Esta vieja canción, que hicieran célebre Adán Gainsbourg y Eva Birkin, hace ya bastantes milenios, es la que mejor describe las relaciones personales desde el principio de los tiempos.
Cuando Serge, descendiente directo de Adán, hizo sus arreglos y cambió los papeles originales para hacerla más comercial, popularizó una melodía que ya estaba arraigada en todos los corazones de la raza humana.
Lo curioso es que también se ha convertido en el himno a las relaciones entre agencias y anunciantes.
Las agencias, como Adán antes de probar aquella siniestra fruta, amaban a sus clientes.
Eva Birkin, la directora de marketing de Garden of Eden (la gran multinacional que tantos éxitos obtuvo con su línea Paradise) también quería a su agencia. La quería y la necesitaba. Más que trabajar juntos, disfrutaban con lo que hacían. Y los resultados eran excelentes. Lo fueron durante mucho tiempo. Tal vez demasiado, porque Eva empezó a aburrirse de que todo fuese tan bien.
Y el “moi non plus” empezó a tomar cuerpo.
Dicen que escuchó a un consultor, de singular apariencia, que vendía la fruta de la supuesta sabiduría del marketing. Una fruta que producía inquietud. Que creaba dudas donde siempre hubo seguridad. ¿Y si existiese una agencia mejor?, se preguntó Eva Birkin.
Y, como muchas impacientes hacen tarde o temprano, mordió esa manzana que siempre lleva impresa la palabra “kallisti”. Esa manzana que todas las evas del mundo, se llamen Hera, Atenea o Afrodita, creen destinada a sí mismas.
Cuando un anunciante cae en esa tentación, no hay adán que se resista: todos muerden la fruta dorada y se entregan al Juicio de Paris que, a fin de cuentas, no fue más que un concurso... aunque acabase en la Guerra de Troya.
Ya lo decía Serrat: No hay nada mas bello que lo que nunca he tenido, nada mas amado que lo que perdí...
Serrat y Gainsbourg, dos sabios del marketing, dos conocedores de la naturaleza humana... de la naturaleza empresarial. De esa naturaleza que nos impide ser felices con lo que tenemos y nos empuja a buscar fuera lo que está dentro.
¡Cuántos anunciantes, cuántas evas se han perdido en esta provocación al destino! Y, mientras tanto, las agencias, los adanes del mundo, repitiendo inútilmente: Je t’aime...
Claro que, de tanto insistir en sus errores, se los acaban creyendo. Acaban pensando que hicieron bien, que el concurso era inevitable, que su agencia les había empezado a fallar, que no solucionaba su problema... sin darse cuenta de que su problema era suyo, que lo tenían en casa desde hacía mucho tiempo. Muchas de esas evas buscaron una agencia para que les hiciera un trabajo que debían haber hecho ellas. Exigieron fidelidad, lealtad y lo que dieron a cambio fue tan sólo superficial... material.
No es de extrañar que Uriel acabase empuñando la espada de fuego. Demasiada impaciencia, demasiada ambición, demasiada codicia para que Eva Birkin pudiera resistir entre el Tigris y el Éufrates de su orgullo. Garden of Eden la había despedido. Nunca debió comer de esa fruta envenenada y perversa que la hizo contestar a su agencia, con voz suave y melodiosa: Lo siento... moi non plus.
miércoles, 10 de marzo de 2010
domingo, 31 de enero de 2010
En una galaxia muy lejana
Hace muchos millones de años, en una galaxia muy, muy lejana, existió una civilización casi idéntica a la nuestra.
Esa civilización poblaba un remoto lugar de un recóndito sistema solar, cuya única señal de vida se encontraba, precisamente, en el tercer planeta de los nueve que giraban alrededor de su astro central.
Durante milenios, la civilización se fue desarrollando hasta alcanzar un grado asombroso de sofisticación que, sin embargo, contrastaba con una curiosa barbarie (tal vez congénita) de sus habitantes, que les impulsaba, sin remedio, a matarse entre ellos, de cuando en cuando.
En un momento dado de su historia, la sociedad de consumo imperante en la mayor parte de ese planeta, que utilizaba herramientas de marketing muy similares a las nuestras, tenía establecido un sistema de comunicación comercial entre fabricantes y consumidores, que se apoyaba en unos medios de comunicación social de gran penetración y en unas ingeniosas y eficacísimas organizaciones profesionales, que recibían la muy apropiada denominación de “agencias de publicidad de servicios plenos”.
Esta fórmula funcionó a la perfección, durante muchas décadas, en aquella remota galaxia. Las empresas que producían los productos y servicios eran conocidas como anunciantes y, tanto ellas como los medios, se mostraban muy satisfechos con aquellas agencias de servicios plenos. La publicidad se desarrolló hasta cotas insospechadas. Las inversiones de los anunciantes en los medios, realizadas siempre a través de las agencias, crecían año tras año. La capacidad creativa de los profesionales de las agencias también crecía y el conjunto del sector llegó a producir grandes beneficios, tanto económicos como profesionales, en los tres grandes actores (anunciantes, agencias y medios) de lo que, en aquella galaxia tan lejana, se llamó actividad publicitaria.
Pero un día alguien tuvo una idea: crear una “central creativa”. Puesto que la mayor parte del negocio se concentraba en torno a los medios, era evidente que ésta era la parte sustancial de la actividad publicitaria, así que era probable que a las agencias no les molestase que unos cuantos creativos (que podríamos considerar intrusos, ya que venían de otros sectores profesionales ajenos a la publicidad) distrajeran del negocio principal de las agencias, a modo de prueba, algo tan banal como la creatividad, que apenas ocupaba el diez por ciento de los recursos económicos que los anunciantes dedicaban a su publicidad.
Algunos anunciantes acogieron con cierto interés el experimento y probaron, aunque la gran mayoría permaneció, en una primera fase, fiel al sistema tradicional, que tantas satisfacciones les había proporcionado. Las agencias, por su parte, miraron con desdén y cierto aire de superioridad a esas incipientes centrales creativas, a las que ni siquiera consideraban parte de la profesión publicitaria.
Sin embargo, nadie sabe muy bien por qué, en aquel confín del universo, y en contra de toda lógica empresarial y profesional, las centrales creativas fueron creciendo inexorablemente. Como concentraban el trabajo creativo de muchos anunciantes, empezaron a bajar los precios hasta niveles insólitos: en algunas ocasiones llegaban a trabajar a coste cero para el cliente, remunerándose a base de obtener descuentos extraordinarios de sus proveedores, a los que presionaban con la fuerza de su volumen de negocio. La reacción de los anunciantes del Planeta Azul (así era conocido el tercer planeta de ese sistema solar tan distante del nuestro) fue sorprendente. No les importó la evidente falta de transparencia de sus nuevos vendedores de servicios creativos. Tampoco pusieron pegas a que trabajasen para empresas competidoras de la suya propia (en contra de la estricta política de conflictos que mantenían con sus agencias). Lo que sí sucedió fue que empezaron a regatear los honorarios que venían pagando a quienes hasta hacía poco llamaban sus “socios estratégicos” (el viejo sistema de comisiones sobre la inversión en medios ya había desaparecido). Y, como habían dejado de sentirse unidos a sus agencias, convocaban concursos especulativos cada vez que tenían el proyecto de iniciar una nueva campaña.
Como era de esperar, todo el sistema se vino abajo. Las agencias no pudieron mantener la calidad de sus otrora brillantes servicios de medios. Los anunciantes cada vez pagaban menos, pero obtenían unos servicios de calidad menguante que no contribuían, como antaño, a fortalecer sus marcas y defenderse del creciente poder de una distribución planetizada (en el Planeta Azul no se decía “globalizada”, porque su forma no era perfectamente esférica, al estar un poco achatado por los polos). Incluso unos años antes del “gran crack”, las centrales creativas cambiaron su denominación por la de “agencias creativas”…
No sabemos mucho más de aquella gran civilización que existió, hace millones de años, en una galaxia muy, muy lejana. Desapareció en un gran agujero negro. Pero, pese a lo que dicen algunas teorías algo radicales, no parece probable que la causa de su desaparición estuviera en sus aberraciones publicitarias. Tal vez fue algún meteorito, como pasó en nuestra Tierra con los dinosaurios…
En cualquier caso, es curioso que dos civilizaciones tan parecidas, aunque tan lejanas, hayan tenido dos evoluciones tan distintas en algo tan concreto como la actividad publicitaria de uno y otro planeta. Menos mal que nosotros, los humanos, hemos sido más inteligentes y no hemos caído en un error tan brutal, tan de bulto y tan evidente. Yo no creo que, como dicen algunos, haya algo en esta historia que nos resulte familiar. Barbaridades como ésta nunca serían posibles en nuestro mundo.
Es que hay civilizaciones que no aprenderán nunca.
Esa civilización poblaba un remoto lugar de un recóndito sistema solar, cuya única señal de vida se encontraba, precisamente, en el tercer planeta de los nueve que giraban alrededor de su astro central.
Durante milenios, la civilización se fue desarrollando hasta alcanzar un grado asombroso de sofisticación que, sin embargo, contrastaba con una curiosa barbarie (tal vez congénita) de sus habitantes, que les impulsaba, sin remedio, a matarse entre ellos, de cuando en cuando.
En un momento dado de su historia, la sociedad de consumo imperante en la mayor parte de ese planeta, que utilizaba herramientas de marketing muy similares a las nuestras, tenía establecido un sistema de comunicación comercial entre fabricantes y consumidores, que se apoyaba en unos medios de comunicación social de gran penetración y en unas ingeniosas y eficacísimas organizaciones profesionales, que recibían la muy apropiada denominación de “agencias de publicidad de servicios plenos”.
Esta fórmula funcionó a la perfección, durante muchas décadas, en aquella remota galaxia. Las empresas que producían los productos y servicios eran conocidas como anunciantes y, tanto ellas como los medios, se mostraban muy satisfechos con aquellas agencias de servicios plenos. La publicidad se desarrolló hasta cotas insospechadas. Las inversiones de los anunciantes en los medios, realizadas siempre a través de las agencias, crecían año tras año. La capacidad creativa de los profesionales de las agencias también crecía y el conjunto del sector llegó a producir grandes beneficios, tanto económicos como profesionales, en los tres grandes actores (anunciantes, agencias y medios) de lo que, en aquella galaxia tan lejana, se llamó actividad publicitaria.
Pero un día alguien tuvo una idea: crear una “central creativa”. Puesto que la mayor parte del negocio se concentraba en torno a los medios, era evidente que ésta era la parte sustancial de la actividad publicitaria, así que era probable que a las agencias no les molestase que unos cuantos creativos (que podríamos considerar intrusos, ya que venían de otros sectores profesionales ajenos a la publicidad) distrajeran del negocio principal de las agencias, a modo de prueba, algo tan banal como la creatividad, que apenas ocupaba el diez por ciento de los recursos económicos que los anunciantes dedicaban a su publicidad.
Algunos anunciantes acogieron con cierto interés el experimento y probaron, aunque la gran mayoría permaneció, en una primera fase, fiel al sistema tradicional, que tantas satisfacciones les había proporcionado. Las agencias, por su parte, miraron con desdén y cierto aire de superioridad a esas incipientes centrales creativas, a las que ni siquiera consideraban parte de la profesión publicitaria.
Sin embargo, nadie sabe muy bien por qué, en aquel confín del universo, y en contra de toda lógica empresarial y profesional, las centrales creativas fueron creciendo inexorablemente. Como concentraban el trabajo creativo de muchos anunciantes, empezaron a bajar los precios hasta niveles insólitos: en algunas ocasiones llegaban a trabajar a coste cero para el cliente, remunerándose a base de obtener descuentos extraordinarios de sus proveedores, a los que presionaban con la fuerza de su volumen de negocio. La reacción de los anunciantes del Planeta Azul (así era conocido el tercer planeta de ese sistema solar tan distante del nuestro) fue sorprendente. No les importó la evidente falta de transparencia de sus nuevos vendedores de servicios creativos. Tampoco pusieron pegas a que trabajasen para empresas competidoras de la suya propia (en contra de la estricta política de conflictos que mantenían con sus agencias). Lo que sí sucedió fue que empezaron a regatear los honorarios que venían pagando a quienes hasta hacía poco llamaban sus “socios estratégicos” (el viejo sistema de comisiones sobre la inversión en medios ya había desaparecido). Y, como habían dejado de sentirse unidos a sus agencias, convocaban concursos especulativos cada vez que tenían el proyecto de iniciar una nueva campaña.
Como era de esperar, todo el sistema se vino abajo. Las agencias no pudieron mantener la calidad de sus otrora brillantes servicios de medios. Los anunciantes cada vez pagaban menos, pero obtenían unos servicios de calidad menguante que no contribuían, como antaño, a fortalecer sus marcas y defenderse del creciente poder de una distribución planetizada (en el Planeta Azul no se decía “globalizada”, porque su forma no era perfectamente esférica, al estar un poco achatado por los polos). Incluso unos años antes del “gran crack”, las centrales creativas cambiaron su denominación por la de “agencias creativas”…
No sabemos mucho más de aquella gran civilización que existió, hace millones de años, en una galaxia muy, muy lejana. Desapareció en un gran agujero negro. Pero, pese a lo que dicen algunas teorías algo radicales, no parece probable que la causa de su desaparición estuviera en sus aberraciones publicitarias. Tal vez fue algún meteorito, como pasó en nuestra Tierra con los dinosaurios…
En cualquier caso, es curioso que dos civilizaciones tan parecidas, aunque tan lejanas, hayan tenido dos evoluciones tan distintas en algo tan concreto como la actividad publicitaria de uno y otro planeta. Menos mal que nosotros, los humanos, hemos sido más inteligentes y no hemos caído en un error tan brutal, tan de bulto y tan evidente. Yo no creo que, como dicen algunos, haya algo en esta historia que nos resulte familiar. Barbaridades como ésta nunca serían posibles en nuestro mundo.
Es que hay civilizaciones que no aprenderán nunca.
sábado, 2 de enero de 2010
La nueva vida de Amparo Pastor
Amparo Pastor no podía dar crédito a lo que estaba viviendo. Todo había cambiado en unas cuantas horas y era evidente que nada de lo que pasaba a su alrededor tenía cabida dentro del mundo de la lógica.
Decidió recapitular y tratar de poner orden a unos acontecimientos que se habían precipitado de forma aparentemente inconexa.
Apenas un par de días antes había recibido una felicitación navideña, sin remite, que decía, lacónicamente: "Año Nuevo, vida nueva". Desde luego, no le había dado importancia alguna. Para ella, ese texto no era nada más que una frase hecha, muy poco original, por cierto. Nunca hubiese podido pensar que se trataba de una orden... o de una premonición.
Sin embargo, era cierto que no lograba quitársela de la cabeza desde el mismo momento en que la había leído.
Por otra parte, su agencia había sido un negocio próspero durante las últimas dos décadas. Veinte años de éxitos con clientes, de premios en festivales, de reconocimiento público... nada hacía presagiar que los problemas que tanto alertaban a colegas muy próximos pudieran afectar gravemente a T 4 2, su exitosa agencia de publicidad.
Así que se tomó las doce uvas, como todos los años, en unos de esos lugares exóticos y lujosos que solía frecuentar desde que era rica y famosa.
Pero no podía quitarse la dichosa frase de la cabeza.
Cuando fue a brindar por el nuevo año, su copa estaba boca abajo, lo que provocó que un incómodo fantasma cruzase su mente por unos instantes. Fue sólo un momento. Pronto recuperó su alma de esfinge y desterró con presteza cualquier sombra molesta que pudiera empañar sus firmes propósitos para el futuro. Para ese futuro que, para algunos, llega siempre muy deprisa, mientras que, para otros, nunca acaba de llegar.
"Todo está atado y bien atado", se dijo a sí misma, rememorando una frase célebre de los últimos días del viejo régimen. Entonces, ¿por qué se removía esa inquietud en su interior? A las doce y un segundo sonó su teléfono móvil: era un mensaje. "Número oculto", se leía en la pantalla. El texto eran sólo cuatro palabras: "Año Nuevo, vida nueva".
La fiesta duró hasta la mañana siguiente. El Veuve Clicquot Rosé dejó paso a un desayuno con fresas y estrellas doradas, mientras amanecía en cubierta. Los pequeños corazones esparcidos sobre el mantel parecían menos rojos que nunca.
Un día más tarde, ya frente a la gran ventana de su despacho, vio en su agenda ese "Enero 2: ¡Increíble!" que no sabía por qué seguía guardando, un año tras otro.
Telestar, el principal cliente de T 4 2, anunció esa misma semana su intención de convocar un gran concurso mundial de ideas, para "explorar nuevas vías, acordes con los planes futuros de la marca". Su otro gran cliente, G&P, decidió, por primera vez en su historia, dar un giro radical a su publicidad y cambió de red a nivel global. El tercero en ingresos, Turismo del Sur, canceló su cuenta, alegando una decisión política fulminante, ante el previsible cambio de Gobierno.
Así que Amparo Pastor comenzó una nueva vida. No tuvo más remedio. Veinte años de éxitos no habían servido para nada. Quedaban olvidados en un instante. De nada sirvieron sus llamadas de teléfono, sus ruegos, sus peticiones de una nueva oportunidad. No hubo piedad. Todo lo que su agencia había dado a sus clientes durante tanto tiempo estaba olvidado. Había muerto. El nuevo orden no daba tregua. Lo que había sido bueno hasta entonces, ahora era malo, inútil, insuficiente...
Parecía injusto. Muy injusto. Amparo Pastor se hubiese echado a llorar, si hubiese recordado cómo hacerlo... pero ya no se acordaba: tantos años de éxito habían desconectado sus sentimientos, su visión de la realidad.
La agencia se había hundido. Su eterno proyecto de futuro se había convertido en humo. Como ese marlboro que había vuelto a sus manos, tras años de ausencia. Se miró al espejo. Estaba mayor. Amparo Pastor se sentó, llevó a sus labios la taza de té que ya nadie le preparaba y suspiró, mientras pensaba en qué se había equivocado.
Su nueva vida había comenzado. El problema era que, a eso, ya no se le podía llamar vida.
Decidió recapitular y tratar de poner orden a unos acontecimientos que se habían precipitado de forma aparentemente inconexa.
Apenas un par de días antes había recibido una felicitación navideña, sin remite, que decía, lacónicamente: "Año Nuevo, vida nueva". Desde luego, no le había dado importancia alguna. Para ella, ese texto no era nada más que una frase hecha, muy poco original, por cierto. Nunca hubiese podido pensar que se trataba de una orden... o de una premonición.
Sin embargo, era cierto que no lograba quitársela de la cabeza desde el mismo momento en que la había leído.
Por otra parte, su agencia había sido un negocio próspero durante las últimas dos décadas. Veinte años de éxitos con clientes, de premios en festivales, de reconocimiento público... nada hacía presagiar que los problemas que tanto alertaban a colegas muy próximos pudieran afectar gravemente a T 4 2, su exitosa agencia de publicidad.
Así que se tomó las doce uvas, como todos los años, en unos de esos lugares exóticos y lujosos que solía frecuentar desde que era rica y famosa.
Pero no podía quitarse la dichosa frase de la cabeza.
Cuando fue a brindar por el nuevo año, su copa estaba boca abajo, lo que provocó que un incómodo fantasma cruzase su mente por unos instantes. Fue sólo un momento. Pronto recuperó su alma de esfinge y desterró con presteza cualquier sombra molesta que pudiera empañar sus firmes propósitos para el futuro. Para ese futuro que, para algunos, llega siempre muy deprisa, mientras que, para otros, nunca acaba de llegar.
"Todo está atado y bien atado", se dijo a sí misma, rememorando una frase célebre de los últimos días del viejo régimen. Entonces, ¿por qué se removía esa inquietud en su interior? A las doce y un segundo sonó su teléfono móvil: era un mensaje. "Número oculto", se leía en la pantalla. El texto eran sólo cuatro palabras: "Año Nuevo, vida nueva".
La fiesta duró hasta la mañana siguiente. El Veuve Clicquot Rosé dejó paso a un desayuno con fresas y estrellas doradas, mientras amanecía en cubierta. Los pequeños corazones esparcidos sobre el mantel parecían menos rojos que nunca.
Un día más tarde, ya frente a la gran ventana de su despacho, vio en su agenda ese "Enero 2: ¡Increíble!" que no sabía por qué seguía guardando, un año tras otro.
Telestar, el principal cliente de T 4 2, anunció esa misma semana su intención de convocar un gran concurso mundial de ideas, para "explorar nuevas vías, acordes con los planes futuros de la marca". Su otro gran cliente, G&P, decidió, por primera vez en su historia, dar un giro radical a su publicidad y cambió de red a nivel global. El tercero en ingresos, Turismo del Sur, canceló su cuenta, alegando una decisión política fulminante, ante el previsible cambio de Gobierno.
Así que Amparo Pastor comenzó una nueva vida. No tuvo más remedio. Veinte años de éxitos no habían servido para nada. Quedaban olvidados en un instante. De nada sirvieron sus llamadas de teléfono, sus ruegos, sus peticiones de una nueva oportunidad. No hubo piedad. Todo lo que su agencia había dado a sus clientes durante tanto tiempo estaba olvidado. Había muerto. El nuevo orden no daba tregua. Lo que había sido bueno hasta entonces, ahora era malo, inútil, insuficiente...
Parecía injusto. Muy injusto. Amparo Pastor se hubiese echado a llorar, si hubiese recordado cómo hacerlo... pero ya no se acordaba: tantos años de éxito habían desconectado sus sentimientos, su visión de la realidad.
La agencia se había hundido. Su eterno proyecto de futuro se había convertido en humo. Como ese marlboro que había vuelto a sus manos, tras años de ausencia. Se miró al espejo. Estaba mayor. Amparo Pastor se sentó, llevó a sus labios la taza de té que ya nadie le preparaba y suspiró, mientras pensaba en qué se había equivocado.
Su nueva vida había comenzado. El problema era que, a eso, ya no se le podía llamar vida.
Con nocturnidad y bastante alevosía
No han sido suficientes las voces que se han alzado contra la anunciada muerte de una época. Contra el sacrificio incruento de quien se ha convertido, merced a esa ley creada para favorecer a los menos a costa de los más, en el instrumento para castigar a las verdaderas víctimas, que no son otros que la sociedad indisoluble formada por anunciantes y consumidores.
Muchas y variadas han sido las falacias vertidas por quienes tenían que esconder sus verdaderos motivos, tras los argumentos demagógicos utilizados para masajear las meninges ciudadanas con el bálsamo del "SinPubli".
Es curioso que ni el Gobierno ni la televisión pública se hayan preocupado nunca por reducir el abuso de la publicidad en los medios audiovisuales, ya fuesen públicos o privados. Es curioso que siempre hayan sido los anunciantes y los propios consumidores los que hayan tenido que denunciar esos usos excesivos. Y, casi siempre, sin éxito. ¿Dónde estaban entonces los nobles argumentos ahora esgrimidos? ¿Dónde estaba el "porque tú lo quieres así"?
Debo reconocer que a mí me gusta la publicidad. Me gusta mucho. Y creo que la publicidad es tan buena que hasta la mala publicidad es buena. Menos buena, pero también es buena.
El mal nunca estuvo en la publicidad (como no suele estar en casi nada), sino en su mal uso. Y, sobre todo, en el abuso que se hace de ella muchas veces. Abuso del que ni TVE ni el Gobierno han estado libres de culpa.
La consecuencia evidente que esta ley interesada y parcial tendrá es el encarecimiento de la publicidad. Y su pérdida de efectividad. Favorecerá al oligopolio mediático y perjudicará al libre mercado y a la competencia. Los damnificados iniciales serán los anunciantes, pero que no se nos oculte que, los verdaderos y últimos perjudicados seremos todos los consumidores.
Gracias por defendernos tanto, señores del Gobierno. Veremos las películas sin cortes publicitarios, supongo. Pero es que también podíamos haberlas visto antes así (o con cortes breves, que es aún mejor) si ustedes lo hubiesen querido.
Dicen que sí tendrán espacios de autopromoción, pero... ¿para qué necesitan promocionarse, si ya no tienen que luchar por la audiencia? ¿O sí tienen que hacerlo? También aseguran que sí habrá campañas de interés público en TVE. Veremos cómo manejan lo que se nos viene encima.
Les deseamos mucha suerte. Nos deseamos mucha suerte. Porque nos va a hacer falta.
La otra noche murió. Como el Caballero de Olmedo. De noche y con bastante alevosía. Sombras le avisaron. Pero otros, la mayoría, se quedaron en casa.
Descanse en paz la publicidad en TVE.
Muchas y variadas han sido las falacias vertidas por quienes tenían que esconder sus verdaderos motivos, tras los argumentos demagógicos utilizados para masajear las meninges ciudadanas con el bálsamo del "SinPubli".
Es curioso que ni el Gobierno ni la televisión pública se hayan preocupado nunca por reducir el abuso de la publicidad en los medios audiovisuales, ya fuesen públicos o privados. Es curioso que siempre hayan sido los anunciantes y los propios consumidores los que hayan tenido que denunciar esos usos excesivos. Y, casi siempre, sin éxito. ¿Dónde estaban entonces los nobles argumentos ahora esgrimidos? ¿Dónde estaba el "porque tú lo quieres así"?
Debo reconocer que a mí me gusta la publicidad. Me gusta mucho. Y creo que la publicidad es tan buena que hasta la mala publicidad es buena. Menos buena, pero también es buena.
El mal nunca estuvo en la publicidad (como no suele estar en casi nada), sino en su mal uso. Y, sobre todo, en el abuso que se hace de ella muchas veces. Abuso del que ni TVE ni el Gobierno han estado libres de culpa.
La consecuencia evidente que esta ley interesada y parcial tendrá es el encarecimiento de la publicidad. Y su pérdida de efectividad. Favorecerá al oligopolio mediático y perjudicará al libre mercado y a la competencia. Los damnificados iniciales serán los anunciantes, pero que no se nos oculte que, los verdaderos y últimos perjudicados seremos todos los consumidores.
Gracias por defendernos tanto, señores del Gobierno. Veremos las películas sin cortes publicitarios, supongo. Pero es que también podíamos haberlas visto antes así (o con cortes breves, que es aún mejor) si ustedes lo hubiesen querido.
Dicen que sí tendrán espacios de autopromoción, pero... ¿para qué necesitan promocionarse, si ya no tienen que luchar por la audiencia? ¿O sí tienen que hacerlo? También aseguran que sí habrá campañas de interés público en TVE. Veremos cómo manejan lo que se nos viene encima.
Les deseamos mucha suerte. Nos deseamos mucha suerte. Porque nos va a hacer falta.
La otra noche murió. Como el Caballero de Olmedo. De noche y con bastante alevosía. Sombras le avisaron. Pero otros, la mayoría, se quedaron en casa.
Descanse en paz la publicidad en TVE.
viernes, 1 de enero de 2010
El 'Espíritu Navideño'
En aquellos tiempos, la Navidad era otra cosa.
Uno no se daba cuenta de que había llegado la Navidad hasta que una mañana se despertaba oyendo el soniquete de la lotería, procedente de alguna radio vecina. Esto ya era una diferencia notable con las dichosas fiestas actuales, porque ahora resulta que la Navidad empieza en noviembre, lo que no deja de ser una lata. Siguiendo con la lotería (un tema que este año tiene delito), hay que reconocer que la musiquilla de la pedrea suena ridícula cuando oímos cantar a los Niños (hoy en día casi todo niñas, por cierto) de San Ildefonso la palabra "euros", en lugar de "pesetas"... consecuencias de ser tan europeos.
Bueno, a lo que iba. Se hacían algunos regalos (en Reyes, claro), sobre todo a los niños, porque los mayores se conformaban con un detallito y gracias. Se reunían las familias en Nochebuena o en Navidad, según los casos, se tomaban las uvas el 31, antes de salir a alguna fiestecilla y, los que resistían heroicamente, con el gorrito y el matasuegras puestos hasta la mañana siguiente, se tomaban unos churros en San Ginés, antes de volver a casa... aburridos, borrachos y maltrechos.
El despertar de muchos el primero de enero solía ser el Concierto de Año Nuevo desde Viena, seguido de los saltos de esquí.
Y el día 7, casi sin tiempo para romper los juguetes que nos habían traído los Reyes, al cole.
Visitar los puestos de figuritas navideñas de la Plaza Mayor (hablo, desde luego, de Madrid), escuchar algún villancico que otro y enviar tarjetas de felicitación por correo (se llamaban "christmas" y solían ser muy cursis y dibujados por Ferrandiz) eran hechos singulares y entretenidos, que ayudaban a enmarcar unos días que gustaban a casi todos, menos a los pavos.
Pero ahora no. Ahora nos desesperan con permanentes e insoportables villancicos enlatados (en versión techno-pop-aflamencada), desde muchas semanas antes (el principio del suplicio comenzó hace décadas, con "El Pequeño Tamborilero"); nos vemos obligados a celebrar a diario comidas, cenas y aperitivos navideños que maldita la gracia que nos hacen (porque a las insufribles cenas y comidas familiares, repletas de langostinos congelados, imposibles de pelar y con menos sabor que una verbena cibernética, hay que añadir las del trabajo -el que lo tenga- y las de todos esos amigos con los que hemos podido quedar mil veces a lo largo del año y no lo hemos hecho porque no nos apetecía nada ni a ellos ni a nosotros); tenemos que comprar docenas de regalos para todos que nos cuestan fortunas (en euros, que es mucho peor); recibir los nuestros (lo que casi es más grave, porque suelen ser espantosos e inútiles); ir a cambiar todo después a El Corte Inglés porque las tallas no nos valen, los colores no nos gustan y el CD de Shakira o Beyoncé lo tenemos por triplicado (y pongo el ejemplo del ya trasnochado CD, porque me niego a reconocer que existen los libros de Jorge Bucay).
Por si todo esto fuera poco, en los últimos tiempos, la invasión digital ha puesto de moda un nuevo tipo de felicitación navideña que nos hace recordar, con añoranza, aquellos viejos "christmas" de Ferrandiz, cuya cursilería no era nada, comparada con esta novedosa aberración. Me refiero, claro está, a esas felicitaciones que recibimos por e-mail, casi siempre en formato Powerpoint, con bonitas e interminables fotos de cascadas imposibles y abejas libando el polen de exóticas florecillas, mientras edulcoradas frases van apareciendo en la pantalla, en sucesivas, sorprendentes y primitivas animaciones, incitándonos a desechar los pensamientos tristes y descubrir los indestructibles valores del amor y la amistad. La música de fondo que oímos durante los infinitos tres o cuatro minutos que dura el martirio, suele ser el 'Adagio' de Albinoni o el 'Give Peace a Chance' de Lennon.
Y, lo peor de todo, es que, encima, tenemos que "disfrutar" del "espíritu navideño": hay que estar felices y ser buenos... porque es Navidad y, según nos dicen, la Navidad es época de paz y amor. Pues en esto sí que van a tener razón: como en Irak, en Palestina (¡vaya, qué casualidad!), en Siria, en casi toda Africa, en Afganistán... y, sin ir más lejos, en las pateras que llegan a diario a nuestras costas (cuando llegan), que supongo que en estos días ponen megafonía navideña, como en Iberia antes de la crisis (el año próximo creo que cada pasajero deberá llevar sus propios villancicos grabados en el móvil, en 'Modo Avión', eso sí).
El ambiente festivo se suele completar en las grandes ciudades con circos navideños y otros espectáculos pueblerinos, que sacan a la luz la paletería latente de quienes nos las damos de cosmopolitas por vivir en una megápolis "moderna", que aspira a albergar los Juegos Olímpicos un siglo de estos.
Habréis observado que no menciono (para no deprimirme del todo) las bonitas iluminaciones callejeras de tres al cuarto ni las atractivas macrofiestas de Fin de Año, tan modernas y originales las unas, como divertidas y cómodas las otras, en las que el botellón se viste de etiqueta y se sustituye el calimocho por las doradas burbujas del Freixenet semidulce.
Pero como (en este caso, afortunadamente) todo acaba, pronto llega enero, con su cuesta y sus rebajas, y se nos queda cara de tontos muy tontos cuando comprobamos que el conjunto de camiseta de rayón aterciopelado a rayas oblicuas y pantalón pirata de cuadros y pequeños rombos, que nos acabamos de comprar en un centro comercial por 325 euros, vale 19,99 en la sección de "Oportunidades".
¡Qué pena que una de esas oportunidades no sea la de saltarse la Navidad con la excusa de la crisis!
Uno no se daba cuenta de que había llegado la Navidad hasta que una mañana se despertaba oyendo el soniquete de la lotería, procedente de alguna radio vecina. Esto ya era una diferencia notable con las dichosas fiestas actuales, porque ahora resulta que la Navidad empieza en noviembre, lo que no deja de ser una lata. Siguiendo con la lotería (un tema que este año tiene delito), hay que reconocer que la musiquilla de la pedrea suena ridícula cuando oímos cantar a los Niños (hoy en día casi todo niñas, por cierto) de San Ildefonso la palabra "euros", en lugar de "pesetas"... consecuencias de ser tan europeos.
Bueno, a lo que iba. Se hacían algunos regalos (en Reyes, claro), sobre todo a los niños, porque los mayores se conformaban con un detallito y gracias. Se reunían las familias en Nochebuena o en Navidad, según los casos, se tomaban las uvas el 31, antes de salir a alguna fiestecilla y, los que resistían heroicamente, con el gorrito y el matasuegras puestos hasta la mañana siguiente, se tomaban unos churros en San Ginés, antes de volver a casa... aburridos, borrachos y maltrechos.
El despertar de muchos el primero de enero solía ser el Concierto de Año Nuevo desde Viena, seguido de los saltos de esquí.
Y el día 7, casi sin tiempo para romper los juguetes que nos habían traído los Reyes, al cole.
Visitar los puestos de figuritas navideñas de la Plaza Mayor (hablo, desde luego, de Madrid), escuchar algún villancico que otro y enviar tarjetas de felicitación por correo (se llamaban "christmas" y solían ser muy cursis y dibujados por Ferrandiz) eran hechos singulares y entretenidos, que ayudaban a enmarcar unos días que gustaban a casi todos, menos a los pavos.
Pero ahora no. Ahora nos desesperan con permanentes e insoportables villancicos enlatados (en versión techno-pop-aflamencada), desde muchas semanas antes (el principio del suplicio comenzó hace décadas, con "El Pequeño Tamborilero"); nos vemos obligados a celebrar a diario comidas, cenas y aperitivos navideños que maldita la gracia que nos hacen (porque a las insufribles cenas y comidas familiares, repletas de langostinos congelados, imposibles de pelar y con menos sabor que una verbena cibernética, hay que añadir las del trabajo -el que lo tenga- y las de todos esos amigos con los que hemos podido quedar mil veces a lo largo del año y no lo hemos hecho porque no nos apetecía nada ni a ellos ni a nosotros); tenemos que comprar docenas de regalos para todos que nos cuestan fortunas (en euros, que es mucho peor); recibir los nuestros (lo que casi es más grave, porque suelen ser espantosos e inútiles); ir a cambiar todo después a El Corte Inglés porque las tallas no nos valen, los colores no nos gustan y el CD de Shakira o Beyoncé lo tenemos por triplicado (y pongo el ejemplo del ya trasnochado CD, porque me niego a reconocer que existen los libros de Jorge Bucay).
Por si todo esto fuera poco, en los últimos tiempos, la invasión digital ha puesto de moda un nuevo tipo de felicitación navideña que nos hace recordar, con añoranza, aquellos viejos "christmas" de Ferrandiz, cuya cursilería no era nada, comparada con esta novedosa aberración. Me refiero, claro está, a esas felicitaciones que recibimos por e-mail, casi siempre en formato Powerpoint, con bonitas e interminables fotos de cascadas imposibles y abejas libando el polen de exóticas florecillas, mientras edulcoradas frases van apareciendo en la pantalla, en sucesivas, sorprendentes y primitivas animaciones, incitándonos a desechar los pensamientos tristes y descubrir los indestructibles valores del amor y la amistad. La música de fondo que oímos durante los infinitos tres o cuatro minutos que dura el martirio, suele ser el 'Adagio' de Albinoni o el 'Give Peace a Chance' de Lennon.
Y, lo peor de todo, es que, encima, tenemos que "disfrutar" del "espíritu navideño": hay que estar felices y ser buenos... porque es Navidad y, según nos dicen, la Navidad es época de paz y amor. Pues en esto sí que van a tener razón: como en Irak, en Palestina (¡vaya, qué casualidad!), en Siria, en casi toda Africa, en Afganistán... y, sin ir más lejos, en las pateras que llegan a diario a nuestras costas (cuando llegan), que supongo que en estos días ponen megafonía navideña, como en Iberia antes de la crisis (el año próximo creo que cada pasajero deberá llevar sus propios villancicos grabados en el móvil, en 'Modo Avión', eso sí).
El ambiente festivo se suele completar en las grandes ciudades con circos navideños y otros espectáculos pueblerinos, que sacan a la luz la paletería latente de quienes nos las damos de cosmopolitas por vivir en una megápolis "moderna", que aspira a albergar los Juegos Olímpicos un siglo de estos.
Habréis observado que no menciono (para no deprimirme del todo) las bonitas iluminaciones callejeras de tres al cuarto ni las atractivas macrofiestas de Fin de Año, tan modernas y originales las unas, como divertidas y cómodas las otras, en las que el botellón se viste de etiqueta y se sustituye el calimocho por las doradas burbujas del Freixenet semidulce.
Pero como (en este caso, afortunadamente) todo acaba, pronto llega enero, con su cuesta y sus rebajas, y se nos queda cara de tontos muy tontos cuando comprobamos que el conjunto de camiseta de rayón aterciopelado a rayas oblicuas y pantalón pirata de cuadros y pequeños rombos, que nos acabamos de comprar en un centro comercial por 325 euros, vale 19,99 en la sección de "Oportunidades".
¡Qué pena que una de esas oportunidades no sea la de saltarse la Navidad con la excusa de la crisis!
miércoles, 18 de febrero de 2009
El Club de las Ideas
Cuando Montmorency Perrivale fundó el Club, no tenía muy claro lo que estaba haciendo. Solo sabía que su eterno rival, Gustave Villebâtons, se le había adelantado y que, con la siniestra ayuda de su lugarteniente, Hubert Lane, pronto dominaría el pueblo. Su flamante y recién creado Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane se había convertido en la gran atracción local.
Por si fuera poco, ya estaban anunciando su primera sesión de conferencias, con títulos tan rimbombantes como 'Por qué nunca se hundirá Wall Street' o 'Los secretos mejor guardados de los grandes financieros'.
Montmorency y sus amigos, aunque desolados ante lo que parecía imparable éxito de sus enemigos, tomaron una decisión desesperada: fundar su propio club.
Nada se les ocurría que pudiera contrarrestar el atractivo indiscutible que, entre las gentes del lugar, estaba despertando el ostentoso Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane, así que, siguiendo la sugerencia del hermano pequeño de su novia, fundó El Club de las Ideas e, inmediatamente, colgó un cartel en la puerta, dando a conocer el título de su primera conferencia: 'No tenemos ni idea de cómo tener ideas'.
El hecho de que la primera conferencia organizada por Montmorency coincidiese con el gran evento inaugural del Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane, en el que tenían anunciada su presencia dos grandes expertos en economía mundial, daba pocas esperanzas al Club de las Ideas, cuya modesta sesión estaba programada en el invernadero de la señora Brown, frente a la convocatoria de Villebâtons/Lane, que tendría lugar en el impresionante Salón Dorado del Grand Hotel. Para acabar de completar el oscuro panorama de Perrivale y sus amigos, la conferencia del Club Financiero Internacional estaba patrocinada por el alcalde, mientras que Montmorency se había visto en la necesidad de cobrar un penique por cabeza a quienes asistieran a su charla, para cubrir los gastos del té que iba a preparar la animosa señora Brown…
Pocos minutos antes de la hora programada para ambas conferencias, una auténtica marea humana bajaba por la calle central del pueblo, en dirección a la plaza, en la que se alzaba, majestuoso, el Grand Hotel. Frente a su entrada principal, engalanada adecuadamente para la ocasión, Villebâtons y Lane esperaban, iluminados sus rostros por sendas sonrisas de satisfacción y suficiencia, la inminente llegada de su audiencia, que presumían numerosa y expectante.
Sin embargo, la alegre y desenfadada multitud que descendía calle abajo, pasó de largo ante el Grand Hotel, sin tan siquiera dedicar una mirada a la elegante y atónita pareja que hacía guardia ante su puerta, y encaminó sus pasos hacia el pequeño jardín de la señora Brown, situado a no muchos metros del magno establecimiento hotelero.
Unos meses más tarde, el Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane cerró definitivamente.
Montmorency, junto con alguno de los asistentes a aquella conferencia inaugural de El Club de las Ideas, creó, varios años después, la legendaria agencia de publicidad Perrivale&Perrivale, considerada por muchos como la cuna de la creatividad moderna.
Por si fuera poco, ya estaban anunciando su primera sesión de conferencias, con títulos tan rimbombantes como 'Por qué nunca se hundirá Wall Street' o 'Los secretos mejor guardados de los grandes financieros'.
Montmorency y sus amigos, aunque desolados ante lo que parecía imparable éxito de sus enemigos, tomaron una decisión desesperada: fundar su propio club.
Nada se les ocurría que pudiera contrarrestar el atractivo indiscutible que, entre las gentes del lugar, estaba despertando el ostentoso Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane, así que, siguiendo la sugerencia del hermano pequeño de su novia, fundó El Club de las Ideas e, inmediatamente, colgó un cartel en la puerta, dando a conocer el título de su primera conferencia: 'No tenemos ni idea de cómo tener ideas'.
El hecho de que la primera conferencia organizada por Montmorency coincidiese con el gran evento inaugural del Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane, en el que tenían anunciada su presencia dos grandes expertos en economía mundial, daba pocas esperanzas al Club de las Ideas, cuya modesta sesión estaba programada en el invernadero de la señora Brown, frente a la convocatoria de Villebâtons/Lane, que tendría lugar en el impresionante Salón Dorado del Grand Hotel. Para acabar de completar el oscuro panorama de Perrivale y sus amigos, la conferencia del Club Financiero Internacional estaba patrocinada por el alcalde, mientras que Montmorency se había visto en la necesidad de cobrar un penique por cabeza a quienes asistieran a su charla, para cubrir los gastos del té que iba a preparar la animosa señora Brown…
Pocos minutos antes de la hora programada para ambas conferencias, una auténtica marea humana bajaba por la calle central del pueblo, en dirección a la plaza, en la que se alzaba, majestuoso, el Grand Hotel. Frente a su entrada principal, engalanada adecuadamente para la ocasión, Villebâtons y Lane esperaban, iluminados sus rostros por sendas sonrisas de satisfacción y suficiencia, la inminente llegada de su audiencia, que presumían numerosa y expectante.
Sin embargo, la alegre y desenfadada multitud que descendía calle abajo, pasó de largo ante el Grand Hotel, sin tan siquiera dedicar una mirada a la elegante y atónita pareja que hacía guardia ante su puerta, y encaminó sus pasos hacia el pequeño jardín de la señora Brown, situado a no muchos metros del magno establecimiento hotelero.
Unos meses más tarde, el Club Financiero Internacional Villebâtons/Lane cerró definitivamente.
Montmorency, junto con alguno de los asistentes a aquella conferencia inaugural de El Club de las Ideas, creó, varios años después, la legendaria agencia de publicidad Perrivale&Perrivale, considerada por muchos como la cuna de la creatividad moderna.
sábado, 20 de septiembre de 2008
El Día de...
Odio los "días de".
Sí, me refiero, claro está, a esas absurdas y casi siempre cursi-ñoñas atribuciones artificiales y arbitrarias de determinados temas a ciertos días del calendario.
Viene esto al hilo de la "celebración" de uno de los más tontorrones de todos: San Valentín.
En España, aunque a algunos les cueste creerlo, es ésta una fecha con poca tradición. Antiguamente se llamaba "El Día de los Enamorados" (como la empalagosa película de Tony Leblanc y Conchita Velasco), lo que, a todas luces, era aún peor. Y, la verdad, es que nadie lo tenía muy en cuenta. Eran tiempos en los que ni venía Papá Noël, ni existía el Halloween, ni a las camisetas las llamábamos "t-shirts".
Pero lo que me molesta no es que nos llenen los escaparates de corazones desde finales de enero, no, sino esa presión comercial que nos hace parecer unos canallas a todos los que se niegan a regalar rosas o bombones en ese día. Bien es cierto que hasta El Corte Inglés se resistió, durante muchos años, a semejante paparrucha (supongo que a don Ramón Areces lo de San Valentín le parecía una solemne tontería), pero, al final, tuvo que claudicar, que los tiempos están muy duros y un empujoncito comercial al final de las "terceras rebajas", no venía nada mal...
Pues no señor, quienes compran flores (bombones menos, porque engordan) cuando les da la gana y no el 14 de febrero por "imperativo del guión", hacen muy bien.
Claro que lo de San Valentín no deja de ser una simple cursilada, sin mayor trascendencia que la comercialización del papanatismo universal, comparado con otros "días de".
Porque, vamos a ver, que nadie me diga que no es indignante que exista, por ejemplo, el "Día de la Mujer Trabajadora", mientras los otros 364 días del año (365 en los bisiestos, como éste) podemos seguir explotándolas a gusto. O el "Día de los Mayores" (un día es un día, ya les dejaremos abandonados en verano -con el perro, eso sí-, para irnos de vacaciones). O que tengamos a bien sacar a comer a mamá en el "Día de la Madre" (todos los demás días del año que siga fregando y dándose la paliza, que para eso es ama de casa, ¡qué caramba!).
También es muy apropiado, en estos tiempos que vivimos, el "Día de Medio Ambiente", "El Día Sin Coches", "El Día Sin Tabaco", "El Día de las Mujeres Maltratadas"... y cien mil monsergas más que no sé si están organizadas para acallar nuestras conciencias colectivas o porque alguien cree que la Humanidad, aparte de molesta, es hipomeningítica.
Uno muy fuerte es el "Día del Hambre en el Mundo". Pone los pelos de punta sólo pensar que tenemos la caradura de organizarlo, sin pestañear.
¿Cuándo llegará el "día" (nunca mejor dicho) en el que queden abolidas todas estas estúpidas celebraciones, porque todos seamos solidarios y conscientes de que sólo empezaremos a resolver tantos y tantos problemas que estamos creando en el mundo, cuando los tengamos presentes en nuestro comportamiento diario?
Hasta entonces, no me sorprende que siga habiendo gente rara, como mi amigo Mala Estrella, que lo que celebre el 14 de febrero sea la matanza entre bandas rivales de gangsters, ocurrida en el Chicago de 1929.
¡Qué pena!
Sí, me refiero, claro está, a esas absurdas y casi siempre cursi-ñoñas atribuciones artificiales y arbitrarias de determinados temas a ciertos días del calendario.
Viene esto al hilo de la "celebración" de uno de los más tontorrones de todos: San Valentín.
En España, aunque a algunos les cueste creerlo, es ésta una fecha con poca tradición. Antiguamente se llamaba "El Día de los Enamorados" (como la empalagosa película de Tony Leblanc y Conchita Velasco), lo que, a todas luces, era aún peor. Y, la verdad, es que nadie lo tenía muy en cuenta. Eran tiempos en los que ni venía Papá Noël, ni existía el Halloween, ni a las camisetas las llamábamos "t-shirts".
Pero lo que me molesta no es que nos llenen los escaparates de corazones desde finales de enero, no, sino esa presión comercial que nos hace parecer unos canallas a todos los que se niegan a regalar rosas o bombones en ese día. Bien es cierto que hasta El Corte Inglés se resistió, durante muchos años, a semejante paparrucha (supongo que a don Ramón Areces lo de San Valentín le parecía una solemne tontería), pero, al final, tuvo que claudicar, que los tiempos están muy duros y un empujoncito comercial al final de las "terceras rebajas", no venía nada mal...
Pues no señor, quienes compran flores (bombones menos, porque engordan) cuando les da la gana y no el 14 de febrero por "imperativo del guión", hacen muy bien.
Claro que lo de San Valentín no deja de ser una simple cursilada, sin mayor trascendencia que la comercialización del papanatismo universal, comparado con otros "días de".
Porque, vamos a ver, que nadie me diga que no es indignante que exista, por ejemplo, el "Día de la Mujer Trabajadora", mientras los otros 364 días del año (365 en los bisiestos, como éste) podemos seguir explotándolas a gusto. O el "Día de los Mayores" (un día es un día, ya les dejaremos abandonados en verano -con el perro, eso sí-, para irnos de vacaciones). O que tengamos a bien sacar a comer a mamá en el "Día de la Madre" (todos los demás días del año que siga fregando y dándose la paliza, que para eso es ama de casa, ¡qué caramba!).
También es muy apropiado, en estos tiempos que vivimos, el "Día de Medio Ambiente", "El Día Sin Coches", "El Día Sin Tabaco", "El Día de las Mujeres Maltratadas"... y cien mil monsergas más que no sé si están organizadas para acallar nuestras conciencias colectivas o porque alguien cree que la Humanidad, aparte de molesta, es hipomeningítica.
Uno muy fuerte es el "Día del Hambre en el Mundo". Pone los pelos de punta sólo pensar que tenemos la caradura de organizarlo, sin pestañear.
¿Cuándo llegará el "día" (nunca mejor dicho) en el que queden abolidas todas estas estúpidas celebraciones, porque todos seamos solidarios y conscientes de que sólo empezaremos a resolver tantos y tantos problemas que estamos creando en el mundo, cuando los tengamos presentes en nuestro comportamiento diario?
Hasta entonces, no me sorprende que siga habiendo gente rara, como mi amigo Mala Estrella, que lo que celebre el 14 de febrero sea la matanza entre bandas rivales de gangsters, ocurrida en el Chicago de 1929.
¡Qué pena!
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