martes, 1 de marzo de 2011

¿Esto era el futuro?

Dicen que ahora está de moda el paleofuturo, es decir, retroceder en el tiempo para ver cómo imaginábamos en el pasado que sería el futuro.
Está claro que los vaticinios más populares no han sido muy acertados. Y no es que no se hayan producido cambios, sino que éstos han tenido lugar en campos muy diferentes de los vaticinados.

El futuro que todos recordamos estaba lleno de robots humanoides, naves intergalácticas, automóviles voladores, alimentación mediante píldoras y promociones inmobiliarias en Marte.
Sin embargo, pocos hablaban de la red de redes, de telefonía móvil o de ecología. ¿Por qué creíamos en un futuro tan diferente al real?
En mi opinión, el principal error fue que el foco de nuestro futuro se orientaba hacia los avances mecánicos y la conquista del espacio, mientras que el desarrollo de la tecnología se ha derivado hacia la electrónica y las comunicaciones. Sólo se consideraba como avance todo aquello que tendía a aligerar el esfuerzo físico y nadie tuvo en cuenta, por ejemplo, los aspectos sociales y económicos del futuro.
El profundo cambio en las relaciones sociales, el hiperdesarrollo de las comunicaciones y la globalización de la cultura (con minúscula) no fueron suficientemente valorados al pronosticar el mundo del futuro. Como tampoco lo fueron los condicionantes económicos de la producción industrial y de la propia sociedad. El cambio no ha ido tanto hacia cómo realizar con más facilidad las cosas que hacíamos, sino hacia dejar de hacerlas y sustituirlas por otras.

El futuro de la publicidad ha cambiado menos que otros futuros, porque del futuro de la publicidad no se hablaba mucho en aquellos tiempos. Los grandes cambios se llaman segmentación e interactividad, aunque son dos conceptos a los que todavía les queda un largo camino por recorrer... si alguien no lo remedia antes (que puede que lo haga), ya que suponen una complicación económica evidente. Pero, la verdad, es que la televisión sigue siendo el medio rey y los comerciales de hoy no son tan diferentes a los de hace treinta años, salvando las grandes distancias que existen entre los valores de producción de una y otra época. No es algo que deba sorprendernos en exceso.

Muchos se harán esta misma reflexión pensando en sus propias vidas. Casi todos teníamos un futuro. Claro que los futuros particulares no incluían robots ni naves espaciales. Sólo felicidad, salud y dinero. A veces, amor y libertad (las menos). Son pocos los que tenían en su futuro traiciones y perversidades. No suelen gustar en los futuros. Además, los futuros personales no suelen entrar en los "cómo", sino en los "qué". Es más práctico.
Hay personas cuyas vidas han evolucionado hacia algo estupendo: disfrutan de un buen trabajo, de un buen sueldo, de todo tipo de lujos y comodidades... suelen llamarlo "felicidad". Aunque no se parezca en nada a la felicidad que proyectaban para su futuro cuando el futuro todavía existía.

Y es que, eso de que el futuro nos haya quitado a los robots y los haya sustituido por humanos es una lata. Porque resulta que los humanos tienen sentimientos, lo que no deja de ser un inconveniente serio. Y algunos, los más rebeldes, llegan a tener hasta sentido del honor, no están dispuestos a aceptar chantajes y no son reprogramables con sólo apretar un tornillo.

O sea que, aunque nos resistamos a reconocerlo, el presente no es el futuro del pasado.

sábado, 5 de febrero de 2011

Miedo a la red

Pinito del Oro, la gran trapecista canaria que desafiaba la ley de la gravedad, pasó a la historia del circo por sus proezas sin red. Nunca la necesitó. Nunca la quiso para volar sobre la pista.
Eran tiempos en los que las redes eran físicas, materiales. Protegían a los que, menos valerosos que Pinito, querían estar seguros en todo momento. Metafóricamente, era sinónimo de protección, de tener las espaldas cubiertas.

Luego, la red se convirtió en otra cosa.
Primero fue algo novedoso, original, complementario... que pronto se volvió necesario, imprescindible, fundamental. Tanto para las empresas como para las personas. Hoy, unos cuantos años después de su irrupción en nuestro mundo, parece no existir la vida fuera de ella.
Pero existe.
Ya sé que es ocioso recalcar que las comunicaciones personales de este siglo están fundamentadas en tres pilares: telefonía móvil, correo electrónico e internet. Sin embargo, no podemos decir lo mismo de las comunicaciones comerciales y publicitarias, por mucho que todos nosotros nos empeñemos (que lo hacemos) en cantar odas al ocaso de los medios convencionales.
A lo largo de la historia, ninguno de los grandes medios de comunicación ha muerto por la aparición de otro nuevo. Prensa, radio, televisión... siguen bien vivos, aunque maltrechos por la crisis, desde luego.

Un amigo sabio me decía que en el amor y en la guerra hay que hablar con prudencia y obrar con audacia. Tiene mucha razón. También la tiene mi amigo cuando dice que, en otros campos, como, por ejemplo, en la política y en la publicidad, hay que hacer todo lo contrario: hablar con audacia y obrar con extrema prudencia.
Tal vez sea por eso por lo que los grandes anunciantes siguen dedicando la mayor parte de su presupuesto a lo convencional (aunque llamemos convencional, a veces, a cosas que nos animan a abandonar, definitivamente, la convencionalidad y convertirnos en revolucionarios radicales), sin despreciar, claro está, a estos nuevos medios que tan inquietos nos tienen a unos y a otros.
¿Miedo a la red? No lo creo. Más bien lo definiría como sentido común. Pragmatismo, necesidad de obtener un retorno de la inversión positivo a corto plazo...

Me llaman más la atención las personas físicas que rechazan las posibilidades de comunicación que tienen hoy a su alcance, gracias a las nuevas tecnologías. Conozco algunos casos interesantes y dignos de análisis. No acepto que sea un problema de edad. De hecho, muchos de los nuevos medios son más indicados para los mayores que para los más jóvenes. Sería como decir que el cine, por ser anterior a la televisión, debería tener una audiencia más envejecida.
Tampoco acepto, salvo excepciones, el argumento de la complicación tecnológica, ya que me refiero a una generación moderna y bien preparada, perfectamente capacitada para el mínimo esfuerzo técnico que requiere navegar en la red, por ejemplo.

Hay quien tiene miedo a la red. Gente actual, con actividad profesional contemporánea, que tiene vértigo ante una pantalla conectada con el mundo. Que rechaza las redes sociales aun a costa de limitarse personal y profesionalmente. Son personas que, sin embargo, salen a la calle, viajan, conducen un vehículo, hacen deporte, pagan con tarjetas de crédito... corren riesgos permanentes en su vida diaria y no se arredran ante ellos. Pero la red les da miedo. ¿Por qué?
Puede que sean las pinitos del oro del siglo XXI. Puede que a Pinito del Oro le diese miedo la red protectora cuando la veía desde lo alto de su inestable trapecio. Puede que eso fuera lo que la hizo tan valiente.

Yo lo dudo.

miércoles, 19 de enero de 2011

Racionales, pero menos

El control de la razón ha sido siempre una de las claves para el progreso de la humanidad.
No quiero decir con esto que el cerebro no sea uno de mis órganos preferidos (creo que Woody Allen asegura que es su segundo órgano favorito). Claro que lo es. A veces, incluso, le doy (como hacemos casi todos) más importancia de la que merece.
Lo que pasa es que racionalizar en exceso es un freno para muchas cosas. Desde luego lo es para la creatividad, que necesita superar no sólo lo racional, sino, también, lo puramente emocional para llegar a ser verdaderamente innovadora. Pero también lo es para la vida diaria.

Está claro que la razón lucha contra la física y la química, aunque, en cierto modo, sea una consecuencia de ellas. Todos somos conscientes de las paradojas de la naturaleza humana.
El dominio absoluto de la razón produce insatisfacción crónica. Nos lleva hacia lo necesario, hacia lo lógico, hacia lo sensato...
Creo que atribuyen a Chéjov la afirmación de que sólo produce placer lo innecesario, aunque a mí más me parece una frase propia de Baudelaire. Sea de quien sea, plantea una cuestión inquietante y nada favorable a la dictadura de la razón pura, por mucho que le duela a Kant.

Los pioneros de la publicidad fueron genios de la intuición. Después, los grandes clásicos nos enseñaron el método. Aunque no nos transmitieron lo mejor que llevaban dentro. Eso nos lo regalaron con su trabajo. Mi generación tuvo que afanarse en encontrar el nexo de unión entre sus palabras y sus obras. Algunos lo consiguieron. Y, cuando ya estaban casi todos los moldes hechos, hubo que empezar a romperlos...
No deja de ser la historia del mundo, llevada a otro más particular y contemporáneo, pero que es fiel reflejo de la vida. De esa vida que existe fuera de la publicidad (aunque hay quien todavía no se ha dado cuenta de ello).

El uso abusivo de la razón suele darse cuando la zorra no alcanza las uvas (ya sé que el ejemplo suena un poco feo, pero no es culpa mía, sino de Esopo). La zorra empieza a racionalizar su problema tras comprobar su incapacidad para lograr lo que, realmente, perseguía.
Y el problema no es sólo que el mundo esté lleno de zorras que se explican a sí mismas el poco apetecible estado de las uvas pretendidas, sino el empeño habitual por justificar lo injustificable con sesudos argumentos, tan racionales ellos, que nos abocan a internarnos en una prisión, aparentemente voluntaria, de la que no podemos escapar sin ponernos en evidencia.

No quieren ser estas palabras un canto a la irreflexión total, ni mucho menos, sino, más bien, un recordatorio de que la inteligencia puede y debe tener otros matices que los puramente racionales. El best seller de Goleman ya nos introdujo en otra dimensión de la inteligencia, pero hay más. Y no debemos despreciar aquellas que nos acercan a nuestro origen natural.
El ser humano es como es, por mucho que quienes quieren ordenar instintos, sentimientos y cualquier otra reacción de esas que todos experimentamos a diario, nieguen su licitud.
Siempre me ha llamado la atención que el prisma de superioridad con el que miramos al pasado lejano de forma colectiva, se vuelva nostalgia y deseo de revivirlo cuando se trata del de uno mismo. Tal vez tengamos más cosas que antes, tal vez seamos más listos que antes, pero no hay duda de que en algo hemos salido perdiendo: ahora tenemos menos futuro.

"Racionales, pero animales", que decía Álvaro de la Iglesia. O, lo que viene a ser lo mismo, que hay veces en las que es de sentido común tener un poco menos de sentido común.

domingo, 16 de enero de 2011

Leyes versus Naturaleza

Uno de los principales afanes del hombre a través de los siglos ha sido la lucha por el control de las fuerzas naturales.
Ante la evidencia del inmenso poder de la Madre Naturaleza y de la pequeñez del ser humano, en cuanto a su fortaleza física, para enfrentarse a tan imbatible gigante, la humanidad ideó un camino alternativo, largo y difícil, pero con ciertos visos de viabilidad.
Ya los antecesores del Homo Sapiens fueron sumando habilidades y empezaron a desarrollar ese órgano que acabó entrando en conflicto con sus instintos naturales: el cerebro.

No hablamos aquí de las fuerzas externas de la naturaleza, sino de las que, desde dentro del ser humano, le inclinan en una dirección que lleva, inexorablemente, al dominio del más fuerte. Lo que hoy llamamos la ley de la selva.
El desarrollo de la inteligencia en nuestra especie propició que los más listos y menos fuertes urdiesen mecanismos sofisticados, capaces de alterar este orden.
Este camino, como decimos, fue largo, pero la humanidad no cejó en su empeño y fue, de forma sucesiva, inventando y perfeccionando pensamientos de distinta índole, capaces de desafiar con éxito al natural orden original.
Religiones, ideas éticas y filosóficas... leyes, en suma, fueron implementadas para proteger a los más inteligentes de los más brutos (en el sentido más físico de la palabra).

Hubo, desde luego, más inventos encaminados a lograr este objetivo; algunos decisivos, como el dinero.
Tuvo esta idea tan buena acogida entre la especie, que fue preciso hacerla compatible con religiones y principios morales, cuyo entramado ya estaba bien enraizado (y con excelentes resultados) entre la creciente y compleja humanidad.
Bien es verdad que, en cierto modo, su espectacular aceptación generó la vuelta a un nuevo modelo de ley de la selva en el que los más fuertes no tenían músculos, sino oro y ejércitos.
Y, claro, como nada sale, a largo plazo, como se planeó en un principio, resultó que los más listos, esos que lo habían pensado todo para liberarse de la tiranía de los fuertes y sustituirles, se fueron muriendo y dejaron su dinero (y, con él, su poder) a herederos más tontos, que ni siquiera eran forzudos.

Así que nació la tiranía de los torpes. Mucho peor que la de los listos y, probablemente, incluso que la de los fuertes y brutos.
No hubo más remedio que seguir creando leyes que protegiesen contra todo: contra los fuertes, contra los débiles, contra los listos, contra los tontos, contra los poderosos, contra los ricos, contra los pobres, contra la mayoría, contra las minorías, contra las ideas que pudiesen desafiar lo establecido...
Todo empezó a ser una amenaza para alguien.
El resultado fueron leyes, leyes, leyes... Y, no se sabe muy bien por qué, a través de los siglos, incluso de los milenios, esas leyes siempre solían tener un punto en común: luchar contra la naturaleza que los individuos de la especie humana (como los de casi todas las demás) llevaban dentro. Había sido tanto el tiempo, tan larga la lucha contra la naturaleza original que en toda nueva ley subyacería ya, indefectiblemente, este principio, constante en cualquier grupo social que se llame a sí mismo civilizado. Que significa antinatural.

Y aquí estamos. Con muchos siglos, aún, por delante para seguir avanzando en esta sofisticada lucha contra nuestra propia naturaleza.
Las leyes, religiosas, civiles o morales, son nuestra gran Línea Maginot contra la permanente amenaza de la naturaleza que, desde el otro lado de la frontera del ser humano, nos hostiga desde que nacemos hasta que nuestras fuerzas nos abandonan.
Lo que no recuerdo bien es si este tipo de poderosas defensas artificiales son eficaces o no.

El caso es que conocí a alguien que, queriendo protegerse de sus propios sentimientos, construyó... pero esa es otra historia.

viernes, 7 de enero de 2011

Sobre la libertad

Es bien conocido que John Stuart Mill desarrolló una teoría de la ética social e individual tan buena como impracticable.
Su defensa de la libertad personal, sólo limitada por el principio del daño, parece moralmente intachable y, a la vez, una excelente plataforma para la demagogia. Paradojas.
Tampoco es desdeñable su planteamiento acerca de la tiranía de la mayoría, tan de actualidad siglo y medio después.

Pero no es el análisis de sus doctrinas lo que quiero abordar aquí, sino la oportunidad del título de su principal obra en unos tiempos en los que presumimos de libertad tanto como adolecemos de todo lo contrario.
Porque si nuestro siglo pretende pasar a la posteridad como el de la libertad del hombre ante la opresión de la sociedad, no lo tiene fácil.
Nos creemos libres porque tenemos una relativa libertad de expresión... y muy poco más.
La historia de la humanidad es la crónica permanente de la lucha del colectivo por someter al individuo. Religiones, costumbres, leyes, hábitos, modas... se han esforzado, a través de los milenios, por reducir a la mínima expresión los tímidos intentos libertarios individuales, colocándolos en diversos niveles de condena, en función del riesgo que pudieran presentar para el orden establecido.
Desde castigos eternos del alma hasta el vacío social, pasando por hogueras, sambenitos, cárceles, destierros, multas, censuras, críticas despiadadas y un sinfín de otros correctivos han sido aplicados por los sucesivos y diversos grupos sociales para reprimir uno de los mayores peligros a los que debe enfrentarse toda sociedad, que no es otro que el riesgo de que sus inquebrantables principios sean cuestionados y puestos en tela de juicio.

La inmensa potencia de los medios de comunicación de masas nos ha liberado de la ignorancia absoluta... al precio de sumirnos en una seudocultura generalizada de tres al cuarto que produce grima y nos lleva a que algunos envidiemos las no tan lejanas épocas en las que la verdadera cultura existía, si bien era patrimonio de una minoría.
Es posible que esta fuerza, de difícil control personal, nos esté llevando a un aborregamiento colectivo en el que, por ejemplo, las colas de los tiempos de las cartillas de racionamiento sean sustituidas por las de quienes esperan turno para comprar un roscón de reyes o por las caravanas de domingueros rumbo a la sierra...
No es baladí esta sustitución de las multitudes hambrientas por otras, económicamente desahogadas, pero menos libres que aquellas, al haber sustituido la necesidad objetiva por otra superflua y, sin embargo, imprescindible.

¿Es que vamos hacia la definitiva pérdida de la libertad? John Stuart Mill escribiría hoy una muy diferente versión de On Liberty. Le resultaría complicado mantener, ante la evidencia de la claudicación individual, que la persona es soberana sobre su propia libertad.
Más bien diría que ha renunciado, voluntaria o inconscientemente, a una libertad que la propia sociedad finge otorgarle, para tenerle preso en cuerpo y alma. Es como si, repitiendo los ejemplos anteriores, le dijera: "Eres libre para comprar roscones de reyes, así que ¡hazlo!". O: "Ya tienes coche para ir los fines de semana a la sierra, ¡vete!". Creo que el filósofo inglés definiría esta situación como "la esclavitud de la libertad". Somos tan libres que estamos esclavizados por nuestra propia libertad.

También hay quien lleva esta esclavitud hasta unas insólitas y últimas consecuencias personales, destruyendo su libertad y entregándola, hipotecada, a una causa carente de nobleza. Orgullos virulentos y oxidados suelen ser responsables de estos actos. Como la soberbia de aquella casta esposa farisea que vendió a su amante hebreo por el hecho de que la había conocido cuando ella todavía no era virgen.

Y es que, como dijo San Martín, cuando hay libertad, todo lo demás sobra.
Lo malo es que cuando casi todo lo demás sobra, como pasa en nuestros días, es muy difícil que haya libertad.

martes, 4 de enero de 2011

Baltasar

Una historia real.
Esto podría ser un cuento de Navidad, de no ser porque no es un cuento. Aunque sí es de Navidad.
Es algo que ha sucedido tal como voy a contarlo... hasta donde llega mi memoria y mi capacidad de relatarlo fielmente. La única licencia que me he permitido es la de cambiar los nombres de las dos protagonistas femeninas.
Era la tarde del cuatro de enero de un año del siglo XX. Había sido un día frío. Un día frío tras un año frío, en el que hubo más ánimos que esperanzas. Un hombre de mediana edad caminaba lentamente por el andén. Pocos minutos después, cuando él y su negro maletín ya estaban a bordo, el expreso partía rumbo a París.
Fue un viaje largo. Demasiadas horas hasta que el vagón de Baltasar, que así se llamaba nuestro hombre, se detuvo en Austerlitz.
En París hacía aún más frío. Paseó por las calles sin rumbo fijo hasta que encontró un modesto hotel en un barrio triste, no demasiado lejos de la estación. Dejó el maletín, sin abrirlo, sobre la cama y se sentó junto a él. Del bolsillo del abrigo sacó un papel, cuidadosamente doblado, y lo revisó con atención. Con la ayuda de un viejo mapa de Galeries Lafayette identificó la posición del hotel y siguió con el dedo hasta detenerse mucho más al oeste del arrugado plano.
Lara estaba cansada. Trabajar en París no era fácil. Estaba sometida a un permanente examen y todos sus compañeros la juzgaban con severidad. Sobre todo ellas. No había podido cogerse días libres en Navidad, así que había optado por llevarse a su hija a pasar esas fechas con ella, aprovechando las vacaciones escolares de la niña. Madre e hija estaban solas en un París que acababa de brillar en fiestas espumosas y ahora tenía los escaparates cubiertos de carteles blancos con grandes letras rojas.
Nadie, tal vez menos ellas dos, pensaba en que esa noche no era una noche más. Por suerte, el día siguiente era domingo, así que no había que madrugar. Madre e hija podrían estar juntas.
Cenaron temprano. En el pequeño y anodino apartamento del 15e, en el que vivía Lara. No era un mal barrio... era peor: era un barrio inerte.
Después de la cena, madre e hija se quedaron un rato charlando. Hablaron de todo y de nada. Hablaron de la lejana tierra de Lara y de la cálida patria de su hija Alessia.
No recuerdo bien la edad de Alessia, pero era una niña. Todavía no había empezado a darle a su madre todos los problemas que vendrían después. Ni los éxitos que seguirían a esos problemas.
Ya estaban dormidas cuando un pequeño reloj suizo de pared, incluido en el mobiliario del apartamento, emitió los tímidos sonidos de su registro musical para indicar que eran las doce de la noche. En ese momento, sonó el timbre de la puerta. Varias veces, con insistencia.
Lara se levantó, sobresaltada, seguida de su hija. Preguntó, sin abrir. Del otro lado llegó una voz clara y rotunda: "Soy el Rey Baltasar".
Sinceramente, no entiendo bien cómo Lara fue capaz de abrir la puerta, en vez de llamar a la policía. Dicen que tomó sus precauciones, pero no hay precaución suficiente que lo explique sin abandonar los más elementales principios de la lógica y de la prudencia.
Abrió. Y Baltasar entró con un gran regalo en las manos (nunca he conseguido acordarme del contenido del paquete que, en cualquier caso, es lo de menos en esta historia). Tenía la cara pintada de negro, un enorme turbante con una pluma en la cabeza y sus vestimentas orientales estaban casi cubiertas por una capa de color azul celeste. Sus maneras eran dulces y reposadas y sus movimientos majestuosos, a pesar del indiscutible tufillo que desprendía la indumentaria, a medio camino entre Peris y Cornejo.
Baltasar regresó a su hotel, conducido por el incrédulo taxista que le había llevado hasta allí y que le esperaba a dos manzanas de distancia, protegido de las vistas de Lara y Alessia, que observaron al rey mago alejarse, con parsimonia, calle abajo. La niña creyó ver la sombra de un elefante junto a la esquina por la que se perdió.
Ninguna de las dos supo nunca quién fue el misterioso Baltasar que llevó su regalo a Alessia en su pequeño destierro parisino. Ninguna de las dos tuvo nunca una explicación de lo ocurrido aquella Noche de Reyes singular.
Alessia se hizo mayor. Y quiso el destino que, muchos años después, convertida en cantante de éxito internacional, fuese contratada para protagonizar el célebre musical de Broadway 'King Balthazar'.
La noche del estreno, tras un gran triunfo en el escenario, fue entrevistada para un prestigioso programa de televisión.
—Cuéntanos, Alessia —preguntó el periodista—. Seguro que tienes alguna anécdota interesante relacionada con 'King Balthazar'.
Alessia pensó un instante. Luego negó con la cabeza. 
—Nada especial —respondió—. Para mí es un musical como otro cualquiera —dijo, girándose para ofrecer su perfil más atractivo a las cámaras.

Baltasar, viejo y cansado, apagó la televisión y se fue a dormir.

sábado, 1 de enero de 2011

Lo que importa

Nos empeñamos en dar enorme valor a lo que no importa.
Probablemente es un vicio de la sociedad demasiado civilizada. O del exceso de bienestar. O, quizás, de nuestra propia tontería.
Pero el hecho es que valoramos lo superfluo y despreciamos lo importante... siempre que lo tengamos, claro está. Porque cuando lo verdaderamente importante falta, todo lo demás tiende a desaparecer.
Nuestra sociedad, nuestras vidas, han ido alcanzando unas cotas de seudoplacer que desvanecen, en el día a día, lo que nos debería preocupar, en todo momento, por encima de cualquier otra cosa. Suele ocurrir cuando lo fundamental lo damos por seguro.

Muchas veces se nos olvida, por ejemplo, la inmensa importancia que tienen cosas tan obvias como la salud (que suele considerarse garantizada hasta que nos abandona), el cariño de las personas a las que queremos o, aún peor, la propia presencia e, incluso, la vida misma de estas personas.
Sin embargo, damos enorme trascendencia a un error de los demás, aunque esos "demás" sean quienes nos quieren. No es infrecuente castigarnos a nosotros mismos imponiéndonos severas e inmerecidas penas, como el enfado y el distanciamiento de quienes queremos y nos quieren, justificándonos en esa natural facilidad que tenemos para sentirnos ofendidos por lo que hacen otros.
Podríamos decir que son reacciones infantiles de no ser porque los niños, mucho más inteligentes que los adultos, son infinitamente más proclives a rectificar que sus mayores. ¡Qué razón tenía aquel antiguo filósofo chino que dijo que los adultos no son más que niños que han olvidado todo lo bueno de la infancia!

Y, claro, en nuestra profesión nos pasa lo mismo. Hay ocasiones en las que, obsesionados por hacer algo diferente, original y equivocadamente creativo, se nos olvida lo más importante: lo que estamos anunciando. No es una exageración lo que digo. Todos podríamos poner cientos de ejemplos de campañas "brillantes" que no seríamos capaces de identificar con el producto o servicio que debería protagonizar el anuncio. Digo "debería" porque es evidente que, si no lo recordamos, es que no lo hace.
Olvidar "lo que importa" es uno de los pecados más habituales de la publicidad contemporánea, de esa publicidad que, en ocasiones, da más importancia a la notoriedad del anuncio que a la del propio producto que lo firma.

No voy a pretender relacionar aquí qué es lo que importa en la vida. Sería apropiarme indebidamente de una capacidad de juicio que no me corresponde. Pero es, desde luego, innecesario: con pequeñas matizaciones entre unos y otros, todos lo sabemos.
Lo malo es que la manera más frecuente de darnos cuenta de ello es la que nos llega en forma de golpe inesperado.
La fábula clásica de la paloma y el cuervo es una buena y conocida historia que nos sirve para recordarnos que modificar nuestras opiniones es una muestra de sabiduría. Dicen que Esopo la recitó en Delfos antes de ser asesinado. Y la leyenda cuenta que la fábula se hizo realidad: la paloma se convirtió en cuervo y el cuervo se devoró a sí mismo. Es un relato con una moraleja terrible, contado con ese típico estilo liviano, de apariencia menor.

Hoy es siempre todavía, sí. Pero, ¿y mañana? Mañana, quizás... no lo siga siendo ya.