viernes, 10 de abril de 2015

El jardín secreto

Juan Ramón Jiménez tuvo un jardín en Chamartín. Un jardín en el que se escribieron excelentes poemas y que, con el paso de los años, cayó en el olvido más absoluto. Hoy, apenas cinco personas lo recuerdan... y ni si quiera estoy seguro de eso.

Fue un jardín secreto, no muy lejano al olivar en el que hicieron vivac las tropas de Napoleón antes de su entrada en Madrid para restaurar a su impopular hermano José en el trono de España.
Todavía quedan algunos restos de ese jardín, en el que crecen unas rosas silvestres grandes y ajadas, un árbol cuyos frutos siempre están verdes y un pequeño olivo por cuyo tronco trepa la hiedra, resistiéndose al olvido.

Cuando uno escucha la música que surge, al caer la tarde, de ese viejo jardín, cree estar perdido en mitad de un bosque que no tiene principio ni fin, bajo las luces de un perpetuo ocaso de otoño.
Sin embargo, la mayoría de los poemas que allí se escribieron ya no existen. Cuando Juan Ramón tuvo que dejar el jardín, alguien los destruyó. Él solía decir que un poema es mejor cuando se sueña que cuando se convierte en palabras. Yo creo que tenía razón. Casi todo es más grande en los sueños. Y, sobre todo, más duradero.

En una ocasión, alguien le preguntó sobre su jardín secreto y el poeta contestó que no era un jardín, sino un puente entre el ayer y el mañana, bajo el que pasaba la vida, en forma de río lento y silencioso. 
Un día, antes de la trágica desaparición de la joven Roësset, el jardín se escondió entre recuerdos imaginados por la ilusión de un poeta que pronto partiría hacia el exilio. Nadie volvió a interesarse por él y una excéntrica señora alemana lo reclamó, asegurando que siempre había sido de su propiedad. Puede que fuese cierto... hoy ya es imposible saberlo.

La memoria es tan frágil y la vida tan corta que no se puede recuperar nada de aquel tiempo. Es inútil rebuscar en la hierba que crece, rebelde, entre las rosas y la hiedra. Lo que resulta curioso es que esa hiedra siga brillando tan verde, bajo la luz de la Osa Mayor, en una noche de abril... estando ya, como está, huérfana de agua, de calor y de esperanza. Pero eso son cosas de la hiedra, que se empeña en aferrarse hasta a lo que nunca fue real.

Como el viejo y olvidado jardín secreto de Juan Ramón Jiménez.

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