martes, 29 de agosto de 2023

Supremacismo y respeto

Unos lamentables hechos, protagonizados por un personaje relevante, titular de un puesto de alta representación, y producidos en un momento de gran exposición mediática mundial, han ensombrecido uno de los mayores éxitos deportivos de nuestra historia.

Es innecesario recordarlos aquí, pues su difusión ha sido tal que casi no se ha hablado de otra cosa en estos últimos días. Y aún tendrán un largo recorrido por delante.

A la mayor parte de las personas normales, lo ocurrido nos ha llenado de tristeza... en un momento que debería haber sido de alegría. Un disgusto generalizado que, sin embargo, me da la impresión que ha evolucionado en direcciones que desvían el fondo de la cuestión hacia territorios que, aunque sí tienen que ver (al menos, algunos) con lo sucedido, no abordan el verdadero y preocupante origen de la cuestión. Y mientras no lo tengamos claro, nos confundiremos y no seremos capaces de corregir el grave problema subyacente.

Me refiero a que si llevamos un problema profundo de comportamiento, educación y entendimiento, como el que toda la sociedad debe abordar, hacia terrenos teñidos de tintes políticos o, incluso, jurídicos, no seremos capaces de reaccionar conjuntamente ante algo que precisa de un enorme esfuerzo colectivo para poder superarlo y mirar, de una vez por todas, hacia un futuro mejor.

Claro está que el inapropiado comportamiento de un individuo que ostentaba un cargo para el que, obviamente, no estaba cualificado (aquí tenemos ya la primera premisa seria a valorar, pues él no se nombró a sí mismo, sino que fue elegido por quienes debían decidirlo), tiene visos de haber transgredido la ley y debe ser castigado por ello. Evidente es, de igual modo, que sus modos de actuar ante millones de espectadores, representando a todo un país, han sido zafios, penosos, groseros y repugnantes (doy por hecho que esto es, asimismo, susceptible de otro tipo de sanciones, tal vez estas de índole administrativo o privado). Desde luego que hay muchas víctimas de todo ello (una principal, y un extenso e indeterminado número de ellas en calidad de secundarias). Y, seguro, que hay más elementos a considerar que a mí se me escapan.
Sin embargo, asumida, en primera instancia, la protección total debida a la víctima principal y a sus compañeras más próximas, hemos de entender la verdadera naturaleza de lo sucedido y, sobre todo, sus consecuencias para la sociedad en la que vivimos.

Dejemos a un lado la cuestión técnica legal (doctores tiene la Iglesia, es decir, la judicatura, para actuar), que no nos compete y, en particular, rechacemos cualquier intento de politizar el asunto. Haríamos un flaco servicio a nuestra sociedad: ante hechos como estos, no cabe ser de derechas, de izquierdas o de centro. Quiero decir con ello que debemos de liberarnos de prejuicios. Ser de un partido político o de otro, ser hombre o mujer, ser de Villarriba o de Villabajo, es absolutamente irrelevante.

Y, dicho esto, quiero profundizar en la cuestión. 

No nos centremos, tampoco en la condición 'sexual' del abuso, agresión, violencia... o la tipificación técnica que corresponda. Ya he dicho que eso es tarea de los jueces. En primer lugar, es preciso hacerlo así porque, en caso contrario, vamos a causar entre todos mucho más perjuicio a la víctima que el que ella recibió de su abusador. 
Tampoco desviemos nuestra atención hacia el vergonzoso comportamiento exhibido por el triste personaje en el palco y durante las celebraciones posteriores. De todo punto impropios, no ya de un presidente en el ejercicio público de sus funciones, ante sus máximos superiores y autoridades del más alto rango, sino de cualquier hooligan, indocumentado y barriobajero, que hubiese aparecido por aquellos lejanos lares. 
Pero, ¡atención!, si recomiendo esta actitud no es para quitar importancia a lo señalado (la tiene, y mucha), sino para concentrarnos en el verdadero origen de lo ocurrido. Dejemos a los jueces, a los tribunales administrativos y a las autoridades del Estado, así como a las federativas (internacionales y locales) hacer su trabajo. Tengo la seguridad de que lo harán con su mejor saber y entender, aplicando el criterio que corresponda en justicia.

Y es que, por desgracia, no estamos ante un problema de sexo (menos, aún de 'género'). Digo lo de la desgracia, porque nos enfrentamos a algo de índole mucho más grave: supremacismo en estado puro.
El supremacismo engloba casi todos los abusos de poder (machismo, racismo, esclavismo, edadismo, autoritarismo...). Está enraizado en la sociedad desde tiempo inmemorial. La 'potestas' del fuerte, el rico, el poderoso, el jefe, llega a cegar de tal manera que quien está en situación de ventaja (por efímera que esta sea) se considera, sin necesidad de racionalizarlo, superior a quien está por debajo de su dominio (ya lo esté, de hecho, o solo en la mente de quien así lo considera).

Estos días hemos oído a gente bien intencionada decir cosas como esta: "La pena es que hemos desviado la conversación de lo que han hecho nuestras chicas". Y lo decían de buena fe. Sin darse cuenta que 'nuestras chicas' son jugadoras profesionales y, por cierto, unas mujeres que han ganado el Campeonato del Mundo en su categoría absoluta (no en infantiles o juveniles). Pero es que, además, no son 'nuestras'. Son de ellas. Solo de ellas.
"Hay que cuidar a nuestros abuelos", se suele decir, hablando de las personas mayores, en general. Pero resulta que la condición de 'abuelo', si se da, es circunstancial. Y, desde luego, de darse, es con respecto a sus nietos, no a quien lo dice (insisto: con buena intención).

Este es el trasfondo del problema. El supremacista (todos lo somos, en mayor o menor medida, aunque no nos demos cuenta) no es que se considere superior a quien está (aunque sea en su personal delirio) por debajo de él, es que se considera su dueño. Ya digo que no lo racionaliza, pero actúa como si lo fuera. 
Una situación que está tan enraizada en la sociedad que, por ejemplo, el que paga por un producto a un servicio, se considera superior a quien le sirve o entrega lo comprado, por el mero hecho de que él es quien paga: "Oiga, que yo soy el cliente. Yo soy el que pago". Sin darse cuenta de que eso no es más que una relación igualitaria, ya que el precio pagado es a cambio del producto o servicio que recibe (que vale –o, al menos, cuesta– lo mismo que el dinero entregado por él).
Lo llevamos dentro. Si pago a mis empleados, significa que el superior soy yo y ellos los inferiores. Pues no, usted paga un salario a cambio de un trabajo: ambos están en paz, exactamente al mismo nivel.

Por suerte, no todo el mundo es así. Hay muchos (creo que cada vez más) que practican el respeto con los demás. El más valioso de los respetos es el practicado con quienes, en apariencia, están (en un momento dado) en una posición de cierta desventaja. Eso es lo que debemos practicar permanentemente y transmitir, desde la cuna, a las nuevas generaciones. Si no lo hacemos así, estamos perdidos como especie.


Volviendo al caso del que estamos hablando, cuando el presidente coge a una de las jugadoras del equipo por la cabeza, sujetándola con firmeza y dominio, y le da un beso, lo grave no es el beso (y es indiferente que haya consentimiento o no, entre otras cosas porque, como dice Reem Alsalem: "A veces hay tal desequilibrio de poder que el consentimiento puede carecer de sentido").
Demos toda la importancia a lo que la tiene. Y entrenémonos, a diario, en la particular lucha de cada uno contra nuestros ramalazos supremacistas. Todos los tenemos. Practiquemos el respeto, el respeto verdadero, el que nos recuerda constantemente que no somos superiores a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos.

Cuando llegue ese día, podremos celebrar algo mucho más valioso que el más importante de los campeonatos.

viernes, 18 de agosto de 2023

Sirenas olvidadas

Si hay algo que las sirenas no soportan es que las olviden.
Se enfadan mucho cuando algún navegante de esos que han tratado de seducir (me refiero, claro está a los que consiguen escapar de ellas, ya que los otros –pobrecillos– no están capacitados para olvidar ni para no hacerlo) vuelve a su vida normal y borra de su memoria los episodios vividos durante sus encuentros.

Esto es algo que les pasa a todas, ya sean marinas o de tierra adentro. Es preciso hacer énfasis en este punto, ya que no todas las referencias que figuran en el Registro Internacional de Sirenas están situadas en lugares de costa o en alta mar, algo que no debe sorprendernos, ya que el RIS incluye en sus anotaciones a las nereidas, así como a otras criaturas asimiladas. De hecho, ya hablé, en un artículo anterior, de unas muy particulares: las sirenas montaraces.

Pero volvamos a eje de la cuestión. Como decimos, su hábitat de procedencia no es causa de distinción en esta característica de su comportamiento. Aceptan, de buen grado, el odio, el rencor, el miedo y, por supuesto, el amor. Pero lo del olvido es superior a sus fuerzas. Ellas sí pueden olvidar (lo hacen de forma habitual), pero su infinito y ancestral orgullo no les permite consentir ciertas reacciones humanas: la que menos, el olvido.

Yo sospechaba, que era así, desde luego, pero fue durante una cena en Le Sirenuse, ese elegante hotel y restaurante de Positano, con vistas a las islas de Li Galli (que la tradición helénica citaba como conocida morada de esas extraordinarias criaturas), cuando un gran experto en el tema me lo ratificó:
—Ulises, por ejemplo —me dijo—, acabó olvidándolas, y nunca se lo perdonaron.

Unos buenos amigos amigos míos tuvieron, hace ya muchos años, relación con una sirena que vivía entre las escarpadas rocas del cabo de San Antonio, al pie del Montgó. Por desgracia, dos de ellos ya han fallecido, pero me hablaron mucho, en su momento, de los constantes intentos de seducción que sufrieron.
Según me contaron, estas sirenas modernas tienen técnicas mucho más sofisticadas que las clásicas (cantar con voz dulce y melodiosa, y todas esas cosas). Ahora parece que utilizan métodos indirectos y envolventes, basados en lo que los estudiosos denominan 'seducción inducida'. Esto es muy complicado de explicar en un artículo breve como este, por lo que me limitaré a resaltar los detalles más sorprendentes relacionados con esta 'inducción'.
Al parecer, el origen de todo ello hay que buscarlo en la cada día mayor escasez de marineros incautos. Según leemos en uno de los capítulos de los estatutos de la fundación 'Sirenas sin Fronteras' (traducimos literalmente del original): "XIII. Reivindicamos el derecho inalienable de nuestra raza a seducir a cualquier individuo de sexo masculino —de origen natural—, con independencia de su condición o lugar de residencia, debiéndonos ser permitida, sin restricción alguna, la inducción por vía de terceros para alcanzar el fin último para el que hemos sido creadas". Por cierto que, llegados a este punto, cabe cuestionarse cuál es ese "fin último". Y lo pregunto inocentemente, porque nunca he sabido, a ciencia cierta, qué hacían con los infortunados marineros que caían en sus garras... ¿los devoraban? ¿Y si no se los comían, qué interés tenían en acabar con ellos?

En cualquier caso, es comprensible que, con tantos esfuerzos realizados (algunos de ellos reconocidos por ciertos tribunales que llegaron a sentar jurisprudencia, como el otrora célebre 'Tribunal de las Aguas de la Macarelleta'), se disgusten mucho si son olvidadas. Ellas añoran aquellos tiempos en los que las leyes protegían a las sirenas (su doble condición les otorgaba múltiples beneficios), hasta tal punto que quienes no se doblegaban a sus deseos llegaron a tener presunción de culpabilidad en el 'Tribunal de Delitos contra las Sirenas', creado, expresamente, a instancias de su sindicato interoceánico.

La pena es que no puedo contar mucho más al respecto. Y no porque no quiera... sino porque lo he olvidado. Creo recordar que conocí a una, allá por los años ochenta del pasado siglo, pero ya no me acuerdo de ella. Ni siquiera podría decir si era buena, regular, mala o muy mala: se me ha olvidado por completo. A veces, en sueños, me pasan por la cabeza imágenes raras, confusas... y poco más.

Ni siquiera me da pena. No me extraña que esté enfadada.

martes, 23 de agosto de 2022

Go West, young lady

Nadie sabe, con exactitud, quién acuñó esta frase. Pero sí parece estar claro quién la popularizó.

Ir hacia el oeste puede tener muchas connotaciones, aunque, lo más probable, es que, siendo una frase reflexiva (no lo parece, pero lo es), tuviera mucho de huida. 
Sin embargo, no siempre es fácil huir. Ni siquiera cuando el West es, además de West, far.
Lo más curioso es que, en este caso, una vez alcanzado el far, convenía un desplazamiento al next.
No, no es una adivinanza. Ni una nueva versión de Wordle. Es, simplemente, una reflexión filosófica que viene a ser equivalente al conocido 'nunca es tarde si la dicha es buena', sustituyendo el adverbio de tiempo por otro de lugar. El sustantivo no es preciso cambiarlo, porque se sobrentiende en ambos casos.

Luego está lo de las matemáticas (me refiero al Teorema de Quales, que es como el de Thales, pero con números): 505/615/505. Su traducción del griego antiguo no es fácil, pero viene a decir algo así como que una cifra será considerada conspicua si leída de principio a fin y de fin a principio, solo se diferencia en un dígito y, teniendo cinco cincos y dos ceros, consta de dos combinaciones 5-0-5, una al principio y otra al final, y los tres dígitos centrales suman doce, siendo un uno el del centro y el mayor de los dos que están situados junto a él, se encuentra a su izquierda.
No es un teorema fácil de demostrar, pero en el Mileto de la época clásica gozaba de gran popularidad.

"Go West, young lady", dijo Quales (lo dijo en griego, claro), y ella fue, primero al far... y luego al next.
Lo hizo, eso sí, sin solución de continuidad, y, pese a tomar cuantas precauciones estuvieron a su alcance, no consiguió su objetivo, por lo que el número (tal como había pronosticado Quales) resultó conspicuo. O, lo que es lo mismo, ilustre, visible... sobresaliente. Sobre todo, sobresaliente.

Es tradición aceptar que saltar desde la azotea de un edificio hasta la de otro próximo, volando sobre el vacío, es una tarea que debe encomendarse a profesionales. Algunos sostienen que solo es una excusa para lucir sombreros de paja trenzada y estilo vaquero, aunque mi amigo Miguel Ángel se limitase a decir que estaban de moda. Yo me inclino por lo de la excusa.

Porque uno (una también) puede huir de la verdad, incluso de sí mismo, pero resulta imposible hacerlo de una mentira categórica que hemos hecho pasar por verdad durante años. De eso no hay quien huya, por muy far que esté el West.

Keren Ann cantaba "I'm not going anywhere". Y lo hacía casi susurrando, tal vez para evitar que quien no sabía si arrepentirse o no de algo escuchase su canción. Al final no se arrepintió: hizo, por triplicado, cuanto había que hacer, demostrando que Quales sabía muy bien lo que decía, tantos siglos atrás.
Abajo, en la distancia, la ciudad dormía. Arriba, otra ciudad más pequeña y más alegre, se mantenía despierta, con sus altísimas palmeras montando guardia a lo largo del bulevar. Las dos sabían que el océano estaba cerca, pero no alcanzaban a verlo.

"Go West, young lady", reían todas de día. Pero las noches eran blancas, largas o cortas, pero blancas, absolutamente blancas: 505/615/505. ¿Cómo serían, en la antigüedad, las noches de Mileto, la más grande y rica de las ciudades griegas? Hace mucho tiempo, digamos en el siglo VII a. C., las noches de agosto en aquella costa del Egeo, bajo el dominante brillo de Sirio, debían ser impresionantes, extraordinarias...
Cien años después llegaron los persas y todo cambió. Como aquí, en este West que era far y era next. Porque cuando llega alguien inesperado, todo se revuelve, las risas desaparecen tras la cena y las noches se vuelven blancas. 

Con el ánimo transfigurado, las aves diurnas resplandecen en la noche, convertidas en quirópteros blancos, ya despojadas de sus fingidas plumas incandescentes. Y así, rebelándose contra contra su propia naturaleza, contra la historia... maldicen su entrega a la voluntad de un destino que siempre les fue ajeno. Un destino fatal, sí, fatal, y que ya llevan tatuado en el corazón para toda la eternidad.

"Go West, young lady, go West", llegaba a sus oídos como una suave melodía, transportada por la leve y templada brisa que entraba en la habitación por esa ventana que no había tenido fuerzas para cerrar del todo. 

"Go West, young lady", seguía oyendo. Pero ella ya estaba allí.


lunes, 20 de junio de 2022

El árbol que habló a María

Me encontré con María en el parque. Ella lo conocía bien, yo no tanto, aunque había estado, años atrás, muchas veces en él. Bien es cierto que yo solía frecuentar una zona algo más urbanizada, menos natural.
Desde luego, el parque estaba muy bien cuidado, pero con ese tipo de mantenimiento que conserva un aspecto de perfección silvestre domesticada, esa que resulta imposible de conseguir si se permite a la naturaleza obrar con absoluta libertad.

Por si todo ello fuera poco, su orografía no era la habitual en los parques de ciudad, sino propia de aquello que se asemeja a lo que (idealmente) entendemos como 'campo'. Y, para rematar el panorama, todo estaba inmerso en un verdor casi insultante, impropio de una latitud más propensa a la sequedad esteparia que al esplendor mágico de las afortunadas tierras atlánticas.
La absoluta ausencia de gente que nos ofrecía aquel oasis tan singular resultaba difícil de entender, sobre todo si teníamos en cuenta la temperatura reinante en aquel día caluroso, con el que el ya próximo verano castigaba la ciudad.

Sin embargo, allí dentro, en el interior del microclima de aquel sorprendente jardín del edén, todo era idílico: árboles centenarios de pobladas copas; verdes y suaves colinas cubiertas de hierba fresca; macizos de arbustos y flores, dispuestos con estudiado paisajismo... y un arroyo, discretamente canalizado, al que algún que otro mirlo de pico anaranjado y un par de palomas torcaces se acercaban fugazmente, para, de inmediato, emprender el vuelo con renovadas energías.

María bajaba por el sendero que discurría junto al arroyo con naturalidad, como si lo hubiese recorrido miles de veces. Me dijo que iba en busca de "la fuente". Yo, por supuesto, no tenía la menor idea de a qué fuente se refería, pero hacía un rato que había renunciado a cualquier posible tentación de ejercer una voluntad (la mía) que ya estaba abandonada a su destino.
De pronto, tras girar a nuestra izquierda, encaminándonos a un pequeño puente de madera, un alegre manantial apareció ante nosotros. María pasó junto a unas rosas que yo califiqué mentalmente de silvestres (renunciando a la evidencia de que nada tan perfectamente dispuesto podía tener esa condición) y se agachó para beber, con infinita delicadeza, de aquel agua cristalina que surgía de un leve desnivel del terreno, para caer, convertida en melodía plateada, sobre un recodo del arroyo. Y el riachuelo parecía agradecerlo, pues, a partir de ese punto, su caudal, un tanto turbio aguas arriba, discurría limpio y luminoso.

Yo bebí también, claro. María me había hecho una invitación con la cabeza y yo obedecí al instante. Tenía sed... o me gustó mucho, no lo recuerdo bien, pero tomé tres o cuatro largos tragos. Cuando terminé, satisfecho de la extraordinaria insipidez del agua del manantial (la absoluta insipidez, junto a la transparencia y a la falta de olor conforman las virtudes fundamentales de la mejor bebida que existe en el mundo), miré hacia el lugar donde debía estar María y no la ví. Por un momento, dudé de su existencia. Pensé en 'Manon des sources' y me transporté a la Provenza, viéndome a mí mismo como un nuevo 'Jean de Florette'.
Sin alejarme de la fuente, busqué a Manon... digo a María... con la mirada. Pronto pude verla: estaba un poco más arriba, a media ladera, a la sombra de un enorme tilo con el que parecía estar manteniendo una conversación en voz baja.

No me atreví a interrumpirla. Me quede quieto, en pie, observando. María hablaba con el árbol. Y acercaba su oído a la parte más rugosa de su corteza cuando ella terminaba una frase. Así permanecimos los tres un buen rato. El tilo y ella intercambiando confidencias y yo, embobado, mirando la escena mientras me parecía escuchar, muy a lo lejos, la obertura de 'La forza del destino'.
Cuando terminaron su charla, María bajó, sonriente, hasta donde yo permanecía inmóvil.
—¿Estaba rica el agua? ¿Te ha gustado? —preguntó.
—Sí —me limité a responder, moviendo la cabeza como un perrito amaestrado.

Seguimos con nuestro paseo, siempre junto al arroyo. Yo no me sentía con fuerzas de preguntar. Consideraba, seriamente, la posibilidad de haberlo imaginado todo y no quería hacer el ridículo.
—De niña, venía todos los días a este parque —me confesó, aspirando el aroma de una madreselva—. ¡Qué bien huele!
Acerqué mi nariz a aquel frondoso arbusto, lleno de flores, y no supe distinguir olor alguno. No me extrañó, porque, a esas alturas, ninguno de mis sentidos (y, mucho menos, el mal llamado 'común') parecía responder a los estímulos normales...

No puedo precisar cuánto tiempo duró el paseo, pero sí recuerdo con claridad que, al pasar junto a un árbol de tronco grueso y arrugado, María me dijo, mientras acariciaba su corteza con el mismo gesto cariñoso que hubiese empleado para pasar la mano por la mejilla de su abuelo:
—Algunos de estos árboles lo saben todo. Son más sabios que los hombres.

Y creo que tenía razón.

viernes, 9 de abril de 2021

La hiedra

Aquella mañana de invierno, Lucía salió de su casa muy temprano. Se puso al volante medio dormida y, con más precipitación de la habitual, se introdujo con su coche en esa neblina matinal que, aún, no había levantado del todo y dificultaba un poco la visibilidad. Apenas llevaba recorridos unos metros desde la salida de su garaje, cuando se encontró con él. Estaba de pie, inmóvil en el centro de la calzada. Al verla llegar, levantó una mano, a modo de saludo. Ella frenó y él, con total naturalidad, se subió al coche y se sentó.

—Hola —dijo, sin énfasis—. ¿Qué tal estás?
—Dormida —respondió Lucía—. Y puede que soñando.
—No, no sueñas. Además, aunque estuvieses soñando, los sueños los olvidarás pronto —aseguró él, mirando al frente—. Ten cuidado con la niebla. Es peligrosa.
—¿Cómo has venido?
—Andando.
—Pero... ¿desde tu casa?
—Claro.
—Esto está muy lejos —aseguró ella, sin salir de su sorpresa.
—La distancia es una magnitud relativa. Como todas, si a eso vamos —sentenció su inesperado acompañante.

Dicho esto, introdujo una cinta en el radio-cassette del coche y reclinó ligeramente su asiento. Unos segundos después, las voces y guitarras de Los Panchos empezaron a sonar, amortiguando con su melodía el ruido del motor y el del tráfico exterior: "Pasaron desde aquel ayer..."

Lucía había pensado varias veces en dejar esa relación. Pero, siempre que intentaba proponérselo en serio, pasaba algo que lo impedía.
Realmente, no había ningún motivo que justificase dejarlo... salvo esa íntima seguridad que removía su ánimo y le advertía que ese amor era imposible, que algún día él desaparecería de su lado y le dejaría un vacío irremplazable, causándole un inmenso dolor.

Sin embargo, ese día no llegó nunca. 

La vida de Lucía se complicó mucho, es cierto, pero esas complicaciones venían de muy atrás. De un pasado en el que se había dejado llevar por la insustancialidad de unos sentimientos huecos, maquillados por la euforia pasajera de una juventud en la que el conflicto permanente entre realidad y ficción fue una constante casi suicida. 
Ambición y placer formaban un binomio peligroso que, ungido por el óleo de la belleza, producía efectos muy peligrosos.
Los síntomas que afectaron a Lucía fueron compatibles con el extravío, por lo que llegó a mimetizarse con ese espíritu universal que, con tanto acierto, describieran Dumas y Verdi: el de la mujer traviata.
Y, así, Lucía se convirtió en una nueva Violetta, una mujer en lucha constante contra sí misma, cuyo orgullo era su principal recurso para salir adelante en un mundo que, de tanto tenerlo predispuesto a su favor, se volvía, una y otra vez, en su contra.

Treinta años después, él seguía sintiéndola ligada a él, sin que sus ojos pudieran separarse jamás de sus sueños... apretada, como la hiedra, a esa pared blanca y eterna que un día construyera.

—He venido para que sepas que siempre estaré junto a ti —dijo él en aquel lejano día, sin que le hubiesen preguntado—. Venderás este coche, te cambiarás de casa, buscarás un nuevo trabajo... pero yo seguiré aquí, como hoy, en la calle por la que vas a pasar cada mañana cuando te levantes, en mitad del sueño que acariciará tu memoria por la noche, aunque tú no hayas querido soñarlo.


Los poemas de Juan Ramón se borraron con el paso del tiempo; los besos y las promesas volaron, con las nubes, hacia el este; los sueños de peces, tortugas y delfines fueron incinerados en el crematorio del olvido...
Pero él volvió ese día, treinta años y una noche después, y comprobó que allí seguía la hiedra: apretada, fuerte, robusta. Y eso que la vida había pasado, como el agua pasa bajo el puente del dormir.
 
Se tumbó sobre la reverdecida hierba de abril y se sintió casi feliz. Tan solo una débil sombra de tristeza cruzó, fugaz, por su ánimo. Cuando la sombra hubo pasado, cerró los ojos, encendió su teléfono móvil y se puso a escuchar la vieja canción de Los Panchos: "Donde quiera que estés...".

viernes, 26 de junio de 2020

Eustaquio y Falopio

Eustaquio nunca tuvo éxito con las mujeres. Él lo achacaba a que la mayoría de ellas (en su opinión) son más proclives a hablar que a escuchar, condición no muy compatible con la personalidad de Eustaquio, gran conversador, que disfrutaba cuando se encontraba ante audiencias pacientes y silenciosas, pero que soportaba mal las disertaciones de los demás.

Por el contrario, su amigo Falopio apenas perdía el tiempo con charlas inútiles, siendo, sin embargo, partidario de ir al grano y dejarse de circunloquios y zarandajas verbales.
Y eso que Falopio (cuyas aficiones dramáticas le habían llevado a representar varias veces el papel de Marqués de Moncada en su obra favorita, 'La venganza de don Mendo') había sido, de joven, un gran retórico hasta que reparó en el trasfondo de los versos que el protagonista de la 'caricatura de tragedia' de Muñoz Seca le decía en la segunda jornada de cada una de las representaciones:

Siempre fuisteis enigmático
y epigramático y ático
y gramático y simbólico
y, aunque os escucho flemático,
sabed que a mí lo hiperbólico
no me resulta simpático.
Habladme claro, Marqués,
que en esta cárcel sombría
cualquier claridad de día
consuelo y alivio es.

Oír, una y otra vez, este discurso le hizo reflexionar sobre el tema y concluir que no era oportuno andarse por las ramas (salvo en determinadas ocasiones, claro está), por lo que tomó la decisión de pasar del método analítico al sintético y se reconvirtió en un hombre cuyo estilo directo y pragmático le proporcionó resultados sorprendentes en sus relaciones con el sexo opuesto.

Tanto fue así, que Eustaquio, asombrado por el repetitivo cariz que estaban tomando los acontecimientos, pidió consejo a Falopio para intentar resolver su problema. 
Llegados a este punto, es preciso decir que Eustaquio quedó bastante deprimido por los comentarios de Falopio, lo que le llevó a escribir su famoso artículo 'Cómo tener éxito con las chicas', hoy lamentablemente perdido.
No estamos autorizados a entrar en el contenido del escrito de Eustaquio (del que, en cualquier caso, solo recordamos algunos fragmentos relacionados con la posición del sujetacorbatas con respecto al ombligo, las ocultas habilidades de Fred Astaire, el misterioso pasado de un hijo ilegítimo de Hitler y la sorprendente –y un tanto cínica– exigencia final de no exagerar en nada), pero este detalle no es imprescindible en esta historia, aunque, bien es verdad, que arrojaría alguna luz sobre ella.

El caso es que Eustaquio tuvo una vida ajetreada, poco feliz en el terreno amoroso, por falta de relaciones positivas y sinceras. Murió sin recibir un verdadero cariño desinteresado. 
Eso sí, se hizo oír por todas partes y ayudó a mejorar considerablemente la capacidad de escucha de quienes le conocieron.

Falopio también tuvo una vida de intensa actividad, pero la intensidad fue de otro tipo.
Los momentos felices existieron, desde luego, pero los que más abundaron fueron los emocionantes, ya que sus relaciones pocas veces discurrieron por cauces sosegados, sino que, más bien, las aguas de los ríos en los que se sumergió (siempre sin salvavidas) fueron, en su mayoría, turbulentas, como las que pasaban bajo el puente al que cantaron Simon y Garfunkel.

Ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo, nos surge una terrible duda:
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble, sufrir el amargo rigor de la infeliz fortuna o, persiguiendo un torrente de fuertes emociones dulces, rebelarse contra las dificultades que nos presenta y, afrontándolas, desaparecer con ellas?

La pregunta, ya sea así expresada o como (con mayor calidad literaria) dejara escrito para la posteridad el bueno de William, es una cuestión clásica, propia de la eterna tragedia humana.
Y la respuesta no es sencilla. Pero debo aceptar que, tras dar muchas vueltas al dilema, he llegado a la conclusión de que la clave está en las tres últimas palabras de la pregunta.
La duda queda resuelta al alcanzar la certeza de que, tanto Eustaquio como Falopio, acabarán desapareciendo no solo de la vida, sino de la memoria del mundo.
«Nuestras vidas son los ríos...», dijo Manrique. Y allí, en la mar en la que todos se igualan, poco importa que las aguas de esos ríos, que a ella van a dar, hayan sido amargas o dulces, revueltas o tranquilas.

Eustaquio el amargo, Falopio el agridulce (nunca las relaciones humanas son, del todo, dulces)... incluso todos los eustaquios y los falopios del mundo, empeñados los unos en solucionar la persistente sordera intelectual de la raza humana y, los otros, en demostrar que el SIDA no existe, no son más que gotas insignificantes, irremisiblemente perdidas en la inmensidad del océano.

martes, 23 de junio de 2020

Llanto de dragón

Todo aquel que conozca bien a los dragones sabe que lloran.
No lo hacen frecuentemente, desde luego, pero no son inmunes a la tristeza ni al llanto.
El dragón es valiente por naturaleza, fuerte y sabio. Está dotado como nadie para luchar contra las adversidades y para resistir, con una serenidad inigualable, cuantas dificultades le presente el destino. No odia a la humanidad, pero sabe que es molesta, inculta, chillona y caprichosa, por eso suele evitar el contacto con la multitud siempre que es posible. Si se ve en la necesidad de conducir a las masas, las conduce, aunque lo hace con esa calma indescriptible que surge de su milenaria sabiduría, perfecta conocedora de la condición humana.
Y, sin embargo, ninguna de estas excepcionales cualidades le impiden exteriorizar sus sentimientos, cuando se dan las circunstancias que lo justifican. Son ocasiones raras, es cierto, pero llegan a producirse.
Una de ellas es la traición. El dragón es extremadamente sensible a la traición. Es algo que pocas veces sucede (no hablamos del mundo, que hace de la deslealtad norma habitual de conducta, sino del reducidísimo grupo que enarbola el estandarte del honor como su principal e irrenunciable divisa), pero que, cuando llega, le produce un dolor profundo, un dolor intenso que no tiene cura.
La segunda causa es peor, porque, si la traición le hace daño, esta otra le destroza por dentro, debilitándole hasta un punto extremo. Le deja sin capacidad de recuperación. Y le hace llorar. Con esas lágrimas tan características suyas, que una vez derramadas, permanecen unidas a sus ojos para siempre... para toda la eternidad.

Una gran parte de la legendaria fuerza del dragón reside en sus cuatro poderosas patas. Si una desaparece, las otras tres pierden la entereza de su espíritu y apenas son capaces de sostener en pie a esa fabulosa energía, casi sobrenatural, que, durante tanto tiempo mantuvo viva la luz de la libertad y nos iluminó hasta en los momentos más difíciles.

Pues eso es lo que dicen que ha sucedido. Claro que yo me niego a aceptarlo. Con toda sinceridad, no me parece posible. Fui a cerciorarme de que era cierto lo que me dijeron... y no lo vi. Solo me encontré con un lugar desierto, abandonado hasta por los muertos (que son quienes suelen frecuentarlo). Allí solo había soledad. Ni siquiera sentí que hubiera pena o duelo. No había nada. 
Un funcionario con aspecto de figurante de teleserie me condujo, mientras se ponía con desgana la chaqueta, a la parte trasera del edificio. Entré en un lugar desconcertante, pequeño, extraño. El funcionario dijo que había tenido suerte, que era el número tres. Una pared de cristal me separaba de un ataúd grande, de aspecto sólido, más alto de lo normal. Parecía fabricado en otro planeta, tal vez en Ganímedes (que no es un planeta, sino un satélite). Estaba colocado sobre un ingenio de metal, hecho, quizá, con piezas de un Meccano gigante. A los pocos minutos, el artificio se puso en marcha y sus poco sofisticados engranajes, situados a la vista de cualquiera que estuviese observando la escena desde mi lado del cristal, comenzaron a moverse. Me resultó inevitable pensar en aquella frase de nuestra 'Noche de Ánimas', una narración terrorífica escrita hace años: «Eran las doce de la noche. Las losas de las tumbas comenzaron a girar sobre sus goznes». Cuando escribimos esa historia sabíamos, como lo sabe todo el mundo, que las losas de las tumbas no tienen goznes, pero la palabra nos gustaba. Hay que reconocer que es ideal para ser utilizada en un relato de miedo.
Pero, en esta ocasión, no eran las doce de la noche, sino la una del mediodía. Por el contrario, sí había goznes. Una puerta metálica cuadrada, de apenas una yarda de lado, se abrió para dejar paso hacia su ignoto destino a ese poliedro de Ganímedes, accionado por un mecanismo elemental y un tanto primitivo. Sin embargo, nada sabemos, en realidad, de lo que allí sucedía, aparte de la evidencia de estar asistiendo a una escena surrealista, con tintes patéticos.

Nunca nadie tuvo noticia de lo que sucedió después. 

¿Estaba una de las cuatro patas del dragón dentro de aquel deslavazado cubículo que, según el despreocupado funcionario, era nada menos que el 'afortunado' número tres?
Yo no lo sé. Y, como al dragón, me produce intranquilidad, desazón y tristeza.
Por eso llora el dragón. Y por eso mismo, lloramos todos: porque la vida se ha convertido en una perplejidad constante, en una ficción, en un espejismo... porque la vida se nos ha terminado, ya no nos sirve.