha despertado el interés de los más sesudos estudiosos de las costumbres borreguiles e, incluso, de la Fundación Ovina de la Mesta Matritense, una ONG que, como es bien sabido, ha tenido una gran proyección y desarrollo desde su presentación oficial, en el tristemente célebre mes de enero de 2007 y de la que se dice que podría haber llegado a hacer sombra, a la mismísima Amnistía Lobezno-Canina, gracias a su intensa labor en defensa de unos derechos lobunos que fueron tratados con vilipendio, premeditación y alevosía por aquellos corderos cuya dulce piel simula alas de suave y blanca lana de aterciopelada angora.
Eso sí, no todos los corderos de esta especie tienen el mismo peligro.
Los más voraces son los que llevan semiocultas en el costillar unas pequeñas manchitas oscuras con forma de famosa constelación del hemisferio norte, ya que estos presentan un comportamiento muy similar al de la mantis religiosa o la latrodectus mactans, si bien es cierto que suelen producir unos estragos mucho mayores que cualquiera de ellas, gracias a su apariencia inofensiva, de la que carecen tanto la mantis como la viuda negra.
Según todos los indicios, estos corderos feroces (ovis aries efferus), son los principales responsables de que el canis lupus fidelis se encuentre, actualmente, tan amenazado de extinción.
Como es conocido por la gran mayoría, estos leales lobos madrileños, tan abundantes en otro tiempo, se han visto obligados a desarrollar técnicas miméticas para evitar ser totalmente eliminados de un panorama zoológico que cada vez está más amenazado por la acción continuada de depredadores incansables y eficacísimos, como la ovis aries efferus.
Pero de poco les sirven estos justificadísimos intentos camaleónicos, ya que, antes o después, los corderos feroces enseñan sus dientes y, lo que es peor, hacen uso intensivo de ellos para morder siempre (con esa discreta fiereza salvaje que llevan dentro) en el punto más débil del canis lupus fidelis, que está, precisamente, junto al corazón.
El riesgo de que esta voracidad de la ovis aries efferus alcance al hombre es alto.
Al menos, así lo advierte la Fundación Ovina de la Mesta Matritense, cuyas constantes campañas de mentalización preventiva solo están limitadas por la escasez de medios para poder implementarlas con herramientas de comunicación de más amplia cobertura y mayor frecuencia. Mantener alerta a la población es una prioridad de esta organización sin ánimo de lucro, especialmente en las épocas del año de mayor peligro, que suelen coincidir con la vuelta de las vacaciones (tanto de verano como de invierno) ya que la influencia de pastores y zagales es nociva y en temporada de celo la ovis aries efferus mantiene otras actividades como prioritarias.
Ayudemos todos, pues, con nuestra decidida colaboración, a frenar el crecimiento de una especie depredadora urbana tan dañina.
Eso sí, no todos los corderos de esta especie tienen el mismo peligro.
Los más voraces son los que llevan semiocultas en el costillar unas pequeñas manchitas oscuras con forma de famosa constelación del hemisferio norte, ya que estos presentan un comportamiento muy similar al de la mantis religiosa o la latrodectus mactans, si bien es cierto que suelen producir unos estragos mucho mayores que cualquiera de ellas, gracias a su apariencia inofensiva, de la que carecen tanto la mantis como la viuda negra.
Según todos los indicios, estos corderos feroces (ovis aries efferus), son los principales responsables de que el canis lupus fidelis se encuentre, actualmente, tan amenazado de extinción.
Como es conocido por la gran mayoría, estos leales lobos madrileños, tan abundantes en otro tiempo, se han visto obligados a desarrollar técnicas miméticas para evitar ser totalmente eliminados de un panorama zoológico que cada vez está más amenazado por la acción continuada de depredadores incansables y eficacísimos, como la ovis aries efferus.
Pero de poco les sirven estos justificadísimos intentos camaleónicos, ya que, antes o después, los corderos feroces enseñan sus dientes y, lo que es peor, hacen uso intensivo de ellos para morder siempre (con esa discreta fiereza salvaje que llevan dentro) en el punto más débil del canis lupus fidelis, que está, precisamente, junto al corazón.
El riesgo de que esta voracidad de la ovis aries efferus alcance al hombre es alto.
Al menos, así lo advierte la Fundación Ovina de la Mesta Matritense, cuyas constantes campañas de mentalización preventiva solo están limitadas por la escasez de medios para poder implementarlas con herramientas de comunicación de más amplia cobertura y mayor frecuencia. Mantener alerta a la población es una prioridad de esta organización sin ánimo de lucro, especialmente en las épocas del año de mayor peligro, que suelen coincidir con la vuelta de las vacaciones (tanto de verano como de invierno) ya que la influencia de pastores y zagales es nociva y en temporada de celo la ovis aries efferus mantiene otras actividades como prioritarias.
Ayudemos todos, pues, con nuestra decidida colaboración, a frenar el crecimiento de una especie depredadora urbana tan dañina.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Bestias sin bella
Antes, cada bestia tenía su bella. Ya era una costumbre popular tan generalizada, que se había convertido casi en obligación con el transcurso del tiempo.
La mayoría de las bellas tenían una facilidad natural para encontrar su bestia particular, normalmente no en forma de mochuelo ("Ya llegó el Espíritu Santo, en figura y forma de mochuelo", sentenciaba aquel profesor del Ramiro cada vez que un alumno soplaba una respuesta a su compañero y este contestaba a la pregunta que le había sido formulada, tras haber dejado en evidencia previa su absoluta ignorancia), sino de aguerrido rufián, bien aferrado a su presa.
El más famoso de todos ellos fue El Macarra, verdadero líder espiritual de la categoría, a quien Paquito dedicó su conocida romanza "El Macarra es un bicho muy malo (no se mata con piedra ni palo)". Pero hubo muchos otros.
La lucha contra esta lacra apenas producía algo más que pírricas victorias, cuyos resultados prácticos a medio plazo solían ser insignificantes, ya que la tendencia innata de las bellas acababa imponiéndose a la razón, a su propia dignidad e, incluso, al más elemental sentido común.
A medida que pasaban los años, este colectivo fue tomando fuerza y carta de naturaleza en la sociedad, hasta el punto de que una bella que no tuviese su bestia, era tratada con un cierto desdén por las demás. En especial por aquellas cuya posición al servicio del rufián de turno estaba más consolidada.
La cultura occidental fue aceptando la situación, con la misma resignación con la que se aceptaron los abusos continuados de los hijos hacia sus padres o los de las compañías eléctricas hacia los ciudadanos.
Sin embargo, el (muy dudoso) componente romántico que esta realidad incontestable pudiese llevar aparejado, se ha ido diluyendo, de forma progresiva.
Ya se recuerda, casi con añoranza, la época en la que cada bestia tenía su bella. Aquella etapa de la historia en la que parecía que las bestias eran parte indisoluble de las bellas. De unas bellas que lo eran, aún más, a los ojos de los soñadores gracias a ese defecto congénito que acercaba su divinidad al mundo de los humanos, que las hacía parecer reales y susceptibles de redención por quienes, seguidores siempre de un apasionado e inútil espíritu decimonónico, aspiraban a una gloria que era, a la vez, efímera y eterna... absolutamente inmaterial y utópica.
Hoy en día, las bellas lo son menos que antes. Y las bestias campan por sus respetos en un universo que carece de alicientes metafísicos.
¡Qué lejanos quedan los celestes y elíseos campos que acogieron a Goethe y Hölderlin en sus últimos viajes!
Y qué tristes nos parecen los versos de Píndaro en un mundo sin bellas, en el que las bestias oscurecen la nostagia con el rumor maldito de las tinieblas:
Y aquellos que mantengan tres veces su juramento,
manteniendo sus almas limpias y puras,
jamás dejarán que sus corazones
sean manchados por el mal y la injusticia y la venalidad brutal.
Ellos serán dirigidos por Zeus hasta el final:
al palacio de Cronos.
La mayoría de las bellas tenían una facilidad natural para encontrar su bestia particular, normalmente no en forma de mochuelo ("Ya llegó el Espíritu Santo, en figura y forma de mochuelo", sentenciaba aquel profesor del Ramiro cada vez que un alumno soplaba una respuesta a su compañero y este contestaba a la pregunta que le había sido formulada, tras haber dejado en evidencia previa su absoluta ignorancia), sino de aguerrido rufián, bien aferrado a su presa.
El más famoso de todos ellos fue El Macarra, verdadero líder espiritual de la categoría, a quien Paquito dedicó su conocida romanza "El Macarra es un bicho muy malo (no se mata con piedra ni palo)". Pero hubo muchos otros.
La lucha contra esta lacra apenas producía algo más que pírricas victorias, cuyos resultados prácticos a medio plazo solían ser insignificantes, ya que la tendencia innata de las bellas acababa imponiéndose a la razón, a su propia dignidad e, incluso, al más elemental sentido común.
A medida que pasaban los años, este colectivo fue tomando fuerza y carta de naturaleza en la sociedad, hasta el punto de que una bella que no tuviese su bestia, era tratada con un cierto desdén por las demás. En especial por aquellas cuya posición al servicio del rufián de turno estaba más consolidada.
La cultura occidental fue aceptando la situación, con la misma resignación con la que se aceptaron los abusos continuados de los hijos hacia sus padres o los de las compañías eléctricas hacia los ciudadanos.
Sin embargo, el (muy dudoso) componente romántico que esta realidad incontestable pudiese llevar aparejado, se ha ido diluyendo, de forma progresiva.
Ya se recuerda, casi con añoranza, la época en la que cada bestia tenía su bella. Aquella etapa de la historia en la que parecía que las bestias eran parte indisoluble de las bellas. De unas bellas que lo eran, aún más, a los ojos de los soñadores gracias a ese defecto congénito que acercaba su divinidad al mundo de los humanos, que las hacía parecer reales y susceptibles de redención por quienes, seguidores siempre de un apasionado e inútil espíritu decimonónico, aspiraban a una gloria que era, a la vez, efímera y eterna... absolutamente inmaterial y utópica.
Hoy en día, las bellas lo son menos que antes. Y las bestias campan por sus respetos en un universo que carece de alicientes metafísicos.
¡Qué lejanos quedan los celestes y elíseos campos que acogieron a Goethe y Hölderlin en sus últimos viajes!
Y qué tristes nos parecen los versos de Píndaro en un mundo sin bellas, en el que las bestias oscurecen la nostagia con el rumor maldito de las tinieblas:
Y aquellos que mantengan tres veces su juramento,
manteniendo sus almas limpias y puras,
jamás dejarán que sus corazones
sean manchados por el mal y la injusticia y la venalidad brutal.
Ellos serán dirigidos por Zeus hasta el final:
al palacio de Cronos.
lunes, 10 de febrero de 2014
Alpinistas del corazón
El alpinismo es un deporte de riesgo, pero dicen sus practicantes que no hay nada comparable al momento de hacer cumbre en una cima difícil, tras el esfuerzo realizado para llegar hasta ella.
Este ánimo de superación es no solo digno de encomio, sino que también es un modelo de estímulo positivo ante las dificultades, interesante para ser trasladado a muchas facetas de la vida.
Podríamos decir que guarda grandes similitudes con el espíritu olímpico, tan bien expresado en el lema Citius, altius, fortius, tomado, según dicen, de las propias palabras de Coubertin.
Vaya todo esto por delante, con la intención de dejar claro mi apoyo a los valores del alpinismo y, desde luego, mi admiración hacia quienes dieron origen al movimiento olímpico moderno. Hoy el deporte está profesionalizado, lo que modifica sustancialmente la romántica idea del ilustre barón francés, pero es comprensible que haya evolucionado así, dados los tiempos que corren.
Sin embargo, este permanente espíritu de superación en el que la vida contemporánea nos tiene a todos inmersos, puede llegar a ser contradictorio con otro aspecto de la naturaleza humana.
Y es que, como decía el arriero de José Alfredo Jiménez, muchas veces en la vida no hay que llegar primero... pero hay que saber llegar.
Por eso, siempre me han llamado la atención esas personas a las que yo suelo definir como alpinistas del corazón, por tener la dudosa virtud de dirigir, en todo momento, sus sentimientos más profundos y amorosos hacia quien está en la cumbre... y perderlos, de golpe, cuando el destinatario de su enorme e incondicional cariño deja de ocupar la cúspide y se integra en el universo de las personas normales.
Esto es algo que sucede con mucha frecuencia, por lo que, tal vez, deberíamos entender que lo que les sucede a esos alpinistas del corazón es que están impregnados hasta la médula del espíritu del barón Pierre de Coubertin y hacen suyos los valores olímpicos hasta sus últimas consecuencias, renunciando, eso sí, a la parte referente a la ausencia de ánimo de lucro (algo ya obsoleto, como hemos mencionado antes), pero no al deseo de alcanzar la gloria (en su más amplio sentido, claro está).
Suele ser curioso, asimismo, la facilidad con la que nuestros cordiales alpinistas hacen coincidir sus cambios de objetivo con el momento en el que la persona que estaba en su cénit económico y profesional, desciende por la ladera de la vida y un nuevo candidato comienza su ascenso.
No importa que este nuevo personaje llegue alto solo por un breve tiempo. Ni tampoco tienen importancia alguna los métodos que haya utilizado para su escalada... o que su equilibrio en la cima sea del todo inestable.
Lo que cuenta es el hecho de estar ahí arriba. Eso es lo único que buscan los alpinistas del corazón. Es un instinto incontrolable contra el que no pueden luchar.
Está claro que hay distintos tipos de alpinismo. Y todos tienen su componente de riesgo... aunque algunos sean deportes mucho menos sanos.
Este ánimo de superación es no solo digno de encomio, sino que también es un modelo de estímulo positivo ante las dificultades, interesante para ser trasladado a muchas facetas de la vida.
Podríamos decir que guarda grandes similitudes con el espíritu olímpico, tan bien expresado en el lema Citius, altius, fortius, tomado, según dicen, de las propias palabras de Coubertin.
Vaya todo esto por delante, con la intención de dejar claro mi apoyo a los valores del alpinismo y, desde luego, mi admiración hacia quienes dieron origen al movimiento olímpico moderno. Hoy el deporte está profesionalizado, lo que modifica sustancialmente la romántica idea del ilustre barón francés, pero es comprensible que haya evolucionado así, dados los tiempos que corren.
Sin embargo, este permanente espíritu de superación en el que la vida contemporánea nos tiene a todos inmersos, puede llegar a ser contradictorio con otro aspecto de la naturaleza humana.
Y es que, como decía el arriero de José Alfredo Jiménez, muchas veces en la vida no hay que llegar primero... pero hay que saber llegar.
Por eso, siempre me han llamado la atención esas personas a las que yo suelo definir como alpinistas del corazón, por tener la dudosa virtud de dirigir, en todo momento, sus sentimientos más profundos y amorosos hacia quien está en la cumbre... y perderlos, de golpe, cuando el destinatario de su enorme e incondicional cariño deja de ocupar la cúspide y se integra en el universo de las personas normales.
Esto es algo que sucede con mucha frecuencia, por lo que, tal vez, deberíamos entender que lo que les sucede a esos alpinistas del corazón es que están impregnados hasta la médula del espíritu del barón Pierre de Coubertin y hacen suyos los valores olímpicos hasta sus últimas consecuencias, renunciando, eso sí, a la parte referente a la ausencia de ánimo de lucro (algo ya obsoleto, como hemos mencionado antes), pero no al deseo de alcanzar la gloria (en su más amplio sentido, claro está).
Suele ser curioso, asimismo, la facilidad con la que nuestros cordiales alpinistas hacen coincidir sus cambios de objetivo con el momento en el que la persona que estaba en su cénit económico y profesional, desciende por la ladera de la vida y un nuevo candidato comienza su ascenso.
No importa que este nuevo personaje llegue alto solo por un breve tiempo. Ni tampoco tienen importancia alguna los métodos que haya utilizado para su escalada... o que su equilibrio en la cima sea del todo inestable.
Lo que cuenta es el hecho de estar ahí arriba. Eso es lo único que buscan los alpinistas del corazón. Es un instinto incontrolable contra el que no pueden luchar.
Está claro que hay distintos tipos de alpinismo. Y todos tienen su componente de riesgo... aunque algunos sean deportes mucho menos sanos.
jueves, 6 de febrero de 2014
Sujetos pasivos
Hay gente que, en los momentos comprometidos, utiliza el método del sujeto pasivo.
Es una estrategia bastante eficaz para confundir al personal y, con un poco de suerte, puede hasta llegar a despistar al contrario. Eso sí, para que tenga más posibilidades de éxito, conviene tener cara de no haber roto un plato en la vida o, si no se tiene, ponerla. Una mosquita muerta, por ejemplo, consigue con esta técnica unos resultados bastante más rotundos que una supervamp o, incluso que una mujer de rompe y rasga.
No quiero decir con esto, ni mucho menos, que sea este un posicionamiento vital exclusivamente femenino, aunque es cierto que el sujetopasivismo tuvo sus orígenes, según cuenta la tradición popular, en un albergue-escuela de jóvenes muchachas chinas, que, en tiempos remotos, fue muy famoso al sur de las montañas de Manchuria.
Su uso más frecuente se produce en aquellas situaciones en las que es recomendable para los intereses propios analizar el comportamiento ajeno como si el nuestro no hubiese existido.
Esto es, en sí mismo, una hecho bastante insólito en la vida real, puesto que en las relaciones normales entre las personas todos adoptamos una actitud y, la mayor parte de las veces, hacemos cosas. Cosas que, en función de diversos factores, pueden ser buenas, malas, regulares o neutras.
Pues bien, la clave está en juzgar el comportamiento ajeno como si se hubiese producido sin solución de continuidad, es decir, como si no hubiese habido más que un actor.
El procedimiento es, en teoría, sencillo. Sin embargo, llevarlo a la práctica requiere una gran precisión que no está al alcance de cualquiera.
Hay que tener en cuenta que es preciso obviar, hasta sus últimas consecuencias, las propias actuaciones, con independencia de que estas hayan sido buenas o malas, ya que para quien practica el sujetopasivismo con rigor, lo único importante es que el otro sea el responsable exclusivo de los acontecimientos vividos.
La lógica de este mecanismo es cartesiana, puesto que aceptar que se tiene un determinado papel activo en los hechos, otorga al sujeto, de forma automática, un porcentaje de responsabilidad del que es fundamental huir a toda costa para que, no teniendo carta de naturaleza, sea imposible valorarlo desde ningún punto de vista y, especialmente, desde el de la ética.
Por lo tanto, los expertos en el método del sujeto pasivo, saben muy bien cómo saltar en el tablero de ajedrez de la vida sobre esas casillas incómodas que recuerdan que las relaciones entre las personas son, como mínimo, cosa de dos.
Así, jugando en todo momento con fichas blancas, aseguran, sin el más elemental rubor, que fue siempre el otro quien hizo todo (lo bueno y lo malo... normalmente, en este preciso orden), convirtiéndole en sujeto activo permanente y enrocándose ellos en la última línea del damero, protegidos tras los peones del lado que resulte más propicio y conveniente.
De lo que no se dan cuenta es de que su personalidad (de la que, por otra parte, suelen presumir mucho) queda un poco desairada con tan drástica implementación de su sujetopasivismo, pues, según su versión, ellos se han limitado a recibir, disfrutando o sufriendo del comportamiento ajeno, pero sin dar ni hacer nada a cambio (con independencia de todas las barbaridades que hayan podido cometer en el ínterin, que, con gran probabilidad, fueron las que provocaron el cambio en la actitud del otro, si es que se produjo).
O sea, que puede que sean pasivos, pero de lo que no cabe duda es de que son sujetos... de cuidado.
Es una estrategia bastante eficaz para confundir al personal y, con un poco de suerte, puede hasta llegar a despistar al contrario. Eso sí, para que tenga más posibilidades de éxito, conviene tener cara de no haber roto un plato en la vida o, si no se tiene, ponerla. Una mosquita muerta, por ejemplo, consigue con esta técnica unos resultados bastante más rotundos que una supervamp o, incluso que una mujer de rompe y rasga.
No quiero decir con esto, ni mucho menos, que sea este un posicionamiento vital exclusivamente femenino, aunque es cierto que el sujetopasivismo tuvo sus orígenes, según cuenta la tradición popular, en un albergue-escuela de jóvenes muchachas chinas, que, en tiempos remotos, fue muy famoso al sur de las montañas de Manchuria.
Su uso más frecuente se produce en aquellas situaciones en las que es recomendable para los intereses propios analizar el comportamiento ajeno como si el nuestro no hubiese existido.
Esto es, en sí mismo, una hecho bastante insólito en la vida real, puesto que en las relaciones normales entre las personas todos adoptamos una actitud y, la mayor parte de las veces, hacemos cosas. Cosas que, en función de diversos factores, pueden ser buenas, malas, regulares o neutras.
Pues bien, la clave está en juzgar el comportamiento ajeno como si se hubiese producido sin solución de continuidad, es decir, como si no hubiese habido más que un actor.
El procedimiento es, en teoría, sencillo. Sin embargo, llevarlo a la práctica requiere una gran precisión que no está al alcance de cualquiera.
Hay que tener en cuenta que es preciso obviar, hasta sus últimas consecuencias, las propias actuaciones, con independencia de que estas hayan sido buenas o malas, ya que para quien practica el sujetopasivismo con rigor, lo único importante es que el otro sea el responsable exclusivo de los acontecimientos vividos.
La lógica de este mecanismo es cartesiana, puesto que aceptar que se tiene un determinado papel activo en los hechos, otorga al sujeto, de forma automática, un porcentaje de responsabilidad del que es fundamental huir a toda costa para que, no teniendo carta de naturaleza, sea imposible valorarlo desde ningún punto de vista y, especialmente, desde el de la ética.
Por lo tanto, los expertos en el método del sujeto pasivo, saben muy bien cómo saltar en el tablero de ajedrez de la vida sobre esas casillas incómodas que recuerdan que las relaciones entre las personas son, como mínimo, cosa de dos.
Así, jugando en todo momento con fichas blancas, aseguran, sin el más elemental rubor, que fue siempre el otro quien hizo todo (lo bueno y lo malo... normalmente, en este preciso orden), convirtiéndole en sujeto activo permanente y enrocándose ellos en la última línea del damero, protegidos tras los peones del lado que resulte más propicio y conveniente.
De lo que no se dan cuenta es de que su personalidad (de la que, por otra parte, suelen presumir mucho) queda un poco desairada con tan drástica implementación de su sujetopasivismo, pues, según su versión, ellos se han limitado a recibir, disfrutando o sufriendo del comportamiento ajeno, pero sin dar ni hacer nada a cambio (con independencia de todas las barbaridades que hayan podido cometer en el ínterin, que, con gran probabilidad, fueron las que provocaron el cambio en la actitud del otro, si es que se produjo).
O sea, que puede que sean pasivos, pero de lo que no cabe duda es de que son sujetos... de cuidado.
martes, 4 de febrero de 2014
Inventando el pasado
El trabajo del historiador es arduo. Dejar constancia de lo que ha sucedido y hacerlo con rigor y exactitud no es, desde luego, tarea fácil.
La mayor complicación reside en ser capaz de discernir las fuentes fidedignas de las que no lo son, algo que no resulta nada sencillo.
El historiador escribe, casi siempre, de épocas que no conoció y tiene, por ello, que dar crédito a otros que, probablemente, tuvieron que hacer lo mismo que él, basándose en historiadores previos que, a su vez, hicieron otro tanto.
Por si todo esto no fuera suficiente para poner en tela de juicio muchas de las versiones que llegan hasta nosotros de lo sucedido en tiempos pretéritos, hay que añadir que los documentos históricos contemporáneos de los hechos que describen, suelen ser, precisamente, los menos objetivos de todos.
Y lo son porque están sujetos a la influencia inevitable de las opiniones subjetivas de unos autores que, ya sea por sus ideas, por las circunstancias que les han tocado vivir o por las consecuencias que los acontecimientos les causaron, han sido, de alguna manera, parte de la historia que ellos mismos nos cuentan.
La perspectiva del tiempo es la que otorga imparcialidad al historiador, pero, a su vez, esta distante visión provoca un conocimiento mucho menos exacto de lo sucedido.
Como es lógico, cuando todo esto lo trasladamos al ámbito personal, es decir, a nuestra historia particular, los condicionantes de implicación y proximidad son tan intensos y poderosos que determinan las versiones de los hechos, llegando, en ocasiones, a deformar la realidad hasta límites insospechados.
En muchos lugares ocurre, pero en nuestro país, la destreza desarrollada en el arte de inventar el pasado se ha convertido, desde tiempos inmemoriales, en un auténtico deporte nacional, que cuenta con muy laureados campeones.
Yo no soy historiador. Carezco de las virtudes necesarias para escribir con rigor desapasionado y estricto. Por eso, todo lo que yo hago es literatura, a pesar de que hay quien se empeña en ver lo que no hay detrás de mis artículos y poemas. Y no me refiero a los lectores, quienes, como los espectadores en el fútbol o en el teatro, tienen todo el derecho a pensar lo que quieran (esa libertad de sentirse identificado o no con lo que se lee es uno de los grandes valores de la literatura), sino a esos otros historiadores/inventores, que se creen el centro del universo y que se obstinan en creer que no hay línea ni verso que no esté dedicado a ellos.
Están muy equivocados. El mundo es demasiado grande y ellos demasiado pequeños como para que eso suceda. Curiosamente, suelen ser los mismos que se dedican a reinventar la historia. En especial, la suya y la de quienes les rodean.
A mí me produce una profunda tristeza comprobar cómo esos inventores del pretérito modifican los acontecimientos a su antojo y conveniencia, pasando de puntillas sobre lo importante y agarrándose a cualquier error ajeno, utilizando su memoria caprichosa como si fueran las mandíbulas de un doberman furioso y resentido.
Lo más terrible, sin duda, es que borran de ese pasado todos sus actos truculentos (o, siendo generosos, sus tremendas y gravísimas equivocaciones) y, no conformes con ello, se atreven a pedir explicaciones a quienes han sido víctimas de un comportamiento tan desleal y perverso que, como diría el Fantasma de la Ópera, fue más allá de la imaginación humana.
Nunca son capaces de reflexionar... de admitir su parte de culpa, por mucho que haya quedado demostrada y sentenciada en todas las instancias posibles.
Ellos siguen aferrándose a la responsabilidad ajena como último recurso para escribir una historia que nunca sucedió. Con ello, desprecian la mano amiga tendida y cierran la puerta no ya a la verdad, que casi no importa cuando se ha perdonado, sino a la propia vida... e, incluso, a inventar (esta vez de forma positiva) un futuro que cada día es más corto para todos.
Triste, pero cierto.
La mayor complicación reside en ser capaz de discernir las fuentes fidedignas de las que no lo son, algo que no resulta nada sencillo.
El historiador escribe, casi siempre, de épocas que no conoció y tiene, por ello, que dar crédito a otros que, probablemente, tuvieron que hacer lo mismo que él, basándose en historiadores previos que, a su vez, hicieron otro tanto.
Por si todo esto no fuera suficiente para poner en tela de juicio muchas de las versiones que llegan hasta nosotros de lo sucedido en tiempos pretéritos, hay que añadir que los documentos históricos contemporáneos de los hechos que describen, suelen ser, precisamente, los menos objetivos de todos.
Y lo son porque están sujetos a la influencia inevitable de las opiniones subjetivas de unos autores que, ya sea por sus ideas, por las circunstancias que les han tocado vivir o por las consecuencias que los acontecimientos les causaron, han sido, de alguna manera, parte de la historia que ellos mismos nos cuentan.
La perspectiva del tiempo es la que otorga imparcialidad al historiador, pero, a su vez, esta distante visión provoca un conocimiento mucho menos exacto de lo sucedido.
Como es lógico, cuando todo esto lo trasladamos al ámbito personal, es decir, a nuestra historia particular, los condicionantes de implicación y proximidad son tan intensos y poderosos que determinan las versiones de los hechos, llegando, en ocasiones, a deformar la realidad hasta límites insospechados.
En muchos lugares ocurre, pero en nuestro país, la destreza desarrollada en el arte de inventar el pasado se ha convertido, desde tiempos inmemoriales, en un auténtico deporte nacional, que cuenta con muy laureados campeones.
Yo no soy historiador. Carezco de las virtudes necesarias para escribir con rigor desapasionado y estricto. Por eso, todo lo que yo hago es literatura, a pesar de que hay quien se empeña en ver lo que no hay detrás de mis artículos y poemas. Y no me refiero a los lectores, quienes, como los espectadores en el fútbol o en el teatro, tienen todo el derecho a pensar lo que quieran (esa libertad de sentirse identificado o no con lo que se lee es uno de los grandes valores de la literatura), sino a esos otros historiadores/inventores, que se creen el centro del universo y que se obstinan en creer que no hay línea ni verso que no esté dedicado a ellos.
Están muy equivocados. El mundo es demasiado grande y ellos demasiado pequeños como para que eso suceda. Curiosamente, suelen ser los mismos que se dedican a reinventar la historia. En especial, la suya y la de quienes les rodean.
A mí me produce una profunda tristeza comprobar cómo esos inventores del pretérito modifican los acontecimientos a su antojo y conveniencia, pasando de puntillas sobre lo importante y agarrándose a cualquier error ajeno, utilizando su memoria caprichosa como si fueran las mandíbulas de un doberman furioso y resentido.
Lo más terrible, sin duda, es que borran de ese pasado todos sus actos truculentos (o, siendo generosos, sus tremendas y gravísimas equivocaciones) y, no conformes con ello, se atreven a pedir explicaciones a quienes han sido víctimas de un comportamiento tan desleal y perverso que, como diría el Fantasma de la Ópera, fue más allá de la imaginación humana.
Nunca son capaces de reflexionar... de admitir su parte de culpa, por mucho que haya quedado demostrada y sentenciada en todas las instancias posibles.
Ellos siguen aferrándose a la responsabilidad ajena como último recurso para escribir una historia que nunca sucedió. Con ello, desprecian la mano amiga tendida y cierran la puerta no ya a la verdad, que casi no importa cuando se ha perdonado, sino a la propia vida... e, incluso, a inventar (esta vez de forma positiva) un futuro que cada día es más corto para todos.
Triste, pero cierto.
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