martes, 6 de mayo de 2014

Tormentas prohibidas

Antes había tormentas en Madrid en el mes de mayo. Ahora están terminantemente prohibidas por una ordenanza municipal que castiga con severas multas a los parques que las acojan y, muy en especial, a los bancos que resulten mojados por ellas.

El motivo con el que los mandatarios de la corporación madrileña justificaron su tajante decisión era el de evitar cualquier riesgo de que se repitiesen las excepcionales circunstancias que, en su momento, cuestionaron la eficacia de otra disposición previa, reducida a madera mojada por culpa de una rebelde y repentina tormenta de mayo.

Los bancos de los parques vienen siendo, desde entonces, objeto de una estricta vigilancia, ya que (en contra de lo que defienden los meteorólogos) el consistorio los consideró últimos responsables de las tormentas madrileñas del mes de mayo y, en particular, de las que se producen entre los dos tradicionales puentes de la primera quincena del mes.

La norma fue aprobada en el pleno celebrado el seis de mayo de 2006, tras el que un portavoz acreditado aseguró que no volverían a producirse hechos como los acaecidos en la capital el día anterior y garantizó que se tomarían las oportunas medidas para que todos los bancos madrileños permanecieran secos durante el quinto mes del año.

Pese a todo, la ordenanza no sirvió para evitar lo inevitable. Y tampoco se cumplió el decreto de seis de septiembre de 2004, porque, como bien dijo Montesquieu, las leyes no pueden ir contra la naturaleza.
Pero como Montesquieu no tiene muchos seguidores en nuestros días, hay demasiada gente que impone normas antinaturales. Se las imponen a otros y hasta a ellos mismos, lo que resulta aún más absurdo.

Cierto es que la lucha contra la naturaleza es antigua como el hombre. Y, en un buen número de casos, se trata de una disputa beneficiosa para la humanidad, que nos ha traído mejoras y comodidades indiscutibles en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, quien se obceca con tozudez en ella nada tiene que ganar.
Hay personas, por ejemplo, que luchan, con determinación, contra la ley de la gravedad (un combate trivial e intrascendente, cuando no se cae en el patetismo, claro), pero luchar contra lo que, estando vivo en nuestro interior, es natural y bueno, es un empecinamiento más propio de Juan Martín Díez que de alguien que presume de ser adalid de la paz y la justicia.


Siguen pasando los años y a mí no dejan de gustarme las tormentas de mayo. A pesar de que lleven tanto tiempo prohibidas.

1 comentario:

enrique duffau dijo...

Tambíen debería prohivirse que los volcanes entren en erupción.....