lunes, 12 de julio de 2010

De Maquiavelo a McLuhan

Pedro Sempere hablaba de "la mano que mece la cuna de la publicidad española" y se refería a alguien muy concreto. Pero Pedro, gran conocedor de McLuhan y de la naturaleza humana, prefirió no utilizar medios (ni fríos ni calientes) para la difusión de su mensaje.
Gracias a la prudencia de Sempere, la cosa quedó en nada, aunque un colaborador suyo estuvo involucrado en el famoso "Hyde Park Affaire", en el que, sin querer, acabaron envueltas un número de agencias multinacionales y un par de históricas locales.
Este asunto, todavía no cerrado, nos recuerda que el precursor de McLuhan fue Maquiavelo, como de este lo fuera Sun Tzu.

La Aldea Global es más real que nunca en nuestros días, ya que Internet es mucho más eficaz que la televisión para interrelacionar el mundo.
Las recomendaciones del autor de La Mandrágora, por otra parte, son tan válidas para príncipes renacentistas como para presidentes de agencias del siglo XXI, no lo olvidemos.
Pero lo que a mí me gusta de Maquiavelo y McLuhan es la forma en la que ambos hablan de los medios.
Nicolás los justificaba, en función del fin perseguido, mientras que Marshall los convertía en el propio mensaje. Ya sé que esto es exagerado, pues la verdad es que, en la teoría de McLuhan (y en la realidad), el medio es una parte del mensaje, pero no su totalidad.
¿Cómo deberíamos, entonces, relacionar, en una misma ecuación, medio, mensaje y fin?
Yo creo que las marcas de ambos autores también han tenido su influencia en la percepción de sus doctrinas.

Maquiavelo es una marca que fonéticamente inspira inquietud. Y eso ha contribuido a que sus teorías hayan pasado a la historia como equivalentes de un modo de proceder astuto, falso y pérfido.
McLuhan, por contra, transmite seguridad y sus enseñanzas parecen emitir señales de confianza y relativa tranquilidad ideológica.
No hay duda de que el efecto de la marca ha sido enorme, ya que, si las analizamos con objetividad, es indiscutible que las posiciones del profesor canadiense son mucho más revolucionarias que las del secretario florentino.

No sería novedad, recordar aquí que la gran aportación de El Príncipe (en contra de lo que el mismo autor defendía en su otra gran obra) fue la defensa del pragmatismo a ultranza en el ejercicio del poder, eliminando cuantos prejuicios morales o éticos podían entrar en conflicto con los intereses últimos del Estado. Este principio fundamental es el que se ha venido traduciendo, a través de los últimos cinco siglos, como "el fin justifica los medios". Método habitual, por otra parte, no ya en la implementación de la política de Estado, sino en la empresarial y, desde luego, en la de las relaciones personales.
La persona más maquiavélica que conozco, por ejemplo, no es, objetivamente, mala. Lo que pasa es que para conseguir sus fines, utiliza cualquier medio a su alcance, despreciando los condicionantes morales convencionales, tales como la lealtad, la fidelidad o el respeto por las propias promesas. Como se hace muy duro convivir en conciencia con un maquiavelismo puro, lo suaviza justificando no sólo los medios que utiliza, sino, también, los propios fines, dotando a éstos de supuestas virtudes morales que ayudan a dar carta de naturaleza a los medios utilizados.
Esta es una evolución muy extendida de una teoría, la propuesta en El Príncipe, que costaba trabajo asimilar en una sociedad, como la nuestra, donde los valores éticos siempre han tenido un elevado peso específico teórico.

Lo de McLuhan, sin embargo, es más llevadero. El medio es el mensaje, defendía. Y esa persona, maquiavélica y mcluhiana ella, transmitía mensajes que contradecían de plano a los medios que utilizaba.
Otra extraordinaria aplicación de la teoría de Marshall McLuhan: utilizar el medio como mensaje, pero siendo portador de uno falso, para conseguir comunicar algo que no se quería asumir (por carecer de respaldo moral positivo), dejando a salvo la literalidad de lo contenido, expresamente, en el mensaje. Toda una obra de arte.

En resumen: que la combinación de las enseñanzas de estos dos influyentes pensadores, cuyas doctrinas tanto han significado en la evolución de la comunicación moderna, tienen, todavía, un largo recorrido de estudio y análisis que dejo para mentes más profundas y analíticas, menos condicionadas que la mía por la proximidad de hechos que, por su cercanía, dificultan la imprescindible objetividad que un ensayo sobre la materia, exige.

Yo seguiré dando la vuelta a la mezcla de ambas teorías. Es una fórmula que me divierte. Consiste en intercambiar los sustantivos de la supuesta frase universal de Maquiavelo, convirtiéndola en un enunciado mucho más interesante, desde mi punto de vista: "Los medios justifican el fin". Aparte de ser un método de trabajo mucho más atractivo y lúdico que el original, es consistente con el principio de McLuhan, que atribuye una importancia capital al medio en sí mismo.

Me gusta más. Y no es tan perjudicial para la salud.

sábado, 10 de julio de 2010

Summertime

Cuando llega el verano, con la jornada intensiva ("¿y qué es eso?", dirán algunos), la publicidad se adormece un poco.
No es verdad que la siesta fuese inventada por Leonard Cohen en una tarde de viernes. Es un rumor sin confirmar. Y tampoco es cierto que el convenio colectivo del sector negociara, años atrás, la siesta obligatoria en julio y agosto a cambio de un par de horas diarias más en invierno.
Sin embargo, hay estudios que relacionan el verano con un determinado tipo de pizza que ya no existe, como también insinúan que Gershwin escribió su célebre partitura sobre la valla de una casa mediterránea en la que se perdió un gato.
Pero nada de esto es importante. La Macarelleta siempre tiene a un viejo hippie observando a las nadadoras que madrugan para huir del barco de su patrón y del puerto que las sobresaltó. El intento de escapar de lo que está tras unos ojos que se empeñan en mirar hacia otro sitio, es una empresa inútil, aunque hay diosas que siempre nacen de la espuma marina.
Hermes, Ares y Hefesto no fueron suficientes para ella. Nada ni nadie lo fue. Las olas borraron sus pasos de la arena de la playa, pero no desaparecieron las otras huellas, las que se grabaron con la ronca voz de Louis Armstrong en la orilla de la tarde.

Sí, la publicidad se relaja en verano. En ese verano que antes tenía 44 tardes y ahora sólo una, interminable.

Mercurio, Marte, Vulcano... todos cayeron antes que las hojas muertas de un otoño que empezó la sexta jornada de septiembre y duró dos años y medio. "Summertime and the livin' is easy"... cantaban Louis y Ella. Pero Fitzgerald ya sabía lo que Armstrong ignoraba. Ella dijo luego que lloró mucho aquella tarde, pero fue Louis el que se marchó, susurrando, en solitario, la canción: "One of these mornings/You're goin' to rise up singing/Then you'll spread your wings/And you'll take the sky". Y se fue sin saber que las alas de Ella ya estaban desplegadas y volaba lejos.

Los osos duermen en invierno, pero las agencias sestean en verano. Fue en verano cuando Publidis y Víctor Sagi sorprendieron a una adormilada industria, varias décadas atrás. Fue a la vuelta del verano cuando aquél anunciante abandonó a su agencia por la puerta trasera.
"Prohibido fijar carteles. Responsable la empresa anunciadora", rezaba el cartel fijado al muro de ladrillo, pero su orgullo y su silencio fueron mayores, como la distancia en la que moría, día a día, Roberto Carlos. Y su agente de publicidad fue embalsamado en vida y trasladado al museo de los horrores, del que salió con el corazón extirpado por taxidermistas de oficio, cuyos ojos no daban crédito al frasco de formol en el que seguía latiendo como si estuviese vivo.

No es raro, no, porque las agencias siempre dejan su corazón, incluso su alma, en las marcas a las que se han entregado. Y los dejan para siempre. No importa quién maneje la cuenta en el futuro. No importa que pase de mano en mano, buscando una mejora económica que suele ser banal.
El corazón del publicitario sigue latiendo en el cuerpo de la que fue su marca. De la que fue su vida. No hay traición que sea lo suficientemente grande como para que deje de quererla. Sólo pide que allá, en el otro mundo, en vez de infierno encuentre gloria. Y la marca sigue viva porque se alimentó de la sangre de su agencia, que se lo dio todo, que se lo perdonó todo... cuando la vida era fácil... y cuando dejó de serlo.

"Summertime and the livin' is easy...", volvió a cantar Porgy. Y Bess guardó silencio... ¿para siempre?

martes, 6 de julio de 2010

El seis de julio

Durante muchos años, el seis de julio fue una fecha importante.
Una fecha en la que siempre pasaban cosas. El lío empezó en 1958, pero tuvo otros momentos álgidos. Como en 1981, en 1997... y hasta en 2006, aunque este último haya sido negado hasta la saciedad.
Nacer es costumbre de los humanos (y de otros muchos seres, claro), por lo que, en buena lógica, no debería ser un hito digno de ser tenido en cuenta. Pero hay efemérides que sí merecen el recuerdo.
En 1981, por ejemplo, una agencia estrenó su nueva vida en España. Casi podríamos decir que empezó su era moderna. Como nadie tomó la precaución de escribirlo con tinta indeleble, sino simpática, es difícil que, treinta años después, esté presente en la pequeña historia contemporánea de la publicidad. Ni siquiera en la aún más pequeña de la propia agencia.
Sin embargo, la agencia, que apenas existía en aquellos días, creció. Creció mucho. Y llegó a ser una de las grandes, a pesar de que nadie apostaba por ella. Lo más probable es que no haya más de una persona en el mundo que lo sepa. No importa. En el sistema binario, el uno es el mayor dígito. Y el binario es un sistema tan bueno como cualquier otro.

Dieciséis años más tarde, en pleno 1997, hubo un regalo. Un regalo que parecía importante. Pero no lo era. Tardó en saberse, desde luego, pero resultó ser un regalo vulgar. De esos que se hacen todos los días, a todas las horas. Lástima que sea de los que no se pueden devolver, porque nunca debió ser aceptado. Fue un regalo interesado. De los que buscan algo a cambio. O sea que, en realidad, no fue un regalo. Nada de lo que se da con la esperanza de obtener algo en contrapartida es un regalo. Como mucho, es un intento de trueque. Una transacción comercial enmascarada. Una publicidad subliminal engañosa, contraria al Estatuto de la Publicidad. ¿Que qué es el Estatuto de la Publicidad? Bueno, eso lo dejaremos para otro día, porque nada tiene que ver con el tema que nos ocupa.
El caso es que el seis de julio de 1997, hasta el alma del poeta de Moguer vibró con entusiasmo. Y eso que llevaba cerca de cuarenta años enterrado. Pero ni Zenobia ni el mismo Premio Nobel habían sido capaces de producir un efecto comparable al de aquel regalo, que parecía fruto de un árbol que nunca hubiese podido crecer en un alma yerma. Las paredes del poeta temblaron de emoción, aunque no eran más que ladrillo y yeso. Yo me creía que estaban hechas de otra cosa. Tonterías mías. Como lo de creerme que el regalo era un regalo.

Luego, en 2006, se repitió el regalo. Pero esta vez, además, estaba envenenado. Con una especie de curare, el veneno de los cazadores de cabezas, que paraliza a sus víctimas y las deja a merced de sus captores. El maldito regalo se impuso a la disminuida voluntad de quien nada podía hacer por rechazarlo, entre celestes fantasías imaginarias. Venenoso y con mecanismo de relojería, activado para explotar en seis meses. La música, apretada al corazón, como la hiedra de Agustín Lara, no dejaba oír el tic-tac del siniestro reloj.

Si don Benito Pérez Galdós hubiese nacido un siglo más tarde, habría cambiado el quinto título de su segunda serie de episodios, restándole un día.
"No creo en el destino", dijo Electra, antes de que los hados la precipitasen a su tragedia fatal.
La nueva Electra modificó el texto de Sófocles y escribió con una flecha impregnada en esa sustancia pastosa, de color pardo, que abunda en la cuenca del Amazonas, una historia delirante que nadie más que ella misma creyó.

La agencia siguió su camino, con la fecha borrada de su bastidor. Los años, cifras al fin, se perdieron en el calor de muchos veranos... 1958... 1981... 1997... 2006...
San Fermín esperó paciente, un año tras otro, a la vuelta de la esquina, para lanzar su chupinazo festivo. "¡Viva San Fermín!", gritaron cien mil gargantas, ahogando con su algarabía la tristeza del poeta en su celeste exilio. "¡Viva!", respondió la multitud.
Entre el bullicio, apenas se distinguía la voz del trovador ciego que acertaba a recitar los versos de Espronceda, al paso del vuelo de una paloma negra:

Gocemos, sí; la cristalina esfera
gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
¿Quién a parar alcanza la carrera
del mundo hermoso que al placer convida?

lunes, 5 de julio de 2010

Se me olvidó otra vez

Nunca he tenido muy buena memoria, es cierto (algunos dicen que afortunadamente), pero tampoco soy como Varela, aquél viejo compañero del Ramiro que era incapaz de recordar nada.
Me acuerdo muy bien de los sueños, por ejemplo. Es raro que sueñe con un delfín o una tortuga y se me olvide. Incluso soy capaz de recordar otros sueños más elaborados y comprometidos, hasta sueños de promesas infinitas que volaron con un viento calculado de perfidia.
Sin embargo, hay cosas que se me olvidan de forma recurrente. Por eso es bueno apoyarte en la rutina. La rutina te ayuda a recordar. Ir a los mismos sitios a los que has estado yendo durante, digamos, cuatro lustros, comer en los mismos restaurantes, andar por las mismas calles, sentarte en los mismos bancos, escuchar la misma música, aparcar el coche junto a los mismos parques...

Hay muy poco apego a la memoria. A la memoria clásica, me refiero. Porque hay otra, la memoria Cheiw, que tiene muchos más adeptos. Y adeptas.
La Cheiw es una memoria elástica. Sus propiedades son singulares, si bien resultan muy convenientes en la mayoría de los casos.
Su principal ventaja no es, en contra de lo que pudiera parecer a primera vista, la extraordinaria elasticidad que desarrolla, sino su adaptabilidad a las circunstancias. Los expertos en memoria Cheiw hacen hincapié en que la elasticidad sin adaptabilidad no es virtud, sino un grave defecto, nada indicado para superar con éxito los avatares que nos depara el destino.
Gracias a la perfecta combinación de ambos atributos (elasticidad + adaptabilidad), la memoria Cheiw se estira justo cuando conviene y se encoge, hasta límites insospechados, en las ocasiones adecuadas (que suelen ser abundantes).
También es preciso destacar que la capacidad de encogerse es mucho más importante que la de alargarse, ya que recordar suele acarrear muchas más complicaciones que olvidar.
La memoria Cheiw es, además, selectiva, cualidad con la que remata su complaciente naturaleza.
Nació junto a la costa mediterránea, pero pronto se extendió por muchas ciudades, de Schwalbach a Bagshot... de Sintra a Montbrió. En Madrid adquirió su máximo esplendor, entre la última década del pasado siglo y los primeros años del nuevo milenio.
Pronto desbancó a la vieja memoria tradicional, muy poco adaptada a unos tiempos en los que las veletas cambian gallos por camaleones.

Pero se me ha ido el hilo de mi historia. Lo que ocurrió fue que mi pobre memoria convencional me jugó una mala pasada. Me empeñé en la rutina habitual en estos casos, la de la canción: no me quise ir, me quedé en el mismo lugar, con la misma gente...
No me sirvió de nada. Se me olvidó otra vez que el desierto es patria de arena, bañada en espejismos. Se me olvidó otra vez que la distancia es el tiempo... que los besos son suspiros.

En el desarrollo del trabajo publicitario es oportuno que el estiramiento de la memoria se produzca, más bien, en el proceso creativo, mientras que debe coincidir el movimiento inverso con la hora de inscribir la pieza en un festival. Son recomendaciones obvias, claro, ya que no quiero ni imaginarme las consecuencias de que los momentos extremos de la elasticidad tuviesen lugar en los mismos instantes, pero al contrario.
Mi amigo Marçal Moliné mantiene que la principal función de la memoria es el olvido. Este postulado es relevante para la publicidad, que no lo tiene suficientemente presente en su trabajo diario, aunque haya profesionales en nuestro sector cuya especialidad es acordarse de olvidar. Una bonita paradoja. Yo, pese a mi perjudicada memoria, tengo bien presente a quien hace de esta figura de pensamiento su modus operandi vitalicio. Y no es un trabajo sencillo el suyo, no, porque corre el riesgo permanente de olvidarse de olvidar, que el olvido es, también, muy traicionero... te falla en cualquier momento y... ¡zas! ya te has acordado de algo que querías olvidar.

Cuando apareció la televisión, muchos creativos fueron olvidándose de la prensa y, más aún, de la radio. Ahora, la pujanza de los medios interactivos digitales acompleja a quienes están convencidos, en su fuero interno, de que la televisión sigue siendo el medio rey. Todos los días leemos que la publicidad "analógica" está sentenciada, muerta... y casi enterrada. No hay foro, conferencia o seminario en el que no se nos asegure que la imparable realidad digital ha dado finiquito a los apolillados y decrépitos comerciales televisivos.
Por eso resulta curioso que los grandes festivales, cuyas categorías se han reproducido como por esporas, sigan poniendo a la "vieja" televisión en el lugar de honor de sus programas. También es llamativo que muchos sean tan cabezotas y sigan considerando como los más valiosos a los premios conseguidos en esta disciplina. Deben ser cosas de los desmemoriados publicitarios.
Se ve que se les olvidó otra vez que la televisión ha muerto.
Como a mí, que se me olvidó otra vez que el dos puede ser un número impar.

domingo, 20 de junio de 2010

Cómo luchar contra uno mismo y perder

No hay lucha tan desigual como la que libramos contra nosotros mismos.
David tuvo una honda para combatir a Goliat y Leónidas dispuso de unas Termópilas en las que hacerse fuerte frente a Jerjes, pero nuestras defensas se muestran ridículas cuando se trata de protegernos de nuestro propio yo.
El ser humano está condenado a pelear contra sus dudas, sus prejuicios, sus debilidades, sus complejos y, sobre todo, contra su experiencia. La experiencia es dañina. Es una adormidera que impide el libre desarrollo de la creatividad. El conocimiento de las previsibles consecuencias de cada acto, limita eficazmente nuestra capacidad de innovar. Cuanto más conscientes somos de los frenos, de las dificultades que tenemos ante nosotros, menos preparados estamos para superarlos.

Ella comenzó a luchar contra sí misma siendo demasiado joven. Eso tiene un riesgo añadido: las primeras batallas se ganan siempre, porque el yo es todavía débil. No tiene fuerzas suficientes para resistir los embates de una juventud pletórica de sueños y hormonas. Pero beber en las fuentes de Bimini no garantiza la felicidad.
Gonzalo y Fonseca hablaron de una utopía que pudo parecer real en unos tiempos en los que la tristeza no daba tregua a la verdad. La guerra fue larga, extenuante. Todas las reservas se le fueron agotando y la pólvora de su otrora poderosa munición se empapó de lágrimas.
Quiso rendirse varias veces, pero siempre pasaba algo que lo impedía. Pidió ayuda... y ella misma se la negó. Él nunca la abandonó a su suerte, pero ella no necesitaba enemigos porque sabía cómo traicionarse sola.
Con el paso del tiempo, sus nombres han cambiado, aunque poco importa ya eso. A nadie le interesa que la inicial se repita en un juego de humor macabro.

Él también perdió su particular Guerra de los 20 Años (¿o eran 30?), pero sin Paz de Westfalia ni nada. Tantos años de contienda interior le dejaron devastada el alma y el corazón en bancarrota.
Nadie les había mandado luchar contra ellos mismos, ya les habían advertido de lo inasequible de su afán, pero de poco sirvieron las recomendaciones, transmitidas desde las posiciones más diversas y codificadas en los lenguajes más heterogéneos.

Pasa mucho en nuestro mundo. Las agencias pelean contra su historia, contra sus éxitos, contra su cuenta de resultados. La publicidad ha escrito tantas páginas brillantes en los libros sagrados de la comunicación comercial, que ya casi no tiene hojas en blanco que rellenar.
Una lucha desigual donde las haya. Como la que la fantasía de Gonzalo y Fonseca libró contra ella misma. Una lucha condenada a un final tan poco halagüeño que ni el legado semántico de Pirro envidiaría.
Y, sin embargo, es el destino de esas utopías que miran para otro lado cuando van acompañadas. Y también el de los creativos, el de las agencias, el de los anunciantes, incluso... que deberán combatir eternamente contra su propio yo, en esa permanente disputa a la que la naturaleza nos aboca sin remedio.

Ella lo sabía. Sabía que no hay victoria posible en este empeño porque, aunque triunfemos, siempre salimos derrotados. Tal vez por eso cuentan que el mismo cielo se estremecía al oír su llanto... o su risa, que es peor.

martes, 15 de junio de 2010

El té de las ocho

El té solía ser a las ocho. Lo de las cinco es una leyenda urbana. Y si no, que se lo digan a Juan Ramón Jiménez, que se los tomó casi todos.
Cierto es que Platero era pequeño, peludo, suave... y tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos. Pero nunca se enteró de nada. Ni del té ni de nada.
Y es que no era fácil enterarse. ¡Tantos años dando por hecho que el té se tomaba a las cinco y resulta que era a las ocho!
El caso es que hay muchos borricos que no se dan cuenta de lo que pasa a su alrededor. Borricos que se equivocan, como aquel pájaro (no recuerdo qué tipo de pájaro era) que por ir al Norte fue al Sur. Sí, ése que creyó que el mar era el cielo y la noche la mañana. Se equivocaba completamente.

Pero centrémonos en los burros. Yo tuve uno. Tan identificado estaba con él que hubo quien nos confundió. Y no me extraña, la verdad, porque ninguno de los dos nos enterábamos de nada.
Empeñados durante años, por ejemplo, en que el té no estaba envenenado. En que las estrellas eran rocío. Nos equivocábamos.
Claro que debo reconocer que mi burro era muy cabezota, un poco atolondrado y bastante cegato. No veía lo que tenía delante de su hocico. Y eso que todo el mundo afirmaba que era un burro listo. ¡Qué pollino tan inteligente tienes!, me decían. Yo me lo creía, desde luego, como nos lo creemos todos los dueños de burros, porque nos hace ilusión pensar que nuestro asno es el más espabilado del mundo. Es lo que tiene ser dueño de un burro, que te acabas creyendo que es el mejor. Siempre pasa lo mismo.
No puedo negar que el mío era bastante tonto. Se tragaba cuantos embustes le contaban. Una vez me dijeron que se había enamorado de una loba y yo, como todavía no había leído a Clarissa Pinkola, no me lo creí. Andaba yo, por aquellas fechas, ocupado con multinacionales y asociaciones, por lo que mi reputación no me permitía aceptar la existencia de brujas. Sin embargo, era cierto. Mi pobre burro, tan parecido a mí el insensato (no tanto en el físico como en el espíritu), había caído con todas las de la ley.
Entonces fue cuando aprendí que las lobas saben tejer unas telas de araña tupidas y pegajosas, de las que los borricos no pueden escapar. Es una técnica muy sofisticada y eficaz, porque, así, pueden ir devorándolos, poco a poco, a lo largo de muchos años.
A veces los alimentan con té, para que duren más. Dándoles siempre su ración a las ocho en punto, por supuesto.

Mi burro hizo carrera. Llegó a presidir una agencia americana, la Donkey Advertising. Y hasta la ADA (American Donkey Association), pero la loba se lo merendó sin remilgos. Tacita a tacita, como Carmen Maura.
Fue, también, un asno viajero y tomó el té por toda España y media Europa, pero el que más le gustaba era el del veneno, el té de las ocho. Ya he dicho que era muy testarudo.
Cuando salió de Donkey Advertising, ya llevaba años atrapado, así que volvió a equivocarse, igual que el pájaro. Que si el trigo era agua... que si la calor la nevada...
Como Juan Ramón Jiménez había muerto hacía mucho y Brasil era un recuerdo, acabó pasando largas tardes solitarias teñido de un azul muy pálido, tan pálido como el veneno de ese té que ya le había destruido las entrañas. Por eso nadie se sorprendió cuando se durmió en la orilla, mientras que su amo seguía soñando en la cumbre de una rama.

En resumen, que los dos se equivocaban... ¡mira que creer que tu corazón era su casa!

lunes, 7 de junio de 2010

Caruso

Cuenta Lucio Dalla que el gran tenor volvió a su ciudad natal al final de su vida.
La belleza del golfo de Sorrento es inmensa. Capaz de enmudecer el alma. Allí, sobre una vieja terraza, Caruso abrazaba a una muchacha de ojos verdes como el mar:
"Te voglio bene assaie... ma tanto tanto bene, sai... è una catena ormai che scioglie il sangue dint'e vene, sai..."
Desde aquel lugar, todo parece pequeño. Hasta los recuerdos de los años de gloria... de los años en los que el futuro existía.
Muchas veces me he preguntado si hay un lugar mejor en el mundo que ése para terminar la vida.
Tarde o temprano hay que mirar hacia atrás, a ser posible donde el mar reluce y sopla fuerte el viento, y, siempre, junto a dos ojos que te hagan olvidar las palabras y confundan tus pensamientos.
Da igual que hayas sido el más grande entre los grandes. No importa que tu fama fuera enorme y tu fortuna infinita. Aquí, frente al golfo de Sorrento, envuelto por la voz de Pavarotti, todo parece pequeño. Todo es pequeño.

Muchos publicitarios, muchas agencias, muchos anunciantes... muchos jurados, fueron los que se quedaron en una terraza como aquella, esperando en vano que la estela que se alejaba diese la vuelta. Pero ya el universo de la publicidad del siglo XX se había hecho pequeño. El mar era cada vez más grande, la sangre cada vez más líquida en las venas... y la cadena tenía innumerables eslabones.
No es eso lo grave, pensaron algunos que lo vieron claro, mientras el rastro de espuma dejaba una línea de diamantes sobre las aguas, sino que quienes debieran estar a la vanguardia de la creatividad no se den cuenta de que el mundo está cambiando y no sean capaces de ver estelas de platino en los caminos marinos y aéreos que unen lugares tan distantes como, por ejemplo, Canarias y Reykjavik.

Se me ocurren varios nombres de viejos poetas, músicos... y publicitarios que podrían protagonizar la escena que describe Lucio Dalla. Pero, por encima de todos, hay uno que se me viene a la cabeza en un día como hoy. Ya lo imagino, con su pelo blanco al viento, iluminado por la luz de la luna que acaba de aparecer tras una nube y la mirada perdida en el Vesubio, ese volcán silenciado por los prejuicios, que está deseando explotar en algún corazón dormido.
A la que no soy capaz de ver es a la muchacha de ojos verdes como el mar. No, no veo sus ojos mirándole, così vicini e veri...
Me da la impresión de que el viejo publicitario está solo, abrazado a unos recuerdos lejanos, de oro, plata, bronce y sueños, en los que su gloria se bañaba en otros mares. Ahora mira hacia atrás y ve su vida como la estela de una hélice. Sí, es la vida que se acaba...

En la publicidad todo dura poco. A veces muy poco, poquísimo. Hasta hay cosas tan efímeras que no llegan a durar ni veinte años.