miércoles, 29 de abril de 2015

Contra natura

Hay mucha gente que lucha contra la naturaleza. Los gordos quieren ser delgados; los viejos, jóvenes; los morenos, rubios; los calvos, melenudos; los esmirriados, musculosos; los feos, guapos y los idiotas... bueno esos no suelen darse cuenta de que son idiotas, por lo que se gustan a sí mismos como son.
Pero, con algunas excepciones (como la última que he mencionado), las personas pelean contra lo que la madre naturaleza les ha entregado y, en general, contra la mayoría de las leyes de la física, de la biología... y hasta de la química orgánica.

En el caso de algunas mujeres, esta batalla se lleva a extremos despiadados, convirtiéndose en una verdadera guerra civil particular y mente y cuerpo se enfrentan en una contienda sin cuartel, en la que se combate centímetro a centímetro, de forma cruel y despiadada. 
También hay hombres que se meten en este tipo de conflictos, pero quienes lo hacen, acaban rindiéndose mucho antes que ellas.
Son guerras perdidas de antemano, en las que (como pasa siempre) los únicos ganadores son los vendedores de armas, uniformes y material bélico de diversa índole que, en estos casos, son productos menos mortíferos, pero solo de muy relativa (y perecedera) utilidad.

Y no es que me parezca mal que se quiera tener un buen aspecto, todo lo contrario. Lo que ocurre es que, en mi personal opinión, lo más razonable es mantener una actitud moderada en estos asuntos. Obsesionarse es muy malo. Ni siquiera estoy en contra de quienes recurren a la cirugía plástica (antes se llamaba estética) para corregir lo que ellos consideran defectos de su anatomía. Me parece bien, ya que cada uno es muy dueño de tomar sus propias decisiones, pero no creo procedente llevar las cosas hasta extremos exagerados.

Claro que yo tengo una opinión muy particular de la belleza, que siempre me ha parecido más atractiva cuanto más natural. Los excesos, tanto en las personas como, incluso, en el arte, suelen dar lugar a resultados controvertidos.
Pongo, como ejemplo, a los templos clásicos. Dicen los expertos que la mayoría de ellos no eran como han llegado hasta nosotros, sino que estaban pintados con brillantes y llamativos colores. Si es así, está claro que, al envejecer, presentan un aspecto muy diferente al de su brillante juventud. Sin embargo, a mí me gustan así: viejos. No echo de menos esas coloristas pinturas que los adornaban en sus años jóvenes. Y me pasa algo parecido con las personas, porque no acepto que la belleza sea una cuestión de edad. Todos los días veo y, desde luego, conozco bien a muchas personas mayores que me gustan más que otras más jóvenes.

No veo, por lo tanto, necesidad alguna de escalar, con tanto riesgo para la propia dignidad, por esa arriesgada pendiente, casi vertical, que tantos (y, sobre todo, tantas) tratan de superar cada día para llegar a un lugar al que no es preciso acceder para ser feliz. Porque si alguien basa en eso su felicidad, poco conocimiento tiene de lo que es la verdadera belleza y de lo que significa para quienes aún tienen ojos que saben ver más allá de lo puramente circunstancial.

1 comentario:

José De Benito dijo...

Una vez más está presente, como lo está en cada attosegundo de nuestra existencia, la cuántica, ella te organiza de una forma contra la que no se debe luchar, es una provocación a las leyes de las bases d la naturaleza y se va contra la ciencia mencionada, que además es la de las probabilidades. Luchando contra ella tienes muchas probabilidades (es estadística) de come3ter un error craso