martes, 2 de noviembre de 2010

Elogio de la mentira

Que la mentira cumple una misión social fundamental es indiscutible. Entre otras cosas, porque si no existiese la mentira, es probable que tampoco existiese la verdad.
Sin la mentira, la verdad apenas tendría sentido, sería una movediza tierra de nadie, un paisaje lejano y difuso en el que el bien y el mal se confundirían permanentemente, flotando en un universo diletante.
Por suerte para los que amamos la verdad, existe la mentira.
Pero la mentira no es única. Hay muchas clases de mentiras. Mentiras buenas, piadosas, perversas, interesadas... incluso hay mentiras a medias. Éstas suelen ser de las peores, porque esconden, envueltas en un fondo de verdad, más o menos remoto, la pérfida intención de convertirlas en verdades subjetivas, casi siempre disfrazadas con intereses espurios y deshonestos.
¿Qué sería la vida sin la mentira? Sin duda, un desierto de honradez y lealtad, en el que los honestos no encontrarían sosiego, paz ni recompensa moral a su decencia.
Los mentirosos permiten, con su falacia, que la verdad aflore, con su auténtica fuerza natural, ésa que ensombrece la blanca palidez de la indigesta mentira.

En publicidad también existen verdades y mentiras.
Y, cuando digo mentiras, no me refiero a las falsas promesas que se castigan a sí mismas con el inevitable rechazo del consumidor defraudado, sino a esa publicidad con la que se engañan algunos anunciantes, desconocedores de la auténtica naturaleza de la comunicación publicitaria. No hablo aquí del obvio principio de veracidad, que rige en una actividad tan fundamental para la economía libre de mercado, pero sí de esa esencia que emana de la buena publicidad, con independencia del medio por el que se transmita... de ese sentimiento que surge en nuestro interior cuando nos encontramos con una pieza auténticamente original y creativa. Publicidad de verdad, frente a la de mentira. Casi todos los profesionales sabemos reconocerla, sin necesidad de que esté laureada o firmada por creativos de trayectoria brillante y popular.
Aquí, una vez más, la mentira enaltece a la verdad.

Por eso yo soy un ferviente defensor de la mentira. De esa mentira a la que tanto debe la ética, ya sea personal o profesional, ya sea pública o privada.
Algunos, johnnys, piden a sus viennas que les mientan, pero otros no necesitan hacerlo. Ya se encargan ellas de mentirles con absoluto desparpajo. Es de suponer que lo hacen para evitarles la ignominia de solicitar una mentira que de piadosa se convierte en odiosa. Siempre he creído que es un gesto digno de agradecimiento. Si, además, viene acompañado de un suave movimiento de cabeza y es puesto en escena sin el más leve pestañeo, se convierte en obra de arte.

Que nadie vea cinismo en mis palabras, sino admiración. En el fondo, ya lo dijo Pilatos, antes de lavarse las manos: "¿Y qué es la verdad?".
Veinte siglos después de aquello, hay quien sigue repitiendo la pregunta... y el lavatorio.
Y veinte años después de lo otro, también.

3 comentarios:

Carlos dijo...

Es verdad, cada temporada que pasa hay más publicidad de mentira. Como la que repite, hoy, anuncios y campañas de hace 20 años y no avisa que esa es la verdad, que es de mentira. O como los anuncios encubiertos que pone TVE desde que dijo que no iba a admitir publicidad. Y, claro, ha vuelto a ser mentira. Bien Paco ¿para cuándo el libro?

Javier Montabes dijo...

Pues entonces no vamos tan mal porque mentirosos hay muchos. Pero muchos!!

Aunque no estoy totalmente de acuerdo, excepto en el párrafo sobre la veracidad o no de la publicidad, me parece una reflexión interesante e inteligente.

Gracias Paco!

Duna dijo...

¿Qué sería la vida sin la mentira? Sin duda, un desierto de honradez y lealtad, en el que los honestos no encontrarían sosiego, paz ni recompensa moral a su decencia

En ese desierto una Duna.

Gracias.