Aquel hombre caminaba despacio por la Avenida de la Ópera bajo las frías luces de una solitaria noche de noviembre.
En realidad, no se dirigía a ninguna parte. Subía (o, tal vez, bajaba) por aquella casi imaginaria y ancha vía que une las históricas residencias de los dos fantasmas más célebres de París. Apenas se cruzó con un par de mecánicos viandantes que sí parecían conocer el destino de sus pasos. Portales, ventanas y escaparates permanecían herméticos y despiadados, iluminados por la engañosa claridad de la memoria.
Atrás, no muy lejos de allí, se encontraba su propio balcón, desde el que podía verse el viejo palacio, siempre que la mirada no estuviese velada por el llanto o por la nostalgia.
Fue casi una noche triste. Cuando el frío se desvaneció en el interior de su dormitorio, aquel hombre, perdido en una penumbra que aún tendría muchos años por delante, siguió insistiendo en su particular Teoría del Caos. No era la teoría convencional, ni tampoco defendía las bien documentadas tesis del Efecto Mariposa.
La verdad es que aún no había pasado el tiempo suficiente para consolidar, de forma experimental, los grandes principios empíricos de su opinión filosófica sobre las consecuencias del impredecible comportamiento de los sistemas dinámicos personales. Por el momento se conformaba con apreciar una manera de actuar incipientemente errática en la condición humana. Era, sin duda, demasiado pronto para formular las conclusiones deterministas a las que el destino le acabaría llevando sin remedio.
Una noche sin día anterior ni posterior. Una noche colgada en el tiempo.
El ambiente de la calle no era lo único frío, desde luego. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que la frialdad, manejada con profesionalidad y constancia, llega a confundirse con un cierto nivel de calor, ya que la temperatura (como muy bien saben nuestros amigos Celsius, Réaumur, Farenheit e, incluso, Lord Kelvin) no deja de ser una magnitud relativa.
Ignoro si la residencia circunstancial de aquel hombre tenía algo de normanda, pero es un dato cuyo conocimiento no nos ayudaría a descifrar el enigma de esta historia. Lo que sí es relevante es que, tras largos años de estudio, llegó a modificar el enunciado de la Teoría del Caos, trasladándola al universo de las relaciones entre las personas. Eso le condujo a cambiar el paradigma general y, también, el propio concepto de caos. Para aquel hombre que una noche como ésta caminaba sin rumbo por la Avenida de la Ópera, el caos dejó de ser un orden de características impredecibles para convertirse en un desorden temporal y duradero que siempre desemboca en la vuelta al orden establecido. El Efecto Mariposa lo dejó reducido a una permanente sensación unilateral en el estómago, solo compartida en momentos muy específicos.
Su segunda gran conclusión fue que, por muy significativa que sea la modificación introducida aleatoriamente en la ordenación social vigente, solo es capaz de desviar el resultado final (final en apariencia, claro está) durante un tiempo pero, tarde o temprano, el orden vuelve a su destino original, con independencia de la intensidad emocional desplegada y del volumen de los sentimientos utilizado en el proceso.
La humanidad está, pues, bien protegida de los terribles peligros que implicaría la veracidad de la catastrófica Teoría del Caos. La sociedad está a salvo.
Desde esta innovadora perspectiva, el desorden temporal de las emociones, provocado por la introducción de elementos caóticos en el orden establecido, genera en la otra parte una reacción de racionalización ética inducida, que actúa como una vacuna ante los flagrantes riesgos de una de las más graves enfermedades psicosomáticas conocidas a lo largo de los siglos: el ansia de libertad emocional.
Pocos saben que fue aquel hombre quien materializó, a través de su experiencia personal, el descubrimiento de una ley universal que había permanecido oculta entre las alcantarillas del Palacio Garnier y los sótanos del Louvre.
Su castigo por sacarla a la luz fue el destierro del futuro. Una cadena perpetua que cumple en algún lugar del mundo de los sueños. Ése del cual nunca podrá ser desterrado.
viernes, 18 de noviembre de 2011
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Bajo los tilos
Confundo mucho El Barbero de Sevilla con Rigoletto. Y hay que reconocer que es una confusión muy rara, porque no se parecen en nada. Pero yo las confundo mucho. Sobre todo en Berlín.
Puede que sea verdad eso de que noviembre es un mes más frío entre la Puerta de Brandenburgo y la Isla de los Museos que paseando por Ku'Damm. También es posible que sea cierto que allí las gafas de sol suelen ser redondas y que el mismo restaurante se repite noche y día frente a la iglesia del Kaiser Guillermo...
Pero estas razonables explicaciones no serían suficientes para confundir esas dos óperas tan diferentes. Como tampoco lo es que el papel de Gilda lo interprete una soprano negra en la Deutsche Oper ni que el montaje de la obra de Rossini en la vieja Staatsoper fuera tan escaso de recursos en aquellos tiempos.
Una confusión tan absurda como la mía me lleva a pensar que en la vida hay muchas cosas que no son lo que parecen. Y que algunos vemos cisnes volando sobre pequeños lagos cuando, en realidad, hay habitaciones de hotel con piano, mucho más confortables, a la larga, que la de un pequeño y moderno Seehof, por muy romántico que sea el entorno para algún despistado que siempre se equivoca.
El caso es que el estado fisiológico del cisne, impropio de un ave, no fue obstáculo para el vuelo, aunque un observador que hubiese estado más pendiente de los detalles que de sus emociones, habría reparado en la escasa altura del mismo. El cisne voló sobre las frías aguas del lago sin apenas separarse de ellas. Fue como si quisiera volar y nadar al mismo tiempo, permaneciendo entre dos mundos que se acercaban por imperativo del destino, como el Este y el Oeste, pero que no llegaban a unirse del todo, pese a no estar ya separados por un muro. Y es que este había caído para la vista, pero seguía firme e inexpugnable en el interior del alma. Una leve pluma se desprendió del pecho del cisne y voló al capricho del viento.
Sin embargo, allí siguen el Altar de Zeus y la Puerta de Istar. Pérgamo y Babilonia unidas en una pequeña isla, al final de un paseo protegido por la tupida sombra de los tilos y los sueños.
Al otro lado de la ciudad y de la historia, el aroma húmedo del pequeño lago plateado seguiría envolviendo durante varios años la vida de una pareja de cisnes, tan iguales por fuera como distintos por dentro. Hasta que un día de invierno, uno de ellos desapareció. Hay quien dice que voló sobre los tilos hacia la pequeña isla del Spree, pero otros aseguran que se quedó en el fondo del lago, esperando un noviembre más cálido en el que ocupar la vacía butaca de la Lindenoper y a que en su conciencia dejasen de resonar las notas de aquel inesperado piano.
Entretanto, el Duque de Mantua, empeñado en que yo siga confundiéndole con el Conde Almaviva, sigue cantando, una y otra tarde, con su poderosa voz de tenor: "... qual piùma al vento... muta d'accento e di pensier...".
Puede que sea verdad eso de que noviembre es un mes más frío entre la Puerta de Brandenburgo y la Isla de los Museos que paseando por Ku'Damm. También es posible que sea cierto que allí las gafas de sol suelen ser redondas y que el mismo restaurante se repite noche y día frente a la iglesia del Kaiser Guillermo...
Pero estas razonables explicaciones no serían suficientes para confundir esas dos óperas tan diferentes. Como tampoco lo es que el papel de Gilda lo interprete una soprano negra en la Deutsche Oper ni que el montaje de la obra de Rossini en la vieja Staatsoper fuera tan escaso de recursos en aquellos tiempos.
Una confusión tan absurda como la mía me lleva a pensar que en la vida hay muchas cosas que no son lo que parecen. Y que algunos vemos cisnes volando sobre pequeños lagos cuando, en realidad, hay habitaciones de hotel con piano, mucho más confortables, a la larga, que la de un pequeño y moderno Seehof, por muy romántico que sea el entorno para algún despistado que siempre se equivoca.
El caso es que el estado fisiológico del cisne, impropio de un ave, no fue obstáculo para el vuelo, aunque un observador que hubiese estado más pendiente de los detalles que de sus emociones, habría reparado en la escasa altura del mismo. El cisne voló sobre las frías aguas del lago sin apenas separarse de ellas. Fue como si quisiera volar y nadar al mismo tiempo, permaneciendo entre dos mundos que se acercaban por imperativo del destino, como el Este y el Oeste, pero que no llegaban a unirse del todo, pese a no estar ya separados por un muro. Y es que este había caído para la vista, pero seguía firme e inexpugnable en el interior del alma. Una leve pluma se desprendió del pecho del cisne y voló al capricho del viento.
Sin embargo, allí siguen el Altar de Zeus y la Puerta de Istar. Pérgamo y Babilonia unidas en una pequeña isla, al final de un paseo protegido por la tupida sombra de los tilos y los sueños.
Al otro lado de la ciudad y de la historia, el aroma húmedo del pequeño lago plateado seguiría envolviendo durante varios años la vida de una pareja de cisnes, tan iguales por fuera como distintos por dentro. Hasta que un día de invierno, uno de ellos desapareció. Hay quien dice que voló sobre los tilos hacia la pequeña isla del Spree, pero otros aseguran que se quedó en el fondo del lago, esperando un noviembre más cálido en el que ocupar la vacía butaca de la Lindenoper y a que en su conciencia dejasen de resonar las notas de aquel inesperado piano.
Entretanto, el Duque de Mantua, empeñado en que yo siga confundiéndole con el Conde Almaviva, sigue cantando, una y otra tarde, con su poderosa voz de tenor: "... qual piùma al vento... muta d'accento e di pensier...".
viernes, 21 de octubre de 2011
El jardín de las tinieblas
Dicen que hubo un jardín regado por un río que se abría en cuatro brazos, en el que abundaba el oro bueno y los árboles florecían desde la tierra de Javilá hasta la de Asur. Allí el hombre desconocía la diferencia entre el bien y el mal y apenas sabía distinguir el ónix del bedelio.
La vida era eterna y fácil alrededor de los dos árboles centrales, uno de ellos, por cierto, casi olvidado por quienes solo recuerdan la fruta del otro. Una fruta cuya ciencia nos intoxica lentamente con un veneno llamado vida que, sin remedio, nos lleva a la muerte.
Yo conocí ese jardín. Yo me bañé en el Pisón y también en el Gihón. Sus aguas eran dulces y cálidas, aunque no siempre estaban en calma. El té silvestre crecía por doquier y sus flores blancas inundaban el jardín y los sueños. Nadie prestaba atención a aquella serpiente que se retorcía entre las plantas, celosa de la felicidad que ella nunca pudo conseguir.
Pasaron tantos años que el tiempo parecía haberse detenido sobre el jardín.
Nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos fueron. Ni tampoco por qué solo se custodió el lado por el que sale el sol y se dejó sin protección el otro. Puede que fuera porque al oeste del jardín había un inmenso desierto, aún más disuasorio para el hombre que un ejército de querubines armados con espadas, por muy flamígeras o zigzagueantes que éstas fueran.
El caso es que acabé viviendo en ese desierto. Un desierto amargo e infinito en el que la mentira se extendió por todas partes, compitiendo con los granos de una arena que cegaba ojos y conciencias. Un desierto frío y nocturno del que era imposible escapar. Quise volver a la tierra de Cus, pero ya no estaba allí. Los ríos de la vida habían cambiado su curso y la historia de aquel jardín se confundió con la de la futura Babilonia. O, tal vez, con la de la legendaria Nínive, a orillas del Tigris...
Hoy, tantos siglos después, el jardín es un paisaje tenebroso en el que reinan la confusión, la tristeza y la duda. Casi todos sus árboles están secos y las flores del té parecen mariposas petrificadas, cubiertas de prejuicios y de falsos testimonios que revuelven la verdad con la codicia.
En su sempiterna noche, una leve silueta se percibe entre los fantasmas de sus bosques ennegrecidos por el olvido y el resentimiento de una memoria de lignito, que prefiere la ignorancia a la felicidad, sepultando el perdón en la tumba del odio contagiado. Y allí, en lo más profundo de la tierra quemada, surcada por el rastro de la vieja serpiente, sigue en pie el otro árbol olvidado por los libros y los predicadores, aquél capaz de devolver la vida a los que mordieron la fruta prohibida. Ésa que llevaba por nombre "Sueños" y por apellido "Libertad".
martes, 6 de septiembre de 2011
Cuando llegue septiembre
A nadie se le oculta que septiembre es el peor de todos.
Y, sin embargo, es un mes bonito. Un mes de grandes expectativas y de terribles sorpresas, que suele empezar mal y continuar peor... a pesar de que está lleno de espejismos históricos enganchados con dolorosos alfileres al calendario.
A mucha gente le gustaba septiembre. Incluso al rey Sancho, hasta que en el sexto día Bellido Dolfos consumó su crimen, huyendo luego por el Portillo de la Traición. Lo que pasa es que éste es un día malo que, tiempo atrás, se disfrazaba de bueno. Siete años después de lo del portillo, vuelve a ponerse máscara de bueno. Paradojas del destino.
¿Por qué mintió tanto? Todas las respuestas posibles son deprimentes. Y la más probable es terrible. Demasiados cómplices, demasiadas lamentaciones estudiadas y sobredosis de serotonina para impresionar a una galería a la que hay que convencer porque está mosqueada.
Luego está la tragedia del 11-S, que a cada uno le tocó vivirla en directo a su manera: a unos en Manhattan y a otros en la terraza del Gran Café de Gijón. Por desgracia, todos tenemos algún Bin Laden en nuestra vida. Y lo peor es que, a veces, tardamos mucho en darnos cuenta.
Pero no todo es malo en septiembre. También hay cosas buenas (o cosas que parecían buenas), como la Expo, The Capital, Frankfurt am Main, Mihura, unas termas raras... o unos sueños más raros todavía.
Septiembre es, ante todo, el mes del regreso. Algunos dicen que es el mes del regreso a la realidad. Aunque también hay una corriente de opinión que mantiene que en septiembre nunca se vuelve, sino que se llega. Dicen estos que en la vida de todo hombre hay un día en el que se llega a la verdad. A una verdad que estaba escondida entre dulces mentiras de voz suave y aspecto inocente. A una verdad que siempre llega en septiembre y que cae como un cuchillo sobre el alma, separando los sueños de la realidad y dejando a los crédulos en medio de la nada más tenebrosa, perdidos en el inmenso pantano de la duda.
Me cuentan que esto pasa con frecuencia, que no hay que darle importancia... c'est la vie, suele exclamarse en estos casos allende los Pirineos. Sin embargo, siempre hay tontos que sí le dan importancia. Siempre hay gente simple y primitiva que carece de la sofisticación necesaria para entender que las traiciones ya no se llaman así, que veinte años no es nada, como canta el tango. Y es que vivimos en un mundo muy poco moderno en el que aún se considera un lujo el transplante de alma o el lavado de corazón, técnicas del siglo XXI a las que muchos tontorrones no saben adaptarse con esa soltura relajada y displicente de quienes sí han adquirido un estilo profesional, acrisolado por múltiples experiencias.
Desde luego, lo más práctico es no darle tantas vueltas, así que pondré, una vez más, el viejo disco de Bobby Darin y me relajaré para escuchar ese tema que tanto me gusta... creo que su título era Come September.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Hamlet y Lady Macbeth
Pocos saben que, en un principio, estas dos tragedias iban a ser una sola.
La idea inicial de Shakespeare era que Lady Macbeth y Hamlet compartieran el protagonismo de una gran obra, impregnada de sentimientos de ambición y duda. En aquella historia original, Lady Macbeth, tras haber fracasado en su intento de ocupar el trono de Escocia, huía a Dinamarca bajo una nueva personalidad y allí, convertida en la dulce Ofelia, seducía a un Hamlet demasiado ofuscado como para darse cuenta de las verdaderas intenciones de quien acabaría siendo su verdugo.
Lady Macbeth estaba convencida, en la inconclusa obra de Shakespeare, de que el brillante príncipe Hamlet llegaría a ser rey de Dinamarca. Y eso era lo que ella quería: ser reina. Daba igual cuál fuese el trono (y, mucho menos, el rey que lo ocupase), lo importante era alcanzarlo. Lord Macbeth estaba prisionero en un remoto castillo escocés y nadie podría saber nunca en la lejana Dinamarca que aquella inocente Ofelia era, en realidad, la ambiciosa Lady Macbeth, cómplice de la desgracia de su codicioso marido.
Por lo que algunos estudiosos de la obra del gran autor inglés han podido saber, la tragedia era de un dramatismo extraordinario, destacando, en especial, la escena en la que la perversa protagonista consigue enloquecer al despistado príncipe de Dinamarca, haciéndole creer que su amor será eterno y se mantendrá más allá de la muerte.
En el tercer acto se desencadena la tragedia. Una conspiración se fragua en palacio, aprovechando la distracción de Hamlet con Ofelia/Lady Macbeth, y aparta definitivamente al príncipe de sus aspiraciones al trono, al que acaba accediendo el malvado Ildefonsus. Al mismo tiempo, llegan noticias desde Escocia: Lord Macbeth ha conseguido escapar de su prisión y se hace con una gran fortuna, traicionando al rey y vendiéndole a sus enemigos.
Lady Macbeth decide inmediatamente regresar a Escocia y dejar a Hamlet, desterrado ahora en una solitaria isla del Mar del Norte, sumido en el desconcierto y la duda.
Es impresionante el momento en el que Lady Macbeth recupera su auténtica y fría personalidad y le dice a Hamlet que Ofelia ha muerto y que ella debe volver a Escocia para estar al lado de su marido y de su hija, a la que aquél había repudiado años atrás. Desde la cubierta del oscuro barco holandés de dos mástiles en el que abandona el puerto, le jura a Hamlet que volverá con él y que pronto serán felices en un nuevo reino, allende los mares.
Hamlet se debate, durante años, en una terrible duda, negándose a aceptar la evidencia de la traición, pero Lady Macbeth, que al llegar a Escocia ha sido rechazada por su esposo (informado de lo sucedido mientras él permanecía en prisión), lo niega todo ante el altar mayor de la catedral de Edimburgo, y, como prueba de su fidelidad, envía en su siniestro barco a unos asesinos a sueldo para que acaben con la vida del dubitativo Hamlet, con cuyo célebre monólogo comienza el quinto y último acto de la tragedia.
Al parecer, nunca se encontraron las páginas finales de la obra. Hay quien dice que Shakespeare, presionado por algunos miembros de la nobleza británica, se vio obligado a abandonar la estructura de una tragedia que podría haber sido demasiado parecida a una historia real que no habría gustado a sus protagonistas. Pero también es posible que, algún día, aparezcan los versos que faltan. Me encantaría conocer el final. Y no descarto conseguirlo, con un poco de suerte. Si alguien lo conoce, que no deje de avisarme, por favor. Aunque ya se sabe que las tragedias son eso, tragedias. Y siempre acaban mal.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Notte di Ferragosto
Calda la spiaggia e caldo il mare... cantaba Gianni Morandi aquel verano.
Es una noche dura. Ya lo era en los lejanos tiempos de Alhama, cuando Monárquicos y Republicanos luchaban por la supremacía local, bajo la displicente mirada de una efímera reina y su corte de torpes gigantes y violentos cabezudos.
Y es una noche larga. Dura un mes, aparte de sus prolegómenos, que empiezan a primeros de junio. En ella pasan muchas cosas. Demasiadas para los que tienen, como Morandi, un corazón que se resiste a enfriarse del todo.
Una noche en la que los que duermen, sueñan. En 2005, el departamento de investigación onírica de la universidad de UCLA publicó un estudio que defendía la tesis de que en esa noche se soñaba más que en todos los meses de invierno juntos.
Por lo que me cuentan, el informe tiene visos de estar en lo cierto. Comer, beber, amar... son prácticas habituales en agosto, incluso desde su primer día. Superado el sueño olímpico, se sustituye por ventiladores de techo que mueven lentamente el cálido aire brasileño. Y la patria chica de Cervantes, convertida en posada, mutila para siempre el alma de quien no está protegido contra la traición más feroz y despiadada. Tampoco faltan ciudades amuralladas previas, con almenas altas y puñales escondidos, llanto inmenso en lugares pardos o inútiles sorpresas insulares o cinematográficas en busca de lo que nunca existió. Hasta las fieras abandonan sus viejos aposentos o se vuela despacio sobre ellas sin apreciar la inmensidad de la sabana. Agosto es un mes en el que mueren amigos y madres.
Todo está programado en Ferragosto, menos el insistente pensiero de Gianni Morandi, empeñado en recordar lo que nunca fue más que una patraña muy bien organizada que todavía tendría que escribir sus páginas más amargas.
Hay quien asegura que es una fiesta, pero muchos, ya desde la Roma pagana, no encuentran en ella ningún rescoldo festivo. Felicidades, escribió el autor de la antigua canción en junio, e inmediatamente recibió un Gracias! con signo de admiración. Luego hubo algo más. Sin embargo, un mes después, el silencio más estrepitoso marcaba, de nuevo, la hostilidad hacia una época tan veraniega como peligrosa para quienes creen correr el riesgo de ser abordados por corsarios de bandera negra y amarilla. O, tal vez, fuera mejor decir que fingen creerlo, pues han tenido pruebas de que el inmenso arsenal acumulado y el arrojo temerario demostrados nunca serán utilizados en su contra.
Pero en verano todas la precauciones son pocas, que nunca se sabe... Así que Gianni no vio sentido a volver a escribir una palabra amable y sincera en Ferragosto. Seguramente, en esta ocasión el posible Gracias vendría sin signo de admiración. Y, sobre todo, vendría vacío y llegaría triste a su destino. Tan triste como su canción. Tan triste como esa interminable notte di Ferragosto que sigue sonando en medio de todos los veranos: ... anche se mi ripeto che l'amore non c'è... no perché se ci fosse un amore così come quello che provo questa notte per te... tu saresti con me.
Lo dicho, la eterna canción.
martes, 26 de julio de 2011
Eppur si muove
Tengo siempre presente a Galileo. Como a tantos otros que fueron injustamente perseguidos por una obsesión inquisitorial que sigue viva en algunos ánimos del siglo XXI.
No es fácil tener ideas diferentes. Y no me refiero sólo a lo complicado que es ser creativo en cualquier disciplina, sino a lo difícil que resulta convivir con el mundo cuando uno se sale de lo establecido.
Conozco a un modesto Galileo que ha desarrollado una revolucionaria teoría del tiempo. Él defiende que el tiempo no existe. Su tesis se basa en la afirmación de que el tiempo como magnitud es una dimensión inventada por el hombre para intentar explicar lo que sobrepasa al espacio, que es lo único que puede apreciar con los sentidos. Como invención humana, el tiempo se ha convertido en un parámetro de gran utilidad para controlar a una siempre peligrosa naturaleza, proclive a desafiar las normas que protegen al poder.
No cabe duda de que el invento es magnífico. Nada escapa a su método. El tiempo marca, más que ninguna ley escrita, la cadencia obligatoria de la vida. Su poder va mucho más allá de lo físico. Su férrea disciplina dicta lo que corresponde a cada período, habiendo sido éstos ingeniosamente establecidos, adaptándolos a realidades y fenómenos físicos, más o menos, sistemáticos o repetitivos.
Claro que mi conocido, en realidad, no es un físico, sino un filósofo relativista, muy mal visto en las altas esferas, por cierto. Religión, Sociedad y Estado se encuentran incómodos ante sus teorías, que tachan de desestabilizadoras y antisistema.
Pero no era mi propósito hablar tanto del tiempo, esa excusa inventada para ilustrar la permanente evolución de la materia y el movimiento de los cuerpos a través del espacio. Lo que yo quería era recordarme a mí mismo lo habitual que es caer en opiniones categóricas que, pese a estar muy convencidos de ellas, en muchas ocasiones son erróneas. Y suelen serlo porque se basan en principios equivocados. Uno de ellos es el principio universal de la culpabilidad ajena. Es éste uno de los axiomas más extensamente difundidos y, sin ninguna duda, arraigado con gran solidez en la condición humana. Su enunciado es muy sencillo: todo problema sufrido por uno mismo es culpa de otro mientras no se demuestre lo contrario. Tan fundamental es este postulado para la supervivencia que no es infrecuente ver que quienes no lo siguen al pie de la letra suelen caer en eso que ahora se llama, con cierta cursilería, baja autoestima.
Acusaron a mi conocido, el modesto Galileo, de horribles crímenes y perversas acciones que nunca cometió, sino que, por el contrario, sufrió. Y, tal como suele ser lo habitual, la acusación sirvió para desviar la atención de un tercero sobre la verdadera culpabilidad de los hechos imputados. La denuncia no prosperó, pero cumplió, en parte, con su verdadero objetivo: una maniobra de distracción a la desesperada que pusiera a salvo (al menos temporalmente) algunos valiosos bienes materiales, de esos que suelen utilizarse para compensar las penas. "Los duelos con pan son menos", reza el refranero castellano con su proverbial sabiduría secular.
El modesto Galileo no tuvo que abjurar de nada, como sí lo hiciera el gran genio renacentista, porque su particular inquisición no le condenó, pero vivió el resto de su vida en una gran incongruencia, sabiendo que las cosas eran de una manera mientras aparentaban ser de otra. El nihilismo más inmovilista le rodeó y tuvo que aceptar el silencio y la terquedad como habitat permanente, acompañado para siempre por la sombra de una estatua que se esforzaba en demostrar su pétrea rigidez al mundo. Todos cuantos admiraban en ella su clásica armonía marmórea celebraban su serena quietud ante los avatares de la vida.
Pero nuestro Galileo no dejaba de murmurar algo entre dientes cada vez que el pueblo cantaba la orgullosa virtud de aquella estatua, tan indiferente y ajena al ajetreo de los mortales. No era fácil entender lo que decía, porque el humilde Galileo moderno hablaba para sí mismo. Pero yo le oí. Le oí con toda claridad decirlo, una y otra vez: "Y sin embargo se mueve".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)