Hay hojas que, por muy avanzado que esté noviembre, se resisten a caer. Son las que, rojas y tozudas, se quedan colgando de los secos árboles del alma, firmes en su decisión de desafiar al ciclo de la vida e, incluso, a la ley de la gravedad.
Hojas ya desfallecidas, que se recortan sobre el fondo anaranjado de la tarde... de cien tardes que también se resisten a morir.
Da igual que estén en una extraña avenida madrileña, en lo alto de un ojo junto al Támesis o en un imaginario barrio lisboeta que un día duró más que la realidad. Todas deberían haber caído, todas deberían estar ya abrigando ese sueño solitario y desnutrido que tanto las necesita para cubrir la tristeza de un otoño obligado. De un otoño que fingió ser primavera cuando la memoria quiso olvidar el frío del recuerdo y, sobre todo, del futuro.
Termina noviembre y las retorcidas ramas siguen sin concedernos el descanso de la muerte de sus hojas. Secas, pero encendidas por el incandescente fuego de un infierno perpetuo, tan maldito como inútil. Un infierno que unos y otros llevan dentro, aunque representen en él diferentes papeles, tal como corresponde a una comedia tan divina como la que nos legara la magistral pluma de Il Sommo Poeta.
A veces, el intenso fulgor rojizo llega a teñir el propio tronco del árbol. Y a quien lo contempla sin tomar partido por aceptar el insano milagro del otoño que no muere o desear verlo convertido en una melena de campana como la que Machado nos regalara en sus Proverbios y Cantares. Una campana que doble por lo que ya bien merece reposar bajo el olvido de la tierra... también roja, naturalmente.
¿Por qué ese empeño de las hojas en rebelarse contra su destino? ¿Por qué esa insistencia en flotar, vacilantes, en la brisa y negarle al tiempo su promesa?
Ninguna de las posibles respuestas a estas preguntas acaba de convencerme. Unas por su obvia inconsistencia, otras... porque reflejan uno de esos comportamientos de flagrante irracionalidad, tan habituales en la especie humana.
Es casi seguro que si las hojas no se caen es porque no queremos que se caigan. Igual pasa con su color. En realidad, no es tan rojo, pero lo hemos pintado con los pinceles del deseo, sobre un lienzo imaginario al que siempre embellecemos con una pátina de lejanos sentimientos.
Noviembre se acaba, abigarrado de efemérides singulares, tristes y notables. Abrazada a él, la vida también parece terminarse, cansada de aferrarse a un calendario cuyas hojas, como las del árbol, no acaban de desprenderse nunca. Solo nos queda esperar la invasión del general Invierno, para que con su implacable ejército de olvido arrase bosques y recuerdos, arrancando con mano de hielo y corazón de viento esa pertinaz hoja escarlata que alimenta la fantasía de quien creyó que el penúltimo día de noviembre fue el primero de la primavera.
martes, 27 de noviembre de 2012
lunes, 5 de noviembre de 2012
El Pájaro de Formosa
Fue en el convulso Madrid de 1864 cuando cuatro jóvenes románticos deciden fundar una Sociedad Bohemia, más propia de la cultura parisina del momento que de un país en el que el romanticismo tardío se abría paso con dificultad en los ambientes artísticos y universitarios de la capital de aquella complicada España isabelina.
Poco sabemos hoy de la historia de tan sorprendente empresa, que había adoptado, tras varios intentos previos infructuosos, el nombre de la que fuera, en su día, célebre sociedad secreta española, creada doscientos años antes, en la gran isla del sureste chino: El Pájaro de Formosa.
El Pájaro de Formosa mantuvo el espíritu de aquella vieja organización, cuyo destino final es todavía un misterio en nuestros días. Muchos de los principios y valores que ayudaron a sobrevivir a aquel puñado de soñadores en una tierra tan hostil y lejana fueron la base de la romántica Sociedad Bohemia que los cuatro jóvenes, conocidos en su tiempo como los Miembros de Honor, siguieron con entusiasmo, en su afán de defender una cultura diferente a la de la sociedad burguesa y sedentaria de la época.
La libertad, el amor y la amistad fueron los pilares sobre los que se edificó una utopía tan bella como imposible. Cuenta la leyenda que la antigua sociedad asiática, cuyo bien conocido símbolo era la imagen de la que hoy es el ave nacional de la República de China, todavía existe y en los círculos culturales del Madrid del siglo XIX se rumoreaba que alguno de los fundadores de El Pájaro de Formosa era descendiente directo del creador de su predecesora homónima.
Los cuatro Miembros de Honor fueron, también, compañeros de trabajo en la que fuera la empresa periodística más vanguardista de su época: Materia Gris, creada por ellos en colaboración con el célebre y revolucionario periódico americano Grey Matter, que, curiosamente, acabó vendiéndose a un grupo financiero británico, extremadamente conservador.
De aquella fabulosa etapa quedaron para la posteridad artículos tan impactantes como "Operación Bulla", "El canasto de las chufas" o "Five O'Clock Tea", cuyo estilo punzante e irónico tanto recordaba a los escritos de aquel otro joven y brillante periodista al que siempre admiraron los creadores de la gran sociedad bohemia madrileña: Mariano José de Larra.
El Pájaro de Formosa tuvo muchos enemigos, casi todos rufianes o gente acomodada, cobarde y aburguesada que desconfiaba del discurso bohemio e ilustrado de los Miembros de Honor, tan crítico con las instituciones y los principios de la sociedad establecida. Pero también tuvieron muchos seguidores, simpatizantes y amigos, que veían en ellos un soplo de esperanza entre tanto integrismo trasnochado, cuando no abiertamente involucionista.
Por lo que cuentan las crónicas matritenses y algunos libros, entre los que destaca "La leyenda de El Pájaro de Formosa", editado por El Progreso Editorial de Ramón López Falcón, la sociedad estuvo activa, al menos, hasta los primeros años del siglo XX, cuando en un trágico seis de septiembre fue víctima de una traición de la que, dicen, ya nunca llegó a reponerse. Sus inmensos y valiosísimos archivos se encuentran, desde entonces, en paradero desconocido, a pesar de las frenéticas búsquedas de historiadores y románticos entusiastas de tan singular y extraordinario movimiento.
Se cuenta que, en lo más alto de un pelado monte aragonés próximo al Jalón, hay una lápida que reza: "A la amistad". Y que, en un valle cántabro que muchos creen vasco, otra, medio oculta por la maleza y al cobijo de un viejo caserón en ruinas, dice: "A la libertad".
Todos los estudiosos de "El Pájaro de Formosa" defienden que existe una tercera, cuya ubicación nadie se atreve a aventurar, sobre cuya piedra está grabada la silueta de un ave con las alas extendidas...
¿Será, tal vez, un pájaro de Formosa? Algunos dicen que no.
Poco sabemos hoy de la historia de tan sorprendente empresa, que había adoptado, tras varios intentos previos infructuosos, el nombre de la que fuera, en su día, célebre sociedad secreta española, creada doscientos años antes, en la gran isla del sureste chino: El Pájaro de Formosa.
El Pájaro de Formosa mantuvo el espíritu de aquella vieja organización, cuyo destino final es todavía un misterio en nuestros días. Muchos de los principios y valores que ayudaron a sobrevivir a aquel puñado de soñadores en una tierra tan hostil y lejana fueron la base de la romántica Sociedad Bohemia que los cuatro jóvenes, conocidos en su tiempo como los Miembros de Honor, siguieron con entusiasmo, en su afán de defender una cultura diferente a la de la sociedad burguesa y sedentaria de la época.
La libertad, el amor y la amistad fueron los pilares sobre los que se edificó una utopía tan bella como imposible. Cuenta la leyenda que la antigua sociedad asiática, cuyo bien conocido símbolo era la imagen de la que hoy es el ave nacional de la República de China, todavía existe y en los círculos culturales del Madrid del siglo XIX se rumoreaba que alguno de los fundadores de El Pájaro de Formosa era descendiente directo del creador de su predecesora homónima.
Los cuatro Miembros de Honor fueron, también, compañeros de trabajo en la que fuera la empresa periodística más vanguardista de su época: Materia Gris, creada por ellos en colaboración con el célebre y revolucionario periódico americano Grey Matter, que, curiosamente, acabó vendiéndose a un grupo financiero británico, extremadamente conservador.
De aquella fabulosa etapa quedaron para la posteridad artículos tan impactantes como "Operación Bulla", "El canasto de las chufas" o "Five O'Clock Tea", cuyo estilo punzante e irónico tanto recordaba a los escritos de aquel otro joven y brillante periodista al que siempre admiraron los creadores de la gran sociedad bohemia madrileña: Mariano José de Larra.
El Pájaro de Formosa tuvo muchos enemigos, casi todos rufianes o gente acomodada, cobarde y aburguesada que desconfiaba del discurso bohemio e ilustrado de los Miembros de Honor, tan crítico con las instituciones y los principios de la sociedad establecida. Pero también tuvieron muchos seguidores, simpatizantes y amigos, que veían en ellos un soplo de esperanza entre tanto integrismo trasnochado, cuando no abiertamente involucionista.
Por lo que cuentan las crónicas matritenses y algunos libros, entre los que destaca "La leyenda de El Pájaro de Formosa", editado por El Progreso Editorial de Ramón López Falcón, la sociedad estuvo activa, al menos, hasta los primeros años del siglo XX, cuando en un trágico seis de septiembre fue víctima de una traición de la que, dicen, ya nunca llegó a reponerse. Sus inmensos y valiosísimos archivos se encuentran, desde entonces, en paradero desconocido, a pesar de las frenéticas búsquedas de historiadores y románticos entusiastas de tan singular y extraordinario movimiento.
Se cuenta que, en lo más alto de un pelado monte aragonés próximo al Jalón, hay una lápida que reza: "A la amistad". Y que, en un valle cántabro que muchos creen vasco, otra, medio oculta por la maleza y al cobijo de un viejo caserón en ruinas, dice: "A la libertad".
Todos los estudiosos de "El Pájaro de Formosa" defienden que existe una tercera, cuya ubicación nadie se atreve a aventurar, sobre cuya piedra está grabada la silueta de un ave con las alas extendidas...
¿Será, tal vez, un pájaro de Formosa? Algunos dicen que no.
jueves, 18 de octubre de 2012
La cuarta mentira
Acertó el poeta en las tres primeras.
Pero había una cuarta mentira. Casi siempre hay una cuarta mentira. Los expertos la esconden en el fondo de su alma, disfrazada de acusación delirante. Cuanto más fantástica sea, mejor. Una mentira absurda es mucho más eficaz que una mentira lógica, porque nadie pensará que quien miente sea capaz de inventar algo tan disparatado.
Las tres mentiras iniciales están destinadas a alguien predispuesto a creerlas. Por eso deben ser sutiles y orientadas a distraer las defensas naturales de la parte más elemental del cerebro. Ésa que reacciona a los estímulos básicos.
Sin embargo, la cuarta tiene un objetivo bien distinto. Debe convencer a otros que están muy alerta y dan por segura la intención de engañarles. ¿Cómo conseguir, entonces, algo tan difícil en apariencia? Son precisas grandes dosis de creatividad y, por supuesto, de osadía.
La cuarta mentira debe tener una sólida base de verdad. Remota, pero sólida. Y, una vez asentada sobre esos firmes cimientos, desplegar la imaginación hasta cotas insospechadas, grotescas... inconcebibles. Con esta infalible técnica pasaremos, sin sufrir bajas irreparables, sobre las trincheras de quienes esperan el ataque, bien protegidos en su búnker de hormigón armado, con la bayoneta calada y el casco hundido hasta las cejas para esconder la alopecia galopante que avanza, implacable, sobre sus cada día más despoblados cueros cabelludos.
Claro que la cuarta mentira también tiene sus servidumbres. Alcanzada la retaguardia del antiguo enemigo, y al grito de "¡Todos Piratas!" (esto me recuerda a algo), debemos sustituir los elegantes y discretos atuendos habituales por otros más propios de la nueva condición de seguidores del más encarnizado filibusterismo emocional.
Quienes hayan superado tan altos niveles de invención rocambolesca, obtendrán su recompensa si son capaces de expoliar, sin miramientos de ningún tipo, el pecio provocado con sus previas e insistentes andanadas de estribor (ésa es habitualmente la banda por la que se ha venido avistando, durante tantas y tantas tardes de penumbra encubridora, a la antigua nave nodriza, hoy transformada en desprevenida e inocente enemiga).
El siguiente paso es convertir en aliado a quien fue durante muchos años repudiado, tornando el secular desprecio establecido y proclamado a los cuatro vientos, en sumisa lealtad, probatoria de incondicional fidelidad.
Como en el antiguo juego de Crone, es vital elegir con acierto el momento en el que se lanza el grito previo al cambio de la noble chaqueta roja por el terno bucanero (que debe ser discreto donde los haya, sin parches en el ojo, garfios ni patas de palo). Lo más conveniente es hacerlo cuando el futuro aliado ha encontrado el plano del tesoro y, si es posible, una vez que los doblones y ducados de oro hayan sido ya desenterrados y llevados a bordo del nuevo bergantín-goleta (cuya adquisición se recomienda sea hecha con el botín obtenido en los primeros saqueos, para que quien se incorpora al nuevo orden corsario tenga precavidamente limpias sus blancas manos).
A partir de este punto, todo será coser y cantar. Sobre todo, cantar.
Y si no hemos conseguido, en el mismo envite, engañar a los justos representantes de la Corona, no importa. Siempre queda el recurso de decir que son incompetentes... o corruptos. También se puede argumentar, con indignado acento, quela víctima el perverso personaje cuyo barco hemos mandado a pique por exigencias del guión, es tan astuto y taimado que ha conseguido escarnecer la virtud y burlar a la justicia, como hiciera el abyecto personaje de la obra cumbre de Zorrilla (y valga la redundancia).
La cuarta mentira es, por tanto, fundamental. La más importante de todas. La que no admite fallos. Como tampoco permitirá escapar a quien la lanza de su perpetua cadena. De su perpetua cadena dorada.
Pero había una cuarta mentira. Casi siempre hay una cuarta mentira. Los expertos la esconden en el fondo de su alma, disfrazada de acusación delirante. Cuanto más fantástica sea, mejor. Una mentira absurda es mucho más eficaz que una mentira lógica, porque nadie pensará que quien miente sea capaz de inventar algo tan disparatado.
Las tres mentiras iniciales están destinadas a alguien predispuesto a creerlas. Por eso deben ser sutiles y orientadas a distraer las defensas naturales de la parte más elemental del cerebro. Ésa que reacciona a los estímulos básicos.
Sin embargo, la cuarta tiene un objetivo bien distinto. Debe convencer a otros que están muy alerta y dan por segura la intención de engañarles. ¿Cómo conseguir, entonces, algo tan difícil en apariencia? Son precisas grandes dosis de creatividad y, por supuesto, de osadía.
La cuarta mentira debe tener una sólida base de verdad. Remota, pero sólida. Y, una vez asentada sobre esos firmes cimientos, desplegar la imaginación hasta cotas insospechadas, grotescas... inconcebibles. Con esta infalible técnica pasaremos, sin sufrir bajas irreparables, sobre las trincheras de quienes esperan el ataque, bien protegidos en su búnker de hormigón armado, con la bayoneta calada y el casco hundido hasta las cejas para esconder la alopecia galopante que avanza, implacable, sobre sus cada día más despoblados cueros cabelludos.
Claro que la cuarta mentira también tiene sus servidumbres. Alcanzada la retaguardia del antiguo enemigo, y al grito de "¡Todos Piratas!" (esto me recuerda a algo), debemos sustituir los elegantes y discretos atuendos habituales por otros más propios de la nueva condición de seguidores del más encarnizado filibusterismo emocional.
Quienes hayan superado tan altos niveles de invención rocambolesca, obtendrán su recompensa si son capaces de expoliar, sin miramientos de ningún tipo, el pecio provocado con sus previas e insistentes andanadas de estribor (ésa es habitualmente la banda por la que se ha venido avistando, durante tantas y tantas tardes de penumbra encubridora, a la antigua nave nodriza, hoy transformada en desprevenida e inocente enemiga).
El siguiente paso es convertir en aliado a quien fue durante muchos años repudiado, tornando el secular desprecio establecido y proclamado a los cuatro vientos, en sumisa lealtad, probatoria de incondicional fidelidad.
Como en el antiguo juego de Crone, es vital elegir con acierto el momento en el que se lanza el grito previo al cambio de la noble chaqueta roja por el terno bucanero (que debe ser discreto donde los haya, sin parches en el ojo, garfios ni patas de palo). Lo más conveniente es hacerlo cuando el futuro aliado ha encontrado el plano del tesoro y, si es posible, una vez que los doblones y ducados de oro hayan sido ya desenterrados y llevados a bordo del nuevo bergantín-goleta (cuya adquisición se recomienda sea hecha con el botín obtenido en los primeros saqueos, para que quien se incorpora al nuevo orden corsario tenga precavidamente limpias sus blancas manos).
A partir de este punto, todo será coser y cantar. Sobre todo, cantar.
Y si no hemos conseguido, en el mismo envite, engañar a los justos representantes de la Corona, no importa. Siempre queda el recurso de decir que son incompetentes... o corruptos. También se puede argumentar, con indignado acento, que
La cuarta mentira es, por tanto, fundamental. La más importante de todas. La que no admite fallos. Como tampoco permitirá escapar a quien la lanza de su perpetua cadena. De su perpetua cadena dorada.
lunes, 8 de octubre de 2012
Thomas M. Taube
Thomas M. Taube lo tenía decidido. Iba a romper con Francesca. El problema era que debía hacerlo de una forma muy habilidosa, para que casi pareciera lo contrario. Su reputación pública podría ponerse en peligro, ahora que, por fin, había conseguido un nuevo y bien remunerado trabajo. Era necesario actuar con máxima frialdad, con meticulosa precisión. Francesca estaba en un momento muy difícil y era posible que le causara un enorme daño, con todo tipo de repercusiones añadidas, pero Thomas M. Taube no se iba a arredrar por eso.
Lo más importante era convencerse a sí mismo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Thomas sabía que ésta era la clave fundamental para estar en condiciones de resolver todas las complicaciones, más o menos éticas, que vendrían, sin duda, a continuación. Y este trabajo también lo había hecho a conciencia. Seguiría queriendo a Francesca, por supuesto. La seguiría queriendo mucho, muchísimo. Y seguirían compartiendo la vida diaria, tal como hasta ahora. Solo habría un pequeño cambio en sus relaciones, un cambio mínimo, sin importancia. A partir de la vuelta del verano serían amigos. Mucho más que amigos. Francesca debería estarle agradecida por esta prueba de amor hacia ella. Habría que olvidar de inmediato, eso sí, todas aquellas otras cosas (sin duda banales ante un amor tan intenso como el suyo por Francesca) en las que tantas veces había insistido el propio Thomas cuando ella parecía más interesada en el alma que en el cuerpo.
Y, además, sería conveniente que todo el mundo siguiera desconociendo las relaciones entre ambos, pese a la inocente y casta amistad en la que, a partir de ahora, iba a convertirse el gran proyecto común de ambos. Era mejor que nadie les viera juntos, que siguieran manteniendo todo en secreto... por si acaso.
Era verdad que esto no estaba del todo resuelto desde el punto de vista lógico, así que sería preciso utilizar el método que tan buen resultado le diera en otras ocasiones: negar la evidencia, sin dar más explicaciones.
Por supuesto, nada había pesado en su decisión el hecho de que su anterior novia acabase de heredar una cuantiosa fortuna (obtenida, según se rumoreaba, con artes poco ortodoxas, digamos) y que le hubiese ofrecido viajar con ella por los siete mares para celebrarlo. Eso era una coincidencia que resultaba un poco molesta, pero nada más. No permitiría que nadie pensara mal de él por una casualidad como aquella.
A Francesca le dejaría muy claro que tampoco tendría relaciones íntimas con su antigua novia (de la que tantas veces había dicho que le daba asco), pero que necesitaba unos meses para arreglar las cosas con ella y para conseguir solucionar los problemas que tenía con la familia. Thomas M. Taube acababa de darse cuenta de lo importante que era la familia. Apenas había cumplido 43 años y era un momento razonable para centrar su atención en este punto. A fin de cuentas, la familia es lo más importante, ¿o no? Si hasta ahora había actuado como si su familia le importase un rábano era porque su trabajo le había tenido muy ocupado, ¡qué caramba!
Pero todo eso se lo diría a Francesca a la vuelta de las vacaciones, no ahora.
Así que Thomas M. Taube se dirigió, como todas las tardes, a su cita con Francesca. El día anterior habían estado visitando, una vez más, la bonita ciudad medieval amurallada de Rothenburg y hoy continuarían desarrollando la inspiración producida por la romántica villa de la forma más intensa posible. Más valía que Francesca no sospechase nada. De esa manera podría emprender viaje al día siguiente, tranquilamente y sin remordimiento alguno, con su antigua novia, esa que ahora era riquísima y a la que hasta hace unos días despreciaba por ser una muerta de hambre conflictiva y bastante molesta.
La cita con Francesca cumplió, con creces, con todas las expectativas y Thomas la observó marcharse procurando que ni el más mínimo gesto pudiera alertarle de su bien estructurado plan. Cuando Francesca se hubo ido, ignorante de todo, le dio un poco de pena, la verdad. Pero pronto se repuso y se fue a organizar los preparativos de su inminente y lujoso viaje. Viaje que solo sería el principio de todos los que vendrían después, en su nueva condición de novio de una señora muy rica (antes insoportable... aunque, tal vez, había opinado así de ella porque no se había fijado bien en sus virtudes).
Nota del autor: Todos los personajes que aparecen en este relato son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Lo más importante era convencerse a sí mismo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Thomas sabía que ésta era la clave fundamental para estar en condiciones de resolver todas las complicaciones, más o menos éticas, que vendrían, sin duda, a continuación. Y este trabajo también lo había hecho a conciencia. Seguiría queriendo a Francesca, por supuesto. La seguiría queriendo mucho, muchísimo. Y seguirían compartiendo la vida diaria, tal como hasta ahora. Solo habría un pequeño cambio en sus relaciones, un cambio mínimo, sin importancia. A partir de la vuelta del verano serían amigos. Mucho más que amigos. Francesca debería estarle agradecida por esta prueba de amor hacia ella. Habría que olvidar de inmediato, eso sí, todas aquellas otras cosas (sin duda banales ante un amor tan intenso como el suyo por Francesca) en las que tantas veces había insistido el propio Thomas cuando ella parecía más interesada en el alma que en el cuerpo.
Y, además, sería conveniente que todo el mundo siguiera desconociendo las relaciones entre ambos, pese a la inocente y casta amistad en la que, a partir de ahora, iba a convertirse el gran proyecto común de ambos. Era mejor que nadie les viera juntos, que siguieran manteniendo todo en secreto... por si acaso.
Era verdad que esto no estaba del todo resuelto desde el punto de vista lógico, así que sería preciso utilizar el método que tan buen resultado le diera en otras ocasiones: negar la evidencia, sin dar más explicaciones.
Por supuesto, nada había pesado en su decisión el hecho de que su anterior novia acabase de heredar una cuantiosa fortuna (obtenida, según se rumoreaba, con artes poco ortodoxas, digamos) y que le hubiese ofrecido viajar con ella por los siete mares para celebrarlo. Eso era una coincidencia que resultaba un poco molesta, pero nada más. No permitiría que nadie pensara mal de él por una casualidad como aquella.
A Francesca le dejaría muy claro que tampoco tendría relaciones íntimas con su antigua novia (de la que tantas veces había dicho que le daba asco), pero que necesitaba unos meses para arreglar las cosas con ella y para conseguir solucionar los problemas que tenía con la familia. Thomas M. Taube acababa de darse cuenta de lo importante que era la familia. Apenas había cumplido 43 años y era un momento razonable para centrar su atención en este punto. A fin de cuentas, la familia es lo más importante, ¿o no? Si hasta ahora había actuado como si su familia le importase un rábano era porque su trabajo le había tenido muy ocupado, ¡qué caramba!
Pero todo eso se lo diría a Francesca a la vuelta de las vacaciones, no ahora.
Así que Thomas M. Taube se dirigió, como todas las tardes, a su cita con Francesca. El día anterior habían estado visitando, una vez más, la bonita ciudad medieval amurallada de Rothenburg y hoy continuarían desarrollando la inspiración producida por la romántica villa de la forma más intensa posible. Más valía que Francesca no sospechase nada. De esa manera podría emprender viaje al día siguiente, tranquilamente y sin remordimiento alguno, con su antigua novia, esa que ahora era riquísima y a la que hasta hace unos días despreciaba por ser una muerta de hambre conflictiva y bastante molesta.
La cita con Francesca cumplió, con creces, con todas las expectativas y Thomas la observó marcharse procurando que ni el más mínimo gesto pudiera alertarle de su bien estructurado plan. Cuando Francesca se hubo ido, ignorante de todo, le dio un poco de pena, la verdad. Pero pronto se repuso y se fue a organizar los preparativos de su inminente y lujoso viaje. Viaje que solo sería el principio de todos los que vendrían después, en su nueva condición de novio de una señora muy rica (antes insoportable... aunque, tal vez, había opinado así de ella porque no se había fijado bien en sus virtudes).
* * *
Thomas M. Taube fue un hombre casi feliz. Vivió siempre a la sombra de su novia rica, pero fue casi feliz. Destacó en su trabajo, donde fue bien recompensado por su lealtad, como también lo fuera en su vida privada.
Poca gente llegó a saber lo mucho que tuvo que sufrir para reducir a cenizas su pasado con la inagotable y poco comprensiva Francesca. Hasta se vio obligado (en contra de su voluntad, desde luego) a urdir e implementar un segundo plan, concienzudo y muy maquiavélico para mantenerla a raya cuando, por culpa de su trasnochada y nada olvidadiza naturaleza, seguía empeñada en no entender lo que había sucedido.
Hoy, muchos años después, los restos de Thomas M. Taube reposan en el panteón familiar de su novia, custodiados por su ancestral escudo de armas, en el que, en campo de azur, una sirena alada vuela sobre un delfín. Bajo el heráldico blasón, labrado en mármol, el noble lema proclama con orgullo: Edel und Loyal.
Requiescat in pace.
Nota del autor: Todos los personajes que aparecen en este relato son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
martes, 25 de septiembre de 2012
Portero de noche
El pasado se escribe siempre sobre papeles envejecidos.
Da igual que lo haga uno u otro. Y ni siquiera es necesario que para ello utilicemos papiros, pergaminos o cualquier otro soporte antiguo. No importa que la escritura sea analógica o digital. Ni que la caligrafía sea arcaica o ultramoderna. El pasado siempre se escribe sobre papeles envejecidos.
Es cierto que este tipo de papeles ayudan a conseguir un aspecto más interesante, incluso más romántico, al contenido de lo que se escribe en ellos, pero también es un hecho que estos lienzos envejecidos por el paso de los sentimientos sobre ellos, deforman parcialmente la realidad al trasladarla al mundo de lo que se quiere recordar... o, tal vez, de lo que se puede, porque no es posible recordar las cosas como sucedieron. Retratar en ellos la historia es, sin duda, un ejercicio, más o menos modesto, de interpretación artística de lo sucedido.
El flujo permanente de la vida afecta a todo. A las personas, a sus circunstancias, a su percepción de sus propios actos, a sus opiniones y, también, a su propia naturaleza.
Pongamos un ejemplo. Cuando Goya plasma en un portentoso cuadro los fusilamientos acontecidos el 3 de mayo de 1808, los impregna (dentro del indiscutible dramatismo de sus imágenes) de una belleza de la que, muy probablemente, carecieron. Lo mismo ocurre con la escultura, con el teatro, con el cine y, desde luego, con la literatura.
Y, cada vez que escribimos algo, aunque sea para relatar unos hechos en forma de acta, estamos haciendo literatura. Cambia el estilo, la forma de utilizar la gramática, la destreza en el uso del idioma (en ocasiones, por desgracia, hasta la ortografía), pero no por ello deja de ser una creación literaria. Muchas veces lamentable, paupérrima, carente del más mínimo interés desde el punto de vista del leguaje ilustrado... pero creación literaria, a fin de cuentas.
Hasta la fotografía utilizada para contar lo que hemos visto o vivido nos engaña. El objetivo, la luz, el diafragma... producen variaciones que dotan de realidad propia al resultado, modificando, interpretando o matizando un pasado que no sucedió de una sola manera, sino, por el contrario, de infinitas.
Ese portero de noche que hoy nos devuelve a un pasado que habíamos reconstruido sobre una fantasía delirante, tan lejana de lo vivido, aunque ligada a la realidad por casi todos los elementos que, luego, hemos utilizado para recomponer nuestro rompecabezas interno, de cara a transformar nuestra historia en un mensaje de inocencia fraudulenta, no es más que una verdad incómoda, tachada violentamente de la conciencia que ahora se nos presenta cara a cara, y que no podemos seguir negándonos con éxito a nosotros mismos.
Nadie está libre de culpa. Todos debemos reconocer nuestros errores y rectificar. Por eso es tan triste que solo unos lo hagan, mientras otros se siguen enrocando tras sus soberbias torres de marfil, protegidas, en sus silenciosas casillas, a la retaguardia de sus infieles pero exigentes peones.
¡Cuántos porteros de noche permanecen ocultos de sus pasadas identidades, esperando, como el arpa de Bécquer, la mano de nieve que sabe arrancarlas!
Y son de nieve, sí. Tan frías como ella. Porque solo manos de nieve y almas de hielo son capaces de vivir en la noche del presente, rodeadas de porteros nocturnos que, ya sin gorras ni uniformes victoriosos, siguen escribiendo su pasado sobre papeles envejecidos.
Da igual que lo haga uno u otro. Y ni siquiera es necesario que para ello utilicemos papiros, pergaminos o cualquier otro soporte antiguo. No importa que la escritura sea analógica o digital. Ni que la caligrafía sea arcaica o ultramoderna. El pasado siempre se escribe sobre papeles envejecidos.
Es cierto que este tipo de papeles ayudan a conseguir un aspecto más interesante, incluso más romántico, al contenido de lo que se escribe en ellos, pero también es un hecho que estos lienzos envejecidos por el paso de los sentimientos sobre ellos, deforman parcialmente la realidad al trasladarla al mundo de lo que se quiere recordar... o, tal vez, de lo que se puede, porque no es posible recordar las cosas como sucedieron. Retratar en ellos la historia es, sin duda, un ejercicio, más o menos modesto, de interpretación artística de lo sucedido.
El flujo permanente de la vida afecta a todo. A las personas, a sus circunstancias, a su percepción de sus propios actos, a sus opiniones y, también, a su propia naturaleza.
Pongamos un ejemplo. Cuando Goya plasma en un portentoso cuadro los fusilamientos acontecidos el 3 de mayo de 1808, los impregna (dentro del indiscutible dramatismo de sus imágenes) de una belleza de la que, muy probablemente, carecieron. Lo mismo ocurre con la escultura, con el teatro, con el cine y, desde luego, con la literatura.
Y, cada vez que escribimos algo, aunque sea para relatar unos hechos en forma de acta, estamos haciendo literatura. Cambia el estilo, la forma de utilizar la gramática, la destreza en el uso del idioma (en ocasiones, por desgracia, hasta la ortografía), pero no por ello deja de ser una creación literaria. Muchas veces lamentable, paupérrima, carente del más mínimo interés desde el punto de vista del leguaje ilustrado... pero creación literaria, a fin de cuentas.
Hasta la fotografía utilizada para contar lo que hemos visto o vivido nos engaña. El objetivo, la luz, el diafragma... producen variaciones que dotan de realidad propia al resultado, modificando, interpretando o matizando un pasado que no sucedió de una sola manera, sino, por el contrario, de infinitas.
Ese portero de noche que hoy nos devuelve a un pasado que habíamos reconstruido sobre una fantasía delirante, tan lejana de lo vivido, aunque ligada a la realidad por casi todos los elementos que, luego, hemos utilizado para recomponer nuestro rompecabezas interno, de cara a transformar nuestra historia en un mensaje de inocencia fraudulenta, no es más que una verdad incómoda, tachada violentamente de la conciencia que ahora se nos presenta cara a cara, y que no podemos seguir negándonos con éxito a nosotros mismos.
Nadie está libre de culpa. Todos debemos reconocer nuestros errores y rectificar. Por eso es tan triste que solo unos lo hagan, mientras otros se siguen enrocando tras sus soberbias torres de marfil, protegidas, en sus silenciosas casillas, a la retaguardia de sus infieles pero exigentes peones.
¡Cuántos porteros de noche permanecen ocultos de sus pasadas identidades, esperando, como el arpa de Bécquer, la mano de nieve que sabe arrancarlas!
Y son de nieve, sí. Tan frías como ella. Porque solo manos de nieve y almas de hielo son capaces de vivir en la noche del presente, rodeadas de porteros nocturnos que, ya sin gorras ni uniformes victoriosos, siguen escribiendo su pasado sobre papeles envejecidos.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Tres sombreros de copa
Cuando el 14 de septiembre Miguel Mihura acabó de escribir Tres sombreros de copa, una gran obra de teatro - difícil de entender para ciertas personas, eso sí - enriquecía el patrimonio cultural de la convulsa sociedad española de su tiempo.
La comedia tardó muchos años en ser estrenada, aplastado su inteligente y crítico humor por acontecimientos dramáticos que ensombrecieron en España calles y teatros. Pero ochocientos setenta y seis meses después, Dionisio y Paula volvían a encontrarse sobre un escenario, en aquella eterna habitación con dos puertas y un balcón desde el que, a lo lejos, se veían lucecitas y se imaginaban vidas imposibles.
Quien considere a Mihura un humorista se equivoca. Fue un filósofo surrealista y genial, capaz de retratar, con un estilo tan dulce como ácido, a una sociedad que, curiosamente, mantiene vigentes, tantas décadas después, muchos de sus vicios y miserias, tal vez porque sean consustanciales con la propia naturaleza del concepto sociedad.
Es cierto que el melancólico sentido del humor que rezuma esta pieza produce efectos diversos en unos y otros. Hasta el nombre de algún personaje llega a crear inquietud en espectadores a quienes disgusta viajar en Metro... por si acaso.
Y es que tres sombreros son demasiados para una sola persona. Y si son de copa, más. Es lógico que la gente se confunda. A Dionisio le confundieron con un malabarista... y se quedó con la confusión para siempre. Porque, al principio, parece que son los otros los que creen lo que no es y, sin embargo, siempre es el Dionisio de turno el que se queda con una bota en el bolsillo y cara de salamandra debajo de la chistera.
La comedia de Mihura es una de las obras de humor más tristes que he visto. En la vida real, la burguesía nunca deja de triunfar sobre la bohemia y, en este caso, también lo hace sobre la escena.
Pero, claro, lo peor es lo del Metro. Algo que no se le había ocurrido ni al bueno de don Miguel. Insistir en representar el teatro del absurdo en las calles de la gran ciudad es una tontería aún mayor que buscar sueños disfrazados de pintores a diez mil kilómetros de distancia. Siempre corres el riesgo de que te encuentres con tu destino, con independencia de que lo que éste lleve en la cabeza sea un sombrero de paja de ala ancha a la moda, tres antiguas chisteras... o un casco de vikingo con agujeros a los lados.
Cuando algo ha sido decidido con económicos y gélidos cálculos milimétricos, no hay mihura que pueda con ello (y valga la redundancia).
Una lástima, porque la comedia era estupenda, que diría otro bohemio en el Café Momus. Pero la tristeza de la vida fue mayor, como el silencio de Roberto Carlos, y en la distancia muere, día a día. En una distancia tan próxima como absurda, más aún que la obra del gran autor madrileño.
En la vida, como en Tres sombreros de copa, siempre hay odiosos señores, ancianos militares y astutos cazadores a nuestro alrededor. Es una comedia difícil de representar porque ninguno de los que estamos en ella nos sabemos muy bien nuestro papel y, a veces, nos empeñamos en hacer el del otro.
Dionisio acaba marchándose, inexorablemente, y a Paula, tras salir de su escondite, detrás del biombo, solo le queda compartir su soledad con el llanto mientras lanza los tres sombreros de copa al aire...
La comedia tardó muchos años en ser estrenada, aplastado su inteligente y crítico humor por acontecimientos dramáticos que ensombrecieron en España calles y teatros. Pero ochocientos setenta y seis meses después, Dionisio y Paula volvían a encontrarse sobre un escenario, en aquella eterna habitación con dos puertas y un balcón desde el que, a lo lejos, se veían lucecitas y se imaginaban vidas imposibles.
Quien considere a Mihura un humorista se equivoca. Fue un filósofo surrealista y genial, capaz de retratar, con un estilo tan dulce como ácido, a una sociedad que, curiosamente, mantiene vigentes, tantas décadas después, muchos de sus vicios y miserias, tal vez porque sean consustanciales con la propia naturaleza del concepto sociedad.
Es cierto que el melancólico sentido del humor que rezuma esta pieza produce efectos diversos en unos y otros. Hasta el nombre de algún personaje llega a crear inquietud en espectadores a quienes disgusta viajar en Metro... por si acaso.
Y es que tres sombreros son demasiados para una sola persona. Y si son de copa, más. Es lógico que la gente se confunda. A Dionisio le confundieron con un malabarista... y se quedó con la confusión para siempre. Porque, al principio, parece que son los otros los que creen lo que no es y, sin embargo, siempre es el Dionisio de turno el que se queda con una bota en el bolsillo y cara de salamandra debajo de la chistera.
La comedia de Mihura es una de las obras de humor más tristes que he visto. En la vida real, la burguesía nunca deja de triunfar sobre la bohemia y, en este caso, también lo hace sobre la escena.
Pero, claro, lo peor es lo del Metro. Algo que no se le había ocurrido ni al bueno de don Miguel. Insistir en representar el teatro del absurdo en las calles de la gran ciudad es una tontería aún mayor que buscar sueños disfrazados de pintores a diez mil kilómetros de distancia. Siempre corres el riesgo de que te encuentres con tu destino, con independencia de que lo que éste lleve en la cabeza sea un sombrero de paja de ala ancha a la moda, tres antiguas chisteras... o un casco de vikingo con agujeros a los lados.
Cuando algo ha sido decidido con económicos y gélidos cálculos milimétricos, no hay mihura que pueda con ello (y valga la redundancia).
Una lástima, porque la comedia era estupenda, que diría otro bohemio en el Café Momus. Pero la tristeza de la vida fue mayor, como el silencio de Roberto Carlos, y en la distancia muere, día a día. En una distancia tan próxima como absurda, más aún que la obra del gran autor madrileño.
En la vida, como en Tres sombreros de copa, siempre hay odiosos señores, ancianos militares y astutos cazadores a nuestro alrededor. Es una comedia difícil de representar porque ninguno de los que estamos en ella nos sabemos muy bien nuestro papel y, a veces, nos empeñamos en hacer el del otro.
Dionisio acaba marchándose, inexorablemente, y a Paula, tras salir de su escondite, detrás del biombo, solo le queda compartir su soledad con el llanto mientras lanza los tres sombreros de copa al aire...
jueves, 6 de septiembre de 2012
El coleccionista de seises
Coleccionaba seises como otros coleccionan sellos.
Nada tendría de extraño de no ser porque los coleccionaba por casualidad. Como no tenía álbum, los guardaba en una vieja agenda. Una de las muchas que un día le entregaron y que él seguía guardando celosamente, en cumplimiento de su palabra.
Tenía ya acumulados muchos tipos de seises diferentes, todos de formas y colores distintos. Algunos muy curiosos y raros. Otros, contradictorios. Es lo que tienen los seises, cada uno es como es.
La colección databa del siglo pasado y, como es lógico, mi memoria no es capaz de recordar con nitidez todo lo que contenía. Por cierto que esta característica de la memoria (la de tener el olvido como la principal de sus funciones) es uno de los mayores aciertos de la madre naturaleza en favor de la supervivencia de la especie humana.
En cualquier caso, creo que había seises con forma de mes, otros con forma de día (ambos, por curioso que parezca, con aspecto de ventilador de techo), pero también los había de muchos otros tipos. Algunos tenían palabras escritas, otros estaban reservados... aunque, sin duda, el más siniestro de todos estaba grabado sobre una calavera de mármol, esculpida lentamente en la oscuridad del silencio por un cincel dorado que ocultaba, tras su brillante empuñadura, el cansancio de tantos trabajos anteriores realizados con certera profesionalidad. El puñal, digo el cincel, tenía, también, un seis grabado en su bruñida hoja.
El caso es que el coleccionista tenía seises a montones, pero el más sombrío era el que tenía guardado, entre restos de sangre y lágrimas, en la novena hoja de su agenda. Era tan oscuro que ocultaba con su terrible imagen otros seises anteriores, todos ellos aplastados bajo su peso en la misma hoja delcalendario álbum.
Sobre él podía verse otro seis, con aspecto de tener su origen en un documento titulado Iustitia Interrupta, cuya edulcorada y luminosa imagen no era suficiente para borrar de aquella hoja maldita al más perverso y triste de todos los seises.
Los coleccionistas son así. Y los hay aún más extraordinarios. Coleccionistas de corazones guardados en frascos de perfume con envases a rayas (huelen mucho mejor que el formol), de sueños olvidados, de infusiones venenosas, de delfines voladores... y hasta de horas difuminadas por la niebla de lo que nunca existió.
Pese a todo, yo sigo opinando que coleccionar seises por casualidad es más original, si cabe. Lo sorprendente es que, un día como hoy... un día cualquiera y sin ninguna relevancia en la mayoría de las memorias, me vuelva a la mente el recuerdo de aquel viejo coleccionista accidental que quién sabe si sigue dando vueltas por el mundo, esperando encontrar, perdido en alguna tarde lejana, un nuevo seis, libre y auténtico, que encaje en su vacío espacio intercostal y complete su extraordinaria colección.
Todo es posible.
Nada tendría de extraño de no ser porque los coleccionaba por casualidad. Como no tenía álbum, los guardaba en una vieja agenda. Una de las muchas que un día le entregaron y que él seguía guardando celosamente, en cumplimiento de su palabra.
Tenía ya acumulados muchos tipos de seises diferentes, todos de formas y colores distintos. Algunos muy curiosos y raros. Otros, contradictorios. Es lo que tienen los seises, cada uno es como es.
La colección databa del siglo pasado y, como es lógico, mi memoria no es capaz de recordar con nitidez todo lo que contenía. Por cierto que esta característica de la memoria (la de tener el olvido como la principal de sus funciones) es uno de los mayores aciertos de la madre naturaleza en favor de la supervivencia de la especie humana.
En cualquier caso, creo que había seises con forma de mes, otros con forma de día (ambos, por curioso que parezca, con aspecto de ventilador de techo), pero también los había de muchos otros tipos. Algunos tenían palabras escritas, otros estaban reservados... aunque, sin duda, el más siniestro de todos estaba grabado sobre una calavera de mármol, esculpida lentamente en la oscuridad del silencio por un cincel dorado que ocultaba, tras su brillante empuñadura, el cansancio de tantos trabajos anteriores realizados con certera profesionalidad. El puñal, digo el cincel, tenía, también, un seis grabado en su bruñida hoja.
El caso es que el coleccionista tenía seises a montones, pero el más sombrío era el que tenía guardado, entre restos de sangre y lágrimas, en la novena hoja de su agenda. Era tan oscuro que ocultaba con su terrible imagen otros seises anteriores, todos ellos aplastados bajo su peso en la misma hoja del
Sobre él podía verse otro seis, con aspecto de tener su origen en un documento titulado Iustitia Interrupta, cuya edulcorada y luminosa imagen no era suficiente para borrar de aquella hoja maldita al más perverso y triste de todos los seises.
Los coleccionistas son así. Y los hay aún más extraordinarios. Coleccionistas de corazones guardados en frascos de perfume con envases a rayas (huelen mucho mejor que el formol), de sueños olvidados, de infusiones venenosas, de delfines voladores... y hasta de horas difuminadas por la niebla de lo que nunca existió.
Pese a todo, yo sigo opinando que coleccionar seises por casualidad es más original, si cabe. Lo sorprendente es que, un día como hoy... un día cualquiera y sin ninguna relevancia en la mayoría de las memorias, me vuelva a la mente el recuerdo de aquel viejo coleccionista accidental que quién sabe si sigue dando vueltas por el mundo, esperando encontrar, perdido en alguna tarde lejana, un nuevo seis, libre y auténtico, que encaje en su vacío espacio intercostal y complete su extraordinaria colección.
Todo es posible.
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