miércoles, 11 de agosto de 2010

Para jaulas, las de oro

Las jaulas de oro siempre han tenido muy mala prensa.
Y nunca he llegado a entender muy bien el porqué, ya que opino que las que deberían tener mala reputación son las jaulas, en general, y no, específicamente, las de oro.
La gente suele vivir enjaulada. Eso es lo normal, desde luego. Y, muchas veces, como Segismundo, sueñan que están allí, desas prisiones cargados, y sueñan que en otro estado más lisonjero se vieron...
Pero la mayoría no fueron príncipes de Polonia. Simplemente, no tuvieron la oportunidad de volar en libertad. Su único recurso fue la jaula. Jaulas de hojalata, de madera, de alambre viejo y oxidado... muy pocas de oro, la verdad. Por eso, puestos a tener que estar en una jaula, casi mejor que sea de oro.

Y es que la libertad es muy dura. Todos los días hay que buscarse la vida. Si eres una alondra, por ejemplo, tienes que luchar a diario por una comida que tienes asegurada, más o menos, en tu pequeña cárcel. Mientras que el campo está lleno de peligros, de gavilanes, de escopetas...
La creatividad también tiene sus jaulas. Las hay de muchos tipos: palabras, imágenes, sonidos, presupuestos... A veces, son doradas. Tan brillantes algunas que se dirían de oro macizo. Las que lo son ganan premios y todo. Y es que las jaulas son importantes. Muy importantes. Lo son tanto, que, si son muy buenas, lo de menos es lo que llevan dentro. Nadie ve a la alondra que llora, triste, en su interior, repleta de alpiste y azúcar de caña, añorando ese cielo que dejó, esos campos infinitos en los que se perdió su canto.

Es una de las diferencias entre las jaulas de oro y las otras. Las de oro suelen tener las puertas abiertas. Pero es rara la alondra o la creatividad que sale por ellas. Más bien es al revés: entran para quedarse. Decía Cuco Sánchez que aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.
Pero él no echaba de menos la libertad, sino que, de los muchos placeres entre los que andaba, ninguno venía de la persona que quería. Y puede que no estuviese equivocado, porque lo importante de la jaula, una vez descartada la dolorosa libertad a la que tan pocos se aventuran, no es el metal de sus barrotes, sino lo que te acompaña entre ellos.
Si hay buena creatividad, benditas sean las rejas de oro. Pero si el pájaro que comparte tu celda no es alondra, como tú, mal asunto. Claro que los duelos con pan son menos, pero esa puerta abierta, en permanente lucha con tu miedo a volar, acabarán por ahogar tu canto.

No me parece mal. Si una alondra está herida y cansada de batir sus alas hacia un cielo que nunca alcanza, hace bien en elegir una jaula de oro. Ya, ya sabemos que no por ser de oro deja de ser prisión, pero tampoco deja de ser de oro, ¡qué caramba!

A las alondras, los ingleses las llaman skylarks, como si tuvieran el cielo por objetivo.
¿Y si fuese cierto?

1 comentario:

Carlos dijo...

Muy bien elegido el tema,Paco. Y muy de actualidad, digamos. En tiempos de crisis conozco a más de uno que no quiere salir de la jaula por mucho que le atizen. Eso sí, gustan de acercarse hasta meter un ojo por los barrotes: entonces se les antoja que ya no están dentro de ninguna jaula. Ellos sabrán. CARLOS