Desconozco a quién se le ocurrió la muy apropiada expresión la cuesta de enero para referirse a las dificultades económicas por las que pasaban casi todas las familias, una vez terminados los extraordinarios dispendios navideños.
Durante muchas generaciones, esta frase ha sido acertadísima para describir la realidad de las primeras semanas de cada año, especialmente en España, donde los festejos de la Navidad son tan largos que llegan a parecer eternos. Sin embargo, yo empiezo a tener la sensación de que esta popular forma de aludir al mes del dios Jano está dejando de ser tan certera.
Y no lo digo porque enero haya dejado de tener dos caras, no. Enero, como Jano, mira siempre, a la vez, hacia el pasado y hacia el futuro, haciendo gala permanente de su dualidad. Sino por las circunstancias de un tiempo tan distinto como el que nos está tocando vivir a quienes seguimos luchando contra el destino que nos marca este incipiente milenio.
Con el paso de los años y, sobre todo, con el cambio de siglo, enero fue mostrando, cada vez con más dureza, su segunda cara... la negativa, la perversa, la que cierra todas las puertas, la que modifica el pasado y niega el futuro.
A la vista de un hecho tan indiscutible como lamentable, los fabricantes de calendarios fueron retirando la palabra ¡Increíble! (que siempre escribían entre admiraciones bajo el número dos), hasta dejarlos desolados y empobrecidos, tal como los conocemos hoy en día.
La cuesta que enero presentaba ante nosotros se hacía, desde luego, más dura y empinada para quienes llevaban sobre sus hombros la responsabilidad de la vida doméstica. Si para los hombres era difícil, más aún lo solía ser para las mujeres, quienes, durante milenios, han tenido que soportar cargas añadidas, así como un desprecio crónico por su esfuerzo, trabajo y sacrificio, que pone en indudable entredicho la integridad ética de esa especie humana que apenas ahora empieza a salir de la secular ley de la selva por la que ha regido, tradicionalmente, las relaciones entre ambos sexos.
El caso es, volviendo al origen de esta reflexión, que enero ya ha dejado de ser esa cuesta anual que, una vez superada, permitía a las economías familiares volver a una situación de apaciguada normalidad y de presupuestos más o menos equilibrados. Hoy en día, el mes de Jano ha perdido su condición de excepcional, al andar sumida casi toda la sociedad en una especie de excepcionalidad permanente, cuya prolongada duración en el tiempo nos hace sospechar que, en realidad, se trata de un nuevo modelo estable al que deberemos adaptarnos si no queremos desaparecer como lo hicieran, en su momento, los dinosaurios.
¡Quién nos iba a decir que añoraríamos la cuesta de enero!
Aunque, claro, hay tantas cosas que, en su momento, nos parecían imposibles y hoy son una triste realidad. Ni el propio Jano habría pensado, cuando miraba con optimismo hacia el futuro, que, algún día, los calendarios del mes de enero cambiarían de ubicación (y, sobre todo, de sentido) aquel antiguo ¡Increíble! para trasladarlo hasta sus últimos días.
Lo dicho: ¡qué tiempos aquellos es los que el año solo tenía un mes de enero!
martes, 15 de enero de 2013
jueves, 27 de diciembre de 2012
El invierno en Biarritz
Me gusta pasar el invierno en Biarritz.
La semana que prefiero para viajar a mi ciudad favorita del Sudouest es la última de diciembre. Suele hacer sol y el clima es suave, aunque también he visto nevada la Grande Plage en esas fechas, tras una inesperada tormenta nocturna... si bien lo normal es el buen tiempo.
Claro que aún era mejor esa época en la que se podía llegar en tren hasta la vieja Gare du Midi, tras hacer transbordo en La Négresse, pero me conformo con cualquier otro medio de transporte, siempre que me permita estar antes del mediodía frente a la Mairie, hacerme una foto con el reloj al fondo y, después, disfrutar de una buena comida en Chez Albert y un agradable paseo por el Port des Pécheurs.
Y es que lo que tiene Biarritz no lo tiene ningún otro sitio en el mundo.
Biarritz ha sido importante en muchos momentos de la historia, pero lo más memorable tuvo lugar a principio de los años setenta del pasado siglo. Y el mejor año de todos fue, con diferencia, 1973.
Su segundo gran hotel, el Hôtel du Palais, es extraordinario, como también lo es, en otra escala, el muy recomendable Château du Clair de Lune, situado a muy poca distancia del centro. Y digo esto porque, sin hacer menosprecio a la imperial residencia de Eugenia de Montijo, no tengo la menor duda de que el hotel más especial de la villa fue el modesto y tristemente desaparecido Lou Coufidou.
Quien piense que Biarritz es un lugar como cualquier otro está muy confundido. Pasar el invierno allí es modificar el concepto universal del tiempo. Y no para hacer algo tan vulgar y reiterativo como viajar a través de él, no. Eso ya está muy visto (como dijo aquel castizo madrileño a la señora que protestaba por las apreturas del Metro, sugiriéndola que, en lugar de utilizar el manido taxi como medio alternativo de transporte, usara el entonces novedoso y cómodo microbús). Estar en Biarritz el 27 de diciembre, digamos, nos sitúa en una dimensión diferente. Una dimensión temporal imperturbable en la que, como cantan los versos del gran poeta contemporáneo, nos lleva a ese mundo lejano y silencioso que nos hace confundir los siglos con los días.
La sensación que nos invade es de eternidad, ya sea bajo el faro o tomando un gateau basque en Miremont. Moverse en un sentido u otro de la dirección del tiempo es fácil. Pero permanecer mudos y absortos, inmóviles en los brazos de un desorientado Cronos, solo es posible leyendo la rima LIII de Bécquer o soñando en Biarritz.
Biarritz en diciembre está a salvo de la maldad y nos permite escalar hasta las siempre escarpadas cotas de la verdad absoluta. Un paseo hasta Cambo para ver la Nive desde sus solitarias terrazas o una cena imaginaria en Le Patio, frente a la iglesia de Sainte-Eugénie, son imprescindibles para vivir cuarenta veces lo mejor de una vida cuya foto sigue visible desde todos los ángulos, por mucho que algún retrato se haya traspapelado temporalmente.
Y en ese cielo limpio de invierno, casi transparente, nunca he dejado de ver, año tras año, el rayon vert, justo un instante antes de que el sol de la tarde entregue su tributo diario de luz al mar, por detrás de su infinita línea recta. Lo he visto, incluso, cuando nadie era capaz de verlo. Por eso sé que lo seguiré recibiendo en mi retina cada vez que esté en Biarritz en diciembre... aunque todos (o casi todos) hayan olvidado ya el nombre de su viejo alcalde y el de su ayudante. Es fugaz la memoria de los hombres.
Me gusta pasar el invierno en Biarritz.
La semana que prefiero para viajar a mi ciudad favorita del Sudouest es la última de diciembre. Suele hacer sol y el clima es suave, aunque también he visto nevada la Grande Plage en esas fechas, tras una inesperada tormenta nocturna... si bien lo normal es el buen tiempo.
Claro que aún era mejor esa época en la que se podía llegar en tren hasta la vieja Gare du Midi, tras hacer transbordo en La Négresse, pero me conformo con cualquier otro medio de transporte, siempre que me permita estar antes del mediodía frente a la Mairie, hacerme una foto con el reloj al fondo y, después, disfrutar de una buena comida en Chez Albert y un agradable paseo por el Port des Pécheurs.
Y es que lo que tiene Biarritz no lo tiene ningún otro sitio en el mundo.
Biarritz ha sido importante en muchos momentos de la historia, pero lo más memorable tuvo lugar a principio de los años setenta del pasado siglo. Y el mejor año de todos fue, con diferencia, 1973.
Su segundo gran hotel, el Hôtel du Palais, es extraordinario, como también lo es, en otra escala, el muy recomendable Château du Clair de Lune, situado a muy poca distancia del centro. Y digo esto porque, sin hacer menosprecio a la imperial residencia de Eugenia de Montijo, no tengo la menor duda de que el hotel más especial de la villa fue el modesto y tristemente desaparecido Lou Coufidou.
Quien piense que Biarritz es un lugar como cualquier otro está muy confundido. Pasar el invierno allí es modificar el concepto universal del tiempo. Y no para hacer algo tan vulgar y reiterativo como viajar a través de él, no. Eso ya está muy visto (como dijo aquel castizo madrileño a la señora que protestaba por las apreturas del Metro, sugiriéndola que, en lugar de utilizar el manido taxi como medio alternativo de transporte, usara el entonces novedoso y cómodo microbús). Estar en Biarritz el 27 de diciembre, digamos, nos sitúa en una dimensión diferente. Una dimensión temporal imperturbable en la que, como cantan los versos del gran poeta contemporáneo, nos lleva a ese mundo lejano y silencioso que nos hace confundir los siglos con los días.
La sensación que nos invade es de eternidad, ya sea bajo el faro o tomando un gateau basque en Miremont. Moverse en un sentido u otro de la dirección del tiempo es fácil. Pero permanecer mudos y absortos, inmóviles en los brazos de un desorientado Cronos, solo es posible leyendo la rima LIII de Bécquer o soñando en Biarritz.
Biarritz en diciembre está a salvo de la maldad y nos permite escalar hasta las siempre escarpadas cotas de la verdad absoluta. Un paseo hasta Cambo para ver la Nive desde sus solitarias terrazas o una cena imaginaria en Le Patio, frente a la iglesia de Sainte-Eugénie, son imprescindibles para vivir cuarenta veces lo mejor de una vida cuya foto sigue visible desde todos los ángulos, por mucho que algún retrato se haya traspapelado temporalmente.
Y en ese cielo limpio de invierno, casi transparente, nunca he dejado de ver, año tras año, el rayon vert, justo un instante antes de que el sol de la tarde entregue su tributo diario de luz al mar, por detrás de su infinita línea recta. Lo he visto, incluso, cuando nadie era capaz de verlo. Por eso sé que lo seguiré recibiendo en mi retina cada vez que esté en Biarritz en diciembre... aunque todos (o casi todos) hayan olvidado ya el nombre de su viejo alcalde y el de su ayudante. Es fugaz la memoria de los hombres.
Me gusta pasar el invierno en Biarritz.
martes, 11 de diciembre de 2012
Esquimalas pertinaces
Hay quien hace del frío, voluntariamente, su habitat natural.
Y no me refiero a esas criaturas que han tenido que adaptarse, por necesidad, a las gélidas temperaturas del ambiente que las rodea, sino a las que, siguiendo una decisión libre y propia, convierten su corazón en un bloque de hielo, duro y cortante, como aquél que se hiciera célebre en la trágica noche de un 14 de abril, hace algo más de cien años.
Estas personas (a las que algunos psicoantropólogos llaman esquimalas), han desarrollado un sistema neurosomático autoinmune a cualquier tipo de calor, pero especialmente eficaz contra el calor humano.
Es inútil aproximarse a ellas con humildad, simpatía, buena voluntad o actitud positiva y conciliadora. Sus poderosas defensas criogénicas reaccionan siempre de forma automática y fulminante para impedir que emerja de sus árticas entrañas cualquier tipo de respuesta no ya calurosa, sino, incluso, tibia.
Hay quien asegura que las esquimalas nacen, no se hacen, aunque pueden mantenerse en estado latente durante décadas, con aspecto de frágiles e inofensivas crisálidas, para evolucionar, en suave metamorfosis mental, hasta alcanzar su estado de madurez helada permanente.
Según afirma un reciente estudio de la Universidad de Bagshot-Swalbach, existen diversos grados de esquimaldad, clasificados en la llamada Escala de Amundsen en función del nivel térmico de las respuestas que se obtienen ante determinados estímulos. El más frío de todos los hasta ahora conocidos (no se descarta que puedan conseguirse en el futuro otros de temperatura negativa aún más extrema) se ha registrado hace poco a unos 40º de latitud N y 4º de longitud W. Al parecer está representado en la Tabla Periódica de las Respuestas Congeladas por dieciséis palabras esculpidas en hielo seco polar hiperfrigorizado cibernético.
Sea como fuere, el caso es que estas personas, las esquimalas, sufren mucho. Y no tanto por las bajas temperaturas que soportan sus órganos vitales como por el complejo divino-persecutorio constante en el que viven inmersas. Las hay que, creyéndose una reencarnación de la legendaria diosa Sedna, quieren controlar a humanos y mamíferos marinos a su antojo. Y hasta quieren ostentar los poderes de la diosa Sila para ser las dueñas del tiempo y de la caza.
Demasiado hielo flotando a la deriva por tan procelosos océanos. Claro que todos sabemos que solo una novena parte del iceberg es visible fuera del agua y que lo que está sumergido de la personalidad de las esquimalas es lo más importante y significativo. Aunque nunca sean capaces de enseñarlo porque el frío de sus fluidos medulares se lo impide. Toda pseudodivinidad helada que se precie sabe que reconocer la verdad es un signo externo de debilidad que la condenaría a regresar al mundo de los mortales y dejar su condición de bloque de hielo flotante que cumple su eterno destino de renunciar a la vida, a cambio de mantener sus orgullosos reflejos azulados por encima del horizonte de los sentimientos.
Y es que ser una auténtica esquimala de reconocido prestigio, en estos tiempos tan difíciles que corren con el dichoso calentamiento global, cuesta lo suyo.
Y no me refiero a esas criaturas que han tenido que adaptarse, por necesidad, a las gélidas temperaturas del ambiente que las rodea, sino a las que, siguiendo una decisión libre y propia, convierten su corazón en un bloque de hielo, duro y cortante, como aquél que se hiciera célebre en la trágica noche de un 14 de abril, hace algo más de cien años.
Estas personas (a las que algunos psicoantropólogos llaman esquimalas), han desarrollado un sistema neurosomático autoinmune a cualquier tipo de calor, pero especialmente eficaz contra el calor humano.
Es inútil aproximarse a ellas con humildad, simpatía, buena voluntad o actitud positiva y conciliadora. Sus poderosas defensas criogénicas reaccionan siempre de forma automática y fulminante para impedir que emerja de sus árticas entrañas cualquier tipo de respuesta no ya calurosa, sino, incluso, tibia.
Hay quien asegura que las esquimalas nacen, no se hacen, aunque pueden mantenerse en estado latente durante décadas, con aspecto de frágiles e inofensivas crisálidas, para evolucionar, en suave metamorfosis mental, hasta alcanzar su estado de madurez helada permanente.
Según afirma un reciente estudio de la Universidad de Bagshot-Swalbach, existen diversos grados de esquimaldad, clasificados en la llamada Escala de Amundsen en función del nivel térmico de las respuestas que se obtienen ante determinados estímulos. El más frío de todos los hasta ahora conocidos (no se descarta que puedan conseguirse en el futuro otros de temperatura negativa aún más extrema) se ha registrado hace poco a unos 40º de latitud N y 4º de longitud W. Al parecer está representado en la Tabla Periódica de las Respuestas Congeladas por dieciséis palabras esculpidas en hielo seco polar hiperfrigorizado cibernético.
Sea como fuere, el caso es que estas personas, las esquimalas, sufren mucho. Y no tanto por las bajas temperaturas que soportan sus órganos vitales como por el complejo divino-persecutorio constante en el que viven inmersas. Las hay que, creyéndose una reencarnación de la legendaria diosa Sedna, quieren controlar a humanos y mamíferos marinos a su antojo. Y hasta quieren ostentar los poderes de la diosa Sila para ser las dueñas del tiempo y de la caza.
Demasiado hielo flotando a la deriva por tan procelosos océanos. Claro que todos sabemos que solo una novena parte del iceberg es visible fuera del agua y que lo que está sumergido de la personalidad de las esquimalas es lo más importante y significativo. Aunque nunca sean capaces de enseñarlo porque el frío de sus fluidos medulares se lo impide. Toda pseudodivinidad helada que se precie sabe que reconocer la verdad es un signo externo de debilidad que la condenaría a regresar al mundo de los mortales y dejar su condición de bloque de hielo flotante que cumple su eterno destino de renunciar a la vida, a cambio de mantener sus orgullosos reflejos azulados por encima del horizonte de los sentimientos.
Y es que ser una auténtica esquimala de reconocido prestigio, en estos tiempos tan difíciles que corren con el dichoso calentamiento global, cuesta lo suyo.
martes, 27 de noviembre de 2012
Otoño rojo
Hay hojas que, por muy avanzado que esté noviembre, se resisten a caer. Son las que, rojas y tozudas, se quedan colgando de los secos árboles del alma, firmes en su decisión de desafiar al ciclo de la vida e, incluso, a la ley de la gravedad.
Hojas ya desfallecidas, que se recortan sobre el fondo anaranjado de la tarde... de cien tardes que también se resisten a morir.
Da igual que estén en una extraña avenida madrileña, en lo alto de un ojo junto al Támesis o en un imaginario barrio lisboeta que un día duró más que la realidad. Todas deberían haber caído, todas deberían estar ya abrigando ese sueño solitario y desnutrido que tanto las necesita para cubrir la tristeza de un otoño obligado. De un otoño que fingió ser primavera cuando la memoria quiso olvidar el frío del recuerdo y, sobre todo, del futuro.
Termina noviembre y las retorcidas ramas siguen sin concedernos el descanso de la muerte de sus hojas. Secas, pero encendidas por el incandescente fuego de un infierno perpetuo, tan maldito como inútil. Un infierno que unos y otros llevan dentro, aunque representen en él diferentes papeles, tal como corresponde a una comedia tan divina como la que nos legara la magistral pluma de Il Sommo Poeta.
A veces, el intenso fulgor rojizo llega a teñir el propio tronco del árbol. Y a quien lo contempla sin tomar partido por aceptar el insano milagro del otoño que no muere o desear verlo convertido en una melena de campana como la que Machado nos regalara en sus Proverbios y Cantares. Una campana que doble por lo que ya bien merece reposar bajo el olvido de la tierra... también roja, naturalmente.
¿Por qué ese empeño de las hojas en rebelarse contra su destino? ¿Por qué esa insistencia en flotar, vacilantes, en la brisa y negarle al tiempo su promesa?
Ninguna de las posibles respuestas a estas preguntas acaba de convencerme. Unas por su obvia inconsistencia, otras... porque reflejan uno de esos comportamientos de flagrante irracionalidad, tan habituales en la especie humana.
Es casi seguro que si las hojas no se caen es porque no queremos que se caigan. Igual pasa con su color. En realidad, no es tan rojo, pero lo hemos pintado con los pinceles del deseo, sobre un lienzo imaginario al que siempre embellecemos con una pátina de lejanos sentimientos.
Noviembre se acaba, abigarrado de efemérides singulares, tristes y notables. Abrazada a él, la vida también parece terminarse, cansada de aferrarse a un calendario cuyas hojas, como las del árbol, no acaban de desprenderse nunca. Solo nos queda esperar la invasión del general Invierno, para que con su implacable ejército de olvido arrase bosques y recuerdos, arrancando con mano de hielo y corazón de viento esa pertinaz hoja escarlata que alimenta la fantasía de quien creyó que el penúltimo día de noviembre fue el primero de la primavera.
Hojas ya desfallecidas, que se recortan sobre el fondo anaranjado de la tarde... de cien tardes que también se resisten a morir.
Da igual que estén en una extraña avenida madrileña, en lo alto de un ojo junto al Támesis o en un imaginario barrio lisboeta que un día duró más que la realidad. Todas deberían haber caído, todas deberían estar ya abrigando ese sueño solitario y desnutrido que tanto las necesita para cubrir la tristeza de un otoño obligado. De un otoño que fingió ser primavera cuando la memoria quiso olvidar el frío del recuerdo y, sobre todo, del futuro.
Termina noviembre y las retorcidas ramas siguen sin concedernos el descanso de la muerte de sus hojas. Secas, pero encendidas por el incandescente fuego de un infierno perpetuo, tan maldito como inútil. Un infierno que unos y otros llevan dentro, aunque representen en él diferentes papeles, tal como corresponde a una comedia tan divina como la que nos legara la magistral pluma de Il Sommo Poeta.
A veces, el intenso fulgor rojizo llega a teñir el propio tronco del árbol. Y a quien lo contempla sin tomar partido por aceptar el insano milagro del otoño que no muere o desear verlo convertido en una melena de campana como la que Machado nos regalara en sus Proverbios y Cantares. Una campana que doble por lo que ya bien merece reposar bajo el olvido de la tierra... también roja, naturalmente.
¿Por qué ese empeño de las hojas en rebelarse contra su destino? ¿Por qué esa insistencia en flotar, vacilantes, en la brisa y negarle al tiempo su promesa?
Ninguna de las posibles respuestas a estas preguntas acaba de convencerme. Unas por su obvia inconsistencia, otras... porque reflejan uno de esos comportamientos de flagrante irracionalidad, tan habituales en la especie humana.
Es casi seguro que si las hojas no se caen es porque no queremos que se caigan. Igual pasa con su color. En realidad, no es tan rojo, pero lo hemos pintado con los pinceles del deseo, sobre un lienzo imaginario al que siempre embellecemos con una pátina de lejanos sentimientos.
Noviembre se acaba, abigarrado de efemérides singulares, tristes y notables. Abrazada a él, la vida también parece terminarse, cansada de aferrarse a un calendario cuyas hojas, como las del árbol, no acaban de desprenderse nunca. Solo nos queda esperar la invasión del general Invierno, para que con su implacable ejército de olvido arrase bosques y recuerdos, arrancando con mano de hielo y corazón de viento esa pertinaz hoja escarlata que alimenta la fantasía de quien creyó que el penúltimo día de noviembre fue el primero de la primavera.
lunes, 5 de noviembre de 2012
El Pájaro de Formosa
Fue en el convulso Madrid de 1864 cuando cuatro jóvenes románticos deciden fundar una Sociedad Bohemia, más propia de la cultura parisina del momento que de un país en el que el romanticismo tardío se abría paso con dificultad en los ambientes artísticos y universitarios de la capital de aquella complicada España isabelina.
Poco sabemos hoy de la historia de tan sorprendente empresa, que había adoptado, tras varios intentos previos infructuosos, el nombre de la que fuera, en su día, célebre sociedad secreta española, creada doscientos años antes, en la gran isla del sureste chino: El Pájaro de Formosa.
El Pájaro de Formosa mantuvo el espíritu de aquella vieja organización, cuyo destino final es todavía un misterio en nuestros días. Muchos de los principios y valores que ayudaron a sobrevivir a aquel puñado de soñadores en una tierra tan hostil y lejana fueron la base de la romántica Sociedad Bohemia que los cuatro jóvenes, conocidos en su tiempo como los Miembros de Honor, siguieron con entusiasmo, en su afán de defender una cultura diferente a la de la sociedad burguesa y sedentaria de la época.
La libertad, el amor y la amistad fueron los pilares sobre los que se edificó una utopía tan bella como imposible. Cuenta la leyenda que la antigua sociedad asiática, cuyo bien conocido símbolo era la imagen de la que hoy es el ave nacional de la República de China, todavía existe y en los círculos culturales del Madrid del siglo XIX se rumoreaba que alguno de los fundadores de El Pájaro de Formosa era descendiente directo del creador de su predecesora homónima.
Los cuatro Miembros de Honor fueron, también, compañeros de trabajo en la que fuera la empresa periodística más vanguardista de su época: Materia Gris, creada por ellos en colaboración con el célebre y revolucionario periódico americano Grey Matter, que, curiosamente, acabó vendiéndose a un grupo financiero británico, extremadamente conservador.
De aquella fabulosa etapa quedaron para la posteridad artículos tan impactantes como "Operación Bulla", "El canasto de las chufas" o "Five O'Clock Tea", cuyo estilo punzante e irónico tanto recordaba a los escritos de aquel otro joven y brillante periodista al que siempre admiraron los creadores de la gran sociedad bohemia madrileña: Mariano José de Larra.
El Pájaro de Formosa tuvo muchos enemigos, casi todos rufianes o gente acomodada, cobarde y aburguesada que desconfiaba del discurso bohemio e ilustrado de los Miembros de Honor, tan crítico con las instituciones y los principios de la sociedad establecida. Pero también tuvieron muchos seguidores, simpatizantes y amigos, que veían en ellos un soplo de esperanza entre tanto integrismo trasnochado, cuando no abiertamente involucionista.
Por lo que cuentan las crónicas matritenses y algunos libros, entre los que destaca "La leyenda de El Pájaro de Formosa", editado por El Progreso Editorial de Ramón López Falcón, la sociedad estuvo activa, al menos, hasta los primeros años del siglo XX, cuando en un trágico seis de septiembre fue víctima de una traición de la que, dicen, ya nunca llegó a reponerse. Sus inmensos y valiosísimos archivos se encuentran, desde entonces, en paradero desconocido, a pesar de las frenéticas búsquedas de historiadores y románticos entusiastas de tan singular y extraordinario movimiento.
Se cuenta que, en lo más alto de un pelado monte aragonés próximo al Jalón, hay una lápida que reza: "A la amistad". Y que, en un valle cántabro que muchos creen vasco, otra, medio oculta por la maleza y al cobijo de un viejo caserón en ruinas, dice: "A la libertad".
Todos los estudiosos de "El Pájaro de Formosa" defienden que existe una tercera, cuya ubicación nadie se atreve a aventurar, sobre cuya piedra está grabada la silueta de un ave con las alas extendidas...
¿Será, tal vez, un pájaro de Formosa? Algunos dicen que no.
Poco sabemos hoy de la historia de tan sorprendente empresa, que había adoptado, tras varios intentos previos infructuosos, el nombre de la que fuera, en su día, célebre sociedad secreta española, creada doscientos años antes, en la gran isla del sureste chino: El Pájaro de Formosa.
El Pájaro de Formosa mantuvo el espíritu de aquella vieja organización, cuyo destino final es todavía un misterio en nuestros días. Muchos de los principios y valores que ayudaron a sobrevivir a aquel puñado de soñadores en una tierra tan hostil y lejana fueron la base de la romántica Sociedad Bohemia que los cuatro jóvenes, conocidos en su tiempo como los Miembros de Honor, siguieron con entusiasmo, en su afán de defender una cultura diferente a la de la sociedad burguesa y sedentaria de la época.
La libertad, el amor y la amistad fueron los pilares sobre los que se edificó una utopía tan bella como imposible. Cuenta la leyenda que la antigua sociedad asiática, cuyo bien conocido símbolo era la imagen de la que hoy es el ave nacional de la República de China, todavía existe y en los círculos culturales del Madrid del siglo XIX se rumoreaba que alguno de los fundadores de El Pájaro de Formosa era descendiente directo del creador de su predecesora homónima.
Los cuatro Miembros de Honor fueron, también, compañeros de trabajo en la que fuera la empresa periodística más vanguardista de su época: Materia Gris, creada por ellos en colaboración con el célebre y revolucionario periódico americano Grey Matter, que, curiosamente, acabó vendiéndose a un grupo financiero británico, extremadamente conservador.
De aquella fabulosa etapa quedaron para la posteridad artículos tan impactantes como "Operación Bulla", "El canasto de las chufas" o "Five O'Clock Tea", cuyo estilo punzante e irónico tanto recordaba a los escritos de aquel otro joven y brillante periodista al que siempre admiraron los creadores de la gran sociedad bohemia madrileña: Mariano José de Larra.
El Pájaro de Formosa tuvo muchos enemigos, casi todos rufianes o gente acomodada, cobarde y aburguesada que desconfiaba del discurso bohemio e ilustrado de los Miembros de Honor, tan crítico con las instituciones y los principios de la sociedad establecida. Pero también tuvieron muchos seguidores, simpatizantes y amigos, que veían en ellos un soplo de esperanza entre tanto integrismo trasnochado, cuando no abiertamente involucionista.
Por lo que cuentan las crónicas matritenses y algunos libros, entre los que destaca "La leyenda de El Pájaro de Formosa", editado por El Progreso Editorial de Ramón López Falcón, la sociedad estuvo activa, al menos, hasta los primeros años del siglo XX, cuando en un trágico seis de septiembre fue víctima de una traición de la que, dicen, ya nunca llegó a reponerse. Sus inmensos y valiosísimos archivos se encuentran, desde entonces, en paradero desconocido, a pesar de las frenéticas búsquedas de historiadores y románticos entusiastas de tan singular y extraordinario movimiento.
Se cuenta que, en lo más alto de un pelado monte aragonés próximo al Jalón, hay una lápida que reza: "A la amistad". Y que, en un valle cántabro que muchos creen vasco, otra, medio oculta por la maleza y al cobijo de un viejo caserón en ruinas, dice: "A la libertad".
Todos los estudiosos de "El Pájaro de Formosa" defienden que existe una tercera, cuya ubicación nadie se atreve a aventurar, sobre cuya piedra está grabada la silueta de un ave con las alas extendidas...
¿Será, tal vez, un pájaro de Formosa? Algunos dicen que no.
jueves, 18 de octubre de 2012
La cuarta mentira
Acertó el poeta en las tres primeras.
Pero había una cuarta mentira. Casi siempre hay una cuarta mentira. Los expertos la esconden en el fondo de su alma, disfrazada de acusación delirante. Cuanto más fantástica sea, mejor. Una mentira absurda es mucho más eficaz que una mentira lógica, porque nadie pensará que quien miente sea capaz de inventar algo tan disparatado.
Las tres mentiras iniciales están destinadas a alguien predispuesto a creerlas. Por eso deben ser sutiles y orientadas a distraer las defensas naturales de la parte más elemental del cerebro. Ésa que reacciona a los estímulos básicos.
Sin embargo, la cuarta tiene un objetivo bien distinto. Debe convencer a otros que están muy alerta y dan por segura la intención de engañarles. ¿Cómo conseguir, entonces, algo tan difícil en apariencia? Son precisas grandes dosis de creatividad y, por supuesto, de osadía.
La cuarta mentira debe tener una sólida base de verdad. Remota, pero sólida. Y, una vez asentada sobre esos firmes cimientos, desplegar la imaginación hasta cotas insospechadas, grotescas... inconcebibles. Con esta infalible técnica pasaremos, sin sufrir bajas irreparables, sobre las trincheras de quienes esperan el ataque, bien protegidos en su búnker de hormigón armado, con la bayoneta calada y el casco hundido hasta las cejas para esconder la alopecia galopante que avanza, implacable, sobre sus cada día más despoblados cueros cabelludos.
Claro que la cuarta mentira también tiene sus servidumbres. Alcanzada la retaguardia del antiguo enemigo, y al grito de "¡Todos Piratas!" (esto me recuerda a algo), debemos sustituir los elegantes y discretos atuendos habituales por otros más propios de la nueva condición de seguidores del más encarnizado filibusterismo emocional.
Quienes hayan superado tan altos niveles de invención rocambolesca, obtendrán su recompensa si son capaces de expoliar, sin miramientos de ningún tipo, el pecio provocado con sus previas e insistentes andanadas de estribor (ésa es habitualmente la banda por la que se ha venido avistando, durante tantas y tantas tardes de penumbra encubridora, a la antigua nave nodriza, hoy transformada en desprevenida e inocente enemiga).
El siguiente paso es convertir en aliado a quien fue durante muchos años repudiado, tornando el secular desprecio establecido y proclamado a los cuatro vientos, en sumisa lealtad, probatoria de incondicional fidelidad.
Como en el antiguo juego de Crone, es vital elegir con acierto el momento en el que se lanza el grito previo al cambio de la noble chaqueta roja por el terno bucanero (que debe ser discreto donde los haya, sin parches en el ojo, garfios ni patas de palo). Lo más conveniente es hacerlo cuando el futuro aliado ha encontrado el plano del tesoro y, si es posible, una vez que los doblones y ducados de oro hayan sido ya desenterrados y llevados a bordo del nuevo bergantín-goleta (cuya adquisición se recomienda sea hecha con el botín obtenido en los primeros saqueos, para que quien se incorpora al nuevo orden corsario tenga precavidamente limpias sus blancas manos).
A partir de este punto, todo será coser y cantar. Sobre todo, cantar.
Y si no hemos conseguido, en el mismo envite, engañar a los justos representantes de la Corona, no importa. Siempre queda el recurso de decir que son incompetentes... o corruptos. También se puede argumentar, con indignado acento, quela víctima el perverso personaje cuyo barco hemos mandado a pique por exigencias del guión, es tan astuto y taimado que ha conseguido escarnecer la virtud y burlar a la justicia, como hiciera el abyecto personaje de la obra cumbre de Zorrilla (y valga la redundancia).
La cuarta mentira es, por tanto, fundamental. La más importante de todas. La que no admite fallos. Como tampoco permitirá escapar a quien la lanza de su perpetua cadena. De su perpetua cadena dorada.
Pero había una cuarta mentira. Casi siempre hay una cuarta mentira. Los expertos la esconden en el fondo de su alma, disfrazada de acusación delirante. Cuanto más fantástica sea, mejor. Una mentira absurda es mucho más eficaz que una mentira lógica, porque nadie pensará que quien miente sea capaz de inventar algo tan disparatado.
Las tres mentiras iniciales están destinadas a alguien predispuesto a creerlas. Por eso deben ser sutiles y orientadas a distraer las defensas naturales de la parte más elemental del cerebro. Ésa que reacciona a los estímulos básicos.
Sin embargo, la cuarta tiene un objetivo bien distinto. Debe convencer a otros que están muy alerta y dan por segura la intención de engañarles. ¿Cómo conseguir, entonces, algo tan difícil en apariencia? Son precisas grandes dosis de creatividad y, por supuesto, de osadía.
La cuarta mentira debe tener una sólida base de verdad. Remota, pero sólida. Y, una vez asentada sobre esos firmes cimientos, desplegar la imaginación hasta cotas insospechadas, grotescas... inconcebibles. Con esta infalible técnica pasaremos, sin sufrir bajas irreparables, sobre las trincheras de quienes esperan el ataque, bien protegidos en su búnker de hormigón armado, con la bayoneta calada y el casco hundido hasta las cejas para esconder la alopecia galopante que avanza, implacable, sobre sus cada día más despoblados cueros cabelludos.
Claro que la cuarta mentira también tiene sus servidumbres. Alcanzada la retaguardia del antiguo enemigo, y al grito de "¡Todos Piratas!" (esto me recuerda a algo), debemos sustituir los elegantes y discretos atuendos habituales por otros más propios de la nueva condición de seguidores del más encarnizado filibusterismo emocional.
Quienes hayan superado tan altos niveles de invención rocambolesca, obtendrán su recompensa si son capaces de expoliar, sin miramientos de ningún tipo, el pecio provocado con sus previas e insistentes andanadas de estribor (ésa es habitualmente la banda por la que se ha venido avistando, durante tantas y tantas tardes de penumbra encubridora, a la antigua nave nodriza, hoy transformada en desprevenida e inocente enemiga).
El siguiente paso es convertir en aliado a quien fue durante muchos años repudiado, tornando el secular desprecio establecido y proclamado a los cuatro vientos, en sumisa lealtad, probatoria de incondicional fidelidad.
Como en el antiguo juego de Crone, es vital elegir con acierto el momento en el que se lanza el grito previo al cambio de la noble chaqueta roja por el terno bucanero (que debe ser discreto donde los haya, sin parches en el ojo, garfios ni patas de palo). Lo más conveniente es hacerlo cuando el futuro aliado ha encontrado el plano del tesoro y, si es posible, una vez que los doblones y ducados de oro hayan sido ya desenterrados y llevados a bordo del nuevo bergantín-goleta (cuya adquisición se recomienda sea hecha con el botín obtenido en los primeros saqueos, para que quien se incorpora al nuevo orden corsario tenga precavidamente limpias sus blancas manos).
A partir de este punto, todo será coser y cantar. Sobre todo, cantar.
Y si no hemos conseguido, en el mismo envite, engañar a los justos representantes de la Corona, no importa. Siempre queda el recurso de decir que son incompetentes... o corruptos. También se puede argumentar, con indignado acento, que
La cuarta mentira es, por tanto, fundamental. La más importante de todas. La que no admite fallos. Como tampoco permitirá escapar a quien la lanza de su perpetua cadena. De su perpetua cadena dorada.
lunes, 8 de octubre de 2012
Thomas M. Taube
Thomas M. Taube lo tenía decidido. Iba a romper con Francesca. El problema era que debía hacerlo de una forma muy habilidosa, para que casi pareciera lo contrario. Su reputación pública podría ponerse en peligro, ahora que, por fin, había conseguido un nuevo y bien remunerado trabajo. Era necesario actuar con máxima frialdad, con meticulosa precisión. Francesca estaba en un momento muy difícil y era posible que le causara un enorme daño, con todo tipo de repercusiones añadidas, pero Thomas M. Taube no se iba a arredrar por eso.
Lo más importante era convencerse a sí mismo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Thomas sabía que ésta era la clave fundamental para estar en condiciones de resolver todas las complicaciones, más o menos éticas, que vendrían, sin duda, a continuación. Y este trabajo también lo había hecho a conciencia. Seguiría queriendo a Francesca, por supuesto. La seguiría queriendo mucho, muchísimo. Y seguirían compartiendo la vida diaria, tal como hasta ahora. Solo habría un pequeño cambio en sus relaciones, un cambio mínimo, sin importancia. A partir de la vuelta del verano serían amigos. Mucho más que amigos. Francesca debería estarle agradecida por esta prueba de amor hacia ella. Habría que olvidar de inmediato, eso sí, todas aquellas otras cosas (sin duda banales ante un amor tan intenso como el suyo por Francesca) en las que tantas veces había insistido el propio Thomas cuando ella parecía más interesada en el alma que en el cuerpo.
Y, además, sería conveniente que todo el mundo siguiera desconociendo las relaciones entre ambos, pese a la inocente y casta amistad en la que, a partir de ahora, iba a convertirse el gran proyecto común de ambos. Era mejor que nadie les viera juntos, que siguieran manteniendo todo en secreto... por si acaso.
Era verdad que esto no estaba del todo resuelto desde el punto de vista lógico, así que sería preciso utilizar el método que tan buen resultado le diera en otras ocasiones: negar la evidencia, sin dar más explicaciones.
Por supuesto, nada había pesado en su decisión el hecho de que su anterior novia acabase de heredar una cuantiosa fortuna (obtenida, según se rumoreaba, con artes poco ortodoxas, digamos) y que le hubiese ofrecido viajar con ella por los siete mares para celebrarlo. Eso era una coincidencia que resultaba un poco molesta, pero nada más. No permitiría que nadie pensara mal de él por una casualidad como aquella.
A Francesca le dejaría muy claro que tampoco tendría relaciones íntimas con su antigua novia (de la que tantas veces había dicho que le daba asco), pero que necesitaba unos meses para arreglar las cosas con ella y para conseguir solucionar los problemas que tenía con la familia. Thomas M. Taube acababa de darse cuenta de lo importante que era la familia. Apenas había cumplido 43 años y era un momento razonable para centrar su atención en este punto. A fin de cuentas, la familia es lo más importante, ¿o no? Si hasta ahora había actuado como si su familia le importase un rábano era porque su trabajo le había tenido muy ocupado, ¡qué caramba!
Pero todo eso se lo diría a Francesca a la vuelta de las vacaciones, no ahora.
Así que Thomas M. Taube se dirigió, como todas las tardes, a su cita con Francesca. El día anterior habían estado visitando, una vez más, la bonita ciudad medieval amurallada de Rothenburg y hoy continuarían desarrollando la inspiración producida por la romántica villa de la forma más intensa posible. Más valía que Francesca no sospechase nada. De esa manera podría emprender viaje al día siguiente, tranquilamente y sin remordimiento alguno, con su antigua novia, esa que ahora era riquísima y a la que hasta hace unos días despreciaba por ser una muerta de hambre conflictiva y bastante molesta.
La cita con Francesca cumplió, con creces, con todas las expectativas y Thomas la observó marcharse procurando que ni el más mínimo gesto pudiera alertarle de su bien estructurado plan. Cuando Francesca se hubo ido, ignorante de todo, le dio un poco de pena, la verdad. Pero pronto se repuso y se fue a organizar los preparativos de su inminente y lujoso viaje. Viaje que solo sería el principio de todos los que vendrían después, en su nueva condición de novio de una señora muy rica (antes insoportable... aunque, tal vez, había opinado así de ella porque no se había fijado bien en sus virtudes).
Nota del autor: Todos los personajes que aparecen en este relato son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Lo más importante era convencerse a sí mismo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Thomas sabía que ésta era la clave fundamental para estar en condiciones de resolver todas las complicaciones, más o menos éticas, que vendrían, sin duda, a continuación. Y este trabajo también lo había hecho a conciencia. Seguiría queriendo a Francesca, por supuesto. La seguiría queriendo mucho, muchísimo. Y seguirían compartiendo la vida diaria, tal como hasta ahora. Solo habría un pequeño cambio en sus relaciones, un cambio mínimo, sin importancia. A partir de la vuelta del verano serían amigos. Mucho más que amigos. Francesca debería estarle agradecida por esta prueba de amor hacia ella. Habría que olvidar de inmediato, eso sí, todas aquellas otras cosas (sin duda banales ante un amor tan intenso como el suyo por Francesca) en las que tantas veces había insistido el propio Thomas cuando ella parecía más interesada en el alma que en el cuerpo.
Y, además, sería conveniente que todo el mundo siguiera desconociendo las relaciones entre ambos, pese a la inocente y casta amistad en la que, a partir de ahora, iba a convertirse el gran proyecto común de ambos. Era mejor que nadie les viera juntos, que siguieran manteniendo todo en secreto... por si acaso.
Era verdad que esto no estaba del todo resuelto desde el punto de vista lógico, así que sería preciso utilizar el método que tan buen resultado le diera en otras ocasiones: negar la evidencia, sin dar más explicaciones.
Por supuesto, nada había pesado en su decisión el hecho de que su anterior novia acabase de heredar una cuantiosa fortuna (obtenida, según se rumoreaba, con artes poco ortodoxas, digamos) y que le hubiese ofrecido viajar con ella por los siete mares para celebrarlo. Eso era una coincidencia que resultaba un poco molesta, pero nada más. No permitiría que nadie pensara mal de él por una casualidad como aquella.
A Francesca le dejaría muy claro que tampoco tendría relaciones íntimas con su antigua novia (de la que tantas veces había dicho que le daba asco), pero que necesitaba unos meses para arreglar las cosas con ella y para conseguir solucionar los problemas que tenía con la familia. Thomas M. Taube acababa de darse cuenta de lo importante que era la familia. Apenas había cumplido 43 años y era un momento razonable para centrar su atención en este punto. A fin de cuentas, la familia es lo más importante, ¿o no? Si hasta ahora había actuado como si su familia le importase un rábano era porque su trabajo le había tenido muy ocupado, ¡qué caramba!
Pero todo eso se lo diría a Francesca a la vuelta de las vacaciones, no ahora.
Así que Thomas M. Taube se dirigió, como todas las tardes, a su cita con Francesca. El día anterior habían estado visitando, una vez más, la bonita ciudad medieval amurallada de Rothenburg y hoy continuarían desarrollando la inspiración producida por la romántica villa de la forma más intensa posible. Más valía que Francesca no sospechase nada. De esa manera podría emprender viaje al día siguiente, tranquilamente y sin remordimiento alguno, con su antigua novia, esa que ahora era riquísima y a la que hasta hace unos días despreciaba por ser una muerta de hambre conflictiva y bastante molesta.
La cita con Francesca cumplió, con creces, con todas las expectativas y Thomas la observó marcharse procurando que ni el más mínimo gesto pudiera alertarle de su bien estructurado plan. Cuando Francesca se hubo ido, ignorante de todo, le dio un poco de pena, la verdad. Pero pronto se repuso y se fue a organizar los preparativos de su inminente y lujoso viaje. Viaje que solo sería el principio de todos los que vendrían después, en su nueva condición de novio de una señora muy rica (antes insoportable... aunque, tal vez, había opinado así de ella porque no se había fijado bien en sus virtudes).
* * *
Thomas M. Taube fue un hombre casi feliz. Vivió siempre a la sombra de su novia rica, pero fue casi feliz. Destacó en su trabajo, donde fue bien recompensado por su lealtad, como también lo fuera en su vida privada.
Poca gente llegó a saber lo mucho que tuvo que sufrir para reducir a cenizas su pasado con la inagotable y poco comprensiva Francesca. Hasta se vio obligado (en contra de su voluntad, desde luego) a urdir e implementar un segundo plan, concienzudo y muy maquiavélico para mantenerla a raya cuando, por culpa de su trasnochada y nada olvidadiza naturaleza, seguía empeñada en no entender lo que había sucedido.
Hoy, muchos años después, los restos de Thomas M. Taube reposan en el panteón familiar de su novia, custodiados por su ancestral escudo de armas, en el que, en campo de azur, una sirena alada vuela sobre un delfín. Bajo el heráldico blasón, labrado en mármol, el noble lema proclama con orgullo: Edel und Loyal.
Requiescat in pace.
Nota del autor: Todos los personajes que aparecen en este relato son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)