lunes, 8 de noviembre de 2010

La profesión va por dentro

Hoy en día, los profesionales de la publicidad suelen ser personas prudentes. No están los tiempos para aspavientos.
Pero hubo una época, no tan lejana, en la que parecía que quien no destacaba por sus excentricidades, no era nadie en la escena publicitaria. Un modelo triste, fruto de las tendencias de una época de desmadrada bonanza, que parecía bendecir la prepotencia.
No era este comportamiento, desde luego, patrimonio exclusivo del mundo publicitario, no. Era casi frecuente ver personajes, en muchas facetas de la sociedad, que presumían más de lo que carecían que de lo que realmente poseían, ya fuese dinero, fachada o intelecto.

La valía profesional, como tantas otras cosas en la vida, no se demuestra cantándose odas a uno mismo, sino trabajando con eficacia, pundonor y lealtad. El genio es un don, pero no es difícil destruirlo con soberbia.
Sin embargo, cuando la profesión está bien arraigada en el interior, siempre sale a la luz todo aquello que no es necesario pregonar con vocerío de sacamuelas ni insinuar con danzas de odalisca revestida de afectada mojigatería.

Cuentan los cronicones que, en tiempos de Muley Hacén, el rey moro de Granada, una cristiana llegó cautiva a su corte y logró enamorar al rey, quien la convirtió en su favorita. Zoraya, que así se hizo llamar la nueva esposa de Muley, se convirtió al islamismo y provocó con sus intrigas la ruptura del reino de Granada y la caída del padre de Boabdil. Zoraya nunca creyó en el Islam. Sólo se valió de él para desplazar a Aixa de su lugar en la corte granadina, minando con su desmedida ambición los mismísimos cimientos de la Alhambra.
Zoraya nunca se quitó los siete velos. Siempre dejaba uno pendiente de un hilo. Y siempre guardaba sus ropas de seda mientras nadaba en las aguas del Genil, por si llegaban los cristianos y era menester volver a renegar de otro credo.

Como Zoraya, muchos renuncian a sí mismos y se entregan al moro de turno, alabándose con autocomplacencia o vendiéndose con falsa y estudiada modestia beatífica.
Pero, afortunadamente, también hay quienes siguen creyendo que esta profesión no es la más antigua del mundo, sino una actividad fundamental para la economía, que cumple con las normas del buen juicio y que respeta las reglas de la sociedad contemporánea. Son aquellos que siguen apostando por la ética, por la creatividad y por ser fieles a los principios deontológicos auténticos; los que saben que su profesionalidad no precisa de fatuos cacareos, sino que la llevan viva en su interior, siempre lista para salir al exterior con humildad y con acierto.

No me cabe duda: en los buenos, la profesión va por dentro.

1 comentario:

Las verdades del barquero dijo...

Absolutamente cierto! Es lo que se llama amor a la profesión y eso produce una irrefrenable pasión por lo que se hace ¿existe hoy o son más bien funcioanrios publicitarios?