Para unos, el amor es un sentimiento. Para otros, un mero instrumento.
Dos palabras muy diferentes en su significado, pero que, de oído, pueden resultar parecidas. Tal vez sea por esta similitud sonora por lo que algunas personas las confunden con tanta facilidad...
Aunque tampoco faltan los que distinguen perfectamente una de otra y, sin equivocarse lo más mínimo, actúan con profesionalidad y eficacia, manejando las emociones ajenas como lo que para ellos son: un producto de consumo.
La instrumentalización del amor es antigua como el mundo y, a lo largo de la historia, son infinitos los casos en los que, mientras uno amaba, el otro se dedicaba a ejercer sus derechos como consumidor, con la misma naturalidad de quien se toma una Coca-Cola.
Y esto es algo que hoy sigue manteniendo intacta su vigencia.
Pese a todo, es de justicia reconocer que el amor es un instrumento utilísimo. Lubricado con las emociones de quien nos quiere, su maquinaria funciona con la precisión de un reloj suizo cuando se trata de conseguir lo que queremos de esa persona. Y, siguiendo con el ejemplo del reloj, tiene la ventaja de que podemos hacerlo por el tiempo exacto que lo necesitemos. Ni un segundo más.
Ninguna "it lady" (las "it girls" están ya muy vistas) pongamos por caso, desperdiciaría un instante que fuese más allá de lo estrictamente imprescindible en prolongar la vida de un instrumento afectivo que ya hubiese terminado su vida útil. Por supuesto, debemos entender por "vida útil" el período durante el cual el amor consumido está cubriendo un objetivo concreto, ya sea dicho propósito de una u otra índole.
Puede que tenga razón quien afirma que el amor como sentimiento cada vez tiene menos cabida en esta sociedad consumista y de remarcada tendencia hacia lo banal, en la que está bien arraigada la costumbre de instrumentalizar casi todo... desde la justicia hasta la propia lealtad y, desde luego, valores más abstractos, como el honor.
Sin embargo, resulta dramático observar cómo unos entregan su sangre y otros se la beben como si fuera un refresco de zarzaparrilla.
No es necesario ser una reencarnación de Mrs Bathurst, Elinor Glyn o Clara Bow para dominar, con virtuosismo, ese intangible instrumento, aunque, si lo eres, mejor. Lo que sí es imprescindible es tener el arrojo y la frialdad precisas para no desafinar ni una sola nota en tu sinfonía (muy especialmente, cuando el movimiento es un adagio).
Y, lo más importante de todo: tener a alguien que te ame y sirva para tus fines.
viernes, 9 de mayo de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
Inercia cerebral
La inercia es una propiedad que tienen todos los cuerpos. Una propiedad que provoca su bien conocida tendencia a mantener su estado de reposo o movimiento.
Según nos dice la física, la inercia puede ser mecánica y, también, térmica. En este segundo caso, la inercia se traduce en una determinada resistencia a modificar su temperatura.
De lo que no habla la física (y es normal que no lo haga, pues no es de su incumbencia) es de la inercia cerebral.
Este tipo de inercia es, normalmente, mucho más poderosa porque el tensor de inercia que debemos utilizar para calcularla de forma correcta es muy superior al de la física. Además, su resultado práctico viene condicionado por una fórmula metafísica, en la que la constante fundamental (P), por la que hay que multiplicar las otras magnitudes que influyen en el grado de resistencia al cambio, es equivalente al cuadrado de los prejuicios del individuo en cuestión.
La inercia del cerebro es tremenda. Pocas fuerzas de la naturaleza son tan potentes y, a su vez, tan nocivas para el ser humano.
Cuando la temperatura es alta y la masa cerebral reducida, sus efectos son muy dañinos. Y si entran en juego ciertos intereses personales que suelen ofuscar la razón (distanciándola de lo verdaderamente importante y acercándola, en consecuencia, a lo superfluo y pasajero) el efecto final puede ser catastrófico, porque la fuerza necesaria para modificar la inercia cerebral tendría que ser de una potencia descomunal.
Y, claro está, la cantidad de energía que se precisa para generar una fuerza anímica de tal intensidad suele superar a la acumulada por quienes tratan de conseguirlo.
La inercia mental (también se llama de esta forma) produce tristeza y desencanto a los que la observan desde fuera. Y como su resistencia al cambio es inversamente proporcional al sentido común y al buen juicio, nada bueno suele resultar de sus consecuencias.
Yo he visto a personas con la mente tan paralizada por los prejuicios que se encuentran, materialmente, impedidas para poner en marcha su cerebro y razonar hasta comprender que las cosas no son como las construye la superstición o la ignorancia, sino como la lógica y el conocimiento de la realidad determinan.
Pero también he visto lo contrario: mentes aceleradas por la ira, el odio y la soberbia, imparables, en su oscura y desenfrenada carrera, hasta por la más clara y meridiana luz de la razón.
Unas y otras son buenos ejemplos (buenos como lo que son, ejemplos, pero malos en sí mismos, desde luego) de los efectos de la inercia cerebral. Una inercia metafísica que hay que romper si queremos movernos mental y emocionalmente dentro de la dimensión de la sensatez y, en último término, de lo que es mejor para nosotros mismos y para quienes nos rodean.
Según nos dice la física, la inercia puede ser mecánica y, también, térmica. En este segundo caso, la inercia se traduce en una determinada resistencia a modificar su temperatura.
De lo que no habla la física (y es normal que no lo haga, pues no es de su incumbencia) es de la inercia cerebral.
Este tipo de inercia es, normalmente, mucho más poderosa porque el tensor de inercia que debemos utilizar para calcularla de forma correcta es muy superior al de la física. Además, su resultado práctico viene condicionado por una fórmula metafísica, en la que la constante fundamental (P), por la que hay que multiplicar las otras magnitudes que influyen en el grado de resistencia al cambio, es equivalente al cuadrado de los prejuicios del individuo en cuestión.
La inercia del cerebro es tremenda. Pocas fuerzas de la naturaleza son tan potentes y, a su vez, tan nocivas para el ser humano.
Cuando la temperatura es alta y la masa cerebral reducida, sus efectos son muy dañinos. Y si entran en juego ciertos intereses personales que suelen ofuscar la razón (distanciándola de lo verdaderamente importante y acercándola, en consecuencia, a lo superfluo y pasajero) el efecto final puede ser catastrófico, porque la fuerza necesaria para modificar la inercia cerebral tendría que ser de una potencia descomunal.
Y, claro está, la cantidad de energía que se precisa para generar una fuerza anímica de tal intensidad suele superar a la acumulada por quienes tratan de conseguirlo.
La inercia mental (también se llama de esta forma) produce tristeza y desencanto a los que la observan desde fuera. Y como su resistencia al cambio es inversamente proporcional al sentido común y al buen juicio, nada bueno suele resultar de sus consecuencias.
Yo he visto a personas con la mente tan paralizada por los prejuicios que se encuentran, materialmente, impedidas para poner en marcha su cerebro y razonar hasta comprender que las cosas no son como las construye la superstición o la ignorancia, sino como la lógica y el conocimiento de la realidad determinan.
Pero también he visto lo contrario: mentes aceleradas por la ira, el odio y la soberbia, imparables, en su oscura y desenfrenada carrera, hasta por la más clara y meridiana luz de la razón.
Unas y otras son buenos ejemplos (buenos como lo que son, ejemplos, pero malos en sí mismos, desde luego) de los efectos de la inercia cerebral. Una inercia metafísica que hay que romper si queremos movernos mental y emocionalmente dentro de la dimensión de la sensatez y, en último término, de lo que es mejor para nosotros mismos y para quienes nos rodean.
martes, 6 de mayo de 2014
Tormentas prohibidas
Antes había tormentas en Madrid en el mes de mayo. Ahora están terminantemente prohibidas por una ordenanza municipal que castiga con severas multas a los parques que las acojan y, muy en especial, a los bancos que resulten mojados por ellas.
El motivo con el que los mandatarios de la corporación madrileña justificaron su tajante decisión era el de evitar cualquier riesgo de que se repitiesen las excepcionales circunstancias que, en su momento, cuestionaron la eficacia de otra disposición previa, reducida a madera mojada por culpa de una rebelde y repentina tormenta de mayo.
Los bancos de los parques vienen siendo, desde entonces, objeto de una estricta vigilancia, ya que (en contra de lo que defienden los meteorólogos) el consistorio los consideró últimos responsables de las tormentas madrileñas del mes de mayo y, en particular, de las que se producen entre los dos tradicionales puentes de la primera quincena del mes.
La norma fue aprobada en el pleno celebrado el seis de mayo de 2006, tras el que un portavoz acreditado aseguró que no volverían a producirse hechos como los acaecidos en la capital el día anterior y garantizó que se tomarían las oportunas medidas para que todos los bancos madrileños permanecieran secos durante el quinto mes del año.
Pese a todo, la ordenanza no sirvió para evitar lo inevitable. Y tampoco se cumplió el decreto de seis de septiembre de 2004, porque, como bien dijo Montesquieu, las leyes no pueden ir contra la naturaleza.
Pero como Montesquieu no tiene muchos seguidores en nuestros días, hay demasiada gente que impone normas antinaturales. Se las imponen a otros y hasta a ellos mismos, lo que resulta aún más absurdo.
Cierto es que la lucha contra la naturaleza es antigua como el hombre. Y, en un buen número de casos, se trata de una disputa beneficiosa para la humanidad, que nos ha traído mejoras y comodidades indiscutibles en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, quien se obceca con tozudez en ella nada tiene que ganar.
Hay personas, por ejemplo, que luchan, con determinación, contra la ley de la gravedad (un combate trivial e intrascendente, cuando no se cae en el patetismo, claro), pero luchar contra lo que, estando vivo en nuestro interior, es natural y bueno, es un empecinamiento más propio de Juan Martín Díez que de alguien que presume de ser adalid de la paz y la justicia.
Siguen pasando los años y a mí no dejan de gustarme las tormentas de mayo. A pesar de que lleven tanto tiempo prohibidas.
El motivo con el que los mandatarios de la corporación madrileña justificaron su tajante decisión era el de evitar cualquier riesgo de que se repitiesen las excepcionales circunstancias que, en su momento, cuestionaron la eficacia de otra disposición previa, reducida a madera mojada por culpa de una rebelde y repentina tormenta de mayo.
Los bancos de los parques vienen siendo, desde entonces, objeto de una estricta vigilancia, ya que (en contra de lo que defienden los meteorólogos) el consistorio los consideró últimos responsables de las tormentas madrileñas del mes de mayo y, en particular, de las que se producen entre los dos tradicionales puentes de la primera quincena del mes.
La norma fue aprobada en el pleno celebrado el seis de mayo de 2006, tras el que un portavoz acreditado aseguró que no volverían a producirse hechos como los acaecidos en la capital el día anterior y garantizó que se tomarían las oportunas medidas para que todos los bancos madrileños permanecieran secos durante el quinto mes del año.
Pese a todo, la ordenanza no sirvió para evitar lo inevitable. Y tampoco se cumplió el decreto de seis de septiembre de 2004, porque, como bien dijo Montesquieu, las leyes no pueden ir contra la naturaleza.
Pero como Montesquieu no tiene muchos seguidores en nuestros días, hay demasiada gente que impone normas antinaturales. Se las imponen a otros y hasta a ellos mismos, lo que resulta aún más absurdo.
Cierto es que la lucha contra la naturaleza es antigua como el hombre. Y, en un buen número de casos, se trata de una disputa beneficiosa para la humanidad, que nos ha traído mejoras y comodidades indiscutibles en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, quien se obceca con tozudez en ella nada tiene que ganar.
Hay personas, por ejemplo, que luchan, con determinación, contra la ley de la gravedad (un combate trivial e intrascendente, cuando no se cae en el patetismo, claro), pero luchar contra lo que, estando vivo en nuestro interior, es natural y bueno, es un empecinamiento más propio de Juan Martín Díez que de alguien que presume de ser adalid de la paz y la justicia.
Siguen pasando los años y a mí no dejan de gustarme las tormentas de mayo. A pesar de que lleven tanto tiempo prohibidas.
lunes, 5 de mayo de 2014
Muerte en el Sena
Hace poco he visto publicada una bonita fotografía que me ha recordado un suceso acaecido en París hace algunos años.
Fue un episodio luctuoso... y tan triste que mantuvo consternada a toda la villa del Sena durante mucho tiempo.
Él, como el personaje de la fotografía, estaba recostado en el borde del muelle de piedra que ayuda a canalizar el río a su paso por el centro de la ciudad. Sus piernas cruzadas eran una señal evidente de un ánimo confiado y tranquilo. Ella, sentada sobre la piedra y con los pies colgando sobre el agua, tenía la mirada perdida en un punto lejano del río. En la distancia veía un velero azul que se alejaba. Apenas se dio cuenta de que él se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre su regazo.
Un instante antes, él había confundido la brisa que acariciaba su rostro con la producida por un imaginario ventilador que giraba sobre su cabeza, sujeto a un techo inexistente. Acto seguido se durmió. Soñó con veintiocho versos inacabados de un poeta andaluz y con un país sudamericano de grandes y calurosas avenidas, que siempre estaban bajo el intenso poder del sol.
Verdaderamente, parecía una mañana de primavera. Sin embargo, era una siniestra tarde de septiembre o, tal vez, un extraño y soleado día de invierno. De uno de esos inviernos que, una vez que empiezan, ya no terminan nunca.
Ella siguió con la mirada perdida en el infinito mientras él comenzó a respirar acompasadamente, vagando por el universo de los sueños. En ese preciso momento, el brazo de ella rodeó su cuello con suavidad, con enorme y apacible suavidad.
Poco a poco, esa delicadeza inicial se fue convirtiendo en una lenta, constante y creciente opresión...
Solo fueron necesarios unos pocos minutos. Él no fue capaz de reaccionar. Puede que ni siquiera llegase a despertar. El aire dejó de entrar en sus pulmones y la muerte le sobrevino con dulzura, mientras navegaba entre poemas y avenidas.
La escena quedó congelada durante un buen rato. Nadie sabe, exactamente, cuánto. Las pocas personas que se cruzaron con ellos no vieron más que una romántica pareja a orillas del Sena.
En algún momento, ella lo empujó, de nuevo con una gran suavidad, y el cuerpo inerte cayó al agua.
Ella se levantó despacio, se arregló la falda, recogió su bolso y su chaqueta y comenzó a andar, lentamente, en dirección al puente de Alma.
Nadie volvió a verla nunca más.
Fue un episodio luctuoso... y tan triste que mantuvo consternada a toda la villa del Sena durante mucho tiempo.
Él, como el personaje de la fotografía, estaba recostado en el borde del muelle de piedra que ayuda a canalizar el río a su paso por el centro de la ciudad. Sus piernas cruzadas eran una señal evidente de un ánimo confiado y tranquilo. Ella, sentada sobre la piedra y con los pies colgando sobre el agua, tenía la mirada perdida en un punto lejano del río. En la distancia veía un velero azul que se alejaba. Apenas se dio cuenta de que él se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre su regazo.
Un instante antes, él había confundido la brisa que acariciaba su rostro con la producida por un imaginario ventilador que giraba sobre su cabeza, sujeto a un techo inexistente. Acto seguido se durmió. Soñó con veintiocho versos inacabados de un poeta andaluz y con un país sudamericano de grandes y calurosas avenidas, que siempre estaban bajo el intenso poder del sol.
Verdaderamente, parecía una mañana de primavera. Sin embargo, era una siniestra tarde de septiembre o, tal vez, un extraño y soleado día de invierno. De uno de esos inviernos que, una vez que empiezan, ya no terminan nunca.
Ella siguió con la mirada perdida en el infinito mientras él comenzó a respirar acompasadamente, vagando por el universo de los sueños. En ese preciso momento, el brazo de ella rodeó su cuello con suavidad, con enorme y apacible suavidad.
Poco a poco, esa delicadeza inicial se fue convirtiendo en una lenta, constante y creciente opresión...
Solo fueron necesarios unos pocos minutos. Él no fue capaz de reaccionar. Puede que ni siquiera llegase a despertar. El aire dejó de entrar en sus pulmones y la muerte le sobrevino con dulzura, mientras navegaba entre poemas y avenidas.
La escena quedó congelada durante un buen rato. Nadie sabe, exactamente, cuánto. Las pocas personas que se cruzaron con ellos no vieron más que una romántica pareja a orillas del Sena.
En algún momento, ella lo empujó, de nuevo con una gran suavidad, y el cuerpo inerte cayó al agua.
Ella se levantó despacio, se arregló la falda, recogió su bolso y su chaqueta y comenzó a andar, lentamente, en dirección al puente de Alma.
Nadie volvió a verla nunca más.
viernes, 25 de abril de 2014
Los carros de la ira
Hubo un tiempo en el que los carros se cargaban de paja. Lo sé muy bien. No porque lo haya visto en el campo, sino porque Millet los pintaba y, después, Van Gogh los reinventaba, trasladándolos a su personal estética impresionista.
El trabajo en el campo siempre ha sido duro. Antes más, claro, porque la ayuda mecánica era muy escasa. Sin embargo, los grandes maestros de la pintura nos enseñaban, con frecuencia, unos campos con el esfuerzo humano convertido en arte. Algo parecido a lo que hace la propia naturaleza, que suaviza para el observador el trabajo del hombre. Siempre y cuando, ese hombre no seamos nosotros mismos, desde luego.
En las tardes calurosas, tras la faena, se dormía la siesta. Era una siesta dorada, como las suaves y tersas gavillas que se acababan de manejar con esmero.
Y, si la mies era de oro, los sueños eran de platino en aquellos campos renacidos de la tarde.
Yo no sé quién empezó a cargar los carros con ira. Me lo imagino, pero no lo sé, a ciencia cierta.
Lo que sí sé es que los carros cargados con ira no son buenos, así que la maldad empezó a adueñarse de unos campos que aspiraban a ser tan eternos como imposibles. Poco a poco, se fue generando una perversión oculta y nocturna, que iba sustituyendo la fe por vanidad y codicia, la esperanza por deslealtad y la generosidad por ambición.
Los carros se llenaron de ira. De una ira escondida bajo el polvo y las semillas.
Fue entonces cuando los carros se volvieron contra sus amos.
Las vigas se convirtieron en lanzas; los estacones en rejas; los tentemozos, dentellones y tesadores se revolvieron con violencia y furia... justo cuando sus amos estaban sumidos en el más profundo de sus sueños.
El campesino no pudo comprender lo que estaba ocurriendo. Toneladas de odio habían sustituido a la paja dorada por la que tanto se había esforzado.
No era fácil de entender. De nada sirvieron sus años de dedicación, de trabajo, de amor...
Un carro cargado de ira es un arma de destrucción masiva. Lo destruye todo, lo propio y lo ajeno, impide que se pueda recuperar la paz y aleja para siempre a las alondras de los campos de trigo y a las golondrinas de los sueños...
El único recurso que nos queda es seguir durmiendo y esperar a que un día quien los llenó de odio, aprovechando nuestro descuido, los descargue de su ira incontrolada y despierte a nuestro lado, ofreciéndonos su mirada rubia y antigua sobre las amarillas mieses de la vida.
Tal vez esto suceda antes de la puesta de sol.
El trabajo en el campo siempre ha sido duro. Antes más, claro, porque la ayuda mecánica era muy escasa. Sin embargo, los grandes maestros de la pintura nos enseñaban, con frecuencia, unos campos con el esfuerzo humano convertido en arte. Algo parecido a lo que hace la propia naturaleza, que suaviza para el observador el trabajo del hombre. Siempre y cuando, ese hombre no seamos nosotros mismos, desde luego.
En las tardes calurosas, tras la faena, se dormía la siesta. Era una siesta dorada, como las suaves y tersas gavillas que se acababan de manejar con esmero.
Y, si la mies era de oro, los sueños eran de platino en aquellos campos renacidos de la tarde.
Yo no sé quién empezó a cargar los carros con ira. Me lo imagino, pero no lo sé, a ciencia cierta.
Lo que sí sé es que los carros cargados con ira no son buenos, así que la maldad empezó a adueñarse de unos campos que aspiraban a ser tan eternos como imposibles. Poco a poco, se fue generando una perversión oculta y nocturna, que iba sustituyendo la fe por vanidad y codicia, la esperanza por deslealtad y la generosidad por ambición.
Los carros se llenaron de ira. De una ira escondida bajo el polvo y las semillas.
Fue entonces cuando los carros se volvieron contra sus amos.
Las vigas se convirtieron en lanzas; los estacones en rejas; los tentemozos, dentellones y tesadores se revolvieron con violencia y furia... justo cuando sus amos estaban sumidos en el más profundo de sus sueños.
El campesino no pudo comprender lo que estaba ocurriendo. Toneladas de odio habían sustituido a la paja dorada por la que tanto se había esforzado.
No era fácil de entender. De nada sirvieron sus años de dedicación, de trabajo, de amor...
Un carro cargado de ira es un arma de destrucción masiva. Lo destruye todo, lo propio y lo ajeno, impide que se pueda recuperar la paz y aleja para siempre a las alondras de los campos de trigo y a las golondrinas de los sueños...
El único recurso que nos queda es seguir durmiendo y esperar a que un día quien los llenó de odio, aprovechando nuestro descuido, los descargue de su ira incontrolada y despierte a nuestro lado, ofreciéndonos su mirada rubia y antigua sobre las amarillas mieses de la vida.
Tal vez esto suceda antes de la puesta de sol.
jueves, 24 de abril de 2014
Pase sin llamar
Era una casa bonita y sonriente. Su puerta, permanentemente entreabierta, parecía invitar a todos a entrar.
Durante muchos años, por ella pasaron curiosos, visitantes, pelmas y vividores de toda índole. Y también tuvo algún ocupa que se instaló con descaro y la tomó por suya.
Sin embargo, a pesar de los ocupas, la casa siguió abierta al público, que entraba y salía de ella a su capricho.
Llegó un momento en el que la casa, cansada de abusos, malos tratos y transeúntes aprovechados, decidió poner un límite a tantos excesos. Retiró viejas botellas de licor vacías, colillas e, incluso, puede que algo más y trató de poner un poco de orden en tanto descontrol.
Luego, pensó en la manera de estar más protegida de las constantes entradas y salidas que amenazaban con llegar a estropear una puerta que quería prolongar su atractivo y moderar el trasiego al que se había visto sometida durante tanto tiempo.
Como perros y gatos habían demostrado poca eficacia a la hora de guardar la casa, decidió poner un dragón en su interior.
El dragón dio resultado y, además, gracias a él la casa disfrutó de interesantes y renovadas aventuras, desconocidas (algunas) para ella.
Florecieron las mimosas en su jardín y en él se instaló una permanente y luminosa primavera. Hizo algunas reformas para agrandar el salón de té, colocando sobre la chimenea el llamativo pendón de raso amarillo y se montaron enormes y lentos ventiladores de techo por todas partes.
La casa recuperó su pasado esplendor y el viejo blasón del marquesado de Grijalba coronó el dintel de la puerta principal.
Pero, ya que hemos vuelto a mencionar la puerta, debemos recordar que la casa siempre mantuvo entornada otra entrada lateral, hasta en los años de mayor pujanza de la primavera. Junto a ella, un símbolo sonriente, que casi todo el mundo reconocía, seguía invitando a entrar a viajeros y peregrinos.
Y tampoco hay que olvidar que desde una de las ventanas traseras se veía el mar. Un mar con barcos grandes, todos ellos con nombres de sirenas aladas y mascarones en sus proas, que contrastaban con los escondidos tras las procelosas intenciones de sus armadores y patrones.
Con el paso del tiempo, la puerta principal quedó atrancada, sellada y olvidada, mientras que la de su costado, orientada siempre al sol (gracias a un ingenioso mecanismo) se fue agrandando progresivamente para permitir el paso de mercancías y facilitar el trueque y hasta el contrabando ocasional...
Han pasado tantos años que ya nadie sabe si el dragón sigue dentro de la casa. Ni tampoco si las mimosas de su jardín siguen floreciendo a finales de enero.
Y yo no creo en esa leyenda que asegura que, algunas noches de luna nueva, cuando la Osa Mayor brilla más que nunca en el pecho del cielo, el lamento de un recuerdo rompe el silencio que se esconde detrás de los sueños perdidos en las sombras. Es más probable que lo que se escuche sea el chirrido de los oxidados goznes de la puerta lateral, al abrirse para vender, a través de ella, sentimientos olvidados a precio de saldo.
Durante muchos años, por ella pasaron curiosos, visitantes, pelmas y vividores de toda índole. Y también tuvo algún ocupa que se instaló con descaro y la tomó por suya.
Sin embargo, a pesar de los ocupas, la casa siguió abierta al público, que entraba y salía de ella a su capricho.
Llegó un momento en el que la casa, cansada de abusos, malos tratos y transeúntes aprovechados, decidió poner un límite a tantos excesos. Retiró viejas botellas de licor vacías, colillas e, incluso, puede que algo más y trató de poner un poco de orden en tanto descontrol.
Luego, pensó en la manera de estar más protegida de las constantes entradas y salidas que amenazaban con llegar a estropear una puerta que quería prolongar su atractivo y moderar el trasiego al que se había visto sometida durante tanto tiempo.
Como perros y gatos habían demostrado poca eficacia a la hora de guardar la casa, decidió poner un dragón en su interior.
El dragón dio resultado y, además, gracias a él la casa disfrutó de interesantes y renovadas aventuras, desconocidas (algunas) para ella.
Florecieron las mimosas en su jardín y en él se instaló una permanente y luminosa primavera. Hizo algunas reformas para agrandar el salón de té, colocando sobre la chimenea el llamativo pendón de raso amarillo y se montaron enormes y lentos ventiladores de techo por todas partes.
La casa recuperó su pasado esplendor y el viejo blasón del marquesado de Grijalba coronó el dintel de la puerta principal.
Pero, ya que hemos vuelto a mencionar la puerta, debemos recordar que la casa siempre mantuvo entornada otra entrada lateral, hasta en los años de mayor pujanza de la primavera. Junto a ella, un símbolo sonriente, que casi todo el mundo reconocía, seguía invitando a entrar a viajeros y peregrinos.
Y tampoco hay que olvidar que desde una de las ventanas traseras se veía el mar. Un mar con barcos grandes, todos ellos con nombres de sirenas aladas y mascarones en sus proas, que contrastaban con los escondidos tras las procelosas intenciones de sus armadores y patrones.
Con el paso del tiempo, la puerta principal quedó atrancada, sellada y olvidada, mientras que la de su costado, orientada siempre al sol (gracias a un ingenioso mecanismo) se fue agrandando progresivamente para permitir el paso de mercancías y facilitar el trueque y hasta el contrabando ocasional...
Han pasado tantos años que ya nadie sabe si el dragón sigue dentro de la casa. Ni tampoco si las mimosas de su jardín siguen floreciendo a finales de enero.
Y yo no creo en esa leyenda que asegura que, algunas noches de luna nueva, cuando la Osa Mayor brilla más que nunca en el pecho del cielo, el lamento de un recuerdo rompe el silencio que se esconde detrás de los sueños perdidos en las sombras. Es más probable que lo que se escuche sea el chirrido de los oxidados goznes de la puerta lateral, al abrirse para vender, a través de ella, sentimientos olvidados a precio de saldo.
miércoles, 23 de abril de 2014
El desierto de la razón
La razón es un desierto. Un desierto de noches frías y estrelladas que nos obligan a cubrir con una gruesa manta nuestros sentimientos.
Además, es un desierto tan grande que no puedes evitar perderte en él. No tiene límites. Por eso, el ser humano que vaga por el desierto de su razón durante toda su vida nunca consigue el permiso divino para entrar en la tierra prometida.
Pero es un desierto en el que existen los oasis. Unos oasis que muchas veces confundimos con espejismos, no siendo capaces, casi nunca, de distinguir los unos de los otros. En los verdaderos oasis del desierto de la razón hay vida, pero los espejismos que nos confunden están llenos de tristeza, soledad y silencio.
Cuentan que emociones de todas las edades se perdieron en el desierto de la razón y allí se quedaron dormidas para siempre, cubiertas de arena y lamentos.
Porque la razón siempre te ofrece un pacto diabólico. Como la serpiente del paraíso: la sabiduría y el conocimiento, a cambio de tu vida, de tus sentimientos... de tu corazón.
Desde luego, es una oferta tentadora en tiempos de una humanidad que persigue la sofisticación de la conciencia, tal vez a causa de una ética devaluada e itinerante que no deja de sufrir los impulsos de una corriente social alterna e inestable.
Hay quien se refugia en la razón para esconder sus propias emociones, sus deseos, sus sueños...
Durante el día, algunos desiertos, como el de la razón, pueden ser calurosos. Sin embargo, las noches son, en todos los casos, gélidas. Da igual pasarlas abrazados al orgullo o bajo una almohada rellena de forzados prejuicios. Nada nos devuelve el calor al que hemos renunciado, de forma voluntaria, por algo que ya ha sido transformado a través de un recuerdo manipulado con el fin de adecuarlo a las condiciones del momento.
La razón acepta silogismos falsos y construye teoremas indemostrables, basados en conjeturas acomodadas a hipótesis que solo convienen a corolarios revestidos de axiomas de soberbia. Son postulados ficticios que nos ciegan con sus permanentes tormentas de arena, tan frecuentes en la mayoría de los desiertos.
No propongo huir de la razón, pero todos sabemos que el exceso de luz apaga la vista y llega a generar oscuridad. El oasis de la verdad nos ofrece una realidad más auténtica. En él encontramos sombra para evitar el delirio y agua para refrescar unos sentimientos y un espíritu que necesitan la dulzura y el alimento de los dátiles.
Solo así podremos mantenernos vivos y generosos con los demás... y con nosotros mismos.
Además, es un desierto tan grande que no puedes evitar perderte en él. No tiene límites. Por eso, el ser humano que vaga por el desierto de su razón durante toda su vida nunca consigue el permiso divino para entrar en la tierra prometida.
Pero es un desierto en el que existen los oasis. Unos oasis que muchas veces confundimos con espejismos, no siendo capaces, casi nunca, de distinguir los unos de los otros. En los verdaderos oasis del desierto de la razón hay vida, pero los espejismos que nos confunden están llenos de tristeza, soledad y silencio.
Cuentan que emociones de todas las edades se perdieron en el desierto de la razón y allí se quedaron dormidas para siempre, cubiertas de arena y lamentos.
Porque la razón siempre te ofrece un pacto diabólico. Como la serpiente del paraíso: la sabiduría y el conocimiento, a cambio de tu vida, de tus sentimientos... de tu corazón.
Desde luego, es una oferta tentadora en tiempos de una humanidad que persigue la sofisticación de la conciencia, tal vez a causa de una ética devaluada e itinerante que no deja de sufrir los impulsos de una corriente social alterna e inestable.
Hay quien se refugia en la razón para esconder sus propias emociones, sus deseos, sus sueños...
Durante el día, algunos desiertos, como el de la razón, pueden ser calurosos. Sin embargo, las noches son, en todos los casos, gélidas. Da igual pasarlas abrazados al orgullo o bajo una almohada rellena de forzados prejuicios. Nada nos devuelve el calor al que hemos renunciado, de forma voluntaria, por algo que ya ha sido transformado a través de un recuerdo manipulado con el fin de adecuarlo a las condiciones del momento.
La razón acepta silogismos falsos y construye teoremas indemostrables, basados en conjeturas acomodadas a hipótesis que solo convienen a corolarios revestidos de axiomas de soberbia. Son postulados ficticios que nos ciegan con sus permanentes tormentas de arena, tan frecuentes en la mayoría de los desiertos.
No propongo huir de la razón, pero todos sabemos que el exceso de luz apaga la vista y llega a generar oscuridad. El oasis de la verdad nos ofrece una realidad más auténtica. En él encontramos sombra para evitar el delirio y agua para refrescar unos sentimientos y un espíritu que necesitan la dulzura y el alimento de los dátiles.
Solo así podremos mantenernos vivos y generosos con los demás... y con nosotros mismos.
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