sábado, 16 de febrero de 2013

El arte de la prudencia

El Oráculo Manual de Baltasar Gracián ha sido, desde hace muchos años, mi libro de cabecera. Sus sabios consejos, cuya lectura recomiendo a todos (por ejemplo, en la cuidada edición de la editorial Temas de Hoy, publicada bajo el título El Arte de la Prudencia, o en la de José Ignacio Díez Fernández), han traspasado el umbral del tiempo y casi cuatrocientos años después, siguen siendo tan actuales como si estuvieran escritos en el siglo XXI.
Puede que sea porque la naturaleza humana no cambia mucho (hipótesis que defiendo con convicción), pero lo cierto es que los trescientos aforismos del autor de El Criticón, son absolutamente vigentes en nuestros días.

Gracián nació en un pequeño pueblo próximo a Calatayud (hoy conocido como Belmonte de Gracián), tierra histórica y milenaria, en la que muchas civilizaciones dejaron su impronta. Yo conozco bien esos valles de ríos arcillosos que se abren paso entre montes descarnados y solitarios, por los que tantas veces dialogué con mis pensamientos. Tal vez ese origen contribuyó a su estilo breve, directo y concreto, reconocido mundialmente e identificado para siempre con su obra.

La prudencia de la que habla Gracián va mucho más allá de la templanza. Digo esto porque ambas virtudes suelen confundirse con frecuencia. Es cierto que las dos, junto a la justicia y la fortaleza, conforman el conjunto de las cuatro virtudes cardinales, sobre las que giran (como la etimología de su nombre indica) todas las demás, pero si la templanza es la que nos capacita para controlar nuestras tendencias, la prudencia es reflexión y, sobre todo, buen juicio a la hora de tomar decisiones cotidianas, que son las que nos permiten actuar con eficacia en todos los ámbitos de la vida.

Prudencia, pues, es sabiduría y no, necesariamente, una invitación a la inacción, sino que, a veces, puede implicar un comportamiento proactivo, incluso desde el punto de vista emocional. Me gusta cuando dice: Tener algo que desear, para no ser felizmente desgraciado. El cuerpo respira y el espíritu aspira. Si todo se reduce a poseer, solo habrá decepción y descontento... Se vive de esperanza: los excesos de felicidad son mortales... Si no hay nada que desear se teme todo: felicidad infeliz. Donde termina el deseo comienza el temor.

Todos sabemos que hay quien vive instalado en el temor, porque terminó con sus deseos, porque redujo todo a poseer y tiene miedo a perder lo que posee. Es la lucha eterna de quien esclaviza su propia libertad para navegar por el mar de la ansiedad material, tras haber mandado a pique sentimientos y emociones. Traicionar a la propia vida sería calificado de imprudente por Gracián.
Los amigos de hoy serán los enemigos del mañana, nos dice en uno de sus aforismos. Triste afirmación, tantas veces constatada, que podríamos enlazar con la recomendación que nos ofrece en el siguiente de no actuar nunca por terquedad, sino por prudente reflexión.

Es una lástima que tan pocas personas conduzcan su vida por la senda del arte de la prudencia. Todos lloraríamos menos si no hubiese quien, de forma instintiva, se rige por el peor sentido literal de lo expuesto en la máxima 243 y, además, duplica en su propio provecho los recursos espirituales necesarios de la vida, quedándose con los ajenos para su beneficio.
Claro que, a quienes así actúan, hay que agradecerles, al menos, que no nos dejen poseer alguna de las cosas que queremos, porque de esta manera, mal que les pese, disfrutamos doblemente de ellas.

Dice Baltasar Gracián que saber olvidar es más suerte que sabiduría.  Y así es: una suerte de la que no suelen carecer los tránsfugas del afecto. Allá ellos.

1 comentario:

angel figueroa dijo...

gracias muchas gracias