Deberían existir espejos de otro tipo.
No es que no me parezcan útiles los convencionales, no... reconozco que son evidentes sus diferentes usos alternativos, muy prácticos, además, la mayoría de ellos.
Los espejos sirven para muchas cosas. Por ejemplo, para agrandar visualmente una habitación, para que los dentistas nos vean las caries de los dientes, para fabricar periscopios, para hacer señales reflejando la luz del sol...
Bueno, y para vernos en ellos, que se me había olvidado.
El vanidoso Narciso, por ejemplo, no se hubiese ahogado en aquella fuente de haber tenido un espejo para mirarse en él. Y puede que la pobre ninfa Eco no hubiese terminado consumida y reducida al sonido de su voz. Una voz incapaz, eso sí, de decir nada que naciera de ella misma.
En el fondo, la voz de Eco era como un espejo. Como un espejo que reflejaba sonidos, en lugar de imágenes.
Todos conocemos a personas que abusan de los espejos. Como la madrastra de Blancanieves que, dicho sea de paso, dejaba a Narciso a la altura de un aficionado de la autoestima.
Abusan mucho los que solo disfrutan con su propia belleza (sea real o imaginaria, que eso no les interesa), pero también hacen un uso excesivo de ellos quienes los utilizan constantemente para descubrir imperfecciones en su físico o en su vestuario (imperfecciones que, la mayoría de las veces, pasan desapercibidas a los demás).
Sin embargo, aún no se ha inventado el espejo para ver los propios defectos. Los defectos importantes, claro, no los de la apariencia externa, esa que tanto nos preocupa, impulsados, tal vez, por las absurdas exigencias que hemos creado entre todos con el culto paranoico de la sociedad por la belleza física.
Y es que hay verdaderos expertos (y expertas, desde luego) en descubrir y multiplicar los males de la conducta ajena, sin reparar lo más mínimo en los propios, hacia los que suele prodigarse una indulgencia no ya exagerada, sino casi absoluta.
¡Cuántos errores vemos en lo que hacen los demás y qué pocos en nosotros mismos! Esto se solucionaría con la existencia de los espejos morales.
Pero no solo necesitamos este tipo de ingenios reflectantes del comportamiento ético. También sería fundamental disponer de otros que nos permitiesen ver reflejados nuestros verdaderos sentimientos, porque, en multitud de ocasiones, de tanto esconderlos, no somos capaces de verlos. Y por mucho que nos miremos en nuestro espejo convencional (o, incluso, en el de aumento) para comprobar si nos ha salido una nueva cana o tenemos una pequeña manchita en la delicada piel de nuestras mejillas, que tanto cuidamos con cosméticos de Estée Lauder o de Mercadona (este tema merece un artículo aparte), no podemos ver nada de ellos. Las canas, sí. Y las manchitas. Pero los sentimientos permanecen ocultos a nuestra vista.
La ausencia de estos espejos del espíritu pone en grave riesgo a los narcisos que, enamorados de una presunta perfección propia que va más allá de lo físico, corren el peligro de tener que nadar eternamente en los gélidos lagos de la soberbia edulcorada. Y de esas fuentes brotan aguas peligrosas, en las que es fácil quedar atrapado para siempre.
Está claro que los espejos no pueden verlo todo.
lunes, 18 de noviembre de 2013
viernes, 15 de noviembre de 2013
Imprudencias temerarias
Hay personas que se ven obligadas a a administrar la prudencia. Y eso no es fácil.
A veces, se habla de los prudentes con excesiva ligereza, complicándose por necesidad en lo emprendido por otros, cuya trayectoria como paladines de esta virtud es absolutamente nula.
Pese a todo, no es esto lo más preocupante, sino que los mismos que se enredan en lo que no deben (por la presión, tal vez, de agobiantes e inoportunas circunstancias), han abandonado voluntariamente el camino que les apartaba del abismo emocional.
De nada sirve, a la larga, someterse a una profilaxis sentimental continuada. Los gérmenes ya están dentro y siempre acaban por aflorar. Sobre todo por las noches, en la oscuridad de la conciencia, y también, como contraste, en las tardes luminosas de unos veranos que ahora parecen extraños e incompletos.
Empeñarse en lo que no tiene sentido es una imprudencia. Dedicarse en cuerpo (que no en alma) a lo que ha demostrado ser una catástrofe es ya una imprudencia temeraria.
Dicen que la culpa de no rectificar suele ser consecuencia de un amor propio mal entendido. Y puede que tengan razón. En especial, si la mano amiga está tendida y con una ramita de olivo en la palma.
Cuando el espíritu de Fray Luis de León ha sido repetidamente manifestado, queda bien claro que el sendero para retornar al paraíso perdido no es el de la prudencia ficticia, sino el de aceptar la paz que te brindan. Sobre todo, cuando están dispuestos a entregártela sin pedir nada a cambio.
Ese espíritu belicoso y desabrido (en el que la aspereza luce con un brillo capaz de inspirar a un renacido Gutierre de Cetina que, sin duda, estaría dispuesto a morir, de nuevo, asesinado bajo la ventana de su Leonor de Osma, en la muy bella ciudad de Puebla) no conduce sino a la imprudencia y provoca, con sus episodios de soberbia mal contenida, que los sentimientos se tornen erráticos, ambulantes... y, en su incesante vagabundeo, carezcan de domicilio cierto.
No es bueno que ninguna dórida insista en sus imprudencias temerarias. Ya sabemos que no hay fuente de aguas suficientemente claras en Arcadia para reflejar lo que, en verdad, esconden sus ojos, pero eso no consume el fuego que vive dentro.
Los imprudentes no van al cielo. Ni siquiera en el mundo de los sueños olvidados.
Es culpa grave e inexcusable desoír la llamada de la paz y mantener encendida la antorcha del odio o enarbolar la bandera del resentimiento contra lo que no se pudo tener por culpa de un empecinamiento propio de ida y vuelta, tan innecesario como imprudente.
Por el contrario, es sano reconocer nuestros errores y cerrar, por fin, todas esas puertas que se han ido abriendo mientras se avanzaba por el corredor de la insatisfacción.
Yo, como el poeta sevillano, sigo viendo la luz al final del pasillo.
A veces, se habla de los prudentes con excesiva ligereza, complicándose por necesidad en lo emprendido por otros, cuya trayectoria como paladines de esta virtud es absolutamente nula.
Pese a todo, no es esto lo más preocupante, sino que los mismos que se enredan en lo que no deben (por la presión, tal vez, de agobiantes e inoportunas circunstancias), han abandonado voluntariamente el camino que les apartaba del abismo emocional.
De nada sirve, a la larga, someterse a una profilaxis sentimental continuada. Los gérmenes ya están dentro y siempre acaban por aflorar. Sobre todo por las noches, en la oscuridad de la conciencia, y también, como contraste, en las tardes luminosas de unos veranos que ahora parecen extraños e incompletos.
Empeñarse en lo que no tiene sentido es una imprudencia. Dedicarse en cuerpo (que no en alma) a lo que ha demostrado ser una catástrofe es ya una imprudencia temeraria.
Dicen que la culpa de no rectificar suele ser consecuencia de un amor propio mal entendido. Y puede que tengan razón. En especial, si la mano amiga está tendida y con una ramita de olivo en la palma.
Cuando el espíritu de Fray Luis de León ha sido repetidamente manifestado, queda bien claro que el sendero para retornar al paraíso perdido no es el de la prudencia ficticia, sino el de aceptar la paz que te brindan. Sobre todo, cuando están dispuestos a entregártela sin pedir nada a cambio.
Ese espíritu belicoso y desabrido (en el que la aspereza luce con un brillo capaz de inspirar a un renacido Gutierre de Cetina que, sin duda, estaría dispuesto a morir, de nuevo, asesinado bajo la ventana de su Leonor de Osma, en la muy bella ciudad de Puebla) no conduce sino a la imprudencia y provoca, con sus episodios de soberbia mal contenida, que los sentimientos se tornen erráticos, ambulantes... y, en su incesante vagabundeo, carezcan de domicilio cierto.
No es bueno que ninguna dórida insista en sus imprudencias temerarias. Ya sabemos que no hay fuente de aguas suficientemente claras en Arcadia para reflejar lo que, en verdad, esconden sus ojos, pero eso no consume el fuego que vive dentro.
Los imprudentes no van al cielo. Ni siquiera en el mundo de los sueños olvidados.
Es culpa grave e inexcusable desoír la llamada de la paz y mantener encendida la antorcha del odio o enarbolar la bandera del resentimiento contra lo que no se pudo tener por culpa de un empecinamiento propio de ida y vuelta, tan innecesario como imprudente.
Por el contrario, es sano reconocer nuestros errores y cerrar, por fin, todas esas puertas que se han ido abriendo mientras se avanzaba por el corredor de la insatisfacción.
Yo, como el poeta sevillano, sigo viendo la luz al final del pasillo.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Anónimos con remite
Hay gente que manda anónimos.
Incluso existen los que fingen un anonimato distinto al de su propia identidad camuflada para, haciéndose pasar por víctimas, convertirse en chantajistas perpetuos.
Conocí, por cierto, a uno de estos hace tiempo. Tenía pelo en todas partes, menos en la cabeza y los de la lengua le sirvieron para complicar la vida a quienes le rodeaban mientras trataba de embaucar a los incautos.
Pero no es de este tipo de anónimos sofisticados de los que quiero hablar hoy, sino de otros, mucho más rústicos y malolientes, propios de quienes pegan a los que tienen menos fuerza física que ellos y se esconden en parapetos de papel para insultar con vulgaridad extrema y extemporánea.
Son personajes desesperados por los que debemos sentir pena, aunque su violencia congénita no inspire ternura alguna.
Algunos vuelan hacia el pretérito, en busca de argumentos estrafalarios en los que encastrar su ira trasnochada y apalancar su frustración, aunque lo cierto es que suelen hacerlo sin mucho éxito y escaso convencimiento.
Hace poco me he tropezado con una nueva categoría (nueva, al menos, para mí): los que mandan anónimos con remite.
Son tipos raros, sí, lo reconozco. Y, sin embargo, ahí están, esmerándose todo lo que les permite su disminuida condición para completar un anónimo apañadito... sin excesivas florituras lingüísticas, aparte, claro está, del soez repertorio habitual, más propio de un encolerizado y resentido Mr. Wheeler que de un individuo medianamente civilizado.
El escritor de anónimos con remite apenas amenaza y tampoco chantajea. Se limita a insultar, desahogándose con ese estilo propio, característico del hincha que vuelca en el sufrido árbitro sus congojas domésticas y vitales, con la siempre socorrida excusa de un dudoso penalti no pitado a favor del equipo de su aldea (digamos Villabajo, por ejemplo) cuando perdía por seis a cero contra su eterno rival de Villarriba y estaba a punto de remontar el partido.
A mí, que el único anónimo que, en verdad, me gusta es el veneciano de Salerno y Cipriani, me resulta difícil comprender las razones que pueden impulsar a alguien hasta un abismo emocional como este, pero tampoco soy capaz de juzgar a quien tanto descalabro ha debido padecer para estar dispuesto a sumergirse en tales simas.
Ni siquiera hace el angustiado autor un esfuerzo por proteger del todo su anonimato, sino que parece querer desvelarlo, incluyendo indicios tan voluntarios y numerosos como insuficientes y lejanos.
Cuando se recibe un anónimo de estos, no se puede evitar un cierto sentimiento de compasión por el pobre diablo que lo ha enviado, tal vez como último recurso psicológico para huir de su propia miseria. Una miseria de la que él parece hacer responsable al destinatario, quien, la mayor parte de las veces, lo tiene todo olvidado (si es que alguna vez hubo algo que olvidar).
Y si, además, eres una persona sensible, te preguntarás unas cuantas cosas y llegarás a dudar de la solidez de ese pedestal sobre el que estás instalado, en el que te crees a salvo de la soledad, de la tristeza y de todas esas penas y debilidades que pueden llevar a una persona a esos suburbios de la conciencia en los que el mal y la locura se confunden y te mortifican hasta el punto de sentirte perdido y próximo a la nada.
Esa es la antesala del anonimato final, de la fosa común de la humanidad cansada y silenciosa que ya solo aspira a escribir una carta con remite.
Aunque la carta no lleve firma y el remite sea falso.
Incluso existen los que fingen un anonimato distinto al de su propia identidad camuflada para, haciéndose pasar por víctimas, convertirse en chantajistas perpetuos.
Conocí, por cierto, a uno de estos hace tiempo. Tenía pelo en todas partes, menos en la cabeza y los de la lengua le sirvieron para complicar la vida a quienes le rodeaban mientras trataba de embaucar a los incautos.
Pero no es de este tipo de anónimos sofisticados de los que quiero hablar hoy, sino de otros, mucho más rústicos y malolientes, propios de quienes pegan a los que tienen menos fuerza física que ellos y se esconden en parapetos de papel para insultar con vulgaridad extrema y extemporánea.
Son personajes desesperados por los que debemos sentir pena, aunque su violencia congénita no inspire ternura alguna.
Algunos vuelan hacia el pretérito, en busca de argumentos estrafalarios en los que encastrar su ira trasnochada y apalancar su frustración, aunque lo cierto es que suelen hacerlo sin mucho éxito y escaso convencimiento.
Hace poco me he tropezado con una nueva categoría (nueva, al menos, para mí): los que mandan anónimos con remite.
Son tipos raros, sí, lo reconozco. Y, sin embargo, ahí están, esmerándose todo lo que les permite su disminuida condición para completar un anónimo apañadito... sin excesivas florituras lingüísticas, aparte, claro está, del soez repertorio habitual, más propio de un encolerizado y resentido Mr. Wheeler que de un individuo medianamente civilizado.
El escritor de anónimos con remite apenas amenaza y tampoco chantajea. Se limita a insultar, desahogándose con ese estilo propio, característico del hincha que vuelca en el sufrido árbitro sus congojas domésticas y vitales, con la siempre socorrida excusa de un dudoso penalti no pitado a favor del equipo de su aldea (digamos Villabajo, por ejemplo) cuando perdía por seis a cero contra su eterno rival de Villarriba y estaba a punto de remontar el partido.
A mí, que el único anónimo que, en verdad, me gusta es el veneciano de Salerno y Cipriani, me resulta difícil comprender las razones que pueden impulsar a alguien hasta un abismo emocional como este, pero tampoco soy capaz de juzgar a quien tanto descalabro ha debido padecer para estar dispuesto a sumergirse en tales simas.
Ni siquiera hace el angustiado autor un esfuerzo por proteger del todo su anonimato, sino que parece querer desvelarlo, incluyendo indicios tan voluntarios y numerosos como insuficientes y lejanos.
Cuando se recibe un anónimo de estos, no se puede evitar un cierto sentimiento de compasión por el pobre diablo que lo ha enviado, tal vez como último recurso psicológico para huir de su propia miseria. Una miseria de la que él parece hacer responsable al destinatario, quien, la mayor parte de las veces, lo tiene todo olvidado (si es que alguna vez hubo algo que olvidar).
Y si, además, eres una persona sensible, te preguntarás unas cuantas cosas y llegarás a dudar de la solidez de ese pedestal sobre el que estás instalado, en el que te crees a salvo de la soledad, de la tristeza y de todas esas penas y debilidades que pueden llevar a una persona a esos suburbios de la conciencia en los que el mal y la locura se confunden y te mortifican hasta el punto de sentirte perdido y próximo a la nada.
Esa es la antesala del anonimato final, de la fosa común de la humanidad cansada y silenciosa que ya solo aspira a escribir una carta con remite.
Aunque la carta no lleve firma y el remite sea falso.
viernes, 25 de octubre de 2013
Lysistratas
Aristófanes fue un gran defensor de la paz.
Varias de sus comedias mantenían una postura pacifista que se enfrentaba a la belicosa actitud de muchos de sus contemporáneos. De todas ellas, Lysistrata es la más conocida.
Con independencia del fondo del asunto (bastante polémico para unos tiempos actuales que llegan a confundir, en ocasiones, la verdadera naturaleza de las cosas), no cabe duda de que el verdadero argumento central de la obra aborda un tema delicado: el del chantaje.
Hay que reconocer que, en la comedia de Aristófanes, Lysistrata y sus compañeras parecían defender algo tan loable como la paz. Aunque tampoco faltan sesudos analistas que ven en el juramento colectivo que pronuncian un cierto tinte egoísta y de desinterés por los asuntos de estado, en beneficio de los privados...
El caso es que el chantaje está habitualmente presente en nuestras vidas. Y no hablo ya de las extorsiones claramente delictivas, sino de los pequeños chantajes a los que nos vemos sometidos a diario, desde nuestra más tierna infancia. La propia educación de los hijos está, muchas veces, basada en métodos chantajistas: "Si no te comes todo el brócoli con vinagreta te castigamos sin ir a jugar al parque".
En estas situaciones, la excelente excusa de que el chantaje se hace por el bien del niño suele funcionar socialmente con éxito. Lo que viene a querer decir, más o menos, que, en determinadas ocasiones, el fin justifica los medios.
A mí esto me parece un tanto peligroso, ya que, si se acepta este principio para ciertas actuaciones, puede resultar complicado, incómodo y susceptible de controversia la determinación unánime del punto a partir del cual el criterio ético debe ser modificado.
Pero dejemos esta difícil cuestión moral para otra ocasión y volvamos a centrarnos en Lysistrata.
Me cuentan que hay en el mundo otras lysistratas que utilizan el método implementado en su día por la heroína griega con fines mucho menos nobles.
Esto nos llevaría a una preocupante conclusión de elementalidad en el comportamiento masculino, nada apropiada para los, en apariencia, sofisticados tiempos que vivimos, tan proclives a fingir preferencias por lo espiritual y cultivado, frente a los primitivos impulsos instintivos.
Claro que, también, podría ser la base de una muy poco edificante hipótesis sobre el mercantilismo carnal de quienes lo practican.
Y cuando las lysistratas lo utilizan como arma de guerra y no como iniciativa pacifista, aún peor.
Dicen quienes saben de estos temas que se dan casos en los que el lysistratazo está precedido por años de intensos preparativos encaminados a conseguir que la reacción obtenida sea la deseada, ya que hay ciertas personas reacias a dar importancia a lo material, especialmente en el terreno de los sentimientos.
En estas ocasiones es cuando el trabajo previo a realizar por las encarnizadas seguidoras de Aristófanes es más importante y, si bien no suele ser preciso un lavado cerebral completo, sí es recomendable un suavizado y posterior aclarado de meninges, mediante la utilización de un champú emocional adecuado y recurrente.
Luego, con el honor comprometido y la inteligencia vilipendiada, el ateniense de turno se queda sin recursos para reaccionar con la dignidad tantas veces demostrada, sobre todo si el momento se ha escogido con sibilina precisión pitagórica (que para eso fue casi contemporáneo del dramaturgo).
Está visto que lo platónico no funcionaba ni en los tiempos del fundador de la Academia (quien sí era contemporáneo de Aristófanes, por cierto).
Son lysistratas desalmadas, cuyo solitario juramento solo va encaminado a proteger el propio interés, a costa del sacrificio de quien las liberó de unas cadenas que iban camino de oxidarse sobre sus vidas.
Varias de sus comedias mantenían una postura pacifista que se enfrentaba a la belicosa actitud de muchos de sus contemporáneos. De todas ellas, Lysistrata es la más conocida.
Con independencia del fondo del asunto (bastante polémico para unos tiempos actuales que llegan a confundir, en ocasiones, la verdadera naturaleza de las cosas), no cabe duda de que el verdadero argumento central de la obra aborda un tema delicado: el del chantaje.
Hay que reconocer que, en la comedia de Aristófanes, Lysistrata y sus compañeras parecían defender algo tan loable como la paz. Aunque tampoco faltan sesudos analistas que ven en el juramento colectivo que pronuncian un cierto tinte egoísta y de desinterés por los asuntos de estado, en beneficio de los privados...
El caso es que el chantaje está habitualmente presente en nuestras vidas. Y no hablo ya de las extorsiones claramente delictivas, sino de los pequeños chantajes a los que nos vemos sometidos a diario, desde nuestra más tierna infancia. La propia educación de los hijos está, muchas veces, basada en métodos chantajistas: "Si no te comes todo el brócoli con vinagreta te castigamos sin ir a jugar al parque".
En estas situaciones, la excelente excusa de que el chantaje se hace por el bien del niño suele funcionar socialmente con éxito. Lo que viene a querer decir, más o menos, que, en determinadas ocasiones, el fin justifica los medios.
A mí esto me parece un tanto peligroso, ya que, si se acepta este principio para ciertas actuaciones, puede resultar complicado, incómodo y susceptible de controversia la determinación unánime del punto a partir del cual el criterio ético debe ser modificado.
Pero dejemos esta difícil cuestión moral para otra ocasión y volvamos a centrarnos en Lysistrata.
Me cuentan que hay en el mundo otras lysistratas que utilizan el método implementado en su día por la heroína griega con fines mucho menos nobles.
Esto nos llevaría a una preocupante conclusión de elementalidad en el comportamiento masculino, nada apropiada para los, en apariencia, sofisticados tiempos que vivimos, tan proclives a fingir preferencias por lo espiritual y cultivado, frente a los primitivos impulsos instintivos.
Claro que, también, podría ser la base de una muy poco edificante hipótesis sobre el mercantilismo carnal de quienes lo practican.
Y cuando las lysistratas lo utilizan como arma de guerra y no como iniciativa pacifista, aún peor.
Dicen quienes saben de estos temas que se dan casos en los que el lysistratazo está precedido por años de intensos preparativos encaminados a conseguir que la reacción obtenida sea la deseada, ya que hay ciertas personas reacias a dar importancia a lo material, especialmente en el terreno de los sentimientos.
En estas ocasiones es cuando el trabajo previo a realizar por las encarnizadas seguidoras de Aristófanes es más importante y, si bien no suele ser preciso un lavado cerebral completo, sí es recomendable un suavizado y posterior aclarado de meninges, mediante la utilización de un champú emocional adecuado y recurrente.
Luego, con el honor comprometido y la inteligencia vilipendiada, el ateniense de turno se queda sin recursos para reaccionar con la dignidad tantas veces demostrada, sobre todo si el momento se ha escogido con sibilina precisión pitagórica (que para eso fue casi contemporáneo del dramaturgo).
Está visto que lo platónico no funcionaba ni en los tiempos del fundador de la Academia (quien sí era contemporáneo de Aristófanes, por cierto).
Son lysistratas desalmadas, cuyo solitario juramento solo va encaminado a proteger el propio interés, a costa del sacrificio de quien las liberó de unas cadenas que iban camino de oxidarse sobre sus vidas.
jueves, 17 de octubre de 2013
Depresiones intensivas
Como casi todos bien sabemos, hay muchos tipos de depresiones anímicas.
Existe, por supuesto, el trastorno depresivo mayor, el distímico o crónico, el trastorno adaptativo...
Pero también son reales (y bastante frecuentes) otros estados depresivos menores que pueden provocar astenia temporal, desánimo, fatiga psicológica, insomnio o desgana generalizada.
Son enfermedades de mayor o menor gravedad, según la intensidad con la que se manifiestan, o síndromes relativamente dignos de atención clínica o psicológica, en función de variables cuyo diagnóstico y tratamiento solo corresponde, desde luego, a los profesionales cualificados, como neurólogos, psiquiatras o psicólogos.
También se dice que el estrés de la vida contemporánea es causa o consecuencia de alteraciones del ánimo como, por ejemplo, la ansiedad, tan ligada, muchas veces, a determinados procesos depresivos.
El caso es que, por una u otra razón, esta época que nos ha tocado vivir es propicia a unos desórdenes psicológicos que fueron menos frecuentes en tiempos pasados.
Claro que no falta quien, aprovechando que el Pisuerga de la depresión pasa por el Valladolid de nuestros días, adopta síntomas propios de estados depresivos patológicos, aplicándolos con un cierto éxito a sus circunstancias personales, con el fin de obtener un rédito éticamente ilícito, pero materialmente sustancioso.
Estos comportamientos acaban creando una tipología depresiva atípica que suele derivar en diversas formas seudodepresivas nada clínicas, tales como la depresión prêt-à-porter, la depresión a plazo fijo, la depresión a la carta, la depresión a interés variable, la depresión utilitaria o la depresión intensiva.
De todas ellas, es esta última la que merece, tal vez, un análisis más cuidadoso. La depresión intensiva, nada tiene que ver, como pudiera parecer a primera vista, con el grado de fuerza con el que se manifiesta, sino con el horario en el que se aplica. En realidad, su régimen de implementación es similar al de la jornada intensiva que algunas empresas tienen establecida durante los meses de verano.
Es, sin duda, una depresión-no-clínica muy conveniente. El gesto de angustia se intensifica en los momentos clave, siempre dentro del horario apropiado, claro está, y delante de las personas adecuadas, por supuesto.
Luego, de vuelta a casa o al ambiente laboral, se recupera la normalidad más absoluta, mejorada, incluso, por la inducida languidez espiritual, practicada con esmero durante la jornada intensivo-depresiva.
Con el tiempo, la depresión intensiva pierde su eficacia comercial y se ve abocada a transformarse en otras manifestaciones de la conducta selectiva. Entre ellas cabe mencionar la afectada indiferencia, el despego y el suave desdén matizado por un falso orgullo enaltecido.
Lo más triste de estas actitudes es que suelen estar dirigidas contra la lealtad y en defensa de intereses envilecidos. Además, son un terrible agravio para quienes en verdad están afectados gravemente por situaciones depresivas serias, en ocasiones provocadas por los practicantes de cualquiera de las seudodepresiones antes citadas.
No se puede descartar que estos depredadores-depresivos tengan grabadas en su subconsciente unas determinadas jornadas intensivas laborales, de las que solo sean capaces de renegar de palabra.
Y es que dicen que la felicidad es muy mala para proteger los intereses creados.
Existe, por supuesto, el trastorno depresivo mayor, el distímico o crónico, el trastorno adaptativo...
Pero también son reales (y bastante frecuentes) otros estados depresivos menores que pueden provocar astenia temporal, desánimo, fatiga psicológica, insomnio o desgana generalizada.
Son enfermedades de mayor o menor gravedad, según la intensidad con la que se manifiestan, o síndromes relativamente dignos de atención clínica o psicológica, en función de variables cuyo diagnóstico y tratamiento solo corresponde, desde luego, a los profesionales cualificados, como neurólogos, psiquiatras o psicólogos.
También se dice que el estrés de la vida contemporánea es causa o consecuencia de alteraciones del ánimo como, por ejemplo, la ansiedad, tan ligada, muchas veces, a determinados procesos depresivos.
El caso es que, por una u otra razón, esta época que nos ha tocado vivir es propicia a unos desórdenes psicológicos que fueron menos frecuentes en tiempos pasados.
Claro que no falta quien, aprovechando que el Pisuerga de la depresión pasa por el Valladolid de nuestros días, adopta síntomas propios de estados depresivos patológicos, aplicándolos con un cierto éxito a sus circunstancias personales, con el fin de obtener un rédito éticamente ilícito, pero materialmente sustancioso.
Estos comportamientos acaban creando una tipología depresiva atípica que suele derivar en diversas formas seudodepresivas nada clínicas, tales como la depresión prêt-à-porter, la depresión a plazo fijo, la depresión a la carta, la depresión a interés variable, la depresión utilitaria o la depresión intensiva.
De todas ellas, es esta última la que merece, tal vez, un análisis más cuidadoso. La depresión intensiva, nada tiene que ver, como pudiera parecer a primera vista, con el grado de fuerza con el que se manifiesta, sino con el horario en el que se aplica. En realidad, su régimen de implementación es similar al de la jornada intensiva que algunas empresas tienen establecida durante los meses de verano.
Es, sin duda, una depresión-no-clínica muy conveniente. El gesto de angustia se intensifica en los momentos clave, siempre dentro del horario apropiado, claro está, y delante de las personas adecuadas, por supuesto.
Luego, de vuelta a casa o al ambiente laboral, se recupera la normalidad más absoluta, mejorada, incluso, por la inducida languidez espiritual, practicada con esmero durante la jornada intensivo-depresiva.
Con el tiempo, la depresión intensiva pierde su eficacia comercial y se ve abocada a transformarse en otras manifestaciones de la conducta selectiva. Entre ellas cabe mencionar la afectada indiferencia, el despego y el suave desdén matizado por un falso orgullo enaltecido.
Lo más triste de estas actitudes es que suelen estar dirigidas contra la lealtad y en defensa de intereses envilecidos. Además, son un terrible agravio para quienes en verdad están afectados gravemente por situaciones depresivas serias, en ocasiones provocadas por los practicantes de cualquiera de las seudodepresiones antes citadas.
No se puede descartar que estos depredadores-depresivos tengan grabadas en su subconsciente unas determinadas jornadas intensivas laborales, de las que solo sean capaces de renegar de palabra.
Y es que dicen que la felicidad es muy mala para proteger los intereses creados.
lunes, 7 de octubre de 2013
Soñar a destiempo
Teresa tuvo dos sueños a destiempo.
Primero soñó estar desnuda en una cocina desconocida para ella. Doce meses más tarde lo hizo con un coche que se convertía en bañera y se teletransportaba a la misma casa de la cocina. A Teresa le parecieron sueños raros, pero yo creo que no lo eran tanto. Lo que pasa es que los soñó con cuarenta años de retraso.
A veces pasa eso con los sueños: se sueñan a destiempo.
Desde mi punto de vista no es tan grave, pero hay personas, como Teresa, que se asustan con nada. Sin embargo, también hay otras que no se arredran por el paso del tiempo. A mí, por ejemplo, cuarenta años no me parecen muchos. Y conozco cocinas e, incluso, bañeras que permanecen incólumes a través de las décadas.
Yo recomiendo esas personas a las que agobia el inexorable transcurso de la vida, que no esperen tanto a soñar las cosas. Pueden esperar unos días... o unas semanas, si no quieren precipitarse, pero no mucho más. Si esperan cuarenta años, se deprimen y acaban abatidas y, casi siempre, confundidas.
También hay, claro está, otras cuyo problema reside en soñar con demasiada antelación. Estas suelen acabar con desasosiegos similares a los de las anteriores, si bien originados por una causa inversa.
Son muchos los cuadros clínicos que desembocan en sueños prematuros o postreros, pero abundan los relacionados con el matrimonio y/o el noviazgo. Ya lo decía Gila en su famoso sketch "Cirugía Plástica": Se casan con lo primero que encuentran y, luego, arrégleme usted esto.
Pero no es esta la única causa del que podríamos llamar síndrome de sueño extemporáneo, no. Existen un gran número de circunstancias vitales que pueden llegar a producirlo. La mayoría, eso sí, relacionadas con no haber hecho lo que se debía en el momento adecuado. Otras provocadas por una timidez excesiva y algunas (también frecuentes) tienen su origen en la soberbia, el miedo a la verdad o el orgullo desmedido.
Los sueños extemporáneos precoces suelen estar inducidos por una actitud excesivamente voluntarista que, como la propia acepción del término indica, se funda más en el deseo que en las posibilidades reales, mientras que los que adolecen de un retraso significativo están más ligados a sentimientos reprimidos, abandonados o nunca materializados...
En los dos sueños de Teresa pasaban muchas más cosas, pero ella nunca se atrevió a contarlas. Decidió pensar que eran sueños absurdos, que ella jamás habría entrado desnuda en una cocina desconocida ni vestida en una bañera que había sido un automóvil. Sin embargo...
Teresa volverá a soñar a destiempo. Y cabe la posibilidad de que su próximo sueño ya no sea un sueño tardío. Puede que sea un sueño póstumo.
Primero soñó estar desnuda en una cocina desconocida para ella. Doce meses más tarde lo hizo con un coche que se convertía en bañera y se teletransportaba a la misma casa de la cocina. A Teresa le parecieron sueños raros, pero yo creo que no lo eran tanto. Lo que pasa es que los soñó con cuarenta años de retraso.
A veces pasa eso con los sueños: se sueñan a destiempo.
Desde mi punto de vista no es tan grave, pero hay personas, como Teresa, que se asustan con nada. Sin embargo, también hay otras que no se arredran por el paso del tiempo. A mí, por ejemplo, cuarenta años no me parecen muchos. Y conozco cocinas e, incluso, bañeras que permanecen incólumes a través de las décadas.
Yo recomiendo esas personas a las que agobia el inexorable transcurso de la vida, que no esperen tanto a soñar las cosas. Pueden esperar unos días... o unas semanas, si no quieren precipitarse, pero no mucho más. Si esperan cuarenta años, se deprimen y acaban abatidas y, casi siempre, confundidas.
También hay, claro está, otras cuyo problema reside en soñar con demasiada antelación. Estas suelen acabar con desasosiegos similares a los de las anteriores, si bien originados por una causa inversa.
Son muchos los cuadros clínicos que desembocan en sueños prematuros o postreros, pero abundan los relacionados con el matrimonio y/o el noviazgo. Ya lo decía Gila en su famoso sketch "Cirugía Plástica": Se casan con lo primero que encuentran y, luego, arrégleme usted esto.
Pero no es esta la única causa del que podríamos llamar síndrome de sueño extemporáneo, no. Existen un gran número de circunstancias vitales que pueden llegar a producirlo. La mayoría, eso sí, relacionadas con no haber hecho lo que se debía en el momento adecuado. Otras provocadas por una timidez excesiva y algunas (también frecuentes) tienen su origen en la soberbia, el miedo a la verdad o el orgullo desmedido.
Los sueños extemporáneos precoces suelen estar inducidos por una actitud excesivamente voluntarista que, como la propia acepción del término indica, se funda más en el deseo que en las posibilidades reales, mientras que los que adolecen de un retraso significativo están más ligados a sentimientos reprimidos, abandonados o nunca materializados...
En los dos sueños de Teresa pasaban muchas más cosas, pero ella nunca se atrevió a contarlas. Decidió pensar que eran sueños absurdos, que ella jamás habría entrado desnuda en una cocina desconocida ni vestida en una bañera que había sido un automóvil. Sin embargo...
Teresa volverá a soñar a destiempo. Y cabe la posibilidad de que su próximo sueño ya no sea un sueño tardío. Puede que sea un sueño póstumo.
martes, 1 de octubre de 2013
Misérrimas miserias
Victor Hugo cantó la grandeza de la miseria.
Su romántica pluma aprovechó el argumento de su gran novela para criticar a una burguesía más interesada en proteger su mundo que en defender la justicia.
Sin embargo, la miseria que él nos describe, como causa y origen de gran parte de los males de aquellas gentes humildes, sumidas en la pobreza de unos tiempos en los que revolución, hambre y utopía cabalgaban juntas, nada tiene que ver con la de otros, cuya mísera condición no radica en las carencias del cuerpo, sino en la estrechez del alma.
Nada hay de romántico en la actitud de quienes, tras haberlo recibido todo de los que a ellos se entregaron, les niegan, luego, hasta lo más insignificante.
Siempre me ha producido una enorme tristeza, por ejemplo, observar algo tan frecuente como unos hijos que, cuando sus padres son mayores, escatiman en todo lo que se relaciona con ellos hasta límites deshonrosos.
La mayoría de esos padres dieron cuanto tuvieron (algunos hasta lo que no tuvieron) a sus hijos, con generosidad natural y entrega nada calculada, pero, con el paso del tiempo, la memoria de los hijos evoluciona hacia un egoísmo racionalizado y encuentra burdas (o sofisticadas) justificaciones a su miserable comportamiento.
Y esto solo es un ejemplo. Un ejemplo terrible, desde luego, pero hay muchas situaciones similares en las que, sin vínculos de sangre, se producen comportamientos igual de mezquinos.
En mi modesta opinión, quienes así actúan son los verdaderos miserables del mundo y no los que, como el protagonista de la novela de Victor Hugo, se ven obligados a robar una barra de pan para alimentar a su desnutrida hermana.
La miseria moral es la más patética. Sobre todo, si los miserables espirituales niegan hasta lo superfluo a quienes les ofrecieron alma, vida y hacienda cuando las necesitaron. De nada les sirve echarse a las espaldas blancas capuchas edulcoradas para intentar esconder en ellas la misérrima actitud de su veleidosa ética. Sus rostros enrojecidos por una vergüenza nada ajena les delatan.
Mientras, siguen luchando contra el paso del tiempo en el centro del gran refectorio, envilecido por su perjurio y oscurecido por su silencio y sus afectos trashumantes.
Infelices y míseros fantasmas que deambulan por despachos y salones, renegando de lo que nunca quisieron asumir, pero sí abrazaron sin enojo cuando les convino.
Modernas cosettes que barren negras miserias domésticas con sus enormes y pesadas escobas, fabricadas con flechas que se quedaron sin carcaj el mismo día que perdieron el reloj de su conciencia a manos de un futuro jardinero de pequeños y redondeados arbustos...
Miserias del alma, condenadas para siempre a cumplir su alianza vital con la extorsión, con la soberbia... con la infelicidad. Miserias tristes, enemigas de la paz.
¡Pobre Cosette!
Su romántica pluma aprovechó el argumento de su gran novela para criticar a una burguesía más interesada en proteger su mundo que en defender la justicia.
Sin embargo, la miseria que él nos describe, como causa y origen de gran parte de los males de aquellas gentes humildes, sumidas en la pobreza de unos tiempos en los que revolución, hambre y utopía cabalgaban juntas, nada tiene que ver con la de otros, cuya mísera condición no radica en las carencias del cuerpo, sino en la estrechez del alma.
Nada hay de romántico en la actitud de quienes, tras haberlo recibido todo de los que a ellos se entregaron, les niegan, luego, hasta lo más insignificante.
Siempre me ha producido una enorme tristeza, por ejemplo, observar algo tan frecuente como unos hijos que, cuando sus padres son mayores, escatiman en todo lo que se relaciona con ellos hasta límites deshonrosos.
La mayoría de esos padres dieron cuanto tuvieron (algunos hasta lo que no tuvieron) a sus hijos, con generosidad natural y entrega nada calculada, pero, con el paso del tiempo, la memoria de los hijos evoluciona hacia un egoísmo racionalizado y encuentra burdas (o sofisticadas) justificaciones a su miserable comportamiento.
Y esto solo es un ejemplo. Un ejemplo terrible, desde luego, pero hay muchas situaciones similares en las que, sin vínculos de sangre, se producen comportamientos igual de mezquinos.
En mi modesta opinión, quienes así actúan son los verdaderos miserables del mundo y no los que, como el protagonista de la novela de Victor Hugo, se ven obligados a robar una barra de pan para alimentar a su desnutrida hermana.
La miseria moral es la más patética. Sobre todo, si los miserables espirituales niegan hasta lo superfluo a quienes les ofrecieron alma, vida y hacienda cuando las necesitaron. De nada les sirve echarse a las espaldas blancas capuchas edulcoradas para intentar esconder en ellas la misérrima actitud de su veleidosa ética. Sus rostros enrojecidos por una vergüenza nada ajena les delatan.
Mientras, siguen luchando contra el paso del tiempo en el centro del gran refectorio, envilecido por su perjurio y oscurecido por su silencio y sus afectos trashumantes.
Infelices y míseros fantasmas que deambulan por despachos y salones, renegando de lo que nunca quisieron asumir, pero sí abrazaron sin enojo cuando les convino.
Modernas cosettes que barren negras miserias domésticas con sus enormes y pesadas escobas, fabricadas con flechas que se quedaron sin carcaj el mismo día que perdieron el reloj de su conciencia a manos de un futuro jardinero de pequeños y redondeados arbustos...
Miserias del alma, condenadas para siempre a cumplir su alianza vital con la extorsión, con la soberbia... con la infelicidad. Miserias tristes, enemigas de la paz.
¡Pobre Cosette!
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