viernes, 17 de junio de 2016

Bonitos envases

Ya sabemos que un bello envase es el principio de una buena comunicación comercial. Sin embargo, también es muy cierto que ese atractivo exterior no lo es todo para el éxito de un producto.

Es algo que sucede en casi todos los órdenes de la vida. Los sentidos (muy en particular, el de la vista) son la puerta por la que entran, inicialmente, nuestras sensaciones y eso hace que la primera impresión que recibimos tenga tanta importancia. 
Dicen (en mi opinión, de forma equivocada) que solo hay una oportunidad. Yo creo que no es así, entre otros motivos porque la memoria es frágil y, también, porque, al igual que ocurre cuando leemos un libro o escuchamos una melodía, nuestro estado de ánimo y las circunstancias que rodean el momento crean situaciones diferentes que provocan distintas 'primeras experiencias'.
Sin ir más lejos, siempre que escucho a Roberta Flack cantar su fantástica The first time ever I saw your face tengo el absoluto convencimiento de que la estoy oyendo por primera vez.

Los envases bonitos son determinantes en un mundo como el nuestro, tan propenso a la superficialidad. Nos gustan. Nos gustan mucho.
Distinto es analizar cómo los interpretamos cada uno. Hay quien tiene verdadera debilidad por ellos, mientras que otros, apenas se fijan en detalle alguno. Tal vez (solo digo 'tal vez') estos últimos sean quienes valoran más lo que el envase lleva dentro. Pero yo tampoco estoy convencido de ello. Más bien me parece que es un asunto de interpretación personal. Conozco a quien, si le gusta el vino (es un ejemplo muy simple), lo que quiere es vino. El que sea bueno, malo, regular, blanco, tinto o clarete es irrelevante. Lo único importante para él es que sea vino (Don Pancho, el personaje que hiciera famoso el dibujante Jorge en el DDT, es la figura perfecta para ilustrar esta alternativa, sin hacer precisa ninguna referencia a personas reales). Por el contrario, cualquier habitante de la vieja Síbaris, pongamos por caso, daría importancia a otros aspectos menos sustanciales y mucho más sutiles, relacionados (o no tanto) con la bebida predilecta de Baco.

Fijarse demasiado en el envase conlleva riesgos. Hay quien adora el envoltorio... aunque esté vacío. Y luego, en el extremo más alejado del pragmatismo convencional, están los que, ante un bello paquete, nunca llegan a abrir el regalo recibido para poder disfrutar ilimitadamente de la virtud externa que lo cubre.

Nada de lo hasta ahora dicho significa que todo lo bello esté hueco o carezca de valor interior. Lo único que reseñamos aquí es que se trata de asuntos diversos, si bien no puede decirse que sean del todo independientes.
El gran dilema surge cuando ambos territorios son contradictorios. 
¿Justine o Juliette? En contra de lo aceptado como políticamente correcto, no es nada sencilla la respuesta.

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