lunes, 20 de junio de 2022

El árbol que habló a María

Me encontré con María en el parque. Ella lo conocía bien, yo no tanto, aunque había estado, años atrás, muchas veces en él. Bien es cierto que yo solía frecuentar una zona algo más urbanizada, menos natural.
Desde luego, el parque estaba muy bien cuidado, pero con ese tipo de mantenimiento que conserva un aspecto de perfección silvestre domesticada, esa que resulta imposible de conseguir si se permite a la naturaleza obrar con absoluta libertad.

Por si todo ello fuera poco, su orografía no era la habitual en los parques de ciudad, sino propia de aquello que se asemeja a lo que (idealmente) entendemos como 'campo'. Y, para rematar el panorama, todo estaba inmerso en un verdor casi insultante, impropio de una latitud más propensa a la sequedad esteparia que al esplendor mágico de las afortunadas tierras atlánticas.
La absoluta ausencia de gente que nos ofrecía aquel oasis tan singular resultaba difícil de entender, sobre todo si teníamos en cuenta la temperatura reinante en aquel día caluroso, con el que el ya próximo verano castigaba la ciudad.

Sin embargo, allí dentro, en el interior del microclima de aquel sorprendente jardín del edén, todo era idílico: árboles centenarios de pobladas copas; verdes y suaves colinas cubiertas de hierba fresca; macizos de arbustos y flores, dispuestos con estudiado paisajismo... y un arroyo, discretamente canalizado, al que algún que otro mirlo de pico anaranjado y un par de palomas torcaces se acercaban fugazmente, para, de inmediato, emprender el vuelo con renovadas energías.

María bajaba por el sendero que discurría junto al arroyo con naturalidad, como si lo hubiese recorrido miles de veces. Me dijo que iba en busca de "la fuente". Yo, por supuesto, no tenía la menor idea de a qué fuente se refería, pero hacía un rato que había renunciado a cualquier posible tentación de ejercer una voluntad (la mía) que ya estaba abandonada a su destino.
De pronto, tras girar a nuestra izquierda, encaminándonos a un pequeño puente de madera, un alegre manantial apareció ante nosotros. María pasó junto a unas rosas que yo califiqué mentalmente de silvestres (renunciando a la evidencia de que nada tan perfectamente dispuesto podía tener esa condición) y se agachó para beber, con infinita delicadeza, de aquel agua cristalina que surgía de un leve desnivel del terreno, para caer, convertida en melodía plateada, sobre un recodo del arroyo. Y el riachuelo parecía agradecerlo, pues, a partir de ese punto, su caudal, un tanto turbio aguas arriba, discurría limpio y luminoso.

Yo bebí también, claro. María me había hecho una invitación con la cabeza y yo obedecí al instante. Tenía sed... o me gustó mucho, no lo recuerdo bien, pero tomé tres o cuatro largos tragos. Cuando terminé, satisfecho de la extraordinaria insipidez del agua del manantial (la absoluta insipidez, junto a la transparencia y a la falta de olor conforman las virtudes fundamentales de la mejor bebida que existe en el mundo), miré hacia el lugar donde debía estar María y no la ví. Por un momento, dudé de su existencia. Pensé en 'Manon des sources' y me transporté a la Provenza, viéndome a mí mismo como un nuevo 'Jean de Florette'.
Sin alejarme de la fuente, busqué a Manon... digo a María... con la mirada. Pronto pude verla: estaba un poco más arriba, a media ladera, a la sombra de un enorme tilo con el que parecía estar manteniendo una conversación en voz baja.

No me atreví a interrumpirla. Me quede quieto, en pie, observando. María hablaba con el árbol. Y acercaba su oído a la parte más rugosa de su corteza cuando ella terminaba una frase. Así permanecimos los tres un buen rato. El tilo y ella intercambiando confidencias y yo, embobado, mirando la escena mientras me parecía escuchar, muy a lo lejos, la obertura de 'La forza del destino'.
Cuando terminaron su charla, María bajó, sonriente, hasta donde yo permanecía inmóvil.
—¿Estaba rica el agua? ¿Te ha gustado? —preguntó.
—Sí —me limité a responder, moviendo la cabeza como un perrito amaestrado.

Seguimos con nuestro paseo, siempre junto al arroyo. Yo no me sentía con fuerzas de preguntar. Consideraba, seriamente, la posibilidad de haberlo imaginado todo y no quería hacer el ridículo.
—De niña, venía todos los días a este parque —me confesó, aspirando el aroma de una madreselva—. ¡Qué bien huele!
Acerqué mi nariz a aquel frondoso arbusto, lleno de flores, y no supe distinguir olor alguno. No me extrañó, porque, a esas alturas, ninguno de mis sentidos (y, mucho menos, el mal llamado 'común') parecía responder a los estímulos normales...

No puedo precisar cuánto tiempo duró el paseo, pero sí recuerdo con claridad que, al pasar junto a un árbol de tronco grueso y arrugado, María me dijo, mientras acariciaba su corteza con el mismo gesto cariñoso que hubiese empleado para pasar la mano por la mejilla de su abuelo:
—Algunos de estos árboles lo saben todo. Son más sabios que los hombres.

Y creo que tenía razón.

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