El pasado se escribe siempre sobre papeles envejecidos.
Da igual que lo haga uno u otro. Y ni siquiera es necesario que para ello utilicemos papiros, pergaminos o cualquier otro soporte antiguo. No importa que la escritura sea analógica o digital. Ni que la caligrafía sea arcaica o ultramoderna. El pasado siempre se escribe sobre papeles envejecidos.
Es cierto que este tipo de papeles ayudan a conseguir un aspecto más interesante, incluso más romántico, al contenido de lo que se escribe en ellos, pero también es un hecho que estos lienzos envejecidos por el paso de los sentimientos sobre ellos, deforman parcialmente la realidad al trasladarla al mundo de lo que se quiere recordar... o, tal vez, de lo que se puede, porque no es posible recordar las cosas como sucedieron. Retratar en ellos la historia es, sin duda, un ejercicio, más o menos modesto, de interpretación artística de lo sucedido.
El flujo permanente de la vida afecta a todo. A las personas, a sus circunstancias, a su percepción de sus propios actos, a sus opiniones y, también, a su propia naturaleza.
Pongamos un ejemplo. Cuando Goya plasma en un portentoso cuadro los fusilamientos acontecidos el 3 de mayo de 1808, los impregna (dentro del indiscutible dramatismo de sus imágenes) de una belleza de la que, muy probablemente, carecieron. Lo mismo ocurre con la escultura, con el teatro, con el cine y, desde luego, con la literatura.
Y, cada vez que escribimos algo, aunque sea para relatar unos hechos en forma de acta, estamos haciendo literatura. Cambia el estilo, la forma de utilizar la gramática, la destreza en el uso del idioma (en ocasiones, por desgracia, hasta la ortografía), pero no por ello deja de ser una creación literaria. Muchas veces lamentable, paupérrima, carente del más mínimo interés desde el punto de vista del leguaje ilustrado... pero creación literaria, a fin de cuentas.
Hasta la fotografía utilizada para contar lo que hemos visto o vivido nos engaña. El objetivo, la luz, el diafragma... producen variaciones que dotan de realidad propia al resultado, modificando, interpretando o matizando un pasado que no sucedió de una sola manera, sino, por el contrario, de infinitas.
Ese portero de noche que hoy nos devuelve a un pasado que habíamos reconstruido sobre una fantasía delirante, tan lejana de lo vivido, aunque ligada a la realidad por casi todos los elementos que, luego, hemos utilizado para recomponer nuestro rompecabezas interno, de cara a transformar nuestra historia en un mensaje de inocencia fraudulenta, no es más que una verdad incómoda, tachada violentamente de la conciencia que ahora se nos presenta cara a cara, y que no podemos seguir negándonos con éxito a nosotros mismos.
Nadie está libre de culpa. Todos debemos reconocer nuestros errores y rectificar. Por eso es tan triste que solo unos lo hagan, mientras otros se siguen enrocando tras sus soberbias torres de marfil, protegidas, en sus silenciosas casillas, a la retaguardia de sus infieles pero exigentes peones.
¡Cuántos porteros de noche permanecen ocultos de sus pasadas identidades, esperando, como el arpa de Bécquer, la mano de nieve que sabe arrancarlas!
Y son de nieve, sí. Tan frías como ella. Porque solo manos de nieve y almas de hielo son capaces de vivir en la noche del presente, rodeadas de porteros nocturnos que, ya sin gorras ni uniformes victoriosos, siguen escribiendo su pasado sobre papeles envejecidos.
martes, 25 de septiembre de 2012
viernes, 14 de septiembre de 2012
Tres sombreros de copa
Cuando el 14 de septiembre Miguel Mihura acabó de escribir Tres sombreros de copa, una gran obra de teatro - difícil de entender para ciertas personas, eso sí - enriquecía el patrimonio cultural de la convulsa sociedad española de su tiempo.
La comedia tardó muchos años en ser estrenada, aplastado su inteligente y crítico humor por acontecimientos dramáticos que ensombrecieron en España calles y teatros. Pero ochocientos setenta y seis meses después, Dionisio y Paula volvían a encontrarse sobre un escenario, en aquella eterna habitación con dos puertas y un balcón desde el que, a lo lejos, se veían lucecitas y se imaginaban vidas imposibles.
Quien considere a Mihura un humorista se equivoca. Fue un filósofo surrealista y genial, capaz de retratar, con un estilo tan dulce como ácido, a una sociedad que, curiosamente, mantiene vigentes, tantas décadas después, muchos de sus vicios y miserias, tal vez porque sean consustanciales con la propia naturaleza del concepto sociedad.
Es cierto que el melancólico sentido del humor que rezuma esta pieza produce efectos diversos en unos y otros. Hasta el nombre de algún personaje llega a crear inquietud en espectadores a quienes disgusta viajar en Metro... por si acaso.
Y es que tres sombreros son demasiados para una sola persona. Y si son de copa, más. Es lógico que la gente se confunda. A Dionisio le confundieron con un malabarista... y se quedó con la confusión para siempre. Porque, al principio, parece que son los otros los que creen lo que no es y, sin embargo, siempre es el Dionisio de turno el que se queda con una bota en el bolsillo y cara de salamandra debajo de la chistera.
La comedia de Mihura es una de las obras de humor más tristes que he visto. En la vida real, la burguesía nunca deja de triunfar sobre la bohemia y, en este caso, también lo hace sobre la escena.
Pero, claro, lo peor es lo del Metro. Algo que no se le había ocurrido ni al bueno de don Miguel. Insistir en representar el teatro del absurdo en las calles de la gran ciudad es una tontería aún mayor que buscar sueños disfrazados de pintores a diez mil kilómetros de distancia. Siempre corres el riesgo de que te encuentres con tu destino, con independencia de que lo que éste lleve en la cabeza sea un sombrero de paja de ala ancha a la moda, tres antiguas chisteras... o un casco de vikingo con agujeros a los lados.
Cuando algo ha sido decidido con económicos y gélidos cálculos milimétricos, no hay mihura que pueda con ello (y valga la redundancia).
Una lástima, porque la comedia era estupenda, que diría otro bohemio en el Café Momus. Pero la tristeza de la vida fue mayor, como el silencio de Roberto Carlos, y en la distancia muere, día a día. En una distancia tan próxima como absurda, más aún que la obra del gran autor madrileño.
En la vida, como en Tres sombreros de copa, siempre hay odiosos señores, ancianos militares y astutos cazadores a nuestro alrededor. Es una comedia difícil de representar porque ninguno de los que estamos en ella nos sabemos muy bien nuestro papel y, a veces, nos empeñamos en hacer el del otro.
Dionisio acaba marchándose, inexorablemente, y a Paula, tras salir de su escondite, detrás del biombo, solo le queda compartir su soledad con el llanto mientras lanza los tres sombreros de copa al aire...
La comedia tardó muchos años en ser estrenada, aplastado su inteligente y crítico humor por acontecimientos dramáticos que ensombrecieron en España calles y teatros. Pero ochocientos setenta y seis meses después, Dionisio y Paula volvían a encontrarse sobre un escenario, en aquella eterna habitación con dos puertas y un balcón desde el que, a lo lejos, se veían lucecitas y se imaginaban vidas imposibles.
Quien considere a Mihura un humorista se equivoca. Fue un filósofo surrealista y genial, capaz de retratar, con un estilo tan dulce como ácido, a una sociedad que, curiosamente, mantiene vigentes, tantas décadas después, muchos de sus vicios y miserias, tal vez porque sean consustanciales con la propia naturaleza del concepto sociedad.
Es cierto que el melancólico sentido del humor que rezuma esta pieza produce efectos diversos en unos y otros. Hasta el nombre de algún personaje llega a crear inquietud en espectadores a quienes disgusta viajar en Metro... por si acaso.
Y es que tres sombreros son demasiados para una sola persona. Y si son de copa, más. Es lógico que la gente se confunda. A Dionisio le confundieron con un malabarista... y se quedó con la confusión para siempre. Porque, al principio, parece que son los otros los que creen lo que no es y, sin embargo, siempre es el Dionisio de turno el que se queda con una bota en el bolsillo y cara de salamandra debajo de la chistera.
La comedia de Mihura es una de las obras de humor más tristes que he visto. En la vida real, la burguesía nunca deja de triunfar sobre la bohemia y, en este caso, también lo hace sobre la escena.
Pero, claro, lo peor es lo del Metro. Algo que no se le había ocurrido ni al bueno de don Miguel. Insistir en representar el teatro del absurdo en las calles de la gran ciudad es una tontería aún mayor que buscar sueños disfrazados de pintores a diez mil kilómetros de distancia. Siempre corres el riesgo de que te encuentres con tu destino, con independencia de que lo que éste lleve en la cabeza sea un sombrero de paja de ala ancha a la moda, tres antiguas chisteras... o un casco de vikingo con agujeros a los lados.
Cuando algo ha sido decidido con económicos y gélidos cálculos milimétricos, no hay mihura que pueda con ello (y valga la redundancia).
Una lástima, porque la comedia era estupenda, que diría otro bohemio en el Café Momus. Pero la tristeza de la vida fue mayor, como el silencio de Roberto Carlos, y en la distancia muere, día a día. En una distancia tan próxima como absurda, más aún que la obra del gran autor madrileño.
En la vida, como en Tres sombreros de copa, siempre hay odiosos señores, ancianos militares y astutos cazadores a nuestro alrededor. Es una comedia difícil de representar porque ninguno de los que estamos en ella nos sabemos muy bien nuestro papel y, a veces, nos empeñamos en hacer el del otro.
Dionisio acaba marchándose, inexorablemente, y a Paula, tras salir de su escondite, detrás del biombo, solo le queda compartir su soledad con el llanto mientras lanza los tres sombreros de copa al aire...
jueves, 6 de septiembre de 2012
El coleccionista de seises
Coleccionaba seises como otros coleccionan sellos.
Nada tendría de extraño de no ser porque los coleccionaba por casualidad. Como no tenía álbum, los guardaba en una vieja agenda. Una de las muchas que un día le entregaron y que él seguía guardando celosamente, en cumplimiento de su palabra.
Tenía ya acumulados muchos tipos de seises diferentes, todos de formas y colores distintos. Algunos muy curiosos y raros. Otros, contradictorios. Es lo que tienen los seises, cada uno es como es.
La colección databa del siglo pasado y, como es lógico, mi memoria no es capaz de recordar con nitidez todo lo que contenía. Por cierto que esta característica de la memoria (la de tener el olvido como la principal de sus funciones) es uno de los mayores aciertos de la madre naturaleza en favor de la supervivencia de la especie humana.
En cualquier caso, creo que había seises con forma de mes, otros con forma de día (ambos, por curioso que parezca, con aspecto de ventilador de techo), pero también los había de muchos otros tipos. Algunos tenían palabras escritas, otros estaban reservados... aunque, sin duda, el más siniestro de todos estaba grabado sobre una calavera de mármol, esculpida lentamente en la oscuridad del silencio por un cincel dorado que ocultaba, tras su brillante empuñadura, el cansancio de tantos trabajos anteriores realizados con certera profesionalidad. El puñal, digo el cincel, tenía, también, un seis grabado en su bruñida hoja.
El caso es que el coleccionista tenía seises a montones, pero el más sombrío era el que tenía guardado, entre restos de sangre y lágrimas, en la novena hoja de su agenda. Era tan oscuro que ocultaba con su terrible imagen otros seises anteriores, todos ellos aplastados bajo su peso en la misma hoja delcalendario álbum.
Sobre él podía verse otro seis, con aspecto de tener su origen en un documento titulado Iustitia Interrupta, cuya edulcorada y luminosa imagen no era suficiente para borrar de aquella hoja maldita al más perverso y triste de todos los seises.
Los coleccionistas son así. Y los hay aún más extraordinarios. Coleccionistas de corazones guardados en frascos de perfume con envases a rayas (huelen mucho mejor que el formol), de sueños olvidados, de infusiones venenosas, de delfines voladores... y hasta de horas difuminadas por la niebla de lo que nunca existió.
Pese a todo, yo sigo opinando que coleccionar seises por casualidad es más original, si cabe. Lo sorprendente es que, un día como hoy... un día cualquiera y sin ninguna relevancia en la mayoría de las memorias, me vuelva a la mente el recuerdo de aquel viejo coleccionista accidental que quién sabe si sigue dando vueltas por el mundo, esperando encontrar, perdido en alguna tarde lejana, un nuevo seis, libre y auténtico, que encaje en su vacío espacio intercostal y complete su extraordinaria colección.
Todo es posible.
Nada tendría de extraño de no ser porque los coleccionaba por casualidad. Como no tenía álbum, los guardaba en una vieja agenda. Una de las muchas que un día le entregaron y que él seguía guardando celosamente, en cumplimiento de su palabra.
Tenía ya acumulados muchos tipos de seises diferentes, todos de formas y colores distintos. Algunos muy curiosos y raros. Otros, contradictorios. Es lo que tienen los seises, cada uno es como es.
La colección databa del siglo pasado y, como es lógico, mi memoria no es capaz de recordar con nitidez todo lo que contenía. Por cierto que esta característica de la memoria (la de tener el olvido como la principal de sus funciones) es uno de los mayores aciertos de la madre naturaleza en favor de la supervivencia de la especie humana.
En cualquier caso, creo que había seises con forma de mes, otros con forma de día (ambos, por curioso que parezca, con aspecto de ventilador de techo), pero también los había de muchos otros tipos. Algunos tenían palabras escritas, otros estaban reservados... aunque, sin duda, el más siniestro de todos estaba grabado sobre una calavera de mármol, esculpida lentamente en la oscuridad del silencio por un cincel dorado que ocultaba, tras su brillante empuñadura, el cansancio de tantos trabajos anteriores realizados con certera profesionalidad. El puñal, digo el cincel, tenía, también, un seis grabado en su bruñida hoja.
El caso es que el coleccionista tenía seises a montones, pero el más sombrío era el que tenía guardado, entre restos de sangre y lágrimas, en la novena hoja de su agenda. Era tan oscuro que ocultaba con su terrible imagen otros seises anteriores, todos ellos aplastados bajo su peso en la misma hoja del
Sobre él podía verse otro seis, con aspecto de tener su origen en un documento titulado Iustitia Interrupta, cuya edulcorada y luminosa imagen no era suficiente para borrar de aquella hoja maldita al más perverso y triste de todos los seises.
Los coleccionistas son así. Y los hay aún más extraordinarios. Coleccionistas de corazones guardados en frascos de perfume con envases a rayas (huelen mucho mejor que el formol), de sueños olvidados, de infusiones venenosas, de delfines voladores... y hasta de horas difuminadas por la niebla de lo que nunca existió.
Pese a todo, yo sigo opinando que coleccionar seises por casualidad es más original, si cabe. Lo sorprendente es que, un día como hoy... un día cualquiera y sin ninguna relevancia en la mayoría de las memorias, me vuelva a la mente el recuerdo de aquel viejo coleccionista accidental que quién sabe si sigue dando vueltas por el mundo, esperando encontrar, perdido en alguna tarde lejana, un nuevo seis, libre y auténtico, que encaje en su vacío espacio intercostal y complete su extraordinaria colección.
Todo es posible.
martes, 21 de agosto de 2012
El lado oscuro
Fue George Lucas quien nos habló, en su magnífico universo de Star Wars, de los dos lados de la Fuerza.
Ya sabemos que Lucas se inspiró en viejas creencias y religiones, pero fue capaz de crear una realidad imaginaria tan extraordinaria que nos pareció diferente y única, aunque, como todo en esta vida, ya tenía sus precedentes.
El Lado Oscuro de la Fuerza es el elemento alineado con el mal, el odio, el resentimiento y la venganza. Al menos, eso nos contó Lucas, a través de su cinematográfica saga.
Sin embargo, no hace falta ser un Sith para adentrarse en los lados oscuros de la vida vulgar del planeta Tierra.
Huérfanos de las espectaculares fantasías de George Lucas, los humanos tenemos que conformarnos con nuestra más humilde galaxia, con nuestro pequeño y muy limitado rinconcito cósmico.
Parecería lógico que quienes estamos condenados a una existencia temporal tan concreta, utilizásemos nuestra voluntad para hacer la vida más luminosa. Yo creo, sinceramente, que la mayoría lo intentamos. Cometemos muchos errores, desde luego, pero, si los reconocemos como lo que son, no es difícil enmendarlos. El mayor problema, casi siempre, es el empeño de otros para convertir nuestras equivocaciones en armas arrojadizas, utilizándolas como vengativos instrumentos de combate.
El lado oscuro de las relaciones personales es el silencio. La palabra es luz y contra ella luchan denodadamente quienes se esconden en la madriguera silenciosa de su orgullo para no reconocer su parte de deuda, aunque ésta ya les haya sido condonada.
Quienes así deciden vivir, anatemizan el diálogo porque, para ellos, es el mayor peligro al que pueden enfrentarse. El modelo con el que trabajan suele consistir en crear un falso paradigma al que estigmatizar en la ventajista impunidad de un entorno de colaboradores necesarios y, a continuación, introducirse en las profundidades de la caverna del silencio, para devorar en ella los restos de la presa cobrada.
Pero quienes viven, permanentemente, en el lado oscuro tienen, también, que expiar su eterna penitencia. Sus inviernos son tan largos que ocupan las cuatro estaciones del año. Se han vendido tantas veces que ya no quedan platos de lentejas disponibles para nuevas transacciones. Y no pueden salir de la cueva sin que la luz de la verdad les haga daño, reabriendo sus dolorosas heridas. El alma se debilita con tanta oscuridad, llegando a producir en ella una fotofobia crónica e incurable.
Darth Traya no pudo superar la rebelión de sus lacayos y tuvo que exiliarse para siempre. Da igual si fue en una remota galaxia o en una lúgubre y oscura sima. Y todo por abrazarse a la traición como paupérrimo y erróneo recurso vital, por no encender la luz y salir de las tinieblas para encontrarse con la palabra ofrecida.
Hoy llora sin lágrimas, escondida en su lado oscuro.
Ya sabemos que Lucas se inspiró en viejas creencias y religiones, pero fue capaz de crear una realidad imaginaria tan extraordinaria que nos pareció diferente y única, aunque, como todo en esta vida, ya tenía sus precedentes.
El Lado Oscuro de la Fuerza es el elemento alineado con el mal, el odio, el resentimiento y la venganza. Al menos, eso nos contó Lucas, a través de su cinematográfica saga.
Sin embargo, no hace falta ser un Sith para adentrarse en los lados oscuros de la vida vulgar del planeta Tierra.
Huérfanos de las espectaculares fantasías de George Lucas, los humanos tenemos que conformarnos con nuestra más humilde galaxia, con nuestro pequeño y muy limitado rinconcito cósmico.
Parecería lógico que quienes estamos condenados a una existencia temporal tan concreta, utilizásemos nuestra voluntad para hacer la vida más luminosa. Yo creo, sinceramente, que la mayoría lo intentamos. Cometemos muchos errores, desde luego, pero, si los reconocemos como lo que son, no es difícil enmendarlos. El mayor problema, casi siempre, es el empeño de otros para convertir nuestras equivocaciones en armas arrojadizas, utilizándolas como vengativos instrumentos de combate.
El lado oscuro de las relaciones personales es el silencio. La palabra es luz y contra ella luchan denodadamente quienes se esconden en la madriguera silenciosa de su orgullo para no reconocer su parte de deuda, aunque ésta ya les haya sido condonada.
Quienes así deciden vivir, anatemizan el diálogo porque, para ellos, es el mayor peligro al que pueden enfrentarse. El modelo con el que trabajan suele consistir en crear un falso paradigma al que estigmatizar en la ventajista impunidad de un entorno de colaboradores necesarios y, a continuación, introducirse en las profundidades de la caverna del silencio, para devorar en ella los restos de la presa cobrada.
Pero quienes viven, permanentemente, en el lado oscuro tienen, también, que expiar su eterna penitencia. Sus inviernos son tan largos que ocupan las cuatro estaciones del año. Se han vendido tantas veces que ya no quedan platos de lentejas disponibles para nuevas transacciones. Y no pueden salir de la cueva sin que la luz de la verdad les haga daño, reabriendo sus dolorosas heridas. El alma se debilita con tanta oscuridad, llegando a producir en ella una fotofobia crónica e incurable.
Darth Traya no pudo superar la rebelión de sus lacayos y tuvo que exiliarse para siempre. Da igual si fue en una remota galaxia o en una lúgubre y oscura sima. Y todo por abrazarse a la traición como paupérrimo y erróneo recurso vital, por no encender la luz y salir de las tinieblas para encontrarse con la palabra ofrecida.
Hoy llora sin lágrimas, escondida en su lado oscuro.
sábado, 18 de agosto de 2012
Veranos malditos
Hubo un tiempo en el que los veranos empezaban el veinte de mayo y terminaban el cuatro de octubre, pero ya hace mucho de eso.
Eran aquellos años en los que el Canal tomaba en junio el relevo del Ramiro y Agustín, Puskas, Oswald y Gentes en General ocupaban el espacio que durante tantos meses había sido patrimonio de Momia, El Loco y otros compañeros.
Claro está que Mala Estrella y Paquito tenían una presencia constante, que también hubiese sido de El Catalán Silencioso, de no ser porque él solo vivió un año de coincidencia histórica de estas dos realidades.
El mundo, entonces, también era virtual. Como ahora. Sobre todo en verano. Facebook tenía otro formato, desde luego, pero, en esencia, era casi idéntico al que ahora hemos conocido. Excepciones, como Pumby, Ibáñez, Foca o su hermano Aíto, unían ambos universos. Pero eran las menos. Tal como hoy sucede con nuestras vidas.
Es curiosa la necesidad del ser humano de vivir varias veces, simultáneamente. Encapsulamos los amigos, las vivencias, los intereses y las actividades con una facilidad extraordinaria. Parece que cada uno tiene un papel que jugar en nuestro particular cosmos. Uno y nada más que uno. Un sexto sentido nos advierte de la importancia de no mezclar los mundos. Las mayores catástrofes personales han venido de este tipo de errores, en los que todos hemos acabado cayendo por culpa de una lógica irreflexiva o de una ética equivocada.
Pero muchos años más tarde, cuando la lejanía de la infancia nos iba haciendo olvidar los principios sagrados de la virtualidad múltiple, los veranos se redujeron. Alguien decidió que debían empezar el uno de julio y terminar el treinta y uno de agosto. Un error. Pero nada pudimos hacer por evitarlo. El destino, adoptando sus clásicas caracterizaciones de esfinge, sirena y cariátide, nos lo impuso con su rígido busto de mármol.
El pasado milenio no quiso morir sin castigarnos con su terrible maldición. Una maldición fraguada por Hefesto con el contubernio de su cómplice y antigua compañera que, transformada en Artemisa, lanzó sus flechas de bronce contra una pléyade de sentimientos desatados por el conjuro de las Moiras.
Veranos de tardes perversas, escritas sobre piedras blancas y blandas... bañadas por los acordes del humo de los barcos.
Fue la mayor de las Moiras la que nos envenenó con sus armas veteranas de tantas batallas y con su pócima, destilada en infinitos alambiques humanos.
Hoy se refugia en su oráculo marino, a salvo de delfines y tortugas. Una cortina de sal y de silencio esconde la mentira y escarnece la verdad.
Los veranos ya están malditos por siempre. Ni el Canal ni el Ramiro son lo que fueron. El Cuervo murió con más de cien años a sus espaldas y nada se sabe de don Pedro Galarraga...
Malditos veranos.
Eran aquellos años en los que el Canal tomaba en junio el relevo del Ramiro y Agustín, Puskas, Oswald y Gentes en General ocupaban el espacio que durante tantos meses había sido patrimonio de Momia, El Loco y otros compañeros.
Claro está que Mala Estrella y Paquito tenían una presencia constante, que también hubiese sido de El Catalán Silencioso, de no ser porque él solo vivió un año de coincidencia histórica de estas dos realidades.
El mundo, entonces, también era virtual. Como ahora. Sobre todo en verano. Facebook tenía otro formato, desde luego, pero, en esencia, era casi idéntico al que ahora hemos conocido. Excepciones, como Pumby, Ibáñez, Foca o su hermano Aíto, unían ambos universos. Pero eran las menos. Tal como hoy sucede con nuestras vidas.
Es curiosa la necesidad del ser humano de vivir varias veces, simultáneamente. Encapsulamos los amigos, las vivencias, los intereses y las actividades con una facilidad extraordinaria. Parece que cada uno tiene un papel que jugar en nuestro particular cosmos. Uno y nada más que uno. Un sexto sentido nos advierte de la importancia de no mezclar los mundos. Las mayores catástrofes personales han venido de este tipo de errores, en los que todos hemos acabado cayendo por culpa de una lógica irreflexiva o de una ética equivocada.
Pero muchos años más tarde, cuando la lejanía de la infancia nos iba haciendo olvidar los principios sagrados de la virtualidad múltiple, los veranos se redujeron. Alguien decidió que debían empezar el uno de julio y terminar el treinta y uno de agosto. Un error. Pero nada pudimos hacer por evitarlo. El destino, adoptando sus clásicas caracterizaciones de esfinge, sirena y cariátide, nos lo impuso con su rígido busto de mármol.
El pasado milenio no quiso morir sin castigarnos con su terrible maldición. Una maldición fraguada por Hefesto con el contubernio de su cómplice y antigua compañera que, transformada en Artemisa, lanzó sus flechas de bronce contra una pléyade de sentimientos desatados por el conjuro de las Moiras.
Veranos de tardes perversas, escritas sobre piedras blancas y blandas... bañadas por los acordes del humo de los barcos.
Fue la mayor de las Moiras la que nos envenenó con sus armas veteranas de tantas batallas y con su pócima, destilada en infinitos alambiques humanos.
Hoy se refugia en su oráculo marino, a salvo de delfines y tortugas. Una cortina de sal y de silencio esconde la mentira y escarnece la verdad.
Los veranos ya están malditos por siempre. Ni el Canal ni el Ramiro son lo que fueron. El Cuervo murió con más de cien años a sus espaldas y nada se sabe de don Pedro Galarraga...
Malditos veranos.
lunes, 23 de julio de 2012
Usureros de sentimientos
Cada vez me da más grima esta nueva ralea de predicadores de pacotilla que se dedican a hacer fortuna aprovechándose de las miserias espirituales de los demás.
Es verdad que siempre han existido y que su origen se pierde en los confines de la historia, pero en los últimos años están surgiendo por todas partes, actuando algunos, eso sí, con refinado esmero.
No me refiero, aunque también pertenecen a este género, a los miles de videntes, médiums, profesores y pitonisas, especialistas en las más diversas artes de la adivinación y en solucionar todo tipo de problemas y dificultades, porque, dentro de la generalmente patética apariencia de la mayoría de ellos, suelen estar en la misma órbita de necesidad que su clientela y, a fin de cuentas, hacen de su oficio una modesta forma de subsistencia como otra cualquiera.
Para mí los peores son esos otros endiosados personajes que, amparados en el poder de la palabra escrita (sobre todo cuando ésta viene acompañada de buena presentación editorial y una poderosa campaña de marketing) o autoungidos de poderes espirituales y/o religiosos, dan clases magistrales de ética filosófica aplicada, ayudando a los atribulados mortales que a ellos acuden a que reorienten sus vidas y, con un puñado de sencillas consignas, consiguen que todas las desdichas de éstos se tornen alegrías y sus problemas se transformen en brillantes oportunidades.
Da igual que utilicen como material de apoyo, la Cábala, el Evangelio o el Mahábharata, porque lo común en estos gurús de vía estrecha es forrarse a base de necesidad ajena. O sea, como los bancos, pero sin asumir riesgos hipotecarios. Si en este grupo incluimos, además, a los que yo denomino "psicólogos de masas", la lista de usureros de sentimientos sería interminable.
¿Es que la humanidad está ahora más necesitada que nunca de consuelo espiritual? No lo creo, la verdad. Basta dar un vistazo a la historia para comprobar que desde los tiempos más remotos, el hombre ha precisado de algún tipo de soporte anímico para afrontar las calamidades de la vida. Grandes pensadores, sabios, profetas... y, también, charlatanes y visionarios han ido sucediéndose, a través del tiempo. Unos ayudando y otros sacando ventaja de la siempre maltrecha y debilitada condición humana.
Pero hoy cuentan como herramientas con unos poderosos medios de comunicación, algunos de ellos sorprendentemente baratos, que permiten a estos huecos tenores espirituales lanzar sus máximas de plexiglás sobre los buscadores de paz como el monzón lanza la lluvia sobre los campos de arroz.
Porque la paz del espíritu es uno de los bienes más buscados por casi todos. Precisamente por ello nunca dejo de sorprenderme cuando me encuentro con quien, amurallándose en la ciudadela de un orgullo numantino y voraz (casi siempre oculta tras un espeso y protector bosque de silencio), se niega a aceptar la se ofrece con buena voluntad y sin pedir compensación alguna a cambio. Aún cuando esta compensación hubiera podido haber sido exigida de forma automática y sin esfuerzo.
Pisamos, pues, un terreno abonado para estos usureros, pero también es cierto que no falta quien elige el triste camino del destierro del alma por seguir insistiendo en llevar al altar del sacrificio no ya a la verdad (siempre tan difícil de asumir), sino a la mano tendida que nos brinda la paz.
Los antiguos mayas arrancaban el corazón a sus víctimas para ofrecérselo a sus dioses.
Una costumbre mucho más generalizada en nuestros días de lo que pudiera parecer a primera vista. Sobre todo entre quienes siguen venerando a Astarté, la diosa de la soberbia.
Es verdad que siempre han existido y que su origen se pierde en los confines de la historia, pero en los últimos años están surgiendo por todas partes, actuando algunos, eso sí, con refinado esmero.
No me refiero, aunque también pertenecen a este género, a los miles de videntes, médiums, profesores y pitonisas, especialistas en las más diversas artes de la adivinación y en solucionar todo tipo de problemas y dificultades, porque, dentro de la generalmente patética apariencia de la mayoría de ellos, suelen estar en la misma órbita de necesidad que su clientela y, a fin de cuentas, hacen de su oficio una modesta forma de subsistencia como otra cualquiera.
Para mí los peores son esos otros endiosados personajes que, amparados en el poder de la palabra escrita (sobre todo cuando ésta viene acompañada de buena presentación editorial y una poderosa campaña de marketing) o autoungidos de poderes espirituales y/o religiosos, dan clases magistrales de ética filosófica aplicada, ayudando a los atribulados mortales que a ellos acuden a que reorienten sus vidas y, con un puñado de sencillas consignas, consiguen que todas las desdichas de éstos se tornen alegrías y sus problemas se transformen en brillantes oportunidades.
Da igual que utilicen como material de apoyo, la Cábala, el Evangelio o el Mahábharata, porque lo común en estos gurús de vía estrecha es forrarse a base de necesidad ajena. O sea, como los bancos, pero sin asumir riesgos hipotecarios. Si en este grupo incluimos, además, a los que yo denomino "psicólogos de masas", la lista de usureros de sentimientos sería interminable.
¿Es que la humanidad está ahora más necesitada que nunca de consuelo espiritual? No lo creo, la verdad. Basta dar un vistazo a la historia para comprobar que desde los tiempos más remotos, el hombre ha precisado de algún tipo de soporte anímico para afrontar las calamidades de la vida. Grandes pensadores, sabios, profetas... y, también, charlatanes y visionarios han ido sucediéndose, a través del tiempo. Unos ayudando y otros sacando ventaja de la siempre maltrecha y debilitada condición humana.
Pero hoy cuentan como herramientas con unos poderosos medios de comunicación, algunos de ellos sorprendentemente baratos, que permiten a estos huecos tenores espirituales lanzar sus máximas de plexiglás sobre los buscadores de paz como el monzón lanza la lluvia sobre los campos de arroz.
Porque la paz del espíritu es uno de los bienes más buscados por casi todos. Precisamente por ello nunca dejo de sorprenderme cuando me encuentro con quien, amurallándose en la ciudadela de un orgullo numantino y voraz (casi siempre oculta tras un espeso y protector bosque de silencio), se niega a aceptar la se ofrece con buena voluntad y sin pedir compensación alguna a cambio. Aún cuando esta compensación hubiera podido haber sido exigida de forma automática y sin esfuerzo.
Pisamos, pues, un terreno abonado para estos usureros, pero también es cierto que no falta quien elige el triste camino del destierro del alma por seguir insistiendo en llevar al altar del sacrificio no ya a la verdad (siempre tan difícil de asumir), sino a la mano tendida que nos brinda la paz.
Los antiguos mayas arrancaban el corazón a sus víctimas para ofrecérselo a sus dioses.
Una costumbre mucho más generalizada en nuestros días de lo que pudiera parecer a primera vista. Sobre todo entre quienes siguen venerando a Astarté, la diosa de la soberbia.
lunes, 16 de julio de 2012
La levedad del tiempo
A estas alturas del pensamiento filosófico, es muy difícil rebatir la realidad de la no existencia del tiempo.
Los físicos del futuro, coincidirán con los amantes de la sabiduría en que tampoco el espacio existe. Protágoras ya lo enunció, pero de forma distinta, pues con su relativismo humanista evitó categorizar sobre lo que Parménides había definido antes con claridad meridiana: Es necesario decir y pensar que el ser es y que el no ser no es.
Esta, en apariencia, sencilla frase resume una gran verdad universal, con la que no todos convivimos conscientemente. El espacio no existe porque "no es". Lo que "sí es" es aquello contenido en él.
Todo este preámbulo presocrático viene a cuento aquí porque hay personas que viven tan flagrantemente enfrentadas a este principio filosófico, que se empeñan en mantener, contra toda lógica intelectual, que lo que es no es y lo que no es sí es.
Hasta tal punto luchan contra la realidad y la razón que, galopando sobre los desbocados corceles de su orgullo, insisten en lanzar preguntas, a modo de venablos afilados, contra quienes sufrieron el azote previo de su soberbia iscariótica.
De la levedad del ser ya habló Kundera, elevándola a la categoría de insoportable. Pero no es menos insufrible la levedad del tiempo. De ese tiempo inexistente que nos acaricia con su guante de seda y nos empuja con su mano de hierro.
No somos pocos los que ya hemos vivido una vida y, sin embargo, sentimos que aún tenemos casi todo por vivir.
Es cierto que no es habitual arrepentirse de lo pasado, aunque casi todos introduciríamos en nuestra historia algunas modificaciones. Y contradictorias, a ser posible.
Lo que no es lícito es enrocarse en una gran mentira constatada para defenderse de esa melodía insistente que sube por las arterias cada vez que entra por la ventana del alma una bocanada de aire fresco.
Pero es que, además de insano y falaz, es un arriesgado desafío a esta levedad temporal en la que vivimos inmersos.
Pienso que quien así actúa corre el peligro de llegar al final de su siempre efímera existencia agarrado al ardiente clavo de su impotencia y su tristeza. Por eso es mucho más sabio (aparte de más honrado, claro está) aceptar la mano que nos tiende quien consiguió escapar de la morada de Hades pese a los repetidos intentos de sepultarle eternamente en el Tártaro, sometiéndole al castigo del silencio eterno.
La suave brisa del tiempo no cesa de lanzarnos sus perversas caricias, que embriagan la conciencia con espiral cadencia de bolero interminable. Cada vez nos quedan menos fuerzas para rebelarnos contra el mar de desdichas que tanto angustiaba a Hamlet... y, ¿por qué no reconocerlo?, a todos y cada uno de nosotros.
Ya no sabemos lo que seremos capaces de afrontar. El miedo atenaza la virtud y nos entrega, para ser devorados, a los hambrientos deseos de un Cronos eterno y despiadado. Menos mal que será difícil que nos encuentre aquí, perdidos en un espacio que no existe...
Los físicos del futuro, coincidirán con los amantes de la sabiduría en que tampoco el espacio existe. Protágoras ya lo enunció, pero de forma distinta, pues con su relativismo humanista evitó categorizar sobre lo que Parménides había definido antes con claridad meridiana: Es necesario decir y pensar que el ser es y que el no ser no es.
Esta, en apariencia, sencilla frase resume una gran verdad universal, con la que no todos convivimos conscientemente. El espacio no existe porque "no es". Lo que "sí es" es aquello contenido en él.
Todo este preámbulo presocrático viene a cuento aquí porque hay personas que viven tan flagrantemente enfrentadas a este principio filosófico, que se empeñan en mantener, contra toda lógica intelectual, que lo que es no es y lo que no es sí es.
Hasta tal punto luchan contra la realidad y la razón que, galopando sobre los desbocados corceles de su orgullo, insisten en lanzar preguntas, a modo de venablos afilados, contra quienes sufrieron el azote previo de su soberbia iscariótica.
De la levedad del ser ya habló Kundera, elevándola a la categoría de insoportable. Pero no es menos insufrible la levedad del tiempo. De ese tiempo inexistente que nos acaricia con su guante de seda y nos empuja con su mano de hierro.
No somos pocos los que ya hemos vivido una vida y, sin embargo, sentimos que aún tenemos casi todo por vivir.
Es cierto que no es habitual arrepentirse de lo pasado, aunque casi todos introduciríamos en nuestra historia algunas modificaciones. Y contradictorias, a ser posible.
Lo que no es lícito es enrocarse en una gran mentira constatada para defenderse de esa melodía insistente que sube por las arterias cada vez que entra por la ventana del alma una bocanada de aire fresco.
Pero es que, además de insano y falaz, es un arriesgado desafío a esta levedad temporal en la que vivimos inmersos.
Pienso que quien así actúa corre el peligro de llegar al final de su siempre efímera existencia agarrado al ardiente clavo de su impotencia y su tristeza. Por eso es mucho más sabio (aparte de más honrado, claro está) aceptar la mano que nos tiende quien consiguió escapar de la morada de Hades pese a los repetidos intentos de sepultarle eternamente en el Tártaro, sometiéndole al castigo del silencio eterno.
La suave brisa del tiempo no cesa de lanzarnos sus perversas caricias, que embriagan la conciencia con espiral cadencia de bolero interminable. Cada vez nos quedan menos fuerzas para rebelarnos contra el mar de desdichas que tanto angustiaba a Hamlet... y, ¿por qué no reconocerlo?, a todos y cada uno de nosotros.
Ya no sabemos lo que seremos capaces de afrontar. El miedo atenaza la virtud y nos entrega, para ser devorados, a los hambrientos deseos de un Cronos eterno y despiadado. Menos mal que será difícil que nos encuentre aquí, perdidos en un espacio que no existe...
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